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LA PROFECíA OSCURA (LAS PRUEBAS DE APOLO 2)

Rick Riordan  

5


Fragmento

1

Lester (Apolo).

Humano, aún; gracias por preguntar.

Dioses, odio mi vida

Cuando nuestro dragón declaró la guerra a Indiana, supe que no iba a ser un buen día.

Llevábamos seis semanas viajando hacia el oeste, y Festo no había mostrado tanta hostilidad hacia ningún estado. A New Jersey no le hizo caso. Pennsylvania pareció agradarle, a pesar de nuestra batalla contra los cíclopes de Pittsburgh. Ohio lo soportó, incluso después de nuestro encuentro con Potina, la diosa romana de la bebida de los niños, que nos persiguió en forma de gigantesca jarra roja con una cara sonriente estampada.

Sin embargo, por algún motivo, Festo decidió que no le gustaba Indiana. Se posó en la cúpula del capitolio de Indiana, batió sus alas metálicas y escupió un cono de fuego que incineró la bandera del estado colgada del asta.

—¡Para el carro, colega! —Leo Valdez tiró de las riendas del dragón—. Ya hemos hablado de esto. ¡Prohibido chamuscar monumentos públicos!

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Montada detrás de él en el espinazo del dragón, Calipso se agarraba a las escamas de Festo para mantener el equilibrio.

—¿Podemos bajar a tierra, por favor? ¿Esta vez con cuidado?

Para ser una antigua hechicera inmortal que había controlado a los espíritus del aire, Calipso no era muy aficionada a volar. El viento frío empujaba su cabello castaño contra mi cara y me hacía parpadear y escupir.

Así es, querido lector.

Yo, el pasajero más importante, el joven que un día había sido el glorioso dios Apolo, me veía obligado a ir sentado a lomos de un dragón. ¡Oh, qué indignidades había sufrido desde que Zeus me despojó de mis poderes divinos! No me bastaba con ser un mortal de dieciséis años con el horrible seudónimo de Lester Papadopoulos. No me bastaba con tener que recorrer la Tierra cumpliendo (¡puf!) misiones heroicas hasta encontrar la forma de volver a congraciarme con mi padre, ni tener un acné que no respondía a los medicamentos para los granos. ¡Para colmo de males, a pesar de tener un carnet de conducir del estado de Nueva York, Leo Valdez no me dejaba pilotar su corcel aéreo de bronce!

Las garras de Festo buscaban un asidero en la cúpula de cobre verde, demasiado pequeña para un dragón de su tamaño. Me acordé de cuando instalé una estatua de Calíope de tamaño real en mi carro solar y el peso añadido me hizo caer en picado en China y crear el desierto de Gobi.

Leo miró atrás, con la cara manchada de hollín.

—¿Percibes algo, Apolo?

—¿Por qué siempre me toca a mí percibir cosas? Que antes fuera un dios de las profecías...

—Tú eres el que ha estado teniendo visiones —me recordó Calipso—. Dijiste que tu amiga Meg estaría aquí.

Solo con oír el nombre de Meg experimenté un dolor agudo.

—¡Eso no quiere decir que pueda localizarla con la mente! ¡Zeus me ha cancelado el acceso a la GPS!

—¿GPS? —preguntó Calipso.

—Guía de posicionamiento sobrenatural.

—¡Eso no existe!

—Calma, chicos. —Leo acarició el pescuezo del dragón—. Apolo, inténtalo, ¿quieres? ¿Se parece esta a la ciudad con la que soñaste?

Oteé el horizonte.

Indiana era un estado llano: carreteras que cruzaban llanuras marrones cubiertas de maleza y sombras de nubes invernales que flotaban sobre las extensiones urbanas. A nuestro alrededor se alzaba un pequeño grupo de rascacielos céntricos: columnas de piedra y cristal cual trozos de regaliz blanco y negro. (No del regaliz rico; más bien del asqueroso que se queda siglos en la bombonera de tu madrastra. Y, no, Hera, ¿por qué iba a referirme a ti?)

Después de caer en Nueva York, Indianápolis me parecía desierto y monótono, como si un auténtico barrio de Nueva York —Midtown, por ejemplo— hubiera sido ampliado hasta abarcar toda la zona de Manhattan y luego despojado de dos tercios de su población y lavado vigorosamente.

No se me ocurría por qué a un triunvirato malvado de antiguos emperadores romanos podía interesarle un sitio así. Ni me imaginaba por qué enviarían allí a Meg McCaffrey para capturarme. Sin embargo, mis visiones habían sido claras. Había visto el contorno de esa ciudad. Había oído a mi antiguo enemigo Nerón dar órdenes a Meg: «Ve al oeste. Atrapa a Apolo antes de que encuentre el siguiente Oráculo. Si no puedes traérmelo vivo, mátalo».

¿Lo más triste de todo? Que Meg era una de mis mejores amigas. Y gracias al retorcido sentido del humor de Zeus, daba la casualidad de que también era mi ama. Mientras yo siguiera siendo mortal, Meg podría mandarme cualquier cosa, incluso que me matase... No. Mejor no contemplar esas posibilidades.

Me moví en mi asiento metálico. Después de tantas semanas de viaje, estaba cansado y me dolían las posaderas de montar en el dragón. Quería encontrar un sitio seguro para descansar, pero esa ciudad no era la indicada. Había algo en el paisaje que me inquietaba tanto como a Festo.

Lamentablemente, estaba seguro de que ese era nuestro destino. A pesar del peligro, si tenía ocasión de volver a ver a Meg McCaffrey, de arrancarla de las perversas garras de su padrastro, tenía que intentarlo.

—Este es el lugar —dije—. Antes de que la cúpula se desplome, propongo que bajemos al suelo.

Calipso refunfuñó en minoico antiguo:

—Eso ya lo he dicho yo.

—¡Bueno, perdone usted, hechicera! —contesté en el mismo idioma—. ¡Tal vez si tú tuvieras visiones útiles, te haría caso más a menudo!

Calipso me llamó un par de cosas que me recordaron lo malsonante que era la lengua minoica antes de que se extinguiera.

—Eh, vosotros dos —dijo Leo—. Nada de dialectos antiguos. Hablad en nuestro idioma. O en el de las máquinas.

Festo asintió chirriando.

—Tranquilo, chico —dijo Leo—. Seguro que no querían marginarnos. Vamos a bajar a la calle, ¿vale?

Los ojos de rubíes de Festo brillaron. Sus dientes metálicos giraron como brocas. Me lo imaginé pensando: «Ahora mismo prefiero Illinois».

Pero batió las alas y saltó de la cúpula. Nos precipitamos y aterrizamos delante del capitolio con tanta fuerza como para agrietar la acera. Los ojos me temblaron como globos de agua.

Festo giró la cabeza de un lado a otro, echando volutas de humo por los agujeros del hocico.

No vi ningún peligro inmediato. Los coches recorrían despacio West Washington Street. Los peatones pasaban sin prisa: una mujer madura con un vestido de flores, un policía fornido con un vaso de cartón en el que ponía CAFÉ PATACHOU, un hombre acicalado con un traje de algodón azul.

El hombre de azul saludó educadamente al pasar:

—Buenos días.

—¿Qué pasa, colega? —gritó Leo.

Calipso ladeó la cabeza.

—¿Por qué ha sido tan simpático? ¿No ve que vamos montados en un dragón de metal de cinco toneladas?

Leo sonrió.

—Es la Niebla, nena: altera la vista de los mortales. Hace que los monstruos parezcan perros extraviados. Hace que las espadas parezcan paraguas. ¡Hace que yo parezca aún más guapo de lo normal!

Calipso clavó los pulgares a Leo en los riñones.

—¡Ay! —se quejó él.

—Ya sé lo que es la Niebla, Leónidas...

—Oye, te dije que no me llamaras así.

—... pero aquí la Niebla debe de ser muy intensa para poder ocultar a un monstruo del tamaño de Festo a tan poca distancia. ¿No te parece un poco raro, Apolo?

Estudié a los peatones que pasaban.

Sí, había visto sitios en los que la Niebla era especialmente densa. En Troya, el cielo sobre el campo de batalla se había llenado de tantos dioses que no podías girar con el carro sin chocar contra otra deidad, y sin embargo los troyanos y los griegos solo atisbaban nuestra presencia. En 1979 en Three Mile Island, los mortales no se enteraron de que el accidente nuclear que sufrieron estuvo provocado por una pelea épica con sierras mecánicas entre Ares y Hefesto. (Si mal no recuerdo, Hefesto había criticado los vaqueros de campana de Ares.)

Aun así, no creía que el problema en Indianápolis fuera que la Niebla era densa. Había algo en sus vecinos que me preocupaba. Sus caras eran demasiado tranquilas. Sus sonrisas aturdidas me recordaban a los antiguos atenienses poco antes de la fiesta de Dioniso: todo el mundo de buen humor, distraído, pensando en el desmadre y las melopeas que les esperaban.

—Deberíamos evitar la atención pública —propuse—. Tal vez...

Festo dio un traspié y tembló como un perro mojado. Un sonido como el de una cadena de bicicleta suelta brotó de dentro de su pecho.

—¡Ay! ¡Otra vez, no! —dijo Leo—. ¡Todo el mundo fuera!

Calipso y yo nos bajamos enseguida.

Leo corrió delante de Festo y estiró los brazos en una postura clásica de vaquero de dragones.

—¡No pasa nada, colega! Solo voy a apagarte un rato, ¿vale? Un pequeño descanso para...

Festo vomitó una columna de llamas que envolvieron a Leo. Afortunadamente, Valdez era incombustible. Pero su ropa no. Por lo que Leo me había contado, normalmente podía impedir que su atuendo se quemase concentrándose. Sin embargo, si lo pillaban por sorpresa, no siempre le daba resultado.

Cuando las llamas se disiparon, Leo apareció delante de nosotros vestido únicamente con sus calzoncillos de amianto, su cinturón mágico y unas humeantes zapatillas medio derretidas.

—¡Maldita sea! —se quejó—. ¡Hace frío, Festo!

El dragón tropezó. Leo se abalanzó sobre él y le dio a la palanca situada detrás de la pata delantera izquierda. Festo empezó a desplomarse. Sus alas, sus extremidades, su pescuezo y su cola se contrajeron sobre su cuerpo, mientras las placas de bronce se superponían unas encima de otras y se plegaban hacia dentro. En cuestión de segundos, nuestro amigo robótico se había convertido en una gran maleta de bronce.

Algo así debería haber sido imposible, pero como todo dios, semidiós o ingeniero que se precie, Leo Valdez se negaba a dejarse limitar por las leyes de la física.

Miró su nuevo equipaje con el ceño fruncido.

—Jo, creía que había arreglado el condensador giroscópico. Supongo que no podremos irnos de aquí hasta que encuentre un taller.

Calipso hizo una mueca. Su parka rosa brillaba debido a la condensación del vuelo por las nubes.

—Y si encontramos un taller, ¿cuánto te llevará reparar a Festo?

Leo se encogió de hombros.

—¿Doce horas? ¿Quince? —Pulsó un botón del lateral de la maleta. Apareció un asa—. También estaría bien si viésemos una tienda de ropa de caballero.

Me imaginé entrando en una tienda de ropa de hombre y a Leo en calzoncillos y con las zapatillas derretidas, arrastrando una maleta de bronce.

Entonces una voz que venía de la acera gritó:

—¡Hola!

La mujer del vestido de flores había vuelto. Al menos parecía la misma. O eso o en Indianápolis muchas señoras llevaban vestidos con estampado de madreselva morado y amarillo y tenían el pelo cardado al estilo de los cincuenta.

La mujer sonrió con expresión ausente.

—¡Qué bonita mañana!

En realidad, era una mañana deprimente —fría y nublada, con olor a nieve inminente—, pero me pareció de mala educación hacerle el vacío.

Le dediqué un pequeño saludo con la mano: la clase de gesto que solía dirigir a mis fieles cuando venían a postrarse a mi altar. Para mí, el mensaje era bastante claro: «Te veo, mortal insignificante; hala, vete. Los dioses están hablando».

La mujer no captó la indirecta. Avanzó tranquilamente y se plantó delante de nosotros. No era especialmente grande, pero había algo en sus proporciones que no parecía normal. Tenía los hombros demasiado anchos para su cabeza. Una masa llena de bultos le sobresalía del pecho y la barriga, como si se hubiera metido un saco de mangos debajo del vestido. Con sus brazos y piernas larguiruchos, me recordaba una especie de escarabajo gigante. Si se volcase, dudaba que pudiera volver a levantarse.

—¡Oh! —Agarró su bolso con las dos manos—. ¡Qué niños más monos!

Su pintalabios y su sombra de ojos eran de un violento tono morado. Me preguntaba si le llegaba suficiente oxígeno al cerebro.

—Señora —dije—, no somos niños. —Podría haber añadido que yo tenía más de cuatro mil años y que Calipso era todavía mayor, pero decidí no entrar en el tema—. Y ahora, si nos disculpa, tenemos que reparar una maleta y mi amigo necesita desesperadamente unos pantalones.

Traté de rodearla, pero me cerró el paso.

—¡No puedes irte todavía, querido! ¡No te hemos dado la bienvenida a Indiana!

Sacó un smartphone de su bolso. La pantalla brillaba como si estuviera haciendo una llamada.

—Seguro que es él —dijo por el teléfono—. Que venga todo el mundo. ¡Apolo está aquí!

Se me encogieron los pulmones dentro del pecho.

En los viejos tiempos, esperaba que me reconocieran nada más llegar a una ciudad. Los lugareños corrían a darme la bienvenida. Cantaban y bailaban y lanzaban flores. Y enseguida empezaban a construir un nuevo templo.

Pero encarnado en Lester Papadopoulos, no era merecedor de ese trato. No me parecía en nada al glorioso ser que era antes. La idea de que los habitantes de Indiana me reconocieran a pesar de mi cabello enredado, mi acné y mis michelines era insultante a la par que aterradora. ¿Y si erigían una estatua de mí en mi estado actual: un gigantesco Lester dorado en medio de su ciudad? ¡Los demás dioses me lo recordarían eternamente!

—Señora —dije—, me temo que me ha confundido...

—¡No seas modesto! —La mujer apartó su teléfono y su bolso. Me agarró el antebrazo con la fuerza de una levantadora de pesas—. Nuestro amo estará encantado de tenerte detenido. Y, por favor, llámame Nanette.

Calipso atacó. O quería defenderme (lo dudo), o no le entusiasmaba el nombre de Nanette. Propinó a la mujer un puñetazo en la cara.

El hecho en sí no me sorprendió. Después de perder sus poderes inmortales, Calipso estaba tratando de dominar otras competencias. De momento había fracasado con las espadas, las armas de asta, los shurikens, los látigos y la comedia de improvisación. (Yo entendía su frustración.) Hoy había decidido probar con los puñetazos.

Lo que me sorprendió fue el fuerte CRAC que su puño hizo contra la cara de Nanette: el sonido de los huesos de los dedos al romperse.

—¡Ay! —Calipso se apartó dando traspiés y agarrándose la mano.

La cabeza de Nanette se deslizó hacia atrás. La mujer me soltó para intentar agarrarse la cara, pero era demasiado tarde. Se le desprendió la cabeza de los hombros. Cayó contra el asfalto ruidosamente y rodó hacia un lado, con los ojos todavía parpadeando y los labios morados temblando. La base era de acero inoxidable. Tenía sujetas unas tiras desiguales de cinta adhesiva con pelos y horquillas pegados.

—¡Hefesto bendito! —Leo corrió junto a Calipso—. Señora, le ha roto la mano a mi novia con la cara. ¿Qué es usted, una autómata?

—No, querido —contestó Nanette decapitada. Su voz amortiguada no venía de la cabeza de acero inoxidable tirada en la acera. Procedía de dentro de su vestido. Justo encima del escote, donde antes estaba su cuello, había un afloramiento de pelo rubio enredado con horquillas—. Y debo decir que pegarme no ha sido de muy buena educación.

Comprendí tarde que la cabeza metálica era un disfraz. Del mismo modo que los sátiros cubrían sus pezuñas con zapatos humanos, esa criatura se hacía pasar por mortal fingiendo tener una cara humana. Su voz provenía de la zona de la barriga, lo que significaba...

Me temblaron las rodillas.

—Una blemia —dije.

Nanette rio entre dientes. Su abultada panza se retorció bajo la tela con estampado de madreselva. Se abrió la blusa desgarrándola —algo que jamás se le ocurriría hacer a una educada habitante del Medio Oeste— y reveló su auténtica cara.

Donde una mujer normal habría tenido el sujetador, dos enormes ojos saltones me miraban parpadeando. Del esternón sobresalía una gran nariz brillante. A través de su abdomen se curvaba una boca asquerosa: relucientes labios color naranja y dientes como un abanico de cartas blancas.

—Sí, querido —dijo la cara—. ¡Y quedas detenido en nombre del triunvirato!

Los peatones de aspecto agradable que iban y venían por Washington Street se volvieron y empezaron a dirigirse hacia nosotros.

2

Tíos y tías sin cabeza.

No me va el rollo del Medio Oeste.

Hola, mira, un fantasma de queso

«Jo, Apolo —estarás pensando—, ¿por qué no sacaste tu arco y le disparaste? ¿O la hechizaste con una canción de tu ukelele de combate?»

Sí, tenía esos dos artículos colgados a la espalda junto con mi carcaj. Por desgracia, hasta las mejores armas de los semidioses requieren una cosa llamada «mantenimiento». Mis hijos Kayla y Austin me lo habían explicado antes de que me fuera del Campamento Mestizo. No podía sacar el arco y el carcaj de la nada como cuando era dios. Ya no podía hacer aparecer el ukelele en mis manos solo con desearlo y esperar que estuviera perfectamente afinado.

Mis armas y mi instrumento musical estaban envueltos con cuidado en unas mantas. De lo contrario, los vuelos por el húmedo cielo invernal habrían deformado el arco, estropeado las flechas y deteriorado las cuerdas de mi ukelele. Sacarlos me llevaba ahora varios minutos de los que no disponía.

Además, dudaba que me sirvieran de algo contra los blemias.

No me había enfrentado a ninguno de su especie desde los tiempos de Julio César, y habría pasado gustosamente otros dos mil años sin ver a uno.

¿Cómo podía resultar útil un dios de la poesía y la música contra una especie que tenía las orejas metidas en los sobacos? Además, los blemias tampoco temían ni respetaban el tiro con arco. Eran recios luchadores de combate cuerpo a cuerpo de piel gruesa. Incluso eran resistentes a la mayoría de enfermedades, y eso quería decir que nunca me pedían ayuda médica ni temían mis flechas contagiadas. Y lo peor de todo, no tenían sentido del humor ni imaginación. No les interesaba el futuro, de modo que no veían la utilidad de los oráculos o las profecías.

En resumen, no se podía crear una raza menos receptiva a un dios atractivo y polifacético como yo. (Y, créeme, Aries lo había intentado. ¿Te suenan los mercenarios hessianos que creó en el siglo XVIII? Puf. A George Washington y a mí nos las hicieron pasar canutas.)

—Leo —dije—, activa el dragón.

—Acabo de ponerlo en el ciclo de sueño.

—¡Deprisa!

Leo toqueteó los botones de la maleta. No pasó nada.

—Te lo he dicho, tío. Aunque Festo funcionara bien, cuesta mucho despertarlo cuando está dormido.

Maravilloso, pensé. Calipso se encorvaba sobre su mano rota, murmurando palabrotas en minoico. Leo tiritaba en ropa interior. Y yo... en fin, era Lester. Y encima, en lugar de enfrentarnos a nuestros enemigos con un gran autómata que escupía fuego, ahora tendríamos que hacerlo con un accesorio de equipaje metálico difícil de transportar.

Me volví contra la blemia.

—¡LARGO DE AQUÍ, asquerosa Nanette! —Traté de echar mano de mi antiguo tono de ira divina—. ¡Como vuelvas a poner la mano en mi divina persona, serás DESTRUIDA!

Cuando yo era dios, esa amenaza habría bastado para que ejércitos enteros mojaran sus pantalones de camuflaje. Nanette se limitó a parpadear con sus ojos pardos.

—No te preocupes —dijo. Sus labios eran grotescamente hipnóticos, como observar una incisión quirúrgica utilizada como marioneta—. Además, querido, ya no eres un dios.

—¿Por qué la gente no para de recordármelo?

Más lugareños se reunieron en nuestra posición. Dos agentes de policía bajaron corriendo la escalera del capitolio. En la esquina de Senate Avenue, un trío de basureros abandonó su camión y se acercó pesadamente empuñando grandes cubos de basura metálicos. Media docena de hombres vestidos con trajes de oficina procedentes de la otra dirección cruzaron el césped del capitolio.

Leo soltó un juramento.

—¿En esta ciudad todo el mundo tiene el coco metálico?

—Tranquilo, cielo —dijo Nanette—. Rendíos, y no tendremos que haceros mucho daño. ¡Eso es cosa del emperador!

A pesar de tener la mano rota, por lo visto a Calipso no le apetecía rendirse. Lanzando un grito desafiante, volvió a atacar a Nanette, propinando en esta ocasión una patada de kárate a la blemia en su gigantesca nariz.

—¡No! —solté, demasiado tarde.

Como ya he dicho, los blemias son seres recios. Es difícil hacerles daño y todavía más difícil matarlos. El pie de Calipso impactó en su objetivo, pero se torció el tobillo con un desagradable ruido seco. Se desplomó, balbuceando de dolor.

—¡Cal! —Leo corrió a su lado—. ¡Atrás, cara de pechuga!

—Vigila ese lenguaje, querido —lo reprendió Nanette—. Me temo que tendré que pisotearte.

La criatura levantó un zapato de tacón de charol, pero Leo fue más rápido. Invocó una bola de fuego, la lanzó como una pelota de béisbol y le dio a Nanette de lleno entre sus enormes ojos situados a la altura de su pecho. Las llamas la invadieron y prendieron fuego a sus cejas y su vestido de flores.

Mientras Nanette chillaba y daba traspiés, Leo gritó:

—¡Ayúdame, Apolo!

Me di cuenta de que me había quedado quieto, paralizado de la impresión, cosa que no habría tenido nada de malo si hubiera estado viendo la escena desde la seguridad de mi trono en el monte Olimpo. Lamentablemente, ahora estaba hundido en las trincheras con los seres inferiores. Ayudé a Calipso a ponerse en pie (su pie bueno, por lo menos). Nos echamos sus brazos sobre los hombros (Calipso se puso a gritar como una posesa cuando le cogí sin querer la mano rota) y empezamos a alejarnos cojeando.

Cuando habíamos atravesado diez metros de césped, Leo se detuvo súbitamente.

—¡Me he olvidado a Festo!

—Déjalo —le espeté.

—¿Qué?

—¡No podemos con él y con Calipso! Volveremos más tarde. Puede que los blemias no le hagan caso.

—Pero si descubren cómo abrirlo —dijo Leo preocupado—, si le hacen daño...

—¡MARRRGGGH! —Detrás de nosotros, Nanette se arrancó los jirones de su vestido en llamas. De cintura para abajo, tenía el cuerpo cubierto de un pelo rubio enmarañado, parecido al de un sátiro. Le ardían las cejas, pero por lo demás, su cara parecía intacta. Escupió cenizas y miró coléricamente en dirección a nosotros—. ¡Eso no ha estado bien! ¡A POR ELLOS!

Teníamos casi encima a los hombres de negocios, lo que anulaba toda esperanza de volver a por Festo sin que nos pillasen.

Elegimos la única opción heroica a nuestro alcance: corrimos.

No me había sentido tan agobiado desde que había participado en la carrera de tres piernas con Meg McCaffrey en el Campamento Mestizo. Calipso trataba de ayudar dando brincos como un saltador entre Leo y yo, pero cada vez que se daba en el pie o la mano rotos, gritaba y se dejaba caer sobre nosotros.

—Lo-lo siento, chicos —murmuró, con la cara salpicada de gotas de sudor—. Supongo que no estoy hecha para el combate cuerpo a cuerpo.

—Yo tampoco —reconocí—. A lo mejor Leo puede retrasarlos un rato...

—Eh, a mí no me mires —gruñó Leo—. Yo solo soy un chapucillas que de vez en cuando lanza una bola de fuego. El luchador del grupo se ha quedado atrás en modo maleta.

—Id más rápido —les aconsejé.

Si llegamos a la calle con vida fue porque los blemias se movían muy despacio. Supongo que yo también me movería despacio si tuviera que mantener en equilibrio una cabeza metálica falsa sobre mi, ejem, cabeza, pero incluso sin disfrazar, los blemias no eran tan rápidos como fuertes. Su nefasta percepción de la profundidad les hacía andar con exagerada cautela, como si el suelo fuera un desconcertante holograma. Si pudiéramos dejarlos atrás...

—¡Buenos días! —Un agente de policía apareció a nuestra derecha, con su arma de fuego en ristre—. ¡Alto o disparo! ¡Gracias!

Leo sacó una botella de cristal tapada de su cinturón portaherramientas. La lanzó a los pies del agente, y unas llamas verdes estallaron a su alrededor. Al agente se le cayó la pistola. Empezó a arrancarse el uniforme en llamas y dejó a la vista en su torso una cara con peludas cejas en los pectorales y una barba en la barriga que necesitaba un afeitado.

—Uf —exclamó Leo—. Esperaba que fuera un blemia. Era mi último frasco de fuego griego, chicos. Y no puedo lanzar más bolas de fuego si no quiero desmayarme, así que...

—Tenemos que encontrar refugio —dijo Calipso.

Un sabio consejo, pero no parecía que en Indiana existiera el concepto de «refugio». Las calles eran anchas y rectas, el paisaje llano, la gente escasa y el campo visual infinito.

Nos metimos en South Capitol. Eché un vistazo por encima del hombro y vi que la multitud de vecinos sonrientes con cabezas falsas nos estaba alcanzando. Un obrero de la construcción se detuvo a arrancar el guardabarros de una camioneta Ford y se reincorporó al desfile, con su nuevo garrote de cromo al hombro.

Mientras tanto, los mortales corrientes —al menos, los que no parecían interesados en matarnos de momento— se ocupaban de sus asuntos, llamando por teléfono, esperando a que cambiara el semáforo o bebiendo café en las cafeterías cercanas, totalmente ajenos a nuestra presencia. En una esquina, sentado en una caja de leche, un indigente cubierto de mantas me pidió cambio. Resistí las ganas de decirle que el cambio venía corriendo detrás de nosotros, provisto de armas variadas.

El corazón me latía con fuerza. Las piernas me temblaban. Detestaba tener un cuerpo mortal. Experimentaba muchas sensaciones molestas, como miedo, frío, náuseas y el impulso de suplicar lloriqueando: «¡Por favor, no me matéis!». Si Calipso no se hubiera roto el tobillo, podríamos haber ido más rápido, pero no podíamos dejarla atrás. No es que Calipso me cayera especialmente bien, pero ya había convencido a Leo de que abandonara su dragón. No quería tentar a la suerte.

—¡Allí! —dijo la hechicera. Señaló con la barbilla lo que parecía un callejón detrás de un hotel.

Me estremecí al recordar mi primer día en Nueva York en la piel de Lester Papadopoulos.

—¿Y si es un callejón sin salida? La última vez que me vi en uno, las cosas no me fueron muy bien.

—Probemos —dijo Leo—. Podríamos escondernos allí o... no sé.

«No sé» parecía un plan B demasiado esquemático, pero yo no tenía nada mejor que ofrecer.

La buena noticia era que el callejón no estaba bloqueado. Podía ver claramente una salida en el otro extremo de la manzana. La mala noticia era que las áreas de carga y descarga de la parte trasera del hotel estaban cerradas, lo que no nos dejaba ningún sitio donde escondernos, y la otra pared del callejón estaba bordeada de contenedores. ¡Oh, contenedores! ¡Cómo los odiaba!

Leo suspiró.

—Supongo que podríamos meternos...

—¡No! —le espeté—. ¡Nunca más!

Recorrimos con dificultad el callejón lo más rápido que pudimos. Traté de calmar los nervios componiendo en silencio un soneto sobre las distintas formas en que un dios iracundo podía destruir contenedores. Me quedé tan absorto que no me di cuenta de lo que había delante de nosotros hasta que Calipso dejó escapar un grito ahogado.

Leo se detuvo.

—Pero ¿qué...? Ostras.

La aparición emitía una tenue luz anaranjada. Llevaba un quitón tradicional, unas sandalias y una espada envainada, como un guerrero griego en la flor de la vida... solo que había sido decapitado. Sin embargo, a diferencia de los blemias, era evidente que esa persona había sido humana. Del cuello cortado caían gotas de sangre etérea que salpicaban su luminosa túnica naranja.

—Es un fantasma de color queso —dijo Leo.

El espíritu levantó una mano y nos hizo señas para que avanzáramos.

Como yo no había nacido mortal, no tenía un miedo especial a los muertos. Cuando has visto un alma atormentada, las has visto todas. Pero había algo en ese fantasma que me inquietaba. Me despertaba un recuerdo lejano, una sensación de culpabilidad de hacía miles de años...

Detrás de nosotros, las voces de los blemias aumentaron de volumen. Les oí gritar «¡Buenos días!», «¡Disculpe!» y «¡Bonito día!» a sus paisanos de Indiana.

—¿Qué hacemos? —preguntó Calipso.

—Seguir al fantasma —dije.

—¿Qué? —gritó Leo.

—Que sigamos al fantasma de color queso. Como tú siempre dices: «Que el queso os acompañe».

—Era una broma.

El fantasma naranja volvió a hacernos señas y acto seguido se fue flotando hacia el final del callejón.

Detrás de nosotros, una voz de hombre gritó:

—¡Ahí estáis! Un tiempo precioso, ¿verdad?

Me volví justo a tiempo para ver que un guardabarros se nos acercaba dando vueltas hacia nosotros.

—¡Agachaos! —Derribé a Calipso y a Leo y arranqué más gritos de dolor a la hechicera. El guardabarros de la camioneta pasó por encima de nuestras cabezas, cayó en un contenedor y provocó una festiva explosión de confeti tirado en la basura.

Nos levantamos con dificultad. Calipso temblaba; ya no se quejaba del dolor. Yo estaba seguro de que estaba entrando en estado de shock.

Leo sacó una grapadora de su cinturón portaherramientas.

—Vosotros id delante. Yo los entretendré todo lo que pueda.

—¿Qué vas a hacer? —pregunté—. ¿Clasificarlos y ordenarlos?

—¡Voy a tirarles cosas! —soltó Leo—. ¿A menos que se te ocurra una idea mejor?

—Ba-basta ya, los dos —dijo Calipso tartamudeando—. No-no vamos a dejar a nadie. Andando. Izquierda, derecha, izquierda, derecha.

Salimos del callejón a una plaza circular totalmente abierta. Oh, ¿por qué los habitantes de Indiana no podían construir una ciudad como es debido, con calles estrechas y sinuosas, llena de rincones oscuros y algún búnker a prueba de bombas convenientemente situado?

En medio de un camino de entrada con forma de anillo había una fuente rodeada de parterres de flores en letargo. Hacia el norte se levantaban las torres gemelas de otro hotel. Hacia el sur se alzaba un edificio de ladrillo rojo y granito más antiguo e imponente: tal vez una estación de tren de la época victoriana. A un lado de la construcción, una torre de reloj se elevaba unos sesenta metros en el cielo. Encima de la entrada principal, bajo un arco de mármol, un rosetón descomunal brillaba en un marco de cobre verde, como una versión en vidrio de colores de la diana con la que jugábamos una noche a la semana en el monte Olimpo.

Me invadió la nostalgia. Habría dado cualquier cosa por estar de vuelta a casa para la noche de los juegos, aunque eso supusiera escuchar a Atenea regodearse de sus puntuaciones en el Scrabble.

Escudriñé la plaza. Parecía que nuestro guía espectral había desaparecido.

¿Por qué nos había llevado allí? ¿Debíamos intentar entrar en el hotel? ¿En la estación de tren?

Esas preguntas se volvieron irrelevantes cuando los blemias nos rodearon.

La muchedumbre salió repentinamente del callejón detrás de nosotros. Un coche patrulla viró bruscamente y entró en la rotonda al lado de la estación de tren. Una excavadora se metió en el camino de acceso del hotel, mientras el operario agitaba la mano y gritaba alegremente: «¡Hola! ¡Voy a excavaros!».

Todas las salidas de la plaza fueron rápidamente bloqueadas.

Un reguero de sudor helado se secó en mi cuello. Un molesto gemido resonó en mis ...