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LA TIERRA SIN MAL (TRILOGíA DEL PERDóN 3)

Florencia Bonelli

5


Fragmento

(1753-1768)
CAPÍTULO I

Asunción, Provincia del Paraguay. Finales de abril de 1753.

Claudio de Ifrán y Bojons se dirigió a su joven asistente:

—Fray Pablo, leed de nuevo el último párrafo.

—Sí, Excelencia. —Depositó la péñola en el tintero y carraspeó antes de comenzar—. Por cuanto lo aquí expuesto, pongo a vuestra consideración la gravedad del asunto, toda vez que los portugueses judaizantes han hecho nido en estas tierras, infestándolas con escritos anatematizados y con sus ritos heréticos, sin menoscabar la importancia que representa haber encontrado en mi última visita de navíos libros listados en el Index Librorum Prohibitorum dentro de varias pipas de sal, como también casos de bigamia y no pocos de hechicería, en manos, generalmente, de mujeres esclavas. He tenido escritos en mis manos que revelan la posible presencia de alumbrados entre los asuncenos. En resumidas cuentas, Su Excelencia, tal y como sospechaba el Excelentísimo inquisidor general de la España, el padre Francisco Pérez de Prado y Cuesta, quien me envió a estas tierras tiempo atrás, la Provincia del Paraguay, alejada de toda orbe y civilización, se ha convertido en la guarida de Satanás, y en esta se impone con carácter de apremiante la constitución de un Tribunal del Santo Oficio, ya que es evidente que con el de Lima no se da abasto. Mi parecer es que hace muchos años se debió proceder a la constitución de lo que aquí os solicito. —El muchacho detuvo la lectura y elevó la vista—. Excelencia, ¿no deberíais hacer mención del caso de la milagrera de San Ignacio Miní, la que llaman niña santa, y lo de la curación de la viruela?

Recibe antes que nadie historias como ésta

—No. Solo tenemos la carta viejísima de ese hacendado, el tal Amaral y Medeiros, que la menciona, y los dichos de la gentuza. No he podido hablar con el provincial de los loyolistas, ni con el superior de las misiones, ni con el capellán de San Ignacio Miní. Todos me rehúyen. No —volvió a decir—, no basaremos el pedido en un hecho que no conozco cabalmente. Tal vez se trate de una mera invención de las afiebradas mentes del populacho.

—Muy prudente de vuestra parte, Excelencia —manifestó el joven dominico y prosiguió con la lectura de la carta que Ifrán y Bojons enviaba al presidente de la Real Audiencia de Charcas. Al terminar, Pablo Cerdán y Jaume preguntó—: ¿Deseáis añadir algo más, Excelencia?

—No. Haced una copia para nuestro archivo y enviad la misiva al señor presidente cuanto antes.

—Como Su Excelencia ordene.

El joven dominico abandonó la silla y se detuvo cuando su jefe volvió a hablarle.

—Luego iréis a controlar los sambenitos y los carteles de los reconciliados colgados en la puerta de la iglesia catedral. Ayer pasé por allí y los vi muy ajados, algunos nombres borrados. Creo que faltan unos cuantos. Tomad nota y disponed que sean reemplazados.

—Es sabido, Excelencia, que los familiares de los reconciliados los arrancan para no ver sus apellidos expuestos al escarnio público.

—Sí, lo sé —contestó, tajante, al percibir, en la inflexión que adoptó el tono del muchacho, cierta piedad por los parientes de los herejes—. Castigaré duramente a quien encuentre cometiendo ese delito. Ahora id y ocupaos de estos asuntos.

—Como Su Excelencia ordene.

Fray Pablo se retiró para terminar con el encargo en su celda y en el pórtico se cruzó con Cristóbal, el esclavo adquirido pocos días atrás en la almoneda. Le vino a la mente la extraña disputa que fray Claudio había sostenido con un campesino por la mujer negra. ¿Qué le había susurrado el hombre para hacer desistir al inquisidor? Después de todo, ¿de qué le habría servido una negra, si las mujeres tenían prohibido el ingreso en el convento?

Fray Claudio, sin duda, además de excelso inquisidor, además de “maestro” de inquisidores, como lo había calificado el abad, era un señor de fuste y de medios. Le había comentado otro dominico limeño que, entre sus antepasados, contaban gallardos lansquenetes, que, en la época de los Austrias, engrosaban los famosos tercios españoles, una facción del ejército admirada por su resistencia en el campo de batalla. Ese denuedo en defender a sus soberanos le había redituado a la familia Ifrán títulos y tierras.

A Pablo lo pasmaba que hubiese aceptado ocuparse de las tareas propias de un comisario en un sitio tan pobre como Asunción, más allá de que el clérigo había llegado a la ciudad en su carácter de visitador de distrito, investido con la fuerza que le prodigaban sus cargos de inquisidor del Virreinato del Perú e inspector general. Pablo no se habría atrevido a preguntarle si lo fastidiaba el encargo, pues el sacerdote hacía gala de una naturaleza inflexible y jamás hablaba de asuntos personales ni de sus sentimientos. Se limitaba a las cuestiones del Santo Oficio, a las del convento que lo atañían y a nada más; ni siquiera comentaba acerca de los problemas del reino ni de la región, tan convulsionada en esos días a causa del Tratado de Permuta. Lo visitaba a menudo ese hombrecillo llamado Árdenas, el cazador de brujas, a quien Pablo evitaba porque le daba mala espina.

Con las cartas credenciales que ostentaba Ifrán y Bojons, resultaba lógico el pedido a la Real Audiencia de Charcas, el de constituir un tribunal del Santo Oficio en la Provincia del Paraguay, no solo por la comprometida situación en la que se hallaban las almas asuncenas, sino porque el puesto de comisario, en opinión del joven fray, le iba chico a su mentor. No contaba con grandes posibilidades; los antecedentes le jugaban en contra: en el siglo pasado, se había solicitado algo similar para la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre, y Felipe III había rechazado el pedido. Se esmeraría en escribir la carta para el presidente de la Audiencia con su mejor caligrafía; tal vez terminase en manos del rey.

Tomó asiento a la mesa que le servía para todo, acomodó los elementos del recado de escribir y se dispuso a copiar la misiva. Tomó el papel y lo admiró, pues en ese elemento también residían el poder y la fortuna que manejaba el Santo Oficio. Era grueso, pero sobre todo destacaba por su color blanquecino y su textura suave; nunca había visto uno de calidad tan refinada. Fray Claudio le había explicado que la pureza de su color blanco se obtenía gracias a un proceso especial. Solo lo empleaban los inquisidores de alto rango y en la Secretaría de Estado y del Despacho del Rey. Como fuese, era un placer deslizar la péñola sobre esa superficie.

* * *

Claudio de Ifrán y Bojons lanzó un suspiro cuando su secretario lo dejó solo. Se levantó la manga de la sotana y se rascó el brazo cubierto por un sarpullido que había comenzado tiempo atrás, unas semanas después de su llegada a Asunción el año anterior. El doctor Moral, único físico de la ciudad, que le inspiraba poca confianza, le había diagnosticado parestesia para luego cambiar el dictamen por absceso. En aquel momento, lo único que había deseado era que Moral descartase la posibilidad de que fuese lepra, lo que el médico había hecho con vehementes aseveraciones. Su miedo no era infundado; en la cárcel secreta del Santo Oficio, llamada simplemente la secreta, uno de los prisioneros, un hombre acusado de judaizante, había contraído la enfermedad, uno al cual él había interrogado. La certeza del físico le provocó tal alivio que ni reparó cuando este le abrió el absceso con un postemero y le aplicó un ungüento.

El flemón había sanado para reaparecer al cabo de unas semanas, más extendido y virulento, ensañado sobre todo en los codos y las corvas. Moral, entonces, lo calificó de “enfermedad de la piel”, y le recetó baños de inmersión en agua tibia con unas cucharadas de vinagre medicinal que hedía, lo cual perturbaba a fray Claudio, pues, al contrario de la mayoría de sus pares, se mostraba en extremo celoso de su higiene personal y la de sus estancias.

Abandonó el despacho, cruzó el pórtico al paso acelerado que lo caracterizaba y que el picor acicateaba, e ingresó en el sector de sus aposentos.

—¡Cristóbal!

—¿Excelencia? —contestó el esclavo, con la vista al suelo.

—¿Está listo mi baño?

—Sí, Excelencia.

—¿Echaste las cucharadas de vinagre?

—Sí, Excelencia.

—Ayúdame a desvestirme.

Se dejó la camisa de delgada holanda pues si bien Moral le había sugerido que lo hiciese desnudo, de ninguna manera ofendería al Señor Nuestro Dios enseñándole sus partes vergonzosas. El contacto con el agua lo alivió casi de inmediato. Suspiró y apoyó la cabeza en la pared alicatada de la tina que había mandado construir y que había provocado un ceño al abad; el hombre nada dijo; después de todo, era por cuestiones de salud.

Comenzó a bisbisear el rosario y, como a menudo le sucedía, el rostro y el nombre de ella se inmiscuyeron entre los avemarías y los padrenuestros para robarle la paz. Se preguntó si ella habría conocido la cura para su dolencia. “Sí”, admitió. La había visto operar prodigios con hernias, roturas de huesos, quemaduras y enfermedades con las que los médicos no sabían cómo proceder. Durante semanas, antes de arrestarla, la había vigilado, y en una oportunidad la había visitado en su humilde casa y consultado por un supuesto malestar estomacal. Se había tratado de la primera vez que la tenía tan cerca, y si bien sus rasgos lo habían impresionado, un aura intangible, más peligrosa que la belleza, lo había succionado hacia ella como el vórtice de un tornado. Lo había mirado en lo profundo de los ojos y lo había hechizado.

—Vuesa merced no padece de nada —había manifestado la descarada—. Está aquí por otras razones.

Pese a todo, el recuerdo lo hizo sonreír. Ella lo había hecho sonreír, acción que él evitaba; la juzgaba contraria a las cualidades de un buen inquisidor, y sin embargo, con ella había surgido espontáneamente, y qué bien lo había hecho sentir.

Apretó el puño en torno a las cuentas del rosario y elevó el tono de voz para ahogar a fuerza de avemarías los recuerdos de esa mujer, que aun muerta, lo atormentaba. Abandonó la tina, la comezón aliviada.

* * *

Octavio de Urízar y Vega, más conocido como padre Ursus dada su imponente contextura, se recogió la sotana y saltó desde la jangada al muelle del puerto de Asunción. Unos payaguás lo rodearon para ofrecerle sus servicios, que el jesuita aceptó antes de alejarse hacia la casa de la Compañía de Jesús. Caminaba, ansioso, en parte porque esperaba encontrar a su gran amigo, el padre Santiago de Hinojosa, y también porque ansiaba echar mano de las cartas que su familia y Manú le habrían enviado desde Buenos Aires.

Le abrió el hermano César, alegre y simpático como de costumbre, que lo acompañó a la cocina, donde le proporcionó una jofaina para que se lavase y le sirvió un refrigerio.

—Iré por el padre Santiago —se excusó el hermano lego—. Me pidió que le avisase apenas arribarais.

Ursus abandonó la mesa al ver entrar a su querido amigo, Santiago de Hinojosa. Se saludaron con un abrazo y se sentaron a compartir mates mientras intercambiaban novedades.

—¿Cómo ha ido tu viaje a Córdoba? —se interesó Santiago—. ¿Cómo has encontrado la ciudad? ¿Muy cambiada desde nuestros años en el seminario?

—No, cambiada no. Igual, diría.

—¿Cómo están las cosas por allá?

Ursus agitó los hombros en tanto succionaba la bombilla.

—Noté abrumado de preocupaciones al padre José —se refería a José Barreda, el provincial de los jesuitas—, resignado, diría.

—La situación se complica.

—¿Qué ha sido del padre Altamirano? —Ursus preguntaba por el jesuita al que todos llamaban “comisario” Altamirano, enviado por el general de la orden para ocuparse de la migración de los guaraníes que, después del Tratado de Permuta, habían quedado del lado portugués.

—Ha debido huir a Buenos Aires. —Echó un vistazo en torno para asegurarse de que estuviesen solos—. Es un hombre soberbio y en absoluto conocedor de la idiosincrasia de nuestros indios. Durante los meses que lo asistí como secretario, nunca prestó atención a mis advertencias. La última decisión, la de exigir a los capellanes de los pueblos en conflicto que abandonasen a los indios a su suerte si estos no se avenían a mudarse, fue la gota que colmó el vaso. Amenazó con excomulgar a los padres capellanes si no salían de los pueblos rebeldes. Los indios fueron a buscarlo a Santo Tomé para matarlo. Por fortuna, se lo advirtió a tiempo. Yo, por orden del padre Strobel —hablaba del superior de las misiones, que residía en el pueblo de la Candelaria—, me quedé en estas tierras y no viajé a Buenos Aires con Altamirano. Ahora tengo una cátedra en el colegio.

—¿Volverá? Me refiero a Altamirano —aclaró Ursus.

—Espero que Nuestro Señor no lo permita. Lo cierto es que ahora, con la guerra en puerta y sin los indios mudados a otras tierras, no le queda mucho por hacer. Hizo el paripé de que lidiar con esos indios sería pan comido y fracasó rotundamente.

—¿Estamos a las puertas de la guerra?

—Me temo que sí, amigo mío. Si bien el gobernador Andonaegui ha enviado comitivas militares en son de paz para tratar de convencer a los indios de que se muden a otras tierras, dudo de que logren su cometido. Por fin los peninsulares se darán cuenta de que si los indios nos hacen caso es porque saben que es para su provecho. En esta oportunidad juzgan lo contrario y nos dan la espalda. No son niños que se dejan arrear como ganado, como tantas veces han declarado nuestros enemigos en la corte de Madrid.

—¡Qué mal terminará todo esto, Santiago! Para nuestros indios y para nuestra orden.

—Sí, me temo que sí. Pero háblame de cosas menos aciagas. Cuéntame, ¿has sabido de mi Manú?

Ursus se palmeó el costado de la sotana y sonrió.

—El hermano César acaba de darme la correspondencia que llegó de Buenos Aires. La leeré, tranquilo, esta noche.

—Y de Aitor, ¿qué has sabido? ¿Regresó a San Ignacio?

Una sombra se posó sobre el gesto del jesuita y le borró la sonrisa.

—Como sabes, acabo de regresar después de un largo tiempo lejos de la misión, pero hasta que me fui, no se sabía nada de él. Desapareció a mediados de diciembre. Estamos a finales de junio. Aunque espero que haya vuelto, mi instinto me dicta que no.

—Se habrá unido a los ejércitos de algún pueblo rebelde.

Ursus agitó la cabeza para negar.

—He enviado misivas a los capellanes de los siete pueblos, aun al de Yapeyú y al de La Cruz, y ninguno ha visto u oído hablar de Aitor Ñeenguirú.

—¿Qué habrá sido de él?

Ursus no tuvo tiempo de manifestar sus teorías. El hermano César entró en la cocina y le anunció que un visitante, al enterarse de su presencia, había solicitado verlo. Lo aguardaba en el locutorio.

—Se trata de don Hernando de Calatrava —añadió el coadjutor.

—Ven, Santiago. Acompáñame. Me gustaría presentártelo.

—Lo conozco de vista. Viene a menudo a buscar el tónico que le mandas.

—Lo prepara Ñezú con astillas de yvyra vera. De guayacán —tradujo—. Para sus pulmones, muy dañados durante sus años de prisión en Lima. Calatrava asegura que la mejoría es notable. Espero que durante mi ausencia se lo hayan hecho llegar.

—Lo ha recibido, sí —intervino el coadjutor.

—Pensar que era nuestro enemigo durante la revuelta de los comuneros —comentó Hinojosa.

—Ya ves cómo es la vida, amigo mío. A veces las tornas se vuelven.

Santiago de Hinojosa juzgó sincera la alegría que mostraba el alguna vez soberbio coronel de Calatrava al encontrarse con Ursus. Se quitó el ajado tricornio y se inclinó para besarle la mano, que el sacerdote retiró para palmearlo en el hombro. Decidieron caminar los tres juntos hasta el mercado, donde Ursus compraría sal y pocos elementos más que no se fabricaban en las doctrinas. A cierto punto, Hinojosa los abandonaría para continuar hacia la casa de una feligresa enferma a quien visitaba semanalmente para llevarle la comunión.

—¿De quién se trata? —se interesó Ursus, mientras sorteaba un bache.

—Mencía Cerdán y Jaume, una santa mujer, muy piadosa, devota de nuestra orden. Es joven aún, pero sufre de una dolencia que el doctor Moral no ha sido capaz de curar ni de identificar, me atrevo a decir. Está muy sola. Es viuda y su único hijo ha profesado como dominico.

Un hombre saltó de una carreta y atrajo la atención de Ursus. Vestía un saco bendito, o sambenito, como se conocía a la esclavina amarilla que los reconciliados con el Santo Oficio eran obligados a llevar como recordatorio de su falta o de su herejía. En el centro de la prenda había una media aspa negra, símbolo que indicaba que se trataba de un abjurado de levi, o tal vez de vehementi.

—Es la primera vez —comentó Ursus— que veo un ensambenitado en Asunción. He visto los sambenitos colgados en la puerta de la catedral, pero corresponden a casos tan antiguos que nunca los vi puestos en sus dueños.

—El año pasado —explicó Santiago de Hinojosa— llegó a la ciudad un alto funcionario del Santo Oficio de Lima. El inquisidor Claudio de Ifrán y Bojons.

—¡Ey, don Hernando! —exclamó Ursus, y con una de sus manos lo ayudó a recuperar el equilibrio.

—Me resbalé —se disculpó Calatrava—. Es difícil no perder el paso con este fango.

Ursus lo contempló de reojo y asintió.

—Llegó como jefe de una visita de distrito —prosiguió Hinojosa— y aseguran que, como se encontró con tanta herejía y maledicencia, ocupó el cargo de comisario y se quedó entre nosotros. Sabemos que ha pedido a la Audiencia de Charcas fijar un tribunal aquí, en Asunción.

—¿Un tribunal aquí, en Asunción? —se extrañó Ursus.

—Así es.

—¿Sabes por qué ese hombre carga con el sambenito? ¿Judaizante, tal vez?

—No —contestó Hinojosa—. Bígamo. Os despido aquí. Esta es la casa de doña Mencía.

—Nos vemos más tarde —saludó Ursus.

—Que Dios os acompañe.

Avanzaron en silencio hacia el corazón del mercado, donde los comerciantes, sin mostradores ni sillas, exponían los artículos sobre esteras. Había gran cantidad de mujeres ofreciendo jarrones de miel, atados de mandioca, algodón en flor, cañas de azúcar, velas, pasteles, fruta, botes de sal, huevos y atados de tabaco. Los hombres mercadeaban la carne, el vidrio y gran variedad de herramientas, en tanto los payaguás ofrecían pescado, que colgaban en los remos de sus embarcaciones y que acarreaban cruzados sobre los hombros.

—¿Cómo se encuentra doña Nicolasa? —se interesó Ursus, mientras estudiaba la calidad de un pedazo de vidrio.

—Mejor desde que le compré una esclava.

—Me alegro por la compra de la esclava. Eso quiere decir que las cosas van bien.

—No diría bien, pero sí mejorando.

—¿Es trabajadora?

—La compré hace un par de meses, hacia finales de abril, y hasta el momento ha demostrado ser muy útil. Es callada y taciturna, pero industriosa. Nicolasa luce más… aliviada.

—Debió de ser duro para ella cambiar una vida de postín en lo de Amaral y Medeiros por una de trabajo riguroso.

—Sí, lo ha sido. Lo es. —Calatrava bajó la vista e hizo dar vueltas el tricornio—. Padre Ursus, no he sido el esposo que ella esperaba. No he sido un buen esposo —remató.

—¿Os gustaría hacer confesión?

—Otro día, padre. Necesitaría tiempo para contaros mis pecados y ahora llevo prisa.

Se despidieron, y Calatrava envió saludos y agradecimientos al paje que le proporcionaba el tónico que estaba sanándole los pulmones. Ursus lo acompañó con la mirada hasta que el hombre trepó en la carreta y se alejó por el camino real.

* * *

Le abrió Tomasa, la india que vivía con doña Mencía.

—¿Cómo ha estado la señora?

—Ahí, padre. El doctor Moral le cambió el cordial. Veremos si eso la pone buena. Vuesa merced conoce el camino. Yo iré por el mate.

La dueña de casa, que en su primera juventud sin duda había sido una beldad, cosía en el estrado, hundida en almohadones, el rostro pálido, los labios azulados, las ojeras marcadas, las puntadas lentas. Aseguraba que le faltaba el aire, que si se movía deprisa, se mareaba, que la sorprendían espasmos en el pecho, que la ahogaban y le comprimían la garganta. El físico había intentado varios tratamientos, sin resultados.

“Si estuviese Manú”, caviló Hinojosa, y enseguida se reprochó la idea. Aunque Manú viviese en San Ignacio Miní, no la habría llevado a casa de doña Mencía, por mucho que lo angustiase el sufrimiento de la feligresa. Habría sido como empujarla en la guarida del león. Pablo, el hijo de la dueña de casa, joven dominico, era el secretario del inquisidor que sumía en el pánico a los asuncenos, el tal Ifrán y Bojons, el cual, desde su llegada el año anterior, insistía en que se le revelasen los detalles del caso de la niña santa y del papel que había desempeñado durante la peste de viruela. Por fortuna, tanto el padre provincial José Barreda, como el superior de las misiones, el padre Strobel, soslayaban el tema y le restaban importancia, atribuyendo la fama de la niña a las mentes supersticiosas e influenciables de los indios.

Contempló a doña Mencía, que no se había percatado de su presencia. La serenidad de la mujer aquietaba el tumulto que en general azotaba su cabeza. Se preguntaba por qué ansiaba ayudarla, calmar su malestar, sanar su cuerpo. No negaría que, de las feligresas a las que confesaba y asistía con ayuda espiritual, Mencía Cerdán y Jaume era especial; su favorita. Se convenció de que lo atraía la sabiduría innata de la mujer, la bondad sincera, esa que él asociaba a un alma caritativa y no a una agobiada de preceptos y de mandatos. En resumidas cuentas, Mencía era bondadosa simplemente porque lo era, no porque la religión se lo ordenase.

Admiraba la dulzura con que trataba a Tomasa, pese a que la india era una cascaciruelas que ni siquiera cebaba bien, y era condescendiente con los dos esclavos de su propiedad, a los que les permitía comer lo mismo que se servía en su mesa y a quienes tenía bien vestidos, aun calzados, una rareza entre los de su casta.

—¡Padre Santiago! —La mujer lo descubrió observándola y le sonrió—. Pasad, por favor, pasad.

—Lucíais tan serena que no quería sobresaltaros. No abandonéis el estrado, señora. Os veo muy cómoda allí.

—Iré a sentarme con su reverencia en la sala.

Había un aura de belleza inmarcesible en torno a ese rostro que se había ajado a causa de la mala salud, una luz que aún brillaba en sus ojos grisáceos y que, Santiago estaba seguro, provenía de su espíritu elevado.

—Bendígame, padre.

El jesuita apoyó la mano sobre la cabeza inclinada de la mujer y, al rozar la suavidad del cabello, sufrió un estremecimiento que le erizó la piel del antebrazo.

—Dios os bendiga, doña Mencía, y os proteja de todo mal.

—Amén. Gracias, padre.

Tomasa llegó con el servicio del mate. El jesuita y la dueña de casa conversaban de nimiedades en tanto sorbían la infusión de yerba. Santiago estudiaba los movimientos lentos de la feligresa y fijaba la vista en los labios que se asían a la bombilla de plata; aun la simple acción de succionar la cansaba.

—¿Cómo os habéis sentido, señora?

—Mejor, padre, gracias al nuevo cordial que me recetó el doctor Moral.

—Doña Mencía…

—¿Qué, padre? ¿Qué deseáis decirme?

—Si vuesa merced me lo permitiese, yo consultaría a un paje, un curandero —tradujo—, del pueblo de San Ignacio Miní; le preguntaría acerca de vuestro estado de salud. Es un gran conocedor de la flora de estos parajes y de sus propiedades curativas. Mis hermanos jesuitas y yo hemos visto operar prodigios con sus bebedizos y electuarios. El padre van Suerk, el sotocura de San Ignacio, que es un médico de gran reputación, lo respeta como si se tratase de un colega de Montpellier.

—No he podido menos que notar que habéis dudado en ofrecerme la sabiduría de este paje. ¿Por qué?

—Pues… Porque vuestro hijo, que ahora asiste al inquisidor Ifrán y Bojons, podría oponerse. Después de todo, se trata de un curandero.

Mencía bajó la vista y suspiró.

—Mi hijo. Mi dulce Pablo.

—Se encuentra bien, espero.

—De salud, sí, a Dios gracias. Pero…

—Hablad, señora. ¿Qué os angustia? Sabéis que podéis confiar en mí.

—Sí, sí, lo sé. Es que… Me temo que su alma se haya endurecido desde que… Era un muchacho tierno y amable. Ahora se expresa con severidad. Se ha vuelto crítico y moralizante.

Santiago extendió la mano y apretó la de doña Mencía, que alzó el rostro y lo contempló, sorprendida.

—No mencionéis esto con nadie, señora mía —susurró, de modo que Tomasa no lo escuchase.

Resultaba palmario que la mujer culpaba a la influencia del inquisidor Ifrán y Bojons por el cambio en la disposición de su hijo, y ese conocimiento en las manos equivocadas podía costarle caro a la viuda.

—Padre, sé que no debo hacerlo.

Un carraspeo los sobresaltó. Santiago de Hinojosa apartó la mano y se puso de pie.

—¡Niño Pablo! —se alegró la india.

—Tomasa, te he dicho que me llames fray Pablo.

—Disculpas, fray Pablo, es que lo he llamado niño toda la vida. Y no me acostumbro.

Mencía y Santiago intercambiaron una mirada.

—Buenas tardes, fray Pablo —saludó Hinojosa. Pese a lo seguido que visitaba la casa de los Cerdán y Jaume, era la primera vez que se cruzaba con el único hijo—. Soy el padre Santiago de Hinojosa.

—Buenas tardes, padre. Mi madre me ha hablado de vos.

—¡Hijo, qué alegría verte! —La mujer extendió las manos, que el joven tomó antes de inclinarse y besarla en la frente.

Santiago notó que el rostro pálido de Mencía adquiría colores, que se le iluminaba ante la presencia del hijo, y se vio asaltado por un sentimiento que no supo definir hasta un rato después: celos.

Transcurrieron los primeros minutos entre silencios incómodos y frases de protocolo. Pablo tomó la iniciativa y comentó:

—Me ha dicho mi madre, padre Santiago, que vuesa merced vivió durante casi quince años en la doctrina de San Ignacio Miní.

—Así es.

—¿No es allí donde la última peste de viruela, la del 50, no mató a uno de vuestros indios?

—Así es.

—Dicen que fue obra de una niña santa que allí vive. Una niña blanca —añadió.

Hinojosa sonrió y sacudió la cabeza con gesto relajado, más allá de que en el pecho se le hubiese formado un nudo.

—¿Por qué sonreís, vuesa merced? No creo que el tema se deba tomar a chirigota.

—¡Hijo! —se agitó doña Mencía.

—Señora, calmaos —terció Santiago—. Disculpad, fray Pablo. Mi sonrisa no se debe a que tome el tema a chirigota, sino a que me asombra cómo las cosas se salen de madre, y cómo todo se exagera y pierde dimensión.

—¿A qué os referís?

—A que la niña santa no existe y que lo de la viruela se debió a un procedimiento que practicó el doctor van Suerk, el sotocura de San Ignacio Miní, que evitó que nos contagiásemos de tan cruel enfermedad.

—¿Qué procedimiento?

—No conozco los detalles. Sé que se trató de una práctica que un facultativo inglés, compañero de van Suerk en la Universidad de Montpellier, le comentó por carta.

—¿Inglés, habéis dicho? —Hinojosa asintió con seriedad—. ¡Un hereje, seguro!

—¡Pablo, hijo! Si ese hereje, como tú lo llamas, ayudó a salvar las vidas de esas gentes, ¿qué más da que no practique nuestra religión?

—¡Madre! ¿Qué estáis diciendo? Nada bueno puede venir de un hereje.

—Tal vez sea católico —terció Hinojosa.

—Lo dudo —aseveró el joven dominico, envarado—. Volviendo al tema de la niña santa, vuesa merced dice que tal cosa no existe. ¿No es cierto, entonces, que una niña blanca vive desde hace años en San Ignacio Miní?

—Vivía —lo corrigió Hinojosa, en tono cauto—, y no era una niña santa. Simplemente era una niña blanca. Los indios, que son muy impresionables, la ensalzaron debido a las circunstancias de su nacimiento.

—¿Cuáles fueron esas? —inquirió el dominico.

—El capellán de San Ignacio la halló, recién nacida, una noche, a orillas del río Paraná.

—¡Oh! —se impresionó doña Mencía.

—Yo estaba con él. Su madre, una joven de buena casta (eso era evidente por las ropas que llevaba encima), acababa de parirla, allí, a varas del río.

—¡Pobre criatura! —intervino otra vez la dueña de casa.

—Murió pocos minutos después de que las encontrásemos. Pensamos que Manú…

—¿Manú?

—Manú, la niña. Pensamos que ella también moriría, pero, contra todo pronóstico, sobrevivió. Eso bastó para que se la adornase con la fama de niña santa —mintió Hinojosa, y se dijo que pecaba para salvar a Manú, pues prefería el Purgatorio a causa de esas mentiras piadosas que saber a su dulce niña en manos del Santo Oficio.

—¡Qué historia tan triste y asombrosa al mismo tiempo!

—Así es, doña Mencía, triste y asombrosa.

—Decís que la niña ya no vive en la doctrina —persistió fray Pablo.

—Ya no es una niña, sino una joven de diecisiete años, en extremo piadosa y de alma pura. Y no, ya no vive en San Ignacio Miní. Abandonó el pueblo en mayo del 50.

—¿Por qué?

—Así lo dispuso el padre Manuel Querini, el provincial de aquel momento.

—¿Adónde se encuentra ahora?

—Esa información deberéis solicitársela a mi superior, el provincial Barreda.

—¿Es que vos no sabéis dónde se encuentra?

—No —siguió mintiendo.

* * *

Acabados los ejercicios espirituales, Ursus rompió el sello de lacre y desplegó la hoja de Manila. Aunque la notó temblorosa, reconoció la caligrafía de Ederra. Dentro había otra misiva, que hizo a un lado para leer primero la de su hermana. Reparó en la fecha, 21 de marzo del año de la salvación de Nuestro Señor de 1753; habían transcurrido poco más de tres meses desde que Ederra la había despachado.

“Querido hermano, espero que te encuentres con buena salud y en la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.

”Te escribo estas líneas desde el dolor más profundo y te pido que perdones mi caligrafía; me trema la mano.

”Es mi deber anunciarte que he perdido a mi Alonso. Lo encontraron degollado en el portón de mulas, sobre la calle de San Nicolás, tres días atrás, la mañana del 18 de marzo. Lo sorprendieron para robarle el caballo y las pocas pertenencias que llevaba encima. Nadie sabe quién lo hizo; no ha quedado rastro del o de los demonios que me lo quitaron.

Ursus comenzó la carta de nuevo; había entendido mal. Sus ojos barrieron las primeras líneas y acabaron arrasados. Soltó el papel, se cubrió el rostro y sollozó. ¡Qué sino tan cruel le había tocado en suerte a Ederra! Una nueva pérdida la asolaba. ¿No bastaba con haberle quitado a la pequeña Crista? Tomó inspiraciones profundas hasta aplacar los latidos y recobrar la compostura. Levantó la carta y siguió leyendo. Ederra le detallaba las cuestiones del funeral y la reacción de los amigos, que se habían mostrado solidarios.

”En medio de este dolor tengo que darte otra mala noticia. Esta no me apena; me enfurece. Tu protegida, la perdida de Emanuela Ñeenguirú, decidió fugarse. Lo hizo, presumimos, la noche del 16 de marzo, o la madrugada del 17.

Un sofoco oprimió el amplio torso del jesuita y se le erizó la piel. El temblor de las manos le impedía avanzar con la lectura. Soltó la carta y se tomó de nuevo unos segundos para calmarse. “¡Manú, mi pequeña Manú!”, exclamaba para sí, acongojado por una pena indescriptible, tal vez más dolorosa que la causada por la muerte de su cuñado.

”No hemos vuelto a saber de esa desagradecida, a quien acogimos cuando no tenía adónde ir. Así nos paga, huyendo, humillándonos, poniendo en entredicho el buen nombre de los Urízar y Vega, pues ¿qué explicaciones daremos a nuestras amistades? Ella formaba parte de la familia y estaba a punto de contraer nupcias.

”Pero aquí no acaban las maldades de esa perdida. Necesitas saber que, al momento de dejar nuestra casa, se encontraba en estado de buena esperanza.

—¡Qué! —exclamó Ursus, y releyó la última línea. ¿Su Manú embarazada? ¿De quién?—. Aitor —masculló.

”No sabemos quién es su amante ni si ha huido con él. Su prometido, el doctor Murguía, quien, pese a saberla mancillada para siempre, había aceptado casarse con ella, está hecho un basilisco. Sé de buena fuente que ha jurado que no se detendrá hasta dar con ella. Si llegases a saber dónde se esconde, por favor, dímelo. Es justo que el doctor Murguía lo sepa.

”Te adjunto una carta que Emanuela escribió antes de desaparecer, de la cual no entiendo una palabra por estar en guaraní, y que le pidió a Justicia que entregase y que yo confisqué. No logré extraerle el nombre del destinatario.”

Ederra terminaba poco después, con más epítetos para Emanuela y lamentos. Ursus abandonó el papel sobre la mesa y se refregó la cara. Desplegó la misiva que acompañaba la de su hermana y leyó con ojos ávidos.

“Buenos Aires, 16 de marzo del año 1753 de Nuestro Señor.

”A la salida de la misa de once, me he encontrado con el cabo Matas. Me ha dicho que te ayudará a huir esta noche. Desde que supe de tu detención, no vivo, no duermo, no como, me cuesta respirar; solo pienso en ti y me angustio haciendo cábalas sobre tu suerte. Rezaré por ti y por el cabo Matas, para que todo salga de acuerdo con sus planes.

”En cuanto a mí, no cometeré el mismo error de tiempo atrás, no me iré sin despedirme, sin decirte adónde voy. Tengo que escapar y cuanto antes. Lo haré esta noche después de haberme asegurado de que estás libre. Me pondré bajo la protección de Lope, tu hermano y mi gran amigo. Él me conducirá a Orembae, donde viviré con su madre, con Ginebra y con tu padre. Pese a la profunda tristeza que siento por lo que ha ocurrido en los últimos días, saber que conoceré a tu padre me hace ilusión.

”No me busques, por favor. Saber que estás casado con ella ha sido una de las noticias más inesperadas y duras que he recibido en mi vida. He ocultado ese dolor bajo las tantas preocupaciones que me atormentan por estos días, y me gustaría que allí se quedase, enterrado para siempre, pues temo que si le permito volver a la superficie, me destruirá, y yo debo conservar el ánimo por mi hijo. Nuestro hijo.

”No quiero preguntarte por qué la desposaste. Me dirás lo mismo que dos días atrás, que tuviste que hacerlo. No quiero pensar en tantos detalles y contradicciones que no comprendo. No quiero saber por qué no me lo contaste, por qué volviste a engañarme, a decirme que me convertirías en tu esposa. Quiero olvidar, Aitor. Lo necesito por mi bien y el de mi hijo. Por eso, no me busques, te lo imploro.

”Que Tupá y Tupasy María te preserven de todo mal y guíen tus pasos para que seas feliz.

”En mi corazón, siempre serás solo tú.

Emanuela Ñeenguirú.”

Las revelaciones lo dejaron sin aliento, sumido en sentimientos tan contradictorios como intensos; alegría, porque Manú estaba cerca; tristeza, porque su pequeña había regresado con el corazón destrozado; ira destinada a Aitor, porque la había engañado; miedo por saberlo en prisión; agobio ante la inmensidad del amor que se profesaban esos dos desde hacía más de diecisiete años y que se mantenía incólume pese a las vicisitudes con que la vida los desafiaba. “En mi corazón, siempre serás solo tú.” Así era su Manú, fiel y bondadosa aun en las peores circunstancias. Aitor no la merecía, pero la necesitaba tanto como a su próximo respiro. Manú constituía su única oportunidad de redención.

* * *

Cristóbal guió a Árdenas hasta el despacho de fray Claudio. El dominico se hallaba de espaldas al ingreso, de pie frente a un ventanal que daba al puerto. Apenas giró el cuello cuando chirriaron los goznes de la puerta y, al constatar que se trataba del cazador de brujas, regresó a su posición meditativa sin pronunciar palabra.

Árdenas echó un vistazo en torno y descubrió al secretario, fray Pablo, sentado en el escritorio, la vista anhelante estática en la figura del inquisidor.

—Decís que ese jesuita…

—Santiago de Hinojosa —completó el joven dominico.

—Decís que Hinojosa asegura que encontraron a la niña santa a orillas del Paraná.

—Sí, Excelencia. Su madre acababa de parirla. Murió minutos después. Pensaron que la niña también moriría, pero sobrevivió. En opinión del jesuita, eso despertó toda clase de supersticiones entre los indios.

—Comprendo. ¿Cuál es el nombre de la niña?

—Manú.

—Un nombre guaraní, estimo.

—No lo sé, Excelencia.

—Averiguadlo, fray Pablo.

—El jesuita se mostró muy cauto y reticente. No será fácil obtener información de él.

—Usad a vuestra madre para que le sustraiga información al jesuita.

Las mejillas casi imberbes de Pablo adoptaron un tenue color rosado. Bajó la vista antes de contestar:

—Como Vuestra Excelencia ordene.

—En cuanto al procedimiento para lo de la viruela, ¿cómo decís que se llama el sotocura de San Ignacio Miní, el que lo utilizó?

—Era un apellido extraño, Vanser, Vanfer… Algo por el estilo. No sonaba español.

—Fray Pablo, si lo que deseáis es ser un inquisidor, tendréis que aprender a estar más atento y recordar y memorizar la información que obtengáis, así, como al acaso. Esa siempre termina revelándose como la más valiosa.

La tonalidad rosada de las mejillas de Pablo se convirtió en un intenso color rojo, que trepó aun por los pabellones de las orejas y la tonsura.

—Retiraos.

—Sí, Excelencia.

Ifrán y Bojons soltó un suspiro y regresó a su escritorio.

—¿Acabas de llegar, Árdenas?

—Así es, Excelencia.

—¿Alguna novedad? —preguntó, con el desinterés que nacía del desaliento, mientras paseaba la vista por un folio con un sello de lacre.

—Estuve del otro lado del río Uruguay. La cosa está muy tensa por aquellos lares. Hay indios alzados por doquier. Los soldados portugueses y los españoles están siempre con las armas en las manos. No les permiten comenzar con las tareas de demarcación.

—Nada de eso me interesa, Árdenas. Dime algo con sustancia.

—En Yapeyú, contraté a un indio muy despierto, un guaraní que, según me dijo el lenguaraz, es un correveidile que todo lo sabe; nada importante escapa a su gobierno. Le pedí que se mantuviese alerta por si una tal María Clara de Calatrava aparecía por la zona. Le ordené que me enviase mensaje con un propio a Asunción de inmediato. Le di unos cuartillos y fue como si le entregase oro.

—Es que no conocen el metálico.

—La esperanza de recibir más cuartillos lo mantendrá atento. Necesitaba contratar a otra persona, Excelencia, de lo contrario…

—Has hecho bien en sumar ese indio al resto de soplones y contactos que tienes por todas partes —concedió fray Claudio—. Veremos si prueba ser más útil que los demás, que hasta el momento solo han demostrado ser zánganos sin ninguna utilidad. ¿De qué pueblo es este indio?

—De San Ignacio Miní.

Ifrán y Bojons levantó la vista del documento y la clavó en Árdenas.

—¿No se te ocurrió preguntarle por la niña santa?

—Lo hice, Excelencia, pero el muchacho asegura que la niña se marchó hace años y que nada saben de ella.

—¿Te contó de algún portento?

—No. Su actitud cambió cuando le pregunté por los supuestos dones para sanar de la niña. Me dijo que él no sabía nada de eso.

“La protege”, dedujo fray Claudio.

—¿Cómo se llama este guaraní?

—Laurencio Ñeenguirú, Excelencia.

* * *

Todos detestaban el Tratado de Permuta. Y a Fernando VI por haberlo firmado. Lo llamaban el rey imbécil. Laurencio, en cambio, creía que el acuerdo entre el Portugal y la España se había convertido en la puerta de escape de una vida mediocre en la doctrina de San Ignacio Miní hacia una de libertad y aventuras. Sus tíos Marcos y Fernando y su padre, Bartolomé, habían regresado a la doctrina después de meses de compás de espera en San Nicolás. Los tres declaraban echar de menos San Ignacio y a sus familias. A él, en cambio, nada le faltaba, y estaba feliz de haberse sacado de encima a su esposa, la que había resultado cómoda y quejumbrosa. No tenía intenciones de regresar. Después de haber probado el dulce sabor de la libertad, moviéndose de pueblo en pueblo, siendo dueño de su tiempo y de su destino, no volvería a echarse al cuello el yugo que significaba vivir regido por los campanazos de los pa’i.

En sus vagabundeos había aprendido que la información era un bien tan preciado como el tabaco o la chicha, y que los militares, fuesen españoles o portugueses, tarde o temprano estarían dispuestos a pagar por ella. Mantenía los ojos abiertos y los oídos alertas para cazar cualquier dato que pudiese convertirse en un bien de cambio.

La primera vez que un soldado portugués le soltó unas monedas en la palma de la mano por haberle entregado a una joven con la cual saciar sus apetitos, un estremecimiento le había recorrido el cuerpo. Al sentir el frío y el peso del metal, se creyó invencible. Ese día decidió que había acabado su vida en el taller de ebanistería o en el avamba’e. Con dinero todo era fácil. Extendías las monedas y te entregaban los productos. Y obtener las monedas no resultaba complicado; bastaba con birlar de los depósitos de las misiones aquellas mercancías que los militares codiciaban, en especial tabaco, yerba, azúcar, chicha y mujeres; sobre todo por las mujeres, los soldados pagaban bien. En el caos en que se hallaban las doctrinas desde que los guaraníes se habían declarado en abierta rebeldía, hacerse de cualquier artículo resultaba un juego de niños, y convencer a las mujeres de que lo acompañasen a las vivaqueadas de los españoles o de los portugueses tampoco era trabajoso desde que se vivía en ese estado de insubordinación contra el poder que encarnaban la Corona de la España y los pa’i; bastaba con prometerles piezas de telas finas o chafalonía para que lo siguiesen. Por supuesto, no a todas se lo proponía. Las estudiaba, las observaba, las interrogaba hasta determinar cuáles aceptarían y cuáles lo habrían acusado con los pa’i. Por ejemplo, a una como Manú, tan pura e inocente, jamás se lo habría propuesto.

“Manú”, pensó, con la amargura a la que se sometía sin remedio cuando la evocaba. Era el único recuerdo de San Ignacio que lo hundía en la nostalgia, y supo con seguridad meridiana que habría regresado si ella aún viviese allí. La había amado, aún la amaba, y el luisón se la había arrebatado. De todas las que le tenía juradas a su tío Aitor, haberse robado el corazón de Manú era la primera que se cobraría. No sabía cuándo ni dónde, pero el instinto le indicaba que sus caminos volverían a cruzarse.

Se acordó del hombrecillo con cara de lirón, el tal Árdenas, que había intentado sonsacarle información acerca de la niña santa días atrás. Primero le había hablado de una tal María Clara, para después preguntarle por la niña santa cuando se enteró de que él era oriundo de San Ignacio Miní. Ni una palabra que comprometiese a Manú había brotado de sus labios.

Oculto en el sitio de costumbre, imitó el canto del chogüí, el santo y seña que había acordado con Denilson, el soldado portugués que le compraba mercancías y que hablaba fluido guaraní. Lo vio aparecer con tres hombres vestidos de paisanos, a los que no conocía y que, por cierto, no pertenecían al ejército portugués ni eran los compañeros de regimiento de Denilson. Temeroso de que quisiesen apresarlo, guardó silencio y se escondió en el hueco del tronco de un árbol.

—¡Ey, Laurencio! —lo llamó Denilson en voz baja—. ¡Sal! Vengo con amigos. Quieren ofrecerte un acuerdo. Te pagarán bien.

Salió al abierto, con la mano sobre el mango del cuchillo que le había regalado su abuelo Ñeenguirú y que él calzaba en una faja en la cintura. Guardó distancia, mientras los evaluaba. Uno, en especial, llamó su atención, no porque fuese alto y fornido, con manos enormes, facciones curtidas y unos ojos verdes que lo evaluaban con intensidad, sino porque le resultaba familiar. Denilson lo señaló antes de hablar.

—Este es don Domingo Oliveira y estos son dos de sus hombres. Son baquianos y lenguaraces de mis superiores. Les hablé de ti. Oliveira quiere proponerte un trato.

“Domingo Oliveira”, recordó Laurencio, el hombre al que el luisón le había puesto un flechazo en el trasero. Habían pasado años, pero él lo recordaba de los días que había transcurrido en el hospital de San Ignacio Miní. Se quitó el chapeo e inclinó la cabeza en señal de saludo.

—Me dice el cabo Denilson que conoces estos parajes como la palma de tu mano. —Oliveira le habló en un excelente guaraní, empleando un tono afable que para nada engañaría a Laurencio; sabía que ese portugués podía ser un demonio tan brutal como su tío el luisón. Se limitó a asentir—. Y también me asegura el cabo que conoces la realidad de las doctrinas muy bien. —Otra vez asintió—. Pues estamos dispuestos a pagarte por la información. —Extrajo un talego del bolsillo y la sacudió; el tintineo de las monedas provocó el familiar escozor en Laurencio.

—¿Qué información?

—Toda la que tenga que ver con lo que está ocurriendo como consecuencia del Tratado de Permuta.

—Es mucha. Le costará caro.

Domingo Oliveira y sus hombres soltaron risotadas.

—Ya veo que los guaraníes no son tan ingenuos como imaginaba.

—No me haga perder el tiempo. ¿Qué quiere saber? —lo apuró Laurencio, y el portugués lo evaluó con una mirada apreciativa.

—Me gusta la gente que no pierde el tiempo. Queremos saber quién está al mando de la revuelta.

—Son varios. La cosa está dividida.

—¿Dividida? —Laurencio guardó silencio—. ¿Hay rencillas entre los distintos caciques? —Laurencio asintió—. Háblame de eso.

Laurencio le contó.

CAPÍTULO
II

Emanuela asentó la fecha en su cuaderno, 6 de agosto de 1753, y prosiguió en guaraní, como cada día desde que había tomado la costumbre de escribir las efemérides durante las interminables y tediosas jornadas de navegación, en el viaje hacia el Paraguay.

“Hoy, que se celebra la Transfiguración de Nuestro Señor Jesús, se cumple un mes de mi llegada a Orembae. Doña Florbela, Dios la bendiga, me ha tomado de las manos y me ha dicho que yo, con mi don, he transfigurado el rostro de su esposo, don Vespaciano. ‘Quitaste la desesperanza de sus ojos, querida Manú, y pusiste de nuevo el brillo que tanto llamó mi atención el día en que lo conocí’. Me gusta cuando doña Florbela me llama ‘querida’ o cuando, sin darse cuenta, me dice ‘hija’. Siento que, a diferencia de la casa de la calle de Santo Cristo, pertenezco a Orembae. Aquí nadie me condena por estar encinta y sin esposo, y me han recibido con el mayor de los cariños, pese a que debe de significar una gran falta para ellos.

”Hoy he cambiado el tratamiento para sanar las escaras de don Vespaciano, las cuales, cuando llegué, me asustaron, sobre todo la que se había formado en la zona del sacro. Como de costumbre, las he lavado con agua hervida y jabón de sosa, y en lugar del aceite de escaramujo, he optado por un emplasto de hojas de llantén, que mi taitaru siempre indicaba como un gran astringente, capaz de detener la pudrición de la carne. A pesar de que doña Florbela se escandalizaba al principio, cada mañana y cada atardecer, Cosme y Mateo, los indios encomendados que se ocupan de las necesidades de don Vespaciano, lo desnudan, lo urucuizan y lo ubican en el sector más resguardado del jardín para que el sol dé de lleno sobre las heridas. ‘El sol’, decía el padre van Suerk, ‘y el agua del mar son los mejores cicatrizantes que conozco’. Los indios lo abanican con hojas de güembé para evitar que las moscas y otros insectos hagan nido en la escara. También hice cambiar el colchón por uno más blando y he colocado almohadillas rellenas de pluma de ganso y forradas de satén en los puntos más críticos, como los del sacro, brazos y talones. Además, día y noche, mantengo una palangana con agua bajo la cama; mi taitaru la colocaba bajo las hamacas, cualquiera que fuese el morbo. Estas medidas y un cambio rotundo en su dieta le regenerarán el tejido muerto. Doña Florbela enseguida prestó su consentimiento para que la cocinera le preparase las comidas que yo señalo. Es preciso que ingiera maní, nueces, porotos, frutas —mango, papaya y ananá especialmente—, verduras y carnes de pollo y pescado. Come por onzas y todo majado, ya que prácticamente no puede masticar.

”Soy optimista en cuanto a la recuperación de don Vespaciano. Le impongo mis manos todos los días, y, mientras pienso en mi hijo, que crece dentro de mí, y en Aitor, percibo cómo el calor abandona mi cuerpo para fluir en el de él. Ha comenzado a mover los dedos de las manos y a girar apenas el cuello. Hace esfuerzos por articular. Su necesidad por comunicarse me abruma. A veces su desesperación se apodera de mí y preciso alejarme un momento para recobrar el ánimo. Es imperativo que me vea sonriente y fuerte.

”Le hablo continuamente. Le cuento de Aitor, solo las cosas buenas, de cuando era niño, de cuando se convirtió en aserrador con solo trece años y se pasaba semanas lejos de mí, de cuando se disfrazó de luisón para darle una lección a su sobrino Laurencio nieto. Esta anécdota lo hizo sonreír, y los ojos se le colmaron de lágrimas. Se emociona continuamente. Conozco la sutil mueca que ejecuta cuando desea poner su mano sobre mi vientre, que apenas asoma bajo la bata de cotilla. Abre grandes los ojos y sonríe si percibe que mi hijo se mueve. El calor de su mano traspasa la tela y llega hasta mis entrañas. Percibo el vigor que, poco a poco, va regresando a esos dedos que estaban muertos cuando llegué a Orembae.”

* * *

Emanuela había tomado el bastón de mando en cuanto a la salud de Vespaciano de Amaral y Medeiros se refería, y doña Florbela y Ginebra se lo habían cedido de buena gana. Aun en otras cuestiones domésticas su buen juicio y practicidad se imponían de manera sutil, y a un mes de su llegada a la hacienda, las domésticas se dirigían a ella para solicitar indicaciones, lo mismo la señora de la casa, pues doña Florbela la consultaba de continuo, por ejemplo, le había pedido un tónico que le devolviese el vigor; también Ginebra, aunque diese más rodeos, le preguntaba, sobre todo por cuestiones concernientes a sus hijas. Días atrás, le había comentado acerca de las continuas hemorragias nasales de Emanuelita, la mayor de dos años.

Al igual que había cambiado la dieta de don Vespaciano, dispuso alteraciones en la de doña Florbela, que debía ser rica en carnes rojas, en especial hígado de vaca y morcilla, que nadie conocía en la región, pues era cosa de los esclavos porteños, por lo que Emanuela le enseñó a prepararla a la cocinera con sangre de vaca y de cerdo, como tantas veces había visto hacerlo a Romelia. También era preciso que la señora consumiese legumbres y verduras de hojas verdes, sobre todo acelga y espinaca, y leche fresca. Doña Florbela, de apetito casi inexistente, se resistía, y Emanuela la instaba como si se tratase de una niña. Para atizarle el hambre, le preparaba una infusión de hinojo y coriandro, y añadía acedera a la ensalada, porque era sabido que su sabor áspero invitaba a comer.

En cuanto a Emanuelita y su sangrado nasal, al principio la trató con un emplasto de alumbre, el cual interrumpió días más tarde porque le irritaba la piel. Recordó, entonces, que su taitaru se había ocupado de un problema similar que aquejaba al hijo más pequeño de su hermano Andrés, para lo cual había embebido con jugo de llantén un canuto hecho de estopa, que había colocado en el orificio sangrante de la nariz. Así fue cómo decidió cambiar el tratamiento de las escaras de don Vespaciano, cuando recordó que el llantén poseía esa propiedad cauterizante y era un gran astringente.

No resultó tarea fácil convencer a Emanuelita de que no se quitase el canuto de la nariz, el cual debería llevar por un buen tiempo, excepto de noche; se lo retiraban apenas unos segundos para renovar el concentrado y volvían a colocárselo. Ginebra perdía la calma cuando la niña se lo sacaba, y en una ocasión acabó dándole un mamporro, que la hizo llorar, lo cual provocó una nueva hemorragia. Emanuela la cargó en brazos y la llevó a la pieza de Drusila, una india del servicio doméstico, donde había parido una de las tantas perras de la hacienda. Se pasaron un buen rato con los cachorros. Emanuela la observaba mientras la pequeña los acariciaba con una delicadeza que sorprendía para una de su edad. Los rizos rubios le rebotaban cada vez que movía la cabeza y los ojos celestes la buscaban para sonreírle o comentarle algo en su media lengua guaraní. Le prometió que, si no se quitaba el canuto, el perrito que ella eligiese le pertenecería. Se decidió por una hembrita, la más gorda y mullida.

—Es una niña —le explicó en guaraní—. ¿Cómo la llamarás? —La pequeña agitó los hombros y los bucles le bailaron sobre el rostro de querubín—. ¿Por qué no la llamamos Marã, por estas manchitas negras que tiene en el lomo?

—Marã —repitió Emanuelita, con bastante claridad.

—Ahora debemos dejarla con su sy para que siga amamantándose. Dentro de unas semanas, vendremos a buscarla y la llevaremos a vivir con nosotros. Pero recuerda: solo si no te sacas el canuto.

—Sí, tía Manú.

A Ginebra no le cayó en gracia la noticia de que una perrita formaría parte del elenco de la casa; ya demasiado tenía con el tal Orlando, siempre pegado a las faldas de Emanuela, o la macagua posada en su hombro. Del mismo modo con el que habían admitido las mascotas de Manú con naturalidad y hasta se habían encariñado con ellas, doña Florbela y Lope se mostraron complacidos con la idea de una perrita para la niña y la aceptaron con grandes muestras de entusiasmo, que hicieron reír de manera gangosa a Emanuelita, dado el canuto en la nariz. Ginebra suspiró y calló, resignada. No ganaría esa batalla, pues nada le negaban a la niña, menos que menos a Manú, por quien sentían una devoción rayana en lo religioso.

Ginebra quería a Manú y admitía que, desde su llegada, la vida se le había facilitado. Se ocupaba de las labores que a ella fastidiaban y lo hacía con un ánimo inquebrantable, siempre con una sonrisa, como si las encontrase divertidas. Esa alegría que nunca la abandonaba, ¿sería la consecuencia de saberse amada por un hombre como Aitor? El aire se había cargado de su energía, e incluso las domésticas, a las que siempre les pesaban los pies, se movían más deprisa. El aroma también había mudado, y Ginebra pronto descubrió que se debía a que Manú quemaba a diario anime y otras resinas. Una mañana se encontró elevando la nariz al entrar en la sala, mientras seguía la estela de la esencia. Los aromas agradables operaban maravillas en su espíritu entristecido desde que sus padres habían abandonado Orembae y desde el soponcio de su suegro. La atemorizaba que la hacienda estuviese en manos de Morales, ese pícaro al que ella no le habría confiado una gallina, y temía que un día se despertasen y se encontrasen con que el capataz se había alzado con las vacas y las mulas y abandonado las sementeras y los cultivos a su suerte.

No tenía duda de que, con Manú viviendo allí, Lope permanecería en Orembae, lo que no significaba que se ocuparía de las cuestiones de la hacienda, las cuales no solo detestaba, sino que desconocía. Seguiría inmerso en sus libros, escritos y traducciones y elegiría olvidar que dependían de que el algodón y la yerba se recolectasen o de que los animales fuesen vendidos en las ferias.

¡Cuánto echaba de menos a Aitor! Él se habría encargado de todo, de las tareas del campo y de librarla del convencimiento de que seguía adelante porque respirar era un acto mecánico. Hacía meses que no lo tenía en su cama, y eso comenzaba a pesarle. Necesitaba de su vigor, de sus modos bruscos, de su sinceridad, cruel a veces. La hacía sentir viva. Después de la vez en que la había desvirgado antes de su boda, habían vuelto a estar juntos un año más tarde, a mediados del 51, en ocasión de una visita de Aitor, en la que ella, al igual que la primera ocasión, se escabulló a su pieza. Conocía el motivo de su semblante ensombrecido: Manú había abandonado San Ignacio Miní y a él. El mal humor, en realidad, ocultaba un corazón destruido. Ella habría podido acabar con su miseria, pero no lo había hecho. Si le revelaba dónde se hallaba el amor de su vida, correría a buscarla y ella lo perdería. Y eso fue lo que ocurrió cuando lo supo, vaya a saber cómo: corrió a buscarla.

Aunque Manú se había mostrado reservada en cuanto a la identidad del padre de su hijo y a las circunstancias que la habían impulsado a fugarse de lo de Urízar y Vega, y pese a que Lope fuese una tumba, no necesitaba que le dijesen que el niño era de Aitor. La sorprendieron los celos y la envidia. Siempre había sabido lo profundo e inconmensurable que era el amor que el indio profesaba por Emanuela, y nunca lo había celado. Se contentaba con tenerlo cada tanto para ella, para amarlo sin revelarle que lo hacía, con ese modo tan suyo de no mostrar lo que en realidad habitaba en su corazón. También la sorprendió desear haber quedado embarazada de Aitor, lo cual habría sido imposible —él jamás se aliviaba dentro de ella—, además de un escándalo, pues la huella de una sangre tan fuerte como la de ese indio salvaje habría quedado impresa en los rasgos del niño para condenarla.

Tal vez ahora que Manú vivía en Orembae, lo tendrían de nuevo entre ellos, quizá para siempre. Sí, estaba feliz de contar con Manú en la hacienda.

* * *

—¿Qué llevas ahí, Manú? —se interesó Lope, y cerró el libro.

Emanuela subió los dos escalones que la conducían al estrado, donde doña Florbela y Ginebra bordaban en silencio.

—Un bebedizo de gordolobo para tu madre.

—Gracias, hija —susurró doña Florbela, que esa mañana se había despertado más debilitada que de costumbre. Drusila había tenido que ayudarla a salir de la cama.

—Lo endulcé con yerbabuena. Está tibio. Bebedlo lentamente, por favor.

—¿Para qué es, querida?

Emanuela no le diría que había visto en una ocasión al padre van Suerk recetárselo a una india escrofulosa, que había muerto de tuberculosis. El día anterior, había notado una protuberancia en el cuello de doña Florbela, la cual, según lo leído en Tesoro de pobres, solía tratarse de inflamación de los ganglios a causa de escrofulosis, que si bien era un morbo típico de la infancia, también se encontraba entre los adultos, sobre todo en mujeres mal alimentadas y débiles.

—Para que os abra el apetito. Comisteis muy poco en el almuerzo.

—Gracias, hija. ¿Qué haríamos sin ti?

—¿Os resulta agradable? —se interesó Emanuela luego del primer sorbo de la mujer.

—Sí.

—Os lo prepararé cada mañana. Os lo llevaré a vuestra recámara y lo beberéis antes de levantaros.

—Gracias, querida.

María de los Milagros, que se hallaba en un moisés a los pies de su madre, comenzó a lloriquear y a quejarse.

—Ha estado así desde ayer. No me ha dejado dormir en toda la noche.

—Ayer le dimos una nueva papilla —recordó Emanuela, y lo hizo en castellano por respeto a la dueña de casa—. Debió de producirle cólicos. ¿Puedo tomarla?

—Por supuesto —contestó Ginebra.

La sacó del moisés, la colocó sobre su pecho y le masajeó la espalda. La niña se calmó de inmediato.

—¿Sabes? Mi abuela solía enseñarles a mis cuñadas cómo masajear el vientre de mis sobrinos para que expulsasen los cólicos. Puedo mostrarte cómo lo hacía, de modo que, cuando la veas inquieta, la calmes de esa manera.

—Sí, muéstrame, Manú.

—Vamos a mi recámara. Allí tengo un aceite de melisa con el que la masajearás.

Se adentraron en el silencio de la casona, apenas alterado por el crujido de los chapines sobre el piso de madera y la respiración congestionada de Emanuelita, que respiraba por la boca a causa del canuto. La niña iba sujeta al vestido de su tía Manú y cargaba a Marã con el otro brazo regordete.

Recostaron a Milagritos de espaldas sobre la cama y la desvistieron. Emanuela la contempló con afecto y le admiró los bucles rubios y los iris celestes. Se lavó las manos, las secó y las friccionó con el aceite esencial de melisa, una de las pocas preparaciones que había llevado consigo en la huida. En Orembae, doña Florbela le había legado su huerto para cultivar las hierbas que desease y había mandado limpiar y acondicionar un cuartito en la zona donde dormían los indios de la casa, que se convirtió en el sitio donde las secaba y almacenaba.

—Para que no estén frías —explicó a Ginebra, que la observaba restregarse las manos con vigor.

Milagritos, que lloriqueaba de nuevo, se calmó apenas Emanuela le apoyó las palmas tibias sobre el vientre.

—Me temo, Manú, que son tus manos las que la liberan del malestar. No será lo mismo con las mías.

—Pienso que no hay manos como las de una madre —expresó Emanuela, y evocó las de su sy, que tantas veces la habían consolado y curado. La emoción la tomó por sorpresa, y el calambre que le estranguló la garganta le impidió hablar. Masajeó a la niña con el rostro inclinado para ocultar el gesto triste. Carraspeó, al cabo.

—Es importante que lo hagas de arriba hacia abajo, para que los cólicos bajen y ella pueda eliminarlos. Debes hacerlo suavemente, de modo de no apretarle el estómago y producirle náuseas.

—Está bien. ¡Mira, Manú! Está sonriendo.

Emanuela se inclinó y besó la nariz de la niña. Se quedó observándola. Era la más bonita de las dos, pues si bien había heredado del padre la tonalidad rubia del cabello y el color celeste de los ojos, poseía la delicadeza y regularidad de los rasgos de la madre. La niña rio, y su risa cristalina y contagiosa la colmó de dicha. Se inclinó y la besó en los carrillos, mientras meditaba que, dentro de tres lunas, besaría los de su hijo.

La mano de Ginebra se posó sobre la de ella y la obligó a detener el masaje. Se miraron a los ojos.

—Aguyje, Manú. Por todo.

—¡Aguyje, tía Manú! —imitó Emanuelita en su media lengua, y las mujeres rieron.

—De nada, tesoro. Gracias a ustedes por recibirme con tanto cariño.

* * *

Por la tarde, Emanuela escuchó que Lope alzaba la voz en el despacho de don Vespaciano. Pocos minutos después, Morales, el capataz, abrió la puerta y salió echando venablos. Pasó junto a ella y no saludó. Para la hora de la cena, Lope estaba borracho. La comida transcurrió en un ambiente tenso. Ginebra no se esforzaba por ocultar la mala cara. Doña Florbela removía la comida en el plato. Lope, risueño, no se daba cuenta de que sus chanzas y comentarios irritaban a su esposa y avergonzaban a su madre. Emanuela, que lo habría hecho callar y obligado a comer a doña Florbela como lo hacía con Emanuelita, apretaba el puño y dominaba el impulso; por mucho que la tratasen con cariño, ella era la recogida y le correspondía guardar el lugar.

No se reunieron en el estrado para tomar infusiones y bajativos y marcharon a sus recámaras después de mascullar los deseos de buenas noches. Emanuela, asistida por Dolores, la india que le habían asignado como su ayuda personal, se preparó para ir a la cama. Siempre recordaba a Romelia, en especial en ese momento, y se angustiaba por su suerte. ¿Qué desgracia le habría caído por haberse convertido en su cómplice, por haberla protegido? ¿Qué penalidad le habría aplicado doña Ederra? ¡Cuánto la echaba de menos! Por mucho que Ginebra, doña Florbela y Lope la hubiesen acogido con tanta calidez, le faltaba Romelia casi tanto como le faltaba su sy.

Despidió a Dolores y se sentó frente al escritorio para asentar los hechos del día. Orlando, que se mostraba más afectuoso desde que ella había quedado encinta, se paró en dos patas y lloriqueó.

—Ven aquí. —Lo levantó y lo colocó sobre su regazo—. Deja de mirarme con esos ojos tristes. Todo saldrá bien. Te lo prometo.

Escribió la fecha, 18 de agosto de 1753, y elevó la vista. Miró en torno. Era una recámara espaciosa y bien amueblada, con piezas de palo rosa, boj y cinamomo, en las que reconocía la mano de su tío Palmiro. Además de una mesa pequeña, doña Florbela había mandado colocar un escritorio y le había regalado un viejo recado de escribir. Se sentía a gusto allí, respetada y querida desde el momento en que Lope la había guiado dentro. Después de haberla presentado a su madre, le había explicado que ella era quien lo había ayudado a superar su problema de la niñez —no especificó cuál— enviándole la lechuza caburé para que lo despertase por las noches. Doña Florbela, convencida de que la historia había sido una invención de la vívida imaginación de su hijo, levantó las cejas antes de soltar una carcajada y abrazar a Emanuela. Ni qué hablar de la alegría con que la recibían los ojos azules de don Vespaciano y la manera agitada con que respiraba, desesperado por hablarle. Se calmaba cuando ella lo besaba en la frente y le susurraba que no se angustiase, que pronto sería capaz de decirle lo que quisiese.

Sí, los Amaral y Medeiros la habían acogido como una familia amorosa, pero esa no era su casa, la que había soñado compartir con Aitor, decorarla para él, mientras esperaban la llegada del niño. Sacudió la cabeza. No quería pensar en cosas tristes, no quería detenerse a cavilar acerca de la ausencia de la única persona capaz de hacerla sentir viva. No quería admitir que se sentía como una cáscara vacía. No quería preocuparse por la suerte que había corrido Aitor después de la fuga, ni enojarse porque, otra vez, la hubiese engañado. ¿Habría regresado a San Ignacio Miní, con su mujer y su hijo? El dolor la traspasó como un filo y se mordió el puño para no llorar. Detestaba sentir lástima de sí misma, cuando debía estar agradecida por contar con el apoyo y el afecto de Lope y de su familia.

El canto del urutaú se filtró por la contraventana y la alcanzó como un golpe en el corazón. Inquietó a Orlando, que gañó, y a Saite, que aleteó en la alcándara. Aitor le había enseñado a distinguirlo, como también a identificar el ave cuando, posada en un árbol, se volvía parte de él para confundir a los depredadores. Ella debería haber hecho lo mismo, esconderle el corazón a Aitor para evitar que volviese a lacerárselo. El canto se repetía y lo haría toda la noche. Semejaba el llanto de un ser humano.

Durmió poco y mal. Se levantó a las seis, cuando todavía estaba oscuro. Las indias, que se afanaban en la cocina, la recibieron con saludos obsequiosos, reflejo de que se habían enterado de su fama de sanadora. Colgó la caldera en las llares y, mientras esperaba que el agua hirviese, fue disponiendo las hojas de gordolobo para la infusión de doña Florbela y otra de toro-ka’a, la que había preparado a menudo a su ru para la resaca; se la haría llevar a Lope. Al mismo tiempo, repartía indicaciones para la elaboración del desayuno de doña Florbela.

Drusila llevó la bandeja y, mientras Emanuela corría las cortinas, la india ayudó a la señora a incorporarse y acomodarse sobre las almohadas.

—¡Manú, querida!

—Buen día, doña Florbela. ¿Cómo habéis dormido?

—Bien, hija. Esa tisana que me trajeron anoche me ayudó a descansar.

—Es una excelente noticia. ¿Puedo acercar esta silla y sentarme junto a vos? —Doña Florbela asintió, aún asombrada—. Aquí os he traído otra vez la infusión de gordolobo, la que probasteis ayer por la tarde. Y yo misma me ocuparé de que vuesa merced coma todo el desayuno. Os lo daré en la boca, como hago con Emanuelita, si es preciso.

—¿Todo eso? —se descorazonó la mujer.