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LARGO PéTALO DE MAR

Isabel Allende  

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Fragmento

I

1938

Prepararse, muchachos,

para otra vez matar, morir de nuevo

y cubrir con flores la sangre.

PABLO NERUDA,

«Sangrienta fue toda tierra del hombre»,

El mar y las campanas

El soldadito era de la Quinta del Biberón, la leva de niños reclutados cuando ya no quedaban hombres jóvenes ni viejos para la guerra. Víctor Dalmau lo recibió junto a otros heridos que sacaron del vagón de carga sin mucha consideración, porque había prisa, y tendieron como leños en esterillas sobre el piso de cemento y piedra de la estación del Norte, en espera de otros vehículos para llevarlos a los centros hospitalarios del Ejército del Este. Estaba inerte, con la expresión tranquila de quien ha visto a los ángeles y ya nada teme. Quién sabe cuántos días llevaba zarandeado de una camilla a otra, de una posta de campaña a otra, de una ambulancia a otra, hasta llegar a Cataluña en ese tren. En la estación, varios médicos, sanitarios y enfermeras recibían a los soldados, mandaban de inmediato a los más graves al hospital y clasificaban al resto según dónde estaban heridos —grupo A los brazos, B las piernas, C la cabeza, y así seguía el alfabeto— y los enviaban con un cartel al cuello al lugar correspondiente. Los heridos llegaban por centenares; había que diagnosticar y decidir en cuestión de minutos, pero el tumulto y la confusión eran sólo aparentes. Nadie quedaba sin atención, nadie se perdía. Los de cirugía iban al antiguo edificio de Sant Andreu en Manresa, los que requerían tratamiento se mandaban a otros centros y a algunos más valía dejarlos donde estaban, porque nada se podía hacer para salvarlos. Las voluntarias les mojaban los labios, les hablaban bajito y los acunaban como si fueran sus hijos, sabiendo que en otra parte habría otra mujer sosteniendo a su hijo o a su hermano. Más tarde los camilleros se los llevarían al depósito de cadáveres. El soldadito tenía un agujero en el pecho y el médico, después de examinarlo someramente sin encontrarle el pulso, determinó que estaba más allá de cualquier socorro, que ya no necesitaba morfina ni consuelo. En el frente le habían tapado la herida con un trapo, se la habían protegido con un plato de latón invertido para evitar el roce y le habían envuelto el torso con un vendaje, pero de eso hacía varias horas o varios días o varios trenes, imposible saberlo.

Dalmau estaba allí para secundar a los médicos; su deber era obedecer la orden de dejar al chico y dedicarse al siguiente, pero pensó que si ese niño había sobrevivido a la conmoción, la hemorragia y el traslado para llegar hasta ese andén de la estación, debía de tener muchas ganas de vivir y era una lástima que se hubiera rendido ante la muerte en el último momento. Retiró cuidadosamente los trapos y comprobó asombrado que la herida estaba abierta y tan limpia como si se la hubieran pintado en el pecho. No pudo explicarse cómo destrozó el impacto las costillas y parte del esternón sin pulverizar el corazón. En los casi tres años de práctica en la Guerra Civil de España, primero en los frentes de Madrid y Teruel, y después en el hospital de evacuación, en Manresa, Víctor Dalmau creía haber visto de todo y haberse inmunizado contra el sufrimiento ajeno, pero nunca había visto un corazón vivo. Fascinado, presenció los últimos latidos, cada vez más lentos y esporádicos, hasta que se detuvieron del todo y el soldadito terminó de expirar sin un suspiro. Por un breve instante Dalmau se quedó inmóvil, contemplando el hueco rojo donde ya nada latía. Entre todos los recuerdos de la guerra, ese sería el más pertinaz y recurrente: aquel niño de quince o dieciséis años, todavía imberbe, sucio de batalla y de sangre seca, tendido en una esterilla con el corazón al aire. Nunca pudo explicarse por qué introdujo tres dedos de la mano derecha en la espantosa herida, rodeó el órgano y apretó varias veces, rítmicamente, con la mayor calma y naturalidad, durante un tiempo imposible de recordar, tal vez treinta segundos, tal vez una eternidad. Y entonces sintió que el corazón revivía entre sus dedos, primero con un temblor casi imperceptible y pronto con vigor y regularidad.

—Chico, si no lo hubiera visto con mis propios ojos, jamás lo creería —dijo en tono solemne uno de los médicos, que se había aproximado sin que Dalmau lo percibiera.

Llamó a los camilleros de dos gritazos y les ordenó que se llevaran de inmediato al herido a toda carrera, que era un caso especial.

—¿Dónde aprendió eso? —le preguntó a Dalmau, apenas los camilleros levantaron al soldadito, que seguía de color ceniza pero con pulso.

Víctor Dalmau, hombre de pocas palabras, le informó en dos frases de que había alcanzado a estudiar tres años de medicina en Barcelona antes de irse al frente como sanitario.

—¿Dónde lo aprendió? —repitió el médico.

—En ninguna parte, pero pensé que no había nada que perder…

—Veo que cojea.

—Fémur izquierdo. Teruel. Está sanando.

—Bien. Desde ahora va a trabajar conmigo, aquí está perdiendo el tiempo. ¿Cómo se llama?

—Víctor Dalmau, camarada.

—Nada de camarada conmigo. A mí me trata de doctor y no se le ocurra tutearme. ¿Estamos?

—Estamos, doctor. Que sea recíproco. Puede llamarme señor Dalmau, pero les va a sentar como un tiro a los otros camaradas.

El médico sonrió entre dientes. Al día siguiente Dalmau comenzó a entrenarse en el oficio que determinaría su suerte.

Víctor Dalmau supo, como supo todo el personal de Sant Andreu y de otros hospitales, que el equipo de cirujanos pasó dieciséis horas resucitando a un muerto y lo sacaron vivo del quirófano. Milagro, dijeron muchos. Avances de la ciencia y la constitución de caballo percherón del muchacho, rebatieron quienes habían abdicado de Dios y los santos. Víctor se hizo el propósito de visitarlo adondequiera que lo hubieran trasladado, pero con la prisa de esos tiempos le resultó imposible llevar la cuenta de los encuentros y desencuentros, de los presentes y los desaparecidos, de los vivos y los muertos. Por un tiempo pareció que había olvidado ese corazón que tuvo en la mano, porque se le complicó mucho la vida y otros asuntos urgentes lo mantuvieron ocupado, pero años más tarde, al otro lado del mundo, lo vio en sus pesadillas y desde entonces el chico lo visitaba de vez en cuando, pálido y triste, con su corazón inerte en una bandeja. Dalmau no recordaba o tal vez nunca supo su nombre y lo apodó Lázaro por razones obvias, pero el soldadito nunca olvidó el de su salvador. Apenas pudo sentarse y beber agua por sí mismo, le contaron la proeza de ese enfermero de la estación del Norte, un tal Víctor Dalmau, que lo trajo de vuelta del territorio de la muerte. Lo acosaron a preguntas; todos querían saber si acaso el cielo y el infierno existen de verdad o son inventos de los obispos para meter miedo. El muchacho se recuperó antes de que terminara la guerra y dos años más tarde, en Marsella, se hizo tatuar el nombre de Víctor Dalmau en el pecho, debajo de la cicatriz.

Una joven miliciana, con la gorra ladeada en un intento de compensar la fealdad del uniforme, esperó a Víctor Dalmau en la puerta del quirófano y cuando este salió, con una barba de tres días y la bata manchada, le pasó un papel doblado con un mensaje de las telefonistas. Dalmau llevaba muchas horas de pie, le dolía la pierna y acababa de darse cuenta, por el ruido de caverna en el estómago, de que no había comido desde el amanecer. El trabajo era de mula, pero agradecía la oportunidad de aprender en el aura magnífica de los mejores cirujanos de España. En otras circunstancias un estudiante como él no habría podido ni acercarse a ellos, pero a esas alturas de la guerra, los estu

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