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LA MIRADA DEL PUMA

Gloria V. Casañas  

5


Fragmento

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Penguin Random House

A todos los que aman y defienden la vida silvestre.

Está aullando el puma.

Está triste el puma.

Aúlla el puma

por andar solo,

por eso está triste,

aúlla el puma.

Tayel del puma recopilado por Enrique Perea en 1989 y narrado por Félix Manquel en Sarmiento, provincia del Chubut, en Cuentan los mapuche, de César Fernández

PRÓLOGO

—¡Aikén ush goln, jámenken nau! —dijeron espantados los niños cuando llegaron a las casas, pues habían visto al puma matar una guanaca, devorar su corazón y guardar luego los restos bajo las ramas del coihue.

La abuela tehuelche, que hilaba con paciencia una hebra fina de lana de guanaco, les dijo con sabiduría:

—Es ley de la vida.

—Cuéntanos, abuela, la historia de Goln, el puma.

El pequeño entregó a la anciana la bolsita donde llevaba el cápar que habían ido a buscar al final de las dunas, donde los sorprendió el sangriento espectáculo de la matanza. La abuela agradeció el nabo dulce y comenzó:

—Ni los pumas ni los gatos ayudaron a Elal cuando hizo la reunión de la laguna con todos los animales. Por eso, Elal los consideró enemigos. Tenía su kau tapizado con cueros de puma y muchas veces Goln intentó matarlo, hasta que Elal construyó el arco y la flecha. A partir de entonces le tuvo miedo y no ataca al hombre, a menos que lo vea solo o indefenso. El puma se esconde de los hombres desde aquel día.

—Pero los pumas son fuertes y valientes, abuela —porfió el niño.

—Sí, son fuertes, por eso el paisano que caza un puma calienta sus huesos y sorbe el caracú.

Leyenda recogida por Mario Echeverría Baleta

CAPÍTULO 1

—Hola… ¿Tía Juli?

La voz en el teléfono sonaba apagada.

—¿Mayga? ¿Qué sucede? No te escucho bien.

—Tengo un pequeño problema, tía, no se lo digas a papá.

—¿Por qué, qué ocurre? Mayga, por Dios, no me asustes.

La voz juvenil subió un tono al agregar:

—Tampoco se lo digas a mamá. Ya sé que es tu mejor amiga, tía, pero es tan transparente… Y papá lee en ella como en un libro de cuentos.

Julieta se mordió el labio, nerviosa ante el conflicto que le planteaba su sobrina.

—¿Dónde estás?

—En una misión, tía Juli. Lo que ocurre es que algo salió mal.

Julieta retorcía la bayeta con la que repasaba los muebles mientras decidía a quién mostrar lealtad, si a su adorada sobrina o a su amiga del alma, Cordelia. Y más que nada la aterraba guardar secretos de Mayga al padre de la jovencita, el temido guardaparque de Los Notros, Newen Cayuki.

—¡Una misión! —exclamó—. ¿En qué te has metido esta vez, Mayga? Si tu padre se entera…

—Por eso mismo te pido que no digas nada, tía —insistió la muchacha—. Solamente quiero que le avises al tío Emilio, para que venga a sacarme de aquí.

—¿Sacarte de dónde?

—Eh… de la comisaría, tía Juli. ¡No pasó nada grave, te lo juro! —gritó Mayga al escuchar el gemido del otro lado de la línea.

Julieta debió sentarse para no caer redonda al escuchar eso. ¡Mayga presa! Hija y sobrina de guardaparques. ¡Presa! Newen la mataría, la enviaría lejos, la castigaría.

—¿Sucede algo, amor?

La voz amada obligó a Julieta a componer su expresión. Si su esposo iba a encargarse de sacar a su sobrina de un enredo, más le valía conservar el corazón frío.

Tapó la bocina del teléfono y murmuró:

—Es Mayga, te necesita.

Emilio Ducroix frunció el ceño y se aproximó a su esposa. Se la veía encantadora en su desarreglo doméstico, con el cabello sujeto de cualquier modo y un vestido de lana que disimulaba su embarazo. Jamás se saciaría de la dulzura y la modestia de la mujer con la que se había casado. Le había dado hijos gemelos, con sus mismos ojos verdes y su cabello caoba, dos espléndidos muchachitos alegres y de buen corazón, fuertes como alerces. Ninguno había heredado, por fortuna, el mal que lo aquejó durante años, el asma que arruinó su infancia y su juventud, hasta que el destino lo condujo a Los Notros. Y a Julieta.

Emilio tomó el teléfono.

—¿Mayga?

La joven suspiró, aliviada. Si su tío se encargaba, todo saldría bien. Emilio era de mente fría, calculador y algo cínico. No irrumpiría en la jefatura con los puños cerrados ni la perforaría con ojos de obsidiana como lo haría su padre.

Mayga amaba a su padre con la adoración de un perrito faldero. Newen era su ídolo desde los tiempos en que, siendo aún bebita, la alzaba sobre sus hombros y la llevaba a recorrer la espesura, mostrándole las aves del bosque andino. No había nada que su padre no le hubiese enseñado sobre la vida salvaje de Los Notros, ese rincón de la cordillera cada vez más acechado por el turismo y los mezquinos intereses de los empresarios. Su padre conocía el valle y la montaña como lo había hecho el puma en su tiempo, y se comprometía con los proyectos conservacionistas sin reveses, del modo en que hacía todo en la vida. Newen Cayuki rendía honor a su sangre puelche y sentía aquella tierra como savia corriendo por sus venas.

Y ahora se pondría furioso al saber que su hija se encontraba detenida en la comisaría del pueblo por alterar el orden público y pintar consignas de la gente mapuche en la pared de la casa del ingeniero Silvester. Lamentaba haberse dejado llevar por el impulso rebelde de su amigo Luciano. Como buen hijo de un revoltoso, Luciano Necul heredaba de su padre el odio hacia el winka y la intemperancia. Ella debería haber sabido que esa empresa alocada no rendiría sino frutos amargos.

—Pásame al comisario Pascual —ordenó su tío con firmeza.

Hubo un breve intercambio durante el cual Mayga permaneció sumisa tras el mostrador de la comisaría, tratando de no mirar hacia donde Luciano se hallaba de pie, en una pose irreverente y retadora, con el cabello negro echado hacia atrás y los ojos oscuros clavados en la cara del comisario, desafiándolo. Por suerte para ambos, el comisario conocía a las dos familias y sabía qué pensar de aquellos jovencitos. Trataría de intimidar a Mayga amenazándola con hablar del asunto a su padre y obligaría a Luciano a pasar la noche en la celda, sin candado, sólo por fastidiarlo. Al rato, terminaría jugando a las cartas con él, pero se daría el gusto de privarlo de su noche de sábado en la cantina del pueblo.

Condenado Luciano, siempre le hacía pisar el palito. Mayga heredaba de su madre la lealtad y jamás volvería la espalda a un amigo, sin importar que fuese descarriado o le causara pesares.

Al finalizar la conversación, el comisario se volvió, acariciándose el bigote, y les señaló un rincón oscuro del precinto.

—Ahí —dijo con voz de trueno—. Siéntense los dos. ¡Y no hablen entre ustedes!

Luego escondió un rictus de diversión mientras revolvía los papeles que Emilio Ducroix debería firmar. Suficiente castigo sería para Mayga Cayuki que su tío guardaparque tuviese que estampar la firma en la comisaría por ella. A Pascual no le afectaba demasiado que el ingeniero Silvester tuviese que blanquear de nuevo su casa para tapar las leyendas escritas en mapuzugun, que lo insultaban y denunciaban por robar tierras a los nativos y contaminar el ambiente con la construcción del hotel más grande del valle. Si por él fuera, lo mandaría de una patada en el trasero a su país, a construir bloques de cemento en otra parte. No simpatizaba con ese proyecto porque, al igual que los empleados de Parques Nacionales, sabía que terminaría perjudicando a la gente en lugar de favorecerla. Había que ser muy tonto para ignorar que detrás de los tentadores anuncios y las promesas de trabajo se escondía el despojo de las tierras ancestrales y la explotación de los pobladores, a los que pagarían sueldos de miseria para que trabajasen en su propia ruina. Debía cumplir su papel de custodio del orden, sin embargo, deteniendo a los perturbadores como Luciano y Mayga. Los otros se le habían escapado esa vez, y si pudo atrapar a Mayga fue porque ella aguardó a que Luciano terminara de escribir con su aerosol rojo las palabras: wizá winka. El ingeniero Silvester sería un “blanco de porquería”, sin duda, pero la joven era muy ilusa si pensaba que con esa pintada podían hacerlo recular en su empeño de construir en Los Notros.

“En fin, a cada uno lo suyo”, pensó Pascual, y se acomodó en su escritorio para seguir el papeleo de rutina.

—Lameculos, hipócrita, cagón —masculló Luciano con encono.

—Shhh… ¡Cállate! ¿Quieres empeorar las cosas?

—¿Tienes miedo, “marita”? Mara, marita, no corras, no tiembles…

Mayga odiaba que Luciano la llamase de ese modo, con el nombre de la liebre de la Patagonia, aludiendo al carácter asustadizo del animalito. Y él disfrutaba irritándola con ese mote, sobre todo cuando estaba furioso hasta el límite, como en ese momento. Luciano detestaba perder, hasta en un juego de naipes. Tenía el temperamento levantisco de su padre, sólo que mal dirigido, pues mientras que Mario Necul había volcado su rebeldía en la lucha por las reivindicaciones del pueblo mapuche, Luciano mezclaba las causas justas con las bravuconadas, sin medir las consecuencias. Otra de las razones por las que Mayga temía que su padre supiese lo ocurrido. Él no aprobaba su amistad con el hijo de su antiguo enemigo.

Mucho antes de que ella naciera, Necul había tratado de perjudicar al fiero Newen. Mayga lo supo de labios de su madre. El orgullo que sentía su padre por la sangre que lo había engendrado irritaba a Mario. Los tehuelche del desierto habían sido los pobladores originarios de la Patagonia y Newen era muy consciente de esa identidad. Mayga sabía también que los mapuche de Los Notros lo respetaban, sin embargo, y que se había ganado un lugar entre ellos.

—Si no te callas, me voy a sentar sola.

Luciano se despatarró con indolencia sobre el banco, aprisionando a Mayga contra la pared, mientras tarareaba con malicia:

—“Ando caminando en campo ajeno… me da mucha pena cuando te miro, hermanita, me da mucha pena…”

Por toda respuesta, Mayga se levantó y se sentó en el extremo opuesto, dando la espalda al muchacho. Luciano la contempló un momento con aire torvo. No había resistido la tentación de hostigarla, pues le gustaba hacerla sentir incómoda; era su revancha por no poder reclamarla para él.

Su padre tampoco aprobaba la amistad que lo unía a Mayga. Mario Necul dejó bien claro a su hijo, desde que lo vio compartir sus juegos con la hija de Newen Cayuki, que jamás la admitiría en su ruka. Y Luciano resentía cada vez más esa prohibición.

Mayga era un bocado delicioso. La joven reunía en su belleza exótica lo mejor de las dos razas: la winka de su madre, mezcla de franceses e ingleses, y la indígena de su padre, de raíz puelche-guénaken, los antiguos centauros del desierto, cazadores del guanaco y dueños de cuerpos hermosos y atléticos. Mayga era bella de un modo que quitaba el aliento, y Luciano veía con rabia cómo los visitantes de Los Notros giraban la cabeza cuando ella pasaba rumbo a la oficina de Parques, en busca de su padre o de su tío, balanceando la gruesa trenza al compás de sus caderas. Su talle elástico, su rostro de corazón, en el que los ojos grises y rasgados eran el rasgo más llamativo, causaban impacto en todo el que la conocía. Más alta que el común de las jóvenes de la región, el vigor híbrido era evidente en aquella preciosura de cabellos renegridos y ojos color ceniza.

Ojos de humo. Parecidos

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