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LA SALVAJE DE BOSTON

Gloria V. Casañas

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Fragmento

Cerca de Bahía Blanca, abril de 1870

Despertó atemorizada por el temblor del suelo bajo las patas de los caballos.

Afuera resonaban alaridos mezclados con disparos y secos golpes de boleadoras.

Adentro, crepitaba un fuego suave bajo la luz que filtraban las rendijas de los cueros.

Se arrebujó en su manta y cerró los ojos para pensar.

La abuela le había dicho que cuando tuviese temor o se sintiera triste pensara en el espíritu de sus padres muertos, para que vinieran a acompañarla.

—Los muertos sólo se van si los olvidamos —le dijo.

Livia pensó y pensó, con todo el ímpetu de su pequeño corazón, pero el ruido de afuera era demasiado fuerte para sus débiles pensamientos.

—Koñiwe —murmuró llamando a su madre.

La había perdido a la corta edad de tres años, cuando empezaba a gozar de la vida en la toldería. Recordaba los cabellos rubios de aquella mujer que la acunaba con dulces palabras de un idioma que ella aprendió de sus labios. Su koñiwe era una mujer triste cuya única alegría era jugar con su hijita, aunque Livia la vio esconder el rostro bañado en lágrimas mientras la mecía. Nunca supo la razón de aquella tristeza. Y la abuela tampoco se lo dijo, pese a que solía hablarle mucho. Pobre abuela, había perdido también a su hijo, pues la viruela se llevó a los esposos de un solo golpe de guadaña. Estaban enterrados allí mismo, tras el montecito de caldenes, en el arenal.

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La rueda de los pensamientos siguió girando. Tenía razón su cucu, pensar ayudaba a olvidar lo malo de afuera.

Livia recordó a su padre, fiero y orgulloso, salvo cuando la miraba a ella. Entonces sus ojos negros se achinaban en una sonrisa. Su padre era de la estirpe de Cañumil, llevaba su sangre y Livia sabía que eso la convertía en una privilegiada entre los niños indios.

Al quedar huérfana, el cacique extendió sobre ella su mano protectora.

—Tatay —dijo entre los pliegues de la manta, para llamar también a su padre.

Si habían acudido, no estaban afuera, donde los llantos y los gritos se elevaban al cielo. Livia se cubrió por completo la cabeza también rubia con las mantas tejidas.

—¡Weñi domó!

La voz de la abuela irrumpió en sus pensamientos y la sacó del ensueño.

Sonaba dura y apremiante. Livia asomó la cabecita y la vio sacudir los brazos como aspas.

—¡Apurate, que están viniendo! —clamó—. Agarrate de mi tamail y metete debajo. Una vieja corriendo no les va a importar.

La niña se guareció bajo la túnica que cubría el esmirriado cuerpo de su abuela y, aferrada a la tela, se dejó arrastrar fuera del toldo, hacia el griterío y el horror, en medio de la humareda y el estampido de los fusiles. Enroscó sus piernitas flacas en el muslo descarnado de su cucu, y a sabiendas de que debía permanecer callada y hacerse invisible, se dejó llevar fuera del círculo de los toldos, hacia el caldenar. Miró el suelo, donde ya se formaban regueros de sangre. Pudo ver algunas cabezas cortadas rodando entre los pies de su abuela. Prestó atención, para ver si las conocía.

Estaba la machi, con sus ojos fijos, empequeñecidos por las arrugas. El cielo se iba apagando en ellos. Los pies desnudos de la cucu no vacilaron en patear esa cabeza desgreñada para que no le estorbara el paso.

Vio al hijo mayor de Cañumil, el que iba a ser su hombre cuando ella creciera. Ya no sonreían sus ojos de carbón, tenían una horrible expresión que Livia no quiso recordar.

Cerró los suyos con fuerza, y volvió a llamar a sus padres con la mente.

La abuela había llegado al monte. Sus pies hollaban espinos y rocas para salvar a la nieta.

Corrió, jadeó, y por fin se dejó caer entre los arbustos, aplastando el cuerpecito de Livia.

La niña no respiraba casi. Obediente, se mantenía como se esperaba de ella. La abuela olía a humo y a otra cosa que Livia no alcanzó a identificar, y que con el tiempo descubrió que era el olor del miedo.

Permanecieron así, pegadas al arenal, hasta que los aullidos cesaron y la tarde se fue muriendo hacia el oeste. El viento fresco comenzó a silbarles en los oídos. La niña podía escuchar el latido del corazón de su abuela, que iba recuperando el ritmo. Se impuso seguirlo, para ayudarla a resistir.

—Cucu, no te vayas —gimió en su interior.

El corazón de Livia se acomodó al latido del otro, y en ese propósito halló sosiego a sus temores.

El anochecer despuntó las primeras estrellas.

—Vamos, pichi-cucu —le dijo la vieja de pronto, y Livia vio por fin el cielo y la tierra.

La calma posterior a las batallas era el momento propicio para honrar a los muertos, pero esta vez no lo harían de ese modo, al parecer la abuela tenía otros planes.

Sin preguntar si Livia estaba cansada o tenía hambre, la vieja india resolvió seguir caminando. Le aferró la mano con dureza, clavándole los huesos, y la arrastró sin miramientos hacia el confín de la noche.

La pequeña miró al cielo y contempló la oscuridad estrellada. Una punta de lanza como la que usaba el hijo de Cañumil le mostró la dirección que seguían. Livia se tranquilizó pensando que el espíritu de sus padres las estaba guiando.

Ya no volverían a la tierra de sus antepasados.

La abuela, sin saberlo, había cambiado el destino de aquella niña mestiza.

PRIMERA PARTE

NEWPORT
El secreto en el mar

CAPÍTULO 1

Ciudad de Buenos Aires, junio de 1891

La señorita Peck observó a la mujer que tenía enfrente, sentada con la espalda erguida y una serenidad poco habitual. Poseía un rostro extraño, exótico. Había en él rasgos suaves y rudos combinados, y ella no hubiese podido descifrar cuáles eran unos y otros.

El cabello casi rubio peinado en un rodete tirante, sin artificios, hablaba de austeridad.

Lo mismo hubiera podido decirse de su vestimenta: una falda larga y sosa, una blusa color crema sin puntillas ni volados, y una chaqueta oscura cubriéndolo todo. Los guantes de cabritilla eran un detalle, pero la señorita Peck habría jurado que no le pertenecían. Aquella mujer tenía manos demasiado grandes para ese primor. Y no le importaba disimularlas con anillos o pulseras. Eran magníficas manos fuertes y desnudas, capaces de consolar a un niño y tomar una azada al mismo tiempo.

Se ajustó las gafas y miró con atención el papel que la extraña dama le había entregado.

Allí desbordaban las recomendaciones sobre Livia Cañumil.

Entre todas, sobresalían dos que ella estimaba mucho: la de Juana Manso, febril colaboradora de Domingo Faustino Sarmiento durante su presidencia y aun después, y la de Elizabeth O’Connor, una de las pioneras que se atrevieron a dejar los Estados Unidos de América para fundar escuelas Normales en la República Argentina.

Eran referencias que no podía desdeñar. La señorita Cañumil había sido alumna de Elizabeth en la laguna de Mar Chiquita, y siguió sus pasos cuando la maestra se trasladó al Tucumán para colaborar con el señor William Stearn en la fundación de su escuela.

Había tomado el curso de aplicación primero, luego el de formación de maestros, y por fin realizó sus prácticas en Buenos Aires, con tanto éxito que se la disputaban varios colegios. No era para menos, si había enseñado bajo la tutela de Mary Olstine Graham también.

Los papeles que la señorita Peck leía y releía decían que Livia Cañumil había acompañado a Miss Mary a La Plata cuando la maestra dejó San Juan para dedicarse a organizar en la nueva capital de la provincia una escuela Normal.

“La verdad debe ir siempre adelante”, era el lema de Mary Graham, y sin duda aquella otra maestra debía de compartirlo. Así lo proclamaba su tranquila y paciente aceptación del escrutinio a que estaba siendo sometida.

—Señorita Cañumil —y forzó un poco la pronunciación que nunca le resultaba del todo fácil.

Livia alzó la barbilla y fijó sus ojos en los de su interlocutora. Entendía que su futuro dependía de la impresión que causase, y si bien confiaba en sus propios méritos, sabía también que había cientos de imponderables en esa empresa que anhelaba acometer.

Entre otras cosas, porque se lo debía a su abuela.

—Dice acá que desea usted perfeccionarse en la enseñanza de los kindergarten. ¿Por qué hacerlo allá en mi país, cuando aquí mismo hubo pioneras que dejaron su legado? Sin ir más lejos, Mrs. Sarah de Eccleston trajo a esta tierra la prédica de Elizabeth Peabody. No entiendo por qué insiste usted en conocer de primera mano una experiencia que, a mi juicio, se ha desarrollado aquí más rápido incluso que en Norteamérica.

—Señorita Peck —comenzó Livia con un tono de voz grave y de extrañas resonancias.

—Por favor, llámeme Annie. Yo la llamaré Livia.

—Señorita Annie, me interesan también las ideas que hay debajo de esa enseñanza.

—Explíqueme eso.

Annie Peck se acodó sobre el escritorio con franca curiosidad por los motivos que aquella mujer todavía joven tendría en salir de su mundo para enfrentarse a lo desconocido, en lugar de cosechar los frutos de una educación tan bien adquirida. Claro que la señorita Peck fingía un poco, dado que ella misma era un espíritu disconforme.

—Misely —dijo Livia, y enseguida aclaró—, mi primera maestra, me presentó en sus tertulias a varias respetables señoras venidas de su país, que hablaban sobre las escuelas de enfermería para mujeres, el voto femenino, la igualdad en el trabajo… Pienso que, aunque esté enseñando a niños pequeños, es bueno conocer las ideas modernas que ellos deberán aceptar y defender. Yo aprendí con Elizabeth O’Connor cosas que ni ella se imagina, y no fue precisamente en el aula, sino fuera de ella. Es por esto que abrigo la esperanza de profundizar en el conocimiento del mundo en beneficio de mis alumnos. No planeo quedarme allá, sino traer a mi tierra las novedades.

La señorita Peck mantuvo la mirada de Livia unos instantes. Había quedado hechizada por la monotonía de su voz y por esos ojos verdosos que le recordaban a los felinos en la jungla. Los pómulos marcados acentuaban esa impresión.

Livia Cañumil era una tigresa. Carraspeó antes de contestar.

—Bien, es una pretensión loable y no seré yo quien se la impida. En especial si me lo solicitan personas tan respetadas en su profesión. Creo que se espera de mí que la conecte con alguien capaz de presentarla a la sociedad intelectual y de conseguirle un trabajo para su supervivencia.

—Eso sería formidable —repuso Livia, manifestando por primera vez un signo de entusiasmo.

Había levantado las manos para cruzarlas sobre el escritorio en un gesto que parecía de súplica, y que no engañó a Annie. Esa joven no rogaba, pedía algo de lo que se sabía merecedora.

Le preocupaba la falta de referencias personales. Livia Cañumil sobresalía por su don innato para tratar a los niños, su inteligencia clara y su temperamento firme, pero en los papeles nadie decía nada sobre su situación familiar. Allí no se mencionaba prometido, mucho menos hijos habidos de un matrimonio deshecho por la muerte del esposo, como el caso de Sarah Eccleston; tampoco se conocía que hubiera padres o familiares lejanos para dar cuenta de la vida de la señorita Cañumil. Eso no había constituido un problema para que la joven desempeñase su rol en las escuelas, y sin embargo a la señorita Peck le corroía la duda de que no fuese tan fácil aparecerse allá en Norteamérica como salida de una cueva remota, sin lazos aparentes con ninguna persona. A pesar del progresismo de esas ideas que Livia tanto anhelaba conocer, la sociedad de Nueva Inglaterra era bastante conservadora. Sólo unos cuantos vivían a su modo, imbuidos de una universalidad filosófica que pocos compartían, y a costa de severos dolores de cabeza. Se preguntó adónde estaría enviando a Livia Cañumil, después de todo. Espíritus libres como el de ella se encontraban a menudo con vientos cruzados.

Debía preguntarle, no podía soslayar el tema.

—¿Hay… eh… algún compromiso en su vida personal, señorita Livia? ¿Alguien que pueda quizá obstaculizar con el tiempo su viaje? Porque si es así, es preferible saberlo para no formarse expectativas desmesuradas. Es mi deber indagar —agregó de prisa, algo turbada por su indiscreción.

A Livia no pareció molestarle.

—No me he casado ni pienso hacerlo.

—Bueno, es pronto para tomar esa decisión, creo yo. Las jóvenes como usted, y como lo fui yo, debo decirle, a veces nos volvemos dramáticas. La vida dirá si se casa usted o no. Mi pregunta era sólo para saber qué decir a la persona que recibirá mi solicitud. ¿De dónde es oriunda, Livia?

Annie Peck ya apuntaba con el lápiz sobre el papel para consignar la respuesta, cuando la escuchó decir algo que congeló su gesto.

—Mi tribu fue diezmada, por eso me crié entre los pampas de la laguna.

Una declaración de vida corrupta, adulterio o bastardía no habría logrado impresionarla más. La señorita Peck lamentó saber que Livia era de sangre india, porque en su país se había luchado encarnizadamente contra los nativos y no veía que, pese a la avanzada civilización desplegada en el Este, resultase fácil aceptar en la sociedad a una mestiza.

Ya entendía la razón de aquella combinación inusual de rasgos, el contraste de la tez mate con el cabello rubio, el verde de los ojos achinados y la boca ancha en un rostro anguloso.

Repiqueteó con la punta del lápiz una y otra vez. ¿Cómo decirlo? Se avergonzaba de sus propias dudas y resquemores. ¡Tan luego ella, que desafió al mundo entero con su afición por escalar montañas!

—Querida —comenzó con suavidad—, me atrevo a sugerirle que no diga esto tan abiertamente. Verá, le hablo como amiga y colega. Yo también he sido maestra, y he estudiado en Michigan y en la Escuela Americana de Atenas. Allí encontré mi pasión, el montañismo.

Una sonrisa leve se dibujó en los labios de Livia al escuchar eso.

—Imagínese —continuó Annie— si habré escandalizado a mis padres. Con todo, ellos me dieron una educación privilegiada, y podían suponer que eso me llevaría por derroteros poco comunes. Sin embargo, una mujer inteligente sabe cuándo y dónde mostrar sus habilidades. Sin duda, la señora de Balcarce, Elizabeth O’Connor, habrá sido un buen ejemplo de lo que le digo.

Livia sonrió aún más. Misely había desafiado a su esposo, Francisco Balcarce, hasta límites indecibles, pero era cierto que en aquella audacia había habido mucha dulzura y comprensión. Entendía adónde quería llegar la señorita Peck.

—Financio mis excursiones con charlas sobre arqueología griega y alpinismo —seguía diciendo Annie—, y me doy el gusto de vivir como quiero. La razón de mi presencia en Argentina es que pienso cruzar la cordillera y aguardo el momento adecuado, cuando la avalancha de nieve que trajo este invierno se disuelva. Ignoro por qué confían tanto en mí como su interlocutora en Norteamérica, quizá debido a que pertenezco a una familia bien ubicada y conozco a muchos personajes del mundo de la enseñanza, ya que, hasta que me atrapó sin remedio el mal de la montaña, yo trabajaba de maestra como lo hace usted.

—Me contaron que también defiende la causa del voto de las mujeres —la cortó Livia.

Annie la miró con sorpresa. ¡Vaya con la señorita Cañumil! Sabía más de lo que dejaba ver.

—Pues sí —admitió—, y tengo el sueño de plantar una bandera con ese lema en la cima de algún monte. No sé quién de las dos es más arrojada, señorita Livia.

Ambas se echaron a reír al mismo tiempo.

Toda duda se disipó en la mente de la señorita Peck en segundos. Su propia vida, desplegada ante los ojos de Livia, le demostró que cualquier logro era posible si se mantenía el corazón puesto en ello. Y aquella joven maestra poseía temple suficiente como para hacer frente a las lenguas maliciosas, del mismo modo que ella enfrentaba la nevisca y las temperaturas congelantes de las alturas.

Hizo a un lado el lápiz y tendió sus manos hacia la señorita Cañumil. Pudo apreciar al estrechar las de ella que su piel era algo áspera, y que estaban dotadas de un calor poco común. Sintió un estremecimiento, una suerte de premonición que sacudió su espina dorsal. Había más, mucho más en aquella joven mujer.

Faltaba saber si la sociedad de Nueva Inglaterra sería capaz de apreciarla en toda su magnitud.

Esa noche había invitados a cenar en honor del futuro que se abriría para Livia.

Se hallaba en el piso alto de la mansión Balcarce, donde siempre tenía un cuarto a su disposición, puesto que ya no era sólo la antigua alumna de Elizabeth, sino una auténtica amiga. Entretenida en separar las ropas que necesitaría para su viaje al norte, no reparó en los golpes discretos en la puerta. Al volverse insistentes, corrió a abrir. Los jóvenes Balcarce solían buscarla para comentarle sus cuitas y escuchar de sus labios palabras en rankulche, la lengua de sus ancestros.

—¡Damián!

El joven reportero frecuentaba la casa desde que sabía que Joaquín Carranza, destacado periodista en La Nación, era un buen amigo de la familia Balcarce. Además, disfrutaba de la compañía de Livia más de lo que era capaz de admitir. La muchacha lo sorprendía con su modo de ser sereno y la perspicacia de sus argumentos. Como periodista, la consideraba una rara avis digna de figurar en una nota especial del suplemento semanal donde colaboraba.

En lugar de ruborizarse por encontrarlo a las puertas de su dormitorio, Livia se hizo a un lado para invitarlo a pasar, con su habitual franqueza.

Damián no la cortejaba, aunque le echaba miradas furtivas siempre que se sentía a salvo de las de los demás. Era difícil sustraerse a la suspicacia del señor Balcarce, o de su íntimo amigo Julián Zaldívar. Cuando esos dos se juntaban, convenía parapetarse tras un muro de sobriedad y en estado de alerta, algo que por su oficio no le costaba demasiado.

—Dicen allá abajo que se va —le espetó sin preámbulos.

—¿Quiénes? ¿Los niños? —sonrió Livia, volviendo a su ropero abierto de par en par.

—Ya quisiera yo que se tratara de una broma infantil —se quejó él—. Lo confirmó la señora Elizabeth, se lo decía a la esposa del doctor Zaldívar.

—¿Ya llegó Brunilda? —y Livia contempló desolada lo que aún le faltaba preparar.

Sería una buena idea recurrir a Brunilda Marconi, pues era directora de la maison de moda más solicitada de Buenos Aires. Sólo para que le indicara qué llevar y qué dejar, ya que Livia no poseía tantos trajes, y no estaba muy al tanto de las telas y sus bondades. Iba a un país que entraría pronto en el otoño, sin duda se precisaba elegir muy bien los paños. Misely se había vestido siempre de modo austero y simple, aunque desde que se convirtió en la señora de Balcarce su guardarropa se había abultado de manera considerable. La ventaja de Livia era que ella no cargaría con ningún marido. Podía seguir con sus faldas y sus blusas, un poco más gruesas, eso sí, para los rigores del frío.

—Entonces admite que es cierto —porfió Damián.

—Me iré en calidad de maestra, para estudiar un poco más la organización de los jardines de infancia.

—¿Por cuánto tiempo, Livia? Ella frunció el ceño, pensativa.

—Aún no sé si podré mantenerme, depende de eso.

—Señorita, permítame reprenderla. ¡Ni siquiera sabe con qué va a contar, y se lanza a un país desconocido! Me sorprende que su protectora le permita semejante desatino.

—Bueno, ella hizo lo mismo cuando vino al Río de la Plata.

El argumento desalentó al reportero, que sin embargo volvió a la carga enseguida:

—Las maestras vinieron bajo contrato, con sueldos y sitios asignados, no es comparable. Usted va a…

—A un lugar llamado Boston, donde funciona una escuela Normal y donde se reúnen personas que discuten sobre la educación y otras cuestiones que interesan a la sociedad moderna.

Damián estrechó sus ojos castaños con malicia. Ese gesto resultó cómico en su rostro pecoso casi infantil. Livia no pudo contener una sonrisa.

—Estaré bien acompañada —lo consoló—, no debe preocuparse por mí. Y vendré cuando considere que he aprendido lo suficiente. Mi idea no es quedarme en un país ajeno —agregó, sin reparar en que había negado ya dos veces la posibilidad de permanecer para siempre en Norteamérica.

Damián se sintió derrotado. Había cientos de cosas que hubiese querido preguntarle, acosarla con los temores de lo que podría ocurrirle allá, tan lejos y sola. El problema era que Livia no parecía ser una joven que padeciese temores de ninguna clase, antes bien, era ideal para sofocar los miedos de los otros.

—No sabe hablar inglés.

—Estoy estudiando desde hace tiempo con el preceptor de los niños.

—Allá no tiene amigos.

—Haré amistades, supongo. Es gente educada y amable, me han dicho.

—El frío es terrible, y se perderá el verano en Mar del Plata.

—Me da pena eso, sí —reconoció Livia con auténtico pesar—, pero ¿qué puedo hacer? Es cosa de la naturaleza. Allá es invierno cuando acá es verano.

Damián no supo si se burlaba de él.

—¿Valdrá la pena, señorita Livia, tanto alejamiento? ¿Será usted una persona distinta al volver?

La joven lo miró directo a los ojos. La confianza que emanaba de esas profundidades verdosas resultaba inquietante.

—Jamás seré otra —afirmó con rotundidad.

Quizá la conversación con Annie Peck la había impulsado a responder de modo tajante, lo cierto era que la pregunta de Damián dio en su pecho como una lanza arrojada por un guerrero imbatible. Él también se sintió atravesado por su filo. Dejó que por primera vez sus ojos revelasen sus sentimientos. Ya no importaba, si ella iba a marcharse. Quería que hubiese entre Livia y él un lazo que no resultase fácil cortar.

—Permítame —dijo con suavidad, y se inclinó para besar su mejilla.

El roce conmovió el corazón de la joven. Nunca se sentía sola, pese a que ya no quedaba nadie vivo entre su gente, pues los Balcarce eran su familia desde hacía muchísimo tiempo, sin embargo, aquella comunión repentina con un hombre que había posado sus ojos en ella de un modo distinto le afectó más de lo que creyó posible.

—Es usted bueno y noble, Damián —le dijo con voz queda—. Gracias.

Él hubiera querido estrecharla entre sus brazos, incluso proponerle matrimonio para poder acompañarla en su viaje y de paso tomar notas de la vida en el norte para su suplemento. Miles de ideas lo acometieron después de desnudar sus sentimientos ante Livia, pero todo era impropio: el lugar, el momento, los pasos que en ese instante resonaban en la escalera…

—¡Mi querida, te llegó la hora de ver el mundo!

Elizabeth O’Connor le sonreía, henchida de felicidad, y Brunilda Marconi la secundaba.

Livia se refugió en los brazos de su maestra como cuando era una niña.

CAPÍTULO 2

Ciudad de Boston, Massachusetts

El atardecer derramaba reflejos iridiscentes sobre la bahía. Las damas contemplaban en admirado silencio el magnífico espectáculo de las gaviotas sobrevolando las aguas en procura de la última comida del día, sus plumajes brillando como nácar y ébano bajo los rayos del sol. Se encontraban bajo una coqueta marquesina del Faneuil Hall que las protegía del viento y realzaba su elegancia en medio del movimiento del puerto. El entrechocar de la porcelana de las tacitas de té era el único sonido que las acompañaba desde hacía varios minutos. Dos de las señoras eran matronas de respetable apariencia, las otras dos eran más jóvenes y de disímil aspecto. Una de ellas era Livia.

Habían tenido una jornada agitada, repleta de visitas a distintos establecimientos educativos, en procura de una colocación aunque fuera experimental para “la muchacha que venía desde tan lejos”, como decía Mrs. Templeton en cada ocasión en que la presentaba.

Todos habían sido amables y considerados, pero nadie necesitaba a una maestra sudamericana ansiosa por aprender más de los kindergarten. Los puestos estaban ocupados por maestras también jóvenes con idénticas ansias de practicar sus enseñanzas.

—Insisto en ampliar nuestro espectro, Allyn —exclamó Mrs. Templeton de pronto, con aire decidido—. Hemos de intentarlo donde otros dudan en aceptar, ir a los lugares menos requeridos.

La mencionada Allyn suspiró, acongojada. El pedido de Annie Peck, su querida Annie, le había caído como un presente griego en ese período de su vida. Ella estaba gozando de su papel de abuela ya retirada de la docencia, y volver a la carga con la burocracia de los institutos le producía tirria. ¿Cómo desamparar a esa joven extranjera, sin embargo? Le había resultado simpática desde un principio. Tenía un no sé qué de aventurera en sus rasgos, en la mirada firme, que le recordaba a la mismísima Annie. Lo malo era que no poseía las mismas credenciales familiares que su prima. Y el normalismo se había expandido como una ola por el país; no era novedad una mujer joven capacitada para dar clases a los niños o formar maestros. Luego, estaba el tema del idioma. Las señoras hablaban en forma pausada y con ademanes expresivos en deferencia hacia Livia, ya que sabían que el inglés no era su lengua original y que la joven lo había aprendido apenas unos meses antes, el mismo esfuerzo que hicieron las maestras que viajaron a la Argentina, sólo que en la óptica de las damas aquellas mujeres estaban mejor dotadas que Livia Cañumil.

Livia escuchaba lo que se debatía acerca de ella mientras sus ojos se perdían en la lejanía.

Apenas descendió del vapor que la llevó a la ciudad de Nueva York y luego del tren que la depositó en Boston, comprendió que se había adentrado en un mundo que le sería ajeno siempre. Inútil era que se vistiese como aquellas señoras, estudiase sus modales o profundizase en su idioma; lo que las diferenciaba era algo más hondo, algo que provenía del espíritu. Jamás sería una de ellas, por mucho que intentara adaptarse al modo de vida que llevaban. Era bueno tener esa certeza, para no engañarse y desengañarse luego. Se limitaría a observar, aprender y asimilar lo que viese.

Podía captar la simpatía conmiserativa de la llamada Allyn, el fastidio velado de la señora Templeton, y hasta la rígida actitud de la señorita Rose, sentada a su derecha. La habían llevado como intérprete al principio de ese periplo, suponiendo que ella no sabría una palabra de inglés, y al ver que se las arreglaba un poco, la joven se sintió defraudada por no poder cumplir su papel.

Livia decidió ser amable con ella.

—¿Le gusta el mar, señorita Rose?

La muchacha la miró como si un horrible insecto se hubiese posado en la nariz de su interlocutora. Tenía facciones toscas, que sabía disimular con sus bucles alrededor de la cara y el sombrerito inclinado sobre la frente. Sus ojos, pequeños y oscuros, taladraron los de Livia con malicia.

—He nacido en Boston, y mi familia tiene una casa de verano en Newport.

Juzgó suficiente esa explicación y hundió su boca de labios delgados en la taza de té.

La señora Allyn acudió en auxilio de la protegida de Annie.

—Todos aquí aman los deportes acuáticos, a pesar de que las aguas son tan frías que producen calambres —representó la palabra “calambre” con un gesto que endureció su mano, por si Livia no la había comprendido.

—El invierno es muy riguroso. Ha venido usted en mala época —añadió en tono lúgubre la Templeton.

—Pero estamos en otoño —dijo entonces Livia con sencillez.

Todas la miraron. El inglés sonaba extrañísimo en sus labios, como salido de una caverna invadida por el mar. Cada vez que Livia hablaba, y no lo hacía a menudo, provocaba esa conmoción en sus interlocutores.

La cara de Mrs. Templeton comenzó a cambiar de pronto, adquirió una blandura que no tenía, sus mofletes se tiñeron de rojo y su pecho se ensanchó bajo los volados de la blusa.

—¡Por supuesto, cómo no se me ocurrió antes! —exclamó gozosa.

La sonoridad hueca de las palabras de la recién llegada le recordó algo que se le había pasado por alto y sin embargo siempre estuvo ahí ante ellas, latente.

La voz áspera de los sordos reeducados.

Las otras le dirigieron una mirada curiosa, y la dama no las hizo esperar para enterarlas de la decisión que, a su juicio, era la apropiada al caso.

—¡La escuela para sordos de Horace Mann! Es un buen lugar para que la señorita… —y evitó pronunciar su difícil apellido— ponga a prueba sus dotes de educadora y además contribuya como voluntaria. Es la solución ideal, aprende y a la vez colabora.

—Gladys, recuerda que estamos buscando un trabajo remunerado para Miss Livia.

—A estas alturas, Allyn, yo intentaría lo que fuera. Hace días que deambulamos sin sentido por toda la ciudad. Hemos visitado las escuelas de Boston y sus alrededores sin éxito. A decir verdad, tu prima podría habernos dado alguna pista para ir sobre seguro.

—Annie tampoco sabía lo que se presentaría —contestó Allyn mirando de reojo a Livia y rogando por que la Templeton no se mostrase tan efusiva —y me parece que después de saber que el país de la señorita recibió con tanto afecto a nuestras maestras, podemos retribuirle consiguiendo al menos un puesto para una de sus discípulas. Algo temporal.

Allyn Evans era una mujer menuda de aspecto dulce, una suerte de abuelita inofensiva, aunque sus ojos celestes y vivaces eran pícaros por momentos. Lo último que Livia deseaba era perjudicarla con su presencia, de modo que terció en esa disputa.

—Puedo trabajar en cualquier cosa mientras estudio —repuso—, no importa que no sea en un colegio.

De nuevo las damas la contemplaron azoradas. ¡Trabajar en cualquier cosa! Estaban las hilanderías de Lowell, por supuesto, pero ese trabajo de obrera textil no le dejaría tiempo para nada más, y por cierto no era el apropiado.

—Usted habrá querido decir “en otra cosa” y no “cualquier cosa” —la corrigió con suficiencia Rose, en castellano.

Livia posó en el platillo la cuarta taza de té, que ya le revolvía las tripas.

—Dije lo que dije —afirmó—. Me contaron que aquí las mujeres luchan por el derecho a trabajar con el mismo sueldo que los hombres. Prefiero enseñar, pero si hay otro puesto aceptable para mí, lo tomaré. No hago gastos innecesarios, me arreglaré con poco.

Allyn ahogó una sonrisa, la Templeton casi se atraganta con el resto de un bizcocho, y Rose contrajo los dedos en la taza de porcelana con fuerza suficiente para romperla.

—Creo que visitaremos la escuela de Horace Mann antes de decidir nada —finalizó Allyn, para alivio de todas.

El instituto para sordos introducía la técnica de la lectura de los labios, defendida por Horace Mann. El educador, que había recorrido Europa para investigar lo más avanzado de las escuelas públicas y especiales, contó con la incondicional ayuda de su propia esposa Mary y de su cuñada, Elizabeth Peabody.

Livia conocía bien el nombre de Mary Peabody Mann, era la mujer que desde Norteamérica ayudó a Sarmiento a elegir las mejores maestras para el país, y la que convenció a Elizabeth O’Connor de aceptar aquella misión que cambió la vida de todos, la de Elizabeth y la de los que la trataron. Le pareció una buena señal que se dirigieran a una escuela para niños afectados por problemas que les impedían asistir a escuelas comunes, y que hubiera sido fundada y atendida por la familia Mann.

El carruaje que las llevó hacia la calle de Allston las dejó frente a una casa de grandes arcadas de piedra, ventanas alineadas y techos puntiagudos. Las condujeron, con la amabilidad que ya era proverbial en la ciudad, a un recinto que hacía las veces de secretaría y biblioteca, con paredes cubiertas por vitrinas, pupitres y escritorios. Una mujer muy alta y más delgada aún, de fino cabello rubio peinado de modo impecable, les sonrió con elegancia.

Ethel Cleveland asistía a la directora del instituto, Sarah Fuller, cuando ésta se hallaba ocupada como en aquel momento. Escuchó con suma atención las explicaciones de las damas y miró una sola vez a Livia mientras lo hacía. Sus ojos claros, escudados tras unas gafas de delicado montaje, parecían horadar el significado de las palabras mismas.

Al finalizar la señora Templeton su consabido alegato en favor de aquella maestra sudamericana, Ethel juntó las manos huesudas bajo su mentón y guardó silencio unos instantes. Podía escucharse el péndulo del reloj de la pared en aquel silencio ensordecedor.

—Es una situación interesante —dijo por fin, y casi pudo oírse el aire contenido en los pechos de las señoras al ser expulsado con decepción. Otro fracaso.

La señora Cleveland se tomó el tiempo para explicarse.

—Tenemos un caso que podríamos asignar a la señorita.

Aquello fue extraordinario. La anciana señora Allyn miró con satisfacción a Livia y le pellizcó la mano con picardía.

—Es una niña sorda y ciega que ha llegado hace poco y no está familiarizada con los métodos, pues nunca los ha conocido. Su familia vive en Concord, y a pesar de que nuestra institución es una escuela de día, han decidido dejarla en pupilaje durante la semana, debido a que los caminos suelen empeorar durante los meses de otoño con las lluvias. La historia es muy triste —agregó bajando el tono, con cierta intención dramática.

—Pobre niña —dijo atolondrada la señora Templeton.

Quería resolver ese asunto cuanto antes y volver a la normalidad de su vida.

—El caso de Cecilia Robinson es especial, porque nació sorda y ciega, no como otros niños, que sufrieron la pérdida de sus sentidos a raíz de enfermedades adquiridas. Eso lo hace más difícil, ya que ella no posee ningún recuerdo que pueda colaborar en su educación. Nuestra directora se encuentra en este mismo momento trabajando con su instructora, y me temo que necesitará toda la ayuda que puedan darle. Hay otros alumnos y todos exigen mucha dedicación. Asumo que la señorita no ha enseñado antes a niños especiales.

Livia recordó a sus compañeros de la escuela de la laguna. Todos podían calificarse de especiales por alguna razón. El pequeño Mario, por ejemplo, había sido un niño enfermizo que no hablaba casi, y ella tenía muy presente la firmeza y la dulzura con que Misely procuraba suplir sus constantes ausencias con clases reforzadas. Aunque no provenía de ningún instituto especializado, Livia se sentía capaz de atender esas situaciones. Aquellas personas tomaban como rareza o excepción casos que allá, en su país, se consideraban normales.

—He conocido niños con dificultades graves —se limitó a contestar.

Ethel Cleveland la estudiaba con la precisión de un escalpelo.

—Podemos ponerla a prueba al principio y, si se adapta, darle un puesto de asistente.

—¡Sería una solución! —se le escapó a Mrs. Templeton.

—La señorita Cañumil es una joya —se apresuró a decir Mrs. Evans.

Ethel miró a Livia aguardando su decisión, e ignoró por completo las alusiones de las otras.

—Acepto —dijo la joven.

—Bien. Iremos a decírselo a Sarah, estará encantada de contar con alguien más.

Livia se maravillaba de la limpieza y el orden que reinaban en cada rincón de la escuela. Los pasillos podrían haber sido naves de un convento, y en las aulas que iban dejando atrás no se escuchaba más que la voz calma del maestro, seguida por los murmullos de los alumnos. Un lugar así era ideal para aprender y enseñar.

Se detuvieron en un salón de techos abovedados. Sillas dispuestas en semicírculo acogían a dos o tres alumnos cubiertos con un guardapolvo gris. Frente a ellos tres mujeres, una de ellas una niña que a Livia le pareció muy bonita, con sus bucles castaños sujetos por una cinta, un vestido rosa con puntillas, y una expresión dulce en el rostro. Era llamativa la atención que prestaba a la mujer esbelta, con cuello de cisne, que llevaba prendido un camafeo y sus rizos recogidos en la coronilla. La tercera mujer se veía mayor, quizá por su severo vestido negro y las torzadas que rodeaban su cabeza, a la usanza de los colonos. Aunque su rostro carecía del atractivo de las otras dos, una expresión amable lo suavizaba.

Ethel hizo una seña para advertirles que no irrumpiesen en el cuarto hasta que fuera el momento propicio. Livia aprovechó para observar.

La niña tocaba con sus deditos los labios de la dama de negro ante la expectación de la mujer cisne, que inclinaba su cabeza para no perder detalle de la lección. Livia escuchó con claridad la palabra “muñeca” mientras los dedos infantiles palpaban la boca y la garganta de la mujer. A continuación, la dama obligó a la niña a tocar una muñeca que sentó en una silla vacía, lo que provocó sonrisas en la jovencita. Después, tomó varios cartones con letras en relieve e indicó a la mujer cisne que los pusiese sobre la muñeca. Hecho esto, incitó a la niña a apoyar las palmas sobre los papeles y ella sonrió de nuevo.

—La muñeca está en la silla —dijo la mujer de negro llevando las manos de la niña a su boca y a su garganta otra vez.

La niña batió palmas y la mujer cisne sonrió satisfecha.

Entonces, Sarah Fuller dirigió su atención a las recién llegadas.

—Bienvenidas.

Ethel se adueñó de la situación. En tanto informaba a la directora de la escuela, Livia se dedicó a contemplar a la niña. Al verla de cerca, notó que el ojo izquierdo sobresalía un poco, lo que arruinaba la armonía del rostro, y también pudo apreciar que la mujer cisne era corta de vista y recurría a unas gafas que llevaba en el bolsillo de su falda.

Sarah Fuller saludó con simpatía a Livia y a las otras señoras, y les explicó lo que acababan de ver.

—Helen Keller es una alumna excepcional, aunque me veo obligada a reconocer el mérito de su institutriz, la señorita Anne Sullivan. Sin su paciencia, estos logros no habrían sido posibles. Una condición indispensable para abordar estos desafíos, señorita Cañumil. ¿Así es como se pronuncia? Deberá acudir primero como estudiante, para aprender este lenguaje que no es único; hay que respetar las diferencias entre los alumnos y adaptarlo a ellos. Lo importante aquí es que puedan comunicarse con el mundo, salir de su aislamiento.

La niña mencionada y su maestra seguían una muy junto a la otra, parecían entenderse más allá de ese lenguaje críptico, había una comunión entre ellas, sin duda gracias al tiempo que pasaban juntas. Sarah Fuller les contó en un aparte que Helen no había nacido así, sino que sufrió altas fiebres cuando tenía sólo dieciocho meses, y que al remitir la enfermedad quedaron esas secuelas.

—Ha tenido la suerte de poder escuchar y ver antes de esa desgracia —afirmó—, lo que es de mucha ayuda a la hora de enseñar. Puede recordar, aun desde los rincones más recónditos de su mente, palabras que ha oído, colores que ha visto. Si sumamos a esto una inteligencia precoz, vaticino que esta jovencita llegará lejos.

—Pobre, pobre niña —repitió la señora Templeton.

—Es desaconsejable compadecer al que sufre una desventaja —corrigió Sarah—. Puede parecer poco caritativo, pero debemos exigirle más aún. Helen se tornó irascible y violenta al verse aislada, y si no hubiera sido por la firmeza de Anne, sería hoy un caso de rebeldía imposible de dominar. Ha llegado a entender el mundo y está dispuesta a hablar también, por eso acudió a mí. Sé que lo logrará.

La reprimenda hirió la susceptibilidad de Mrs. Templeton, que decidió no abrir la boca.

—Me hablaron de otra niña necesitada de lecciones —aventuró Livia.

—Cecilia Robinson, un caso muy distinto. La niña es dulce y blanda, y ha nacido ciega y sorda. Nada sabe del mundo, ni sus colores ni sus sonidos. Y su padre no ha juzgado necesario traerla hasta ahora, lo que me parece reprobable. Se ha perdido mucho tiempo.

—¿Qué edad tiene? —quiso saber Livia.

Se había olvidado del resto de las mujeres, se concentraba sólo en Sarah.

—Once. Una señorita casi. Es cierto que el señor Robinson sufrió un terrible trauma cuando murió su esposa, sin embargo…

—¿Es huérfana?

—Sólo de madre y hace un año, por eso digo que se han dejado estar. Tiene una hermana menor, vivaracha y muy mimada por el padre. Sospecho que la mayor ha sido un problema para todos y que no han sabido tratarla.

Livia sintió inmediata simpatía por Cecilia Robinson, así como antipatía por el padre desconsiderado que puso en primer lugar su propio dolor antes que el de su hija. ¡Qué diferente a los hombres de familia que ella conocía y con los que había compartido tantas veladas en Buenos Aires! Francisco Balcarce, el esposo de Elizabeth, se desvivía por sus tres hijos, y Julián Zaldívar, amigo de ambos y que no los había tenido propios, amaba a un niño bastardo igual o más que si llevara su sangre. De seguro el señor Robinson sería un aristócrata desalmado que se avergonzaba de su primogénita. Al no poder presumir de ella, la abandonaba a su suerte hasta que ya no podía manejarla, y entonces la depositaba en el instituto para sordos.

—La verá usted enseguida, la he mandado llamar.

Una asistente llevaba del hombro a la niña, que apareció ante todas con aire triste.

Era alta, delgada, y el cabello del color del trigo suelto sobre la espalda. En su rostro, que conservaba la redondez de la infancia, dos preciosos ojos azules que no miraban a nadie, pero que tampoco revelaban la ceguera. Cecilia podía pasar por una jovencita soñadora que se distraía con facilidad.

—Qué bonita es… —murmuró conmovida Allyn Evans, y calló de inmediato, por temor a parecer condescendiente.

Livia se adelantó y tomó las manos de Cecilia entre las suyas. Estaban frías, exangües.

La joven las oprimió y luego depositó en cada una un beso.

Sarah Fuller se mostró algo turbada.

—Ya le indicaremos el modo apropiado de acercarse a ella —dijo—. Usted tomará las clases con una de mis condiscípulas, que me ayuda mucho. Venga, se la presentaré.

Partieron, y la niña quedó en la habitación que no veía, con gente de la que ignoraba su presencia o sus intenciones. Sólo el toque leve sobre el hombro le indicó que no estaba sola. Al dejarla allí, Livia sintió que la abandonaban por segunda vez.

Cecilia se retorció las manos y frunció la boca en un gesto de furia que la asistente no vio.

“Mamá”, sonó en su cabeza repleta de oscuridades.

¿Quién era? ¿Qué hizo? Aquel contacto leve la estremeció. Su piel se había vuelto tan sensible que podía predecir los cambios del aire a su alrededor. El toque no era de nadie conocido. Añoraba las manitos pegajosas de Samanta y las de fuerte olor de la nana cuando la arropaba. Ellas se habían ido. ¿Adónde?

No podía saberlo. Su mente era una tormenta desatada. El zumbido que se acrecentaba cuando se ponía nerviosa la colmaba entera. Se tapó los oídos como si pudiera acallar lo que la turbaba. La asistente la empujó con suavidad hacia su cuarto, donde pronto alguien se ocuparía de ella. Alguien. Alguien. Alguien.

“Por favor”, decían sus pensamientos sin voz, “ven, ven, ven…”

Y era un grito que no poseía forma, un dolor sin nombre.

Cecilia se frotó las manos de nuevo, buscando el rastro de ese contacto que le había sacudido el alma.

Boston era una ciudad de elegantes calles arboladas y antiquísimos templos. Pronto Livia logró desentrañar su laberíntica geografía y adentrarse en pasadizos donde las casas de ladrillos hubieran podido casi tocarse de una acera a la otra, se acostumbró a tomar cerveza tibia en alguna de sus tabernas antiguas, a recorrer el mercado Quincy y a probar sopa de cangrejo junto al mostrador, mientras los hombres hablaban en alta voz y le dirigían miradas curiosas. Le costaba entender el idioma que se hablaba allí, los bostonianos deformaban las palabras que ella había estudiado con tanto esfuerzo, al punto de que casi no podía reconocerlas. Tampoco la comprendían a ella, y los rostros cordiales adoptaban expresiones conmiserativas al no poder descifrar su inglés aprendido en el Río de la Plata.

La pensión para señoritas donde se alojaba por recomendación de una de las tantas sociedades de Ayuda al Viajero quedaba en el North End, resabio de la vieja historia de los colonos. No bien descendió del tren, una trabajadora social le había entregado una tarjeta ofreciendo consejo y referencias para encontrar un sitio decente.

A Livia le gustaba gozar de la independencia conquistada por las mujeres norteamericanas, que les permitía pasearse solas, sin acompañante masculino ni chaperonas. Fuera de una mirada sagaz o una galante inclinación de cabeza a su paso, nadie osaba molestarla, si bien le habían aconsejado, y mucho, no aventurarse en la zona del puerto, ya que allí se cobijaban los de peor calaña.

—En especial los irlandeses —había acotado la señora Templeton frunciendo la nariz.

Livia reprimió en aquella ocasión una réplica, ya que Elizabeth O’Connor llevaba sangre irlandesa, pero creyó conveniente no meterse en polémicas ajenas.

La gobernanta de la pensión le había sugerido introducirse en alguno de los círculos femeninos que abogaban por que las mujeres participaran en las mismas actividades que los hombres. Era una dama enjuta vestida siempre como monja de clausura, dueña de una vitalidad y un espíritu tan vigorosos que Livia quedó encandilada con ella. Según le dijo, descendía del mismísimo Samuel Adams por no sabía qué ramificación materna, y jamás permitiría que nadie le “pisara la cabeza”, en sus propias palabras.

Se palpaba en el aire una mezcla de rebeldía, anticipación y confianza en el futuro que tenía propiedades embriagadoras. En aquella parte del país se luchaba, se pensaban cosas nuevas, se ponía manos a la obra, todo en uno. Livia entendió por qué Sarmiento había regresado de sus viajes a los Estados Unidos con el corazón palpitante de expectativa. Ella era muy pequeña la primera vez que escuchó hablar de él y no lo conoció sino mucho después, alejado ya de la presidencia de la Argentina. Lo que sabía de aquel hombre formidable lo había aprendido de Elizabeth O’Connor. Se preguntó si existirían en la Nueva Inglaterra hombres así de apasionados, pues por lo que veía hasta el momento eran las mujeres las protagonistas del movimiento.

Elevar los niveles de la educación femenina era el lema que recibía a los visitantes sobre el dintel de la puerta de la Asociación de Ex Alumnas del Colegio de Boston. Sus integrantes, en su mayoría maestras, luchaban por la igualdad de su salario y en contra del supuesto de que el desarrollo intelectual inhabilitaba a las mujeres para la vida doméstica.

—Es inaudito —decía la oradora de la asamblea que Livia presenció— que los científicos pretendan difundir una teoría basada en el tamaño del cerebro femenino para argumentar que estamos menos capacitadas para pensamientos de alto vuelo. ¡Y que insistir en pensar demasiado podría dañar nuestro potencial reproductivo! —bramó, con el rostro congestionado de ira.

A Livia se le escapaban algunas palabras y creyó que había entendido mal, pero cuando pidió aclaraciones se le contestó que, en efecto, muchos científicos de renombre sostenían tesis similares. Salió de aquella reunión convulsionada por ideas contradictorias. Se hallaba en la parte más civilizada del país y quizá de toda la América, y sin embargo había hombres que negaban a la mujer su intelecto. Era inaudito, como bien lo había dicho la oradora con frases rimbombantes. Vino a su mente una enseñanza que Misely había sembrado en ella, entre tantas otras: “Somos nosotras, las mismas mujeres, las que permitimos que nos degraden. Cuando reímos de nuestra ignorancia, impedimos a nuestras hijas que sigan sus deseos o callamos ante el hombre que habla diciendo sandeces, estamos abonando el terreno de la sumisión”.

Una convicción siempre latente en su interior se apoderó de su pecho en ese momento. Si Dios le permitía hacerse cargo de Cecilia, se ocuparía de dejar en la niña marcas tan hondas como las que Misely había obrado en ella. El señor Robinson quedaría como un minusválido frente a su hija.

Las clases comenzaron al cabo de dos semanas, una vez que Livia se impuso de los métodos que la escuela de sordos seguía para reeducar a los niños. Era evidente que la necesitaban, puesto que le permitieron ocuparse de Cecilia aun antes de finalizar la instrucción, y Ethel le aseguró que pensaban otorgarle un salario, sobre todo porque habían avisado al señor Robinson y él dijo que no repararan en gastos.

“Típico”, pensó Livia, “compra con dinero lo que no puede dar gratis a su hija”.

A pesar de que no acostumbraba a juzgar a los demás y era tolerante con los vicios y las debilidades ajenas, la visión de la desamparada Cecilia, con sus ojos velados por el miedo, la había impactado muy hondo. De no haber existido su abuela, ella misma habría sido una niña vapuleada por la desgracia; de seguro los atacantes de su tribu la habrían llevado como sirvienta a alguna casa de alcurnia de Buenos Aires, o, peor aún, podrían haberla destinado a las provincias como carne de trabajo en la zafra o las cosechas.

Gracias a su cucu, se crió en el paraje de la laguna y conoció la escuelita que le cambió la vida. De haber tenido la oportunidad, su abuela habría sido igual a la oradora de la asamblea. Livia le debía mucho. Se lo debía todo, tanto como a Misely su educación.

Las manos delicadas palpaban la boca de Livia, en busca del anhelado sentido que se evadía a cada momento. La joven las retuvo cuando la niña intentó renunciar y consiguió calmar su rabia con un murmullo que hizo vibrar su garganta.

—Mmmm… —canturreaba Livia, mientras observaba el cambio en los ojos de Cecilia.

Más de una vez había recurrido a ese ardid, lo que indicaba el carácter rebelde que los demás no habían detectado en la niña. Ni tan dulce ni tan blanda como le habían asegurado.

Mejor así. Necesitaría de toda su furia para salir del pozo de silencio donde la vida la había arrojado. Livia nada sabía de las circunstancias de Cecilia, puesto que el padre nunca apareció en la escuela de sordos, y la única vez que vio a alguien de la casa fue cuando un carruaje se detuvo para descargar unos baúles repletos de ropa. ¡Que ridículo ocuparse tanto de vestirla cuando le faltaba lo esencial! Desde ese día, Cecilia aparecía en cada lección ataviada con trajes atiborrados de lazos y frunces propios de una muñeca, u otros más elegantes de colores sobrios, chaquetas de piel, mitones, botitas de cuero fino, medias, y un sinnúmero de listones y peinetas para el cabello. La asistente vestía a la niña ciega con movimientos de autómata. Estaba claro que no consideraba que ése fuera su papel, y lo hacía a disgusto.

—Déjeme —le dijo un día Livia—, yo me ocuparé.

—La señora Ethel…

—La directora Fuller me autorizó a tomar decisiones —la cortó de cuajo.

La mujer se retiró, murmurando algo acerca de los extranjeros sin educación, y Livia quedó a solas con Cecilia para acicalarla. La niña percibió el cambio y se quedó muy quieta. Dejó que esas manos firmes le abotonaran el vestido desde el cuello hasta la cintura.

Livia concibió una idea. Puso un dedo de Cecilia en el primer botón y le hizo palpar con la otra mano su garganta mientras soltaba un sonido breve. Dos murmullos en el segundo botón, y así hasta llegar a cinco murmullos en el quinto botón. Repitió la acción y miró la expresión de la niña. Parecía extasiada. Algo de lo que se le negaba estaba empezando a tomar forma en ella.

A partir de ese momento, Livia decidió improvisar. Aplicaba el método Tadoma tal como se lo habían enseñado: leer en los labios usando las manos, pero introducía variantes propias. Aquello parecía divertir a Cecilia, era como una travesura que ambas cometían.

El avance era lento, muy lento. Sin duda, la inteligencia de la niña no era tan precoz como la de Helen Keller, y el hecho de haber nacido con esa discapacidad la hundía aún más en la negrura del aislamiento. No podía recordar nada de una vida anterior.

Livia no se amilanó. Comenzó a llevar un diario donde anotaba los progresos, y si al cabo de la semana comprobaba que poco y nada se agregaba, daba vuelta a la hoja y anotaba: “Hoy será mejor”.

Cobró un pequeño salario después de un tiempo, y le aseguraron que en lo sucesivo percibiría su asignación en dos partes, al principio y al final de cada mes.

—Es lo que se estila —le dijo Ethel con su habitual parquedad.

La mujer era inescrutable. Si bien había sido la que tomó la decisión de presentar a Livia, jamás manifestaba emoción ni se interesaba por conocer los progresos de las lecciones.

Su eficiencia era absoluta, nunca perdía un detalle de nada ni se equivocaba con los datos que manipulaba. Cumplía con tal rigor el horario, que hubiera podido tomársela como referente para ajustar el reloj del Parlamento inglés.

Por eso a Livia le sorprendió que la llamara a la secretaría en plena jornada de trabajo.

Dejó a Cecilia con la asistente y acudió a verla.

—Ha habido cambios —le anunció Ethel.

A Livia se le erizó el vello de la nuca.

—La familia Robinson partirá en unos días a su casa de la costa y desean llevar a Cecilia con ellos. Se le asignará la instrucción de otro niño mientras tanto, y por supuesto se le seguirá pagando su salario.

La frialdad de la declaración produjo un escalofrío en la joven. ¿Cómo podía decirle que dejara a Cecilia así como así, y a cambio se ocupara de un niño nuevo, como si se tratara de fichas de un tablero?

—¿Lo sabe la señora Fuller? —atinó a preguntar.

Ethel se erizó levemente y lo disimuló enseguida.

—Todo cuanto hacemos cuenta con su aprobación.

—Ella me encargó las lecciones de Cecilia con mucho interés en lo que pudiese lograr. Me gustaría discutir con la señora Fuller este asunto.

El atrevimiento logró sacudir la compostura de Ethel Cleveland, pero generaciones de colonos de Nueva Inglaterra fluían en su sangre como para que eso la desestabilizara.

—Se lo diré. Ahora, puede regresar a su trabajo.

Ocupó su silla y comenzó a revisar unos papeles, en tácita despedida de la joven maestra.

Livia salió al pasillo desolada. No quería abandonar la instrucción de su alumna, y no sabía de qué modo romper las rígidas reglas de la escuela. Era indudable que Sarah Fuller había aceptado la situación, pues Ethel era incapaz de mentir, su conducta siempre era intachable, por eso no veía de qué manera torcer aquella decisión o influir sobre el inescrupuloso padre, que no reparaba en gastos y a la vez mezquinaba la ayuda a su propia hija.

Encontró a Cecilia en compañía de Anne Sullivan, la institutriz de Helen Keller. La mujer le sonrió recién al verla de cerca, puesto que la vista se le había deteriorado al punto de que ya no distinguía más que bultos a la distancia.

—Me parecía raro que hubiese renunciado —le dijo.

Livia se sentó junto a la dama cisne, y su desconsuelo hizo que de un tirón le contara su conflicto. Anne guardó silencio unos momentos.

—Hay veces en que no concordamos con los métodos o las reglas —empezó—. Tenemos que evaluar cuánto mal hacen. Si es poco, de nada vale que las discutamos. No creo que Cecilia se vaya para siempre, sin duda su padre sólo quiere llevarla de vacaciones.

—Sin importarle que interrumpa su educación. Sería retroceder a grandes pasos. Es poco lo que hemos avanzado.

—Mire, cuando me hice cargo de Helen, ella era sólo una niñita y había conseguido poner en jaque a todos. Ya los padres alcanzaban la desesperación. Fue por eso que buscaron ayuda, y Alejandro Graham Bell los envió al Instituto Perkins para ciegos, donde nos conocimos. Era un caso complicado. Tuve que aislarla de su familia, sacarla de su casa y encerrarme con ella, sin interferencias de ningún tipo.

Livia escuchaba con atención, pendiente no sólo de los consejos de Anne, sino del significado de las palabras, pues lidiaba con su inglés como lo hacía con todo.

—¿Quiere decir que le permitieron vivir a solas con ella?

—Sus padres sólo deseaban que saliese de su oscuridad y confiaron en mí para lograrlo. De todas maneras, el camino a recorrer es largo. Helen quiere hablar, y los padres dudan de que lo logre, temen que se frustre al intentarlo. Es otra batalla que debo librar.

—Ayuda mucho que Helen sea tan dispuesta y que haya podido ver y escuchar antes de su desgracia —observó Livia.

—Sin duda. Día a día descubrimos pequeños recuerdos que avivan su interés, aunque los comienzos no fueron fáciles, señorita Cañumil bien podríamos habernos descorazonado ella y yo. Es cierto que Helen está dotada de gran curiosidad, pero yo creo que Cecilia puede ser un diamante en bruto. Y a su padre no le faltan recursos para educarla.

—Tampoco le sobran ganas.

—¿Cómo lo sabe? Ignoramos todo sobre esa familia, hasta el motivo de su desgracia. ¿Sabe qué creo? Que debería usted pedir que la lleven con ellos de vacaciones. Supongo que al principio eso les sorprenderá, del mismo modo que sorprendí a los Keller con mi pretensión de muda ...