Loading...

LA SAL DE LA TIERRA

Daniel Wolf  

0


Fragmento

Dramatis Personae

VARENNES SAINT-JACQUES

Michel de Fleury, mercader del gremio

Jean de Fleury, hermano menor de Michel

Vivienne, su hermana

Rémy, su padre

Gaspard Caron, mercader del gremio

Isabelle Caron, hermana de Gaspard

Marie, su madre

Lutisse, esposa de Gaspard

Funcionarios y miembros del gremio:

Jaufré Géroux, maestre

Guibert de Brette

Robert Laval

Jacques Nemours

Aimery Nemours

Mercaderes del gremio:

Charles Duval

Marc Travère

Raymond Fabre

Fromony Baffour

Pierre Melville

Abelard Carbonel

Thibaut d’Alsace

Ernaut Baudouin

Stephan Pérouse

Raoul Vanchelle

Catherine Partenay

Tancrède Martel, corregidor de la ciudad

Recibe antes que nadie historias como ésta

Frédégonde, superiora del convento de las beguinas

Jean Caboche, maestro herrero y jefe de su fraternidad

Archambaud Leblanc, constructor y jefe de su fraternidad

Isoré Le Roux, buhonero

Nobleza y clero

Ulman, obispo de Varennes Saint-Jacques

Aristide de Guillory, caballero lorenés

Renard de Guillory, su padre

Berengar, su sargento

Nicolas de Bézenne, caballero lorenés, enemigo de Aristide

Renouart de Bézenne, primogénito de Nicolas

Padre Jodocus, sacerdote

Espira y bailiaje de Altrip

Eberold, mercader de Espira, tío de Gaspard e Isabelle

Galienne, su esposa

Thomasin, campesino libre

Winand y Boso, criados de Thomasin

Personajes históricos

Federico I, llamado Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano

Enrique VI, hijo de Barbarroja, posterior emperador

Folmar de Karden, arzobispo de Tréveris

Johann I, archidiácono de la archidiócesis de Tréveris, canciller del emperador Federico

Simón II Châtenois, duque de Lorena

Ferry I de Bitche, hermano de Simón, noble lorenés

Ferry II de Bitche, su hijo

Felipe de Suabia, rey del Sacro Imperio Romano desde 1198

Otón de Brunswick, pretendiente al trono y rival de Felipe

Mateo de Lorena, obispo de Toul

Walram von Limburg, noble alemán

Otros

Salvestro Agosti, rico comerciante de Milán

Conon, tejedor de Metz

San Jacques, santo patrón de Varennes

Grimald, ayuda de cámara del archidiácono Johann

Namus, ayuda de cámara del obispo Ulman

Una observación respecto a los nombres: en la Alta Edad Media, el añadido «de» o «von» aún no era un predicado de nobleza (solo llegó a serlo, en Alemania y Francia, al principio de la Edad Moderna), la mayoría de las veces únicamente remitía al lugar del que procedía la persona. En las ciudades, ya en el siglo XII muchos burgueses tenían «auténticos» apellidos.

En el anexo se encuentra un glosario de los conceptos históricos empleados en la novela.

PRÓLOGO

Diciembre de 1173

DUCADO DE LA ALTA LORENA

Dos semanas antes de Navidad, Michel cometió un delito por primera vez en su joven vida.

Una nieve helada cubría los campos, envolvía los matorrales y las copas de los árboles y pesaba en los tejados de las cabañas. Era el invierno más duro desde hacía muchos años. El tuerto Odo afirmaba incluso que era el más frío de todos los tiempos.

—Y sé también quién nos lo ha traído —había anunciado ayer—. ¡Barbarroja! Sí, nuestro emperador tiene la culpa. Si no hubiera desafiado al Papa, esto no habría ocurrido. Esto es lo que nos traen sus ganas de pelea. Dios nos castiga con hielo y nieve y un frío amargo, y no cesará hasta que Barbarroja haga por fin las paces con la Iglesia.

Odo tenía que saberlo: se pasaba de la mañana a la noche en la taberna del cruce, abajo, y escuchaba las noticias que traían los mercaderes y estudiantes de Metz y Varennes Saint-Jacques mientras calentaba sus viejos huesos junto al fuego de la chimenea.

Justo después de desayunar, Michel y su hermano Jean salieron de casa y bajaron la colina, pasando por delante de la iglesia del pueblo y el pequeño cementerio en el que estaba enterrada su madre. Al llegar a la linde del bosque dejaron el sendero y se deslizaron por entre el monte bajo, para que Pierre no los viera venir ya desde lejos. Pierre era el carbonero de Fleury, un tipo enjuto que vivía en una choza solitaria entre los abetos altos como torres y raras veces se dejaba ver en el pueblo. Michel sabía de buena fuente que en su cobertizo tenía numerosas tinajas de sabrosas ciruelas y peras conservadas en miel. Le daba dolor de estómago tan solo pensar en ello, porque desde hacía semanas no había comido otra cosa que gachas de mijo y pan seco. Pero Pierre, ese viejo avariento, nunca les daría nada, podían esperar hasta quedarse tiesos. Si querían probar esas frutas, tendrían que entrar en el cobertizo y cogerlas.

La cosa no carecía de riesgos. El carbonero odiaba a los niños. La última vez que habían rondado su cabaña les había tirado castañas y los había mandado al infierno. Si los encontraba en su cobertizo, seguramente les daría una paliza, como a Robert, el hijo del herrero, que en verano había tirado al gato de Pierre a un albañal.

A un tiro de piedra de la cabaña, Michel se dio cuenta de que su hermano ya no estaba detrás de él. Se volvió y lo descubrió entre los matorrales al pie de la espesura, revolviendo en su bolsa.

—¡Jean! —llamó en voz baja.

—Ya voy. —Su hermano se apresuró a subir por la nieve. Tenía seis años, dos menos que Michel, pero no era mucho más pequeño ni más débil. Para gran disgusto de Michel, Jean se parecía a su padre, alto y recio, mientras él salía inequívocamente a su madre, que había sido delgada y delicada.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó al ver que Jean llevaba algo en la mano.

—Una pata de topo. Odo me la dio. Es un amlu… un alu…

—¿Un amuleto?

—Debo llevarla conmigo siempre que vaya al bosque —explicó Jean—. Para que los faunos no me hagan nada.

—Padre dice que los faunos no existen.

—Desde luego que existen. Solo que no se les ve. Se esconden de la gente.

—¡Silencio! —siseó Michel—. ¿Quieres que Pierre nos oiga?

Se deslizaron por entre la espesura. Michel habría preferido que Jean no hubiera empezado a hablar de los faunos, porque ahora se sentía observado por ojos invisibles desde el monte bajo.

Cuando alcanzaron a ver la choza de Pierre, se agacharon.

La pequeña cabaña tenía, como la mayoría de los edificios de Fleury, las paredes hechas de guijarros superpuestos y el techo de paja. De la chimenea salía una tenue nube de humo, lo mismo que del pozo de la carbonera, que se levantaba como una tumba antigua en el prado que había delante del huerto. Junto a la carbonera estaba el cobertizo, a resguardo del viento, en el que Pierre conservaba las frutas en miel.

Ningún ruido perturbaba el silencio del bosque.

—Pierre no está —susurró Michel.

—Quizá esté dentro.

—No lo creo. Por la mañana siempre sale a recoger leña. No volverá, como pronto, hasta el mediodía.

Michel se acercó a la cabaña, seguido por Jean, que apretaba su pata de topo. Se escondieron detrás de un montón de leña y observaron de cerca la choza. En la nieve, delante de la puerta, se veían huellas recientes que llevaban al bosque.

—¿Lo ves? Se ha ido.

—¡Mira! —jadeó Jean cuando una sombra salió corriendo de detrás del cobertizo.

—No es más que el gato —dijo Michel.

El animal miró receloso hacia el montón de leña antes de escurrirse por una grieta en la pared.

La voz de Jean temblaba ligeramente:

—Volvamos al pueblo.

—Nos iremos cuando tengamos las frutas —dijo Michel con decisión, aunque en realidad tenía tanto miedo como su hermano. Pierre, con su mejilla quemada y su apestosa ropa hecha de pieles y trozos de cuero, le inspiraba un miedo pagano, y volvió a recordar que Odo había dicho en una ocasión que el abuelo de Pierre descendía de los trasgos del bosque. Siempre había creído que esa historia era una tontería, pero de pronto ya no estaba tan seguro. De hecho Pierre tenía algo de trasgo; la espalda curvada, por ejemplo, o las manos como garras… ¿no decían que esas criaturas devoraban niños?

Michel reprimió un escalofrío. Solo la idea de las dulces ciruelas y las peras le impedía abandonar y huir.

—Espera aquí —dijo a Jean, y cruzó corriendo el prado.

Cuando llegó a la puerta del cobertizo, se dio cuenta de golpe de que su plan tenía un punto débil fundamental: las huellas. Al ver la nieve, Pierre sabría enseguida que alguien había entrado en el cobertizo durante su ausencia, y naturalmente sospecharía de los niños de Fleury. Pero ya no había nada que hacer. Quizá tuvieran suerte y empezara otra vez a nevar antes de que el carbonero regresara.

Cautelosamente, Michel descorrió el primitivo cerrojo de madera y abrió la puerta.

El cobertizo contenía dos toneles, una caja grande y varios sacos de cereales y legumbres. Michel hizo acopio de fuerzas y se deslizó dentro.

No tardó en encontrar las frutas en conserva: Pierre las guardaba en una segunda caja que estaba detrás de los toneles. Michel abrió una de las tinajas de arcilla. La visión de las ciruelas sumergidas en miel le hizo la boca agua, y no pudo resistirse a sacar una fruta y metérsela en la boca.

Cerró los ojos, lleno de placer. Debían de haber pasado meses desde la última vez que había comido algo tan exquisito. Por un momento, consideró la idea de llevarse tantas tinajas como pudiera cargar. Pero luego su conciencia despertó. No quería causar un grave daño a Pierre. Bastaría con una tinaja.

Puso la tapa del recipiente, cerró la puerta del cobertizo y regresó junto a Jean.

—¡Trae! —dijo excitado su hermano, tratando de coger la tinaja.

—Comeremos cuando estemos en el pueblo.

—Tú ya te has comido una, te he visto. ¡Déjame a mí también! —Jean trató de quitarle la tinaja y empezaron a forcejear—. ¡Siempre quieres prohibírmelo todo!

—Si no te gusta, coge tu propia tinaja. Pero no te atreves…

Se quedaron petrificados al escuchar ruidos.

Voces. Ramas que se quebraban.

Crujir de pasos.

—¡Agacha la cabeza! —exclamó Michel.

Se agacharon detrás del montón de leña y observaron la linde del bosque. Entre los árboles apareció Pierre, avanzando a trompicones por el sendero. El carbonero tenía un aspecto espantoso: el rostro quemado lleno de golpes, el ojo izquierdo hinchado, el mandil manchado de sangre. Además, alguien le había atado las manos con una correa de cuero.

Le seguían dos hombres que de vez en cuando le daban un golpe. Por sus yelmos y vestes, Michel los reconoció como guerreros de Guiscard de Thessy.

Se mordió el labio inferior. No le costaba trabajo adivinar lo que había ocurrido: habían sorprendido a Pierre cazando furtivamente. En el pueblo hacía mucho que sabían que aquello iba a ocurrir un día u otro. Era un secreto a voces entre los habitantes de Fleury que Pierre andaba a veces con su honda por el monte bajo para cazar a escondidas una liebre, un corzo o incluso un jabato. Pero a los siervos les estaba prohibido bajo amenaza de castigo cazar en los bosques comunales. Solo el duque y sus vasallos tenían derecho a hacerlo.

Por fin, apareció un jinete. El estómago de Michel se contrajo. Guiscard de Thessy montaba su corcel de batalla con la espalda encorvada, envuelto en una túnica de lana que le protegía del áspero frío. El tosco tejido caía sobre la espada que llevaba al cinto, y debido a la capucha solo se veía de su semblante la barba crecida, entremezclada de mechones grises. Era un caballero del duque y el señor de Fleury… y no había en todo el mundo nadie a quien Michel tuviera más miedo.

Contempló la tinaja en sus manos. No podía pensar en lo que Guiscard haría si lo pillaba con las frutas robadas. Enterró a toda prisa el recipiente en la nieve. Jean no se dio cuenta. Con los ojos abiertos de par en par, observaba a los dos guerreros y a Guiscard, que se acercaban a la cabaña con su prisionero.

—Tenemos que irnos de aquí enseguida —le susurró Michel.

Antes de que los hombres pudieran verlos, atravesaron corriendo el prado, pasaron delante de la carbonera y se deslizaron por entre la espesura hasta alcanzar el camino que recorría la linde del bosque. Allí, empezaron a correr como si el diablo anduviera tras ellos. Solo en una ocasión Michel echó una mirada por encima del hombro. Guiscard y sus guerreros no parecían perseguirlos.

Finalmente llegaron a la iglesia, y poco después a Fleury, su pueblo natal, que estaba en una hondonada entre las colinas. De la treintena de casas campesinas, alrededor de la mitad rodeaban una extensa plaza en la que los lugareños atendían sus trabajos. Julien, el herrero, destrozaba con unas tenazas el hielo que cubría el pozo. Varias mujeres hacían pan en el horno del pueblo mientras intercambiaban los cotilleos más recientes.

Michel y Jean corrieron hacia su cabaña, ante la que su padre, un hombre rubio, de anchos hombros, estaba en ese momento cortando leña. Su respiración humeaba en el aire gélido. A su lado, su hermana Vivienne, de dos años, jugaba en la nieve.

—¿Dónde os habíais metido? —preguntó—. Ya os he dicho que tenéis que limpiar la pocilga.

—Pierre —jadeó Michel—. Lo han encadenado… Guiscard… furtivo…

Su padre dejó caer el hacha y frunció el ceño.

—¿Guiscard ha sorprendido a Pierre cazando furtivamente?

Michel asintió.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Lo has visto?

Cuando Michel se disponía a balbucear una respuesta, su padre dijo:

—Primero recobra el aliento. Luego, cuéntame en orden qué es lo que ha pasado.

Antes de que Michel pudiera empezar, Guiscard, sus hombres y el desdichado Pierre aparecieron en el sendero que bajaba de la colina junto a la iglesia. Con el hacha en la mano, el padre de Michel salió a la plaza para poder ver mejor. También los otros habitantes del pueblo interrumpieron su trabajo y alargaron el cuello.

Los dos guerreros arrastraron a Pierre hasta la plaza, y junto al pozo uno de los hombres le dio una patada en la corva. Debido a las cadenas, el carbonero no pudo frenar su caída y dio con el rostro en la nieve. Gimió ligeramente, pero no hizo intento alguno de levantarse.

Nadie corrió en su ayuda. Con la llegada de los hombres, los lugareños habían dejado la plaza a toda prisa. Ahora estaban delante de sus cabañas, temerosos, observando en silencio los acontecimientos.

Guiscard tiró de las riendas de su caballo y arrojó a la nieve dos conejos muertos. La voz que acto seguido salió de la capucha era ronca y oscura, casi como el gruñido de un animal de rapiña.

—Este canalla ha osado cazar furtivamente en el bosque comunal y matar estas liebres. Al hacerlo nos ha robado a todos… a vosotros, a mí y a Su Gracia el duque Mateo. Al parecer, cree que la ley no va con él. Ved lo que les sucede a aquellos que violan la veda.

El caballero hizo una seña a sus guerreros, y los dos hombres cogieron a Pierre por los brazos y lo pusieron en pie.

—Tened piedad, señor, os lo imploro —suplicó el carbonero, mientras la sangre brotaba de su nariz rota.

—Id a la casa —ordenó el padre de Michel.

Sin titubear, Michel cogió la mano de su hermana, que parecía a punto de echarse a llorar. Jean no dio muestras de ir a seguirle. Con fascinado horror, contemplaba a los guerreros que llevaban a Pierre a través de la plaza.

—¡Ven! —siseó Michel.

A regañadientes, su hermano le siguió dentro de la choza.

—¿Crees que van a colgar a Pierre? —preguntó cuando Michel cerró la puerta—. ¿Lo crees?

Michel rogaba por que Pierre recibiera un castigo más suave. Sin duda no podía soportar al carbonero, pero estaba muy lejos de desearle la muerte. Sin dar una respuesta a Jean, atravesó la parte delantera de la choza, en la que se encontraba la cochiquera con el cerdo de la familia, y puso a Vivienne en uno de los dos catres que había junto a la hoguera. Estaba hecho de pieles y mantas de lana burda sobre un sencillo armazón de madera y era lo bastante ancho como para que los tres hermanos pudieran dormir en él.

—No llores —dijo cuando la niña empezó a sollozar—. No tienes que tener miedo. —Le dio su muñeca—. Mira, aquí está Joie. Juega un poquito con ella, ¿eh?

Vivienne lloraba constantemente, la mayoría de las veces sin motivo aparente, y a veces Michel tenía ganas de darle un coscorrón. Pero nunca lo hacía. Jamás lo habría admitido, pero quería a su hermana pequeña y no le importaba cuidar de ella. Desde la repentina muerte de su madre hacía apenas dos años, ese era su deber, y se lo tomaba muy en serio.

Felizmente, Vivienne se calmó y poco después estaba sumida en sus juegos. Michel volvió junto a Jean, ignorando al cerdo que alargaba el hocico en espera de alimento.

—¡Están atándolo! —exclamó Jean, que observaba la plaza por uno de los respiraderos de la pared de la casa. Como la mayoría de las cabañas de Fleury, tampoco la suya tenía verdaderas ventanas.

Michel sacó la paja de otra rendija en la pared y miró fuera. Los guerreros habían llevado a Pierre hasta la taberna del pueblo, donde habían cortado sus ataduras y le habían atado las manos a una viga del alero.

Guiscard descabalgó con una vara de abedul en la mano. Se echó atrás la capucha, dejando al descubierto su cráneo pelado y lleno de cicatrices. Cuando se dirigió hacia la taberna, la nieve crujió bajo sus botas.

—Señor, esperad… por favor —dijo el padre de Michel.

Guiscard se volvió y le miró fijamente. Michel ya había visto a menudo esa mirada: «No tienes derecho a dirigirte a mí —parecía decir—. Eres escoria, menos que la porquería de las suelas de mis botas. Debería matarte por esta desvergüenza». Guiscard miraba de ese modo a todos los siervos.

Pero el padre de Michel no se dejó intimidar.

—Es un duro invierno, señor —dijo—. Pierre ha cazado en furtivo para no morir de hambre. Apiadaos de él, y nos encargaremos de que no vuelva a hacerlo.

Michel se mordió el labio. El puño de Guiscard se cerraba en torno a la vara como si estuviera considerando la posibilidad de azotar al padre de Michel en vez de al carbonero.

—No importa por qué lo ha hecho —respondió ásperamente el caballero—. La ley es la ley, y no hay excepciones. ¿Cuándo vais a aprenderlo de una vez, esclavos?

Con pasos pesados, se dirigió hacia la taberna. Uno de los guerreros sacó un puñal, rasgó la cogulla de Pierre y dejó al descubierto la pálida espalda del carbonero.

Guiscard cogió impulso. Pierre gritó de dolor cuando la vara sacudió su piel. El caballero golpeó una y otra vez, de manera que la espalda de Pierre pronto estuvo cubierta de sangrientos verdugones. Aunque Michel apenas soportaba verlos, no podía apartar la mirada. Estaba allí sentado conteniendo el aliento, mirando por la rendija, como hechizado por el espantoso acontecimiento delante de la taberna.

Solo cuando Vivienne empezó a llorar, logró apartarse de allí. Se sentó junto a ella en el lecho y le habló con palabras tranquilizadoras. No sirvió de nada: lloraba incluso más. A Michel no se le ocurrió otra cosa que taparle los oídos para que no oyera los gritos de Pierre.

En algún momento, el carbonero enmudeció.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Michel a su hermano, que seguía espiando por el respiradero.

—El señor se ha detenido —respondió Jean.

—¿Y Pierre… está… está muerto?

—No lo sé…

El miedo de Vivienne se había calmado un poco y ya no lloraba. Michel le dio su muñeca, corrió a la rendija del muro y miró hacia la taberna. Pierre colgaba inmóvil de sus ataduras, su espalda era una sola herida. Michel no era capaz de distinguir si estaba muerto o solo desmayado. Uno de los guerreros sonreía despectivo a los lugareños.

Guiscard tiró la vara de abedul a la nieve y montó.

—Soltadlo —ordenó.

El padre de Michel y otros dos lugareños, Jacques y Renier, corrieron hacia Pierre y cortaron sus ataduras. El carbonero gimió cuando los tres hombres lo tumbaron boca abajo en el suelo. El padre de Michel murmuró algo, y Renier cruzó corriendo la plaza.

—El próximo al que atrape cazando en furtivo no saldrá tan bien librado —dijo Guiscard—. Lo colgaré, así Dios me ayude. Así que aprended de una maldita vez.

El caballero picó espuelas y se fue de allí. Sus guerreros lo siguieron a paso de marcha.

Por fin, los lugareños salieron de su estupefacción. Acudieron corriendo a la taberna y entablaron un airado debate. La mitad insultaba a Pierre por su necedad, la otra mitad aireaba su furia por el castigo excesivo. El viejo Odo incluso agitó el puño en dirección a las colinas en las que estaba el feudo de Guiscard, y lanzó unas cuantas maldiciones en extremo violentas.

—¡Cierra la boca, idiota! —le hizo callar Julien—. ¿O es que tú también quieres que te dejen medio muerto a palos?

Poco después volvió Renier. Con él iba Eloise, la comadrona, que como siempre llevaba su amplia cogulla mil veces remendada. Michel se alegró de que hubieran ido a buscarla. De todos los habitantes del pueblo, era la que más sabía de las artes curativas. Cuando Michel estuvo enfermo el invierno anterior, la comadrona le había dado una infusión de hierbas que tenía un sabor espantoso, pero le había curado la fiebre en el plazo de dos días. Con ella Pierre estaba en buenas manos.

—Apartaos de mi camino —dijo con voz acostumbrada al mando, y los lugareños le hicieron sitio.

Entretanto, el padre de Michel y Jacques habían vendado la espalda de Pierre con tiras de tela. Eloise miró el trabajo hecho y asintió escuetamente.

—Llevadlo a mi cabaña.

Alguien trajo unas andas hechas de ramajes; Jacques y Renier pusieron al herido encima y se lo llevaron. Pierre estaba consciente, pero Michel vio el brillo febril en sus ojos. Necesitaba urgentemente ayuda.

Una vez que Eloise se hubo ido, los lugareños se fueron dispersando, desaparecieron en sus cabañas o prosiguieron angustiados sus tareas. El padre de Michel aún habló un rato con su amigo Julien antes de dirigirse a la cabaña con gesto iracundo.

Michel y Jean taparon a toda prisa los respiraderos e hicieron como si no hubieran visto ni oído nada.

—Limpiad de una vez la pocilga —ordenó su padre al entrar.

Fue lo último que les dijo aquella mañana. No gastó una sola palabra en el castigo de Pierre y estuvo sentado hasta el mediodía junto al fogón, pensativo y malhumorado.

Desde que la madre de Michel había muerto, su padre, que era un hombre alegre y abierto, pasaba con frecuencia horas cavilando, y entretanto Michel ya se había acostumbrado. Pero hacía mucho que su humor no era tan sombrío como el de esa mañana, y Michel no se atrevió a hablarle, aunque le hubiera gustado preguntar si Pierre iba a curarse.

Después de la comida, que tomaron en silencio, su padre salió de la cabaña y volvió con Julien media hora después.

—Id a jugar fuera —ordenó a Michel y Jean—. Julien y yo tenemos que hablar. Llevaos a Vivienne.

Michel se dio cuenta de que el herrero llevaba a hombros una bolsa de cuero en la que había un objeto alargado. Mientras los dos hombres se dirigían a la parte de atrás, Jean, Vivienne y él salieron de la choza y empezaron sin ganas a construir un muñeco de nieve. Pero Julien no se quedó mucho tiempo. Poco después abrió la puerta e hizo salir al cerdo.

—¿Cómo es que Julien se lleva nuestro cerdo? —preguntó Michel a su padre cuando el herrero se llevó el animal hasta su casa.

—Se lo he vendido.

—¿Por qué?

—Ya no lo necesitamos —respondió su padre.

Confundido, Michel miró al herrero. Llevaban cebando al cerdo desde la primavera e iban a matarlo la semana próxima para tener comida el resto del invierno… ¿y ahora su padre lo dejaba ir?

El hombre de anchos hombros se acuclilló junto a Michel.

—Escucha —dijo—. Quiero que hoy os vayáis pronto a dormir. Antes de que oscurezca estaréis en la cama, ¿entendido?

Michel asintió. La conducta de su padre le parecía cada vez más extraña.

A lo largo de la tarde la plaza del pueblo se vació. La mayoría de los habitantes de Fleury eran campesinos como el padre de Michel, para los que durante los meses del invierno no había gran cosa que hacer fuera de sus cuatro paredes, por lo que se retiraban temprano a sus cabañas para coser, cepillar la lana o reparar las herramientas hasta que caía la tarde. Solamente los niños se quedaban fuera. Gracias a Jean, que organizó una batalla de bolas de nieve, Michel olvidó pronto lo del cerdo e incluso el terrible incidente de la mañana, y estuvo dos horas jugando en la nieve con los otros. Incluso a Vivienne le gustó la batalla. Corría entre los mayores con torpeza y reía divertida cuando a alguno de ellos lo alcanzaba una bola de nieve. Dejó de reírse cuando Robert la embistió sin querer y fue a dar de bruces a la nieve. Esta vez Michel la dejó llorar hasta quedarse ronca.

Cuando empezaba a oscurecer, su padre los llamó. Con pocas palabras, les exigió sentarse junto al fuego. Después de haber comido unas pocas gachas y haber bebido un cuenco de leche de cabra caliente, insistió en que rezaran sus oraciones, se desnudaran y se fueran a dormir. Jean gruñó, porque odiaba tener que irse pronto a la cama. Pero su padre no toleraba réplicas e, intimidado por su tono inusualmente áspero, Jean se metió debajo de las mantas.

Michel no consiguió dormirse enseguida. A la luz del fogón moribundo contempló a su padre sentado a la mesa, sumido en sus pensamientos, mientras vaciaba una jarra de cerveza. En algún momento se llevó la mano al jubón, sacó una bolsa y la abrió. Michel quedó no poco sorprendido al ver que contenía monedas de plata, relucientes deniers. El dinero era bien escaso en Fleury. Los habitantes del pueblo apenas tenían en qué emplearlo y, en realidad, solo lo utilizaban cuando hacían negocios con mercaderes extranjeros; entre ellos se cambiaban las cosas que necesitaban. ¿Cómo era que de pronto su padre tenía una bolsa llena?

«Julien se las ha dado por el cerdo», le vino a la mente cuando su padre apiló las monedas en la mesa y las contó. «Pero ¿por qué él no ha pedido a cambio algo más útil, una sierra nueva, o por lo menos una caja de clavos? ¿Qué vamos a hacer nosotros con tanto dinero?»

Mientras aún estaba dando vueltas a qué podía significar aquello, sintió que le pesaban los párpados. Poco después se quedó dormido y soñó con dos conejos muertos en la nieve, con los fríos ojos de Guiscard, con Pierre, cuya sangre goteaba hasta el suelo.

—Despierta, Michel. —Una mano le sacudía el hombro.

Se sentó, adormilado. Era noche cerrada. Junto al catre estaba su padre, un contorno negro ante la brasa anaranjada del fogón.

—Despierta a Jean y a Vivienne, y vestíos —susurró—. Tenemos que irnos.

—¿Irnos? ¿Por qué?

—Haz lo que te digo. Pero no hagáis ruido.

Michel obedeció y despertó a sus hermanos. Vivienne volvió enseguida en sí; Jean en cambio lo miró aturdido y confuso. Su pelo castaño claro se alzaba en todas direcciones.

—Padre quiere que nos vistamos —le susurró Michel, y bajó de la cama.

El brillo palpitante de una llama llenó la cabaña cuando su padre prendió una tea en la brasa y la puso en la mesa en un cuenco de barro. Debía de llevar ya un rato despierto, porque estaba vestido… o no había dormido en absoluto. Metió con rapidez sus pertenencias y todos los víveres en el cesto de mimbre que solía usar para recoger ramas secas.

Michel cogió el taparrabos, las perneras de lana, los calzones y el manto de la caja que había a los pies del catre y se lo puso todo. Mientras se calzaba sus zapatos de fieltro, por fin Jean se puso también en movimiento.

—¿Qué pasa? —murmuró.

Su padre no dio respuesta alguna.

—Ayuda a tu hermana —indicó a Michel.

Michel vistió a Vivienne, que por una vez no se resistió. Entretanto, su padre metió la mano entre las vigas del techo y sacó una bolsa de cuero. Era la misma bolsa que Julien había traído al mediodía. Cuando su padre la metió en el cesto, el cuero se escurrió y la empuñadura de una espada quedó al descubierto. Michel sabía que a los siervos les estaba prohibido llevar armas. El señor castigaría con dureza a su padre si lo pillaba con la espada, quizá incluso lo dejara medio muerto como a Pierre. ¿Qué estaba pasando?

Su padre se apresuró a cerrar la bolsa.

—¿Estáis listos?

Michel miró a Jean, que se estaba poniendo los zapatos, y asintió.

—Bien. Poneos vuestras túnicas. Fuera hace un frío terrible.

—¿Adónde vamos?

—Nos vamos de Fleury.

—¿Para siempre?

—Sí. —Su padre se echó al hombro la cesta provista de correas—. Iremos al borde del bosque. Tenéis que ser tan silenciosos que nadie nos oiga. ¿Sabréis hacerlo?

Michel y su hermano asintieron. Su padre apagó la tea y abrió la puerta; el gélido aire de la noche irrumpió en la cabaña. Michel cogió la mano de Vivienne, y la familia atravesó sin ruido la plaza del pueblo. Michel se había preguntado si una desgracia había caído sobre Fleury y por eso tenían que huir, un fuego quizá o un ataque de bandoleros, pero en el pueblo reinaba un completo silencio. Todo parecía estar en perfecto orden.

¿Había cometido su padre un crimen? ¿Huían de los guerreros de Guiscard, que querían castigarle? Mil preguntas rugían en la cabeza de Michel, pero mantuvo su promesa y no hizo ningún ruido.

Cuando llegaron a la iglesia, su padre se acercó al muro del cementerio y se quedó mirando la oscuridad; miraba los dos olmos bajo los que su madre estaba enterrada. Siempre que el trabajo lo permitía, subían allí arriba, se congregaban en torno al tranquilo enterramiento y rezaban por su alma. Solo hacía dos días que habían visitado la tumba… por última vez, según Michel veía con claridad ahora.

Se acordaba tan bien de su madre como si ayer aún hubiera estado junto a ellos. La veía avivando el fogón o dando de mamar a Vivienne, contándoles historias a Jean y a él o jugando con ellos en el prado. Había sido una hermosa mujer, de pelo rubio oscuro, frágil y siempre alegre, incluso cuando aquella pérfida fiebre había empezado ya a devorar su cuerpo. La echaba mucho de menos, y tener que dejarla allí le entristecía. Por lo menos no estaría sola en el camposanto. Allí descansaban los padres de ella, su hermano mayor y muchas otras personas a las que ella había querido.

En algún momento su padre murmuró algo, tan bajo que Michel casi no pudo oírlo:

—Perdóname, Ameline. Espero que comprendas por qué tengo que hacerlo.

Se volvió, y durante un momento, a pesar de la oscuridad, Michel vio el dolor en su rostro.

—Vámonos —dijo.

Cogió a Vivienne en brazos y corrieron por el prado comunal y de allí hasta el bosque, que se alzaba ante ellos negro como una pared impenetrable. Al borde del bosque caminaron en dirección este, donde, como Michel sabía, estaba la frontera del feudo de Guiscard.

Empezaba a nevar, gruesos copos que caían suavemente sobre el blanco paisaje. Aunque el camino por la nieve profunda era muy trabajoso, su padre no les concedió respiro, ni siquiera cuando Jean empezó a caminar cada vez más despacio y se quejó de que le dolían los pies.

—Sigue, Jean —le animó—. Tienes que aguantar.

Solamente una vez se detuvo para meter a Vivienne, que se le había hecho pesada, en un paño que ató a su cuerpo de manera que los brazos le quedaran libres y pudiera emplear un cayado. La niña se estaba portando asombrosamente bien. Michel había esperado que llorase sin parar, pero estuvo todo el tiempo muy callada, como si hubiera entendido lo que su padre les había dicho. En algún momento se le cerraron los ojos y se quedó dormida.

Finalmente llegaron al arroyo que formaba el límite de las tierras de Guiscard. Corría por un foso entre las praderas nevadas y casi desaparecía bajo matorrales y zarzales en los que brillaban agujas de hielo. No fue difícil atravesarlo porque estaba helado, y el grueso hielo soportó su peso. Mientras Michel cruzaba y trepaba por los matorrales, se dio cuenta de pronto de que nunca había estado tan lejos de casa.

Al otro lado, Jean se dejó caer en un tronco derribado.

—No puedo más —anunció, cansado y terco.

—Parece que nadie nos sigue —dijo su padre, mirando al oeste. Hacía mucho que Fleury no se veía, la luz de la luna caía sobre colinas deshabitadas—. Creo que podemos permitirnos un corto descanso. Ayúdame con el cesto, Michel.

Michel le cogió el cesto para que pudiera sentarse sin despertar a Vivienne. El recipiente no era pesado, pues su padre solo había cogido las cosas más necesarias: comida, mantas, algunas herramientas, y naturalmente la bolsa con las monedas de plata y la espada.

Mientras se fortalecían con pan y leche de cabra, Jean preguntó malhumorado:

—¿Aún tenemos que andar mucho más?

—Aún nos quedan unas cuantas horas —respondió su padre—. Pero cuando hayamos alcanzado el valle del Mosela, el camino será más fácil.

—¿Adónde vamos? —preguntó Michel.

—A Varennes Saint-Jacques.

Había imaginado cualquier cosa menos esa. Varennes era una ciudad al borde del Mosela, a un día de marcha del feudo de su señor. Desde luego, Michel nunca había estado allí, pero había oído hablar mucho de ella. Dos veces al mes, un mercader ambulante venía de Varennes a Fleury y vendía sal, pescado y piedras de afilar a los campesinos. Su nombre era señor Caron, y siempre contaba historias asombrosas de su ciudad natal cuando se sentaba en la taberna por las noches.

—¿Entiendes por qué hemos tenido que irnos? —preguntó su padre.

—Por el señor —conjeturó Michel.

—Mientras Guiscard mande en Fleury, nuestras vidas no estarán seguras. Esta vez ha sido Pierre, pero nadie sabe a quién le tocará la semana que viene. Quizá a mí, quizá incluso a ti o a Jean. Basta un pequeño error para ser castigado con dureza y sin piedad… Ya lo habéis visto esta mañana. Por eso no podemos quedarnos en Fleury. No soportaría que Guiscard os hiciera algo.

Vivienne se agitó y miró confundida a su alrededor. Su padre le acarició el cabello.

—Sigue durmiendo —murmuró, y su cabeza volvió a caer sobre su pecho.

—En Varennes empezaremos una nueva vida —prosiguió—. Buscaré trabajo en un taller o en los campos que hay delante de la ciudad… el señor Caron dice que los ricos comerciantes y constructores de la ciudad siempre necesitan gente. No pasa nada si no encuentro algo enseguida. Julien me ha dado treinta deniers por el cerdo. Con eso podemos aguantar una semana, si no hay más remedio.

Con cada palabra que decía su padre la emoción de Michel aumentaba. Siempre había deseado ver Varennes alguna vez.

—¿Dónde vamos a vivir?

—En casa de mi capataz, hasta que haya ahorrado suficiente dinero para tener una cabaña propia. No tardaré mucho… dicen que los barrios de la parte baja de la ciudad no son caros. Y quién sabe, quizá un día tengamos incluso una verdadera casa, con ventanas y varias habitaciones.

—¿Una como la granja del señor? —preguntó Jean.

—Es posible. Depende de lo bien que trabaje vuestro padre, creo. —Sonrió cuando Michel y su hermano se miraron llenos de alegría—. Aún no os he contado lo mejor. Hay una antigua ley que dice que todo el que se asiente en Varennes será un hombre libre pasado un año y un día. Si después de ese tiempo Guiscard no nos ha llevado de vuelta a sus tierras, ya no podrá tocarnos. Dejaremos de ser siervos.

—¿Ya no tendremos que obedecerle? —preguntó Michel.

—Seríamos hombres libres, y solo deberíamos lealtad al obispo de Varennes y al emperador. Ahora comed. Es hora de que sigamos.

Nevaba con más fuerza cuando se pusieron en marcha. Aunque la nieve no facilitaba precisamente su avance, su padre estaba agradecido, porque borraba sus huellas. El miedo y el agotamiento de Michel habían desaparecido. Apenas podía esperar a llegar por fin a Varennes y ver las maravillas de las que siempre hablaba el señor Caron, los coloridos mercados, las espléndidas casas de piedra, las torres innumerables de las iglesias. Lo mismo le pasaba a Jean. Había dejado de quejarse del largo camino y del dolor de pies, y se abría paso con decisión a través de la nieve.

Al amanecer alcanzaron un río, una cinta gris que serpenteaba por el blanco valle… el Mosela. Estaba completamente helado. En la orilla, un pequeño bote estaba encajado en el hielo.

—Ya no estamos lejos —dijo su padre, mientras seguían el camino que iba bordeando el río—. Como mucho una hora… —Enmudeció, y sus ojos se dilataron—. ¡A los matorrales, rápido!

Antes de que Michel corriera tras él y Jean, alcanzó a ver que cuatro sombras habían aparecido en una colina, al este.

Jinetes.

Jadeando, se escurrió por entre los arbustos que orlaban el borde del camino. Ramas heladas rasgaron su túnica de lana y le azotaron el rostro cuando siguió a su padre y a su hermano. A veinte varas largas del camino se agacharon y observaron la orilla del río por entre el ramaje de un zarzal.

Los hombres se acercaban. Cabalgaban en silencio a lo largo de la carretera. Aunque llevaban amplios mantos y los rostros ocultos por capuchas, no había duda de que se trataba de Guiscard de Thessy y tres de sus soldados.

Michel no se atrevía a hablar, ni a respirar. «Están aquí por nosotros. Quieren atraparnos, devolvernos a Fleury y castigarnos.» Pero ¿cómo se había enterado el señor de su fuga nocturna? Habían tenido mucho cuidado. ¿Los habían traicionado? «¡Por favor, que no vean nuestras huellas!»

Poco después, los jinetes llegaron al punto en el que la pequeña familia había abandonado el camino. Aunque la nieve no era muy profunda y además estaba helada, sus huellas se podían ver fácilmente. Bastaba con que uno de los hombres mirase hacia un costado en el momento preciso…

El caballero y sus guerreros pasaron de largo sin observar sus huellas en la nieve. Dios había escuchado la oración de Michel… Gracias a la nevada, los hombres habían pasado por alto el rastro.

Desgraciadamente, Vivienne eligió justo ese momento para despertar y preguntar por su muñeca:

—¿Dónde está Joie?

—¡Calla! —siseó Michel, y su padre la chistó mientras apretaba a la muchacha contra su pecho… pero ya era demasiado tarde. Guiscard frenó su corcel de batalla y miró fijamente los matorrales.

—¿Habéis oído eso? Era un niño, ¿no?

También los soldados detuvieron sus caballos. Uno de ellos deslizó la mirada sobre la nieve, junto a la carretera.

—Aquí hay huellas, señor. Llevan allí. Parecen recientes.

—Registradlo todo —ordenó Guiscard—. Apuesto el brazo de la espada a que ese tipo y sus críos están escondidos aquí.

Los hombres desmontaron, echaron atrás los mantos y desenvainaron las espadas.

Su padre cogió del brazo a Jean y Michel:

—Vamos a correr hacia el bosque —dijo—. Pero, por el amor de Dios, seguid juntos.

Salieron corriendo. Aunque trataron de ser silenciosos, la carrera a través de la espesura causó un ruido considerable, porque continuamente pisoteaban ramas o se enganchaban con los espinos. Aún no habían dado cinco pasos cuando los hombres los oyeron.

—¡Ahí están!

—¡Coged a esa chusma! —rugió Guiscard.

El aliento ardía en la garganta de Michel mientras corría detrás de su padre, saltaba por encima de troncos derribados y se deslizaba por espesuras. Una y otra vez se volvía a mirar a Jean, que se esforzaba desesperadamente por no quedarse atrás.

—¡Más deprisa! —le gritó.

—Lo intento —respondió su hermano.

Guiscard y sus hombres ya no estaban lejos. Michel no podía verlos, pero oía cómo se abrían paso por entre la espesura.

Los matorrales se convirtieron en un bosquecillo que se extendía hasta las colinas al este del valle del Mosela.

—¡Allí! —gritó su padre, y los guió hacia dentro del bosque, donde las desbordantes copas de los abetos y los pinos formaban una densa techumbre, de modo que apenas había nieve al pie de los troncos y ellos corrían por el suelo helado sin dejar huellas.

—¡Michel! —jadeó Jean.

Michel vio que su hermano se había caído. Le ayudó rápidamente a levantarse.

—¡Mi rodilla! —gimoteó Jean. Se le había rasgado la pernera izquierda y sangraba.

—Aun así tenemos que seguir. Dame la mano.

Los hombres se acercaban cada vez más, casi habían llegado al borde del bosquecillo. Jean lloraba, pero se contuvo y cogió la mano de Michel.

Durante un espantoso momento, Michel pensó que habían perdido a su padre. Estiró la cabeza y miró a todas partes. No se atrevía a llamarle por miedo a atraer la atención de los soldados.

«¡Ahí!» Entre los árboles había visto un momento su manto color tierra.

Su padre les esperaba, respirando pesadamente, delante de un montón de ramas caídas más alto que un hombre.

—Meteos ahí dentro —dijo cuando Michel y Jean corrieron hacia él—. ¡Daos prisa!

Las ramas habían caído probablemente de las copas, a causa de las tormentas del otoño, y se acumulaban entre un pino partido por un rayo y una roca. Su padre señaló un hueco entre las ramas, por el que Michel hizo escurrirse a Jean antes de entrar él mismo. Dentro del montón había un pequeño hueco de apenas dos codos de altura. Michel y Jean se apretujaron en él cuando su padre metió a Vivienne por el agujero. Luego se quitó a toda prisa el cesto, se abrió paso por la abertura y metió el cesto con él. A pesar del frío, el sudor le corría por el rostro. Tenía que estar mortalmente agotado, después de haber llevado a cuestas toda la noche a Vivienne y sus cosas. Probablemente la carrera por la espesura le había costado los últimos restos de sus fuerzas.

Unos gritos resonaron en el bosque. Al parecer, Guiscard y sus hombres habían perdido su pista y estaban separándose para buscarlos.

También Michel estaba totalmente rendido. Se apoyó contra el risco que formaba la pared trasera de la cavidad y jadeó buscando aliento. Vivienne se aferraba a él y temblaba de pies a cabeza.

Estaban tan apretados que apenas podían moverse. El padre de Michel atisbaba por el agujero y observaba el bosque. Jean arrugó la nariz y examinó su rodilla. Había dejado de sangrar. Según parecía, solo se había arañado la piel. Por fin, metió la mano en el cuello de su manto, sacó un fino hilo del que colgaba la pata de topo y contempló su amuleto.

Michel no habría sabido decir cuánto tiempo pasó. Quizá media hora, quizá más.

—Ahí viene uno —susurró su padre.

Michel apretó contra sí a Vivienne, de forma que la cabeza de ella encajara en su cuello.

—Ahora tienes que estar muy callada, ¿me oyes? —le susurró.

Una rama crujió en el silencio del bosque. Cuidando de no hacer el menor ruido, su padre abrió la bolsa de cuero que sobresalía de la cesta. La boca de Michel se secó al ver cómo sacaba la espada. ¿Qué pretendía? ¿Pensaba clavársela en el pecho al guerrero si se agachaba sobre la abertura?

Vivienne notó el latir desbocado de su corazón y se apretó aún más fuerte contra él.

Poco después, Michel pudo ver al guerrero. Era uno de los hombres que habían ayudado a Guiscard a castigar a Pierre. Llevaba una cota de malla debajo de la túnica y un casco puntiagudo con una chapa de hierro que protegía la nariz de los mandobles. Se deslizaba por el bosque con la espada desnuda, mirando a un lado y a otro, rastreando el suelo en busca de huellas. De la boca le salían nubecillas de humeante aliento.

No estaba ni a veinte varas de su escondite. Cinco o seis pasos más y descubriría el hueco entre las ramas.

El padre de Michel apretó los dientes y aferró de tal modo la empuñadura de la espada que los nudillos se le pusieron blancos.

El soldado volvió la espalda al montón de ramas. Al parecer, había oído un ruido procedente de otra dirección. «¡Vete! ¡Por favor, vete!», imploró Michel.

Esta vez Dios no escuchó su ruego. El guerrero volvió a acercarse, los ojos convertidos en estrechas ranuras. ¿Había visto algo?

Un grito sonó en el bosque:

—¡Gilles! ¿Me oyes?

El hombre levantó la cabeza:

—¡Estoy aquí!

—Vuelve con los caballos. Interrumpimos la búsqueda.

—¿Por qué? No pueden estar lejos.

Un segundo soldado apareció entre los árboles, y los dos hombres conversaron. Michel tuvo que aguzar el oído para entenderlos.

—El bosque es demasiado grande… no los encontraremos nunca. El señor quiere seguir ruta. Cree que antes o después se dejarán caer por Varennes, y allí los cogeremos.

—Por mí, está bien. Empiezo a estar harto de este frío. Necesito con urgencia un cuenco de vino.

Los guerreros se alejaron.

Apenas habían desaparecido, Michel, Jean y el padre soltaron a un tiempo el aliento contenido.

—¡Santa Virgen María, ha faltado poco! —Su padre apoyó la cabeza contra las rocas y cerró los ojos—. Oh, Señor, te doy las gracias.

Todos estaban tan agotados que se quedaron en el escondite hasta recuperarse un poco de las penurias de las horas pasadas. Su padre repartió el resto del pan y la leche de cabra y dio a cada uno una manta. Debido a lo apretados que se encontraban, apenas sentían el frío.

Una vez que Michel hubo comido, se sintió cansado y apenas pudo mantener los ojos abiertos.

Debió de haberse quedado dormido, porque en algún momento su padre le dio una palmadita en la mejilla.

—Despierta, dormilón. Es hora de seguir.

Poco después caminaban pesadamente por el bosque. Aunque debían de haber pasado por lo menos dos horas desde el amanecer, apenas había más claridad. La nieve que reposaba sobre las copas de los árboles dejaba pasar luz hasta el suelo del bosque.

—¿Seguiremos yendo a Varennes? —preguntó Michel.

—Naturalmente —respondió su padre.

—¡Pero allí está el señor! —dijo Jean.

—No nos queda más remedio. Con este frío, no aguantaríamos ni tres días al raso. Guiscard no nos encontrará. Varennes es grande. No puede registrar toda la ciudad en nuestra busca.

Su padre decidió evitar la carretera y atravesar los campos durante todo el resto del camino. Era un día turbio y oscuro, y nevaba sin cesar. No se cruzaron ni con un alma, ni siquiera cuando se toparon con varias casas de campesinos. Salía humo de las chimeneas y, mientras pasaban de largo ante las chozas, Michel oyó voces alegres. Con ese tiempo desapacible, las gentes preferían pasar en casa el día entero, calentarse junto al fuego y entretenerse con canciones e historias.

Pensó en Fleury e imaginó que también allí la gente estaría en esos momentos en la taberna del pueblo, echando leña al fuego y bebiendo leche de cabra recién ordeñada; Julien, Renier, Eloise, Jacques, el viejo Odo y todos los demás. Probablemente desde por la mañana no hablaban de otra cosa que de su fuga. En ese momento se dio cuenta de que la libertad tenía un precio: si conseguían escapar de Guiscard, jamás volverían a ver todos esos rostros familiares.

Pero su nostalgia no duró mucho, porque poco después Varennes Saint-Jacques apareció entre la nevada. Michel nunca había visto nada parecido. La ciudad, situada a las orillas del Mosela, era por lo menos diez veces más grande que Fleury. Iglesias y casas, muchas de piedra y de una o dos plantas, se apretujaban unas con otras; sus agudos tejados y chimeneas se alzaban como si aspirasen a tocar el cielo.

—Guiscard ya estará aquí —dijo su padre—. Probablemente nos espere junto a las puertas. Tenemos que encontrar otra forma de entrar.

Ya de lejos Michel había visto que los muros de la ciudad estaban viejos, quebradizos y derruidos. Una de las torres estaba en parte caída, y sobre el montón de ruinas se abría en el muro una grieta por la que hubiera podido pasar un carro de bueyes. Se escondieron detrás de un inclinado cobertizo, parte de una casa de campesinos abandonada. Cuando su padre estuvo seguro de que nadie los veía, treparon por los escombros y se colaron por la brecha en el muro.

A Michel se le subía el corazón a la garganta. Lo habían conseguido… ¡estaban en Varennes!

El callejón en el que se encontraban discurría por la cara interior del muro defensivo. Las chozas que lo bordeaban no eran muy diferentes a las de los campesinos de Fleury: pequeñas, sin ventanas, con paredes de madera o de guijarros y tejados de paja. Cerdos, gansos y pollos buscaban alimento en los angostos corrales y huertos.

—Mantened los ojos abiertos —dijo su padre—. Pensad que solo estaremos a salvo cuando Guiscard se haya ido de la ciudad. Busquemos una posada en la que calentarnos.

Llegaron a una calle ancha que bullía de gente. Herreros, carpinteros y zapateros atendían su trabajo en sus talleres, martilleaban, aserraban, cortaban cuero y gritaban a sus pinches. Un hombre que empujaba un carro de leña maldijo, blasfemo, cuando se quedó atascado en un agujero. Delante de un figón, dos monjes de cara roja bebían humeante vino especiado y conversaban excitados acerca del sermón dominical del obispo. Habían despejado la nieve, que formaba montones pardos y sucios en las esquinas y rincones.

El mal olor casi dejó sin aliento a Michel. Era una mezcla de humo, excrementos, verduras podridas. Dos casas más allá, una mujer abrió una ventana y vertió en la calle el contenido de su orinal. Un caballero finamente vestido estuvo a punto de ser alcanzado y agitó el puño, furioso.

Michel había esperado que todos los habitantes de Varennes tuvieran el mismo aspecto que el señor Caron, que siempre llevaba nobles ropajes de colores brillantes, botas de cuero salvaje y elegantes sombreros. Pero no era ese el caso; la mayoría de los habitantes de la ciudad vestían como los campesinos de Fleury y llevaban sencillos mandiles, perneras y gorras de cuero. Por eso Michel, su padre y sus hermanos no llamaron la atención cuando se mezclaron con la gente.

El padre preguntó a los dos monjes bebedores por una posada.

—La mayoría de los albergues y tabernas están junto a las puertas de la ciudad —respondió uno de los hermanos—. Lo mejor es que vayáis a la Puerta de la Sal, allí están los alojamientos más baratos.

Su padre frunció el ceño:

—¿Y en algún otro sitio, por ejemplo junto a la plaza del mercado?

—Junto a la ceca también hay uno. No es muy barato, pero es bueno. No tenéis más que bajar la calle y luego a la derecha… es imposible equivocarse. ¡Que el Señor os acompañe! —dijo el fraile, levantando su jarra a modo de despedida.

La plaza del mercado estaba solo a un tiro de piedra. Se extendía delante de la mayor iglesia que Michel había visto nunca, la catedral de Varennes. La rodeaban casas de piedra y de entramado de madera, de varios pisos de altura. La plaza misma estaba saturada de numerosos puestos, tiendas y mesas de mercadería, sobre las que descollaba una cruz de piedra. Allí campesinos y mercaderes ofrecían sus productos a pesar del hielo y de la nieve, y el aire frío estaba lleno de sus gritos. Sobre las mesas había herramientas, cuchillos afilados y cacharros de barro, y a su lado quesos enteros, pescados ahumados, ropas de todas las formas y colores. Capones y embutidos colgaban de ganchos de hierro, y el vino y la cerveza burbujeaban en los barriles. Los clientes, envueltos como los vendedores en gruesos mantos, paseaban por delante de los puestos, examinaban la mercancía y regateaban los precios. En jaulas de madera apiladas cacareaban pollos y graznaban gansos; para los animales más grandes había corrales en los que se apiñaban cerdos, ovejas y terneros. Mil aromas e impresiones se precipitaron sobre Michel, que no sabía dónde mirar primero. En verdad, el señor Caron no había exagerado: Varennes era un lugar lleno de prodigios.

En varios de los puestos se ofrecía sal. Esperaba, en tripudos recipientes, a sus compradores. Michel recordaba que, en una ocasión, el señor Caron había dicho que la valiosa sustancia era el más importante producto comercial de la ciudad. Venía de una salina en las montañas, donde el oro blanco se obtenía del agua de manantial a través de un costoso proceso. Michel esperaba ver alguna vez aquella misteriosa salina. Porque ni con la mejor voluntad podía imaginarse cómo se hacía sal con agua.

Entretanto había dejado de nevar, y en las nubes bajas se dejaba ver un pálido sol. La ceca de la ciudad, un recio edificio de piedra en el lado sudeste de la plaza, no fue difícil de encontrar. Por las ventanas enrejadas salía el martilleo y golpeteo de los monederos que, por encargo del obispo, acuñaban con plata fundida nuevas monedas de sous y deniers. El albergue que había a su lado tenía aspecto de ser muy confortable. En ese momento, tres hombres ataviados con valiosos abrigos forrados de piel salían del edificio conversando en una lengua extranjera mientras se dirigían a la plaza del mercado.

—Espero que podamos permitirnos entrar aquí —dijo su padre dubitativo.

Cuando caminaban hacia la entrada, Jean dijo de pronto, jadeante:

—¡Padre! ¡Allí!

Michel se dio la vuelta. En una de las calles que desembocaban en la plaza de la catedral había aparecido Guiscard de Thessy. Cabalgaba en dirección al mercado, exigiendo a la gente con ásperas órdenes que le abrieran paso. De los ollares de su corcel de batalla salía una respiración humeante que se mezclaba con el humo de los figones.

Michel quiso correr hacia el albergue, pero su padre lo sujetó.

—¡No! Nos verá antes de que estemos dentro. ¡Volvamos al mercado, deprisa!

Doblaron a escondidas la esquina de la casa y se ocultaron detrás del puesto de un vinatero. Agachado, Michel asomó la cabeza por delante de un montón de toneles vacíos. Delante de la ceca, el caballero había detenido el caballo y dejaba vagar la mirada por el abigarrado laberinto del mercado.

—Ese tipo no se rinde —murmuró su padre—. Tenemos que escondernos en algún sitio. —Señaló un callejón entre dos casas de comercio—. Cuando yo diga «ahora», corred allí.

Guiscard llamó a un muchacho que pasaba, un aprendiz de carpintería. «Está preguntando por nosotros», pensó Michel cuando vio hablar a los dos hombres.

El aprendiz negó con la cabeza y siguió su camino. Con gesto sombrío, Guiscard avanzó por uno de los callejones entre las carpas y corrales.

—Vos —dijo a un vigilante que se calentaba junto a un humeante brasero—. Se me ha escapado un siervo, un campesino llamado Rémy, con sus tres críos. Rubio, alto, hombros anchos. Puede que haya pasado por aquí hacia el mediodía, buscando posada. ¿Lo habéis visto?

—No recuerdo —respondió el vigilante, mientras contemplaba con el ceño fruncido la espada del caballero—. Estáis en el mercado, señor. Aquí está prohibido llevar armas. Tengo que rogaros que abandonéis la plaza o que me entreguéis vuestra espada.

—Vete al diablo —gruñó Guiscard, pero antes de que pudiera seguir cabalgando el vigilante le cortó el paso.

—Violáis la paz del mercado —dijo el hombre—. Puedo prenderos por eso. Vuestra espada. No volveré a decirlo.

Michel estaba tan asombrado que por un momento olvidó su miedo. Nunca había visto a nadie atreverse a hablar con el señor con tal desvergüenza.

Guiscard se puso furioso y empezó a disputar a voz en cuello con el vigilante. Mercaderes y clientes estiraron el cuello y se divirtieron con la confrontación.

—¡Ahora! —susurró el padre de Michel.

Corrieron a través de la plaza. El callejón era angosto, oscuro y sucio. Cajas podridas se acumulaban delante de la pared izquierda, cubiertas por una nieve grisácea. Una figura que llevaba un cesto salió a su encuentro desde las sombras. Cuando iban a pasar de largo ante ella, preguntó de repente:

—¿No eres Rémy, el campesino de Fleury?

—¡Señor Caron! —estalló Jean.

En la penumbra del callejón, Michel no había reconocido al mercader. El hombre de rostro marcado y negra barba tiró el cesto roto con las cajas y sonrió.

—Claro que eres tú. Y has traído también a tus hijos. Jean, Michel y… Vivienne, ¿verdad? ¿Qué os trae a Varennes? ¿Estáis en el mercado con vuestro señor?

—Disculpad, tenemos que irnos —dijo escuetamente su padre. Miró apresurado a Guiscard, que seguía gritando al vigilante. El señor Caron observó su mirada y descubrió al caballero.

—¿Estáis en apuros? —Su sonrisa desapareció.

Sin decir palabra, su padre los empujó a seguir. Mientras corrían hacia el otro extremo del callejón, Michel vio que el señor Caron volvía a mirar a Guiscard.

—Esperad —les gritó—. Quizá pueda ayudaros.

Su padre se volvió hacia él, rodeando a Vivienne con el brazo izquierdo. En su gesto hablaban la desconfianza y la alerta.

El comerciante bajó la voz.

—¿Habéis huido de Fleury?

—¿Qué os importa eso a vos? —respondió ásperamente su padre.

—Suponiendo que así fuera… puedo imaginar que necesitáis un escondite donde meteros hasta que Guiscard haya abandonado vuestra búsqueda.

—Es posible.

—Yo podría ofreceros mi casa.

—¿Por qué habríais de hacerlo?

—Porque, a mis ojos, la esclavitud es un crimen. Porque considero mi deber de cristiano ayudar a todo el que aspire a la libertad. Y porque no puedo soportar a De Thessy —añadió el señor Caron con una fina sonrisa.

El padre de Michel calló. Entretanto, Guiscard se había doblegado por fin ante el vigilante y le había entregado su espada entre maldiciones. Ahora seguía registrando el mercado. Cabalgó a través de la plaza y desapareció al fin de la vista de Michel.

—Puedes confiar en mí, Rémy —dijo el señor Caron—. Solo quiero ayudaros… tienes mi palabra.

—Por favor, padre —imploró Jean—. Vamos con el señor Caron. Michel también quiere. ¿Verdad, Michel?

Michel asintió. Al igual que su hermano, estaba mortalmente cansado y anhelaba una habitación caliente en la que poder descansar. Sencillamente, no podía imaginar que el señor Caron tramara algo.

Pero su padre seguía dudando.

—Seremos una carga para vos.

—Tonterías. Soy un hombre acomodado, si me permites esta inmodesta constatación. Puedo permitirme acoger en mi casa a cuatro huéspedes un día y una noche.

Justo en ese momento Guiscard reapareció. Por lo visto, el caballero había dado la vuelta al mercado y estaba desmontando junto al puesto de un vinatero. Pidió con brusquedad una jarra de vino. No estaba ni a diez varas de la entrada del callejón, y les daba la espalda.

—¡Rápido, por ahí, antes de que os vea! —susurró el señor Caron, internándose en el callejón.

La reaparición de Guiscard había arrebatado al padre la decisión acerca de si era o no sensato confiar en Caron. Sin titubear, cogió con la mano derecha la de Michel y con la izquierda la de Jean y corrió tras el mercader. Llegaron a un callejón más ancho y más luminoso detrás de las casas de comercio y corrieron por la nieve pisoteada a lo largo de un muro de gastados ladrillos, hasta alcanzar un estrecho portillo. El señor Caron lo abrió y los hizo pasar, antes de seguirlos y cerrar la puerta.

—Yo diría que ha faltado poco —dijo, y sus labios volvieron a modelar aquella fina y elegante sonrisa—. Por otra parte, debería estar contento de que De Thessy haya aparecido, de lo contrario nunca me habrías dejado ayudarte.

—No sé cómo daros las gracias —respondió, rígido, el padre de Michel.

—Entremos en la casa. Sin duda tendréis hambre. Me encargaré de que os den algo de comer.

Cruzaron el patio, que junto a los establos incluía un cobertizo con dos carros, un horno de pan, un pequeño huerto y un aljibe con una tapa de madera. Los pollos picoteaban en busca de grano en la nieve sucia y salieron corriendo, cacareando, cuando ellos avanzaron hacia la puerta trasera de la casa.

A pesar de su agotamiento, Michel no salía de su asombro. Nunca había entrado en un edificio de ese tamaño. Era realmente gigantesco… Solo en la planta baja, su cabaña habría entrado entera con facilidad. El vestíbulo constaba de una estancia abovedada y sin ventanas y un portal de doble hoja que daba a la plaza de la catedral. Junto a las paredes había cestos y toneles, y en el aire flotaba un extraño olor a cuero, grasa, hierbas y otras cosas que Michel no sabía nombrar. En un rincón se aseaba un cachorro de gato de color arena. En ese momento, dos criados subían un gran cesto desde el sótano; lo dejaron en el suelo y se secaron el sudor del rostro.

—¿Son esas las velas? —preguntó el señor Caron.

—Sí, amo. Estaban escondidas detrás de los toneles de sal vacíos, por eso no las hemos encontrado enseguida.

—Espléndido. Llevadlas a la abadía de Longchamp. Pero daos prisa, los monjes ya esperan. Y no volváis a dejaros engañar. He acordado con la abadía un sou por vela, y ni un denier menos. Cuando volváis, quitad esos trastos del callejón. Tendré problemas con el encargado de las basuras si se quedan otra noche ahí fuera.

Luego el señor Caron los guió escaleras arriba.

—¡Olive, tenemos invitados! —gritó mirando a la cocina—. Tráenos pan, carne y queso. Y además dos jarras de vino y tres cuencos de leche caliente para los niños.

Entraron en una sala pequeña con chimenea, en la que chisporroteaba el fuego. Michel miró cautivado a su alrededor. Había una larga mesa, sillas revestidas de cuero, un crucifijo de plata encima de la puerta. De las paredes colgaban tapices que representaban escenas de caza y motivos de alegre colorido. Dos grandes ventanales con arcos de medio punto daban a la plaza de la catedral. Estaban tapados con pergamino fino para que el frío viento no pudiera pasar.

—Sentaos, sentaos —les invitó el señor Caron, y tomaron asiento a la mesa.

Su padre suspiró aliviado cuando por fin pudo dejar el cesto y el hato con las cosas. Sentó a Vivienne en una silla libre, y la niña miró a su alrededor con ojos muy abiertos.

—Mira, Michel. —Fascinado, Jean tendió la mano hacia uno de los candelabros de bronce de la mesa.

—No toques —dijo su padre—. ¿Es que no sabes comportarte?

—¿Cuándo salisteis de Fleury? —preguntó el señor Caron.

—En algún momento entre el atardecer y la medianoche.

—Entonces debéis de haber estado caminando toda la noche.

—Solo hemos descansado dos veces. No quería perder tiempo.

—¿Y tus hijos lo han aguantado? Es notable. ¿Qué edad tienen?

—Ocho, seis y dos.

—Por san Jacques, tan jóvenes y ya tan duros. Tienes que estar orgulloso de ellos.

—Sí. —Su padre sonrió—. Lo estoy.

—Cuando hayáis comido, Olive preparará dos bañeras —dijo el señor Caron—. Un baño caliente os hará bien. Quizá tengamos en algún sitio ropa que os valga.

—Por favor —se resistió el padre—, no os toméis molestias por nosotros.

—Nada de reparos. Sois mis invitados. Ah, aquí viene Olive.

Una mujer rolliza entró con una bandeja llena de comida y bebida. Mientras la dejaba encima de la mesa, miró despectiva a Michel, su padre y sus hermanos. Michel se avergonzó un poco de sus pobres vestidos.

Cuando la cocinera vio la rodilla rasguñada de Jean, su gesto se ablandó.

—¿Qué te ha pasado en la rodilla, pequeño?

—Me he caído —respondió Jean, ausente, mirando fijamente la comida.

—Enseguida lo arreglamos. Traeré un poco de ungüento.

—Vamos, comed —dijo el señor Caron.

Michel no necesitó que se lo dijeran dos veces. Hambriento, se lanzó sobre el pan, el queso y el fiambre y tragó cada bocado con un sorbo de leche de cabra. Le pareció que nunca había comido tan bien. Antes de que Jean también pudiera alcanzar las viandas, Olive regresó e insistió en curarle primero la herida. Se quedó sentado con gesto enfurruñado mientras la cocinera le bajaba la pernera rota, le lavaba la herida y le ponía el ungüento. Miraba una y otra vez a Michel, con miedo de que su hermano mayor no dejara nada para él.

Su padre había cogido en brazos a Vivienne y le daba trozos de pan que mojaba en la leche. Aunque también él tenía que estar muy hambriento, titubeaba en probar la comida.

—Bebed antes de que se enfríe el vino —dijo el señor Caron, que se había reclinado en su asiento con su jarra en la mano y los veía comer—. Olive lo ha especiado con miel y ajenjo. Tiene un sabor espléndido.

—Sin duda es caro —dijo el padre.

—¿Y qué importa eso? Bebed. No hay nada mejor para calentarse después de un día al raso.

Titubeante aún, el padre cogió la jarra y brindó con el mercader.

—Tengo dinero —dijo acto seguido—. Insisto en pagaros las viandas y los vestidos.

El señor Caron pareció seriamente ofendido:

—Por última vez: sois mis invitados. Mientras viváis en mi casa no pagaréis por nada. Y no quiero oír una palabra más…

Enmudeció al oír unos golpes sordos. Al parecer, alguien llamaba a la puerta delantera con tanta energía que se oía incluso arriba. El señor Caron se acercó a la ventana.

—¡Es De Thessy! Quedaos sentados —dijo cuando el padre fue a levantarse—. No puede veros.

—Sabía que tendríais problemas por nuestra causa —dijo, agobiado, el padre—. Es mejor que nos vayamos. Podemos salir por el patio antes de que se dé cuenta.

—Nada de eso. Quedaos aquí y comed tranquilamente. Yo me ocuparé de él.

El señor Caron abandonó la sala cerrando la puerta a sus espaldas. Apenas se apagó el eco de sus pasos, el padre dejó a Vivienne en el suelo, abrió un poco la puerta y escuchó. Tampoco Michel y Jean aguantaron en sus asientos. Se precipitaron junto a él y aguzaron el oído.

—Quédate con Vivienne —exigió el padre a Michel en voz baja.

—¡Pero yo también quiero escuchar!

—Haz lo que te digo.

Furioso, Michel fue junto a su hermana, que en ese momento se tambaleaba rumbo a la ventana.

—¡No! —dijo impaciente, y la sujetó antes de que pudiera trepar al banco de piedra del nicho—. Ya has oído lo que ha dicho el señor Caron. Ven, sentémonos al fuego, allí se está caliente.

Por fortuna, Vivienne obedeció. Miraba fascinada las llamas. Entretanto, llegaban de abajo voces amortiguadas.

—Saludos, señor De Thessy —dijo el señor Caron, con no excesiva amabilidad—. ¿Qué os trae a mi casa?

—Lo sabéis muy bien, Caron —gruñó Guiscard—. Quiero recuperar a mis siervos.

—¿Qué siervos?

—No me toméis por necio. Sé que están en vuestra casa. Sois el único al que conocen en este lugar.

—Me temo que no entiendo de qué me habláis —respondió fríamente el señor Caron—. Además, venís en mal momento… ahora mismo tengo mucho que hacer. Dado que a todas luces no puedo ayudaros, os ruego que os vayáis. Os deseo un buen día.

—Dejadme entrar —exigió Guiscard.

—No. —La voz del señor Caron se hizo visiblemente más cortante—. Apartad enseguida el pie de la puerta o llamaré a los alguaciles.

A Michel se le subió el corazón a la garganta. Creía capaz a Guiscard de matar al señor Caron y entrar en la casa por la fuerza.

—Son de mi propiedad —ladró Guiscard—. ¡Lo que hacéis es un robo! Os pediré cuentas por esto.

—¡Aquí no estáis en vuestras tierras, donde podéis portaros como un salteador de caminos! —le increpó el señor Caron—. Aquí tan solo rigen las leyes de Varennes, y las respetaréis si no queréis que os echen de la ciudad como a un miserable bandolero. ¡Guardias! Este hombre me está molestando.

—Sois un truhán y un embustero, Caron —gruñó el caballero—. ¡Sabed que habéis dejado de hacer negocios con mis campesinos!

La puerta de la casa se cerró. Michel corrió junto a su padre, que lo apretó contra sí junto a Jean.

—No tengáis miedo… todo irá bien —murmuraba aquel hombre recio mientras les acariciaba el pelo con sus manos callosas.

Poco después entró el señor Caron y se dirigió hacia la ventana.

—Se va. Creo que tiene bastante por el momento.

—Eso ha sido muy valeroso por vuestra parte —dijo el padre—. No ha faltado mucho para que os atacara.

—No se habría atrevido. Sabe muy bien que aquí no tiene nada que decir.

—Por nuestra culpa os ha prohibido vender vuestras mercancías en Fleury.

—Bah, no es más que una amenaza vacía. Si realmente me impide practicar el comercio en sus tierras lo denunciaré al gremio de mercaderes, y entonces ya veremos de dónde saca en el futuro sal, especias y nuevas armas. No, no se arriesgará a eso. Pero por el momento ya es suficiente. Comed de una vez, para que podáis tomar un baño.

Ahora que la fuga había terminado al fin, el padre se relajó y abandonó su reticencia hacia el señor Caron. Le habló a su anfitrión, en la forma amable y sincera que le era propia, de la vida en Fleury, mientras los dos hombres se bebían el vino. El comerciante escuchó atentamente y se mostró conmocionado por la situación del poblado campesino.

—Sabía que De Thessy trataba con dureza a sus siervos, pero no pensaba que la cosa fuera tan grave. Cuando se va a un pueblo desconocido una o dos veces al mes, no se sabe demasiado de la vida de los campesinos. Sea como fuere, escapar a Varennes ha sido la decisión correcta, Rémy. Nuestro gobernante, el obispo Jean-Pierre, también es un tirano, pero jamás apalearía sin motivo a uno de sus ciudadanos.

Olive entró.

—El agua está lista, amo.

Siguieron a la cocinera hasta el lavadero, donde había dos tinas de madera. El agua estaba tan caliente que humeaba en el aire frío. Se desnudaron y se metieron en ellas. Jean y Michel compartieron una, su padre y Vivienne la otra.

—¿Qué es esto, padre? —Jean señalaba un bloque de color de sebo que yacía en un escabel junto a los cepillos.

Su padre lo cogió y lo olisqueó.

—Jabón, creo. Se emplea para lavar.

Titubeando, se frotó el brazo con él, y de hecho la suciedad se desprendía mucho más fácilmente. Partió en dos el bloque y dio una mitad a Michel, que se frotó entusiasmado.

—¡Déjame a mí también! —exigió Jean.

Se cepillaron la suciedad de la piel y se lavaron los cabellos. Cuando terminaron, se secaron con toscas toallas de lana y valoraron los vestidos que Olive les había preparado. Se parecían a sus sayos y calzones, pero eran de mejor calidad, y encima estaban limpios. Michel aceptó gustoso aunque su sobretodo fuera un poco grande.

Mientras se ponían los zapatos entró el señor Caron con una vela en la mano.

—Magnífico. Después de un baño uno se siente un hombre nuevo, ¿verdad? Dejad aquí vuestras cosas, Olive las lavará después. Os enseñaré dónde vais a dormir esta noche.

Desde la cocina llegaron a otra estancia —«¿Cuántas habitaciones más tiene esta casa?», se preguntó Michel— en la que había varias camas. Una ventana daba al patio. Volvía a nevar, y ya atardecía.

—Aquí vive la servidumbre —explicó el señor Caron—. Guy y Ayol están en casa de mi hermana, con mi esposa y los niños. No volverán hasta mañana. Hasta entonces, podéis usar sus camas.

Jean bostezó, como si la visión de los lechos le hubiera recordado lo cansado que estaba. Su padre dijo:

—Lo mejor será que os acostéis ya. Apenas podéis mantener los ojos abiertos.

—Todavía no, padre —imploró Michel—. Aún es muy temprano.

—A más tardar dentro de media hora habrá oscurecido. Además, habéis estado en pie toda la noche. Vamos, a la cama. Quiero que mañana estéis descansados.

Refunfuñando, Michel se desnudó. Jean en cambio se metió sin protestar debajo de las mantas y se durmió en el acto. También Vivienne estaba dormitando apenas cerró los ojos.

—Hoy has sido muy valiente… estoy orgulloso de ti —dijo el padre a Michel, y le acarició el pelo—. Que duermas bien, primogénito mío.

El señor Caron y él salieron del cuarto de la servidumbre. Cuando Michel se metió en la cama, pensó que sin duda estaba demasiado excitado como para poder dormir. Varennes era mucho más extraño y maravilloso de lo que él hubiera creído posible… Tan solo en aquella casa había tanto que descubrir, tantas cosas espléndidas y exquisitas que admirar, que nunca tendría bastante. Por un momento consideró la posibilidad de salir del cuarto sin hacer ruido y echar un vistazo a las otras habitaciones. Pero apenas estuvo en la cama junto a sus hermanos le acometió un plúmbeo cansancio. «Si pudiéramos quedarnos para siempre en casa del señor Caron», pensó somnoliento. Por fin los párpados le pesaron, y cayó en un profundo sueño sin ensoñaciones.

En algún momento lo despertó el chirriar de la puerta. Olive y las otras criadas entraron y se metieron sin ruido en sus camas. La cocinera roncaba de un modo tan terrible que Michel no logró volver a dormirse.

Escuchó las voces que venían atenuadas de la sala vecina. Aunque ya era entrada la noche, su padre y el señor Caron seguían juntos y hablaban. Michel se puso los calzones y abrió la puerta. Las bisagras chirriaron; Olive se giró de un lado al otro y volvió a roncar de tal modo que la cama tembló. Descalzo, el chico salió al oscuro pasillo, se deslizó por el suelo helado hasta la puerta de la sala, bajo la que salía una estrecha franja de luz, y pegó la oreja a la madera.

—… naturalmente, un puente propio sería lo mejor —estaba explicando el señor Caron—, pero mientras los funcionarios sigan mandando en el gremio, todo quedará en nada. Quieren que todo siga como está. Entretanto, he renunciado a discutir con ellos. Tienen al obispo de su parte… y contra eso, uno está impotente.

El silencio se impuso. Michel imaginó que los dos hombres estaban bebiendo de sus copas de vino.

—Volviendo a De Thessy —dijo el señor Caron—. Espero que te des cuenta de que no cederá. Hoy se ha sometido pero, si le conozco, volverá a intentarlo. Quizá no sea mañana o la semana próxima… pero seguro que en algún momento.

—Lo sé —dijo el padre de Michel.

—No será fácil para vosotros. Tiene un año entero para devolveros a sus tierras, y no podéis estar alerta todo el tiempo. Probablemente golpeará cuando menos lo esperéis.

—Cuidaré de que no nos encuentre.

—¿Y cómo? Varennes no es grande. Aquí todos conocen a todos, y muy pronto se corre la voz cuando hay gente nueva en la ciudad. Se enterará de dónde estáis, y ay de ti si para entonces no tienes un amo que te proteja de él. —El señor Caron titubeó—. Creo que lo mejor sería que por el momento os quedarais conmigo. Aquí estaríais seguros, porque dudo que De Thessy vuelva a atreverse a enfrentarse conmigo.

Michel contuvo el aliento. «Di que sí», le habría gustado gritarle a su padre. «¡Por favor, di que sí!»

—Eso no puede ser. —La voz de su padre volvía a sonar tan rígida como por la mañana—. No puedo aceptarlo.

—Quizá puedas dejar que me explique antes de rechazar mi propuesta —respondió con paciencia el señor Caron—. No tengo la intención de dejaros vivir gratis en mi casa. Naturalmente, tendrás que trabajar para ganarte el sustento. Los negocios van bien, y de todas maneras tenía intención de contratar un nuevo mozo. Me vienes que ni pintado. Eres inteligente, cortés y con sentido de la responsabilidad, y estás acostumbrado a trabajar duro.

—¿Cuáles serían mis tareas? —preguntó el padre de Michel.

—Me ayudarás a cargar y descargar las mercancías, te ocuparás de las bestias de carga y harás todos los trabajos que surjan en la casa, reparaciones, dar de comer a los animales y esas cosas. Además de llevar mensajes y cargamentos a la ciudad y al obispado. ¿Sabes guiar un carro de bueyes?

—Claro.

—Como salario te pagaré quince deniers a la semana. Puede que no te parezca mucho, pero a cambio no tienes que pagar nada por el alojamiento. Os daré dos comidas gratis al día y vestidos nuevos una vez al año. ¿Estás de acuerdo?

A Michel se le subía el corazón a la garganta. ¿A qué esperaba su padre?

—Solo lo hacéis porque sentís compasión por nosotros.

El señor Caron se echó a reír.

—Eres incorregible. Sencillamente incorregible. No, no os compadezco en modo alguno; muy al contrario, admiro tu coraje. No sé si en tu lugar habría tenido el valor de abandonar mi pueblo natal en medio de la noche y aventurarme a lo desconocido con tres niños pequeños. Tienes mi palabra, Rémy: es verdad que necesito un nuevo mozo, y me pareces la persona adecuada. No hay nada detrás… pongo a san Jacques por testigo. Bueno, ¿qué contestas?

A Michel le pareció que pasaba una eternidad hasta que su padre respondió por fin:

—De acuerdo.

Michel apenas podía contener su alegría. Su deseo se había hecho realidad… ¡se quedaban allí! Estuvo a punto de gritar.

—Bebamos por eso —dijo el señor Caron, y Michel oyó que servía más vino y los dos hombres entrechocaban sus copas—. Puedes empezar mañana mismo. Hay que vaciar la bodega, y seguro que André y Huon se alegrarán de contar con otro par de manos.

—Ya es tarde —dijo el padre de Michel—. Debería irme a la cama.

—Cierto —respondió el señor Caron—. Buenas noches, Rémy. Que Dios te bendiga.

Cuando su padre echó atrás la silla, Michel volvió al cuarto de los criados, se escurrió dentro de la cama con sus hermanos y se hizo el dormido. Poco después entró su padre. Michel oyó cómo se desnudaba y se encaramaba al lecho vecino.

«Nos quedamos aquí», pensaba una y otra vez. «¡Nos quedamos aquí!»

Por fin se le cerraron los ojos, y esta vez durmió hasta el día siguiente.

Ya estaba claro cuando despertó. Una turbia luz de invierno entraba por la ventana y caía sobre las camas vacías y abiertas. «¿Dónde están todos?», se preguntó sorprendido. Solo Jean y Vivienne seguían allí. Yacían a su lado y dormían profundamente. La cesta con sus cosas seguía en un rincón.

Oyó ruidos que venían del patio. Desnudo, bajó de la cama y se acercó a la ventana. Durante la noche había nevado mucho, y en el patio y en los tejados de los edificios había una capa de nieve reciente. Su padre y otros dos criados sacaban al patio cajas vacías y las tiraban en un carromato.

«No ha sido un sueño», pensó Michel. «Padre trabaja de veras para el señor Caron.» Una ancha sonrisa apareció en su rostro… antes de darse cuenta del frío que hacía en la habitación. Temblando, agarró sus vestidos del respaldo de la silla y se vistió.

En una mesita habían dejado un poco de pan, queso y leche fresca para ellos. Al parecer, su padre y los otros criados se habían levantado hacía rato, pero les habían dejado dormir a él y a sus hermanos. Michel se sentía muy descansado… más aún, estaba pletórico de ganas de hacer cosas. Apenas podía esperar para explorar el resto de la casa.

Decidió no despertar a Jean y Vivienne, se metió un poco de pan y de queso en la boca y salió de la estancia.

En todo el piso no parecía haber nadie. También Olive se había ido, según pudo comprobar echando una mirada a la cocina. Sin dejar de masticar, miró por la ventana que había al final del pasillo y vio que otra vez había mercado en la plaza de la catedral. Recordó oscuramente que en una de sus visitas a Fleury el señor Caron había dicho que en Varennes había mercado todos los días, excepto los domingos y fiestas de guardar.

Y ahí estaba también Olive. En ese momento, la cocinera caminaba a lo largo de los puestos con un cesto en la mano, examinaba el pescado en salmuera e intercambiaba bromas con los mercaderes.

—Tú eres Michel de Fleury, ¿verdad?

Sobresaltado, se volvió, a punto de atragantarse con el pan. Delante de él estaba un muchacho pálido, de su edad, tal vez un poco menos. Era media cabeza más alto que Michel y llevaba perneras y un jubón claro, ambos de paño fino. Su pelo negro estaba limpiamente cortado y peinado.

Michel asintió.

—Soy Gaspard —dijo el chico—. Mi padre ha dicho que os guíe por la casa y os lo enseñe todo cuando os despertéis. ¿Dónde están tu hermano y tu hermana?

—Duermen aún.

—Entonces te lo enseñaré a ti. Ven conmigo.

Solo entonces Michel se dio cuenta de que estaba hablando con el hijo del señor Caron. Curioso, siguió escaleras arriba al muchacho de negros cabellos.

—Aquí arriba vivimos mis padres, mi hermana Isabelle y yo —explicó Gaspard al llegar al segundo piso—. Mi padre trabaja en el cuarto de ahí detrás. Nadie más que él puede entrar allí, porque es donde guarda nuestro dinero y los libros de cuentas. Solo a mí me deja entrar a veces, para que aprenda cómo hace negocios un mercader —añadió no sin orgullo Gaspard.

Michel no tenía ni la más mínima idea de qué podían ser los libros de cuentas. El único libro que había visto era la Biblia del padre Bruyant, que iba a Fleury dos veces a la semana y todos los domingos a decir la sagrada misa.

—Por ahí se va a la sala. —Gaspard abrió una puerta tras de la que se hallaba una confortable estancia con chimenea, una mesa finamente trabajada y arcones de madera oscura.

En el suelo, una chiquilla rubia que podía tener cuatro años hurgaba en un baúl. A su lado estaba el gato de color arena.

El gesto de Gaspard se ensombreció.

—¿Qué haces? ¡Ya te he dicho cien veces que dejes mis cosas! ¿Por qué no estás con madre abajo?

La chiquilla, obviamente su hermana, le lanzó una mirada enfurruñada y siguió revolviendo en sus cosas, nada impresionada por su enfado. Gaspard se precipitó dentro de la sala y la apartó del baúl con brusquedad.

—¡Idiota! —gritó Isabelle—. ¡Déjame!

Aunque Gaspard era mucho más alto y fuerte, ella se revolvió con todas sus fuerzas y le dio un puñetazo en la tripa. Luego salió corriendo por la puerta, le sacó la lengua y corrió escaleras abajo, seguida por el gato.

Con los labios apretados, Gaspard sacó del baúl una figura de madera y la examinó concienzudamente por todas partes. Era un caballero pintado, con lanza y escudo. Michel se sentó junto a Gaspard y echó una mirada dentro del baúl. Contenía otros juguetes, los más espléndidos que nunca había visto. Caballos de madera, algunos incluso con jine ...