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LA VIRGEN CABEZA

Gabriela Cabezón Cámara  

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Fragmento

1. Qüity: “Todo lo que is born se muere”

Pura materia enloquecida de azar, eso, pensaba, es la vida. Me puse así de aforística allá en la isla, casi en pelotas, sin ninguna de mis cosas, ni siquiera una computadora, apenas algo de dinero y las tarjetas de crédito que no podía usar mientras estuviéramos en Argentina. Mis pensamientos eran cosas podridas, palos, botellas, camalotes, forros usados, pedazos de muelle, muñecas sin cabeza, la reflexión del collage de desperdicios que la marea deja amontonados cuando baja después de subir mucho. Náufraga me sentía, y creí haberme salvado de un naufragio. Ahora sé que de un naufragio no se salva nadie. Los que se hunden están muertos y los salvados viven ahogándose.

Estuvimos el invierno entero ahí, metidas en la niebla de las islas del Paraná mientras el río iba y venía. Hablamos poco. A mí el dolor me fundió con las cosas y me recortó de todo. Floté ajena a lo que me sostenía: los aromas de la cocina y el calor de la salamandra, las cosas de Cleopatra, que ejerció todos sus talentos a la sombra de la cabeza de la Virgen y a la de mi estupor ante la indiferencia de la vida y la muerte, de la materia que derrocha mundos y criaturas en sus propias aventuras. Permanecí doblada sobre mí misma en posición fetal, igual que la que se hacía en mí y pese a mí: mi vientre estaba vivo de esa hija que me estaba creciendo pero yo era un cementerio de muertos queridos. Me sentía como una piedra, un accidente, un estado de la materia, una roca con conciencia de que será fundida y solidificada y transformada en otra cosa y me dolía saberme. No investigué el tema, pero seguramente no hay una roca igual a otra. O sí, ¿quién mierda podría comparar todas las piedras del tiempo? Y no veo cómo atenuaría el dolor de esta roca saber que quizás, alguna vez, hubo otra igual en la desmesura del tiempo, que no hay, lo que hay es el acontecer de la materia, la inquietud fundamental de los elementos. Que hubiera o no hubiera habido nunca otro accidente idéntico a mí misma o a Kevin me importaba, y me sigue importando, un carajo, ¿a quién se le ocurrió que la unicidad es evidencia de resurrección? No veo por qué habría que pensar la naturaleza con un criterio fordista: “No es una línea de montaje, los productos no son todos iguales, luego hay dios”; “No hay dios”, le dije a Cleopatra algunas veces, las pocas que le hablé, cuando me venía con el analgésico imaginario de su exuberante psiquis: cuentitos de Kevin en un paraíso de PlayStations con pantalla gigante; “Imaginate, Qüity, la pantalla es el mundo, mi amor”, y la Virgen María de mamá y Dios de abuelo. Porque a las complejidades filiales de la santísima trinidad Cleo las tenía, y las tiene, más o menos resueltas; por lo que cuenta, dios viene a ser el papá de la Virgen. “¿Y de Jesús también, Cleo?”, le preguntaba entonces, “¿eso no viene a ser como un incesto?”, “Ay, querida, ¿incecto decís como el Carlos que se cogía a la hija y la dejó embarazada el hijo de puta y le dimos la paliza de su vida pero la pendeja ya estaba rec

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