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LA SEGUNDA VIDA DE LAS FLORES

Jorge Fernández Díaz  

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Fragmento

Fernández Díaz, Jorge

La segunda vida de las flores - 1a ed. - Buenos Aires :

Sudamericana, 2011.

EBook. (Narrativas)

ISBN 978-950-07-3410-3

1. Narrativa Argentina. I. Título

CDD A863

Edición en formato digital: abril de 2011

© 2011, Editorial Sudamericana S.A.®

Humberto I 555, Buenos Aires.

Todos los derechos reservados.

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ISBN 978-950-07-3410-3

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Conversión a formato digital: eBook Factory

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La última seducción

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El viejo seductor llamó una tarde para pedirle que lo acompañara en su gira final. Tenía ochenta años y se retiraba de la vida sensual y de los salones. Iban a operarlo de la cadera en dos semanas y tenía la impresión de que podía morirse en el quirófano o quedar confinado para siempre a una silla de ruedas. Era bastante realista con estos asuntos: varios de sus amigos ya estaban fuera de circulación o habían muerto en intentos similares. Cuando uno se ha acostumbrado a los achaques propios y a las desgracias ajenas, no elude cierto fatalismo crepuscular. Si no muero de esto muero de alguna otra cosa en poco tiempo más —le dijo a Fernández—. Pero no quiero morir sin picar una vez más la flor. Se llamaba Frangolini, todos lo llamaban Leno, y cuando hablaba de picar estaba hablando de tres cosas a la vez: bailar un tango, levantarse una mina y llevársela esa misma noche a la cama.

Leno había sido uno de los grandes seductores de todos los tiempos. Al menos en el área de Palermo, donde el hombre tenía consultorio con casa al fondo. Frangolini era médico dermatólogo, bailarín y solterón codiciado. Jamás mezclaba el placer con el trabajo y, por lo tanto, podía revisar la piel de mujeres excitantes todo el día sin pensar en ellas como objetos del deseo. Pero después de las ocho de la noche, cuando cerraba el consultorio, el doctor salía impecablemente vestido de traje y corbata a cazar con su irresistible aire quijotesco. Le gustaban mucho el champagne y la farra, y sostenía que tocar la piel de una mujer fuera de su sagrada camilla era un lujo superior al que proporcionaban los diamantes, los zafiros y las telas más delicadas. Tenía un tacto legendario en mi barrio, y unas manos largas y sedosas. Era alto y bien puesto, lucía ojos verdes y una cabellera obstinadamente firme que ochenta años después no había sufrido mucho deterioro. Era famoso en las tanguerías, ágil en las pistas, generoso en las propinas y magistral en las seducciones. Portaba siempre una hembra deslumbrante, que le du

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