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LA SELVA (JUAN CABRILLO 8)

Clive Cussler   Jack Du Brul  

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Fragmento

Prólogo

Este de China

1281 d. C.

Una densa niebla cubría el valle, extendiéndose hacia las montañas de los alrededores. Arrastrada por la ligera brisa, hacía que pareciese que las cumbres exhalaran su aliento. Vistos desde el suelo, los frondosos bosques eran más una masa compacta que árboles definidos. No había una sola criatura correteando por la alfombra de hojas y agujas de pino ni se escuchaba el canto de los pájaros. Todo estaba envuelto en un extraño silencio. Incluso los caballos del ejército estaban sumidos en la impenetrable penumbra. Lo único que delataba su presencia era el ocasional sonido de sus cascos.

El sol comenzó a disipar lentamente la bruma y, como surgido de las profundidades, el tejado del castillo emergió de la niebla dando la impresión de que estuviera suspendido por encima del suelo. Una película de humedad brillaba sobre las tejas de arcilla roja. A continuación surgieron los imponentes muros que rodeaban la ciudad. Las almenas de la muralla eran tan regulares como los dientes de un dragón. Desde la distancia era fácil ver a los guardias patrullando en lo alto de los muros, con las largas lanzas apoyadas cómodamente sobre sus hombros. Sabían que el ejército del gran Khan estaba cerca, pero parecían seguros de que las fortificaciones eran más que óptimas para mantenerse a salvo.

Se decía que en China una ciudad sin muralla era igual que una casa sin tejado, por lo que cada aldea, por pequeña que fuese, contaba con muretes de piedra o, como mínimo, con un cercado de madera. El asedio y contraasedio se habían convertido en el método bélico más utilizado, y sus tácticas habían ido perfeccionándose durante un millar de años de conflictos.

Antes de conquistar China, los mongoles habían luchado como caballería ligera asolando la estepa y diezmando a sus enemigos con ataques rapidísimos. Pero se habían adaptado a los métodos chinos, aunque no sin cierta reticencia. Las semanas y meses, o a veces años, necesarios para penetrar los muros de una ciudad fortificada, utilizando esclavos capturados para llenar fosos y hombres con arietes bajo las fulminantes andanadas de flechas disparadas desde los parapetos, iban en contra de su arraigado deseo de obtener una victoria rápida.

Si las cosas salían tal y como estaban planeadas, y el sol que lucía a través de la niebla así lo indicaba, ese día se emplearía una nueva estrategia que haría de cualquier ciudadela amurallada una trampa de la que sería imposible escapar. Los pocos líderes militares de la región que aún no habían jurado su lealtad al Khan pronto lo harían o, de lo contrario, serían aniquilados de manera fulminante.

El ejército de quinientos guerreros a caballo y otros mil soldados a pie aguardó, durante una semana, justo al borde de la zona de cultivo de la ciudad. La cosecha había sido recogida, dejando los campos despejados y amarillentos. Eso les daría a los arqueros de la ciudadela una excelente oportunidad de acabar con cualquiera lo bastante estúpido como para lanzar un ataque directo. También significaba que tenían suficiente comida para aguantar un prolongado asedio, lo cual era de suma importancia para los defensores. Si el invierno llegaba antes de que cayeran las murallas, era probable que los mongoles regresaran al norte, a su capital, y que no volvieran hasta la primavera.

El general Khenbish tenía órdenes del Khan de tomar aquella ciudad antes de que los primeros copos de nieve salpicaran el tejado de su palacio. Si bien el Khan jamás le había honrado con su presencia, el general no tenía intención de decepcionar a su soberano, del mismo modo que tampoco lo haría con su mejor amigo. Solo deseaba que el gran líder no hubiera enviado a un emisario a presenciar la batalla. Menos aún a un hombre tan feo, de piel pálida y nariz grande y aguileña… además de unos ojos como los de un demonio. Khenbish admiraba su barba. Él no tenía más que un mostacho cuyos extremos caían a ambos lados de su boca y un vello ralo en el mentón, mientras que unos poblados rizos oscuros cubrían la parte inferior del rostro del observador.

El general Khenbish, a diferencia de otros asedios que había dirigido, esta vez no había ordenado fabricar docenas de escalas y torres, y tampoco trabuquetes ni catapultas. Tan solo había llevado consigo esclavos suficientes para atender las necesidades de sus soldados y construir dos torres con armazón de madera, ubicadas en el campo fuera del alcance de los arqueros de la ciudad. En lo alto de dichas torres había unos enormes conos de cobre abiertos hacia el cielo. En su interior, estaban revestidos por un fino baño de plata que habían bruñido hasta dejarlo bien reluciente. De la caja de madera que soportaba el peso de cada uno de los conos de casi dos metros y medio sobresalía un tubo semejante al de un cañón pequeño. Todo el ensamblaje superior se levantaba a cuatro metros y medio del suelo gracias a un entramado de madera que podía rotar y elevarse sobre un resistente cardán. Cuatro de los mejores hombres de Khenbish se encontraban en la parte superior de cada estructura.

Si el embajador del Khan tenía alguna pregunta acerca de las extrañas torres, se la guardó para él.

La yurta roja llevaba una semana montada al otro lado de las altas e impenetrables puertas de la ciudad. Como era tradición entre los mongoles, primero se montaba una tienda blanca y se daba a los líderes de la ciudad la oportunidad de pactar su rendición de forma pacífica. La sustitución de la tienda blanca de madera por la yurta roja indicaba un ataque inminente. Cuando la tienda roja se desmontaba y una negra ocupaba su lugar, era señal de que todos aquellos que permanecían dentro del recinto amurallado iban a morir.

Durante los días transcurridos desde que la yurta roja comenzó a montarse junto al camino que llevaba a las puertas, o bien había estado lloviendo o bien el cielo se había cubierto de oscuros nubarrones. Esa jornada era la primera que prometía un tiempo despejado, y tan pronto como Khenbish estuvo seguro de que el sol brillaría, ordenó a los esclavos situados al otro lado de los campos en barbecho que echaran abajo la yurta roja y levantaran su más siniestra versión.

Los arqueros dispararon a los esclavos en cuanto estuvieron a su alcance. Aluviones de flechas tan densos que parecían enjambres salpicaron la tierra que los rodeaba y algunos también dieron en el blanco. Cuatro esclavos cayeron fulminados; otros dos forcejearon con los astiles de madera que sobresalían de sus cuerpos. Los demás corrieron despavoridos, protegidos bajo el enorme bulto de la tienda negra que portaban.

De inmediato se enviaron reemplazos, que zigzaguearon de un lado a otro en un intento por conseguir que los arqueros errasen el tiro. La mayoría salieron victoriosos, pero unos pocos fueron abatidos y las flechas se clavaron más profundamente en sus cuerpos cuando cayeron a tierra. Pese a todo, se necesitaban una veintena de hombres para montar la tienda, y de esos veinte solo cinco lograron retornar a las lí

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