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LA PLAYA

Sara Cantador (Nube de palabras)  

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Fragmento

PRÓLOGO

Podría comenzar a narrar esta historia contando todo lo que me influyó y el giro tan sorprendente que dio mi vida desde los hechos que ocurrieron aquel lejano verano de 1988. Es algo imposible de negar, es cierto, puesto que todo lo sucedido en esos meses fue suficiente para cambiarme casi por completo. Me reencontré conmigo mismo de una forma en que jamás lo habría imaginado. Pero esto es solo una verdad a medias.

Muchas veces me descubrí a mí mismo pensando en cómo habría sido todo después si tan solo hubiera cambiado alguno de los acontecimientos. Y es que, aunque llegué a desear que así fuera, sabía que no tenía el poder para modificar ninguno de mis recuerdos.

Tampoco sería justo considerarme el protagonista de esta historia, cuando no había nada más lejos de la realidad. Le pesara a quien le pesara, la verdadera protagonista es otra persona. Una chica que creí conocer un día de ese verano en la playa, en ese precioso rincón de nuestro pequeño mundo donde el salitre se nos pegaba a la piel enrojecida por el sol. En ese instante, me miró con sus preciosos ojos verdes con una intensidad tal que parecía imposible que una persona tan menuda pudiera retenerla en su interior. Una mirada que transformó esa playa que conocía desde siempre, durante los escasos segundos que duró su contacto, volviendo mi vida del revés.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Qué ilusas e inocentes podemos llegar a ser las personas, que nos aferramos a cualquier esperanza, aun sabiendo que eso nos pueda consumir. Mi esperanza por aquel entonces era ella, Eloise, sus ojos, su pálida piel adornada con diminutas pecas y su cabello reluciendo bajo el sol de los atardeceres que compartimos, y que fueron el principal telón de fondo de aquel escenario, donde aprendimos tanto el uno del otro. Tan reluciente como la arena de la playa donde la vi por primera vez.

Todos cargamos con numerosos secretos y tormentos a la espalda, muchas veces de forma inconsciente. A pesar de ello, seguimos adelante e incluso esa carga parece aligerarse en determinados momentos. Aunque no sea así para todos. En algunas ocasiones, ese equipaje que debemos soportar se convierte en un lastre más pesado que nuestro propio cuerpo. Y nos impide avanzar con la ligereza que realmente deseamos. Eloise era de esas personas que, a pesar de su juventud, llevaba sobre su espalda un enorme saco repleto de oscuridad. Sin embargo, no se paraba nunca. Peleaba y salía a flote incluso cuando la carga era demasiado pesada, cuando la tristeza la abrazaba y amenazaba con hundirla hasta el fondo del mar, para no salir jamás. En todo momento, aunque nadie pudiera escuchar sus gritos, sus llantos o su llamada de socorro, ella pataleaba con todas sus fuerzas, se aferraba al mínimo atisbo de esperanza, cualquier pizca de ilusión o a una mano firme que la ayudara a salir.

Y desde el momento en que la conocí, en el instante justo en que sus ojos se quedaron clavados en los míos, supe que yo quería ser esa mano.

Siempre.

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1
IAN

El vuelo Madrid-Las Palmas llegó con un retraso de casi una hora, pero, por lo que a mí respectaba, podría haberme quedado en la capital. No estaba seguro de querer enfrentarme de nuevo a todo lo que había dejado atrás, hacía ya casi un año.

Sabía que contaba con el apoyo de mis padres, los cuales siempre habían hecho grandes esfuerzos para que tanto mi hermana como yo tuviéramos la oportunidad de elegir dónde queríamos estudiar. Así que, en cuanto acabé la Selectividad y fui aceptado en la Universidad Complutense de Madrid, no lo pensé. Decidí entonces huir de la isla que me había visto nacer y crecer, quizá de una forma un tanto egoísta, puesto que lo único que tenía en mente entonces era dejar la vida rural que había conocido en el pueblo donde me crie.

Aunque no nos conocíamos todos (no era un pueblo tan pequeño), no era raro encontrarse con alguien que se parara a hablar conmigo al menos quince minutos porque era un familiar, vecino o compañero de clase. Era un pequeño defecto que encontraba a la vida rural y que había terminado por aburrirme. Sin embargo, el anonimato de la capital era otra cosa. Tenía un encanto para mí desconocido y perturbador, tanto que, durante el primer mes viviendo en la residencia de estudiantes, me giraba constantemente cuando salía a la calle, esperando que alguien se me acercara para contarme historias sobre su hijo, sobrino o qué comida prefería su perro. Me sentía francamente estúpido y continuamente tenía que hacer el esfuerzo por recordarme que aquel era otro ambiente, otro lugar y, por supuesto, que tenía otras historias. No fue difícil acostumbrarme cuando conseguí aceptar que mis horizontes se habían expandido. Lo único que había echado realmente en falta, al menos conscientemente, era la playa. Nada se comparaba con la sensación de la arena entre los pies, el olor a salitre y pescado del puerto. Sentir que no hacía nada, pero que no estaba perdiendo el tiempo si me quedaba horas sentado en la playa, mirando al horizonte y pensando en mis cosas.

Suspiré y un pequeño círculo de vapor empañó el cristal de la ventana. Pensé en lo rápido que había pasado aquel año y en que estaba deseando tomar otro avión de vuelta.

La mujer que estaba sentada a mi lado, y cuyo marido roncaba suavemente desde que habíamos despegado, en el asiento más cercano al pasillo, me miró con cariño, malinterpretando mi gesto.

—Falta poco para aterrizar. No te preocupes. —Sonrió, con los ojos iluminados. Asentí en silencio, devolviéndole una discreta sonrisa, y me giré hacia la ventana de nuevo.

Apenas me fijé en el resto de pasajeros, tan absorto como estaba en mis pensamientos. Pero cuando descendimos del avión, me inundaron mil recuerdos de la infancia, con aroma a mar y envueltos en la calma del mediodía. No solo memorias lejanas, también algunos detalles del año anterior, como cuando subí a una de estas máquinas voladoras por primera vez. Cuando dejé atrás mi pequeña y querida isla, mi universo durante dieciocho años, que de repente se me antojaba demasiado reducido. Asfixiante. Creo que hasta llegué a sentirme un poco mareado en ese instante. Un hondo suspiro me devolvió al presente, al momento en que aquella mujer daba un golpecito en el hombro de su marido, para que despertara, mientras todos los pasajeros se levantaban y tomaban su equipaje de mano. Con lentitud, intentando alargar aquel momento que se produciría de todas formas, entré en la pasarela de embarque que conectaba el avión con el aeropuerto, con la mochila al hombro. Listo para enfrentarme al reto que suponía volver a casa y abrumado ante la perspectiva de pasar un verano aburrido y sin mis amigos, que estaban dispersos por varios puntos del país.

Tardamos casi dos horas en recuperar nuestro equipaje, al que todos esperábamos entre resignados y molestos. La mujer de antes hablaba continuamente junto a su marido somnoliento, que hacía todo el esfuerzo del mundo por escucharla, pero cuyos ojos no podían evitar cerrarse de cansancio. Sonreí esta vez sin darme cuenta. La mujer pareció percatarse de ello y me saludó desde los asientos donde se encontraban, agitando la mano con energía. Le devolví el gesto.

Cuando por fin pude tener mi maleta en la mano, salí abrumado hacia la salida, siguiendo al resto de pasajeros. Habían coincidido un par de vuelos, así que el estrecho pasillo se encontraba abarrotado. Muchos hablaban emocionados, en sus ojos se apreciaban miradas ilusionadas y brillantes, y levantaban la vista, intentando encontrar a sus seres queridos entre todos los rostros que esperaban, pacientes, cerca de la salida. Hubo algunos gritos de alegría, abrazos eternos e incluso lágrimas. Parecía que algunas de esas personas llevaban más tiempo que yo fuera y estaban deseando regresar.

Sentí de pronto un nudo en el estómago, un pequeño atisbo de culpabilidad que intenté apaciguar. No quería volver, y sabía lo egoísta que era pensar aquello, cuando mis padres estaban deseando verme y pasar tiempo conmigo. Había hablado por teléfono con ellos con frecuencia y pensaba que eso era suficiente. Pero, aunque no me quedaba más remedio que regresar porque el primer curso de la carrera había finalizado, realmente quería sentir que lo hacía por ellos y por Naira. Así que, si bien estaba agobiado por la cantidad de gente que había a mi alrededor, estiré un poco el cuello y me sorprendí buscando a mis padres, con una ilusión renovada, mientras pensaba en ellos.

Creo que, si tuviera que pararme a hablar de mis padres, podría escribir una enciclopedia y aun así no me quedaría a gusto. Por aquel entonces, con las hormonas en ebullición constante y la acuciante necesidad de sentirme arropado por individuos con menos intereses que una piedra, los cuales decían ser amigos míos, no se me hubiera ocurrido reconocer en voz muy alta que mis padres eran lo más necesario en mi vida. Hubiese podido hacerlo, pero no me daba la gana. Los prejuicios y dilemas juveniles resultan cruciales para conocer, con la experiencia y templanza que solo da el paso de los años, quién ha podido madurar o no al alcanzar cierta edad. Y ojalá todos pudiéramos reconocer con dieciocho años lo que es verdaderamente importante en nuestras vidas. Lo sabemos, y no dejamos de escuchar una vocecilla en nuestro interior que se esfuerza en recordárnoslo también, pero nos guardamos esos pensamientos y sentimientos de cara a los demás. Por el miedo a la humillación, el fracaso o a no sentirnos integrados. Es una fase dura, que por fortuna termina pasando y quedando atrás. Pero no para todos. Hay quienes son incapaces de superar que tienen que vivir, soñar y pensar por y para sí mismos.

Pues bien, aunque aún por entonces decía con la boca pequeña que mis padres eran imprescindibles para mí, cuando los encontré ahí, de pie, buscando entre los rostros de los viajeros y familias mi propia cara, sentí que me inundaba una luz inmensa. Años después sigo guardando ese recuerdo como algo muy preciado, como una imagen animada que se mueve hasta que cruzo mi mirada con dos pares de ojos que me observan con alegría y añoranza, para regresar al instante en el que atravieso la puerta de salida. Reviviéndolo una y otra vez, recordando lo poco que tardaron en encontrarme entre el gentío y cómo corrieron hacia mí en cuanto lo hicieron.

Mi padre, de estatura media y algo rechoncho, fue el primero en estrecharme entre sus brazos. Su carácter emocional e impulsivo le hubiese impedido reaccionar de cualquier otra forma. Sin embargo, mi madre siempre fue más sutil, paciente y serena. Era curioso verlos juntos: generaban un contraste tan armonioso que no podía imaginar a dos personas más perfectas para compartir una vida. Así que cuando mi padre se apartó, algo reticente aún, mi madre se acercó despacio y me estrechó suavemente entre sus brazos.

—Bienvenido a casa otra vez, mi niño —dijo.

Suspiré, vaciando mis pulmones con la tensión que había sentido antes de aquel momento. Al volver a inhalar, me llegó el aroma que desprendía su cabello, un relajante contraste entre vainilla y miel que siempre asocié con ella. Jamás podría olvidarlo. La abracé más fuerte, prolongando el momento, sabiendo que ella, más que nadie, era capaz de entender al hacerlo todas mis dudas y el alivio que suponía volver a verlos. No sabía cómo lo había intuido, pero percibí una sonrisa arrugando sus rasgos y todo el amor con el que me sostenían sus brazos. Cuando nos separamos, mi padre nos volvió a atrapar entre los suyos, diciendo que nos esperaba una espectacular comida en casa que había preparado con Naira.

En ese momento no podía ser más feliz.

CAPÍTULO 2
ELOISE

Un ruido me sobresaltó y me sacó de mi duermevela. Llevaba despierta un rato, pero había sido incapaz de levantarme de la cama: mis huesos me pesaban al menos una tonelada cada uno, así que decidí quedarme un poco más escondida entre las sábanas. Tampoco tenía nada más que hacer, puesto que había comenzado las vacaciones hacía unos días y mis ganas de enfrentarme a la realidad eran mínimas. Pero aquel ruido me alertó, así que, haciendo un esfuerzo más grande del que podía, me desenredé de entre las sábanas y me vestí con unos vaqueros cortos y una blusa holgada. Bajé deprisa las escaleras, descalza y sin disimular mis pasos, hasta llegar a la planta principal. Me sentía extraña, sin saber el motivo. Desubicada y algo confusa, como si algo hubiera cambiado en el ambiente. Pero mi casa seguía siendo la misma. Además del sonido que me hubiera despertado, podía percibir el arrullo del campo que nos rodeaba a través de las ventanas abiertas, una calma inusitada y burlona que contrastaba con los latidos de mi corazón, aún acelerados a causa del sobresalto.

El pasillo estaba despejado, pero me llegó un murmullo desde la cocina, en la parte de atrás. Volví mi atención a aquel momento y, mientras olvidaba esa extraña sensación, me dirigí hacia el foco del ruido. Mi padre se encontraba agachado, buscando en un armario y revolviendo todos los utensilios de cocina. Un caos de cuencos, sartenes y platos se extendía por todo el suelo. Iba a dar un paso dentro de la habitación cuando vi los trocitos de cristal desparramados e inmediatamente supe qué era lo que me había despertado. Me quedé en el umbral de la puerta, cruzada de brazos, apoyé el hombro en el marco de madera y miré la espalda encorvada de mi padre, que cada vez buscaba con más entusiasmo.

—Como sigas así, vamos a tener que comer en las macetas sin flores que tenemos en el patio delantero.

Mi padre dio un respingo e intentó levantarse, golpeándose en la sien con el borde del armario. Después de murmurar y maldecir por lo bajo, pasándose la mano por la zona dolorida, se dio la vuelta y me miró con sorpresa.

—¿Tan mala pinta tengo? —inquirí.

—No… Pensaba que no estabas en casa. Quería preparar la comida. —Debió de apreciar el cambio de mi gesto a la extrañeza, porque añadió—: Son casi las dos de la tarde.

Fui incapaz de disimular la sorpresa que me provocó aquello.

—¿Otra vez te dormiste tarde? —preguntó mi padre en voz baja.

—No podía dormir.

Me miró con verdadera tristeza e hizo un gesto como si quisiera añadir algo más. Apenas tenía una pista de lo que me sucedía realmente; ya me había encargado yo de ocultárselo, porque no quería añadir más preocupaciones a su interminable lista. Pero hasta para él, ausente desde hacía tiempo, no pasaban desapercibidos mis desvelos. Llevaba meses arrastrando problemas de insomnio. Me costaba conciliar el sueño, por mucho esfuerzo que hiciera en dejar la mente en blanco.

—Eloise, si hay algo...

—Lo sé. No te preocupes. —Intenté sonreír, sin mucho éxito—. Me quedé escuchando música... hasta que se acabaron las pilas del walkman.

Su rostro pareció relajarse, aunque ambos sabíamos que era una verdad a medias. El insomnio no era consecuencia de que pasara las noches escuchando música; al contrario, lo hacía para poder relajarme, en un débil intento de arrastrarme hasta los brazos de Morfeo. No siempre lo conseguía con el éxito que esperaba.

—Quería ir hoy a comprar unas pilas nuevas —añadí.

Mi padre asintió, resignado, aún en cuclillas frente al armario abierto.

—¿Podrías ir después de que comamos juntos?

Aunque había perdido la mitad del día y eso lo odiaba, agradecí el esfuerzo que estaba haciendo. No siempre estaba receptivo ni era tan considerado; resultaba complicado sacarlo de su propia burbuja de desesperación y tristeza. Sentí cómo el malhumor se diluía dentro de mí, al pensar en lo mucho que le estaría costando aquello, aunque no lo pareciera.

—Voy a ponerme unas zapatillas y ahora vuelvo para preparar la comida. Ve recogiendo todo mientras tanto.

Me miró con sus ojos tristes y un poco ausentes, asintió y giró sobre sus talones.

No pude evitar suspirar ligeramente.

Sabía que no había sido el mismo desde el accidente, aunque yo era la menos indicada para reprocharle nada. Ninguno de los dos nos habíamos acostumbrado a nuestros silencios, porque ya nadie hablaba de lo que pensaba o sentía en aquella casa, que desde octubre estaba prácticamente vacía. No creía en el destino ni en ningún dios, pero, si alguno de los dos existiera, parecía que disfrutaba retorciendo nuestras vidas para dejarnos sin nada más que dos cuerpos que se consumían por dentro, de los que apenas quedaba ya una delicada carcasa, expuesta para romperse al mínimo roce. Incapaces de levantar la cabeza del suelo o de poner verdadero orden en sus vidas, tal y como mi padre intentaba hacer en la cocina en esos momentos.

Dejé a mi padre recogiendo el desastre mientras me ponía unas zapatillas de deporte algo viejas. El walkman me miraba desde el escritorio, lleno de papeles, cuadernos y mi máquina de escribir, una vieja Olivetti que había heredado de mi madre. Cuando volví a la cocina, me quedé de nuevo parada en el pasillo, haciendo caso omiso del nuevo ajetreo que estaba causando mi padre, mientras esa sensación de extrañeza volvía a apoderarse de mí. Era como si algo hubiera cambiado en el aire, que me confundía, pero que no podía identificar. Como en trance, anduve hacia la puerta principal, justo enfrente, salí al patio delantero y bajé los dos escalones que separaban el suelo de la puerta.

Ahí, a lo lejos, se extendía el pueblo de casitas blancas y edificios bajos que me había visto crecer. Desde mi casa podía verlo todo, pendiente abajo, hasta la bahía y el pequeño puerto, en ese instante inactivo.

El mar lanzaba destellos de luz, como si estuviera saludándome.

Me quedé ensimismada mirando en aquella dirección, atraída por ese sentimiento que no lograba identificar, una especie de añoranza que me provocó un escalofrío que recorrió mi espalda. La voz de mi padre hizo que regresara a la realidad del maltrecho patio de mi casa, lleno de macetas de las que solían rebosar los colores. Volví adentro.

CAPÍTULO 3
IAN

Cuando llegamos a nuestra casa, eran casi las dos de la tarde y, como me había prometido mi padre, Naira nos esperaba con la mesa preparada. En cuanto escuchó el ruido de la verja delantera, la cual creo que chirrió toda la vida a pesar de los esfuerzos de mis padres por arreglarla, salió disparada hacia mí.

Naira me quería con locura, era su modelo a seguir por mucho que yo no hiciera ni un esfuerzo al respecto. Me admiraba y creía que yo era la persona más lista del universo porque había conseguido ir a estudiar a la universidad en la Península. Lo que desconocía era que, en realidad, el mérito había sido de nuestros padres. Durante años se habían sacrificado y ahorrado todo lo posible para que sus hijos, si quisieran, pudiesen optar a la educación o los estudios que desearan. A pesar de ello, había conseguido una beca modesta que cubría una parte de los gastos universitarios y me había esforzado por mantenerla para el curso siguiente obteniendo buenas calificaciones. Pero no podía verme como esa persona con las ideas claras que mi hermana creía que era. Me sentía incapaz de explicárselo, porque aún veía la realidad con el filtro de la inocencia de una niña de nueve años, cuyo mundo se reducía a nuestro pequeño pueblo, mi familia y la vida en la costa.

Cuando Naira me estrechó entre sus brazos, más eufórica que nunca, todos estos pensamientos se disiparon y decidí que quería vivir aquel momento, ignorando el hilo de mis reflexiones y devolviéndole el abrazo con todo el amor que sentía por ella.

—¡Cuánto han tardado! Me moría de hambre —espetó a mis padres, al tiempo que se deshacía de nuestro abrazo. Me hizo gracia descubrir que, aunque yo fuera el principal responsable de la tardanza, culpara a nuestros padres.

—Tranquila, pequeña, no podemos hacer nada si el vuelo se retrasa —le contestó mi padre, revolviéndole el pelo, algo que Naira odiaba—. Además, ¿de verdad tenías tanta hambre? ¿O es que echabas de menos a Ian?

Bajo la piel morena de Naira, a la altura de sus adorables mofletes, empezaron a aparecer dos manchas coloradas. Frunció el ceño y estrechó los labios, enfadada. Por supuesto, nunca lo admitiría en voz alta.

—¡Por mí como si no hubiera vuelto en cinco años!

Sonó demasiado poco convincente y los tres nos echamos a reír sin parar, ganándonos una mirada de rabia de Naira, que se sonrojó aún más. Sin que me diera tiempo a reaccionar, me lanzó un pequeño puñetazo cariñoso en el brazo.

—¡Tranquila, pequeño tomate! Yo también me muero de hambre. —Empecé a hacerle cosquillas mientras se retorcía de risa y después todos nos dirigimos al patio de atrás.

Me encantaba comer en ese patio, especialmente en verano. Naira había dispuesto la mesa con bastante esmero, como si quisiera imitar la estética de un restaurante. Pero cada servilleta aparecía doblada siguiendo su propio esquema. En cualquier caso, agradecí el gesto y el esfuerzo, porque era consciente del cariño y la importancia con los que había cuidado cada uno de los detalles.

Comimos despacio mientras los tres escuchaban las anécdotas que ya les había narrado un poco por teléfono a lo largo del curso, pero a las cuales podía dedicar más tiempo ahora, haciendo incluso pequeñas interpretaciones (con voces y gestos incluidos) de todo lo que me había sucedido. Era curioso pensar que había estado fuera de casa apenas nueve meses, un periodo que había pasado demasiado rápido, casi sin dejarme tiempo a disfrutarlo. En realidad, sentía que mi experiencia estudiando fuera era más bien aburrida y poco interesante, pero me descubrí a mí mismo hablando de mis compañeros, profesores e incluso de alguna chica que había conocido con gran entusiasmo. Naira no dejaba de interrumpir y preguntarme constantemente, más emocionada que yo mismo por todo lo que estaba contando.

—Vale, pero tengo una pregunta superimportante.

—¿Cuál? —Aguanté la risa ante su rostro serio y meditabundo. Como si realmente estuviera desentrañando un problema que requiriera una gran concentración.

—¿Cómo has conseguido lavar tus calcetines?

Un silencio inundó la casa unos segundos y después todos estallamos en carcajadas.

—¡Lo digo en serio! En casa eres un poco inútil, y eso que están papá y mamá.

Qué amor de niña.

—Pues no me ha ido muy mal, ¿no? He vuelto de una pieza. —Le saqué la lengua.

Volvimos a gastarnos bromas, a hacernos burla y no paramos de reír en toda la comida.

Casi sin darnos cuenta, y después de haber devorado una deliciosa sandía, eran las cuatro de la tarde. Mi madre no tenía que volver a trabajar al colegio hasta el día siguiente, ya que sus alumnos tenían vacaciones y la jornada laboral de los profesores se reducía. Mi padre, en cambio, debía regresar al puerto para preparar la faena del día siguiente. Mi madre, Naira y yo nos quedamos en casa, y decidí aprovechar la tarde para acomodar la ropa en los armarios y cajones. Así pues, cogí el equipaje y subí a mi habitación.

Si volver a casa me había provocado una sensación de añoranza, de la cual no había sido consciente en esos largos meses que había pasado fuera, cuando abrí la puerta de mi cuarto sentí que me asfixiaba. Todo estaba tal cual lo había dejado, y la escasez de polvo en el escritorio y las estanterías evidenciaba que mi madre se había esmerado en que estuviera perfectamente preparado para mi vuelta. Sabía que había sido ella porque era de esas personas que pocas veces acompañaba sus acciones con palabras; lo hacía con detalles y cuidaba de todos sin decir absolutamente nada. Era algo que amaba de ella, porque sabía que velaba por nosotros sin tener la necesidad de expresarlo en voz alta continuamente. Nos quería en silencio, pero nunca dudábamos de eso.

Sin embargo, no fue ese detalle el que me oprimió el pecho y me dejó sin respiración. Aún hoy sigo sin explicarme qué sucedió aquel día, aquella mezcla de sentimientos que me provocó enfrentarme al que había sido mi espacio personal durante diecinueve años. Pero la realidad me había superado. Había vivido en una burbuja durante el curso escolar creyéndome un habitante más de la ciudad, sin dedicar demasiado tiempo a pensar y recordar de dónde venía. Mucho menos, de esas cuatro paredes pintadas en azul claro, con mis muebles de madera de roble y la colcha de cuadros que mi abuela había tejido para mí cuando cambié la cuna por la cama. Mis libros estaban colocados por orden alfabético en las estanterías, algún juguete que conservaba de pequeño asomaba por los rincones, un poco olvidados. Pero lo que más me impactó fue descubrir el montón de libretas de dibujo y mi colección de acuarelas y pinceles, todos depositados con cuidado y orden encima de la cómoda.

Había olvidado que amaba dibujar.

CAPÍTULO 4
ELOISE

Cuando regresé a la cocina, mi padre había arreglado parte del desastre, pero ni por asomo lo había solucionado por completo. Después de lanzar un suspiro de resignación, me agaché a su lado y en silencio empecé a recoger sartenes y tenedores, que iba distribuyendo en sus respectivos armarios. Él siguió arreglando el desorden sin decir nada, y de vez en cuando me lanzaba miradas con el rabillo del ojo y un gesto tan arrepentido que empezaba a ponerme de mal humor.

—Lo siento mucho, Eloise… Solo quería preparar la comida por una vez.

—No importa, papá. —Suspiré, intentando calmar mis nervios—. Ya acordamos que me ocuparía de la comida.

—No puedes encargarte de todo.

—Y aun así lo hago.

—Eloise, por favor…

—No quiero que se nos queme la casa. —Ese era un recuerdo que ambos compartíamos.

No lo dije en un tono demasiado duro, pero percibí el dolor en los ojos de mi padre. Ese dolor que era parte de nuestra rutina, una amenaza velada, una hoja afilada que tensaba cada vez más el delgado hilo que nos unía. Separándonos, creando entre nosotros un océano más amplio que el que veíamos desde nuestra casa.

Mi padre.

Ese hombre que siempre había sido para mí un modelo a seguir, mi pilar fundamental. La persona más lista y divertida del mundo. Incluso arrastrando el lastre del fallecimiento de mi madre, cuando yo apenas contaba con seis años de edad, era capaz de convertir los días en la aventura más divertida. Creo que Antoine y yo aprendimos más que cualquier otro niño gracias a los cuentos con moraleja que nos narraba y que a veces interpretábamos en pequeños teatrillos caseros, improvisando con sábanas y cualquier cosa que pudiéramos encontrar en casa, usándolo tanto de decorado como en la interpretación. Pero, desde lo que había sucedido con mi hermano, sencillamente había dejado de ser una persona con sueños e ilusión.

Igual que yo.

Éramos dos envolturas que se iban vaciando cada día.

Aunque luchara como podía por recuperar parte de nuestra vida, no lograba quitarme la sensación de perseguir algo imposible. Dolía pensar que nunca volveríamos a ser los mismos. Que ni mi madre ni Antoine volverían a sonreír con nosotros. Pero era bastante cabezota, así que me esforzaba por sacar adelante mis estudios, dedicarme a algunas tareas caseras que para mi padre suponían demasiado esfuerzo e intentar desarrollar la paciencia con él.

—Sabes que aquello fue sin querer —me dijo con tristeza—. No quería estropear la comida y mucho menos asustarte.

—Lo sé, papá. —Lo miré sin saber bien qué decir—. En serio, prefiero ser yo quien se ocupe de preparar la comida, no te preocupes.

—Déjame ayudarte, al menos hoy.

Un poco a regañadientes, accedí y, una vez que la cocina había quedado algo más decente, nos pusimos manos a la obra. Dejé que preparara la pasta, aunque fui yo la que encendió la cocina y puso el agua a hervir. Procurando que se acercara lo mínimo posible al fuego, conseguimos preparar unos macarrones con salsa de tomate bastante ricos y comimos en silencio en la mesa de la cocina.

Echaba en falta comer fuera, en el patio, como solíamos hacer. Era el propio Antoine el que nos animaba siempre a ello, hasta que lo tomamos por costumbre. Haber seguido utilizando aquella parte de la casa sin él habría resultado un insulto. Aunque también era la imposibilidad de enfrentarnos a la realidad lo que nos hacía recluirnos en el interior de las asfixiantes paredes de aquella casa. Llevábamos meses sin preocuparnos por salir, así que se había ido deteriorando poco a poco. Era curioso pensar en lo rápido que la arena y las malas hierbas reclamaban su territorio, ensuciando y resquebrajando los baldosines del suelo.

Sin embargo, no era la única estancia desatendida. En general, la casa presentaba un gran halo de abandono, lo que me hacía temer que pudiera pasar algo grave en algún momento. Hasta aquel día, no habíamos sufrido averías en las tuberías o el tendido eléctrico, pero la pintura se resquebrajaba y se caía a ronchones de la fachada, algunas contraventanas estaban a punto de descolgarse y las macetas eran cuencos vacíos que contenían restos de plantas secas.

Ninguno de los dos teníamos la energía necesaria para mantener el que había sido nuestro hogar, que se deterioraba a pasos agigantados, como si en silencio nos recriminara nuestra falta de atención y cuidados. Aun así, alguna vez había convencido a mi padre para que cogiera su antigua caja de herramientas y entre los dos habíamos puesto algo de orden en todo ese desastre, sin mucho éxito. Por eso me extrañaba siempre que, por iniciativa propia, intentara hacer algo por su cuenta, como cocinar. Era como si las emociones se movieran incómodas en su interior, oscilando y temblando, creando altibajos que lo dejaban agotado.

Aquel día comimos despacio, en silencio y sin mirarnos. El ruido de los cubiertos era lo único que rompía la calma. Ni una anécdota. Ni una pregunta por los nuevos grupos de música que había descubierto. Ninguna broma sobre lo fea que era mi blusa, como solía escuchar antes en boca de mi padre y de Antoine. Los cambios en nuestras expresiones se limitaban al movimiento mecánico de tomar la pasta en el tenedor, llevarla a la boca, masticar y vuelta a empezar.

Miré a mi padre, como en cada comida, esperando algo nuevo, pero él acabó de comer, cogió los platos y los llevó hasta el fregadero. Los limpió despacio y salió de la cocina. Y yo me quedé ahí sentada, como una idiota, preguntándome si alguna vez acabaría todo aquello.

CAPÍTULO 5
IAN

Los botes de acuarelas estaban guardados en un cesto, encima de la paleta de colores en pastilla, junto a un vaso de cristal lleno de pinceles limpios. Y mis cuadernos de dibujo se apilaban de mayor a menor tamaño. Mi madre había dispuesto todo de forma meticulosa, buscando un orden lógico, con el fin de que encontrara lo que quisiese con facilidad. Era consciente de que no tenía nada que ver con cómo lo habría dejado yo en septiembre, puesto que mi concepto de orden se basaba en dejar los cuadernos sobre la mesa, según los iba usando, por lo que los que estaban abajo solían ser también los más antiguos. Aunque aquella nueva torre, pulcra y ordenada, no tuviera ya ningún sentido para mí, sabía que mi madre lo había hecho con buena intención.

Era consciente de que ella no sabía nada de la decisión que había tomado antes de irme a Madrid, cuando supe que no quería volver a pintar. Sentía que aquello era incompatible con la nueva vida a la que tenía que enfrentarme. La que ansiaba descubrir. Pero, por alguna razón, quizá por el hipnotismo que la gran ciudad me había causado, había olvidado por completo que todo aquel material de dibujo seguía ahí. Esperando a que volviera, como habían hecho mis propios padres en el aeropuerto. Recordé lo duro que había sido darle vueltas al asunto, todas aquellas horas que pasé intentando tomar la decisión que creía que era más adecuada. Pero, por algún motivo, no tuve la fuerza necesaria para tirar todas las libretas y acabar con cualquier rastro de un Ian pasado que, supuestamente, no tenía cabida en mi futuro.

De repente me enfadé muchísimo, sin saber bien por qué. Cogí la pila de cuadernos y usé mi silla para llegar a lo alto del armario, donde dejaría todo aquello por el momento. No quería saber nada más de pintar y me recriminé a mí mismo que estuviera repitiendo los mismos errores, mostrando el mismo tipo de debilidad. Pero me convencí de que en aquel momento era distinto, que en realidad no esperaba encontrar todo eso ahí. La sorpresa me había bloqueado, así que me dije que lo único que estaba haciendo era dejar todo aquel asunto para más adelante, cuando acabara de instalarme de nuevo en mi propio hogar.

Tomé un montón de papeles, intentando subirlos, pero calculé mal mis movimientos y todos cayeron, algunos incluso me golpearon en la cabeza, desperdigándose al tocar el suelo. Mi enfado y mi frustración fueron en aumento, así que, rojo de ira y con las lágrimas a punto de escapar de mis ojos, me senté en el suelo dispuesto a coger cada cuaderno y romperlo en mil pedazos. Escuché unos golpecitos tímidos en la puerta.

—Ian, ¿estás bien? —La voz de Naira sonaba preocupada.

—Todo bien, enana. Se me han caído unos libros.

—¡Menudo torpe!

Cuando su risa se desvaneció por el pasillo, cogí el cuaderno más pequeño entre mis manos. No lo recordaba, así que cuando lo abrí por la primera página no sabía lo que iba a encontrar. Ni estaba preparado para ello. Con una caligrafía un poco tosca y unos renglones inclinados hacia arriba, yo mismo a los ocho años había escrito:

Este cuaderno pertenece a Ian, de ocho años de edad. Por favor, devuélvanlo si lo encuentran, que es un regalo muy especial de mamá y no quiero perderlo. ¡Tengo que practicar si quiero pintar de mayor y ser el mejor!

Pueden traerlo a mi casa, la de la fachada blanca y las ventanas de color verde oscuro que está cerca del puerto, pero tampoco muy cerca, que si no huele a pescado todo el rato.

¡Gracias!

Ahí me quedé unos minutos, luchando contra las lágrimas, cargadas con la nostalgia, la impotencia y la amargura que me producía pensar que alguna vez había tenido semejante sueño. Un sueño que ya había abandonado.

Durante años me había dedicado a practicar sin parar, buscando inspiración en lo que me rodeaba: mi cuarto, mis juguetes, Naira y mis padres, el parque donde solía ir con mis amigos y el colegio. También intentaba crear mis propias obras de naturaleza muerta y de naturaleza en general cuando salía al campo. Pero, sin duda, lo que más aparecía en todos esos dibujos era el mar. Atardeceres y amaneceres, representaciones de la bahía y los barcos de los pescadores a lo lejos, los acantilados, la cueva, la playa… El sentimiento de nostalgia me golpeó con fuerzas renovadas, dejándome anclado al suelo y sosteniendo el cuaderno con fuerza entre las manos. Siempre había amado el mar, pero no era consciente de cuánto lo hacía.

El resto de las libretas eran similares, aunque fui capaz de percibir los avances y las mejoras en mi técnica. Mis bocetos eran cada vez más precisos y realistas, mientras que las láminas que había decidido llenar de color presentaban tonos más intensos a medida que me fijaba en los cuadernos más recientes.

Me detuve en uno de los últimos dibujos que había realizado el verano anterior. No supe por qué había captado mi atención esa imagen, pero recordaba aquel día bastante bien. Aún debatía conmigo mismo sobre qué hacer con todo aquello. Había pasado unos días duros, nervioso y expectante, porque pronto partiría hacia la universidad. Esa tarde, que firmé el 24 de agosto, decidí tomar mi cuaderno y dar un paseo por la playa. Realicé un par de bocetos inacabados en las páginas anteriores, también firmados con la misma fecha, pero el que me llamó la atención fue el único que había llegado a inundar de color. Parecía una imagen idílica, una tarde en la playa con la cueva de fondo. Varias figuras chapoteaban en el agua, hacían castillos de arena o leían tumbadas en la arena. Pero me llamaron la atención dos personas que, sin duda, habían captado mi interés aquel día. Dos jóvenes altos, con el pelo anaranjado, caminaban por la arena, cada uno con una bicicleta a su lado. El cabello de ella caía en ondas hasta su cintura y él la miraba con una sonrisa en el rostro. Lo había reconocido como uno de los amigos de Gael, que tenía un par de años más que yo y que era mi vecino y amigo desde que podía recordar. No logré ver el rostro de su acompañante, pero quise creer que también sonreía.

Cerré el cuaderno de golpe. Aquella escena me trajo recuerdos de la calma y la serenidad que había sentido mientras lo dibujaba, con el calor del sol en la nuca, y después rememoré cuando mezclé los colores en mi habitación.

Pensé entonces en todos aquellos años que había pasado alimentando aquella ilusión infantil de dedicarme a dibujar y crear durante toda mi vida. Pero unas semanas antes de volar al que sería mi nuevo hogar durante unos años, había decidido que esa parte de mí ya no tendría cabida en mi futuro. Que no podría destacar. Que no podría seguir dedicando tanto esfuerzo a algo que quizá no podría asegurarme un sueldo. En ese instante, en el que no quería volver a enfrentarme a toda aquella vorágine de sentimientos, el impacto que había provocado encontrarme con ese pedacito de mí, aún intacto, esperándome, hizo que varias voces interiores chocaran y gritaran a la vez en mi interior. Voces que no paraban de repetir que solo me había puesto excusas. Que era un cobarde por no perseguir un sueño, a pesar de que pudiera resultar infantil.

Más confuso que nunca, hice un nuevo montón con todas las libretas, las dejé en un rincón de la habitación y salí sin preocuparme por cómo quedaban. Con mis pensamientos enredados los unos con los otros.

Todo era caos.

CAPÍTULO 6
ELOISE

Cuando salí aquella tarde, solo tenía claro que quería comprar unas nuevas pilas para mi walkman. Por entonces podía prescindir de cualquier cosa, excepto de mi familia, mi música y el mar. Puesto que lo primero me lo estaban arrebatando sin piedad, pensaba que solo me quedaban dos refugios seguros en aquella isla, a pesar de los malos recuerdos. Y no pensaba renunciar a ellos.

Tomé mi bicicleta, de un color anaranjado desvaído y que a menudo me ganaba las burlas de otros, que no dejaban escapar la oportunidad de resaltar cómo hacía juego con mi pelo. Había escogido ese color hacía años porque Antoine se había decantado por una bicicleta morada, algo oscura, y me había convencido porque a menudo decía que, si íbamos los dos juntos, podríamos representar un atardecer. Y, por supuesto, haría juego con mi pelo. Siempre añadía esto último entre risas, solía subirse rápidamente a su propia bicicleta antes de terminar la frase y pedaleaba con fuerza, retándome a perseguirlo. Entonces, iba tras él calle abajo, moviendo mis piernas con toda la potencia que era capaz de transmitirle a los pedales, burlándonos el uno del otro y riendo hasta quedarnos sin aire.

Decidí bajar por una de las calles principales, pasando velozmente al lado de rostros que me miraban con curiosidad. Parecía que a aquellas personas les gustaba que hubiera familias destrozadas sobre las que poder hablar. Muchos me conocían solo de vista, otros habían tenido buena relación con mis padres. Eran relaciones ahora marchitas. Los miraba con recelo, intuyendo en sus ojos un lamento oculto por la pobre chica medio francesa.

El centro del pueblo bullía con cierta intensidad. Los que ya empezaban a disfrutar del tiempo libre salían a dar una vuelta, abarrotando las terrazas de los bares. También comenzaban a llegar aquellas personas que solo venían a pasar el fin de semana para reunirse con sus familiares.

Cercana a la plaza del ayuntamiento, había una calle pequeña que conectaba otras dos principales, y ahí era donde Luis había establecido su negocio. Una tienda que hacía las veces de ferretería y local multiusos, donde se podía encontrar casi de todo. Tenía un encanto especial, había sobrevivido durante años y seguía siendo el referente para muchos de nosotros, a pesar de la creciente competencia. Además, nadie era capaz de atender a la clientela como Luis, un hombre bonachón y risueño que siempre nos había ayudado mucho a mi padre y a mí.

También estaba Gael. Era su hijo mayor y el mejor amigo de Antoine. Los dos se habían conocido en el colegio y después empezaron juntos la carrera de Historia en Las Palmas. Eran tres años mayores que yo, pero a menudo parecía que nos intercambiábamos los papeles, especialmente cuando estaban juntos y no paraban de bombardearme con sus bromas.

Dejé la bicicleta apoyada en la fachada y entré. La puerta emitió un quejido sordo, que me dio la bienvenida al interior del local, oscuro y fresco, cuyo aire se movía gracias a un ventilador de un horrible color marrón situado cerca de la entrada. Al instante, el propio Luis emergió de la trastienda, se atrincheró tras el mostrador de formica y sonrió sinceramente en cuanto me vio.

—¡Mi pequeña francesa! Ya te echaba de menos por aquí, no sé cómo he podido superar estos días de bochorno sin esas pecas.

—Seguro que tienes clientes más interesantes. —Reí en respuesta. Era fascinante cómo el buen humor de este hombre lograba iluminar el día. Había echado de menos bajar al pueblo solo por eso.

—Pero nadie gasta las pecas como tú, no al menos en esta isla. ¡De eso puedes estar segura!

Los dos nos echamos a reír. Su risa era totalmente contagiosa y sincera, con la mandíbula abierta y los ojos entrecerrados, era capaz de animar hasta a las piedras. Poco a poco fue calmándose y sé que evitó pr ...