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LA OTRA VIDA DE BELéN

Cecilia Curbelo  

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Fragmento

Antes de vivir esta pesadilla, antes de sufrir lo que sufrí y sufro, alguien podría haberme advertido que la vida no era fácil… Mi madre, por ejemplo, ¿no? Aunque tal vez me lo haya querido decir varias veces y fui yo misma quien no quiso escuchar… O mi padre, si lo tuviera.

Es decir, lo tengo (nadie nace de una madre sin la intervención de un padre, biológicamente hablando), pero no sé quién es y ahora me doy cuenta de que él tampoco sabe quién soy, y me pregunto si le causará al menos curiosidad mi existencia o directamente ni ocupo una milésima de segundo en su cabeza…

Cacho también podría haberme dicho que la vida no era eso que viví durante mi infancia en el pueblo, con mi amado arroyo, pescando mojarritas con mi calderín verde mientras él y mamá tomaban mate en la orilla. Recuerdo esos momentos y es como ver una película en blanco y negro…, pero que hoy se tiñe de sepia, acompañada de una melodía triste. Tal vez por lo lejano del tiempo, o lo lejano del mapa…, o porque ya nada sería igual aunque regresásemos. Absolutamente nada después de que pasó lo que pasó, del derrumbe de todo cuando… cuando supimos del primer gran cimbronazo de mi hasta entonces tranquila existencia.

¿Extraño mi otra vida? No lo sé. Ya no sé. No entiendo al mundo, no entiendo a la gente, no comprendo la maldad y solo siento desesperación, un nudo en el pecho y lágrimas contenidas que no quiero que mi mamá vea, porque en el estado en el que está puedo hacerle daño, y ella es todo lo que tengo en el universo.

Paso mis dedos por mi cabello lacio, negro y corto, que antes llevaba largo hasta la cintura, y resulta imposible no sentir furia, desolación y tristeza a la vez, mientras miro por la ventana del apartamento que ahora es mi casa, pero que todavía no logro considerar mi hogar.

Me recuesto apoyando un lado de mi cadera en la pared y me entra un temblor. ¿De frío?, ¿de miedo?, ¿de angustia? Me bajo el buzo que tiene el logo de la banda uruguaya El Cuarteto de Nos (desde que estoy acá me volví más uruguaya que nunca, y aunque antes me gustaba el rock nacional, ahora me fascina) que se me enrolló por encima del ombligo, hasta cubrirme las anchas caderas enfundadas en mi jean favorito que tanto me cuesta abrochar. Cruzo los brazos sobre mis pechos, cubiertos por un corpiño talla XL, pero que así y todo escapan a la tela de la prenda interior que intenta sostenerlos en su sitio. Sé que no soy el prototipo de la chiquilina «ideal».

No. Soy curvilínea, tengo pancita, lolas grandotas y soy «caderona», como cuchicheaban las Princesas, amigas de mi prima Micaela. Clopén, su abuela, sin embargo, fue más directa y apenas me vio dijo: «Esta chica es de caja grande».

Pero nunca me traumó, menos cuando me tocó compartir la experiencia de lo que pasó con Mica.

Hasta que no atravesé por las situaciones que viví en este lugar, jamás me había concientizado en que mi aspecto exterior no concuerda con lo que se espera de una gurisa «popular» o «exitosa».

Encima, el color de mi piel tampoco es el estereotipo de lo bonito, ni es de un color concreto como «blanco» o «negro». Soy lo que comúnmente la gente llama «café con leche». Más tirando a café que a leche.

Y, a pesar de esto, aun viendo programas de televisión donde se muestran adolescentes perfectas, me consideraba atractiva, estaba conforme conmigo misma. Mi cabello largo era mi tesoro.

Me lo vuelvo a tocar. ¡Está tan corto! Me siento… me siento fea y desgraciada. Mis ojos comienzan a llenarse de lágrimas y es cuando escucho su voz.

—Estás triste —me dice mamá. Me doy vuelta y la veo de pie, detrás de mí, apoyada en el marco de la puerta de su dormitorio.

—Mami, ¿qué hacés levantada? ¿No te dijo el doctor que solo salieras de la cama para ir al baño?

Mi madre no hace caso a mi rezongo e insiste:

—¿Es por todos

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