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LA TEORíA DE LOS MUCHOS MUNDOS

Christopher Edge  

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Fragmento

Créditos

Título original: The Many Worlds of Albie Bright

Traducción: Luis Noriega

1.ª edición: mayo, 2017

© Christopher Edge, 2016

Ilustraciones de cubierta e inicio de capítulo: © Matt Saunders, 2016

Ilustraciiones de interior: © Spike Gerrell, 2016

© Ediciones B, S. A., 2017

para el sello B de Blok

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Edición de The Many Worlds of Albie Bright publicada por acuerdo con Nosy Crow Limited.

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-720-7

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita bibliográfica

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Agradecimientos

Dedicatoria

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Para Chrissie, Alex y Josie

en todos los universos

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Cita bibliográfica

—Pero, señor —dijo Peter—, ¿de verdad cree que podría haber otros mundos por todas partes, así, a la vuelta de la esquina?

—Nada es más probable —contestó el profesor, que se quitó los anteojos y empezó a limpiarlos al tiempo que murmuraba para sí mismo—: ¿Qué será lo que les enseñan en la escuela?

C. S. Lewis,

El león, la bruja y el armario

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Fue papá el que me dio la idea de usar la física cuántica para encontrar a mamá.

Mamá murió hace dos semanas. El funeral fue un martes. Se celebró en el pueblo, en la iglesia de Santo Tomás. Al principio papá dijo que deseaba que fuera algo llamado «funeral humanista», sin «monsergas religiosas», pero el abuelo Joe lo rechazó de plano. Cuando papá trató de explicárselo, casi escupe el té:

—Ella no era una humanista —dijo—. Ella era mi hija.

Mamá había sido bautizada en la iglesia de Santo Tomás siendo un bebé y él quería que sus cenizas reposaran allí, junto a las de la abuela Joyce, mirando a las turbinas eólicas y la mina, en el límite del páramo.

Allí era donde mamá solía trabajar, abajo, en el fondo del foso. No porque fuera minera sino porque era científica. La mina de Clackthorpe es una de las minas más profundas de Gran Bretaña, y cuando el carbón se acabó y los mineros se fueron la ocuparon los científicos en busca de los secretos del universo. En el fondo de la mina podía usar todos sus equipos de alta tecnología sin que los rayos cósmicos interfirieran con los experimentos.

Los rayos cósmicos son radiación proveniente del espacio exterior. Cada segundo del día decenas de esos rayos atraviesan tu cuerpo sin que te des cuenta. No debes preocuparte por ello. La radiación cósmica no hará que te conviertas en un mutante con ojos de insecto. Sin embargo, sí afecta gravemente al tipo de experimentos que mamá y papá hacían, y esa es la razón por la que tenían que realizarlos a escondidas en las entrañas de la tierra.

Mamá y papá solían bromear diciendo que su primera cita había sido a mil metros bajo el páramo. Habían bajado a la mina en busca de la materia oscura, el pegamento invisible que une el universo, y en lugar de ello se encontraron el uno al otro. Se casaron y, saltándonos la embarazosa intervención de la biología, ocho meses después aparecí yo. Albert Stephen Bright. Mamá y papá me pusieron ese nombre en honor de sus científicos preferidos: Albert Einstein y Stephen Hawking, pero todo el mundo me llama Albie para abreviar.

Según mamá, mi llegada prematura fue un poco como el Big Bang: una sorpresa total. Y, además, bastante angustiosa, porque tuve que quedarme en el hospital hasta que tuve casi cuatro meses. Cuando por fin mejoré, viajé con mamá y papá a Suiza, donde iban a trabajar en el CERN.

El CERN es como una Disneylandia para científicos. Fue allí donde se inventó la World Wide Web, la red informática mundial, y es donde se encuentra el Gran Colisionador de Hadrones o LHC, por sus siglas en inglés. En caso de que no lo hayas visto en la tele, el Gran Colisionador de Hadrones es la máquina más grande del mundo. Tiene veintisiete kilómetros de largo y pesa treinta y ocho mil toneladas. Es descomunal. Por eso se llama el GRAN Colisionador de Hadrones. Los científicos construyeron el LHC para mirar dentro de las cosas más pequeñas del universo: los átomos.

Todo en el universo está hecho de átomos: tú, yo, este trozo de papel, incluso el sol. Y la característica de los átomos es que son pequeños, muy pequeños. Para que te hagas una idea de cuán increíblemente minúsculos son, mira con atención el punto con el que termina esta frase. ¿Lo has visto bien? Pues resulta que ese punto contiene ocho billones de átomos. Esto es: 8.000.000.000.000 átomos. Cuenta esos ceros. Hay más átomos en ese punto que personas vivas en el mundo en la actualidad. Eso es algo realmente asombroso, ¿no te parece? Y cada átomo se compone de partículas todavía más pequeñas llamadas protones, neutrones y electrones.

Cuando le pregunté a mamá por qué necesitaba una máquina tan grande para mirar dentro de algo tan pequeño, ella me dijo que el Gran Colisionador de Hadrones era como una pista de carreras subterránea para átomos en la que el ganador es el que tiene el mayor choque. En el Colisionador, esas partículas diminutas corren en círculos, dan vueltas y vueltas, cada vez más rápido, hasta que se estrellan unas contra otras casi a la velocidad de la luz. Mamá decía que eso creaba un mini Big Bang, un poco como el que creó el universo, y que ella y papá lo estudiaban con la esperanza de descubrir exactamente cómo había empezado todo.

Solo había un problema. Resulta que además de producir mini Big Bangs, el choque de átomos a velocidades cercanas a las de la luz también podía crear miniagujeros negros. Un agujero negro es una especie de aspiradora invisible en el espacio que absorbe todo lo que se acerca demasiado. En el libro que escribió mi padre se dice que dentro de un agujero negro la gravedad es tan fuerte que ni siquiera la luz puede escapar. Si tuvieras una nave espacial y pasaras cerca para echar un vistazo, el agujero negro te aspiraría y te convertiría en espagueti.

Como es obvio, la idea de que el Gran Colisionador de Hadrones permitiría crear un agujero negro aquí en la Tierra no era tan atractiva. De repente, aparecieron en el CERN montones de periodistas y cámaras de televisión para acusar a mamá, papá y el resto de científicos que trabajaban allí de estar conjurados para ¡DESTRUIR EL MUNDO! Al final, fue mi padre el que terminó enfrentándose a los micrófonos y las cámaras para explicar que la acusación era absolutamente ridícula, y que cualquier agujero negro que pudiera crearse dentro del Colisionador se evaporaría al instante sin haber absorbido a la Tierra en su interior.

Fue entonces cuando los cazadores de talentos se fijaron en él. Una compañía de televisión le ofreció a papá la oportunidad de hacer su propia serie: La guía del universo de Ben Bright: Todo lo que siempre quiso saber acerca del espacio (para las personas que en la escuela odiaban la ciencia). Y resultó que la gente que odiaba la ciencia en la escuela era muchísima: la serie fue vista por unos ocho millones de espectadores. Un crítico de televisión incluso apodó a papá «El hombre que puede explicarlo todo», aunque, para ser francos, en casa no era de gran ayuda con los deberes. De hecho, la mayor parte del tiempo ni siquiera estaba en casa, pues se la pasaba viajando alrededor del mundo filmando cosas guais para su próxima serie de ciencias.

Y cuando papá sí aparecía para recogerme en la escuela, lo usual era que yo terminara esperando por ahí mientras mis profesores se hacían selfies con él. Era bochornoso, pero a mamá no parecía importarle. Solía bromear con que gracias al tiempo que papá dedicaba a ser una estrella de la tele, ella tenía más tiempo para dedicarse a la ciencia de verdad, y que ganaría el Premio Nobel antes que él.

Eso, por supuesto, era antes de que mamá recibiera la noticia que lo cambió todo.

Fue a hacerse uno de los reconocimientos médicos que deben hacerse todos los científicos del LHC y, en uno de los exámenes, apareció una sombra. Cáncer. Y con esa palabra mamá y papá hicieron las maletas y regresamos a Gran Bretaña y al Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS por sus siglas en inglés).

De regreso en nuestra vieja casa de Clackthorpe, vi a papá llevar y traer a mamá del hospital, donde probó tratamiento tras tratamiento hasta que los médicos dijeron que ya no tenía sentido intentar nada más. Vi a mamá perder el pelo, la sonrisa y, por último, toda esperanza. Apenas tuve tiempo para enojarme, y un instante después mamá se había ido dejando detrás un agujero negro supermasivo.

Así fue como terminé en la iglesia de Santo Tomás, con la mirada clavada en su féretro. Los familiares y amigos de mamá ...