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LA MUJER DE MIS SUEñOS

Luz María Doria  

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Fragmento

P R Ó L O G O

CÉSAR LOZANO

Siempre he creído que empezamos a envejecer prematuramente cuando permitimos que ocurran dos cosas en nuestra vida. La primera, dejar de asombrarnos por cosas que creemos simples o insignificantes, que muchas veces son las más importantes y trascendentes. Y la segunda, cuando dejamos de reír.

La vida me sigue sorprendiendo. Me asombra que se me presente un reto que nunca imaginé: escribir el prólogo del libro de una mujer con una capacidad extraordinaria para compartir su ser y su saber a través de las palabras y, además, con un maravilloso sentido del humor. Para superar tan importante reto, he decidido que sean mis sentimientos, y no la técnica, los que me ayuden a expresar lo gratificante que fue para mí la lectura de este libro, La mujer de mis sueños, de mi querida Luz María Doria. Un título a partir del cual se podría pensar que se trata de un libro solo para las mujeres. Sin embargo, no me cabe duda de que los relatos y las anécdotas de vida de la autora y de personajes significativos para ella, van a deleitar tanto a hombres como a mujeres. Estas historias dejan grandes enseñanzas que pueden ser aplicadas por cualquiera que crea que los sueños sí se cumplen.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Luz María abre su corazón y echa por la borda la frase considerada por muchos como un dogma o un acuerdo que puede ser terrible: infancia es destino. No siempre para los que tuvimos una infancia difícil, con limitaciones de algún tipo, el destino va a ser igual. El destino se va forjando con los pensamientos, actitudes, palabras y decisiones que tomamos día tras día, incluyendo los retos que se van venciendo gracias a la voluntad y a la disciplina constante. Aunque muchos lo crean, yo siempre dudé de la veracidad de dicho acuerdo, y más ahora que veo la gran similitud entre mi vida y la de Luz María Doria.

Nadie creería que una niña que se autodenominaba tímida, feíta, con una vergüenza tremenda para entablar una conversación o para hacer amigos, se iba a convertir en responsable de revistas internacionales de gran prestigio y productora ejecutiva del programa de televisión hispano de las mañanas de más audiencia en Estados Unidos.

La protagonista de esta increíble y motivadora historia es la misma Luz María que nació en Cartagena, Colombia, y que a pesar de su timidez y sus miedos soñaba con volar muy alto y ser una mujer exitosa.

Mi primer encuentro con la autora fue hace algunos años en el programa de televisión Despierta América, que actualmente produce para la cadena internacional Univision. Cuando entró a la sala donde me encontraba, antes de la participación que tendría en un segmento del programa, nunca imaginé que fuera la pieza clave del engranaje que mueve un programa de tal magnitud. Su sonrisa cálida y su lenguaje corporal relajado (difícil de creer en quien en esos momentos trae a cuestas una transmisión en vivo), me hizo sentir en confianza. Cero poses, cero acelere —bueno, en ese momento—, una charla amena, divertida y constructiva sobre el tema que iba a exponer, siempre dejando claro qué esperaba de mí y la reacción que deseaba en la gente que nos vería. Nunca imaginé entonces el bagaje de historias que esta bella mujer traía consigo para llegar hasta donde ahora se encuentra.

Estoy seguro de que cuando inicies la lectura de este libro que tienes en tus manos será prácticamente imposible dejar de leerlo ya que te convierte en cómplice silencioso de los deseos, anhelos, motivaciones, temores y retos que Luz María enfrentó para convertirse, sin haberlo planeado o deseado, en una de las 25 mujeres más poderosas, según la revista People en español.

Ella nos recuerda que subir a la cima del éxito no es una tarea individual; los mentores, la familia y los amigos juegan un papel fundamental, y entre esas personas que influyeron positivamente en su vida hay algunas a quienes considera verdaderos ángeles que Dios permitió que encontrara en su camino para aprender lo más posible de ellos.

Disfrutarás los testimonios tanto de famosos como de héroes anónimos para algunos de nosotros que influyeron tremendamente en los aciertos y en la corrección de errores que ella misma acepta con humildad.

Albert Einstein dijo que hay dos maneras de vivir tu vida: como si nada fuera un milagro o como si todo fuera un milagro. Al terminar la lectura de este libro afirmo con más fuerza que los milagros suceden en quienes están dispuestos a vivirlos, en quienes los esperan con fe. Las “dioscidencias”, no coincidencias, se presentan frecuentemente en quienes hacen su trabajo con amor, dedicación, entrega, convirtiendo lo simple en algo extraordinario.

Querida Luzma: me quedo con tus vivencias, me grabo en lo más profundo de mi ser los consejos que te dieron tus padres, con la sonrisa constante y las historias de tu adorada nana y de tanta gente de éxito que Dios permitió que se cruzara en tu vida y de quienes decidiste aprovechar lo mejor.

Gracias por compartir un libro lleno de sentimiento, de conceptos prácticos, sin rebuscamientos ni complicaciones, para aplicarlos desde el mismo momento en que se leen, incluyendo esas magistrales frases llegadoras, mucho más que matonas, que compartes y deseas que todo mundo suba a sus redes con esa bondad que te caracteriza. Gracias por concederme el gran honor de escribir el prólogo de tan bello libro.

El cantautor Facundo Cabral dijo: “De la cuna a la tumba es una escuela, y a eso que le llamamos problemas no lo son; son lecciones”.

Hoy, querida lectora o querido lector, tienes en tus manos un libro lleno de sabiduría y aprendizaje. De ti depende aplicarlos en tu vida, pero te quiero asegurar que, si aceptas estas lecciones, tu crecimiento personal y profesional será notablemente visible.

Gran razón guardan las palabras de Luzma: “Si no te pasan cosas que quieres que te pasen es porque en el fondo de tu corazón no las ves posibles”.

Disfruta la lectura de este libro. Será digno de ser recomendado y se convertirá en uno de tus favoritos o, como es mi caso, en uno de tus libros de cabecera.

CÉSAR LOZANO

Conferencista internacional

Escritor, conductor de radio y televisión

P R Ó L O G O

FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA

LUZMA, LA MATA DE LA CURIOSIDAD

Curiosidad es el don más importante que posee un periodista.

Luz María Doria Escobar —Luzma de aquí en adelante— es curiosa por encima de todas las cosas. Y eso la hace una gran periodista desde chiquita, aunque no haya sido chiquita nunca. Si la curiosidad mató al gato, la falta de curiosidad mató al periodista. (Puede twitear esta línea, igual yo también me la robé).

Curiosidad = Preguntas

1. ¿Por qué se mueve la Tierra alrededor del Sol?

2. ¿Qué es la muerte?

3. ¿Cómo hacen el amor las ballenas?

4. ¿Quién mató a Gaitán?

5. ¿Cuál es la playa más bella del mundo?

6. ¿Dónde botó Lorena el pene de su marido?

7. ¿Qué dice la carta del suicida?

8. ¿Qué le vio Jackie a Onassis?

9. ¿Por qué se divorcio Julio Iglesias de la Preysler?

10. ¿Hubo sexo entre Kate y el Chapo?

Las respuestas 6, 7, 8, 9 y 10 trastornan la curiosidad de Luzma.

Al buen periodista le interesa lo mismo que a la mayoría de la gente, aunque no sea consciente de ese interés.

Echarle un cuento a Luzma es a veces una tortura. Quiere saber todo el cuento completo con detalle de detalles. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién? ¿Por qué? Esas cinco manidas preguntas básicas del periodismo. Y les faltó ¿Cuánto?

Para Luzma, esas 6 preguntas son solamente el titular. Ella quiere saber también qué tenía puesto, qué respondió el otro, qué cara puso, qué hicieron los demás, si no te dio pena, quién era el más triste, qué dijo la otra, quién era el más alegre, si lloraba, quién llamó a la policía, qué cartera llevaba, cómo llegó el otro, quién pagó la cuenta.

Y así cuenta los cuentos Luzma, todas las conversaciones, sus largos argumentos para regalarle el primer auto a Dominique, su hija (que, en cuanto pudo, se fue de la casa para evitar tanta preguntadera), hasta sus viajes en avión, a los que les tiene pavor, y la razón por la que apenas hace cinco años fue que pudo ir a París a ver el puente donde murió Lady Di.

La misma insoportable preguntadera ha sido la marca de Luzma en los tantos y tan importantes consejos de redacción que ha dirigido por 30 años, desde que comenzó a trabajar a los 20 años de edad. Sí, sumó bien, ya tiene 50.

Luzma exige a los reporteros que se hagan preguntas básicas e inteligentes y les cuenten sus respuestas a sus lectores, oyentes o televidentes. Fácil.

Me recuerda al jefe de redacción del Daily Planet, el diario donde trabaja el reportero Clark Kent cuando no está de superhéroe con su traje azul, capa y calzoncillos rojos por fuera. “Busquen a Superman”, les decía gritando el jefe a sus reporteros. “Quiero saber si es humano, si es frío o caliente, si su cuerpo es duro o blando, qué come, dónde nació, para quién trabaja”.

Hay periodistas políticos. Periodistas judiciales. Periodistas locales. Periodistas internacionales. Periodistas científicos. Luzma no es ninguno de esos. Luzma es periodista light. Periodista de revistas, del último cuadernillo, de los programas matutinos, periodista de lo que se necesita más cada día: entretenimiento.

Celebridades y emociones son su materia prima.

Su curiosidad tiene mira telescópica para ubicar los pequeños grandes detalles de las vidas de los famosos. Un GPS para encontrar las emociones grandes de la gente sencilla.

“Soy de las que lloran cuando en Sábado Gigante se ganan el carro o cuando lo pierden”, le oí decir una vez. Curiosidad más sensibilidad, una mezcla extraordinaria para captar tele-escucha-lectores.

Lo que la política es a Jorge Ramos, las celebridades son a Luzma. Personaje o personajillo que Luzma no conozca es porque no ha tenido más de 5 minutos o 20 líneas de fama.

En su lista de contactos tiene los nombres de todos los personajes latinos que le interesan a la gente o a ella, que son exactamente los mismos. Sofía Vergara todavía le sigue dando entrevistas, el papá de Selena le contesta el teléfono, la hija de Jenni Rivera le guarda secretos y Thalía le deja tocarla para saber si se sacó la última costilla.

A los 20 años, recién salidita de Barry University de Miami entró a trabajar en la forja de Cristina Saralegui como reportera de TVyNovelas y Cosmopolitan y desde ahí todo ha sido un cohete. Directora de Cristina, la revista, Directora de Entretenimiento de TeleFutura y ahora cabeza máxima de Despierta América, tiene que inventar contenido para 4 horas diarias, 20 horas semanales, 80 horas mensuales de televisión en la cadena Univision. Contenido ligero (que no quiere decir sin importancia), entrevistas, dramas, historias que interesen, que emocionen. La curiosidad convertida en minutos al aire. Circulación y rating siempre la han acompañado.

Luzma es la tímida que más fuerte habla del mundo. Es más, no habla, grita. Ese es su tono natural de voz. Solo habla en voz baja cuando se enoja. Tiene invertida la perilla del volumen. En los restaurantes pide el postre de primero. Para vestirse solo le pone cuidado —y dólares— a la cartera, los zapatos y el reloj, lo demás es taparse sin importarle la temporada ni la gama cromática.

Revistahólica. Cartagenuda. Mimada por su condición de nieta e hija única.

Jairo Doria, su papá, tenía mucho de Vadinho, el primero de los dos maridos de Doña Flor. Exuberante, generoso, bebedor de cantos decimeros que solo entienden en su Sabana Nueva, pasional y papi de hija.

Ofelia, su mamá, paisa, con las manos tan bellas como para hacer publicidad de anillos Cartier, no la ha dejado sola ni un instante. Ni en la luna de miel. Pero a Bebo, el santo marido ecuatoriano de Luzma, ingeniero mecánico de trenes y con mucho de Teodoro, el segundo marido de Doña Flor, no le estorba.

“Tengo un sueño americano”, decía Luzma cuando no se podía levantar temprano para ir a la universidad a aprender lo que no le sirvió para nada, porque en las facultades de Periodismo no dictan clases para evitar frases comunes ni para aumentar la curiosidad.

Luzma está cargada con una munición interminable de respuestas rápidas y certeras.

Escribir bien es otra de las habilidades que debe tener un buen periodista, además de las obvias como objetividad, honestidad, criterio y brevedad, que también las tiene Luzma. En su @luzmadoria se notan esos destellos.

¿Que por qué estoy escribiendo este prólogo?

Porque conocí a Luzma sin haber cumplido 16 años —ella— y me leía cuando era director de la revista Antena —yo— y llegó al lobby del hotel Caribe de Cartagena a conocerme, acompañada de Jairo Doria, todo de blanco, la camisa abierta y abarcas tres puntá. Hace como 30 y pico de años, vestido de lino blanco pero con mocasines blancos esta vez, vino a Bogotá y se quedaron en el Hotel Bacatá madrugando al día siguiente para sacarle la visa a su Luzma, para que se fuera a Estados Unidos con Ofelia a escribir La mujer de mis sueños, este libro ejemplar y triunfal, que hoy feliz y orgulloso prólogo. Ah, y porque la recomendé para su primer trabajo con Cristina y desde que la conozco se convirtió en mi hermana, mi cómplice, mi mejor amigo con tetas.

Y porque me causa mucha curiosidad su curiosidad.

FERNÁN MARTÍNEZ MAHECHA

Periodista, escritor y mánager

I N T R O D U C C I Ó N


“Si estás leyendo esta primera línea, tú has permitido que mi sueño se cumpla. Solo espero que cuando llegues a la última página yo te haya ayudado a cumplir el tuyo”. —LUZMA

Aquella madrugada del 6 de enero de 1982 me despertaron las notas de un mariachi. Venían con mi papá a darme una serenata de despedida porque ese día de Reyes, yo, la única hija de Jairo Doria, me iba a vivir a Estados Unidos. Ese día también iba a empezar a cumplirse el primer sueño que tuve en mi vida: ser periodista.

En medio de las notas del mariachi se colaron agolpados de pronto en mi cabeza soñolienta los 16 años de recuerdos en Cartagena. Y se me vino a la mente ese día en que mi papá (el mismo que ahora me cantaba llorando afuera una ranchera) me llevó al kínder por primera vez y me dijo muy serio:

“No te dejes joder nunca de nadie. Si algún niñito te molesta, tú, con este dedito, le sacas los ojos”.

La dueña del colegio, Elvia, que era muy amiga suya, lo miró aterrada mientras me llevaba a clase halando mi mano y me bajaba disimuladamente el dedito asesino.

Yo, que fui muy obediente desde chiquita, supe desde ese día que nunca me dejaría joder de nadie... pero también supe que antes de obedecer había que analizar la orden y que yo nunca, a nadie, le sacaría los ojos.

Crecí recordando esa frase, y aunque siempre se me viene una sonrisa de complicidad cuando pienso en aquella recomendación, tengo que reconocer que a mi papá, que fue el ser más pacífico de esta tierra (sí, ya sé que es difícil de creer después de esta anécdota), se le fue la mano con esa indicación tan sanguinaria y drástica, solo justificable un poco porque yo siempre fui la niña de sus ojos.

Siempre fui una muchacha tímida y feíta. Me daba mucha vergüenza entablar una conversación, hacer nuevos amigos y hasta sacar la lonchera para comer en el colegio. Y prefería mojarme que andar con paraguas. Crecí calladita pero en mi mente iba escribiendo el discurso de mi vida. Eso sí, siempre, en privado, me encantaba inventar historias. Yo vivía para contarlas. Todo lo que pasaba a mi alrededor era un cuento. Un cuento que yo sazonaba, pulía, saboreaba, le agregaba personajes y cuando me montaba al bus del colegio, me esmeraba para contárselo a las dos únicas amigas con las que siempre compartía la banca del bus…

Desde que tenía 6 meses de nacida, tuve el privilegio de tener la nana más divertida y creativa del planeta. Se llamaba Magaly, pero yo le decía Tatati. Era humilde, buena, entretenida, noble y nunca, ni aunque estuviera viviendo el día más triste de su vida, le faltó una sonrisa.

Siempre me repetía que a la gente buena le pasaban cosas buenas.

Y yo le creía.

Tatati me enseñó a bailar vallenato y me decía mentiras piadosas; como que yo era casi una reina de belleza.

Y yo le creía a pesar del casi.

Tatati, que era negrita, me inventaba historias que yo escuchaba sin pestañear. Como que ella había sido una actriz blanca y rubia, llamada Eva, que un día se quemó de pies a cabeza cuando el avión en que viajaba sufrió un accidente. Y yo la miraba inocentemente de arriba abajo tratando de encontrar sin suerte algún rastro de Eva.

Yo me imagino que gracias a Tatati me convertí en la mejor “cuentera” del colegio. Con sus cuentos, ella disparaba mi creatividad. En esas historias que yo producía al lado de mis dos amigas en la banca del bus iban apareciendo todos mis sueños.

Pero esos sueños a veces se disipaban: ¿cómo iba a ser yo algún día periodista con lo penosa y tímida que era?

Me fui haciendo mujer allá en Cartagena, que es para mí la ciudad más bella del mundo. Pero Cartagena, lo confieso hoy públicamente por primera vez, siempre ejerció en mí una melancolía que no era normal. Hoy tengo que reconocer que nunca en mi vida he experimentado tanta tristeza sin motivo como la que sentía mi corazón los domingos cuando iba caminando por sus calles estrechas a misa de 6 a San Pedro Claver. Caminar por las calles de Cartagena siempre me daba una tristeza extraña, sin explicación. Cuando se iba ocultando el sol, a mí siempre me daba nostalgia. Me entraba siempre un letargo raro. De esos que Gabriel García Márquez sabía narrar con su magia y que yo siempre sentí como propio. Todavía hoy, toda una vida después, a eso de las 6 la tarde, donde esté, se me viene a la mente la bahía de Cartagena. Como si allí hubiera dejado algo… Como si algo volviera a mi memoria siempre a la hora del atardecer a recordarme que allí está un pedacito de mi corazón.

Crecí rodeada de mucho amor por ser nieta e hija única, y nunca se me quitó de la cabeza la idea de ser periodista.

La gran cómplice de mi sueño fue mi mamá.

Si mi papá era noble, soñador, llorón, loco y parrandero, mi mamá siempre ha sido la valiente, la emprendedora, la crítica más sincera. La que siempre me ha empujado a luchar por todos mis sueños. Tenerla a mi lado ha sido como vivir con una porrista propia a toda hora. Y aquí les va un mensaje a los padres y a los que van camino de serlo: el aplauso a nuestros sueños lo deberíamos recibir desde que empezamos a creerlos y a crearlos. Por muy locos y descabellados que sean esos sueños, saber que hay alguien que confía en ellos es la mejor gasolina para acelerar el proceso del éxito. Ese es el mejor regalo que les podemos dar a nuestros hijos. Yo tuve siempre esa gasolina que impulsaba los míos. Aunque tengo que confesar que, a veces, en esos atardeceres melancólicos de Cartagena, me parecía que allí la vida era tan pero tan simple que rozaba disimuladamente el límite del aburrimiento.

Yo quería que mi vida se pareciera a lo que veía en las revistas. Que pudiera ser testigo del éxito. Yo quería con ...