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LA PEQUEñA PANADERíA DE LA ISLA

Jenny Colgan  

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Fragmento

Título original: Little Beach Street Bakery 

 Traducción: Ana Isabel Domínguez Palomo y María del Mar Rodríguez Barrena 

1.ª edición: noviembre 2016 

© Ediciones B, S. A., 2016 

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España) 

www.edicionesb.com 

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-609-5 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. 

Contenido Dedicatoria Citas 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 Coda Agradecimientos La vida es dulce con Jenny Colgan

Para Anna-Marie Fourie,

mi querida primera lectora y amiga

a demasiada distancia,

que sabe lo que es esperar

a que alguien vuelva a casa del mar.

Ojalá fuera un pescador

que se hace a la mar,

muy lejos de tierra firme

y todos sus amargos recuerdos.

Poder lanzar mi precioso anzuelo

con despreocupación y amor.

Sin más techo que me constriña

que el cielo estrellado

contigo entre los brazos.

¡Uuuh, uuuuuh!

Fisherman’s Blues, de The Waterboys

¡Levantaos, levantaos, jóvenes!

El navío parte por la mañana,

ya sople el viento, ya haga frío

o azote una mortal tormenta.

Balada de sir Patrick Spens, alrededor del siglo XIV, tradicional

1

Años más tarde, cuando ya era una anciana y se encontraba a muchos kilómetros de distancia, a Polly le resultaría difícil explicar cómo era la vida que llevaban en aquel entonces. Explicar que algunos días podían ir a tierra firme en coche, pero que otros tenían que ir en barca. A veces se quedaban aislados durante mucho tiempo y nadie sabía muy bien ni cuándo ni cómo sucedería; las predicciones de las mareas solo anunciaban eso, las mareas, no el tiempo.

—Pero ¿no era espantoso? —le preguntaría Judith—. Me refiero a saber que estabais aislados.

Y Polly recordaría cómo el sol se reflejaba en el agua, cuando la marea no bajaba, y cómo la luz cambiaba y hacía cambiar el color del agua, que pasaba del rosa claro al rosa oscuro y al violeta a medida que el sol se ponía por el Oeste, con la certeza de que iba a pasar otro día sin que pudieran ir a ninguna parte.

—La verdad es que no —contestaría ella—. Era maravilloso. Solo tenías que acurrucarte y ponerte cómoda. Solo estabas tú y los demás habitantes del pueblo. Te asegurabas de que todo estaba bien en alto y si todavía había electricidad, era estupendo, pero si no la había... En fin, también te las apañabas. Se veían velas brillando junto a las ventanitas. Era acogedor.

—Parece sacado de hace cien años.

Polly sonrió.

—Lo sé. Pero no hace tanto tiempo. No, no hace tanto tiempo... A mí me parece que fue ayer. Si plantas tu corazón en un lugar, ese lugar siempre te acompañará. Claro que eso vino muchísimo después. Al principio, era espantoso.

2014

Polly hojeó los documentos que le habían entregado en una brillante carpeta con la imagen de un faro en la portada. Se percató de que era una bonita imagen. Estaba haciendo un gran esfuerzo para ver el lado positivo de la situación.

Los dos hombres que estaban con ella en la habitación eran amables. Más amables de la cuenta; tan amables, de hecho, que estaban consiguiendo que se sintiera peor en vez de sentirse mejor. Se sentía culpable más que furiosa o desafiante.

Estaban sentados en la trastienda del despacho de dos habitaciones en la reconvertida estación de tren de la que Chris y ella se habían sentido tan orgullosos. Era pequeñita y acogedora, con una vieja chimenea que no funcionaba en lo que antaño fuera la sala de espera.

En ese momento, las dos estancias eran un caos: archivos desordenados, ordenadores puestos en cualquier sitio, papeles desparramados por todas partes. Los hombres tan amables del banco estaban repasando todos los documentos. Chris estaba sentado con aire enfurruñado, como un niño de cinco años al que le hubieran quitado su juguete preferido. Polly no dejaba de dar vueltas en un intento por ayudar, y cada poco tiempo Chris la miraba con expresión sarcástica, una expresión que ella sabía interpretar por un «¿Por qué ayudas tanto a la gente que intenta destruirnos?», y, aunque suponía que Chris llevaba razón en cierto sentido, no podía evitarlo.

Después, a Polly se le pasó por la cabeza que el banco contrataba a esa gente para que fuera amable precisamente por ese motivo: para animar a que los demás colaborasen, para evitar confrontaciones e impedir peleas. Eso la entristecía, tanto por Chris y por ella, como por esos hombres tan amables, cuyo trabajo diario consistía en presenciar las penurias ajenas. No era culpa suya. Aunque Chris creía que sí, por supuesto.

—En fin —dijo el mayor de los dos hombres, que llevaba turbante y tenía unas gafitas apoyadas en la punta de la nariz—. Lo habitual es que se comience el proceso de bancarrota antes de llegar a los tribunales. No tienen que asistir los dos, basta con que uno de los directores esté presente.

Polly dio un respingo al escuchar la palabra «bancarrota». Parecía muy definitiva, muy seria. Algo que sucedía a las estrellas del pop tontas y a los famosos. No a personas trabajadoras como ellos dos.

Chris resopló con gesto sarcástico.

—Encárgate tú —dijo a Polly—. Te encantan todas esas cosas que te hacen estar ocupada como una abejita.

El hombre más joven miró a Chris con expresión comprensiva.

—Somos conscientes de que es una situación muy difícil.

—¿En serio? —preguntó Chris—. ¿Alguna vez se ha declarado en bancarrota?

Polly miró de nuevo el bonito faro, pero ya no le funcionaba el truco. Intentó pensar en otra cosa. Se descubrió admirando los bonitos dibujos del repertorio de Chris que habían colgado en la pared cuando se mudaron, siete años atrás, ambos con veintitantos años, llenos de optimismo por la idea de poner en marcha su propia empresa de diseño gráfico. Habían empezado bastante bien, ya que tenían varios clientes del anterior trabajo de Chris, y Polly había trabajado de forma incansable en la parte administrativa del negocio, buscando nuevos contactos, ampliando su red de relaciones, ofreciendo sus servicios a las empresas de Plymouth, donde residían, e incluso a zonas más lejanas como Exeter y Truro.

Habían invertido su dinero en la compra de un apartamento, en una promoción nueva cerca del mar en Plymouth, muy minimalista y moderno, y habían frecuentado los restaurantes y los bares de moda, para ver y ser vistos, y para hacer negocios. Había funcionado bastante bien, durante un tiempo. Se habían sentido unos triunfadores; les encantaba decir que dirigían su propio negocio. Pero después llegó la crisis del sistema financiero en 2008 y las nuevas tecnologías informáticas facilitaban más que nunca el tratamiento de imágenes y la creación propia de diseños. Con las empresas recortando en comisiones a terceros y gastos en publicidad y en trabajadores externos, al tiempo que sobrecargaban a su plantilla interna, el diseño gráfico, tal como Chris señaló, se fue a pique. Aún existía. Pero ellos cada vez trabajaban menos.

Polly se había dejado la piel. No había parado de regatear, de negociar y de ofrecer descuentos; había hecho todo lo posible para conseguir ventas a su talentosa otra mitad. Chris, en cambio, se había encerrado en sí mi

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