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LAS CONSTELACIONES OSCURAS

Pola Oloixarac  

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Fragmento

NIKLAS, 1882

En el último día de 1882 un grupo de exploradores alcanzó el mar que rodea al cráter de Famara, la masa volcánica que se eleva en el archipiélago de Juba. Como una fortaleza sobre el agua, la línea aérea del cráter ensombrecía la bahía en majestad. Los viajeros atracaron en una playa de arena negra marcada por colas de lagartos, y emprendieron el ascenso por un camino de musgos a través de riscos que se perdían en formaciones sinuosas de magma oscuro. Amarrada en la bahía, la embarcación parecía un viejo dinosaurio desprendiéndose de sus partes interiores, secundado por parásitos, que bajaban a tierra las jaulas, los instrumentos de bronce, las trampas de madera y las sogas entre los peñascos. Se internaron en la mata, húmeda y fría bajo los árboles entrelazados en lo alto; de vez en cuando el cielo se abría en un resplandor blanco.

Caminaron durante horas hacia los valles interiores de la isla, en una expansión libre de rastros humanos. A pesar de estar sumergida en los vapores arenosos del Sahara, la isla era un hervidero de Crissia pallida, flores verdes de aspecto arácnido y núcleos de polen dorado, cuyas extraordinarias propiedades permanecerían desconocidas hasta principios del siglo XXI. La historia de estos visitantes es conocida en el sistema de creencias de la secta guanche de Mahan. Que, al caer la noche, los extranjeros se adentraron en los valles profundos de la isla, guiados por estrellas muy tenues, confundiendo la bóveda oscura del cielo con una cueva recubierta de insectos (luego jurarían que era el rostro invertido del Auriga, borroso a través de la calima). Que, por este error, Zacharias Loyd, el capitán de la expedición, dictaminó no descansar hasta tocar suelo mineral, efectivamente muerto, porque lo horrorizó que ninguno, ni él mismo, distinguiera algo anormal en el clamor que hacían esos demonios a lo largo de la cueva, que sólo se presentaron bajo su verdadera naturaleza una vez que la forma en garganta del terreno los dejó frente a una laguna interior.

En este punto Niklas Bruun, el más joven de la expedición, se arrodilló a dibujar lo que veía. El traficante de insectos Diotimus Redbach, de pie, sosteniendo un lepidóptero del tamaño de su mano (Noctilia pubescens), y el perfil en sombras de Marius Ballatinus, cazador de orquídeas. Dos hombres agachados sobre el agua, de espaldas al dibujante, que debían ser Pavel Ulrich, zoólogo de fama tenebrosa, y el capitán Loyd, trazando en el aire las dimensiones de la caverna. Reportan “criaturas luminosas deslizándose al ras del agua” —si bien Niklas Bruun, en particular, abre un espacio de duda por tener “mis ojos excitados por el roce de la oscuridad”. En el dibujo Pavel roza el agua con los dedos, la mirada perdida en el fondo de la gruta. En el ángulo más oscuro se distingue a quien es sin duda Torben Schats (por entonces en el pináculo de su reputación como cartógrafo de islas desaparecidas), palpando las paredes de roca en quieta veneración; la cueva se ahueca sobre él en estalactitas que encierran la escena como un óvalo.

Al llegar al pun

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