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LA TIERRA EMPEZABA A ARDER

Cynthia Edul  

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Fragmento

Un hombre me empujó con un carrito, pensé que no me había visto. Me corrí, lo dejé pasar. Pasó él, su mujer cargando un bebé, dos chicos que corrían más atrás. Ella tenía el pelo y el cuerpo cubiertos, la tela era gris. Su rostro sin rastros de cansancio, los chicos me empujaron, me corrí un poco más. Es la otra fila la nuestra, dije al único interlocutor que me podía comprender. Mi madre me miró. La otra, no esta. Ella no se movió. Un hombre me empujó con el codo, me dijo algo que no entendí, la miré a mi madre a ver si ella había logrado entender algo y ahí me di cuenta de que el pase por migraciones y el ingreso al país nos iba a llevar mucho más tiempo del que nos habíamos imaginado. En esa milésima de segundo que duró nuestro intercambio dubitativo, el hombre me dio un segundo codazo y me sacó de su camino. Tan simple como eso. Agarré a mi madre del brazo y nos cambiamos a la otra fila, que parecía ser la de no residentes.

Avanzaba lento. Las mujeres cargaban a sus hijos, otros corrían mientras sus padres esperaban para hacer los trámites de ingreso. La luz era baja y afuera todavía era de noche. Tapate un poco los brazos, dijo mi madre. Obedecí sin pensar demasiado en la orden, que parecía venir madurando desde que habíamos salido de Roma. Tapate un poco. Me puse un saquito de lana fina. Así, yo también entraba a la paleta cromática que nos rodeaba, todo un poco gris y un poco negro. La fila avanzaba lento, solo unos pasos quietos. Eran las cuatro y media de la mañana, la iluminación era tenue y hacía calor. Pocos pasos más. Los chicos corrían o lloraban, los padres soportaban, la sumisión era absoluta. Era un aeropuerto antiguo, sería de la década del treinta y no parecía haber sufrido ninguna refacción en todos esos años. El tiempo pasaba y los gendarmes iban y venían. Está así la cosa, dijo mi madre. ¿Cómo? ¡Está fuerte la cosa! En una de las paredes, un cuadro, una foto gigante con marco dorado del presidente actual, Bashar al-Assad, el hijo del último presidente, Hafez al-Assad, que había gobernado Siria durante veintinueve años. El presidente era un hombre joven, vestía de traje. Lo señalé. Mi madre me hizo una seña, como diciendo, no señales nada o ni se te ocurra abrir la boca. El oftalmólogo, iba a decir la tía, educado en las mejores escuelas de Damasco, que había vivido en Londres y que el pueblo creyó había venido a modernizar Siria. Los militares iban y venían y avanzábamos a paso cansino. Solo unos minutos para las cinco de la mañana y en cualquier momento empezaría a amanecer. Ya había comenzado el otoño, pero el calor asolaba. La temperatura pasa los cuarenta grados, dijo mi madre que la tía había dicho: durante la tarde no se puede salir. Me acomodé el saquito de lana negra y fina, en ese sector del aeropuerto no había refrigeración. Te mata, dijo mi madre, el sol acá te mata. Nos acercamos a la casilla de migraciones. Ya se podía distinguir otra foto. Era el presidente, ahora de perfil, sonreía. Vestía otro traje o acaso el mismo. Mi madre avanzó con los pasaportes en la mano abiertos en la página de la visa. Los gendarmes la miraron. Ante la falta de un good morning, ella titubeó en árabe, salam ‘aleikum, y les señaló la visa. Los hombres la miraron. Un oficial agarró los pasaportes, Argentina, dijo mi madre. El hombre miró los pasaportes y después habló con otro hombre y dijo, Argentina. Se hablaban entre ellos. Mi madre me dijo, no saben dónde está Argentina. Llegó otro gendarme, miró los pasaportes y, en un árabe todavía titubeante, mi madre señaló la visa mientras ellos seguían hablando entre ellos. La fila se detuvo. Al menos cincuenta personas esperaban que en la casilla para no residentes se desentrañara la ubicación de la Argentina para poder avanzar. Los hombres abandonaron el lugar con nuestros pasaportes en la mano y desaparecieron. Estarían en alguna oficina, buscarían un mapa. Después pensé que acaso estuvieran cotejando información. Mi madre estaba pálida, no decía nada. En la casilla había más fotos, chicas o medianas, con el rostro del presidente, sonreía o empuñaba un fusil. El gendarme apareció ahora más resuelto, preguntó algo, mi madre dijo tourist y le mostró la dirección de un hotel que la tía le había pasado por las dudas. Mi madre había escuchado historias de conocidos que la habían traumatizado. Repetía como un loro que el servicio secreto tenía colaboradores civiles en todo el mundo y que un tipo de la cole

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