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LA RABINA

Silvia Plager  

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Fragmento

Capítulo I

Asomada a la ventana ve caer la primera nieve del invierno, y ya no es una puerta hostil que se cierra a los placeres del verano, sino una vieja conocida que le trae aquel otro invierno en que su padre le dijo:

—Esther, sólo lograrás hacer daño a tu comunidad, a tu familia, a tu matrimonio. Y lo que es peor, arruinarás tu vida. Ninguno de los tuyos tuvo que ser rabino para saber quién era. Les bastaban sus muertos, sus costumbres, sus comidas…

Ella salió a la calle sin tomar los guantes, el gorro y la bufanda, que quedaron en el sofá del recibidor como colorido testimonio de su amarga visita. La herida del frío en las manos, el cuello, la cabeza, se correspondía con la reacción de su familia. Frotó las palmas ateridas y sopló sobre ellas el tibio consuelo de su aliento.

Bajó las escaleras para protegerse del viento helado.

En el tren que avanzaba, luminoso, en la oscuridad del túnel, creyó ver una señal. También en los pasajeros, algunos de aspecto temible. Y se dijo que el desierto también era un túnel y que Moisés, a pesar de todos los obstáculos, había logrado su propósito, aunque no le hubiese sido otorgada la Tierra Prometida. ¿Y a Esther Fainberg, desde hacía dos años Misses Stern, le sería concedida?

Por ahora debía conformarse con haber llegado a Canal Street, sitio bullicioso y pintoresco al que su madre solía llevarlas para comprar pañuelos de seda, batas, chinelas… Y enseñarles, a su manera, que en los Estados Unidos la diversidad convivía sin grandes sobresaltos. A Viv, la primogénita, que había heredado sus pómulos altos, su pelo castaño y su tez aceitunada, la aleccionaba en lo exótico, que haría resaltar su tipo. A la menor, pecosa, rubia y de facciones pequeñas, le convendría mimetizarse, aseguraba, con los chicos norteamericanos.

Esther caminaba por el Barrio Chino y creía estar viendo en su trajín oloroso y étnico el Once, su barrio de infancia. Lo identificable causa menos prevención que aquello que puede llegar a confundirse con lo propio, se dijo. Porque los judíos, desprovistos de la vestimenta ortodoxa, se ven iguales a los que no lo son. ¿Será esa turbia relación que nos asemeja con ellos lo que quisieron destruir los nazis? Harta de sus conjeturas, miró la vidriera en la que unos patos laqueados ofrecían su incitante oro y entró.

Sentada a una gran mesa circular junto a otros comensales, comió, agradecida, su quemante ración de chow mien de verdura. Contempló los cuencos con cerdo, carne vacuna, pollo, y se le hizo agua la boca. Antes, el kashrut significaba sólo un anacronismo sin sentido, pero ahora comenzaría a obedecer ese precepto, pensó con nostálgica convicción. Miró a sus compañeros de mesa: todos orientales, menos una pareja sentada en el extremo opuesto. La mujer, de estrafalario peinado alto y grandes aretes, le indicaba al hombre que tenía al lado —también de oscuro pelo entrecano y ojos vivaces— cómo combinar los platos. Esther vio que los demás los observaban y hacían comentarios en chino. Seguramente uno de ellos creyó necesario explicarle a la pareja, en un inglés con fuerte acento, que les agradaba que la señora se preocupara de que su hombre comiera bien. Al notar por las expresiones de los destinatarios del cumplido que ellos no habían entendido ni una palabra, Esther tradujo lo dicho al castellano.

Los mexicanos, a pesar de la mayor proximidad geográfica con los Estados Unidos, cuando se enteraron de que su traductora era argentina, reaccionaron como si se tratase de una compatriota. Se lamentaron del inglés, idioma imposible: sólo sabían la docena de palabras que les permitía comprar algunas cosas, y nada más.

—Ya es bastante —les dijo Esther—. Mis padres llegaron aquí hace diecisiete años y todavía tienen la lengua enredada en el tono porteño. —Enseguida debió explicarles qué significaba porteño. Y tuvo que escuchar los consabidos elogios al tango, al fútbol y a Libertad Lamarque.

La compañía, los aromas gratos, el murmullo ininteligible, la sobria belleza de la loza y los acrobáticos palillos le devolvieron una realidad desdramatizada: su marido, al enterarse de que iba a abandonar Leyes para dedicarse a estudios religiosos, le había preguntado, mordaz: “¿Otra de tus estúpidas extravagancias, Esther?”, y su madre, como respuesta, había sepultado sus enlutados ojos en el tapiz que estaba bordando. Pero ésas eran solamente obvias e intrascendentes reacciones —como los dichos de su padre— ante un hecho inesperado. Cuando ese suceso se volviese rutina, probablemente su marido, el infalible doctor Robert Stern, en su exitoso buffet de abogado se rascaría la barbilla, cavilando: “Mejor que Esther esté metida en sus papeles y no en los míos”. Y su padre la invitaría a discutir pasajes de la Torá y su madre le diría que seguramente su vocación le venía de su bisabuela, una rebetzin a quien todo Lemberg respetaba.

Pensó su mundo como una representación de esa mesa: a los chinos los había sorprendido que una mujer no asiática estuviese atenta a lo que comía su marido porque partían de un prejuicio. Si hubiesen sabido más acerca de los occidentales, en especial de los latinos, su reacción no habría existido. Lo mismo sucedía con su familia que, acomodada en una rutina comunitaria de festividades, clubes y ferias benéficas, confundían el espacio judío con lo intrínsecamente judío.

Escogió guantes, bufanda y sombrero como si los que olvidara en su enojo fuesen irrecuperables. Le había dado la manía de encontrar signos en las mínimas cosas. “Lejlejá” le ordenó Dios a Abraham. Y él se distanció de la casa paterna. Ella, al casarse, también se fue, pero en cierto modo seguía estando junto a sus padres.

Le ofrecieron un espejo con servicial inclinación de cabeza y ella devolvió la reverencia. Contempló el ala tejida que le caía en la frente: verde contra verde, se dijo en una vanidosa apreciación de sus ojos grandes y expresivos. “Muy bonito pelo, pero mejor poner adentro”, dijo la vendedora, con un ademán que levantó parte de su melena.

El sol tenía una mezquina placidez de muerto. La nieve que se había amontonado ya era hielo y la gente hacía cómicas piruetas para no resbalar. Alguien que pasó dijo que habría tormenta. Y Esther pensó: la peor la tengo de puertas adentro.

Se envolvió hasta la nariz en la larga suavidad del echarpe que había sido ofrecido como una imitación perfecta de los de cachemir: olía a incienso, a fritura, a antipolillas. Después golpeó palma con palma para disfrutar del abrigado rebote de sus guantes nuevos.

Cruzó la calzada con pasos decididos. El cielo no ofrecía ningún estímulo, mejor miraba dónde ponía sus botas embarradas.

La boca del subte exhalaba podridos misterios tropicales y la alejaba del temido invierno. Su hermana mayor, como su madre, contaban episodios terribles y decían que por nada del mundo entrarían en ese infierno. Se le apareció Sartre, con su infierno está en nosotros, y el abuelo Mendel, que afirmaba que el infierno era un invento para mantener a raya a los que, sin esa amenaza, no sabrían cómo comportarse.

La puerta del vagón se cerró con ruido de aspiradora, de desagote de cloaca, y se sintió tragada por ese enorme intestino en el que se bamboleaban: una vieja que dormía en su asiento, volcada hacia adelante; dos negros gigantescos, apoyados contra el acceso al vagón siguiente; un grupo con vestimentas colorinches que canturreaba un tema de moda; una joven madre con ojos rasgados que acunaba a un bebé… A Esther la avergonzaba no poder distinguir entre un coreano, un chino y un japonés. Nunca olvidaría su malestar cuando se dirigió a una compañera de escuela como si fuera japonesa y ella, indignada, le replicó que los japoneses habían sido crueles con los coreanos y que si todos los de ojos redondos no eran de un mismo país, por qué los de ojos oblicuos tendrían que haber nacido en un mismo sitio. Al día siguiente le trajo un mapa y le señaló, ya con su típica cordialidad: Corea del Sur y Corea del Norte. Después, dijo: “Aquí China, aquí Japón”. Y seria, con el dedo índice en el extremo sur de América, preguntó: “¿Argentina, tu patria, verdad?” Que Esther le aclarara que toda su familia tenía la ciudadanía norteamericana no alteró su razonamiento.

“Tú eres argentina, Esther. Yo, hija de Choi Jao Kyu y Park Ok Ja, soy coreana. Tenemos documentos y vivimos aquí. Pero si te encuentras con norteamericanos verdaderos, aunque les digas que tú también lo eres, te responderán: Tú, latina; tú, argentina; tú, judía. Y a mí, Sunmi, me juzgarán siempre por mis rasgos.”

Si Sunmi le sumara a todo aquello que Esther Fainberg de Stern todavía se está preguntando, a los veintiocho años, qué significa ser judía, seguramente le señalaría con su enigmática sonrisa lo que no se puede ubicar en el globo terráqueo.

Hubo algo que la fastidió en la vieja que dormitaba, y descubrió que era su sombrero, idéntico al que acababa de comprar: verde, de lana, con un ala importante cuyo ancho disminuía en la parte trasera. Razonó que las motas blancas le restaban atractivo, pero que no era feo. ¿Acaso de pequeña con su hermana no se disfrazaban de princesas con objetos que fuera del juego carecían de encanto? No. No era ese sombrero ni la vieja lo que la había puesto de mal humor, sino que había visto, como superpuesta a la imagen de la durmiente, a su vecina, la señora Perlman que, cuando no usaba peluca, iba con un gorro tejido encasquetado hasta las orejas. Si ella entrara en la religión, ¿debería ser otra señora Perlman, de gran bolso, falda larga y expresión adusta?

Decidió cambiar de plataforma y hacer la combinación de trenes. Era demasiado temprano para volver a casa y encontrarse con los muebles elegidos por la abultada chequera de los Stern. Mejor iba al Museo Metropolitano, ahí reflexionaría tranquila; los toros asirios, los sarcófagos egipcios, las máscaras mortuorias que le brindarían, tal vez, una aproximación menos banal a ese día.

Después de deambular por las salas, con los pies tan lerdos como su estado de ánimo, se dijo que merecía un café bien cargado y un dulce. Dio una inútil vuelta para encontrar una

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