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LA REINA DE LOS SUEñOS

Chitra Banerjee Divakaruni  

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Alicante, principios de febrero de 2011

Ese domingo Regina se sentía ociosa. Se tumbó en el sofá y cogió el libro sobre leyendas que se había comprado esa misma mañana en unos grandes almacenes y que previamente había dejado en la mesita cercana al sofá, junto con el cenicero, un paquete de sus cigarrillos preferidos y un mechero. No era que fuese una fumadora compulsiva, pero, cuando llegaba el fin de semana, disfrutaba de ese vicio oculto en sus momentos de relajación de forma eventual.

Siguiendo el ritual obligado, sacó un cigarrillo de la cajetilla y lo encendió con fruición, exhaló una primera bocanada y se dispuso a leer.

Había adquirido ese libro porque, además de gustarle las fábulas, había leído en la sobrecubierta que relataba una leyenda sobre el origen del nombre de su ciudad natal: Alicante.

Sin pensárselo dos veces y saltándose las normas básicas de una buena lectora, abrió la página del índice y buscó entre sus líneas el motivo por el cual había tomado la determinación de adquirirlo.

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Según leía, le iba entrando un ligero sopor producido por la placidez de la situación, amén del calorcillo que le provocaba el sol que entraba en esos momentos por el amplio ventanal del salón, a pesar de estar a mediados de febrero. La siesta, patrimonio nacional, se estaba adueñando de ella.

De repente, cuando por fin había permitido que vencieran los párpados al leer la última palabra del relato, el timbre del teléfono hizo que se sobresaltara con brusquedad. «¿Quién será? ¡Vaya unas horas para molestar! ¿Es que el que llama no sabe que las horas de la siesta son sagradas?», refunfuñó para sí misma.

Regina se incorporó para coger el auricular del teléfono:

—¿Diga? —inquirió irritada.

—¿Regina?

—Sí, soy yo... ¿Eduardo? —preguntó dudosa con voz más calmada.

—El mismo. Dime, ¿cómo estás?

—Contenta de oírte.

—Te he echado mucho de menos —aseguró Eduardo afectuoso.

—Bueno, si te vas a poner tierno, me deshago —dijo con sorna.

Eduardo soltó una carcajada.

—Mira que te cuesta hablar en serio, querida.

—Pero tú sabes que bajo mi tono de ironía se oculta la verdad, Edu —señaló la joven con voz cariñosa.

—Por supuesto que lo sé y es una de las cosas que más me gusta de ti.

—Y esa es una de las cosas que más me gusta de ti: aguantas con estoicismo mi exceso de sorna.

—Siempre es un placer.

—Vale, ya basta de pasteleo, que nos metemos en un jardín peligroso. Dime, ¿ya has terminado con ese trabajo que te tenía absorbido?

—Sí y no. Te llamo porque necesito verte. Quiero enseñarte una cosa que va a interesarte mucho.

—¿Sí?, dime, dime... ¿qué es? —indagó con curiosidad.

—Ahhh, no, no. Sorpresa. Ya lo verás.

Regina y Eduardo quedaron en verse una hora más tarde en Marcus, una cafetería tranquila del centro de la ciudad.

Al colgar, la joven tenía una sonrisa en los labios producida por la llamada de su amigo. Eduardo era una persona muy especial para ella y compartían muchos gustos y aficiones; sobre todo, su afán por saber acerca de lo acontecido durante la dominación islámica.

Su amigo era arqueólogo y disfrutaba de ciertos privilegios que le facilitaban acceder a archivos y sótanos ocultos a la vista de los profanos, que almacenaban gran cantidad de «tesoros» no clasificados todavía.

En cuanto Eduardo encontraba algo que pudiese interesar a su amiga, hacía todo lo posible para poder compartirlo con ella, ya que sus puntos de vista y su sabiduría intuitiva lo habían ayudado en muchísimas ocasiones, además de que para él era un placer ver la cara de emoción de la joven ante esos hallazgos.

Regina sospechaba que Edu la llamaba por algo relacionado con su trabajo. Tanto misterio no podría significar nada más.

Se dio una ducha rápida y se encaminó ansiosa por llegar a su cita lo antes posible. Subió a su coche y mientras iba conduciendo de forma mecánica, sus pensamientos los dedicaba a frotarse mentalmente las manos intentando averiguar qué nueva sorpresa le tenía preparada su amigo.

La joven era autodidacta, ya que no había tenido la oportunidad de estudiar lo que a ella le habría gustado. Desde muy joven había tenido que hacerse cargo del negocio familiar. Su padre le había dejado en herencia una empresa de construcción; un mundo regido por hombres, en el que le había costado mucho hacerse respetar sin perder su feminidad. En ese momento, a sus treinta y cinco años, por fin podía aseverar que había ganado la batalla.

Regina era una mujer con mucho carisma, de tez clara, chispeantes ojos ligeramente rasgados de color avellana, cabello largo de color chocolate y con un cuerpo ágil y atlético. Le gustaba cuidar su aspecto, pero también disfrutaba de la buena comida, por eso se había acostumbrado a ir todos los días al gimnasio, además de que allí se liberaba del duro trabajo.

A Eduardo lo había conocido hacía algún tiempo cuando, al realizar unas excavaciones para la construcción de una nueva vivienda, tuvo que dar parte a las autoridades de unos restos arqueológicos que encontraron allí.

Desde entonces Regina, que estuvo pendiente de todo el proceso para extraer las piezas encontradas, se había dedicado a absorber todo lo que rodeaba a esa experiencia nueva para ella, que la transportaba a épocas pasadas, y de la mano de Eduardo había conocido un mundo nuevo, lleno de suspense e intriga, que le fascinaba y apasionaba.

Su época preferida era la islámica. Quizá porque era la menos conocida, ya que se habían encontrado muy pocos restos islámicos y la mayoría habían sido destruidos hacía años por «molestar» al desarrollo urbanístico, así como debido al saqueo que la Iglesia católica había hecho para aprovechar dichos restos en las construcciones que el clero realizaba, con lo que se había ahorrado la materia prima en gran medida.

Eduardo, en el último tiempo, había estado presente en su vida. Unas veces con más continuidad que otras porque, debido a su trabajo, en ocasiones permanecía fuera de la ciudad una larga temporada. Era un arqueólogo con mucho prestigio y solicitaban sus servicios desde todos los puntos de España. Al principio habían mantenido una gran amistad, pero con el tiempo fue haciéndose cada vez más íntima, aunque sin mantener ningún tipo de compromiso, solo disfrutando de encuentros placenteros para ambos. En el último tiempo, cuando él se encontraba en Alicante, se solían ver con asiduidad y habían disfrutado juntos casi todos los fines de semana en casa de la joven, pero hacía algo más de dos meses le había avisado de que no dispondría de tiempo libre en una temporada, sin especificar cuánto sería. Regina, a raíz de esa ausencia, lo había echado mucho de menos y se había dado cuenta de sus sentimientos...

Por fin había logrado aparcar y se encontraba a las puertas de la cafetería en la que había quedado con Eduardo. Entró, echó una ojeada al interior y divisó enseguida la silueta de su amigo sentado ante una mesa apartada de las demás, al fondo de la sala.

El arqueólogo, en cuanto la vio entrar, se levantó y fue a su encuentro.

Con sus casi cuarenta años, tenía la constitución nervuda y delgada de un atleta, y su estatura sobrepasaba la de la joven en unos diez centímetros. Se le notaba que era un cuerpo acostumbrado al trabajo físico, bien fuese en un gimnasio, gusto que compartía con Regina, o participando de pleno en las excavaciones; pero lo que más le gustaba a Regina de Eduardo era sus profundos ojos negros y su oscuro pelo rizado y corto que a ella le agradaba acariciar.

Se inclinó para besarla con ternura en los labios y a continuación, tras retirar la silla adyacente a la suya para que se sentase, la imitó.

—Querida, qué alegría verte.

—La alegría es mía, Edu. Tenía ganas de encontrarme contigo.

—Perdóname, Regina. He estado muy ocupado últimamente; no he podido llamarte antes. Casi llevo una vida de ermitaño porque el trabajo que tengo entre manos en estos momentos me absorbe todo el tiempo.

—Cuéntame. Dime de qué se trata. ¿Tiene algo que ver con mi sorpresa?

Eduardo soltó una carcajada que hizo que se le iluminara el rostro aún más. Era una persona de trato agradable, algo tímido pero alegre. En cambio, Regina era atrevida, resuelta y de lengua vivaz. Pese a la diferencia de caracteres de los dos, al arqueólogo le fascinaba el descaro que tenía su amiga, con su fina ironía y su ansiedad ante cualquier enigma.

—Tú tan impaciente como siempre. Vale, te cuento. Has acertado. Algo tiene que ver la sorpresa que te tengo preparada, pero antes preferiría ponerte en antecedentes.

—Está bien, dejaré que lo hagas a tu gusto, pero no me tengas en ascuas mucho tiempo... ¡Cuenta!

En ese momento se acercó el camarero para ofrecerles sus servicios.

—¿Un cappuccino? —le preguntó Eduardo a su amiga, con lo que quedó de manifiesto que todavía recordaba sus gustos.

—Por supuesto —le contestó ella ofreciéndole una mirada de complicidad.

En cuanto el camarero fue informado de lo que querían tomar, se marchó tan silenciosamente como había llegado.

Esa interrupción hizo que olvidaran por unos momentos lo que ambos estaban hablando segundos antes. Se quedaron mirándose a los ojos el uno al otro. Eduardo alargó las manos y las posó sobre las de ella con calidez.

La cafetería en la que estaban era muy conocida en la ciudad y tenía una reputación admirable tanto por su servicio como por su ambiente. Era de esas cafeterías con sabor a intimidad, donde cada mesa estaba situada de tal forma que parecían reservados y las luces indirectas creaban una atmósfera tranquila que invitaba a las confidencias. No era la primera vez que Regina y Eduardo se reunían allí, y tenían, ambos, gratos recuerdos de esos encuentros.

Las sonrisas cómplices que afloraron en los labios de los dos les hicieron perder la noción del tiempo hasta que de nuevo llegó el camarero con su servicio.

—Sus cappuccinos —dijo dejando las tazas sobre la mesa.

—Gracias —respondieron ambos a la vez, despertando con brusquedad de sus pensamientos.

—Bueno, mejor será que comience con mi relato de los hechos.

—Sí, por favor. Me tienes intrigadísima.

Regina bajó los ojos buscando la taza para llevársela a los labios y darle el primer sorbo.

—Ahí va: supongo que recordarás el motivo por el cual tú y yo nos conocimos ¿no? —dijo Eduardo y, sin esperar una respuesta de su amiga, continuó—. Pues bien, en esas excavaciones que iniciamos con tu aviso, como también sabes, se encontraron muchos objetos y pergaminos muy interesantes, algunos de los cuales aún estamos clasificando. Ya sabes que este es un trabajo lento y minucioso y, por tanto, numeroso material del que se halla puede demorarse años en proceder a su investigación. Pues bien, entre ellos se localizó un manuscrito en papel muy curioso, que nos ha llamado mucho la atención. Está bastante deteriorado en sus primeras hojas, que están comidas por los gusanos y tienen emborronadas las letras. Consta de treinta y seis folios, incluyendo las hojas de guarda, con siete líneas de escritura por término medio, con una caja que mide ciento veinticinco por noventa y cinco milímetros. Está escrito en letra nasji[1] con tinta negra y totalmente acentuado. Es una letra escrita con mucho cuidado, grande y bonita.

—¿Está fechado? —le preguntó Regina en una breve pausa que hizo Eduardo para respirar.

—Sí, sí, por supuesto. Como colofón está escrito «Se ha terminado el libro con la gracia de Alá y Su ayuda, en Sh’awwal (mes de la caza musulmán) del año 642 Hégira[2], y Alá bendiga a Muhammad (Mahoma), el mensajero, el profeta, y a sus familiares», es decir, el año 1245 de nuestra era. Se trata de una especie de registro de la ciudad y sus alrededores en el que se describen los edificios más relevantes de Laqant, o sea Alicante, y de ciudades cercanas, y su situación en las mismas.

—¡Qué maravilla! —gritó Regina sin poder contenerse.

—En el inicio de la primera página del texto —continuó Eduardo—, el autor nos relata que este libro ha sido solicitado por Zayyan Ibn Mardanish, que fue señor de Alicante desde 1241 hasta 1247. Pese al buen cuidado en la letra, el esmero en hacer una letra bonita, más cursiva y fluida, el autor no debió quedar contento con el resultado, ya que en los márgenes aparecen palabras que complementan el texto, que lo corrigen o que las sustituyen, lo que nos indica que es posible que este no sea el libro definitivo y que, por lo menos, haya otra copia en algún lugar de nuestra ciudad.

Eduardo hizo una pausa para saborear, dentro de lo posible ya que estaba frío, el cappuccino que tenía sobre la mesa y a la vez crear tensión ante la espera de la joven.

Regina se dio cuenta enseguida de que su gran amigo guardaba un as bajo la manga. Aún no lo había contado todo. Esperó con paciencia a que él quisiera continuar. Estaba convencida de que tenía más sorpresas y sabía que no tardaría mucho en dárselas.

Eduardo, tras apurar el cappuccino, miró a Regina y le sonrió.

—No te engaño, ¿verdad? Sabes que hay más.

Regina soltó una carcajada, se incorporó por encima de la mesa y besó con ternura en los labios a su querido amigo.

—Te conozco demasiado bien. Esos ojos me están diciendo que te has guardado lo mejor para el final.

—Pues sí. Presta atención, va a gustarte. En este registro se describe la situación de un cementerio musulmán con tanto pormenor y exactitud que nos ha costado bien poco localizar su emplazamiento. Eso sí, hemos tardado mucho tiempo en poder conseguir los permisos, además de la autorización, para poder excavar, ya que eran terrenos privados, pero al fin lo conseguimos y nos hemos encontrado con unas cuantas sorpresas. Entre ellas, la que me impulsó a llamarte.

Y, sin decir más, se metió una mano en el bolsillo derecho del pantalón y extrajo una moneda que depositó encima de la mesa.

Regina la cogió con cuidado. Su rostro expresaba toda la emoción que estaba sintiendo en esos momentos. Tenía un trocito del pasado en sus manos. La examinó con mucho cuidado fijándose en todos los detalles como si de eso dependiese su vida. Era una moneda de oro y sus inscripciones eran sin duda árabes.

—Regina, me estoy jugando mi puesto con esto. Nadie sabe que la he cogido para enseñártela, pero tenía unos deseos inmensos de compartirlo contigo y que la vieras. Hay muchas más, un total de veintitrés dinares de la ceca de Al-Ándalus, todos de fecha califal entre los años 317 a 323 de la Hégira, o sea, entre los años 929 y 935 del calendario gregoriano. Estaban enterrados junto a un joven árabe dentro de una especie de gran cofre de bronce con incrustaciones de cobre y plata.

—¿Qué dice en las inscripciones de la moneda? —lo atajó Regina. Estaba deseosa por saberlo todo sobre esa moneda.

—En resumen, viene a decir que es una moneda acuñada en el año 320 Hégira en Al-Ándalus durante el califato de Abd Al-Rahaman III.

El arqueólogo levantó la mirada de la moneda y la fijó en su amiga.

—Pero aún hay más, junto a las monedas había otro manuscrito, esta vez en pergamino con letra magrebí, algo descuidada, y acentuado de forma parcial. Se trata de una carta dirigida al mismísimo califa Abd al-Rahman III. En ella se le informa que quien la escribe ha tenido conocimiento de que obra en poder del califa una última sura[3] del Corán, la 115, revelada por Alá a Mahoma y escrita por Alí, su yerno. En esa, hasta el momento, desconocida sura, según la carta, se transmite, para Mahoma y su dinastía, el Nombre Secreto de Alá. Además, en el manuscrito se notifica que si Abd al-Rahman III le hace partícipe del contenido de la sura, su recompensa será grande, ya que en las manos del que escribe está el prolongar el califato de este o perderlo de forma inmediata. Como muestra de su buena fe, le envía junto con el mensajero de esa carta un cofre con cien dinares de oro y el peso de esas monedas en piedras preciosas para su disfrute personal. O sea que, con mucha educación, le advierte de que o bien atiende su demanda o se atiene a las consecuencias. La lástima es que el resto del pergamino es indescifrable. El manuscrito está muy deteriorado, sobre todo al final; así que nos hemos quedado sin saber quién escribió y amenazó al califa, aunque sí podemos calcular el año aproximado, ya que Abd al-Rahman III se proclamó califa desde el año 929 después de Cristo hasta el año 961, en que murió.

—Me has dejado de piedra, ¿una nueva sura?, ¿amenazas a Abderramán? Esto está tomando una pinta interesante —dijo Regina intrigada—. Pero, bueno, creo que el año exacto tampoco es lo más importante de esa carta. Lo que en verdad es trascendental para el mundo islámico es la existencia de esa nueva sura escrita de puño y letra por Alí, ¿no? Pero eso del conocimiento del Nombre Supremo de Alá... Ahí me pierdo.

—Te lo explico —respondió Eduardo—. Desde que se transcribió la palabra de Alá revelada a Muhammad, Mahoma, a través del arcángel San Gabriel, el Corán ha sido estudiado por cientos de eruditos expertos en el islamismo, y en concreto en el Corán, buscando el Nombre Supremo de Alá, ya que está extendida la creencia de que quien invoque a Alá con ese nombre, será respondido y sus peticiones serán satisfechas. En el Corán aparecen noventa y nueve nombres de Alá transcritos con claridad, pero uno, el nombre de Su esencia, Él lo ha mantenido para Sí Mismo y se halla oculto en el mismo Corán.

—Entiendo. Entonces, la existencia de esa última sura revelada a Mahoma con el Nombre Supremo de Alá sería una revolución en el mundo islámico —resumió atónita.

—Exacto. Y ahora, puesta al día de los acontecimientos, quiero pedirte un favor —acabó cambiando el tono de su voz.

Eduardo se puso nervioso de golpe. Tenía mucho interés en lo que le iba a proponer a su amiga y amante, pero serias dudas lo atenazaban hasta casi estar a punto de no formularla.

—¿A mí? —interrogó con asombro Regina—. Dalo por hecho, sea lo que sea. Dime.

—Pues, verás, resulta que el joven árabe que estaba junto al cofre fue asesinado. Se le ha descubierto una fuerte contusión en el cráneo y una incisión entre la sexta y séptima costilla, producida por un arma blanca, según se ha podido saber después de la autopsia que se le ha realizado. Esto nos ha hecho deducir que el joven árabe no llegó a su destino y, aunque no sabemos si hubo más intentos de contactar con Abderramán III por parte de la persona que escribió la carta, hemos decidido investigar si lo que en ella pone es cierto o no. Me han elegido a mí para que la realice, así que parto la semana que viene a Córdoba, donde residía Abderramán III como califa de Al-Ándalus, a entrevistarme con Juan Pablo Alcázar, experto en estudios islámicos.

—Me parece un buen comienzo para la investigación. He visto a Juan Pablo Alcázar en la tele y me ha parecido un gran erudito en el tema. Pero dime... ¿en qué puedo ayudarte? —insistió.

—Regina..., quiero que me acompañes en esta aventura —le confesó alargando la mano para posarla encima de la de su amiga—. Me gustaría que vinieses conmigo a Córdoba.

—¿Yo? —preguntó incrédula.

—Sí, tú. Aparte del placer que me produce tu compañía, del deseo de tenerte a mi lado, del cual he tenido que prescindir durante demasiado tiempo por culpa de este trabajo en el que estoy inmerso ahora, quiero que me acompañes porque me fío mucho de tu intuición y lo sabes.

—Edu, no hay nada en el mundo que me apeteciese más ahora que irme contigo, pero... ¿y mi trabajo?

—Vamos, mujer, no me digas que no tienes una mano derecha a quien delegar tus ocupaciones por unos días. Piénsatelo bien. Es una oportunidad única para los dos. Además, creo que los dos necesitamos pasar un tiempo juntos.

Regina irguió su cuerpo, meditó durante breves segundos y sonrió con amplitud.

—¿Sabes? No estoy dispuesta a perder el tiempo pensándolo... ¿Cuándo partimos?

—¡Esta es mi chica! —exclamó Eduardo y estampó un sonoro beso en los labios de Regina.

CAPÍTULO 2

Laqant, año 936 d.C. / Año 324 de la Hégira

Hace muchos siglos, acontecían los hechos que os voy a relatar: en una pequeña medina llamada Laqant[4], a orillas del al-Bahr al-Mutawasit[5], vivía Hakîm Al Saadi, caíd[6] de la alcazaba[7] situada en lo alto del monte por cuyas faldas trepaban las casas de la medina, abrazadas por las murallas que surgían desde la fortaleza y bajaban por la ladera. Esas murallas separaban la población musulmana y judía de la cristiana, y hacían de la villa un recinto difícil de penetrar pues protegían tanto a esta como a la alcazaba.

El monte donde estaban situadas, el Benu-lQatil[8], al lindar con el mar, le confería un enorme valor estratégico porque, desde lo más alto de él, desde los baluartes de la fortaleza, se divisaba toda la bahía además de una gran extensión de terreno que la rodeaba por tres de los cuatro puntos cardinales.

Era una medina pequeña en habitantes, pero grande en recursos, tanto venidos a través del mar como de la tierra, ya que su clima era muy propicio para que los árabes pusieran en práctica las nuevas técnicas de agricultura traídas de allende los mares.

El caíd era muy considerado entre sus conciudadanos porque regía sobre la medina y la propia alcazaba de forma justa y sus extensos negocios con otras tierras cercanas y lejanas traían mucha prosperidad a la pequeña villa. Había sido nombrado caíd de Laqant por el califa en el año 930 (318 de la Hégira) tras varios años de casi abandono de la alcazaba, después de que Al-Sayj Al-Aslami, walí[9] de Qalyusa[10], tras sublevarse y encerrarse en la fortaleza de Laqant en el año 917 en protesta contra las fuertes contribuciones impuestas por el futuro califa Abd Al-Rahman III, fuese reducido tras un largo asedio.

Hakîm Al Saadi tenía una hija que se llamaba Cántara. Era una joven de una belleza inigualable. Su pelo, negro como la noche sin luna, le enmarcaba un rostro moreno, casi perfecto; con unos ojos grandes con forma almendrada y del mismo color que su cabello azabache; sus labios carmesís resaltaban sobre la tez morena; el cuerpo, moldeado por la ropa rica en tejidos exóticos, como la seda que su padre adquiría a los comerciantes que pasaban por Laqant, se vislumbraba de una gran finura.

Durante los primeros años de estancia del caíd en la alcazaba, Cántara permaneció en Qurtuba[11] junto a su madre enferma y débil, ya que allí residían los mejores médicos, que la estaban tratando. Cuando esta falleció, Cántara acudió a los brazos de su padre en Laqant.

En la fortaleza, Cántara se sentía sola. Su madre había sido durante muchos años la favorita del caíd y el resto de las concubinas del harén y sus hermanastras, tras el fallecimiento de esta, la habían relegado y la menospreciaban e intentaban dejarla en mal lugar siempre que podían ante su padre. Para él, Cántara era su hija preferida, por encima, casi, de sus hijos varones.

No tenía a nadie con quién compartir sus inquietudes y la soledad embargaba su cuerpo y su alma, y en muchos momentos añoraba su residencia en Qurtuba donde su vida, dentro de lo que cabía, había sido más mundana. Ahora su mundo estaba reducido a las estancias de la alcazaba, a la Torre del Homenaje, al patio que rodeaba la fortaleza y a las demás dependencias de esta donde estaba enclaustrada desde que vivía allí.

Su padre la protegía para que, cuando llegase el momento de su matrimonio, pudiera hacer un buen contrato matrimonial para ella. Cántara añoraba poder andar con libertad por la medina, pero como musulmana su sitio estaba limitado a ese recinto casi inexpugnable ya que allí, debido a que vivía en lo alto del monte, bajo la atenta mirada del moro, carecía de amigas. En la alcazaba también se seguían las normas establecidas para la mujer andalusí de clase acomodada por lo que no debía salir sola de su casa y solo le estaba permitido visitar a sus amigas, asistir a los baños públicos o ir a cuidar de las tumbas de sus antepasados en el cementerio. Con anterioridad, cuando vivía en Qurtuba, ella era una niña y las salidas al cementerio y a casa de sus amigas más íntimas las realizaba con cierta asiduidad, ya que junto con ellas organizaban reuniones casi a diario.

Había oído hablar a la gente que los servía en la alcazaba del zoco que había en la medina, de la mezquita a la cual acudían a orar, de la Judería y de lo que por allí se exponía a la venta, pero ella jamás lo había visto de cerca. Solo podía entrever desde lejos, asomándose a los baluartes del recinto de la ciudadela, los tejados de las casas, las serpenteantes calles y el alto minarete que sobresalía de la mezquita. Mirando desde lo alto, Cántara soñaba viéndose recorrer esas calles y siguiendo la marea humana que al unísono caminaría llamada por el almuecín para seguir el culto de la fe islámica. Se imaginaba visitando a otras mujeres para conversar sobre sus cosas cotidianas, o recorriendo los variopintos puestos del zoco.

Cierto día, su padre le presentó, recién llegada de lejanos lugares, a una esclava cantora llamada Amina a la que iba a hacer su nueva concubina. Era una mujer muy hermosa, aunque este no era su mayor encanto. Amina era erudita en poesía árabe, que sabía recitar con corrección, a la vez que dominaba a la perfección el arte de la danza con su grácil cuerpo lleno de una gran elasticidad y sensualidad; y sus dedos, en cuanto los posaba en el laúd, hacían que surgiesen de él las más bellas melodías jamás oídas.

Amina era una mujer de tez blanca como el azahar, ojos verdes y pelo rubio, cosa que tenía intrigadísima a Cántara porque, aunque, por ejemplo, sus sirvientes eran la mayoría de piel clara, estos eran muladíes[12] o mozárabes[13] y Amina, salvo en esto, parecía totalmente árabe.

Cántara y Amina sintieron una corriente interna de amistad en cuanto se miraron a los ojos. Desde el primer día congeniaron muy bien y se buscaban la una a la otra en cuanto cumplían con sus obligaciones.

Paseaban por el multicolor jardín, plagado de flores repartidas de forma estratégica para ofrecer un combinado perfecto con los distintos tonos de color que ofrecían flores como las margaritas, los alelíes o las azucenas por un lado y por otro las rosas rojas, los jazmines o los lirios azules. El cuidadoso esmero con el que se trataba esa parte de la alcazaba estaba dirigido por Cántara. Ella decidía qué plantas eran elegidas para ser colocadas en el jardín y cómo se distribuían cada una de ellas. Le encantaba dedicar su tiempo a esta labor y la desarrollaba con mimo e ilusión, ya que era una de las pocas tareas en las que se sentía útil y en la que ninguna de las otras mujeres de la ciudadela se inmiscuía. En el centro del jardín, Cántara había decidido poner un pequeño estanque porque su jardinero más fiel le había hablado de unas nuevas plantas acuáticas llamadas nenúfares que se estaban poniendo de moda en todo Al-Ándalus.

Por las tardes, cuando el sol empezaba a ser menos intenso, se dedicaba a supervisar la labor llevada a cabo por el jardinero, momento que aprovechaban las dos amigas para deleitarse con el hermoso jardín.

Una tarde, mientras ella y Amina paseaban, Cántara se armó de atrevimiento y logró musitar:

—Amina, ¿por qué tienes la piel tan clara? ¿No eres árabe?

—No, no lo soy. Según me dijo un tratante de esclavas, soy vascona. Fui raptada a los nueve años. Me llevaron tres años a la ciudad de Madīnat an-Nabī[14] para adquirir coquetería y otros tres a Makka[15] para desarrollar mi feminidad. Después fui enviada a Baġdād[16] para ser ilustrada en la cultura. Ya no recuerdo nada de mis primeros años de vida, ni siquiera el idioma.

Cántara comprendió, sin que su amiga hubiese añadido nada más, que su vida de esclava no había sido nada fácil. El rostro de Amina, aunque intentaba mantenerlo impertérrito, empezaba a ser de diáfana lectura para su amiga y esta pudo vislumbrar un pequeño rictus de infelicidad en él.

—Amina, lo siento. Siento que hayas tenido que pasar por todo eso hasta llegar aquí, Allah es grande y seguro que tendrás tu recompensa por lo mucho que debes haber sufrido. Y siento haber despertado en ti ese recuerdo que te causa zozobra y malestar.

—Gracias, Cántara, pero ya tengo esa recompensa... te he conocido a ti. Mis recuerdos ya no persisten en mi mente porque tú has llenado el vacío que tenía dentro con tu bella amistad.

Cántara se echó a los brazos de Amina llorando con lágrimas de felicidad y tristeza a la vez. Felicidad por la amiga encontrada y tristeza por el sufrimiento pasado por esta.

Ambas mujeres habían encontrado lo que durante tanto tiempo habían estado deseando. Sus soledades habían acabado y la amistad que había surgido entre ellas desde el primer momento que se habían visto se consolidó de tal manera después de esa pequeña conversación que sentían que sus vidas estarían unidas para siempre por los lazos inquebrantables del amor más desinteresado y leal que puede haber entre dos personas.

***

Durante los meses siguientes las confidencias entre las dos fueron haciéndose cada vez más íntimas. Cántara le contaba a Amina sus sueños, sus ilusiones, sus deseos de enamorarse apasionadamente de un hombre que la cuidase y que se preocupase por ella. Ella sabía que, si no aceptaba pronto un pretendiente, su padre decidiría con quien se habría de casar de entre los hombres de su familia, de preferencia, primos de ella. Esto la llenaba de zozobra porque entre sus parientes no había varón que pudiese hacerla feliz, ni que la desease y amase como ella esperaba. Por este motivo, procuraba pasar desapercibida cuando estos estaban en la alcazaba.

Cántara era una niña en las lides del amor. Su imaginación era desbordante y sus sueños siempre estaban llenos de un apasionado romance con el hombre más maravilloso de la Tierra. Amina, pese a tener pocos años más que Cántara, tenía una visión muy distinta de las relaciones con los hombres. Ella llevaba casi toda su vida cautiva por ellos y dedicada a ser complaciente con estos. Su experiencia le había enseñado que su satisfacción dependía de manera ...