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LA PEQUEñA PANADERíA DE LA ISLA

Jenny Colgan  

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Fragmento

Título original: Little Beach Street Bakery 

 Traducción: Ana Isabel Domínguez Palomo y María del Mar Rodríguez Barrena 

1.ª edición: noviembre 2016 

© Ediciones B, S. A., 2016 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-609-5 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria Citas 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 Coda Agradecimientos La vida es dulce con Jenny Colgan

Para Anna-Marie Fourie,

Recibe antes que nadie historias como ésta

mi querida primera lectora y amiga

a demasiada distancia,

que sabe lo que es esperar

a que alguien vuelva a casa del mar.

Ojalá fuera un pescador

que se hace a la mar,

muy lejos de tierra firme

y todos sus amargos recuerdos.

Poder lanzar mi precioso anzuelo

con despreocupación y amor.

Sin más techo que me constriña

que el cielo estrellado

contigo entre los brazos.

¡Uuuh, uuuuuh!

Fisherman’s Blues, de The Waterboys

¡Levantaos, levantaos, jóvenes!

El navío parte por la mañana,

ya sople el viento, ya haga frío

o azote una mortal tormenta.

Balada de sir Patrick Spens, alrededor del siglo XIV, tradicional

1

Años más tarde, cuando ya era una anciana y se encontraba a muchos kilómetros de distancia, a Polly le resultaría difícil explicar cómo era la vida que llevaban en aquel entonces. Explicar que algunos días podían ir a tierra firme en coche, pero que otros tenían que ir en barca. A veces se quedaban aislados durante mucho tiempo y nadie sabía muy bien ni cuándo ni cómo sucedería; las predicciones de las mareas solo anunciaban eso, las mareas, no el tiempo.

—Pero ¿no era espantoso? —le preguntaría Judith—. Me refiero a saber que estabais aislados.

Y Polly recordaría cómo el sol se reflejaba en el agua, cuando la marea no bajaba, y cómo la luz cambiaba y hacía cambiar el color del agua, que pasaba del rosa claro al rosa oscuro y al violeta a medida que el sol se ponía por el Oeste, con la certeza de que iba a pasar otro día sin que pudieran ir a ninguna parte.

—La verdad es que no —contestaría ella—. Era maravilloso. Solo tenías que acurrucarte y ponerte cómoda. Solo estabas tú y los demás habitantes del pueblo. Te asegurabas de que todo estaba bien en alto y si todavía había electricidad, era estupendo, pero si no la había... En fin, también te las apañabas. Se veían velas brillando junto a las ventanitas. Era acogedor.

—Parece sacado de hace cien años.

Polly sonrió.

—Lo sé. Pero no hace tanto tiempo. No, no hace tanto tiempo... A mí me parece que fue ayer. Si plantas tu corazón en un lugar, ese lugar siempre te acompañará. Claro que eso vino muchísimo después. Al principio, era espantoso.

2014

Polly hojeó los documentos que le habían entregado en una brillante carpeta con la imagen de un faro en la portada. Se percató de que era una bonita imagen. Estaba haciendo un gran esfuerzo para ver el lado positivo de la situación.

Los dos hombres que estaban con ella en la habitación eran amables. Más amables de la cuenta; tan amables, de hecho, que estaban consiguiendo que se sintiera peor en vez de sentirse mejor. Se sentía culpable más que furiosa o desafiante.

Estaban sentados en la trastienda del despacho de dos habitaciones en la reconvertida estación de tren de la que Chris y ella se habían sentido tan orgullosos. Era pequeñita y acogedora, con una vieja chimenea que no funcionaba en lo que antaño fuera la sala de espera.

En ese momento, las dos estancias eran un caos: archivos desordenados, ordenadores puestos en cualquier sitio, papeles desparramados por todas partes. Los hombres tan amables del banco estaban repasando todos los documentos. Chris estaba sentado con aire enfurruñado, como un niño de cinco años al que le hubieran quitado su juguete preferido. Polly no dejaba de dar vueltas en un intento por ayudar, y cada poco tiempo Chris la miraba con expresión sarcástica, una expresión que ella sabía interpretar por un «¿Por qué ayudas tanto a la gente que intenta destruirnos?», y, aunque suponía que Chris llevaba razón en cierto sentido, no podía evitarlo.

Después, a Polly se le pasó por la cabeza que el banco contrataba a esa gente para que fuera amable precisamente por ese motivo: para animar a que los demás colaborasen, para evitar confrontaciones e impedir peleas. Eso la entristecía, tanto por Chris y por ella, como por esos hombres tan amables, cuyo trabajo diario consistía en presenciar las penurias ajenas. No era culpa suya. Aunque Chris creía que sí, por supuesto.

—En fin —dijo el mayor de los dos hombres, que llevaba turbante y tenía unas gafitas apoyadas en la punta de la nariz—. Lo habitual es que se comience el proceso de bancarrota antes de llegar a los tribunales. No tienen que asistir los dos, basta con que uno de los directores esté presente.

Polly dio un respingo al escuchar la palabra «bancarrota». Parecía muy definitiva, muy seria. Algo que sucedía a las estrellas del pop tontas y a los famosos. No a personas trabajadoras como ellos dos.

Chris resopló con gesto sarcástico.

—Encárgate tú —dijo a Polly—. Te encantan todas esas cosas que te hacen estar ocupada como una abejita.

El hombre más joven miró a Chris con expresión comprensiva.

—Somos conscientes de que es una situación muy difícil.

—¿En serio? —preguntó Chris—. ¿Alguna vez se ha declarado en bancarrota?

Polly miró de nuevo el bonito faro, pero ya no le funcionaba el truco. Intentó pensar en otra cosa. Se descubrió admirando los bonitos dibujos del repertorio de Chris que habían colgado en la pared cuando se mudaron, siete años atrás, ambos con veintitantos años, llenos de optimismo por la idea de poner en marcha su propia empresa de diseño gráfico. Habían empezado bastante bien, ya que tenían varios clientes del anterior trabajo de Chris, y Polly había trabajado de forma incansable en la parte administrativa del negocio, buscando nuevos contactos, ampliando su red de relaciones, ofreciendo sus servicios a las empresas de Plymouth, donde residían, e incluso a zonas más lejanas como Exeter y Truro.

Habían invertido su dinero en la compra de un apartamento, en una promoción nueva cerca del mar en Plymouth, muy minimalista y moderno, y habían frecuentado los restaurantes y los bares de moda, para ver y ser vistos, y para hacer negocios. Había funcionado bastante bien, durante un tiempo. Se habían sentido unos triunfadores; les encantaba decir que dirigían su propio negocio. Pero después llegó la crisis del sistema financiero en 2008 y las nuevas tecnologías informáticas facilitaban más que nunca el tratamiento de imágenes y la creación propia de diseños. Con las empresas recortando en comisiones a terceros y gastos en publicidad y en trabajadores externos, al tiempo que sobrecargaban a su plantilla interna, el diseño gráfico, tal como Chris señaló, se fue a pique. Aún existía. Pero ellos cada vez trabajaban menos.

Polly se había dejado la piel. No había parado de regatear, de negociar y de ofrecer descuentos; había hecho todo lo posible para conseguir ventas a su talentosa otra mitad. Chris, en cambio, se había encerrado en sí mismo y había comenzado a culpar al mundo por no interesarse en sus maravillosas obras de arte y en sus tipografías hechas a mano. Adoptó una actitud huraña y dejó de hablar con ella, una actitud que Polly había intentado contrarrestar con un acercamiento positivo. Le había costado la misma vida mantenerlo.

Aunque Polly nunca, jamás de los jamases, lo admitiría, ni siquiera ante sí misma, el hecho de que por fin llegara ese día, mucho después de que le suplicase que cerraran la empresa y que buscaran trabajo en otra parte y mucho después de que Chris la acusara de deslealtad y de conspirar en su contra, era casi un alivio. Era desagradable, espantoso; le resultaba muy bochornoso, aunque muchas personas con las que solían codearse en los bares de moda en Plymouth estaban pasando por lo mismo o conocían a otras personas que estaban pasando por esa situación. La madre de Polly no lo entendía en absoluto, le parecía que era algo parecido a ir a la cárcel. Tendrían que vender el apartamento, empezar de cero. Sin embargo, que el señor Gardner y el señor Bassi, los empleados del banco, estuvieran allí al menos parecía indicar que algo se iba a solucionar, que algo sucedía. Los dos últimos años habían sido muy tristes y agobiantes, tanto en el ámbito profesional como en el personal. Su relación ya estaba en la cuerda floja, eran como dos personas que compartían piso a regañadientes. Polly se sentía exhausta.

Miró a Chris. Tenía nuevas arrugas en la cara de las que no se había dado cuenta hasta ese momento. Había pasado mucho, pensó, desde que lo había mirado de verdad. En los últimos tiempos, tenía la sensación de que incluso levantar la vista cuando él volvía del despacho (ella siempre se iba antes, pero él se quedaba repasando sus pocos encargos una y otra vez, como si con la perfección se pudiera cambiar lo inevitable) parecía denotar acusación, culpabilidad, de modo que mantenía la cabeza agachada.

Lo más raro era que, de haberse deshecho solo su vida personal, todos sus conocidos se habrían compadecido y les habrían ofrecido ayuda, consejo y ánimo. Sin embargo, el fracaso de un negocio... La gente tenía demasiado miedo como para decir algo. Todos mantenían las distancias, no preguntaban mucho, incluso la valiente Kerensa, que era la mejor amiga de Polly.

Tal vez porque el miedo a las penurias, a perder la vida por la que tanto se había trabajado, era demasiado profundo y demasiado fuerte, y los demás creían que su situación se podía contagiar de alguna manera. Tal vez porque la gente no se había dado cuenta de lo que pasaba en realidad. Tal vez habían conseguido mantener las apariencias durante demasiado tiempo: caras sonrientes; cenas de grupo que habían cargado a la tarjeta de crédito, aunque contenían el aliento cuando pasaban la tarjeta por la máquina; regalos artesanales, y menos mal que Polly era una consumada repostera, porque era una habilidad muy práctica; mantener el llamativo Mazda negro, aunque ya tendrían que deshacerse de él, claro. A Polly le daba igual el coche. Pero le importaba Chris. O le había importado. En el último año aproximadamente, no había visto al Chris que conocía. El hombre dulce y gracioso que era tan tímido cuando empezaron a salir, pero que luego evolucionó cuando puso en marcha su propia consultoría de diseño gráfico. Polly lo había apoyado en todas las fases del camino. Eran un equipo. Y lo había demostrado al empezar a trabajar para la empresa. Había invertido todos sus ahorros (pocos después de la hipoteca), había luchado con uñas y dientes por la personalización, había engatusado y perseguido a los clientes, y se había agotado de todas las maneras habidas y por haber.

Eso empeoraba las cosas, por supuesto. Cuando Chris por fin volvió a casa aquella aciaga noche, durante una gélida primavera, aunque más parecía un invierno eterno, y se sentó, Polly lo miró, lo miró de verdad, y él dijo con gesto serio:

—Se acabó.

Los periódicos locales estaban cerrando, de modo que no necesitaban anuncios, por lo que tampoco necesitaban esquemas ni diseños... y los negocios ya no necesitaban folletos, o, si los necesitaban, los diseñaban con programas online y los imprimían en casa. Todo el mundo se había convertido en diseñador, y en fotógrafo, y en todo lo que en otro tiempo Chris había sobresalido, con tanto esmero y tanta atención por los detalles. Era como intentar vender buscas o cintas de casete.

Habían pasado meses desde la última vez que hicieron el amor, pero Polly se había despertado muchas veces de madrugada y se lo había encontrado despierto a su lado, haciendo números desesperadamente en silencio o dejando que la tristeza y la ansiedad lo carcomieran. Y aunque había intentado encontrar las palabras adecuadas para ayudarlo, nada podía hacerlo.

«No, eso no funcionará», le soltaba Chris a todas y cada una de sus sugerencias, desde unas invitaciones de boda a los anuarios escolares. Otra variante era «Es inútil». Chris cada vez se había mostrado más y más negativo, hasta que trabajar juntos fue casi imposible, y, dado que no le gustaban ninguna de sus ideas para la empresa y que casi no tenían encargos nuevos, Polly empezó a tener cada vez menos trabajo. Polly dejaba que se fuera a primera hora de la mañana para correr. «Mi única forma de liberar tensión», decía Chris, y ella tenía que morderse la lengua para no replicar que cada vez que sugería hacer algo, como dar un paseo, ir al puerto, hacer un pícnic o cualquier otra cosa que no costase dinero, él casi le arrancaba la cabeza y le decía que era inútil y que no podía perder el tiempo.

Polly había intentado que fuera al médico, pero eso también era una pérdida de tiempo. Chris se negaba a admitir que pasaba algo, ya fuera con él, con ellos dos o con cualquier otra cosa. Solo era una racha, ya pasaría. Pero un día la pilló mirando ofertas de empleo a través de un portal de Internet y eso fue el catalizador. La discusión que tuvieron esa noche fue épica e hizo que todo saliera a la luz: todo el dinero que Chris había pedido prestado, hasta qué punto le había estado ocultando a Polly lo mala que era su situación. Ella lo miró boquiabierta.

Una semana después, una silenciosa y agónica semana después, él entró arrastrando los pies, se sentó y la miró a la cara.

—Se acabó.

Y allí estaban, en los restos de su empresa con esos hombres tan agradables, el señor Gardner y el señor Bassi, y cualquier maravilloso sueño que hubieran ideado en los días en los que se creían capaces de lograr cualquier cosa... Cada documento que había visto firmar a Chris mientras descorchaban una botella de champán, el día que bautizaron el escritorio de su acogedor despacho o el día que buscaron en Google su anuncio en las Páginas Amarillas... Todo había desaparecido, se había perdido en un mundo al que le daba igual lo mucho que hubieran trabajado o lo mucho que hubieran anhelado su sueño o cualquier otro tópico sacado de un programa de televisión que importaba una mierda en el orden de las cosas. Se acabó. Ni todas las imágenes de faros del mundo podrían cambiar ese hecho.

2

—Y las cosas que tengo son las siguientes... —dijo Polly mientras atravesaba la ciudad bajo el frío asalto del viento primaveral. Su intención era la de animarse a toda costa enumerando todo lo bueno que había en su vida. Había quedado con su mejor amiga y no quería echarse a llorar nada más verla—. Estoy sana. Tengo buena salud, salvo por la molestia en el tobillo que me torcí bailando en aquel bar, algo que me merecía. Estoy en pleno uso de mis facultades. He perdido mi dinero por culpa de la empresa, pero la gente pierde mucho más en todas partes del mundo. No he sufrido ningún desastre natural. Mi familia está bien. Es un incordio, pero está bien. Mi relación... la gente sufre cosas peores. Mucho peores. La verdad, no es que tengamos que divorciarnos...

—¿Qué haces? —le preguntó Kerensa, en voz alta. Aunque llevaba unos taconazos de vértigo, se movía tan rápido como lo hacía ella con sus Converse y la había alcanzado mientras regresaba a casa de la oficina, donde trabajaba como asesora empresarial—. Estás moviendo los labios. ¿Te estás volviendo loca de verdad? Porque no sé si sabes que...

—¿Qué?

—Podría ser una buena estrategia. ¿Buscas vivir de una pensión por discapacidad?

—¡KERENSA! —exclamó Polly—. Eres muy mala. Y no, estaba enumerando todas las cosas buenas que tengo en la vida, por si te interesa. Había llegado a: «No tengo que divorciarme.»

Kerensa puso una cara que seguramente habría expresado sus dudas si el bótox que se había inyectado se lo hubiera permitido. Lo normal era que costara trabajo interpretar sus expresiones, aunque por regla general ella se encargaba de explicarlas a voz en grito.

—¡Madre mía! ¿En serio? ¿Y qué más? ¿Tienes dos brazos y dos piernas?

—Creía que habíamos quedado para que pudieras animarme.

Kerensa levantó la tintineante bolsa de la vinatería.

—Y eso es lo que vamos a hacer. Sigue, ¿qué más hay en la lista? Una vez que descartas lo de no tener casa, ni trabajo y todo eso.

Se habían detenido al llegar frente a la preciosa casa de Kerensa, un adosado en Plymouth. La puerta principal, con su llamador de bronce, estaba pintada de rojo y flanqueada por dos pequeños naranjos.

—La verdad, no sé si quiero entrar —dijo Polly, aunque en realidad no hablaba en serio.

Kerensa era así, siempre afrontaba los problemas abiertamente. Algo que ella debería haber hecho en más ocasiones a lo largo del último año, cuando la empresa empezó a irse al traste y Chris decidió alejarse de ella. Solo había pedido consejo profesional a Kerensa en una ocasión, durante una fiesta de Navidad en la que estaban un pelín borrachas, y su amiga le había dicho que lo que pensaban hacer era arriesgado y después le suplicó que no le preguntara nunca más. Polly se convenció de que todos los negocios implicaban un riesgo y no había vuelto a mencionar el tema desde aquel entonces.

—Bueno, pues ya estás aquí y no pienso comerme todas estas Pringles yo sola —replicó Kerensa con alegría al tiempo que sacaba la llave y su llavero de Tiffany.

—Tú nunca comes Pringles —farfulló Polly—. Las sacas y luego sueltas: «¡Oh! Es que me he puesto hasta las cejas (aunque es mentira), así que, por favor, cómete las Pringles porque caducarán si se quedan en mi casa.» Algo que nunca sucede, por cierto.

—Bueno, si pasas, podrás comértelas como te apetezca en vez de darte un atracón a dos carrillos.

Antes de que Polly pudiera protestar, Kerensa levantó las manos.

—Quédate esta noche.

—Vale —cedió Polly.

Polly cerró los ojos mientras lo decía, pero allí estaba. La propuesta del señor Gardner y del señor Bassi: el banco se quedaría con el apartamento. Cuando se lo dijo a su madre, esta había reaccionado como si hubiera tenido un niño y lo hubiera vendido. Por eso intentaba no confiar en su madre más allá de lo estrictamente necesario.

—Bueno. Estoy intentando ver el lado bueno a todo esto.

—¿A no tener casa?

—Cállate. En realidad, solo necesito un sitio donde alojarme.

Kerensa trató de fruncir el ceño y después miró los trocitos de Pringles que Polly había dejado sobre el sofá de la marca BoConcept.

—¿Tú sola?

Polly se mordió el labio.

—No hemos cortado. Es que... no estoy segura de que podamos convivir en algún sitio espantoso alquilado... —Respiró hondo y bebió un buen trago de vino—. Me ha dicho que quiere volver con su madre una temporada. Hasta que... hasta que la situación se enderece un poco, ¿me entiendes? Y después ya veremos. —Polly hacía todo lo posible por aparentar que esa decisión había sido el fruto de un proceso meditado y lógico, en vez del resultado de muchas discusiones y enfurruñamientos—. En fin, nos vendrá bien... el cambio y eso.

Kerensa asintió con la cabeza para darle ánimos.

—Hasta que vendamos el apartamento... no tengo nada. Si nos dan más de lo que esperamos, conseguiremos saldar la deuda, pero...

—¿No es eso lo que esperas?

—Con la suerte que tengo últimamente —contestó Polly—, seguro que si consigo un poco de dinero, acaba ardiendo en cuanto salga del banco porque lo fulminará un rayo. Y después me caerá un piano en la cabeza y acabaré dentro de una alcantarilla.

Kerensa le dio unas palmaditas en una mano.

—¿Cómo lo lleva Chris?

Polly se encogió de hombros.

—Igual. Los dos hombres del banco han sido muy simpáticos. Teniendo en cuenta las circunstancias, claro.

—Qué trabajo más espantoso.

—Es un trabajo —replicó Polly—. En este momento, esa palabra me resulta increíble.

—¿Estás buscando algo?

—Sí —reconoció—. Pero estoy sobrecualificada y soy demasiado mayor para cualquier tipo de trabajo que se te ocurra. Además, ya nadie parece pagar a los trabajadores en prácticas. Y necesito una dirección.

Kerensa dijo al instante:

—Sabes que puedes vivir aquí.

Polly echó un vistazo a su alrededor. Una vivienda femenina inmaculada y prístina. Kerensa se relacionaba con muchos hombres, gracias a su cuerpo atlético, su ropa cara y su increíble atrevimiento, pero jamás se había mostrado interesada en convivir con alguno de ellos. Era como una gata con pedigrí, pensó Polly, mientras que ella era más bien un perro grande, simpático y guarrete. Tal vez un springer spaniel, por aquello de su pelo rubio cobrizo y su carita pequeña.

—Prefiero dormir en un contenedor de basura antes que arriesgar otra vez nuestra amistad viviendo juntas.

—¡Nos lo pasamos genial cuando vivíamos juntas! —exclamó Kerensa.

—¡Qué va! —la contradijo Polly—. Todos los fines de semana salías con los capullos aquellos que tenían barcos y jamás fregabas los platos.

—Bueno, en primer lugar, todos los fines de semana te invitaba a venir con nosotros.

—Y no iba porque eran unos capullos.

Kerensa se encogió de hombros.

—Y, en segundo lugar, nunca fregaba los platos porque nunca comía. Eras tú la que lo dejaba todo lleno de harina y levadura.

La repostería era un pasatiempo que Polly jamás había abandonado. Kerensa creía que los hidratos de carbono eran venenosos y pensaba que era alérgica al gluten. Le sorprendía que pudieran ser tan buenas amigas.

—De todas formas, ni hablar —reiteró Polly con expresión triste—. Pero ¡por Dios! No me veo capaz de mudarme con una panda de veinteañeros y fingir que me lo estoy pasando en grande con ellos.

Había cumplido los treinta y dos a principios de año. Se preguntó, por un instante, si alguna de las pequeñas desventajas de haberse declarado en bancarrota sería la posibilidad de dejar de comprar regalos de boda y de bautizo para todos sus conocidos.

Kerensa sonrió.

—Podrías hacerlo. Podrías salir de marcha.

—Madre mía.

—Y pasarte toda la noche en vela, hablando del significado de la vida y fumando porros.

—Por Dios.

—Irías de acampada y te recorrerías todos los festivales de música.

—En serio —dijo Polly—. Yo estoy desesperada y tú me restriegas sal en las heridas. Ahí, dale que te pego. Toma sal.

Kerensa le ofreció el tubo de Pringles mientras fingía estar agotada.

—Bueno, pues quédate conmigo. Ya te lo he dicho.

—¿Quedarme en tu carísimo sofá, en tu apartamento de un solo dormitorio durante un período de tiempo indeterminado? —replicó Polly—. Gracias, es un detalle por tu parte, pero voy a buscar en Internet. Algo para mí, algo que haré yo misma. Será... guay.

Kerensa y Polly estaban inclinadas sobre el portátil en silencio. Polly ojeaba la lista de pisos que se adecuaban al presupuesto fijado por el banco. No era una visión edificante. De hecho, los alquileres parecían haberse vuelto locos. Era horrible.

—Eso es una caja de zapatos —decía Kerensa de vez en cuando—. Ese no tiene ventanas. ¿Por qué han hecho una foto a una pared sucia? ¿Cómo estará la otra? Conozco esa calle de la época en la que salía con el conductor de ambulancias. Es donde va la gente a beber. Es habitual que las botellas vuelen...

—No hay nada —sentenció Polly, al borde de un ataque de pánico. No tenía ni idea, ni la menor idea, de que la suya era una hipoteca tan baja y de que los alquileres eran tan altos—. Pero nada de nada.

—¿Y un piso compartido en una buena zona?

—Son carísimos. Hay que pagar por la televisión por satélite y seguramente habrá que compartir con algún bicho raro que hace pesas en su dormitorio.

A medida que miraba la lista, la preocupación de Polly fue en aumento. No sabía hasta qué punto podía reducir sus expectativas, pero cuanto más miraba, más consciente era de que estaría sola. Por más que intentara fingir delante de Kerensa, de Chris y de su madre, había pasado algo horrible cuyas consecuencias tardarían muchísimo tiempo en desaparecer. Imaginarse llorando sola en su habitación, rodeada de jovenzuelos en mitad de una fiesta, era una imagen desesperada en el mejor de los casos, y trágica en el peor. Necesitaba replegarse, recuperar el paso alegre. No pensaba empezar a vestirse como si tuviera diez años menos ni a hablar sobre grupos de música de adolescentes. Ni volver a casa de su madre, que la quería y haría cualquier cosa por ella, pero que también suspiraría y le haría preguntas tristes sobre Chris y le hablaría de los nietos de otras personas y... No. La relación con su madre era buena, pero dudaba mucho de que sobreviviera a algo así.

Entonces... ¿qué?

3

A la mañana siguiente, Kerensa se levantó y se fue poco después de las seis para participar en una sesión de British Military Fitness en un parque cercano, aunque era marzo y la lluvia golpeaba los cristales. Por supuesto, invitó a Polly, pero esta gimió y se dio la vuelta en la cama. Tenía un poco de resaca y el regusto de las patatas Pringles en la boca.

En cuanto Kerensa se fue, Polly preparó café y recogió el diminuto apartamento todo lo que pudo. Aunque era inútil: su bolsa de ropa seguía ocupando demasiado espacio y además no tenía ni idea de cómo lo hacía Kerensa para enderezar los cojines del sofá, porque ella era incapaz. Cogió la taza de café y derramó un poco en la carísima alfombra, por lo que soltó un taco. No. No podía seguir así.

Encendió el portátil de nuevo. El portal de empleo podía esperar un momento; en ese preciso momento, necesitaba un sitio para vivir.

Con más detenimiento en esa ocasión, revisó todos y cada uno de los alquileres disponibles en Plymouth dentro de sus posibilidades. Todos eran espantosos o estaban en zonas en las que no se sentiría segura sin disponer de coche. Repasó una página tras otra hasta llegar al final. Ya no había más. Nada. No había ni un solo lugar que quisiera ver, ni mucho menos vivir en él.

Muchas amigas, no solo Kerensa, le habían ofrecido su sofá o una habitación de invitados, pero eso tampoco podría soportarlo. Los «¿Estás bien?» y los murmullos preocupados. Además, casi todas estaban casadas y buscaban hijos. Sospechaba que al menos a dos de sus amigas les gustaría contar con ella para ayudarlas a cuidar de los niños de vez en cuando, pero era incapaz de soportar la mera idea: deambular por la casa como un fantasma sin querer abusar de su hospitalidad, como una especie de tía solterona y criada gratis.

En otra época, cuando tenía veintitantos años, hacía ya mucho tiempo, creyó que Chris y ella ya estarían casados a esas alturas y habrían sentado la cabeza; Chris ganaría una pasta gansa, ella tendría un bebé... y allí estaba.

Uf, tenía que dejar de pensar en esas cosas. Podía ahogarse en sus penas o podía seguir adelante. Guiada por un impulso, cambió la búsqueda de modo que abarcara todo el país. ¡Hala! Si pudiera mudarse a Gales, podría vivir en un montón de sitios. Y sitios agradables. O en las Highlands escocesas. O en la Irlanda del Norte rural. O en el distrito de Peak. No sabía muy bien dónde estaba el distrito de Peak, pero al menos había un montón de sitios a los que mudarse sin dinero, sin contactos, sin amigas que ofrecían patatas Pringles y sin trabajo... En fin, tal vez no.

Volvió a reducir la búsqueda y marcó todos los inmuebles del sudoeste, y fue así cuando lo vio.

Era un nombre en el que no había pensado en años. Fueron en una excursión escolar o algo parecido, como todo el mundo. Mount Polbearne. Era increíble que todavía viviera gente allí.

Leyó con atención la pequeña reseña. No decía mucho. Se diferenciaba de los cientos de imágenes que había visto porque la fotografía estaba tomada desde el exterior y no desde el interior, y mostraba una ventanita en un tejado a dos aguas, con la pintura del marco descascarillada y las tejas partidas y de aspecto antiquísimo. «Localización inusual», decía el anuncio, lo que solía significar «En el quinto pino». Pinchó en el enlace de todas formas al tiempo que bebía un buen sorbo de café.

«Mount Polbearne, vaya, vaya», pensó. Era una isla mareal, eso lo recordaba. Habían ido en autobús y había una carretera empedrada que conectaba la isla con tierra firme, llena de ominosos carteles que avisaban del peligro de cruzar la carretera si estaba subiendo la marea o de navegar sobre ella una vez que lo había hecho. Había restos de antiguos árboles junto a la carretera, en lo que antes era tierra firme, pero había dejado de serlo, y un castillo medio en ruinas en lo alto de la isla, junto con una tienda de recuerdos donde Kerensa y ella compraron unas enormes piruletas de fresa. Pero seguro que nadie vivía allí de verdad. La mitad del tiempo ni se podía abandonar la isla. Desde luego que no se podía ir al trabajo.

Había otra imagen en la página web. El edificio parecía casi abandonado. Tenía el tejado medio hundido y dos de las ventanas que había visto en la primera foto estaban abiertas hacia el exterior. La planta baja era un enorme espacio vacío y antiguamente fue una tienda. Era evidente que estar en mitad del mar había hundido el negocio. Polly se preguntó si una carretera sumergida sería tan emocionante para los turistas como antes. En ese momento, la gente quería playas en las que hacer surf, parques temáticos y marisquerías carísimas. Cornualles había cambiado muchísimo.

Aunque otro detalle le llamó la atención: tenía dos habitaciones, además de un pequeño cuarto de baño. No era un piso compartido ni una pensión. Una vivienda para ella sola. Que podía permitirse. No solo eso, sino que la primera habitación, la principal, era bastante grande: seis metros de largo por siete y medio de ancho. La habitación principal de su apartamento de Plymouth no era tan grande; era pequeña y estrecha, con espejos encastrados en cada extremo para crear la ilusión de más amplitud. Se preguntó qué altura tendría el techo bajo los aleros. Y si la planta baja estaba desierta, eso quería decir que no habría nadie más en el edificio, salvo las ratas. Mmm. Y en ese momento la última imagen captó su atención. Era la vista desde una de las ventanas delanteras, tomada hacia el exterior.

Por delante de la ventana se veía... la nada. Solo un trozo interminable que se perdía en el espacio o, tal como reveló un segundo vistazo, el mar. La imagen se tomó un día en el que el mar y el cielo eran de la misma tonalidad de gris y se confundían. Era un espacio enorme sin nada escrito. Polly contempló la imagen un buen rato, fascinada. Parecía tal y como ella se sentía: vacía, hueca. Pero, por extraño que pareciera, también era tranquilizadora. Como si no pasara nada por el hecho de que hubiera mucho gris en el mundo; el gris era lo que era. Cuando miraba por la ventana de su apartamento en Plymouth, veía a muchísimas personas, iguales a ellos, que se subían a sus Audi y a sus BMW y que cocinaban en woks, con la salvedad de que sus negocios no habían fracasado y de que parecían seguir hablando entre ellos. Mirar por la ventana era una actividad bastante estresante de por sí. Pero eso... eso era algo distinto.

Buscó Mount Polbearne en Google Earth y se sorprendió al ver que sí, que había unas cuantas calles con casitas de piedra que descendían la ladera hacia el mar, alejándose de una iglesia en ruinas. Las calles conducían a un puerto pequeñito, que formaba un ángulo recto con la carretera, donde se podían ver unos cuantos barcos pesqueros. Era evidente que todavía no estaba colonizado por la clase media, como casi toda la región de Cornualles; situado en la zona menos demandada del condado y lejos de la autopista, había pasado desapercibido. Sin embargo, solo estaba a unos ochenta kilómetros de Plymouth, de modo que podía volver para ciertas cosas...

Con dedos temblorosos, pinchó en el botón que ponía «Ponerse en contacto con el agente inmobiliario».

4

—Creo que lo que tienes que hacer ahora —dijo Kerensa, que se había puesto una americana ridícula con botones dorados, aunque la llevaba con mucho estilo— es casarte con un tío rico. En este agujero no vas a conseguirlo, te lo garantizo, y no pienso cobrarte por el consejo.

—Gracias, como siempre —replicó Polly.

Iba vestida de negro. Normalmente, siempre vestía de negro. Aunque con su pelo rubio ...