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LAS ALAS DEL áGUILA

Ken Follett  

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Fragmento

PERSONAJES

DALLAS

Ross Perot, presidente del Consejo de Administración de Electronic Data Systems Corporation, Dallas, Texas.

Merv Stauffer, brazo derecho de Perot.

T. J. Márquez, vicepresidente de la EDS.

Tom Walter, director financiero de la EDS.

Mitch Hart, ex director de la EDS con buenos contactos en el Partido Demócrata.

Tom Luce, fundador del bufete de abogados de Dallas Hugues & Hill.

Bill Gayden, director de la EDS Mundial, filial de la EDS.

Mort Meyerson, vicepresidente de la EDS.

TEHERÁN

Paul Chiapparone, director en el país de la EDS Corporation Irán; Ruthie Chiapparone, su esposa.

Bill Gaylord, adjunto de Paul; Emily Gaylord, su esposa.

Lloyd Briggs, número tres de Paul.

Rich Gallagher, subdirector administrativo de Paul; Cathy Gallagher, esposa de Rich; Buffy, caniche de Cathy.

Paul Bucha, anterior director en el país de la EDS Corporation Irán, destinado posteriormente a París.

Bob Young, director de la EDS en Kuwait.

John Howell, abogado de Hughes & Hill.

Keane Taylor, director del proyecto de banco Omrán.

(El grupo)

Tte. coronel Arthur D. Bull Simons, jefe del grupo.

Jay Coburn, segundo al mando.

Ron Davis, avanzadilla.

Ralph Boulware, tirador.

Joe Poché, conductor.

Glenn Jackson, conductor.

Pat Sculley, flancos.

Jim Schwebach, flancos y explosivos.

(Los iraníes)

Abolhasán, adjunto a Lloyd Briggs y empleado iraní de más alto rango en la EDS.

Majid, adjunto a Jay Coburn; Fara, hija de Majid.

Rashid, Seyyed y el Motorista, ingenieros de sistemas de formación de personal.

Gholam, director de contratación de personal y compras a las órdenes de Jay Coburn.

Hosain Dadgar, magistrado encargado de la investigación.

(En la embajada de Estados Unidos)

William Sullivan, embajador.

Charles Naas, consejero de embajada y segundo de Sullivan.

Lou Goelz, cónsul general.

Bob Sorenson, funcionario de la embajada.

Alí Jordan, iraní empleado en la embajada.

Barry Rosen, agregado de Prensa.

ESTAMBUL

El señor Fish, ingenioso agente de viajes.

Ilsmán, empleado de la MIT, la agencia turca de Inteligencia.

Charlie Brown, intérprete.

WASHINGTON

Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional.

Cyrus Vance, secretario de Estado.

David Newsom, subsecretario del Departamento de Estado.

Henry Pretch, jefe de la sección iraní del Departamento de Estado.

Mark Ginsberg, coordinador entre la Casa Blanca y el Departamento de Estado.

Almirante Tom Moorer, ex jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor.

Yo os llevé en alas de águila y os traje junto a mí.

Éxodo, 19, 4.

AGRADECIMIENTOS

Muchas son las personas que me han ayudado perdiendo horas y horas en charlar conmigo, respondiendo a mis cartas o leyendo y corrigiendo los borradores del libro. Por su paciencia, franqueza y voluntaria cooperación, doy las gracias muy especialmente a las siguientes personas:

Paul y Ruthie Chiapparone, Bill y Emily Gaylord;

Jay y Liz Coburn, Joe Poché, Pat y Mary Sculley, Ralph y Mary Boulware, Jim Schwebach, Ron Davis, Glenn Jackson;

Bill Gayden, Keane Taylor, Rich y Cathy Gallagher, Paul Bucha, Bob Young, John Howell, Rashid, Kathy Marketos;

T. J. Márquez, Tom Walter, Tom Luce;

Merv Stauffer, para quien nada representa un problema insoluble;

Margot Perot, Bette Perot;

John Carlen, Anita Melton;

Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Ramsey Clark, Bob Strauss, William Sullivan, Charles Naas, Lou Goelz, Henry Precht, John Stempel;

Doctor Manuchehr Razmara;

Stanley Simons, Bruce Simons, Harry Simons;

Tte. coronel Charles Kroían, del Pentágono;

Mayor Dick Meadows, general de división Robert McKinnon;

Doctor Walter Stewart, doctor Harold Kimmerling.

Como siempre, he contado con la ayuda de dos investigadores infatigables, Dan Starer en Nueva York y Caren Meyer en Londres.

También me ayudó mucho el magnífico equipo de la centralita telefónica de la casa central de la EDS en Dallas.

Más de cien horas de entrevistas grabadas fueron transcritas a máquina, sobre todo por Sally Walther, Claire Woodward, Linda Huff, Cheryl Hibbitts y Becky De Luna.

Por último, doy las gracias a Ross Perot, sin cuya asombrosa energía y determinación hubiera sido imposible no sólo este libro, sino la aventura que narra.

PRÓLOGO

Éste es un relato verídico sobre un grupo de personas que, acusadas de delitos que no habían cometido, decidieron hacer justicia por su cuenta.

Una vez terminada la aventura, se celebró contra ellos un juicio del que salieron totalmente absueltos. Este juicio no forma parte del relato pero, al haber establecido la inocencia de los acusados, he incluido algunos detalles del fallo del tribunal como apéndice al presente libro.

En el transcurso de estas páginas, me he permitido un par de pequeñas licencias respecto a la verdad.

Por una parte, algunos personajes reciben apodos o seudónimos, fundamentalmente para proteger a las personas reales de la venganza del gobierno de Irán. Esos nombres falsos son: Majid, Fara, Abolhasán, el señor Fish, Garganta Profunda, Rashid, el Motorista, Mehdi, Malek, Gholam, Seyyed y Charlie Brown. Todos los nombres restantes son auténticos.

En segundo lugar, cuando se hace memoria de una conversación sostenida tres o cuatro años antes, rara vez se recuerdan las palabras precisas que se utilizaron; además, las conversaciones de la vida cotidiana, con sus gestos, interrupciones y fases inacabadas, suelen perder su sentido al ser pasadas al papel. Así pues, los diálogos de este libro están reconstruidos y corregidos. Sin embargo, todas estas conversaciones reconstruidas han sido presentadas a uno por lo menos de quienes intervinieron en ellas para su corrección o aprobación.

Salvo este par de precisiones, creo que cada palabra de lo que sigue es cierta. No se trata de un «reportaje novelado» o de una «novela de no ficción». Yo no he inventado nada. Lo que usted se dispone a leer es lo que sucedió en realidad.

UNO

1

Todo empezó el cinco de diciembre de 1978.

Jay Coburn, jefe de personal de la EDS Corporation Irán, estaba sentado en su despacho de la parte alta de Teherán con muchos asuntos en la cabeza.

El despacho estaba situado en un edificio de hormigón de tres pisos conocido por el nombre de «Bucarest» (pues se hallaba en una callejuela próxima a la calle de Bucarest). Coburn estaba en el primer piso, en una sala grandiosa comparada con las de Estados Unidos. Tenía el suelo de parquet, un elegante escritorio de madera y un retrato del Sha en la pared. Coburn estaba de espaldas a una ventana. A través de la puerta acristalada podía observar la oficina, con el personal frente a las máquinas de escribir y los teléfonos. La puerta tenía cortinas, pero Coburn nunca las corría.

Hacía frío. Siempre hacía frío; miles de iraníes estaban en huelga, el suministro de energía de la ciudad era intermitente y la calefacción se apagaba durante varias horas la mayor parte de los días.

Coburn era un hombre alto, de hombros fuertes, un metro ochenta de estatura y noventa kilos de peso. Llevaba el cabello, castañorrojizo, con el corte clásico de hombre de negocios y perfectamente peinado con raya. Aunque sólo tenía treinta y dos años, aparentaba casi cuarenta. Observándole más de cerca, se apreciaba la juventud en su rostro franco y atractivo y en su fácil sonrisa; sin embargo, tenía un cierto aire de prematura madurez, el aspecto de un hombre que hubiera crecido demasiado rápido.

Había tenido que cargar con responsabilidades toda su vida: cuando era un muchacho, ayudando en la floristería de su padre; a los veinte años, como piloto de helicóptero en Vietnam; después, como joven esposo y padre, y ahora, como jefe de personal, teniendo entre sus manos la seguridad de los 131 empleados norteamericanos y de las 220 personas que dependían de éstos en una ciudad donde la violencia de las turbas se había adueñado de las calles.

Aquel día, como cualquier otro, Coburn estaba haciendo llamadas telefónicas por todo Teherán para intentar saber dónde se luchaba, dónde surgiría de nuevo la violencia y cuáles eran las perspectivas para los días siguientes.

Llamaba a la embajada de Estados Unidos al menos una vez al día. La embajada tenía una sala de información que trabajaba las veinticuatro horas. Desde diferentes zonas de la ciudad, varios norteamericanos telefoneaban a la embajada para informar sobre manifestaciones y disturbios, y la embajada emitía entonces la noticia de que tal o cual barrio debía ser evitado. Sin embargo, en lo concerniente a avisos o informaciones anticipadas, Coburn consideraba casi del todo inútil el trabajo de la embajada. En las reuniones semanales, a las que asistía puntualmente, se le decía siempre que los norteamericanos debían permanecer el mayor tiempo posible en sus domicilios y evitar por todos los medios las aglomeraciones, pero que el Sha controlaba la situación y que por el momento no se recomendaba la evacuación. Coburn comprendía la posición de los funcionarios (si la embajada de Estados Unidos decía que el Sha estaba tambaleándose, éste caería con toda seguridad), pero éstos se mostraban tan precavidos que apenas proporcionaban información alguna.

Desencantada de la embajada, la comunidad norteamericana de Teherán que se dedicaba a los negocios había establecido su propia red informativa. La mayor empresa norteamericana de la ciudad era la Bell Helicopter, cuyas actividades en Irán eran dirigidas por un general de división retirado, Robert N. MacKinnon. Éste contaba con un servicio de Inteligencia de primera clase y compartía todas sus noticias con los demás hombres de negocios. Coburn conocía también a un par de funcionarios de Inteligencia que trabajaban en la delegación militar norteamericana y los llamó.

Aquel día la ciudad estaba en relativa calma; no había grandes manifestaciones. El último estallido grave de violencia se había registrado tres días antes, el dos de diciembre, primer día de la huelga general, cuando se informó de la muerte de más de setecientas personas en los choques callejeros. Según le aseguraron a Coburn, se esperaba que la calma continuara hasta el diez de diciembre, festividad musulmana de la Ashura.

A Coburn le preocupaba la Ashura. Aquella festividad invernal del Islam no se parecía en nada a la Navidad. Era un día de ayuno y luto por la muerte de Hussein, el nieto del Profeta, y su idea fundamental era el arrepentimiento. Se celebraban inmensas procesiones por las calles durante las cuales los más devotos se flagelaban. En tal atmósfera, la histeria y la violencia podían desatarse rápidamente.

Y aquel año, temía Coburn, la violencia podía dirigirse contra los norteamericanos.

Una serie de desagradables acontecimientos lo habían convencido de que el sentimiento antinorteamericano estaba en rápido crecimiento. Alguien había echado por debajo de su puerta una nota que decía: «Si aprecia su vida y sus posesiones, márchese de Irán.» Otros amigos suyos habían recibido notas similares. Unos artistas del spray habían pintado en los muros de su casa: «Aquí viven norteamericanos.» El autobús que llevaba a sus hijos a la Escuela Norteamericana de Teherán había sido apedreado por una muchedumbre de manifestantes. Otros empleados de la EDS habían sido abucheados en la calle, y sus coches abollados. Una terrible tarde, los iraníes empleados en el Ministerio de Sanidad y Bienestar Social se alborotaron, rompieron ventanas y quemaron retratos del Sha, mientras los ejecutivos de la EDS presentes en el edificio se hacían fuertes en uno de los despachos hasta que la multitud se dispersó.

En cierto modo, el indicio más siniestro fue el cambio de actitud del casero de Coburn.

Como la mayoría de los norteamericanos residentes en Teherán, Coburn había alquilado la mitad de una casa de dos pisos; él, su esposa y sus hijos vivían en el piso de arriba, y la familia del casero vivía en la planta baja. Al llegar los Coburn, en marzo de aquel año, el propietario de la casa los acogió bajo sus alas. Las dos familias se hicieron amigas. Coburn y el casero discutían de religión; el iraní le regaló una traducción al inglés del Corán, y la hija del casero le leyó a su padre párrafos de la Biblia de Coburn. Los fines de semana salían todos juntos al campo. Uno de los hijos de Coburn, Scott, de siete años, solía jugar a fútbol en la calle con los hijos del casero. Un fin de semana los Coburn tuvieron el raro privilegio de asistir a una boda musulmana. Resultó fascinante. Hombres y mujeres estuvieron separados todo el día; Coburn y Scott permanecieron con los hombres mientras su esposa Liz y sus tres hijas se quedaban con las mujeres; Coburn no llegó siquiera a ver a la novia.

Después del verano las cosas cambiaron gradualmente. Se acabaron las salidas de fin de semana, los hijos del casero recibieron la orden de no jugar más con Scott en la calle y, por último, cesó todo contacto entre ambas familias, incluso dentro de los confines de la casa y el jardín, y los hijos del casero recibieron reprimendas por el mero hecho de dirigir la palabra a la familia de Coburn.

No se trataba de que el casero hubiera empezado de pronto a odiar a los norteamericanos. Una tarde demostró que todavía se preocupaba por los Coburn. Había habido un tiroteo en la calle; uno de los hijos del casero había salido de casa tras el toque de queda y los soldados habían disparado contra el chico mientras éste corría hacia la casa y saltaba la valla del jardín. Coburn y Liz contemplaron el incidente desde el balcón y Liz se asustó mucho. El casero subió a contarles lo que había sucedido y les aseguró que todo iba bien. Sin embargo, el hombre intuía claramente que, por la seguridad de su familia, no debía ser visto en actitud amistosa con un norteamericano; el casero sab

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