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LA MARROQUINERíA POLíTICA

Jorge Asís  

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MARROQUINEROS
1° de abril de 2006

Corrupciones comparadas (III): Sobre diversas supuraciones de la actualidad.

Tío Plinio querido:

En cuanto se lo presiona levemente en la piel, el gobierno supura.

Por hombre más transitado que por viejo, usted sabe que la impunidad, en la Argentina, jamás fue un redituable negocio estratégico.

Tienen que aprenderlo, también, los que participan del extraño ciclo de acumulación.

Los muchachos adictos a las tensiones de la marroquinería.

Los que lucran, en definitiva, para la corona de la nueva política. A partir del mito nietzscheano de los eternos retornos.

La supuración entonces prolifera hasta expandirse de manera trasversal. Y no exclusivamente en el ámbito terminal del superministerio, convertido en el revoltijo de un supermercado.

Trátase de los marroquineros culposos que se atormentan, tío Plinio querido. Conectándose, a cada rato, al sadismo del Portal de las sorpresas que no pueden entender.

Acongojados porque suelen leer los textos, también, sus familiares.

Asístese entonces a las ceremonias explícitas de supuraciones sentimentalmente berretas.

Ocurre que los marroquineros enchastrados pretenden llevarse, por izquierda, para hacerlas subir, la totalidad de las valijas.

Para después suplicar clemencia, por derecha. Y en el nombre de los chicos.

Debe dudarse entonces entre dos acciones complementarias, no necesariamente excluyentes.

La acción cívicamente policial de desenmascararlos. Con el riesgo, imperdonablemente cruel, de someter a los marroquineros a merced de la formidable legión de extorsionadores, que completan el círculo vicioso.

O asumir la acción de confortarlos. Decirles, por ejemplo: «Llevátela tranquilo, hacé la tuya y no te preocupes».

O acaso regalarles una medallita de la Virgen del Rosario. Para que los proteja contra la envidia de los cuñados. Contra los que se encuentran afuera del progreso y se quieren anotar.

La corrupción, tío Plinio querido, impone las personales reglas del juego. En el ámbito confidencial de los iniciados.

Y si alguien de afuera, por ejemplo algún «intruso del espectáculo», describe los artilugios sutiles del mecanismo, los marroquineros vulnerables suelen desacomodarse.

¿Y este h. de p. qué quiere?, parecen preguntarse. Convencidos que el interrogativo «qué» solo debe suplantarse por el «cuánto».

Una lástima que no se lo arregle con una cadena mensual. Ni siquiera con un attaché.

Sin embargo pueden deslizarse, por ejemplo, en el error de determinado funcionario.

Trátase de un secretario de Estado, detectado con resonancias magnéticas, de frente y de perfil. Las transparencias exhiben costillas que adquieren diversos componentes de cuero.

Después de leer el artículo «Orgía Pública», varios incrédulos se le acercaron para solidarizarse.

«De este h. de p. se va a encargar El Resucitado», comentó, aunque lo llamó por su nombre.

«Al Resucitado no le gustan estas cosas».

Téngase en cuenta que se debe ser indulgente con la desesperación del señor secretario.

Si volcó, el pobrecito, en las lides de la oralidad, volcó movilizado por un lícito arrebato emocional. Por una rabia que superaba su sistema de valores.

Habrá que ser también indulgente con El Resucitado.

A quien, acaso sin saberlo, irresponsablemente se le pretende trasladar el programa conmovedor de encargarse del delivery de un sicario.

Para decirle la verdad, tío Plinio querido, le gusten o no «estas cosas», difícilmente El Resucitado se atreva a encargar la ejecución del deseo involuntario del señor secretario. Porque sabe que el señor secretario actúa acelerado, con seguridad, por el Ñoqui.

Trátase de otro marroquinero que debe aguardar su turno.

En cuanto trascienda la dimensión política del presente texto inofensivo, El Resucitado se va a enojar con el señor secretario.

Con el poderoso avivado con la potencia marroquinera de la impunidad.

CÓDIGOS DE CIRCUITO CERRADO

La corrupción suele regirse, tío Plinio querido, con los códigos elitistas del circuito cerrado. Promueve su propia escala de valores. Sistemas de pertenencia que suelen despertar resentimientos entre los vocacionales que pretenden anotarse. Porque se quedaron afuera.

La apuesta ingenua por la impunidad consiste en impulsar escenarios delictivos que nunca se deben probar.

En ocasiones siniestramente protegidos, como cierto «fratello», debajo del retrato sonriente del padre Mujica.

Se trata, tío Plinio querido, de una profanación inmemorial.

El colmo de la venalidad, de la nueva política, consiste en operar la marroquinería debajo de la estampa del Che Guevara.

Y con la complicidad de decenas de empresarios sigilosos e identificados. Los que se especializan en forzar sus contabilidades, a los efectos de ocultar el «costo del blanqueo».

Pronto se le va a contar, tío Plinio querido, sobre el estilo de los dibujos impresionistas de los blanqueos contables, para taponar la tajada de la nueva política.

Causará una gracia infinita entonces el señor Montoya, con sus persecuciones mediáticas para secuestrar Rastrojeros, Ford Fairlanes y Dodge Polaras.

Aguárdase entonces que los marroquineros, incluso uno de los «fratellos», descuelgue, al mejor estilo Bendini, algún retrato aludido.

Antes que esta misiva al tío Plinio querido comience a propagarse con la prepotencia de la gripe aviar.

La cuestión que las ceremonias marroquineras de la supuración se apoderan también de causas supuestamente sublimes.

Como cuando cierto empresario del suburbio intentó, con una sumatoria de pretextos, poner menos aditivo del que le correspondía: «La plata de la causa popular es sagrada», expresó el heroico marroquinero.

Ocurre que el acto mecánico de la marroquinería suele presentarse como expresión del imaginario honroso de la militancia.

El «Diego» de la construcción keynesiana de un camino. El Juan «Cincotta» de cientos de viviendas que se recibe luego del pago de algún certificado. O el «Sietemesino» de una escuela.

Diego, Cincotta y Sietemesino forman parte del Impuesto Revolucionario.

Como si estos cretinos fueran, tío Plinio querido, de la ETA.

BAGAJE TEÓRICO DEL COSTO MORAL

Solo a partir del cinismo indispensable puede convivirse con el dilema del «costo moral» que enuncia Alessandro Pizzorno.

Con el «costo moral» de saberse corrupto, aunque amparado en la máscara del cinismo. Apoyándose en el recodo irreversiblemente pecaminoso de la sociedad.

El «costo moral» refleja, tío Plinio querido, el horizonte de la penitencia social.

El fortalecimiento del cinismo permite asumir el riesgo del desprestigio social del sujeto corrupto.

La discreta confidencialidad es un imperativo obviamente básico.

Debe saberse explotar, con el lenguaje gestual de los silencios, la sabiduría de aquello que no se habla.

Y que se disfruta, como hecho natural, entre los pares adictos al anonimato.

En el circuito donde se rinde tributo al bajo perfil. Entre elitistas cartelizados que se regodean en los pormenores de las jergas. En los matices diferenciadores y excluyentes. En las suaves entonaciones, con invocaciones a los «costos adicionales». O los «gastos políticos sin especificar».

En teoría, tío Plinio querido, el sistema marroquinero de la supuración, cierra.

El profesional de la corrupción es aquel que sabe que tiene vedado, según Alessandro Pizzorno, «el derecho a la arrogancia».

A la fanfarronería orgánica del exhibicionismo. A la tentación latente del boconeo.

Principales errores previsibles entre los plebeyos que ingresan, merced a contingencias políticas, al reparto del botín que se encontraba, hasta hacía cinco décadas, a disposición, según preceptos del marxismo, de la clase dominante.

Errores usualmente fatales. El inicio común de la sepultura del vínculo delictivo que debiera ser perfecto.

En la democracia, tío Plinio querido, la corrupción se convierte en el método inexorable para el escalamiento social.

Sobre todo en una sociedad con pautas cada vez más rígidas.

Cuando casi no se admiten estratificaciones ascendentes desde el trabajo.

Aquí, más que recomendarle a Alessandro Pizzorno, a Banfield y Wilson, o a Donatella della Porta, se aconseja seguir el positivismo filosó

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