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LA MOMIA (O RAMSéS EL MALDITO)

Anne Rice  

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Fragmento

Título original: The Mummy of Ramsés the dammed

Traducción: Luis Soldevila Ribelles

1.ª edición: enero, 2016

© 2016 by Anne O’Brien Rice

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-683-0

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Esta novela está dedicada con amor a Stan Rice y Christopher Rice

y a Gita Mehta, una inspiración súbita,

y a sir Arthur Conan Doyle por sus espléndidas historias de momias

El lote nº 249 y El anillo de Thoth

y a H. Rider Haggard, que creó a la inmortal She

y a todos los que han dado vida a «la momia» en cuentos, novelas y películas.

Y finalmente

a mi padre, Howard O'Brien, que me rescató

más de una vez del cine del barrio cuando «la momia»

me había aterrorizado hasta tal punto que no

podía soportar ni siquiera la siniestra música

que llegaba al vestíbulo desde la sala de proyección.

 

 

 

 

 

Mi especial agradecimiento a Frank Konigsberg y Larry Sanitsky

por su apoyo entusiasta al proyecto de La Momia

y por su contribución al desarrollo de la historia.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Agradecimiento

 

Primera parte

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

Segunda parte

1

2

3

4

5

6

7

8

9

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11

1

Los fogonazos de las cámaras lo cegaron por un momento. Ojalá hubiera podido mantener alejados a los fotógrafos.

Pero llevaban ya meses pegados a sus talones, desde que habían encontrado los primeros restos en aquellas áridas colinas al sur de El Cairo. Era como si ellos también hubieran sabido que algo iba a ocurrir. Después de tantos años de trabajo, Lawrence Stratford estaba a punto de hacer un descubrimiento fabuloso.

Y allí estaban, con sus cámaras dispuestas y los flashes humeantes. Casi le hicieron perder el equilibrio con sus empujones mientras se abría paso por el estrecho pasadizo que conducía a la puerta de mármol cubierta de inscripciones.

El crepúsculo pareció cerrarse a su alrededor súbitamente. Podía ver las letras, pero no las distinguía con claridad.

—¡Samir! —gritó—. Necesito más luz.

—Bien, Lawrence.

Al instante una antorcha se encendió a sus espaldas y la poderosa luz amarilla iluminó con claridad la gran losa de piedra. Sí, eran jeroglíficos, profunda y diestramente grabados en mármol italiano. Jamás había visto nada igual.

Sintió el tacto cálido y sedoso de la mano de Samir en su hombro mientras leía en voz alta:

—«Ladrones de los Muertos, alejaos de esta tumba o despertaréis a su ocupante, cuya ira nadie puede contener. Ramsés el Maldito es mi nombre.»

Miró a Samir. ¿Qué podía significar aquello?

—Adelante, Lawrence, sigue traduciendo. Tú eres mucho más rápido que yo —lo apremió Samir.

—«Ramsés el Maldito es mi nombre. En otro tiempo Ramsés el Grande, rey del Alto y el Bajo Egipto; azote de los hititas, constructor de mil templos; adorado por su pueblo; y guardián inmortal de los reyes y reinas de Egipto a lo largo de los siglos. En el año de la muerte de la gran reina Cleopatra, al convertirse Egipto en provincia romana, me entrego a la oscuridad eterna; cuidaos de mí si dejáis que los rayos del sol crucen esta puerta.»

—Pero no tiene sentido —susurró Samir—. Ramsés el Grande reinó mil años antes que Cleopatra.

—Y sin embargo no hay duda de que estos jeroglíficos son de la dinastía XIX —repuso Lawrence. Limpió con impaciencia la tierra que cubría las letras—. Mira, a continuación se repite el mismo texto en latín y en griego.

Hizo una pausa y finalmente leyó las últimas líneas en latín.

—«Cuidado: Mi sueño es como el sueño de la tierra bajo el cielo nocturno o bajo la nieve del invierno; si se me despierta, yo no seré servidor de mortal alguno.»

Por el momento Lawrence se quedó boquiabierto, sin poder apartar la vista de la inscripción que acababa de leer. Apenas oyó las palabras que Samir pronunciaba tras él.

—No me gusta. No sé lo que significa, pero es una maldición.

Lawrence se volvió de mala gana y vio que la desconfianza de Samir se había convertido en miedo.

—El cuerpo de Ramsés el Grande está en el museo de El Cairo —dijo Samir con impaciencia.

—No —replicó Lawrence, consciente de que un escalofrío le recorría la espina dorsal—. Hay un cuerpo en el museo de El Cairo, pero no es el de Ramsés. ¡Mira los cartuchos, los sellos! En tiempos de Cleopatra no había nadie capaz de escribir en jeroglíficos antiguos, y éstos son perfectos... como las traducciones griega y latina.

Si al menos pudiera compartir aquel momento con Julie, pensó Lawrence con amargura. Julie, su hija, no tenía miedo a nada. Ella hubiera comprendido como nadie lo que aquel momento significaba para él.

Casi perdió el equilibrio al retroceder por el pasadizo apartando de su camino a los fotógrafos. De nuevo volvieron a relampaguear los flashes de las cámaras. Los periodistas se abalanzaron hacia la puerta de mármol.

—¡Que los hombres vuelvan al trabajo enseguida! —gritó Lawrence—. Que terminen de despejar el pasaje hasta la puerta. Quiero entrar esta noche en esa tumba.

—Lawrence, no te precipites —le advirtió Samir—. Hay algo en todo esto que no debemos menospreciar.

—Samir, me asombras —respondió Lawrence—. Hace diez años que excavamos estas colinas en busca de algo como esto. Y nadie ha tocado esa puerta desde que fue sellada hace dos mil años.

Con gesto malhumorado apartó a los periodistas que se agolpaban a su alrededor. Hasta que llegara el momento de abrir la puerta necesitaba refugiarse en su tienda y en su diario, el único confidente apropiado en aquel momento. De repente se sintió mareado por el calor del largo día.

—No hay declaraciones por el momento, señores —dijo Samir cortésmente. Como siempre, Samir era el enlace entre Lawrence y el mundo real.

Lawrence descendió por el irregular sendero cojeando ligeramente mientras entrecerraba los ojos y admiraba la sombría belleza de las tiendas iluminadas por antorchas a la suave luz violeta del atardecer.

Tan sólo una cosa distrajo su atención antes de que se refugiara en su tienda, ante la mesa de campaña: la visión de su sobrino Henry, que lo observaba con aire indolente desde cierta distancia; Henry, enfundado en su arrugado traje de lino blanco y con cara de pocos amigos, tan incómodo y fuera de lugar en Egipto; Henry, con el inevitable vaso de whisky en la mano y el eterno cigarro en los labios.

Sin duda estaba con él Malenka, aquella bailarina del vientre de El Cairo que entregaba a su señor inglés todo lo que ganaba.

Lawrence no consegu

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