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LABERINTO EN LLAMAS (LAS PRUEBAS DE APOLO 3)

Rick Riordan  

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Fragmento

1

Antes era Apolo, ahora soy una rata en el Laberinto.

Enviad ayuda y cronuts

No.

Me niego a narrar esta parte de mi historia. Fue la semana más infame, humillante y horrible de mis cuatro mil y pico años de vida. Tragedia. Desastre. Congoja. No pienso contártela

¿Por qué sigues ahí? ¡Lárgate!

Desgraciadamente, creo que no tengo elección. Sin duda Zeus espera que te cuente la historia como parte de mi castigo.

No le basta con haber hecho de mí, el antes divino Apolo, un adolescente mortal con acné, michelines y el seudónimo de Lester Papadopoulos. No le basta con haberme encargado la peligrosa misión de liberar cinco importantes oráculos antiguos de un trío de malvados emperadores romanos. ¡Ni siquiera le basta con haberme hecho esclavo —a mí, que fui su hijo favorito— de una prepotente semidiosa de doce años llamada Meg!

Por si todo eso fuera poco, Zeus quiere que deje constancia de mi vergüenza para la posteridad. Muy bien. Pero estás avisado. En estas páginas solo te espera sufrimiento.

Recibe antes que nadie historias como ésta

¿Por dónde empezar?

Por Grover y Meg, por quiénes si no.

Habíamos recorrido el Laberinto durante dos días, habíamos cruzado fosos de tinieblas y rodeado lagos de veneno, habíamos atravesado ruinosos grandes almacenes en los que solo había tiendas de Halloween de rebajas y sospechosos bufets libres de comida china.

El Laberinto podía ser un sitio desconcertante. Como una red de capilares bajo la piel del mundo de los mortales, conectaba sótanos, cloacas y túneles olvidados de todos los rincones del mundo sin respetar las leyes del tiempo y el espacio. Uno podía entrar en el Laberinto por una alcantarilla de Roma, andar tres metros, abrir una puerta y encontrarse en un campo de entrenamiento para payasos en Buffalo, Minnesota. (No preguntes, por favor. Fue traumático.)

Yo habría preferido evitar el Laberinto. Lamentablemente, la profecía que habíamos recibido en Indiana era muy concreta: «Por laberintos oscuros hasta tierras de muerte que abrasa». ¡Qué divertido! «Solo el guía ungulado sabe cómo no perderse.»

Sin embargo, no parecía que nuestro guía ungulado, el sátiro Grover Underwood, supiera el camino.

—Te has perdido —dije por cuadragésima vez.

—¡No me he perdido! —protestó él.

Avanzaba trotando con sus vaqueros holgados y su camiseta verde desteñida, bamboleando las pezuñas en sus New Balance 520 especialmente modificadas. Llevaba el cabello rizado tapado con un gorro de punto rojo. Por qué creía que ese disfraz le ayudaba a hacerse pasar por humano era algo que se me escapaba. Se le veían claramente los bultos de los cuernos debajo del gorro. Las zapatillas se le escapaban de las pezuñas varias veces al día, y me estaba hartando de hacer de recogezapatos.

Se detuvo en un cruce del pasillo. A cada lado, unos muros de piedra toscamente tallados se perdían en la oscuridad. Grover se tiró de la perilla rala.

—¿Y bien? —preguntó Meg.

Grover se estremeció. Al igual que yo, había llegado a temer la desaprobación de nuestra amiga.

No es que Meg McCaffrey tuviera un aspecto aterrador. Era menuda para su edad y llevaba ropa de los colores de un semáforo —vestido verde, mallas amarillas, zapatillas de caña alta rojas— raída y sucia de arrastrarnos por túneles estrechos. Su pelo moreno cortado a lo paje estaba lleno de telarañas. Los cristales de sus gafas con montura de ojos de gato se encontraban tan sucios que no sabía cómo podía ver. En conjunto, parecía una niña de párvulos que había sobrevivido a una encarnizada reyerta en el patio por la posesión de un columpio.

Grover señaló el túnel de la derecha.

—Estoy... estoy convencido de que Palm Springs está en esa dirección.

—¿Convencido? —preguntó ella—. ¿Como la última vez, cuando nos metimos en unos servicios y pillamos a un cíclope en el váter?

—¡Eso no fue culpa mía! —protestó él—. Además, en esta dirección huele bien. A... cactus.

Meg olfateó el aire.

—Yo no huelo a cactus.

—Meg —dije—, se supone que Grover es nuestro guía. No nos queda más remedio que fiarnos de él.

—Gracias por el voto de confianza —contestó él resoplando—. ¡Os recuerdo que yo no pedí que me trajesen por arte de magia de la otra punta del país ni despertarme en un huerto de tomates en una azotea de Indianápolis!

Valientes palabras, aunque no apartaba la vista de los anillos que Meg llevaba en el dedo corazón de cada mano, temiendo tal vez que invocase sus cimitarras doradas y lo convirtiese en tajadas de cabrito asado.

Desde que se había enterado de que era hija de Deméter, la diosa de los cultivos, Grover Underwood se había comportado como si Meg le intimidase más que yo, una antigua deidad del Olimpo. La vida no era justa.

—Está bien —dijo ella, limpiándose la nariz—. Es que no pensaba que nos pasaríamos dos días vagando por aquí. La luna nueva es...

—Dentro de tres días —la interrumpí—. Ya lo sabemos.

Puede que fuese demasiado brusco, pero no necesitaba que me recordasen la otra parte de la profecía. Mientras nosotros viajábamos hacia el sur en busca del siguiente Oráculo, nuestro amigo Leo Valdez pilotaba desesperadamente su dragón de bronce hacia el Campamento Júpiter, el campo de entrenamiento de semidioses romanos en el norte de California, con la esperanza de prevenirlos del fuego, la muerte y la destrucción que supuestamente les esperaba en la luna nueva.

Intenté suavizar el tono.

—Tenemos que confiar en que Leo y los romanos puedan ocuparse de lo que ocurra en el norte. Nosotros ya tenemos nuestra misión.

—Y fuego de sobra. —Grover suspiró.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Meg.

El sátiro siguió mostrándose evasivo, como había hecho los dos últimos días.

—Es mejor no hablar de eso... aquí.

Miró a su alrededor con nerviosismo como si las paredes oyesen, una posibilidad nada desdeñable. El Laberinto era una estructura viva. A juzgar por los olores que emanaban de algunos pasillos, estaba convencido de que como mínimo tenía intestino grueso.

Grover se rascó las costillas.

—Intentaré que lleguemos rápido, chicos —prometió—. Pero el Laberinto tiene voluntad propia. La última vez que estuve aquí con Percy...

Adoptó una expresión nostálgica, como solía ocurrirle cuando se refería a sus viejas aventuras con su mejor amigo, Percy Jackson. Lo comprendía perfectamente. Percy era un semidiós de los que convenía tener cerca. Lamentablemente, no era tan fácil de invocar desde un huerto de tomates como nuestro guía sátiro.

Puse la mano en el hombro de Grover.

—Sabemos que lo estás haciendo lo mejor que puedes. Sigamos adelante. Y de paso que olfateas cactus, si pudieras estar atento por si hueles algo para desayunar (café y cronuts con sirope de arce y limón, por ejemplo), sería estupendo.

Seguimos a nuestro guía por el túnel de la derecha.

Pronto el pasadizo se estrechó y nos obligó a agacharnos y a andar como patos en fila india. Yo me quedé en medio, el sitio más seguro. Puede que no te parezca valiente, pero Grover era un señor de la naturaleza, un miembro del Consejo de Ancianos Ungulados de los sátiros. Supuestamente, tenía grandes poderes, aunque yo todavía no le había visto utilizar ninguno. En cuanto a Meg, no solo podía manejar dos cimitarras doradas, sino que también hacía cosas increíbles con sobres de semillas, de los que había hecho una buena provisión en Indianápolis.

Por otra parte, yo me había ido quedando cada día más débil e indefenso. Desde la batalla contra el emperador Cómodo, al que había cegado con un estallido de luz divina, no había podido invocar ni una pizca de mi antiguo poder divino. Los dedos se me habían vuelto lentos en el mástil del ukelele de combate. Mis dotes como arquero habían empeorado. Incluso había fallado un tiro al disparar al cíclope del váter. (No sé cuál de los dos había pasado más vergüenza.) Al mismo tiempo, las visiones que a veces me paralizaban se habían vuelto más frecuentes y más intensas.

No había compartido mis preocupaciones con mis compañeros. Todavía no.

Quería creer que mis poderes simplemente se estaban recargando. Al fin y al cabo, las pruebas de Indianápolis habían estado a punto de acabar conmigo.

Pero existía otra posibilidad. Yo había caído del Olimpo y había hecho un aterrizaje de emergencia en un contenedor de Manhattan en enero. Ahora era marzo. Eso significaba que había sido humano unos dos meses. Era posible que cuanto más tiempo siguiera siendo mortal, más me debilitaría y más me costaría recuperar mi estado divino.

¿Había sido así las dos veces que Zeus me había desterrado a la Tierra? No me acordaba. Algunos días ni siquiera me acordaba del sabor de la ambrosía, ni de los nombres de los caballos que tiraban de mi carro solar, ni de la cara de mi hermana melliza Artemisa. (Normalmente, habría dicho que no recordar la cara de mi hermana era una suerte, pero la echaba mucho de menos. No se te ocurra contarle que he dicho eso.)

Avanzamos sigilosamente por el pasillo, con la Flecha de Dodona zumbando en mi carcaj cual teléfono sin sonido, como si quisiera que la sacara y le consultara qué hacer.

Traté de ignorarla.

Las últimas veces que había pedido consejo a la flecha no se había mostrado dispuesta a ayudar. Peor aún, había comunicado que no estaba dispuesta a ayudar en lenguaje shakespeariano, utilizando un estilo insoportable. Nunca me gustaron los noventa. (Me refiero a la década de 1590). Tal vez consultase con la flecha cuando llegásemos a Palm Springs. Si es que llegábamos a Palm Springs...

Grover se detuvo en otro cruce.

Olfateó hacia la derecha y luego hacia la izquierda. Le tembló la nariz como a un conejo que acaba de oler a un perro.

De repente gritó: «¡Atrás!», y retrocedió. El pasillo era tan estrecho que cayó sobre mi regazo, lo que me hizo caer sobre el regazo de Meg, que se sentó de golpe lanzando un gruñido de sorpresa. Antes de que pudiera decir que no me van los masajes en grupo, se me taponaron los oídos. Toda la humedad del aire fue absorbida. Me invadió un olor acre —como a alquitrán reciente de una carretera de Arizona— y, ante nosotros, a través del pasillo, rugió una cortina de fuego amarillo, una oleada de calor puro que cesó con la misma rapidez con que había empezado.

Me crepitaban los oídos... posiblemente porque la sangre me hervía en la cabeza. Tenía la boca tan seca que me era imposible tragar. No sabía si solo yo temblaba sin poder controlarme o si temblábamos los tres.

—¿Qué-qué ha sido eso? —pregunté, pero me di cuenta de que mi primer impulso había sido decir «quién». Había algo en aquella llamarada que me había resultado terriblemente familiar. En el persistente humo amargo, me parecía detectar un hedor a odio, frustración y hambre.

El gorro rojo de Grover echaba humo. Olía a pelo de cabra quemado.

—Eso —dijo débilmente— quiere decir que nos estamos acercando. Tenemos que darnos prisa.

—Como yo he estado diciéndoos —masculló Meg—. Venga, quita. —Me dio un rodillazo en el trasero.

Me levanté como pude en el angosto túnel. Una vez apagado el fuego, me quedó la piel húmeda y pegajosa. El pasillo que se extendía ante nosotros se había vuelto oscuro y silencioso, como si no se tratase de un conducto para el fuego del infierno, pero yo había pasado suficiente tiempo en el carro solar para calibrar el calor de las llamas. Si aquella llamarada nos hubiera alcanzado, habríamos sido ionizados y reducidos a plasma.

—Tendremos que ir por la izquierda —decidió Grover.

—Ejem —dije—, la izquierda es por donde ha venido el fuego.

—También es el camino más rápido.

—¿Qué tal si damos marcha atrás? —propuso Meg.

—Estamos cerca, chicos —insistió Grover—. Lo noto. Pero hemos entrado en su parte del Laberinto. Si no nos damos prisa...

—¡Scriii!

El ruido vino del pasillo de detrás de nosotros. Yo quería creer que era un sonido metálico aleatorio que el Laberinto producía: una puerta metálica que giraba sobre unas bisagras oxidadas o un juguete a pilas de la tienda de artículos de Halloween que había caído en un pozo sin fondo. Pero la expresión de la cara de Grover confirmó mi sospecha: el ruido era el grito de un ser vivo.

—¡¡¡Scriii!!! —Este segundo grito sonó mucho más airado, y mucho más cerca.

No me gustaba lo que Grover había dicho de que estábamos en «su parte del Laberinto». ¿A quién se refería? Te aseguro que no quería meterme en un pasillo con una parrilla superpotente, pero, por otra parte, el grito de detrás me aterrorizó.

—Corred —dijo Meg.

—Corred —convino Grover.

Enfilamos a toda velocidad el túnel de la izquierda. Lo único bueno fue que era un poco más grande, cosa que nos ofreció más espacio para movernos. En la siguiente encrucijada, giramos otra vez a la izquierda y luego torcimos a la derecha. Saltamos por encima de un foso, subimos por una escalera y corrimos por otro pasillo, pero no parecía que la criatura de detrás tuviese problemas para seguir nuestro olor.

—¡¡¡Scriii!!! —gritó en la oscuridad.

Yo conocía ese sonido, pero mi defectuosa memoria humana no lo ubicaba. Algún tipo de ave. Ninguna especie adorable como un periquito o una cacatúa. Algo de las regiones infernales: peligroso, sanguinario, muy malhumorado.

Fuimos a dar a una cámara circular que parecía el fondo de un pozo gigante. Una estrecha rampa subía en espiral por el áspero muro de ladrillo. Lo que podía haber en lo alto era un enigma para mí. No vi más salidas.

—¡¡¡Scriii!!!

El grito me hizo daño en los huesos del oído medio. Un aleteo resonó en el pasillo detrás de nosotros... ¿o estaba oyendo a más de un pájaro? ¿Viajaban esos bichos en bandada? Había tropezado antes con ellos. ¡Maldita sea, debería saberlo!

—Y ahora, ¿qué? —preguntó Meg—. ¿Arriba?

Grover contempló la penumbra de arriba, boquiabierto.

—No tiene sentido. Esto no debería estar aquí.

—¡Grover! —gritó ella—. ¿Arriba, sí o no?

—¡Sí, arriba! —chilló él—. ¡Vamos arriba!

—No —repuse, notando el hormigueo del miedo en la nuca—. No lo conseguiremos. Tenemos que bloquear el pasillo.

Meg frunció el ceño.

—Pero...

—¡Plantas mágicas! —grité—. ¡Deprisa!

Lo bueno de Meg es que si necesitas plantas mágicas por arte de magia, es la persona indicada. Metió las manos en los bolsillos de su cinturón de jardinería, abrió un sobre de semillas desgarrándolo y las lanzó al túnel.

Grover sacó de repente su zampoña. Tocó una animada melodía para estimular el crecimiento mientras Meg se arrodillaba ante las semillas, con la cara arrugada de la concentración.

Juntos, el señor de la naturaleza y la hija de Deméter formaban un superdúo de jardineros. Las semillas se convirtieron en tomateras. Sus tallos crecieron y se entrelazaron a través de la boca del túnel. Las hojas se abrieron a velocidad ultrarrápida. Los tomates se hincharon y se transformaron en frutos rojos del tamaño de puños. El túnel estaba casi bloqueado cuando una figura oscura con plumas atravesó súbitamente un hueco de la red.

El pájaro me rozó la mejilla con las garras al pasar volando y estuvo a punto de darme en el ojo. La criatura se puso a dar vueltas por la estancia chillando triunfalmente, y acto seguido se posó en la rampa en espiral a tres metros por encima de nosotros, mirando con unos ojos redondos y dorados como faros.

¿Una lechuza? No, era el doble de grande que los especímenes más voluminosos de Atenea. Su plumaje desprendía un brillo negro obsidiana. Levantó una pata roja curtida, abrió su pico dorado y, empleando su gruesa lengua negra, se lamió la sangre de las garras: mi sangre.

Se me nubló la vista y me flaquearon las piernas. Fui vagamente consciente de otros sonidos procedentes del túnel: chillidos de frustración y batir de alas de otros pájaros diabólicos que embestían contra las tomateras tratando de abrirse paso.

Meg apareció a mi lado con las cimitarras destellando en las manos y los ojos clavados en el enorme pájaro oscuro situado encima de nosotros.

—¿Estás bien, Apolo?

—Una estrige —dije cuando el nombre brotó de lo más recóndito de mi débil mente mortal—. Ese bicho es una estrige.

—¿Cómo lo matamos? —preguntó ella, siempre centrada en los aspectos prácticos.

Me toqué los cortes de la cara. No me notaba ni la mejilla ni los dedos.

—Bueno, matarlo podría ser un problema.

Grover chilló mientras las estriges del exterior gritaban y embestían contra las tomateras.

—Hay seis o siete más que intentan entrar, chicos. Las tomateras no van a aguantar.

—Contéstame ahora mismo, Apolo —me ordenó Meg—. ¿Qué tengo que hacer?

Yo quería obedecer. De verdad. Pero me costaba articular las palabras. Me sentía como si Hefesto acabase de practicarme una de sus famosas extracciones dentales y todavía estuviese bajo el efecto de su néctar de la risa.

—S-si matas al pájaro, caerá una maldición sobre ti —dije finalmente.

—¿Y si no lo mato? —preguntó ella.

—Oh, entonces te destripará, se beberá tu sangre y se comerá tu carne. —Sonreí, aunque tenía la sensación de que no había dicho nada gracioso—. Y tampoco dejes que una estrige te arañe. ¡Te paralizará!

A modo de demostración, me caí de lado.

Por encima de nosotros, la estrige desplegó las alas y se lanzó en picado.

2

Ahora soy una maleta sujeta a la espalda de un sátiro.

La peor mañana de mi vida

—¡Alto! —gritó Grover—. ¡Venimos en son de paz!

El pájaro no se dejó impresionar. Atacó, y si no le dio al sátiro en la cara, fue porque Meg la emprendió a estocadas con la criatura. La estrige giró bruscamente, pirueteó entre las cimitarras y se posó en la rampa un poco más arriba.

—¡¡¡Scriii!!! —gritó, erizando las plumas.

—¿Cómo que tienes que matarnos? —preguntó Grover.

Meg frunció el entrecejo.

—¿Puedes hablar con ella?

—Pues sí —contestó el sátiro—. Es un animal.

—¿Por qué no nos has explicado hasta ahora qué estaba gritando? —inquirió Meg.

—¡Porque antes solo chillaba «scriii»! —explicó él—. Ahora dice «scriii» en plan «Tengo que mataros».

Intenté mover las piernas. Parecía que se hubieran convertido en sacos de cemento, cosa que me resultó un tanto divertida. Seguía sin poder mover los brazos y notaba una sensación en el pecho, pero no sabía cuánto duraría.

—¿Qué tal si le preguntas a la estrige por qué tiene que matarnos? —propuse.

—¡Scriii! —dijo Grover.

Me estaba hartando del idioma de las estriges. El pájaro contestó con una serie de graznidos y chasquidos.

Mientras tanto, en el pasillo, las otras estriges chillaban y aporreaban la red de tomateras. Empezaron a asomar garras negras y picos dorados que convirtieron los tomates en salsa pico de gallo. Calculé que disponíamos de unos minutos hasta que los pájaros consiguieran romper la malla vegetal y nos mataran a todos, pero sus picos afilados eran monísimos.

Grover se retorció las manos.

—La estrige dice que la han enviado para que se beba nuestra sangre, se coma nuestra carne y nos destripe, aunque no necesariamente en ese orden. Dice que lo siente, pero que es una orden directa del emperador.

—Malditos emperadores —farfulló Meg—. ¿Cuál de ellos?

—No lo sé —contestó Grover—. La estrige lo llama Scriii.

—¿Puedes traducir «destripar» —observó ella—, pero no puedes traducir el nombre del emperador?

Personalmente, me parecía bien. Desde que nos habíamos ido de Indianápolis, había pasado mucho tiempo dándole vueltas a la profecía que habíamos recibido en la Cueva de Trofonio. Ya nos habíamos encontrado con Nerón y Cómodo, y me temía lo peor sobre la identidad del tercer emperador, con quien todavía no habíamos coincidido. De momento no buscaba confirmación. La euforia del veneno de la estrige estaba empezando a disiparse, y como estaba a punto de ser devorado vivo por una superlechuza chupasangre, no necesitaba más motivos para llorar de desesperación.

La estrige se abalanzó sobre Meg, que se hizo a un lado, golpeó al pájaro en las plumas de la cola con la cara de la cuchilla cuando la criatura pasó a toda velocidad y lanzó a la desdichada ave contra la pared de enfrente, donde se dio de cabeza contra los ladrillos y estalló en una nube de polvo de monstruo y plumas.

—¡Meg! —grité—. ¡Te dije que no la matases! ¡Te caerá una maldición!

—No la he matado. Se ha suicidado contra la pared.

—No creo que las Moiras piensen lo mismo.

—Pues no se lo digamos.

—¿Chicos? —Grover señaló las tomateras, que estaban menguando rápidamente atacadas por garras y picos—. Ya que no podemos matar a las estriges, tal vez deberíamos reforzar esa barrera.

Levantó la zampoña y tocó. Meg transformó sus espadas en anillos y estiró las manos hacia las tomateras. Los tallos se volvieron más gruesos, y las raíces lucharon por afianzarse en el suelo de piedra, pero era una batalla perdida. Al otro lado ahora había demasiadas estriges que golpeaban y atravesaban los nuevos brotes en cuanto aparecían.

—Es inútil. —Meg retrocedió dando traspiés, con la cara salpicada de gotas de sudor—. Poco podemos hacer sin tierra ni sol.

—Tienes razón. —Grover miró por encima de nosotros y siguió con la vista la rampa en espiral hasta la oscuridad—. Ya casi estamos. Si conseguimos llegar a lo alto antes de que las estriges pasen...

—Pues subiremos —anunció Meg.

—¿Hola? —dije tristemente—. Aquí, un exdios paralizado.

Grover miró a Meg haciendo una mueca.

—¿Cinta americana?

—Cinta americana —convino ella.

Que los dioses me defiendan de los héroes con cinta americana. Además, parece que siempre la lleven encima. Meg sacó un rollo de un bolsillo de su cinturón. Me sentó, espalda contra espalda con Grover, y acto seguido procedió a pasarnos la cinta por debajo de las axilas y a atarme al sátiro como si fuera una mochila.

Grover se levantó tambaleándose con la ayuda de Meg y me zarandeó de tal forma que vi aleatoriamente las paredes, el suelo, la cara de nuestra semidiosa y mis piernas paralizadas despatarradas debajo del cuerpo.

—Ejem, ¿Grover? —dije—. ¿Tendrás fuerzas suficientes para llevarme hasta arriba?

—Los sátiros somos muy buenos escaladores —contestó resollando.

Empezó a subir por la estrecha rampa, con mis pies paralizados arrastrándose por detrás de nosotros. Meg nos siguió volviendo la vista de vez en cuando hacia las tomateras, que se iban rompiendo rápidamente.

—Apolo, háblame de las estriges —me pidió.

Escudriñé mi cerebro buscando datos útiles.

—Son... son pájaros de mal agüero —dije—. Cuando aparecen, pasan cosas malas.

—No me digas —comentó ella—. ¿Qué más?

—Ejem, normalmente se alimentan de los jóvenes y los débiles. Bebés, ancianos, dioses paralizados...; esa clase de gente. Se crían en los confines del Tártaro. Solo es una suposición, pero estoy seguro de que no son buenas mascotas.

—¿Cómo las espantamos? —preguntó—. Si no podemos matarlas, ¿cómo las detenemos?

—No lo sé.

Meg suspiró decepcionada.

—Habla con la Flecha de Dodona. A ver si sabe algo. Yo intentaré ganar algo de tiempo.

Bajó corriendo por la rampa. Hablar con la flecha era lo único que podía empeorar el día, pero había recibido órdenes, y cuando Meg me mandaba algo, no podía desobedecer. Alargué la mano por encima del hombro, rebusqué en el carcaj y saqué el proyectil mágico.

—Hola, sabia y poderosa flecha —dije. (Siempre es mejor empezar haciendo la pelota.)

OS HABÉIS DEMORADO MUCHO, recitó la flecha. HE INTENTADO HABLAR CON VOS UN TIEMPO INDECIBLE.

—Han pasado cuarenta y ocho horas —contesté.

EN VERDAD, EL TIEMPO PASA MUY DESPACIO CUANDO UNO ESTÁ EN EL CARCAJ. DEBERÍAIS PROBARLO A VER QUÉ OS PARECE.

—Vale. —Resistí las ganas de partir el astil de la flecha—. ¿Qué puedes contarme de las estriges?

DEBO DECIROS QUE... UN MOMENTO. ¿ESTRIGES? ¿POR QUÉ ME PREGUNTÁIS POR ELLAS?

—Porque, para vuestra... para tu información, están a punto de matarnos.

¡DEMONIOS!, exclamó la flecha gimiendo. ¡DEBÉIS EVITAR TALES PELIGROS!

—No se me habría ocurrido —dije—. ¿Tienes alguna información relacionada con estas aves, oh, sabio proyectil?

La flecha vibró; sin duda trataba de acceder a Wikipedia, aunque ella siempre niega que se conecte a internet. Tal vez sea una casualidad que siempre resulte de más utilidad cuando estamos en una zona con wifi gratis.

Grover cargó valientemente con mi lamentable cuerpo mortal por la rampa. Resoplaba y jadeaba mientras se tambaleaba peligrosamente cerca del borde. El suelo de la sala estaba ahora a quince metros por debajo de nosotros; lo bastante lejos como para sufrir una caída letal. Veía a Meg paseándose abajo, murmurando para sí y abriendo más sobres de semillas.

Arriba, parecía que la rampa no se acabase nunca. Fuera lo que fuese lo que nos aguardaba al final, suponiendo que tuviese un final, permanecía en la oscuridad. Me parecía toda una falta de consideración que no hubiera un ascensor en el Laberinto o, como mínimo, un pasamanos en condiciones. ¿Cómo se suponía que iban a disfrutar de esa trampa mortal los héroes con problemas de accesibilidad?

Finalmente, la Flecha de Dodona emitió su veredicto: LAS ESTRIGES SON PELIGROSAS.

—Una vez más, tu sabiduría ilumina las tinieblas —dije.

CALLAOS, continuó la flecha. ES POSIBLE MATAR A ESOS PÁJAROS, AUNQUE EL QUE LO HAGA QUEDARÁ MALDITO Y HARÁ QUE APAREZCAN MÁS ESTRIGES.

—Ya, ya. ¿Qué más?

—¿Qué dice? —preguntó Grover entre jadeo y jadeo.

Entre sus muchas irritantes cualidades, la flecha únicamente hablaba mentalmente conmigo, de modo que yo no solo parecía un chalado cuando hablaba con ella, sino que tenía que informar continuamente de sus divagaciones a mis amigos.

—Todavía está buscando en Google —le dije al sátiro—. Tal vez, oh, flecha, podrías hacer la búsqueda «estrige más vencer».

¡YO NO HAGO TRAMPAS!, rugió la flecha. Acto seguido se quedó callada suficiente tiempo para escribir «estrige + vencer».

SE PUEDE REPELER A LOS PÁJAROS CON VÍSCERAS DE CERDO, informó. ¿TENÉIS?

—Grover —grité por encima del hombro—, ¿por casualidad tienes vísceras de cerdo?

—¿Qué? —El sátiro se volvió, aunque no era una forma muy efectiva de mirarme, ya que yo estaba sujeto con cinta americana a su espalda. Por poco me arrancó la nariz contra la pared de ladrillo—. ¿Por qué iba a llevar vísceras de cerdo? ¡Soy vegetariano!

Meg subió con dificultad por la rampa para reunirse con nosotros.

—Los pájaros casi han pasado —informó—. He probado con distintas plantas. He intentado invocar a Melocotones... —Se le quebró la voz de desesperación.

Desde que habíamos entrado en el Laberinto, no había podido invocar a su esbirro, el espíritu de los melocotones, que era útil a la hora de pelear, pero bastante quisquilloso cada vez que aparecía. Me imaginaba que, como las tomateras, Melocotones no rendía bien bajo tierra.

—¿Qué más, Flecha de Dodona? —grité—. ¡Tiene que haber algo aparte de intestinos de cerdo para acorralar a las estriges!

ESPERAD, dijo la flecha. ¡ATENCIÓN! PARECE QUE EL MADROÑO PUEDE SERVIR.

—¿Que mi moño qué? —pregunté.

Demasiado tarde.

Debajo de nosotros, las estriges atravesaron la barricada de tomates lanzando gritos sanguinarios y entraron en tropel en la estancia.

3

Las estriges son un asco.

Sí, en verdad os lo digo, qué ascazo dan

—¡Por ahí vienen! —chilló Meg.

Venga ya. Cada vez que yo quería que me hablase de algo importante, se callaba, pero cuando nos enfrentábamos a un peligro evidente, malgastaba saliva gritando: «Por ahí vienen».

Grover apretó el paso y mostró una fuerza heroica subiendo por la rampa mientras cargaba con mi cuerpo fofo pegado con cinta americana a su espalda.

Al volverme para mirar hacia atrás, vi perfectamente a las estriges que salían de entre las sombras, con sus ojos amarillos brillantes como monedas en una fuente turbia. ¿Había una docena? ¿Más? Considerando los problemas que habíamos tenido con una sola estrige, no me gustaban nuestras posibilidades de éxito frente a una bandada entera, sobre todo porque ahora estábamos alineados como blancos suculentos en una cornisa estrecha y resbaladiza. Dudaba que Meg pudiera ayudar a suicidarse a todos los pájaros estampándolos de cabeza contra la pared.

—¡Madroños! —grité—. La flecha ha dicho que los madroños repelen a las estriges.

—Es una planta. —Grover respiró entrecortadamente—. Creo que una vez conocí a un madroño.

—Flecha —dije—, ¿qué es un madroño?

¡NO LO SÉ! ¡QUE NACIERA EN UNA ARBOLEDA NO QUIERE DECIR QUE SEPA DE JARDINERÍA!

Indignado, volví a meter la flecha en el carcaj.

—Cúbreme, Apolo. —Meg me puso una de sus espadas en la mano y empezó a rebuscar en su cinturón de jardinería, mirando nerviosa a las estriges que subían.

No tenía claro cómo esperaba que la cubriese. La esgrima se me daba fatal incluso cuando no estaba pegado con cinta americana a la espalda de un sátiro ni me enfrentaba a unos objetivos que condenaban a quienes los mataban.

—¡Grover! —chilló Meg—. ¿Podemos saber qué clase de planta es el madroño?

Abrió un sobre al azar rasgándolo y lanzó las semillas que contenía al vacío. Los granos estallaron como palomitas de maíz y formaron unos boniatos del tamaño de granadas con frondosos tallos verdes. Los boniatos cayeron entre la bandada de estriges, impactaron a unas cuantas y les arrancaron graznidos de sorpresa, pero los pájaros siguieron viniendo.

—Eso son tubérculos —dijo Grover resollando—. Creo que el madroño es una planta con frutos.

Meg abrió otro sobre de semillas y lanzó a las estriges una explosión de arbustos salpicados de frutas verdes. Los pájaros se limitaron a esquivarlos virando.

—¿Uvas? —preguntó Grover.

—Grosellas —lo corrigió Meg.

—¿Estás segura? —inquirió el sátiro—. La forma de las hojas...

—¡Grover! —le espeté—. Ciñámonos a la botánica militar. ¿Qué es...? ¡La cabeza!

Juzga tú, amable lector. ¿Acaso crees que estaba preguntando «¿Qué es la cabeza?»? Por supuesto que no. A pesar de las posteriores quejas de Meg, intentaba avisarla de que la estrige más próxima embestía directa contra su cara.

Si ella no entendió mi advertencia, no fue culpa mía.

Blandí la cimitarra prestada intentando proteger a mi joven amiga. Solo mi terrible puntería y los rápidos reflejos de Meg impidieron que la decapitase.

—¡Para! —gritó, apartando de un espadazo a la estrige.

—¡Has dicho que te cubra! —protesté.

—No me refería... —Ella gritó de dolor y tropezó al recibir un corte sangrante en el muslo derecho.

Entonces fuimos engullidos por una tormenta furiosa de garras, picos y alas negras. Meg blandía su cimitarra como una loca. Una estrige se abalanzó sobre mi cara y, cuando estaba a punto de arrancarme los ojos con las patas, Grover hizo algo inesperado: gritó.

«¿Qué tiene eso de sorprendente?», te preguntarás. «Estando rodeado de pájaros que devoran vísceras es un momento perfecto para gritar.»

Cierto. Pero el sonido que salió de la boca del sátiro no fue un grito corriente.

Reverberó por la cámara como la onda expansiva de una bomba y dispersó a los pájaros, sacudió las piedras e hizo que me invadiera un miedo irracional.

Si no hubiera estado pegado con cinta a su espalda, habría huido. Habría saltado de la cornisa solo para escapar de ese sonido. Así las cosas, solté la espada de Meg y me tapé los oídos con las manos. Ella, que estaba postrada en la rampa, sangrando y seguramente medio paralizada por el veneno de estrige, se hizo un ovillo y sepultó la cabeza entre los brazos.

Las estriges huyeron y regresaron a la oscuridad.

El corazón me latía con fuerza y la adrenalina corría por mis venas. Tuve que respirar hondo varias veces antes de poder hablar.

—Grover, ¿has invocado el Pánico? —le pregunté.

No le veía la cara, pero notaba cómo temblaba. Estaba tumbado en la rampa de lado, de tal manera que yo me encontraba mirando a la pared.

—No era mi intención. —Su voz sonó ronca—. Hacía años que no lo hacía.

—¿Pá-pánico? —preguntó Meg.

—El grito del dios desaparecido Pan —expliqué. La simple mención de su nombre me llenaba de tristeza. ¡Ah, qué buenos tiempos habíamos pasado el dios de la naturaleza y yo en la antigüedad, bailando y retozando en el monte! Pan era un retozador de primera. Luego los humanos destruyeron casi todo el monte, y él se esfumó. Humanos, sois los culpables de que los dioses no podamos tener cosas bonitas.

—No sabía que alguien pudiera utilizar ese poder, aparte de Pan —dije—. ¿Cómo lo has hecho?

Grover emitió un sonido que fue mitad sollozo, mitad suspiro.

—Es una larga historia.

Meg gruñó.

—Nos ha librado de los pájaros. —Oí que rasgaba una tela; debía de estar haciéndose una venda para la pierna.

—¿Estás paralizada? —pregunté.

—Sí —murmuró—. De cintura para abajo.

Grover se movió bajo nuestro arnés de cinta americana.

—Yo estoy bien, pero me encuentro agotado. Los pájaros volverán, y ya no puedo subirte por la rampa.

No me extrañaba. El grito de Pan espantaba prácticamente a cualquier criatura, pero era un tipo de magia agotadora. Cada vez que Pan la empleaba, tenía que echarse una siesta de tres días.

Debajo de nosotros, los gritos de las estriges reverberaban por el Laberinto. A juzgar por sus chillidos, estaban pasando del miedo —«¡Salid volando!»— a la confusión: «¿Qué hacemos volando?».

Traté de mover los pies. Para mi sorpresa, ya notaba los dedos dentro de los calcetines.

—¿Puede soltarme alguien? —pregunté—. Creo que se me está pasando el efecto del veneno.

Sin abandonar su posición horizontal, Meg utilizó una cimitarra para liberarme de la cinta americana. Los tres nos pusimos en fila con las espaldas pegadas a la pared: tres cebos de estrige sudorosos, lamentables y patéticos esperando la muerte. Debajo de nosotros, los graznidos de los pájaros de mal agüero aumentaron de volumen. No tardarían en volver más furiosos que nunca. A unos quince metros por encima de nosotros, apenas visible a la tenue luz de las espadas de Meg, la rampa terminaba en un techo de ladrillo abovedado.

—Adiós, salida —dijo Grover—. Estaba convencido... Este hueco se parece mucho a... —Movió la cabeza como si no soportase contarnos lo que esperaba encontrar.

—No pienso morir aquí —masculló Meg.

Su apariencia decía lo contrario. Le sangraban los nudillos y tenía las rodillas despellejadas. Su vestido verde, un preciado regalo de la madre de Percy Jackson, parecía haber sido utilizado como rascador por un tigre dientes de sable. Se había arrancado la pernera izquierda de las mallas y la había usado para restañar la hemorragia del corte de su muslo, pero la tela estaba empapada.

Aun así, sus ojos relucían de forma desafiante. Los diamantes de imitación de la montura de sus gafas todavía brillaban, y yo había aprendido a contar siempre con Meg McCaffrey mientras le brillasen los diamantes de imitación.

Rebuscó entre sus sobres de semillas, mirando las etiquetas con los ojos entornados.

—Rosas, narcisos, calabazas, zanahorias...

—No... —Grover se golpeó la frente con el puño—. El madroño es como... un árbol con flores. Argh, debería haberlo sabido.

Comprendía sus problemas de memoria. Yo debería haber sabido muchas cosas: los puntos débiles de las estriges, la salida secreta más cercana del Laberinto, el número privado de Zeus para poder llamarlo y suplicarle que me perdonase la vida. Pero tenía la mente en blanco. Me habían empezado a temblar las piernas —una posible señal de que pronto volvería a andar—, pero eso no me animaba. No tenía adónde ir, salvo para elegir si quería morir en lo alto de la cámara o en el fondo.

Meg seguía revolviendo sobres de semillas.

—Nabos suecos, glicinas, espinos de fuego, fresas...

—¡Fresas! —Grover chilló tan fuerte que pensé que quería lanzar otro grito de Pánico—. ¡Eso es! ¡El madroño también se llama árbol de fresas!

Meg frunció el entrecejo.

—Las fresas no crecen en árboles. Son del género Fragaria y pertenecen a la familia de las rosas.

—¡Sí, sí, ya lo sé! —Grover giró las manos como si las palabras no le salieran lo bastante rápido—. Y el madroño pertenece a la familia del brezo, pero...

—¿De qué estáis hablando? —inquirí. Me preguntaba si estaban compartiendo la conexión wifi de la Flecha de Dodona para buscar información en botanica.com—. Estamos a punto de morir, ¿y os ponéis a debatir sobre géneros de plantas?

—¡Puede que la Fragaria sirva! —insistió Grover—. El fruto del madroño se parece a la fresa. Por eso a veces lo llaman árbol de fresas. Una vez conocí a una dríade del madroño. Tuvimos una buena discusión sobre el tema. Además, estoy especializado en el cultivo de fresas. ¡Todos los sátiros del Campamento Mestizo estamos especializados en ese campo!

Meg miró su sobre de semillas de fresa muy poco convencida.

—No sé.

Debajo de nosotros, una docena de estriges salieron repentinamente de la boca del túnel chillando en un coro de furia predestripadora.

—¡Prueba con Fraggle Rock! ...