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LA SALVAJE DE BOSTON

Gloria V. Casañas  

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Fragmento

Cerca de Bahía Blanca, abril de 1870

Despertó atemorizada por el temblor del suelo bajo las patas de los caballos.

Afuera resonaban alaridos mezclados con disparos y secos golpes de boleadoras.

Adentro, crepitaba un fuego suave bajo la luz que filtraban las rendijas de los cueros.

Se arrebujó en su manta y cerró los ojos para pensar.

La abuela le había dicho que cuando tuviese temor o se sintiera triste pensara en el espíritu de sus padres muertos, para que vinieran a acompañarla.

—Los muertos sólo se van si los olvidamos —le dijo.

Livia pensó y pensó, con todo el ímpetu de su pequeño corazón, pero el ruido de afuera era demasiado fuerte para sus débiles pensamientos.

—Koñiwe —murmuró llamando a su madre.

La había perdido a la corta edad de tres años, cuando empezaba a gozar de la vida en la toldería. Recordaba los cabellos rubios de aquella mujer que la acunaba con dulces palabras de un idioma que ella aprendió de sus labios. Su koñiwe era una mujer triste cuya única alegría era jugar con su hijita, aunque Livia la vio esconder el rostro bañado en lágrimas mientras la mecía. Nunca supo la razón de aquella tristeza. Y la abuela tampoco se lo dijo, pese a que solía hablarle mucho. Pobre abuela, había perdido también a su hijo, pues la viruela se llevó a los esposos de un solo golpe de guadaña. Estaban enterrados allí mismo, tras el montecito de caldenes, en el arenal.

La rueda de los pensamientos siguió girando. Tenía razón su cucu, pensar ayudaba a olvidar lo malo de afuera.

Livia recordó a su padre, fiero y orgulloso, salvo cuando la miraba a ella. Entonces sus ojos negros se achinaban en una sonrisa. Su padre era de la estirpe de Cañumil, llevaba su sangre y Livia sabía que eso la convertía en una privilegiada entre los niños indios.

Al quedar huérfana, el cacique extendió sobre ella su mano protectora.

—Tatay —dijo entre los pliegues de la manta, para llamar también a su padre.

Si habían acudido, no estaban afuera, donde los llantos y los gritos se elevaban al cielo. Livia se cubrió por completo la cabeza también rubia con las mantas tejidas.

—¡Weñi domó!

La voz de la abuela irrumpió en sus pensamientos y la sacó del ensueño.

Sonaba dura y apremiante. Livia asomó la cabecita y la vio sacudir los brazos como aspas.

—¡Apurate, que están viniendo! —clamó—. Agarrate de mi tamail y metete debajo. Una vieja corriendo no les va a importar.

La niña se guareció bajo la túnica que cubría el esmirriado cuerpo de su abuela y, aferrada a la tela, se dejó arrastrar fuera del toldo, hacia el griterío y el horror, en medio de la humareda y el estampido de los fusiles. Enroscó sus piernitas flacas en el muslo descarnado de su cucu, y a sabiendas de que debía permanecer callada y hacerse invisible, se dejó llevar fuera del círculo de los toldos, hacia el caldenar. Miró el suelo, donde ya se formaban regueros de sangre. Pudo ver algunas cabezas cortadas rodando entre los pies de su abuela. Prestó atención, para ver si las conocía.

Estaba la machi, con sus ojos fijos, empequeñecidos por las arrugas. El cielo se iba apagando en ellos. Los pies desnudos de la cucu no vacilaron en patear esa cabeza desgreñada para que no le estorbara el paso.

Vio al hijo mayor de Cañumil, el que iba a ser su hombre cuando ella creciera. Ya no sonreían sus ojos de carbón, tenían una horrible expresión que Livia no quiso recordar.

Cerró los suyos con fuerza, y volvió a llamar a sus padres con la mente.

La abuela había llegado al monte. Sus pies hollaban espinos y rocas para salvar a la nieta.

Corrió, jadeó, y por fin se dejó caer entre los arbustos, aplastando el cuerpecito de Livia.

La niña no respiraba casi. Obediente, se mantenía como se esperaba de ella. La abuela olía a humo y a otra cosa que Livia no alcanzó a identificar, y que con el tiempo descubrió que era el olor del miedo.

Permanecieron así, pegadas al arenal, hasta que los aullidos cesaron y la tarde se fue muriendo hacia el oeste. El viento fresco comenzó a silbarles en los oídos. La niña podía escuchar el latido del corazón de su abuela, que iba recuperando el ritmo. Se impuso seguirlo, para ayudarla a resistir.

—Cucu, no te vayas —gimió en su interior.

El corazón de Livia se acomodó al latido del otro, y en ese propósito halló sosiego a sus temores.

El anochecer despuntó las primeras estrellas.

—Vamos, pichi-cucu —le dijo la vieja de pronto, y Livia vio por fin el cielo y la tierra.

La calma posterior a las batallas era el momento propicio para honrar a los muertos, pero esta vez no lo harían de ese modo, al parecer la abuela tenía otros planes.

Sin preguntar si Livia estaba cansada o tenía hambre, la vieja india resolvió seguir caminando. Le aferró la mano con dureza, clavándole los huesos, y la arrastró sin miramientos hacia el confín de la noche.

La pequeña miró al cielo y contempló la oscuridad estrellada. Una punta de lanza como la que usaba el hijo de Cañumil le mostró la dirección que seguían. Livia se tranquilizó pensando que el espíritu de sus padres las estaba guiando.

Ya no volverían a la tierra de sus antepasados.

La abuela, sin saberlo, había cambiado el destino de aquella niña mestiza.

PRIMERA PARTE

NEWPORT
El secreto en el mar

CAPÍTULO 1

Ciudad de Buenos Aires, junio de 1891

La señorita Peck observó a la mujer que tenía enfrente, sentada con la espalda erguida y una serenidad poco habitual. Poseía un rostro extraño, exótico. Había en él rasgos suaves y rudos combinados, y ella no hubiese podido descifrar cuáles eran unos y otros.

El cabello casi rubio peinado en un rodete tirante, sin artificios, hablaba de austeridad.

Lo mismo hubiera podido decirse de su vestimenta: una falda larga y sosa, una blusa color crema sin puntillas ni volados, y una chaqueta oscura cubriéndolo todo. Los guantes de cabritilla eran un detalle, pero la señorita Peck habría jurado que no le pertenecían. Aquella mujer tenía manos demasiado grandes para ese primor. Y no le importaba disimularlas con anillos o pulseras. Eran magníficas manos fuertes y desnudas, capaces de consolar a un niño y tomar una azada al mismo tiempo.

Se ajustó las gafas y miró con atención el papel que la extraña dama le había entregado.

Allí desbordaban las recomendaciones sobre Livia Cañumil.

Entre todas, sobresalían dos que ella estimaba mucho: la de Juana Manso, febril colaboradora de Domingo Faustino Sarmiento durante su presidencia y aun después, y la de Elizabeth O’Connor, una de las pioneras que se atrevieron a dejar los Estados Unidos de América para fundar escuelas Normales en la República Argentina.

Eran referencias que no podía desdeñar. La señorita Cañumil había sido alumna de Elizabeth en la laguna de Mar Chiquita, y siguió sus pasos cuando la maestra se trasladó al Tucumán para colaborar con el señor William Stearn en la fundación de su escuela.

Había tomado el curso de aplicación primero, luego el de formación de maestros, y por fin realizó sus prácticas en Buenos Aires, con tanto éxito que se la disputaban varios colegios. No era para menos, si había enseñado bajo la tutela de Mary Olstine Graham también.

Los papeles que la señorita Peck leía y releía decían que Livia Cañumil había acompañado a Miss Mary a La Plata cuando la maestra dejó San Juan para dedicarse a organizar en la nueva capital de la provincia una escuela Normal.

“La verdad debe ir siempre adelante”, era el lema de Mary Graham, y sin duda aquella otra maestra debía de compartirlo. Así lo proclamaba su tranquila y paciente aceptación del escrutinio a que estaba siendo sometida.

—Señorita Cañumil —y forzó un poco la pronunciación que nunca le resultaba del todo fácil.

Livia alzó la barbilla y fijó sus ojos en los de su interlocutora. Entendía que su futuro dependía de la impresión que causase, y si bien confiaba en sus propios méritos, sabía también que había cientos de imponderables en esa empresa que anhelaba acometer.

Entre otras cosas, porque se lo debía a su abuela.

—Dice acá que desea usted perfeccionarse en la enseñanza de los kindergarten. ¿Por qué hacerlo allá en mi país, cuando aquí mismo hubo pioneras que dejaron su legado? Sin ir más lejos, Mrs. Sarah de Eccleston trajo a esta tierra la prédica de Elizabeth Peabody. No entiendo por qué insiste usted en conocer de primera mano una experiencia que, a mi juicio, se ha desarrollado aquí más rápido incluso que en Norteamérica.

—Señorita Peck —comenzó Livia con un tono de voz grave y de extrañas resonancias.

—Por favor, llámeme Annie. Yo la llamaré Livia.

—Señorita Annie, me interesan también las ideas que hay debajo de esa enseñanza.

—Explíqueme eso.

Annie Peck se acodó sobre el escritorio con franca curiosidad por los motivos que aquella mujer todavía joven tendría en salir de su mundo para enfrentarse a lo desconocido, en lugar de cosechar los frutos de una educación tan bien adquirida. Claro que la señorita Peck fingía un poco, dado que ella misma era un espíritu disconforme.

—Misely —dijo Livia, y enseguida aclaró—, mi primera maestra, me presentó en sus tertulias a varias respetables señoras venidas de su país, que hablaban sobre las escuelas de enfermería para mujeres, el voto femenino, la igualdad en el trabajo… Pienso que, aunque esté enseñando a niños pequeños, es bueno conocer las ideas modernas que ellos deberán aceptar y defender. Yo aprendí con Elizabeth O’Connor cosas que ni ella se imagina, y no fue precisamente en el aula, sino fuera de ella. Es por esto que abrigo la esperanza de profundizar en el conocimiento del mundo en beneficio de mis alumnos. No planeo quedarme allá, sino traer a mi tierra las novedades.

La señorita Peck mantuvo la mirada de Livia unos instantes. Había quedado hechizada por la monotonía de su voz y por esos ojos verdosos que le recordaban a los felinos en la jungla. Los pómulos marcados acentuaban esa impresión.

Livia Cañumil era una tigresa. Carraspeó antes de contestar.

—Bien, es una pretensión loable y no seré yo quien se la impida. En especial si me lo solicitan personas tan respetadas en su profesión. Creo que se espera de mí que la conecte con alguien capaz de presentarla a la sociedad intelectual y de conseguirle un trabajo para su supervivencia.

—Eso sería formidable —repuso Livia, manifestando por primera vez un signo de entusiasmo.

Había levantado las manos para cruzarlas sobre el escritorio en un gesto que parecía de súplica, y que no engañó a Annie. Esa joven no rogaba, pedía algo de lo que se sabía merecedora.

Le preocupaba la falta de referencias personales. Livia Cañumil sobresalía por su don innato para tratar a los niños, su inteligencia clara y su temperamento firme, pero en los papeles nadie decía nada sobre su situación familiar. Allí no se mencionaba prometido, mucho menos hijos habidos de un matrimonio deshecho por la muerte del esposo, como el caso de Sarah Eccleston; tampoco se conocía que hubiera padres o familiares lejanos para dar cuenta de la vida de la señorita Cañumil. Eso no había constituido un problema para que la joven desempeñase su rol en las escuelas, y sin embargo a la señorita Peck le corroía la duda de que no fuese tan fácil aparecerse allá en Norteamérica como salida de una cueva remota, sin lazos aparentes con ninguna persona. A pesar del progresismo de esas ideas que Livia tanto anhelaba conocer, la sociedad de Nueva Inglaterra era bastante conservadora. Sólo unos cuantos vivían a su modo, imbuidos de una universalidad filosófica que pocos compartían, y a costa de severos dolores de cabeza. Se preguntó adónde estaría enviando a Livia Cañumil, después de todo. Espíritus libres como el de ella se encontraban a menudo con vientos cruzados.

Debía preguntarle, no podía soslayar el tema.

—¿Hay… eh… algún compromiso en su vida personal, señorita Livia? ¿Alguien que pueda quizá obstaculizar con el tiempo su viaje? Porque si es así, es preferible saberlo para no formarse expectativas desmesuradas. Es mi deber indagar —agregó de prisa, algo turbada por su indiscreción.

A Livia no pareció molestarle.

—No me he casado ni pienso hacerlo.

—Bueno, es pronto para tomar esa decisión, creo yo. Las jóvenes como usted, y como lo fui yo, debo decirle, a veces nos volvemos dramáticas. La vida dirá si se casa usted o no. Mi pregunta era sólo para saber qué decir a la persona que recibirá mi solicitud. ¿De dónde es oriunda, Livia?

Annie Peck ya apuntaba con el lápiz sobre el papel para consignar la respuesta, cuando la escuchó decir algo que congeló su gesto.

—Mi tribu fue diezmada, por eso me crié entre los pampas de la laguna.

Una declaración de vida corrupta, adulterio o bastardía no habría logrado impresionarla más. La señorita Peck lamentó saber que Livia era de sangre india, porque en su país se había luchado encarnizadamente contra los nativos y no veía que, pese a la avanzada civilización desplegada en el Este, resultase fácil aceptar en la sociedad a una mestiza.

Ya entendía la razón de aquella combinación inusual de rasgos, el contraste de la tez mate con el cabello rubio, el verde de los ojos achinados y la boca ancha en un rostro anguloso.

Repiqueteó con la punta del lápiz una y otra vez. ¿Cómo decirlo? Se avergonzaba de sus propias dudas y resquemores. ¡Tan luego ella, que desafió al mundo entero con su afición por escalar montañas!

—Querida —comenzó con suavidad—, me atrevo a sugerirle que no diga esto tan abiertamente. Verá, le hablo como amiga y colega. Yo también he sido maestra, y he estudiado en Michigan y en la Escuela Americana de Atenas. Allí encontré mi pasión, el montañismo.

Una sonrisa leve se dibujó en los labios de Livia al escuchar eso.

—Imagínese —continuó Annie— si habré escandalizado a mis padres. Con todo, ellos me dieron una educación privilegiada, y podían suponer que eso me llevaría por

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