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LA MANADA

Jorge Vargas Bohórquez  

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Fragmento

LA LLAMADA

Quien esté libre de pecado que lance la primera piedra, dicen. Yo no estoy libre, pero sé perfectamente a quiénes podría aventarles una pedrada. Lástima que la roca que lanzamos al aire se haya convertido más tarde en una bola de nieve que nadie pudo detener.

Aquella mañana en que empezó la avalancha abrí una página al azar del libro que tomé de la biblioteca para fingir estudiar matemáticas, y resultó que era de literatura. Leí la primera frase a Daniel, que estaba a mi lado: “Soy tu consuelo y en la noche sentirás la brisa de mi cariño o de mi rabia”. Ni me peló. Pero amé la frase, esa era yo. Mientras pensaba en aquel verso, Franco nos alertó. Llegó la hora.

En el altavoz del celular que compramos para el plan que habíamos urdido, oímos el saludo impaciente de la Mujer de Sadam Husein:

—Escuela Truman de México...

Era corpulenta y solía mirar fijamente, con gravedad, como si siempre le debieras dinero de las colegiaturas. No sólo era la directora, sino también la dueña de la escuela. Debió contestar Brenda, la secretaria, pero se había reportado enferma ese día.

Franco puso el pañuelo contra la bocina del teléfono:

—Hay una bomba en los casilleros, tienen media hora para salir...

Colgó enseguida.

Caminamos con toda tranquilidad desde la biblioteca, por el empedrado en declive rodeado de árboles, hacia el salón de exámenes, haciendo como que repasábamos nuestros apuntes. Franco estornudó y se sonó con el pañuelo que acababa de usar para ocultar su voz. Luego me pasó el celular del delito. Me abracé a él de la cintura, con mi naturalidad fake. Yo iba acomodándome la mochila y guardé el teléfono en el fondo. Nadie sospecharía que la llamada se había hecho desde el mismo Truman. Y como todo el mundo andaba con su celular en mano...

En cuestión de minutos, el Truman fue como balacera en elevador. Todos corrían de un lado a otro. Cerraron las puertas enormes de la entrada, llamaron a Protección Civil, a la Policía, a los padres de familia. Faltaba que llamaran al Papa para pedir la extremaunción temiendo que nadie saliera vivo ese 27 de octubre. La mañana de los exámenes de matemáticas.

¡Uufff!

—Qué azotados —reclamó Kevin, regresando de hablar con el Pana, el profe de filosofía, quien arreaba a los chavos de secundaria, mientras nos whatsappeábamos camino a la salida, siguiendo las instrucciones de los demás maestros:

Gritos x doquier: sirenas, tetos llorando, la Calaca vuelta loca

La Mujer de Sadam, tartamuda, como si llevara la bomba en el culo

No es para tanto

Corre que te pica el pavo

La calle a full de autos de mamás en la histeria total

Mis papás están de viaje, se ahorraron el circo

Los míos vienen en camino. Me va a costar decirles: Sí, estoy asustado, papá. Ehehehehhe

Los maestros con cara de: Bien, nos iremos temprano a casa

El paraíso

Las travesuras siempre nos habían unido mucho más que los besos. Al menos hasta que entramos a sexto. Sobre todo cuando un nuevo romance caía rendido a las ganas de echar desmadre. Esa tarde, Daniel preferió estar más con nosotros que irse con Andrea, con quien estaba saliendo, según él, a escondidas de nosotros. Habíamos hecho estallar la guerra y había que disfrutarlo. Además estábamos celebrando que Franco y yo también empezábamos a andar. Tomamos la misma mesa del antro de siempre. Nos abrían temprano sólo a nosotros: clase mataba normas mamucas. Nos sentamos en la terraza a pleno sol, como si hubiéramos apenas salido de nuestros sarcófagos. El viernes no podía pintar mejor. Franco y yo pedimos margaritas. Daniel y Kevin, que llegó rayando, quisieron un ron. “El olor del ron es lo más parecido al olor de una mujer”, le gustaba decir a Danniboy. Era una frase que le había escuchado a su papá y la repetía como teto para darse importancia. Desde entonces sólo pide ron.

Llévabamos años juntos echando relajo, y yo aún no le encontraba la gracia a eso de copiar las frases de ligue de sus papás.

—No seas guarro —le reclamé a Kevin, quien le susurraba cochinadas al oído a la mesera, montada en una minifalda igual de farola que su escote.

Cuando estaban alegres, las hormonas se les disparaban a lo loco. Que las cosas salieran como las planeaban los ponía calientes en un segundo. Daniel decía que se le paraba si le daba el más leve airecito, y se le desparaba si algo lo aturdía. Si le acercaban unas tetas para tomarles la orden, se tenía que cambiar la ropa interior. Eso sí, cuando lo desairaban, se le iban las ganas una semana y se quejaba de que jamás tendría novia. Esa noche se suponí

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