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LA NIñA QUE MIRABA LOS TRENES PARTIR

Ruperto Long  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN
EN BUSCA DE UN NOMBRE PERDIDO

Grenoble, Francia, setiembre de 2005

–¡Sí, es él! –le grité a Jacques, sin poder contener mi emoción–. ¡No cabe duda!

Por fin, luego de tantos años de afanosas investigaciones, las piezas del rompecabezas comenzaban a cerrar.

Jacques, mi asistente, parapetado junto al vetusto proyector de cine de mi sala de trabajo, asintió con la cabeza, sonriente y sorprendido.

Recuerdo bien aquel momento. Era el atardecer de una fresca tarde de otoño y el viento proveniente del massif de la Chartreuse barría el valle del Isère. Grenoble se preparaba para un largo invierno. Me paré y serví dos generosas copas de cognac. Era aún muy temprano para festejar. Pero igual consideré que nos merecíamos ese premio, luego de una década de trabajos y desvelos.

Mientras bebíamos lentamente, observamos una vez más la vieja película.

* * *

La filmación transcurría en Montevideo, un brumoso puerto situado donde el Río de la Plata desemboca en el Atlántico sur, y las tomas correspondían a la primavera austral de 1964. Para mayor precisión: eran del 8 de octubre.

El general Charles de Gaulle, con su imponente talla, recorría la avenida principal de aquella ciudad, vitoreado por una marea humana –cientos de miles de personas, dirían luego los cronistas–. Agitaban banderas, gritaban ¡bravo! y derramaban no pocas lágrimas. Una lluvia copiosa y el viento inclemente del sur castigaban a la multitud. El general –fiel a su estilo– desdeñaba toda protección. El aguacero le había empapado el képi y las gotas de lluvia corrían por su rostro. Al llegar a la plaza de la Independencia, descendió de su vehículo y rindió homenaje al héroe de Uruguay, José Gervasio Artigas. Luego, el presidente de Francia y el de Uruguay –Luis Giannattasio– pasaron revista a las tropas.

Los presidentes de Francia y Uruguay, Charles de Gaulle y Luis Giannattasio, recorren la avenida 18 de Julio de Montevideo, 8 de octubre de 1964; fuente: archivo fotográfico de El País, colección Caruso.

Al finalizar la ceremonia, De Gaulle giró hacia la derecha y saludó –uno por uno– a los uruguayos que combatieron por Francia en la Segunda Guerra. Setenta orientales –así se denominan los habitantes de ese país– se enrolaron como voluntarios en las Fuerzas Francesas Libres. Muchos de ellos combatieron en la Legión Extranjera e incluso algunos integraron la legendaria 13.ª Demi-Brigade, que se cubrió de gloria en el norte de África y en la liberación de Francia. La filmación registra la presencia de treinta de aquellos voluntarios, luciendo con orgullo sus uniformes de combate y en rigurosa formación militar bajo la lluvia.

De Gaulle avanzó con lentitud, impertérrito a pesar de la tormenta que se descargaba cada vez con mayor furia sobre la capital austral. Su rostro reflejaba una profunda emoción contenida: veinte años antes esos hombres curtidos –siendo aún jóvenes muchachos– cruzaron el océano y arriesgaron sus vidas por un ideal de libertad, dispuestos a servir bajo una bandera que no era la suya, en el peor momento de la guerra y cuando toda esperanza parecía perdida. ¡Confiaron en su llamado, cuando muchos de sus compatriotas le habían dado la espalda!

El general estrechaba la mano de cada uno con fuerza, lo miraba a los ojos e inclinaba levemente su cabeza mientras parecía musitar:

–Merci.

Entonces sucedió. Un attaché se le acercó por detrás, le susurró algo al oído y desapareció.

¿Qué le dijo? ¿Escondía algo ese breve y sigiloso mensaje? ¿Tenía, acaso, alguna importancia?

La primera vez que vimos la añeja película no lo sabíamos a ciencia cierta. Igual procuramos descifrar sus palabras. Según me informaron más tarde los fonólogos, el attaché habría murmurado al general:

–Es uno de ellos.

Acto seguido, un recio soldado de buena presencia, pelo negro y bigotes recortados –quien lucía el uniforme de la Legión Extranjera, con el grado de cabo y varias condecoraciones–, se adelantó y estrechó la diestra del mandatario.

De Gaulle retuvo la mano del hombre –tal vez un instante más que a la de los demás–, lo miró fijo a los ojos –quizá con un dejo de emoción– y susurró, con un levísimo rictus de sonrisa, casi imperceptible:

–Bien fait, légionnaire!

¿Pero por qué De Gaulle hizo ese comentario? ¿Qué tenía de singular ese legionario? ¿Qué hechos había protagonizado para merecer –¡ni más ni menos que de labios del general!– ese enigmático elogio: «bien fait!»?

Ahora, por fin, habíamos develado el misterio.

* * *

Charles de Gaulle rinde homenaje a José Artigas, en la plaza Independencia; fuente: archivo fotográfico de El País, colección Caruso.

La historia comenzó unos cuantos años antes.

Por ese entonces conocí, en un congreso en la América del Sur, a un ingeniero de Montevideo que respondía al curioso nombre de Ruperto Long-Garat. Por su intermedio tomé conocimiento de la película, que por entonces ya cumplía tres décadas, así como de ciertas conjeturas y cavilaciones.

El general De Gaulle saluda a los voluntarios uruguayos de la Francia Libre (López Delgado es el segundo de la derecha); fuente: familia López Delgado.

Las investigaciones que él había realizado –y que puso a mi disposición– sugerían que la indescifrable expresión de De Gaulle en el viejo film guardaba relación con el destino de una niña belga de 8 años, desaparecida de Lieja en el frío otoño de 1941, devorada de algún modo que desconocíamos por la ocupación nazi. Por aquel entonces, solo su dulce nombre parecía haber sobrevivido.

Un nombre encantador, sugerente, perfumado de enigmas: Charlotte. Un nombre cuyas huellas parecían haberse perdido en los insondables abismos de la memoria.

La enigmática historia era un fiel reflejo de la terrible época que nos había tocado vivir. Todavía cercana en el tiempo y que no teníamos derecho a olvidar.

Además, parte importante de aquellos sucesos había transcurrido en la región donde yo vivo desde hace años, en el imponente y misterioso massif de la Chartreuse. Por si ello fuera poco, la chiquilla era liégeoise, como buena parte de mi familia, entre quienes se cuenta el eximio matemático Charles-Jean Étienne Gustave Nicolas de La Vallée-Poussin.

Estas razones, éticas y afectivas, me condujeron sin titubeos a abocar las energías del Institut des Hautes Études Historiques de l’Isère –que tengo el honor de presidir–, en procura de arrojar luz sobre el destino de Charlotte, apenas un nombre perdido en la inmensidad de la devastación ocasionada por la barbarie nazi.

Fue así que durante diez años reunimos testimonios de protagonistas y testigos, escritos, documentos y fotografías, y también descartamos infinidad de pistas que a ningún lugar conducían. Así pudimos recomponer, pieza por pieza, la fascinante y asombrosa historia que ahora expondremos a consideración de los lectores, con el solo afán de que las nuevas generaciones conozcan lo acontecido, para que nunca más se vuelva a repetir.

Este es un relato donde están registrados muchos nombres que merecen recordarse: unos, como ejemplos de la dignidad del ser humano; otros, como arquetipos de su abyección. Narraremos hechos que nos admiran y sucesos que nos avergüenzan.

La siguiente es una historia nacida del anhelo por descubrir los misterios que escondía un nombre perdido. O casi.

Georges de La Vallée-Poussin

Institut des Hautes Études Historiques de l’Isère

Président

Gre

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