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LA TUMBA DEL TIRANO (LAS PRUEBAS DE APOLO 4)

Rick Riordan  

4


Fragmento

1

Aquí no hay comida.

Meg se ha zampado todas las gominolas.

Baja de mi coche fúnebre, porfa

Soy partidario de devolver los cadáveres.

Es un simple acto de cortesía, ¿no? Cuando un guerrero muere, debes hacer todo lo que esté en tu mano para que su cuerpo vuelva con su familia y puedan hacerle los ritos funerarios. A lo mejor estoy chapado a la antigua. Tengo más de cuatro mil años. Pero me parece de mala educación no deshacerse de los cadáveres como es debido.

Por ejemplo, Aquiles durante la guerra de Troya. Menudo cerdo. Arrastró el cuerpo del héroe troyano Héctor atado a su carro alrededor de la muralla de la ciudad durante días. Al final convencí a Zeus para que obligase a ese pedazo de matón a devolver el cuerpo de Héctor a sus padres y que recibiese un funeral en condiciones. Venga ya. Un poco de respeto por la gente que matas.

Luego está el cadáver de Oliver Cromwell. No era un gran admirador de ese hombre, pero, por favor... Primero, los ingleses lo entierran con honores. Luego deciden que lo odian, de modo que lo desentierran y «ejecutan» su cadáver. Luego su cabeza se cae de la pica en la que llevaba décadas empalado y pasa casi tres siglos de coleccionista en coleccionista como una asquerosa bola de nieve de recuerdo. Al final, en 1960, susurré al oído a algunas personas influyentes: «Ya basta. Soy el dios Apolo y os ordeno que enterréis esa cosa. Me estáis dando bastante asquito».

Cuando le llegó la hora a Jason Grace, mi amigo y medio hermano caído, no pensaba dejar nada al azar. Yo acompañaría personalmente su ataúd al Campamento Júpiter y lo despediría con todos los honores.

Resultó una decisión acertada, entre los demonios que nos atacaron y todo lo demás.

La puesta de sol convertía la bahía de San Francisco en un caldero de cobre fundido cuando nuestro avión privado aterrizó en el Aeropuerto de Oakland. He dicho «nuestro». El vuelo chárter era en realidad un regalo de despedida de nuestra amiga Piper McLean y de su padre, la estrella de cine. (Todo el mundo debería tener como mínimo un amigo cuyo padre fuese estrella de cine.)

Junto a la pista de aterrizaje nos esperaba otra sorpresa que debían de haber preparado los McLean: un reluciente coche fúnebre negro.

Meg McCaffrey y yo estiramos las piernas en la pista mientras el personal de tierra sacaba seriamente el ataúd de Jason de la bodega. Parecía que la caja de caoba pulida brillase a la luz del crepúsculo. Sus detalles de latón emitían destellos rojos. Detestaba lo bonito que era. La muerte no debería ser bonita.

El personal lo cargó en el coche fúnebre y luego trasladó nuestro equipaje a los asientos traseros. No teníamos gran cosa: la mochila de Meg y la mía (cortesía del Desmadre Militar de Marco), mi arco, mi carcaj y mi ukelele, y un par de cuadernos de bocetos y una maqueta de cartulina que habíamos heredado de Jason.

Firmé unos papeles, acepté el pésame de la tripulación de vuelo y estreché la mano a un amable empleado de la funeraria que me dio las llaves del coche fúnebre y se marchó.

Me quedé mirando las llaves y luego miré a Meg McCaffrey, que estaba arrancando la cabeza de un mordisco a un pez de gominola. Habían surtido el avión de media docena de envases de esos caramelos rojos y blandos. Ya no quedaba ni uno. Meg había llevado ella solita el ecosistema de peces de gominola al borde de la ruina.

—¿Tengo que conducir yo? —me pregunté—. ¿Es un coche fúnebre de alquiler?

Meg se encogió de hombros. Durante el vuelo, había insistido en tumbarse en el sofá del Cessna, de modo que el pelo moreno cortado a lo paje se le había aplastado en un lado de la cabeza. La patilla con diamantes de imitación de sus gafas asomaba entre su pelo como la aleta de un tiburón discotequero.

El resto de su atuendo era igual de lamentable: unas enormes zapatillas de caña alta rojas, unas mallas amarillas raídas y el adorado vestido verde que le había regalado la madre de Percy Jackson. Con «adorado» quiero decir que el vestido había vivido tantas batallas, se había lavado y remendado tantas veces, que más que una prenda de ropa parecía un globo de aire caliente desinflado. Alrededor de la cintura llevaba su complemento principal: su cinturón de jardinería con múltiples bolsillos, pues los hijos de Deméter no salían de casa sin él.

—Yo no tengo carné de conducir —dijo, como si necesitase que me recordasen que mi vida estaba controlada por una niña de doce años—. Yo voy de copi.

«Ir de copi» no parecía muy adecuado para un coche fúnebre. En cualquier caso, Meg saltó al lado del pasajero, y yo subí al lado del conductor. Me puse al volante. Pronto habíamos salido del aeropuerto y nos dirigíamos al norte por la I-880 en nuestro lutomóvil negro de alquiler.

Ah, el Área de la Bahía de San Francisco... Qué felices momentos había vivido allí. La vasta y deforme cuenca geográfica estaba atestada de gente y sitios interesantes. Me encantaban las colinas verdes y doradas, el litoral cubierto de niebla, el resplandeciente encaje de puentes y el extravagante zigzag de barrios apretujados unos contra otros como pasajeros de metro en hora punta.

En los años cincuenta del siglo XX, toqué con Dizzie Gillespie en el club de jazz Bop City del barrio de Fillmore. Durante el Verano del Amor, hice una jam session improvisada en Golden Gate Park con los Grateful Dead. (Unos tíos majísimos, pero ¿de verdad eran necesarios los solos de quince minutos?) En los ochenta, anduve por Oakland con Stan Burrell —también conocido como MC Hammer— cuando él inauguraba el pop rap. No puedo atribuirme el mérito de la música de Stan, pero sí que le asesoré en materia de moda. ¿Los bombachos de lamé dorados? Idea mía. De nada, frikis de la alta costura.

Casi toda el Área de la Bahía me traía buenos recuerdos. Pero mientras conducía, no pude evitar mirar hacia el noroeste: al condado de Marin y el oscuro pico del monte Tamalpais. Los dioses conocíamos ese sitio como monte Otris, hogar de los Titanes. Aunque nuestros antiguos enemigos habían sido expulsados y su palacio destruido, todavía sentía la perversa atracción del lugar, como un imán que intentase extraer el hierro de mi sangre ahora mortal.

Hice todo lo posible por librarme de esa sensación. Teníamos otros problemas de los que ocuparnos. Además, íbamos al Campamento Júpiter: un territorio amistoso a este lado de la bahía. Contaba con Meg de refuerzo. Conducía un coche fúnebre. ¿Qué podía salir mal?

La autopista Nimitz serpenteaba a través de las llanuras del Este de la Bahía y dejaba atrás zonas portuarias, centros comerciales e hileras de bungalós ruinosos. A nuestra derecha se alzaba el centro de Oakland, cuyo pequeño grupo de rascacielos plantaba cara a San Francisco, su sofisticado vecino al otro lado de la bahía, como proclamando: «¡Somos Oakland! ¡Nosotros también existimos!».

Meg se reclinó en su asiento, apoyó las zapatillas rojas en el salpicadero y entreabrió la ventanilla.

—Me gusta este sitio —decidió.

—Acabamos de llegar —dije—. ¿Qué te gusta? ¿Los almacenes abandonados? ¿Ese letrero de El Pollo con Gofres de Bo?

—La naturaleza.

—¿El hormigón cuenta como naturaleza?

—También hay árboles. Plantas en flor. Hay humedad en el aire. Los eucaliptos huelen bien. No es como...

No hizo falta que terminase la frase. Nuestra estancia en el sur de California había estado marcada por las temperaturas elevadísimas, la sequía extrema y los incendios descontrolados; todo gracias al Laberinto Ardiente mágico controlado por Calígula y su amiguita la hechicera llena de odio Medea. El Área de la Bahía no padecía ninguno de esos problemas. Al menos, de momento.

Habíamos matado a Medea. Habíamos apagado el Laberinto Ardiente. Habíamos liberado a la sibila eritrea y habíamos socorrido a los mortales y los ajados espíritus de la naturaleza del sur de California.

Pero Calígula todavía estaba vivito y coleando. Él y sus coemperadores del triunvirato seguían empeñados en controlar todo medio profético, conquistar el mundo y escribir el futuro a su sádica imagen. En ese preciso instante, la flota de yates de lujo maléficos de Calígula se dirigía a San Francisco para atacar el Campamento Júpiter. No quería ni imaginarme la destrucción infernal que el emperador desataría en Oakland y El Pollo con Gofres de Bo.

Y aunque lográsemos vencer al triunvirato, el Oráculo más importante, el de Delfos, seguía controlado por mi vieja enemiga, Pitón. No tenía ni idea de cómo podía derrotarla con mi forma actual de adolescente enclenque de dieciséis años.

Pero, eh, por lo demás, todo iba bien. Los eucaliptos olían de maravilla.

El tráfico redujo la marcha en el paso elevado de la I-580. Al parecer, los conductores de California no tenían por costumbre ceder el paso a los coches fúnebres en señal de respeto. Quizá pensaban que, como uno de nosotros ya estaba muerto, no teníamos prisa.

Meg jugaba con los mandos de su ventanilla, subiéndola y bajándola. Riii. Riii. Riii.

—¿Sabes llegar al Campamento Júpiter? —preguntó.

—Claro.

—Lo mismo dijiste del Campamento Mestizo.

—¡Y llegamos! Al final.

—Congelados y medio muertos.

—Mira, la entrada del campamento está por allí. —Señalé vagamente las colinas de Oakland—. Hay un pasadizo secreto en el túnel de Caldecott o algo así.

—¿O algo así?

—Bueno, en realidad nunca he ido en coche al Campamento Júpiter —reconocí—. Normalmente desciendo del cielo en mi glorioso carro solar. Pero sé que el túnel de Caldecott es la entrada principal. Habrá un letrero. Tal vez un «carril semidiós».

Meg me miró entornando los ojos por encima de sus gafas.

—Eres el dios más tonto de la historia. —Levantó la ventanilla con un último riii. ¡CHUM!; un sonido que me recordó inquietantemente el de la cuchilla de una guillotina.

Torcimos hacia el oeste por la autopista 24. La congestión disminuyó a medida que se acercaban las colinas. Los carriles elevados pasaban por barrios de calles serpenteantes, altas coníferas y casas de estuco blancas pegadas a los lados de desfiladeros

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