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LA MENTIRA

Nora Roberts  

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Fragmento

1

En la gran casa (y Shelby siempre pensaría en ella como la gran casa) se sentó en el gran sillón de piel de su marido frente al gran e imponente escritorio. El sillón era del color del café. No era marrón. Richard había sido muy preciso en ese tipo de cosas. El escritorio en sí, tan elegante y reluciente, era una pieza exclusiva de madera de zebrano africano y estaba hecha a mano en Italia.

Cuando le dijo que no sabía que había cebras en Italia (un simple chiste), él le había lanzado esa mirada. La mirada que le daba a entender que a pesar de la gran casa, de la ropa elegante y del enorme diamante en el dedo anular de la mano izquierda, ella siempre sería Shelby Anne Pomeroy, a dos pasos del pueblo de palurdos de Tennessee donde nació y creció.

Pensó que en otro tiempo su marido se habría reído, habría sabido que estaba bromeando y se habría reído, como si ella fuera la chispa que iluminaba su vida. Pero, ay, Dios, esa chispa se había apagado a sus ojos y muy rápido, además.

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El hombre a quien conoció hacía casi cinco años en una estrellada noche de verano le había hecho perder la cabeza, la había alejado de todo cuanto conocía y la había llevado a mundos que ni siquiera había imaginado.

La había tratado como a una princesa, le había mostrado lugares sobre los que solo había leído en libros o visto en películas. Y la había amado en algún momento..., ¿verdad? Era importante recordar eso. La había amado, la había deseado, le había dado todo cuanto una mujer podría querer.

Mantenido. Era la palabra que él había usado con frecuencia. La había mantenido.

Quizá él se disgustó cuando se quedó embarazada, quizá ella tuvo miedo, unos minutos, de la expresión de sus ojos cuando se lo contó. Pero estaban casados, ¿no? Se la llevó a Las Vegas como si estuvieran viviendo la aventura de sus vidas.

Entonces eran felices. Esto también era importante recordarlo. Tenía que recordar eso, tenía que aferrarse a los recuerdos de los buenos tiempos.

Una mujer viuda a los veinticuatro necesitaba recuerdos.

Una mujer que descubrió que había estado viviendo una mentira, que no solo estaba arruinada, sino que además tenía una deuda de infarto, tenía que acordarse de los buenos tiempos.

Los abogados, contables e inspectores de Hacienda se lo explicaron todo, pero bien podrían haberse dirigido a ella en chino cuando continuaron hablando del grado de endeudamiento, de los fondos de cobertura y de las ejecuciones. La gran casa, que le había intimidado desde que entró por primera vez por la puerta, no era suya (por lo menos no hasta un punto en que fuese relevante), sino del banco. Los coches eran alquilados, no comprados, y con los pagos atrasados, tampoco eran suyos.

¿El mobiliario? Comprado a plazos, y dichos plazos vencidos.

Y los impuestos. No podía soportar pensar en los impuestos. Le aterraba pensar en ellos.

En los dos meses y ocho días desde la muerte de Richard, parecía que lo único que hacía era pensar en asuntos sobre los que él le había dicho que no se preocupara, asuntos que no le correspondían a ella. Asuntos, le decía él lanzándole esa mirada, que no eran de su incumbencia.

En ese momento todo era asunto suyo, todo era de su incumbencia porque les debía tanto dinero a los acreedores, al banco y a la administración de Estados Unidos que se sentía paralizada.

No podía permitírselo. Tenía una pequeña, una hija. Callie era lo único que importaba. Tenía solo tres años, pensó Shelby, y tuvo ganas de apoyar la cabeza en ese elegante y reluciente escritorio y echarse a llorar.

—Pero no lo harás. Tú eres lo único que ella tiene ahora, así que harás lo que sea necesario.

Abrió una de las cajas, la que ponía «documentos personales». Suponía que los abogados y los inspectores de Hacienda se lo habían llevado, revisado y copiado todo.

Ella haría lo mismo para ver qué se podía salvar. Por Callie.

Tenía que encontrar lo suficiente, en alguna parte, para mantener a su hija después de que hubiera saldado todas las deudas. Conseguiría un empleo, claro, pero no bastaría con eso.

No le importaba el dinero, se dijo mientras empezaba a revisar facturas de trajes, zapatos, restaurantes y hoteles. Vuelos privados. Había aprendido que no le importaba el dinero tras la vorágine del primer año, después de que naciera Callie.

Cuando llegó Callie, lo único que quería era un hogar.

Se detuvo y echó un vistazo al despacho de Richard. Los estridentes colores de las obras de arte moderno que él prefería, las paredes blancas que decía que hacían resaltar más dichas piezas y las maderas y la piel oscuras.

Aquello no sería un hogar ni lo había sido. No lo sería ni aunque viviera allí ochenta años en vez de los escasos tres meses desde que se habían mudado, pensó.

Él la había comprado sin consultarle, la había amueblado sin preguntarle qué le gustaría a ella. Una sorpresa, le había dicho al abrir las puertas de aquella monstruosa casa en Villanova, de aquel resonante edificio sobre el que había afirmado era el mejor barrio residencial de Filadelfia.

Y ella había fingido que le encantaba, ¿cierto? Agradecida por tener un lugar fijo, pese a lo mucho que los colores sobrios y los altísimos techos le intimidaban. Callie tendría un hogar, iría a un buen colegio y jugaría en un barrio seguro.

Haría amigos. Ella también haría amigos; esa había sido su esperanza.

Pero no había tenido tiempo.

Del mismo modo que tampoco había un seguro de vida de diez millones de dólares. También le había mentido sobre eso. Le había mentido sobre los ahorros para la universidad de Callie.

¿Por qué?

Dejó esa cuestión a un lado. Jamás conocería la respuesta, así que ¿para qué preguntar la razón?

Podría llevarse los trajes, los zapatos, las corbatas, las equipaciones deportivas, los palos de golf y los esquíes. Podría llevar todo aquello a tiendas de segunda mano y sacar algo.

Coger lo que no hubieran embargado y venderlo. En el puñetero eBay si era necesario. O en Craigslist. O en una tienda de empeños, daba igual.

Había muchas cosas para vender en su propio armario. Y también joyas.

Miró el diamante, el anillo que él le había puesto en el dedo cuando fueron a Las Vegas. Conservaría el anillo de casada, pero el diamante lo vendería. Tenía muchas cosas suyas para vender.

Por Callie.

Revisó los archivos uno por uno. Se habían llevado los ordenadores y todavía no se los habían devuelto. Pero el papel era tangible.

Abrió su expediente médico.

Se cuidaba bien, pensó, cosa que hizo que se acordara de que tenía que cancelar la suscripción al club de campo y al gimnasio. Eso se le había olvidado. Richard había sido un hombre sano, que se mantenía en forma y nunca faltaba a una revisión médica.

Debía tirar todas aquellas vitaminas y suplementos que había tomado a diario, decidió al pasar otra página.

No había razón para conservarlos ni tampoco aquellos informes. El hombre sano se había ahogado en el Atlántico a unas pocas millas de la costa de Carolina del Sur, a la edad de treinta y tres años.

Podía limitarse a triturarlo todo. Richard había sido partidario de ese sistema y tenía su propia trituradora de papel justo allí, en el despacho. No era necesario que los acreedores vieran los resultados de sus últimos análisis de sangre rutinarios ni la confirmación de su vacuna de la gripe de hacía dos años ni los informes de urgencias de cuando se dislocó el dedo jugando al baloncesto.

Por el amor de Dios, eso había pasado hacía tres años. Para un hombre que había triturado suficientes papeles como para crear una cadena montañosa, no cabía duda de que había sido muy posesivo con sus facturas médicas.

Exhaló un suspiro fijándose en otra fechada hacía casi cuatro años. Se disponía a desecharla, pero se detuvo y frunció el ceño. No conocía a ese médico. Claro que por entonces vivían en aquella gran torre de apartamentos en Houston y, mudándose cada año, a veces incluso en menos tiempo, ¿quién podía estar al corriente de los médicos? Sin embargo, aquel estaba en Nueva York.

—Esto no puede estar bien —murmuró—. ¿Por qué Richard visitaría a un médico en Nueva York para...?

Todo se congeló. Su mente, su corazón, sus entrañas. Los dedos le temblaron al coger el papel y acercárselo, como si las palabras fueran a cambiar con la distancia.

Pero no lo hicieron.

Richard Andrew Foxworth se sometió a una cirugía programada, realizada por el doctor Dipok Haryana en el centro médico Monte Sinaí el 12 de julio de 2011. Una vasectomía.

Se había hecho la vasectomía, sin decírselo. Callie apenas tenía dos meses y él se había asegurado de que no pudieran tener más hijos. Había fingido que quería más cuando ella empezó a hablar de buscar el segundo. Había accedido a que lo examinaran, igual que habían hecho con ella, cuando no consiguió quedarse embarazada después de intentarlo durante un año.

Todavía podía oírle:

«Solo tienes que relajarte, Shelby, por Dios bendito. Si estás preocupada y tensa, no ocurrirá nunca».

—No, no ocurrirá nunca porque tú te encargaste de que fuera imposible. Me mentiste incluso en eso. Mentiste mientras a mí se me rompía el corazón cada mes. ¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste?

Se apartó del escritorio presionándose los ojos con los dedos. Julio, mediados de julio, y Callie tenía unas ocho semanas. Un viaje de negocios, eso le dijo, sí, lo recordaba muy bien. A Nueva York... No había mentido acerca del lugar.

No había querido llevar al bebé a la ciudad; él sabía que ella no querría. Se había encargado de todos los pormenores. Otra sorpresa para ella. Las mandó a ambas a Tennessee en un avión privado.

Para que pudiera pasar un poco de tiempo con su familia, le dijo. Y también para que presumiera del bebé y dejara que su madre y su abuela las mimaran a ella y a Callie durante un par de semanas.

Estaba muy feliz y muy agradecida, pensó. Y mientras tanto él solo había estado quitándosela de en medio para asegurarse de que no tendría otro hijo.

Volvió a la mesa, cogió la fotografía que le había enmarcado. Una de Callie y de ella, tomada por su hermano Clay justo durante aquel viaje. Un regalo de agradecimiento que él había parecido apreciar, pues desde entonces lo había mantenido en su escritorio allá adonde iban.

—Otra mentira. Otra mentira más. Nunca nos quisiste. No podrías haber mentido una y otra vez si nos hubieras querido.

Casi estampa el marco contra la mesa por culpa de la cólera suscitada por la traición. Solo el rostro de su bebé se lo impidió. Lo dejó de nuevo, con el mismo cuidado que tendría con una frágil y valiosa pieza de porcelana.

Luego se sentó en el suelo; no podía sentarse a aquella mesa, ya no. Se dejó caer al suelo, con los estridentes colores que resaltaban de las níveas paredes blancas, meciéndose, llorando. Llorando no porque el hombre al que había amado estuviera muerto, sino porque nunca existió.

No tenía tiempo para dormir. Aunque el café no le gustaba, se preparó una enorme taza en la máquina italiana de Richard... y le agregó una dosis doble de expreso.

Con dolor de cabeza por el ataque de llanto y bajo los efectos de la cafeína, examinó todos y cada uno de los papeles de la caja mientras hacía montones.

Las facturas de hotel y restaurantes, al inspeccionarlas con una mirada más consciente, le indicaron que no solo le había mentido, sino que además le había sido infiel.

Cargos al servicio de habitaciones demasiado elevados para un hombre solo. Si a eso le sumaba una factura por un colgante de plata de Tiffany’s (que no le había regalado a ella) en el mismo viaje, otros cinco mil dólares en La Perla (la lencería que prefería que se pusiera) de otro viaje, una factura por un fin de semana en un hostal de Vermont, cuando le había dicho que iba a concluir un negocio en Chicago, las piezas empezaban a encajar y a cobrar fuerza.

¿Por qué había guardado todo eso, todas esas pruebas de sus mentiras y de su infidelidad? Porque ella había confiado en él, comprendió.

No solo eso, pensó, sino que además había consentido. Había sospechado que tenía una aventura, y con toda seguridad él sabía que era así. Lo había guardado todo porque la había considerado demasiado obediente como para hurgar en sus archivos personales.

Y lo había sido.

Había guardado bajo llave las otras vidas que había llevado. Ella no habría sabido dónde buscar la llave, jamás le habría cuestionado... y él lo sabía.

¿Cuántas mujeres más?, se preguntó. ¿Acaso importaba? Una era demasiado, y cualquiera de ellas habría sido más sofisticada, experimentada y culta que la chica encandilada e ingenua del pequeño pueblo de montaña de Tennessee a la que había dejado embarazada con diecinueve años.

¿Por qué se había casado con ella?

Quizá la había querido; al menos, un poco. La había deseado. Pero no había sido suficiente, no había bastado para mantenerle feliz, para que fuera fiel.

Y ¿acaso importaba ya? Estaba muerto.

Sí, pensó. Sí, claro que importaba.

La había engañado, la había humillado. Le había dejado una deuda económica que podría perseguirla durante años y poner en peligro el futuro de su hija.

Por supuesto que importaba, joder.

Pasó otra hora registrando el despacho de forma sistemática. Ya le habían vaciado la caja fuerte. Estaba al tanto de su existencia, aunque no tenía la combinación, de modo que había autorizado a los abogados para que la abrieran.

Se habían llevado la mayoría de los documentos legales, pero había cinco mil dólares en efectivo, que sacó y dejó a un lado. La partida de nacimiento de Callie, y sus pasaportes.

Abrió el de Richard y estudió su fotografía.

Muy guapo. Elegante y refinado, como una estrella de cine, con su intenso cabello castaño y sus ojos ambarinos. Había deseado tanto que Callie heredara sus hoyuelos. Esos puñeteros hoyuelos la habían cautivado.

Dejó los pasaportes a un lado. Se llevaría el de Callie y el suyo, si bien no era muy probable que los utilizara. Destruiría el de Richard. O... quizá preguntara a los abogados si debería hacer eso.

No encontró nada oculto, pero volvería a examinarlo antes de triturarlo o archivar las cosas de nuevo en cajas de embalar.

Hasta arriba de cafeína y tristeza, recorrió la casa, cruzó el vestíbulo, con una altura de dos pisos, y subió las escaleras; los gruesos calcetines que llevaba puestos no hacían ruido en el suelo de madera.

Primero entró en la habitación de Callie para ver cómo estaba y se inclinó para besar a su hija en la mejilla antes de arropar bien a su pequeña, que dormía con el culo en pompa, su postura preferida.

Después de dejar la puerta abierta, enfiló el pasillo hasta el dormitorio principal.

Odiaba esa habitación, pensó. Detestaba las paredes grises, el negro cabecero de piel y las marcadas líneas del negro mobiliario.

La detestaba aún más en ese momento, sabiendo que había hecho el amor con él en aquella cama después de que él hubiera estado con otras mujeres, en otras camas.

Mientras se le encogía el estómago, se dio cuenta de que tenía que ir al médico. Debía asegurarse de que no le había contagiado nada. No pienses ahora, se dijo. Pide una cita mañana y no pienses ahora.

Fue hasta el armario de Richard, que era casi tan grande como el dormitorio entero que ella tenía en Rendezvous Ridge, su pueblo natal.

Hay ropa casi nueva, pensó. Armani, Versace y Cucinelli. Richard se había decantado por los diseñadores italianos en cuestión de trajes. Y también de zapatos, se dijo, cogiendo un par de mocasines negros de Ferragamo del estante y dándoles la vuelta para estudiar las suelas.

Apenas tenían arañazos.

Siguió adelante, abrió un armario y sacó bolsas para trajes.

A la mañana siguiente llevaría tantos como le fuera posible a la tienda de segunda mano.

—Ya debería haberlo hecho —farfulló.

Pero primero habían sido el shock y la pena, luego los abogados, los contables y los agentes de la administración.

Revisó los bolsillos de un traje gris de raya diplomática para cerciorarse de que estaban vacíos, y lo metió en la bolsa. Cinco por bolsa, calculó. Cuatro bolsas para los trajes y luego otras cinco, tal vez seis, para chaquetas y abrigos. A continuación, camisas y pantalones informales.

El trabajo mecánico hizo que se mantuviera tranquila; despejar poco a poco el espacio le aligeró el corazón hasta cierto punto.

Las dudas surgieron cuando llegó a la chaqueta de cuero de color bronce oscuro. Había sido su preferida. El estilo aviador y el intenso color le sentaban muy bien. Sabía que era uno de los pocos regalos suyos que le habían gustado de verdad.

Acarició una de las mangas, suave como la mantequilla, flexible, y casi cedió al impulso de dejarla a un lado, de quedársela, al menos durante una temporada.

Entonces pensó en la factura del médico y rebuscó sin miramientos en los bolsillos.

Estaban vacíos, por supuesto; tenía todas las noches especial cuidado en vaciar los bolsillos y dejar la calderilla en el platito de cristal de su cómoda. El teléfono en el cargador, las llaves en el platito junto a la puerta principal o colgadas en el armario de su despacho. Nunca dejaba nada que los pudiera deformar, estropear su corte o quedarse olvidado en ellos.

Pero al apretar los bolsillos, costumbre que se le había pegado de cuando su madre hacía la colada, notó algo. Echó un nuevo vistazo y lo encontró vacío. Metió los dedos otra vez y sacó el bolsillo.

Reparó en que había un pequeño agujero en el forro. Sí, había sido su chaqueta favorita.

Llevó la chaqueta de nuevo al dormitorio y sacó las tijeras de su set de manicura. Con mucho cuidado, ensanchó el agujero, diciéndose que lo cosería más tarde, antes de embolsarla para venderla.

Acto seguido introdujo los dedos en la abertura y extrajo una llave.

No era la llave de una puerta, pensó, girándola a la luz. Ni la de un coche. Era de una caja de seguridad de un banco.

Pero ¿de qué banco? Y ¿qué había en ella? ¿Por qué una caja de seguridad de un banco cuando tenía una caja fuerte justo en su despacho?

Sin duda debería contárselo a los abogados, pensó. Pero no iba a hacerlo. Por lo que sabía, Richard podría tener un libro en el que llevara la cuenta de todas las mujeres con las que se había acostado los últimos cinco años y ya había sufrido bastante humillación.

Buscaría el banco y la caja y lo comprobaría ella misma.

Podían quedarse con la casa, los muebles, los coches, las acciones, los bonos y el dinero, que distaba mucho de la cuantía que Richard le había contado que tenía. Podían quedarse con las obras de arte, las joyas, el chaquetón de chinchilla que le había regalado por sus primeras y últimas Navidades en Pensilvania.

Pero ella se quedaría con lo que le restaba de orgullo.

Despertó de una perturbadora pesadilla al sentir que le tiraban de forma insistente de la mano.

—Mamá, mamá, mamá. ¡Despierta!

—¿Qué?

Ni siquiera abrió los ojos, sino que bajó la mano y subió a su pequeña a la cama con ella. La abrazó con fuerza.

—Es de día —canturreó Callie—. Fifi tiene hambre.

—Mmm. —Fifi, la muy querida perra de peluche de Callie, siempre se despertaba con hambre—. Vale. —Pero siguió abrazándola un rato.

En un momento dado se había tumbado, completamente vestida, sobre la cama, se había tapado con la negra colcha de cachemir y se había quedado frita. Jamás convencería a Callie ni a Fifi para que se quedasen acurrucadas durante otra hora, pero podía remolonear unos minutos más.

—Tu pelo huele muy bien —murmuró Shelby.

—El pelo de Callie. El pelo de mamá.

Shelby sonrió al sentir un tironcito en el suyo.

—Iguales.

El tono caoba oscuro le venía por parte de madre. Por parte de los MacNee. Lo mismo que los casi ingobernables rizos que, dado que Richard lo prefería liso y tirante, se había secado y alisado cada semana.

—Los ojos de Callie. Los ojos de mamá.

Callie le abrió un ojo a Shelby con los dedos. Eran del mismo azul oscuro que casi parecía púrpura bajo cierta luz.

—Iguales —comenzó Shelby, y luego hizo un gesto de dolor cuando Callie le metió el dedo en el ojo.

—Rojo.

—Seguro que sí. ¿Qué quiere Fifi para desayunar?

Cinco minutos más, pensó Shelby. Solo cinco.

—Fifi quiere... ¡caramelo!

El júbilo absoluto que reflejaba la voz de su hija hizo que Shelby abriera sus enrojecidos ojos azules.

—¿Es cierto eso, Fifi? —Shelby giró hacia ella la alegre cara afelpada de la perra rosa—. Ni hablar. —Volvió a Callie, le hizo cosquillas en las costillas y, a pesar de la jaqueca, disfrutó de sus grititos de alegría—. A desayunar. —Cogió a la pequeña en brazos—. Luego tenemos que ir a algunos sitios, mi pequeña reina de las hadas, y ver a algunas personas.

—¿Marta? ¿Viene Marta?

—No, cielo. —Pensó en la niñera que Richard había insistido en tener—. ¿Recuerdas que te dije que Marta ya no vendría más?

—Igual que papá —dijo Callie mientras Shelby la llevaba abajo.

—No exactamente. Pero voy a preparar un desayuno fabuloso para nosotras. ¿Sabes qué es casi tan bueno como el caramelo para desayunar?

—¡La tarta!

Shelby rió.

—Casi. Las tortitas. Tortitas con forma de perrito.

Con una risita, Callie apoyó la cabeza en el hombro de Shelby.

—Te quiero, mami.

—Te quiero, Callie —respondió Shelby, y se prometió que haría todo lo que fuera necesario para darle a Callie una vida buena y segura.

Después de desayunar, ayudó a su hija a vestirse y ambas se abrigaron bien. Había disfrutado de la nieve en Navidad y apenas le había prestado atención en enero, tras el accidente de Richard.

Pero ya era marzo y estaba más que harta de la nieve y del aire glacial que no daba señales de caldearse. Sin embargo, hacía el calor suficiente en el garaje como para acomodar a Callie en su silla infantil y meter todas las pesadas bolsas con ropa en el elegante todoterreno que sin duda no seguiría siendo suyo por mucho más tiempo.

Tendría que encontrar dinero suficiente para comprarse un coche de segunda mano. Un buen coche, seguro y adaptado para los niños. Un monovolumen, pensó mientras salía marcha atrás del garaje.

Condujo con prudencia. Habían retirado la nieve de las carreteras, pero el invierno causaba estragos por muy exclusivo que fuera el barrio, y había baches.

No conocía a nadie allí. El invierno había sido tan crudo, tan frío, y sus circunstancias tan abrumadoras que había pasado más tiempo dentro de casa que fuera. Y Callie pilló aquel fuerte resfriado. Shelby recordó que fue el frío lo que hizo que se quedaran en casa cuando Richard se fue a Carolina del Sur. El viaje que tenían que ser unas vacaciones familiares de invierno.

Habrían estado con él en el barco, y al oír a su hija parlotear con Fifi, no soportaba pensar en ello. Por lo tanto, se concentró en conducir entre el tráfico y buscar la tienda de segunda mano.

Montó a Callie en su silla de paseo y, maldiciendo el viento polar, sacó como pudo las tres bolsas del coche. Una mujer le abrió mientras ella trataba a duras penas de abrir la puerta de la tienda, impedir que las bolsas resbalaran y bloquear el viento para que no le diera de lleno a Callie.

—¡Oh, vaya! Deje que le eche una mano.

—Gracias. Pesan un poco, así que debería...

—Ya las tengo. ¡Macey! He encontrado un tesoro.

Otra mujer, esta en avanzado estado de gestación, salió de la trastienda.

—Buenos días. Vaya, hola, ricura —le dijo a Callie.

—Tú tienes un bebé en la barriguita.

—Sí que lo tengo. —Macey posó una mano sobre su vientre y le brindó una sonrisa a Shelby—. Bienvenida a Segundas Oportunidades. ¿Desea que le echemos un vistazo a algo?

—Así es. —Una rápida ojeada la tienda mostró a Shelby percheros y estantes con ropa y accesorios. Y una minúscula zona dedicada a la ropa de hombre. Se le cayó el alma a los pies—. No he tenido ocasión de venir antes, así que no sabía que... Casi todo lo que he traído son trajes. Trajes, camisas y chaquetas de hombre.

—Nunca tenemos suficiente ropa para hombre. —La mujer que le había sujetado la puerta dio un golpecito a las bolsas que Shelby había dejado sobre un ancho mostrador—. ¿Le parece bien que echemos un vistazo?

—Sí, por favor.

—Usted no es de por aquí —comentó Macey.

—Oh, no. Supongo que no.

—¿Ha venido de visita?

—En estos momentos... vivimos aquí, en Villanova, desde diciembre, pero...

—¡Oh, Dios mío! Qué trajes tan bonitos. Y en perfectas condiciones por ahora, Macey.

—¿Qué talla, Cheryl?

—Una cuarenta y dos normal. Y debe de haber unos veinte.

—Veintidós —dijo Shelby, y cruzó los dedos—. Tengo más en el coche.

—¿Más? —exclamaron ambas mujeres a unísono.

—Zapatos... del número cuarenta y tres. Y abrigos y chaquetas y... Mi marido...

—¡La ropa de papá! —anunció Callie cuando Cheryl colgó otro traje en un perchero—. No toques la ropa de papá con las manos pegajosas.

—Eso es, mi amor. Ah, verán... —comenzó Shelby buscando el modo adecuado de explicarlo. Callie lo solucionó.

—Mi papá se ha ido al cielo.

—Lo siento mucho. —Con una mano en su vientre, Macey posó la otra en el brazo de Callie.

—El cielo es bonito —les respondió Callie—. Allí viven los ángeles.

—Tienes razón. —Macey miró a Cheryl y asintió—. ¿Por qué no va a por el resto? —le dijo a Shelby—. Puede dejar... ¿Cómo te llamas, cariño?

—Callie Rose Foxworth. Esta es Fifi.

—Hola, Fifi. Nosotras vigilaremos a Callie y a Fifi mientras trae lo demás.

—Si están seguras... —Vaciló y, acto seguido, se preguntó qué motivo tendrían dos mujeres (una de las cuales estaba embarazada de unos siete meses) para huir con Callie en el rato que tardaría en ir al coche y volver—. Será solo un minuto. Callie, pórtate bien. Mamá solo va a por unas cosas al coche.

Eran muy amables, pensó Shelby más tarde, cuando se marchó a probar con los bancos locales. La gente solía ser amable si se le daba la oportunidad de serlo. Se habían quedado con todo y sabía que se habían quedado con más de lo que tal vez podían, pero Callie las había conquistado.

—Eres mi amuleto de la suerte, Callie Rose.

Callie sonrió con la pajita del tetrabrik de zumo en la boca, pero mantuvo los ojos fijos en la pantalla del DVD incorporado en la parte de atrás del asiento y en la película Shrek, que estaba viendo por millonésima vez.

2

Seis bancos después, Shelby decidió que se le había acabado la suerte ese día. Y su pequeña necesitaba comer y dormir la siesta.

En cuanto alimentó, bañó y acostó a Callie (y esa última parte siempre le llevaba el doble de tiempo del que esperaba) se preparó para hacer frente al contestador automático y al buzón de voz de su teléfono móvil.

Había acordado unos planes de pago con las empresas de tarjetas de crédito y tenía la sensación de que habían sido tan decentes como cabría esperar. Había hecho lo mismo con la Agencia Tributaria. El banco había accedido a una venta al descubierto y uno de los mensajes era de la agente inmobiliaria, que quería fijar las primeras visitas a la casa.

También a ella le habría convenido una siesta, pero podía hacer un montón de cosas, si Dios quería, durante la hora que Callie dormía.

Utilizó el despacho de Richard, ya que era lo más sensato. Había cerrado la mayoría de las habitaciones de la casa y apagaba la calefacción siempre que podía. Miró la chimenea de gas blanca y negra bajo la repisa de mármol negro, pues le apetecía encender el fuego. Lo único que le había gustado de la agobiante casa era poder disfrutar del fuego, de su calor y de su alegría con solo pulsar un botón.

Pero eso costaba dinero y no podía gastarlo solo para tener llamas de gas, cuando el jersey y los calcetines gruesos la mantenían caliente. Sacó la lista de tareas pendientes que había elaborado, le devolvió la llamada a la agente inmobiliaria y accedió a que enseñara la casa el sábado y el domingo.

Se llevaría a Callie a dar una vuelta, saldrían y dejarían ese asunto a la inmobiliaria. Entretanto, indagó sobre el nombre de la empresa, proporcionado por los abogados, que podría comprar los muebles con el fin de evitar el embargo.

Si conseguía venderlos del tirón, o al menos una buena parte de ellos, probaría a hacer lotes por internet... si volvía a tener acceso a un ordenador.

Si no obtenía lo suficiente, tendría que hacer frente a la humillación de que se los embargasen.

No creía que en ese barrio se hicieran rastrillos en las casas y, de todas formas, hacía demasiado frío.

A continuación devolvió las llamadas a su madre, a su abuela y a su cuñada... y les pidió que les dijeran a las tías y primas que también había llamado y que se encontraba bien, que Callie estaba bien, y que lo único que sucedía era que se encontraba muy atareada poniendo las cosas en orden.

No podía contárselo todo, aún no. Sabían algo, desde luego, y eso era lo único que podía compartir en esos momentos. Hablar de ello la ponía furiosa, le entraban ganas de llorar y tenía muchas cosas que hacer.

Para mantenerse ocupada, subió al dormitorio y revisó sus joyas. Su anillo de compromiso, los pendientes de diamantes que Richard le había regalado cuando cumplió veintiún años. El colgante de esmeralda que le había regalado cuando nació Callie. Otras piezas, otros obsequios. Los relojes de Richard (seis en total) y su batallón de gemelos.

Elaboró una minuciosa lista, tal y como había hecho con la ropa que había llevado a la tienda de segunda mano. Embolsó las joyas con sus tasaciones e información del seguro y luego buscó por teléfono una joyería, tan local como le fue posible, que, además de vender, comprara.

Con las cajas que había comprado cuando salieron, comenzó a empaquetar lo que consideraba suyo y era importante para ella. Fotografías, regalos de su familia. La agente inmobiliaria le había aconsejado que «despersonalizara» la casa, y eso era lo que haría.

Cuando Callie se despertó de la siesta, Shelby le encomendó pequeñas tareas para mantenerla entretenida. Mientras ella empaquetaba, la pequeña limpiaba. Ya no tenían personal de servicio que fregara y puliera los metros y metros de baldosas, parquet, cromado y cristal.

Preparó la cena y comió lo que pudo. Se ocupó de la hora del baño, de leerle un cuento y de acostarla, y luego continuó empaquetando y llevando cajas al garaje. Exhausta, se premió con un baño caliente de espuma en la bañera, con sus chorros de hidromasaje, y después se metió en la cama con su bloc de notas, con la intención de elaborar la agenda del día siguiente.

Se durmió con la luz encendida.

A la mañana siguiente, salió de nuevo con Callie, Fifi y Shrek y el maletín de piel de Richard con sus joyas y la documentación pertinente, los relojes y los gemelos de él. Probó con otros tres bancos, ampliando el área de búsqueda, y luego, recordándose que el orgullo no tenía cabida allí, aparcó delante de la joyería.

Lidió con una niña de tres años, enfurruñada porque le interrumpieran de nuevo su película, y consiguió que Callie se conformara después de prometerle un nuevo DVD.

Entró con ella en el establecimiento diciéndose que se trataba de negocios, una cuestión de dólares y centavos.

Todo brillaba y parecía tan silencioso como una iglesia entre una misa y otra. Tenía ganas de dar media vuelta y marcharse, pero se obligó a aproximarse a la mujer ataviada con un formal traje negro y unos elegantes pendientes de oro.

—Disculpe, me gustaría hablar con alguien sobre la venta de unas joyas.

—Puede hablar con quien desee de los que estamos aquí. Nos dedicamos a vender joyas.

—No, señora, quería decir que soy yo quien vende. Me gustaría vender algunas piezas. Afuera pone que también compran joyería.

—Por supuesto. —La mujer le dio un repaso a Shelby de la cabeza a los pies con mirada inquisitiva.

Tal vez no fuera de punta en blanco, pensó Shelby. Quizá no había conseguido camuflar las ojeras, pero si algo le había enseñado su abuela era que cuando un cliente entra en un lugar, se le trata con respeto.

Shelby irguió la espalda, que amenazaba con encorvarse, y la miró a los ojos.

—¿Hay alguien con quien deba hablar o prefiere que vaya a hacer negocios a otra parte?

—¿Tiene las facturas originales de las piezas que le interesa vender?

—No, no las tengo, no de todas, ya que algunas son regalos. Pero tengo las tasaciones y los documentos del seguro. ¿Le parezco una ladrona que se lleva consigo a su hija a joyerías elegantes para intentar vender mercancía robada?

Sintió que estaba a punto de montar una escena, como un dique listo para reventar y dejar que el agua discurriera con violencia, arrastrándolo todo a su paso. Quizá la dependienta lo había notado, ya que dio un paso atrás.

—Un momento, por favor.

—Mamá, quiero irme a casa.

—Oh, cielo, yo también. Y nos iremos. Nos iremos pronto a casa.

—¿Puedo ayudarla?

El hombre que se acercó parecía un abuelo elegante, de esos que salen en las películas de Hollywood sobre gente rica que lo ha sido siempre.

—Sí, señor, eso espero. Afuera pone que ustedes compran joyas, y tengo algunas que necesito vender.

—Desde luego. ¿Por qué no vamos allí? Siéntese y les echaré un vistazo.

—Gracias.

Shelby se esforzó por mantener erguida la espalda mientras cruzaban la tienda hasta un ornamentado escritorio. El hombre le ofreció asiento y ese gesto hizo que le entraran ganas de llorar a lágrima viva como una tonta.

—Yo... él... nosotros... —Se interrumpió, cerró los ojos e inspiró hondo un par de veces—. Lo siento, nunca he hecho esto.

—No pasa nada, ¿señora...?

—Foxworth. Soy Shelby Foxworth.

—Wilson Brown. —Asió la mano que ella le tendía y se la estrechó con suavidad—. ¿Por qué no me enseña lo que tiene, señora Foxworth?

Se decidió primero por la pieza más importante y abrió la bolsa que contenía su anillo de compromiso.

El hombre lo dejó sobre un paño de terciopelo y, mientras lo examinaba con una lupa, ella abrió el sobre.

—Aquí dice que es de tres quilates y medio, corte esmeralda, color D; por lo que he oído, se supone que eso es bueno. Y con seis piedras menores y engastado en platino. ¿Es correcto?

El hombre levantó la vista de la lupa.

—Señora Foxworth, me temo que este es un diamante artificial.

—¿Cómo dice?

—Es un diamante de laboratorio, igual que las piedras menores.

Shelby posó las manos en la mesa para que él no pudiera ver que le temblaban.

—Eso significa que es falso.

—Simplemente significa que se creó en un laboratorio. Es un magnífico ejemplar de diamante artificial.

Callie comenzó a gimotear. Shelby la oyó a pesar de que su cabeza le retumbaba, por lo que metió la mano en el bolso de forma automática y sacó el teléfono de juguete.

—Llama a la yaya y cuéntale lo que has estado haciendo, peque. ¿Significa que no es un diamante de grado D y que este anillo no vale lo que dice en este documento? ¿Que no vale ciento cincuenta y cinco mil dólares?

—Así es, querida. —Su voz era tan suave como una palmadita y hacía que le doliera más—. Puedo darle los nombres de otros tasadores por si prefiere pedir segundas opiniones.

—Usted no está mintiendo. Sé que no me está mintiendo. —Pero Richard lo había hecho una y otra vez. Se dijo que no iba a desmoronarse. Ni allí ni en ese momento—. ¿Querría echarle un vistazo a lo demás y decirme si también es falso, señor Brown?

—Por supuesto.

Los pendientes de diamantes eran auténticos... y ahí acababa todo. Le habían gustado porque eran bonitos y sencillos. Unos diamantitos que no hacían que se sintiese incómoda al llevarlos puestos.

Pero le tenía cariño al colgante de esmeralda porque se lo había regalado el día en que llevaron a Callie a casa desde el hospital. Y era falso.

—Puedo darle cinco mil dólares por los pendientes de diamantes si todavía está interesada en venderlos.

—Sí, gracias. Me parece bien. ¿Puede decirme adónde debería llevar el resto? ¿Es mejor ir a una casa de empeños? ¿Conoce alguna que sea buena? No quiero llevar a Callie a algún lugar que sea... ya sabe a qué me refiero. Poco respetable. Y tal vez, si no tiene inconveniente, podría darme una estimación de lo que en realidad vale todo.

El hombre se recostó y la estudió.

—El anillo de compromiso es un buen trabajo y, como le he dicho, un magnífico ejemplar de diamante de laboratorio. Podría darle ochocientos por él.

Shelby lo miró con atención mientras sacaba la alianza a juego.

—¿Cuánto por el conjunto?

No se vino abajo y salió de allí con quince mil seiscientos dólares; los gemelos de Richard no eran falsos y le habían reportado lo que ella consideraba un extra. Quince mil seiscientos dólares era más de lo que tenía antes. No lo suficiente para saldar las deudas, pero más de lo que había tenido hasta entonces.

Y el hombre le había proporcionado el nombre de otra tienda que examinaría los relojes de Richard.

Tentó la suerte con Callie y probó con otros dos bancos, y luego lo dejó por ese día.

Callie eligió el DVD Mi pequeño poni, y Shelby se compró un ordenador portátil y un par de memorias flash. Una inversión, se justificó. Una herramienta que necesitaba para llevar las cuentas de forma ordenada.

Negocios, se recordó. No pensaría en las joyas falsas como en otra traición, sino como en algo que le había dado un pequeño respiro.

Dedicó la hora de la siesta a crear una hoja de cálculo y anotó las joyas y lo que había recibido por ellas. Canceló la póliza de seguros... y eso le ayudó con sus gastos.

Las facturas de la casa, incluso con las habitaciones cerradas, eran astronómicas, pero el dinero de las joyas la ayudaría a pagarlas.

Recordó la bodega de vinos de la que Richard había estado tan orgulloso, se llevó el portátil abajo y comenzó a catalogar las botellas.

Alguien las compraría.

Y, ¡qué narices!, se regalaría una botella y se tomaría una copa con la cena. Seleccionó una botella de pinot grigio. Había aprendido un poco de vinos en los últimos cuatro años y medio y, al menos, sabía qué le gustaba. Consideró que iría bien con el pollo y los bollos rellenos de manzana: los platos favoritos de Callie.

Cuando el día terminó, sentía que había recuperado parte del control. Sobre todo cuando encontró cinco mil dólares metidos en uno de los calcetines de cachemir en el cajón de Richard.

Ya tenía un fondo de veinte mil dólares para solucionar el problema y empezar de nuevo.

Examinó la llave mientras estaba tumbada en la cama.

—¿Dónde encajas tú y qué voy a encontrar? No me doy por vencida.

Tal vez pudiera contratar un detective privado. Eso se llevaría un buen pellizco de su fondo, pero tal vez fuera una idea razonable.

Se tomaría unos días más y probaría en algunos bancos más próximos a la ciudad. Quizá fuera a la ciudad.

Al día siguiente añadió treinta y cinco mil dólares por la venta de la colección de relojes de Richard y otros dos mil trescientos por sus palos de golf, sus esquíes y su raqueta de tenis. Eso le levantó tanto el ánimo que llevó a Callie a comer pizza mientras visitaba bancos.

Tal vez ahora pudiera permitirse ese detective... tal vez lo hiciera. Pero necesitaba hacerse con un monovolumen y entonces se dio cuenta de que si lo compraba les daría un buen bocado a sus cincuenta y ocho mil dólares. Además, lo justo era emplear parte de ese dinero en reducir la deuda de las tarjetas de crédito.

Trataría de vender los vinos, eso haría, y de ese modo podría contratar al detective. Por el momento, se limitaría a probar con otro banco de camino a casa.

En vez de sacar la sillita, se cargó a Callie a la cadera.

La pequeña tenía en la mirada una expresión en parte obstinada, en parte mohína.

—No quiero, mamá.

—Yo tampoco, pero este es el último. Luego nos iremos a casa y no vestiremos para tomar el té. Tú y yo, cielo.

—Quiero ser la princesa.

—Como desee, Su Alteza.

Y así llevó a su hija, que en ese instante reía, al banco.

Shelby ya se conocía el procedimiento, de modo que se puso en la fila más corta a esperar su turno.

No podía seguir arrastrando a Callie de un lado a otro todos los días, alterando su rutina, montándola y bajándola del coche. Por Dios, ella también era obstinada y se sentía mohína y no tenía tres años y medio.

Ese banco sería el último, el último de todos, y luego empezaría a buscar en serio detectives privados.

El mobiliario iba a venderse, los vinos iban a venderse. Ya era hora de ser optimista en vez andar siempre preocupada.

Se acomodó mejor a Callie en la cadera y se aproximó a la cajera, que la miró por encima de sus gafas de montura roja.

—¿Puedo ayudarla?

—Sí, señora. Necesito hablar con el director. Soy la señora de Richard Foxworth y aquí tengo un poder notarial. Perdí a mi marido el pasado mes de diciembre.

—Lo siento mucho.

—Gracias. Creo que disponía de una caja de seguridad en este banco. Aquí tengo la llave y el poder notarial.

Había aprendido que era más rápido que andarse por las ramas, decirle a la aburrida gente del banco que había encontrado la llave y no sabía de dónde era.

—La señora Babbington está en su despacho y podrá ayudarla. Vaya todo recto y a la izquierda.

—Gracias. —Siguió las instrucciones, encontró el despacho y llamó a la puerta abierta de cristal—. Le ruego me perdone, señora. Me han dicho que debería hablar con usted sobre el acceso a la caja de seguridad de mi marido. —Entró directamente (algo que también había aprendido) y se sentó con Callie sobre el regazo—. Aquí tengo el poder notarial y la llave. Soy la señora de Richard Foxworth.

—Déjeme comprobarlo. Tienes un pelo rojo precioso —le dijo a Callie.

—De mamá. —Callie alzó la mano para agarrar el de Shelby.

—Sí, igual que el de tu mamá. Usted no figuraba en la caja del señor Foxworth.

—¿Cómo... cómo dice?

—Me temo que no tenemos registrada ninguna tarjeta con su firma.

—¿Tenía una caja aquí?

—Sí. Aun con el poder notarial, sería mejor que el señor Foxworth viniera en persona. Podría incluirla a usted.

—Él... no puede. Ha...

—Papá tuvo que irse al cielo.

—Oh. —El rostro de la señora Babbington irradiaba compasión—. Lo siento mucho.

—Los ángeles cantan en el cielo. Mamá, Fifi quiere irse a casa ya.

—Enseguida, cielo. Él... Richard... Hubo un accidente. Estaba en un barco y se desencadenó una borrasca. En diciembre. El 28 de diciembre. Tengo la documentación. No expiden certificado de defunción cuando no pueden encontrar...

—Lo entiendo. Necesito ver sus documentos, señora Foxworth. Y un documento de identidad con su fotografía.

—También he traído mi contrato matrimonial. Solo para que lo tuvieran todo. Y el informe policial de cuándo ocurrió. Y estas cartas de los abogados.

Shelby se lo entregó todo y contuvo la respiración.

—Podría conseguir una orden judicial para obtener acceso.

—¿Es eso lo que debería hacer? Podría pedirles a los abogados de Richard... bueno, supongo que ahora son mis abogados... que lo hagan.

—Deme un momento.

La señora Babbington echó un vistazo a la documentación mientras Callie no dejaba de removerse en el regazo de Shelby.

—Quiero jugar a tomar el té, mamá. Lo has dicho. Quiero mi té.

—Jugaremos en cuanto terminemos aquí. Tendremos una fiesta de princesa. Deberías pensar a qué muñecas vas a invitar.

Callie comenzó a enumerarlas y Shelby se dio cuenta de que los nervios de la espera le provocaban una repentina y urgente necesidad de orinar.

—El poder notarial está en orden, así como el resto de su documentación. Le mostraré la caja.

—¿Ahora?

—Si prefiere volver en otro momento...

—No, no, se lo agradezco muchísimo. —Tanto que estaba sin aliento y un poco mareada—. Es la primera vez que hago esto. No sé qué debo hacer.

—Yo la acompañaré. Necesitaré su firma. Permita que imprima esto. Parece que vas a tener un montón de invitados a tu fiesta —le dijo a Callie mientras trabajaba—. Tengo una nieta de tu edad. Le encantan las fiestas del té.

—Puede venir.

—Seguro que le encantaría, pero vive en Richmond, Virginia, y eso está lejísimos. Tenga la bondad de firmar esto, señora Foxworth.

Sus pensamientos daban vueltas en su cabeza, y debido a eso apenas fue capaz de leerlo.

La señora Babbington usó una tarjeta con cinta magnética y una clave de seguridad para acceder a una especie de cámara acorazada, cuyas paredes estaban repletas de cajones numerados. El número 512.

—Voy a salir para que disponga de cierta intimidad. Avíseme si necesita ayuda.

—Muchísimas gracias. ¿Me está permitido llevarme lo que hay dentro?

—Está autorizada. Tómese su tiempo —agregó, y corrió una cortina para bloquear la vista de la habitación.

—Bueno, he de decir... Jo-der.

Dejó en la mesa la bolsa grande que había usado para las cosas de Callie y las suyas y el maletín de Richard y, acto seguido, agarrando a su hija, se acercó a la caja.

—¡Demasiado fuerte, mamá!

—Lo siento, lo siento. Dios mío, estoy nerviosa. Es probable que solo sean un puñado de documentos que no quería tener en la casa. Seguro que no es nada. Hasta puede que esté vacía.

Pues ábrela, por el amor de Dios, se ordenó.

Con mano temblorosa, introdujo la llave en la cerradura y la giró. Hasta dio un pequeño saltito cuando esta se abrió.

—Allá vamos. No importa si está vacía. Lo importante es que la he encontrado. Yo sola. Lo he hecho yo sola. Tengo que dejarte en el suelo un momento, cielo. Quédate aquí, quédate aquí conmigo.

Dejó a Callie en el suelo, sacó la caja de seguridad y la depositó sobre la mesa.

Luego se quedó mirándola.

—Ay, Dios mío. Joder.

—¡Joder, mamá!

—No digas eso. No debería haber dicho eso. —Tuvo que apoyar una mano en la mesa.

No estaba vacía. Y lo primero que captó su atención fue una pila de dinero. Billetes de cien dólares sujetos con bandas.

—Diez mil en cada fajo y..., ay, Dios mío, Callie..., hay muchísimos.

Ya no solo le temblaban las manos, sino que además se sacudían mientras contaba los fajos.

—Hay veinticinco. Aquí hay doscientos cincuenta mil dólares en efectivo. —Le echó una fugaz ojeada a la cortina, sintiéndose como una ladrona, y luego metió el dinero en el maletín—. Tengo que preguntarles a los abogados qué he de hacer.

Con respecto al dinero, pensó, pero ¿qué pasaba con todo lo demás?

¿Qué pasaba con los tres carnets de conducir con la fotografía de Richard? Y con otro nombre. ¿Y con los pasaportes?

¿Y con la semiautomática de 32 milímetros?

Acercó la mano a la pistola, pero la apartó. Quería dejarla; no podía decir por qué no quería tocarla. Pero se obligó a cogerla y a quitarle el cargador.

Había crecido en las montañas de Tennessee, con sus hermanos, uno de los cuales era ahora policía. Sabía manejar un arma. Pero no iba a llevar una pistola cargada con Callie cerca.

Metió el arma y los dos cargadores extra en el maletín. Cogió los pasaportes y los carnets. Descubrió tarjetas de la Seguridad Social expedidas a esos tres mismos nombres, tarjetas de American Express y Visa. Todas con esos nombres.

¿Algo de aquello era real?

¿Había sido real algo de todo aquello?

—Mamá. Vamos, vamos. —Callie le tiró de los pantalones.

—Un segundo.

—¡Ya! ¡Mamá, ya!

—Un segundo.

Tal vez el tono, severo y firme, pudo hacer que a Callie le temblara el labio, pero en ocasiones hay que recordarles a los niños que no son ellos quienes dirigen el cotarro.

Y una madre debe recordar que una niña de tres años tiene derecho a cansarse de que la lleven de un lado a otro todos los días.

Se agachó y le dio un beso a Callie en la cabecita.

—Ya casi he terminado. Solo tengo que colocar esto otra vez en su sitio.

Callie era real, pensó. Eso era lo que importaba. ¿El resto? Tal vez lo averiguara o tal vez no. Pero Callie era real y con esos más de doscientos mil dólares compraría un monovolumen más que decente, saldaría parte de la deuda y tal vez pudiera exprimirlos lo suficiente como para dar una entrada para una pequeña casa una vez consiguiera un empleo estable.

Quizá no hubiera sido esa la intención de Richard, y ella no sabía qué significaba todo aquello, pero después de todo había velado por el futuro de su hija. Y a ella le había concedido un respiro, así que pensaría en el resto más tarde.

Cogió a Callie en brazos, se colgó la bolsa al hombro y agarró el maletín como si su vida dependiera de ello.

—Vale, pequeñina. Nos vamos a jugar a tomar el té.

3

Abrió todas las habitaciones y encendió de nuevo la calefacción e incluso las chimeneas... Las siete.

Compró flores frescas y preparó galletas.

El tiempo invertido en el ordenador buscando la mejor manera de vender una casa, y venderla rápido, había sugerido flores y galletas. Y tal y como había sentenciado la agente inmobiliaria, que se despersonalizase. Que todo fuera neutro.

En cuanto a ella, el lugar era lo más neutro posible. La casa no le resultaba acogedora, pero tampoco lo había hecho nunca. Tal vez con un mobiliario más suave con colores más cálidos... podría haber parecido un hogar.

Pero esa era su percepción y no contaba.

Cuanto antes se librara del puñetero lugar, antes se quitaría de los hombros esa parte de la aplastadora deuda.

La agente inmobiliaria llegó cargada con flores y galletas, de modo que Shelby imaginó que podría haberse ahorrado el tiempo y el dinero a este respecto. Había llevado consigo lo que ella llamaba un equipo de puesta en escena y estaba revoloteando por toda la casa, recolocando muebles, disponiendo más flores y encendiendo velas. Shelby había comprado una docena de velas perfumadas, pero decidió que se las guardaría y las devolvería o se las quedaría, dependiendo de lo que le pareciera mejor cuando todo estuviera listo y terminado.

—El lugar está inmaculado. —La agente brindó una amplia sonrisa a Shelby, dándole una palmadita de felicitación en el hombro—. Su equipo de limpieza ha hecho un trabajo impresionante.

Shelby pensó en las noches que había pasado fregando y puliendo, y se limitó a sonreír.

—Quiero que luzca bien.

—Créame, así es. Las ventas al descubierto suelen ser complicadas y desanimará a algunos posibles compradores, pero confío en que vamos a recibir ofertas, buenas ofertas, y rápido.

—Espero que tenga razón. Quería decir que vendrá alguien el lunes por la mañana a ver los muebles, pero por si acaso alguna persona de las que vengan está interesada en comprarlos todos o alguno, voy a ponerles precio de venta.

—¡Estupendo! Hay muchas piezas maravillosas. Me aseguraré de que la gente lo sepa.

Echó un último y crítico vistazo a su alrededor y pensó en la pistola, los documentos y el dinero en efectivo que había metido en la caja fuerte del despacho de Richard.

A continuación cogió la bolsa grande que solía llevar.

—Callie y yo nos quitamos de en medio. Tengo que hacer unos recados.

Y comprar un monovolumen.

Tal vez su padre no hubiera aprobado que no comprara un vehículo estadounidense, pero el Toyota con cinco años de antigüedad que había encontrado en CarMax tenía un alto índice de seguridad y fiabilidad. Y el precio estaba bien.

El precio mejoró aún más cuando se obligó a regatear... ofreciendo dinero en efectivo. Dinero contante y sonante.

Las manos amenazaban con temblarle mientras lo contaba —la mitad en el momento y el resto cuando recogiera el coche a la tarde siguiente—, pero presionó.

Quizá se viera obligada que parar a tres manzanas y a apoyar la frente en el volante. Jamás en toda su vida había gastado tanto dinero en un solo sitio. Jamás en su vida había comprado un coche.

En ese momento se permitió temblar, pero no por los nervios, no, ya no. Era por puro placer.

Shelby Anne Pomeroy —porque esa era ella en el fondo, dijeran lo que dijesen los documentos legales— acababa de comprar un monovolumen Toyota de 2010 de un alegre color cereza. Sin ayuda. Ella sola.

Y le habían rebajado mil dólares porque no había tenido miedo de pedirlo.

—Nos va a ir bien, Callie —dijo, aunque su hija estaba absorta en Shrek—. Nos va a ir muy bien.

Llamó a la empresa de alquiler con el móvil y lo organizó para que recogieran el todoterreno. Y, presionando de nuevo, se obligó a pedir que la llevaran a recoger el monovolumen.

Ya de paso, también podía lidiar con la mutua mientras Callie estaba en su nube. Consideraría el todoterreno su despacho de forma temporal.

Una vez concertó que la mutua transfiriera el seguro del coche, comprobó la página web donde había puesto en venta los vinos.

—¡Ay, Dios mío, Callie, tenemos pujas!

Encantada, fascinada, siguió mirando y descubrió que ya habían pujado miles de dólares.

—Voy a subir otras doce botellas esta noche, eso pienso hacer.

Como parecía que estaba en racha, se preparó para el viaje hasta Filadelfia. Aun con el GPS se equivocó al girar en tres ocasiones, y el tráfico hizo que se le formara un nudo en el estómago. Pero encontró la tienda de pieles y entró con su hija y con su abrigo de chinchilla, que jamás había usado.

Para su sorpresa, nadie la miró como si fuera patética ni la hizo sentir pequeña por devolver el abrigo. Y aquella venta disminuyó de forma significativa la deuda de una tarjeta de crédito, haciendo que pasara a no ser tan aterradora, y bajó el doloroso tipo de interés.

Se había quedado de brazos cruzados, sin hacer nada, durante demasiado tiempo, reconoció Shelby; recompensó a su pequeña con un Happy Meal. Mucho, muchísimo tiempo. Ahora había roto el hielo y, maldita fuera, tenía intención de provocar una inundación.

Esperó hasta que estuvo de nuevo fuera de la ciudad, llenó el depósito del coche, maldiciendo el frío y el precio del combustible, y luego condujo sin rumbo durante un rato, pues Callie se había quedado dormida.

Pasó por delante de su casa, o la casa del banco, un par de veces y siguió adelante cuando contó los coches que había enfrente. Eso era bueno, claro, era bueno; cualquiera que fuera a ver la casa podría ser quien la comprara. Pero, por Dios santo, solo tenía ganas de regresar con Callie, ponerse cómoda y trabajar en la contabilidad.

Se demoró el tiempo justo para encontrar solo a la agente.

—Lo siento, deme un minuto —dijo Shelby a la carrera—. Callie tiene que hacer pipí.

—Hemos tenido una jornada de puertas abiertas muy exitosa. Más de cincuenta personas, y en esta época del año eso es magnífico. Hemos tenido muchos interesados y dos ofertas.

—Ofertas. —Aturdida, Shelby dejó a Callie en el suelo.

—Ofertas a la baja, y no creo que el banco vaya a aceptar, pero por algo se empieza. Y hay una familia de cuatro miembros muy interesada. Tengo un buen presentimiento con ellos. Van a ha ...