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LAS ESTRELLAS DE LA FORTUNA (TRILOGíA DE LOS GUARDIANES 1)

Nora Roberts  

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Fragmento

Prólogo

Érase una vez, hace mucho tiempo, en un mundo más allá del nuestro, tres diosas se reunieron para celebrar el nacimiento de una nueva reina. Muchos de los que habían viajado por tierra y cielo, a través del tiempo y del espacio, habían llevado oro y joyas, ricas sedas y cristales preciosos como presentes.

Pero las tres diosas ansiaban regalos únicos.

Pensaron en un caballo con alas, pero llegaron noticias de que un viajero había llegado volando a lomos de uno y lo había convertido en un presente para la nueva reina.

Debatieron si dotarla de una belleza sin parangón, de gran sabiduría o de una gracia única.

No podían hacerla inmortal, y por quienes lo eran sabían que tal cosa era al mismo tiempo una bendición y una maldición.

Pero sí podían hacerle un regalo inmortal.

—Un regalo que brillará para ella, por siempre.

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Celene estaba con sus amigas, sus hermanas, en la arena, blanca como los diamantes, a los pies del oscuro mar azul, y alzó el rostro al cielo nocturno, a la refulgente luna.

—La luna es nuestra —le recordó Luna—. No podemos darle lo que hemos jurado honrar.

—Estrellas. —Arianrhod alzó la mano con la palma hacia arriba. Cerró los ojos, el puño. Y, con una sonrisa, los abrió de nuevo. En su palma brillaba ahora una joya de hielo—. Estrellas para Aegle, la radiante.

—Estrellas. —Celene extendió la mano y la abrió. Sostenía una joya de fuego—. Estrellas para Aegle, que brillarán como su nombre.

Luna se unió a ella y sacó una joya de agua.

—Estrellas para Aegle, la luminosa.

—Debería haber algo más. —Celene dio la vuelta a la ardiente estrella en su mano.

—Un deseo. —Luna se acercó más al mar y dejó que prodigara fríos besos a sus pies—. Un deseo de cada una de nosotras para la reina y dentro de la estrella. De mi parte, un corazón fuerte y colmado de esperanza.

—Una mente fuerte e inquisitiva. —Celene sostuvo la ardiente estrella en alto.

—Y un espíritu fuerte y aventurero. —Arianrhod levantó ambas manos, sujetando la estrella en una y tendiendo la otra hacia la luna—. Que brillen estas estrellas mientras el mundo gire.

—Que arrojen su luz en nombre de la reina para que todos la vean.

La estrella de fuego comenzó a elevarse en el cielo y, con ella, las estrellas de hielo y de agua. Giraban mientras ascendían, proyectando su luz sobre el mar y la tierra, atraídas hacia la luna y su frío y blanco poder.

Una sombra pasó por debajo de ellas, silenciosa como una serpiente.

Nerezza sobrevoló la playa hacia el agua; una sombra que enturbiaba la luz.

—Os reunís sin mí, hermanas mías.

—No eres una de nosotras. —Arianrhod se volvió hacia ella, flanqueada por Luna y por Celene—. Nosotras somos la luz y tú la oscuridad.

—No hay luz sin oscuridad. —Los labios de Nerezza se curvaron, pero en sus ojos habitaba la furia, y con ella los tempranos brotes de una locura aún por florecer—. Cuando la luna mengua, la oscuridad la devora. Mordisco a mordisco.

—La luz prevalece. —Luna hizo un gesto mientras las estrellas volaban, dejando estelas de color tras de sí—. Y ahora hay más.

—Vosotras, igual que aquellos que suplican favores, le traéis presentes a la reina. No es más que una muchacha débil y boba, y somos nosotras quienes podríamos reinar. Quienes deberíamos reinar.

—Somos guardianas —le recordó Celene—. Somos observadoras, no gobernantes.

—¡Somos diosas! Este mundo y los demás son nuestros. Pensad en ello y en lo que podríamos hacer si uniéramos nuestros poderes. Todos se postrarían ante nosotras y viviríamos jóvenes y bellas para siempre.

—No deseamos tener poder sobre los humanos, los inmortales ni los semimortales. Tales cuestiones solo conducen al derramamiento de sangre, a la guerra y a la muerte. —Arianrhod rechazó la idea—. Desear para siempre es rechazar la belleza y el prodigio del ciclo de la vida. —Alzó el rostro de nuevo mientras las estrellas que habían hecho prodigaban su luz.

—La muerte llega. Veremos a esta nueva reina vivir y morir lo mismo que vimos a la anterior.

—Vivirá ciento siete años. Lo he visto. Y mientras viva habrá paz —prosiguió Celene.

—Paz. —La palabra escapó entre los labios crispados de Nerezza—. La paz no es sino un tedioso momento de calma entre la expansión de la oscuridad.

—Regresa a tus sombras, Nerezza. —Luna la despidió con un despreocupado gesto de su mano—. Esta es una noche para regocijarse, para la luz y la celebración..., no para tus ambiciones y tus ansias.

—Mía es la noche. —Extendió la mano y un rayo, negro como sus ojos, cortó la blanca arena, el negro mar, y salió disparado hacia las estrellas en ascenso. Atravesó las estelas de luz momentos antes de que las estrellas hallaran su lugar en una suave curva en la base de la luna.

Las estrellas temblaron durante un instante, así como lo hicieron los mundos bajo las mismas.

—¿Qué has hecho? —Celene se giró hacia ella.

—Solo me he sumado a vuestro presente, hermanas. Las estrellas de fuego, hielo y agua caerán un día, bajarán del cielo con todo su poder y sus deseos; unidas la luz y la oscuridad. —Nerezza reía al tiempo que alzaba los brazos como si quisiera arrancar las estrellas del cielo—. Y cuando caigan en mis manos, la luna morirá para siempre y la oscuridad vencerá.

—No son para ti.

Arianrhod se adelantó, pero Nerezza atravesó la arena con un negro rayo, que dejó un llameante abismo entre ellas. El humo que ascendía del mismo contaminó el aire.

—Cuando las tenga, este mundo morirá con la luna, igual que lo haréis vosotras. Y mientras yo devoro vuestros poderes, se abrirán otros sellados hace mucho tiempo. La insulsa paz que tanto adoráis se tornará en un abrasador tormento, en agonía, miedo y muerte. —Alzó las manos entre el humo, ardiendo en su propio deseo—. Vuestras propias estrellas han sellado vuestros destinos y me han dado el mío a mí.

—Estás desterrada. —Arianrhod atacó y un candente rayo azul, cortante como un látigo, se enroscó alrededor del tobillo de Nerezza.

Un grito rasgó el aire, haciendo estremecer la tierra. Antes de que Arianrhod pudiera arrastrar la oscuridad al abismo de su propia creación, Nerezza desplegó sus negras y delgadas alas y partió el látigo de luz al alzar el vuelo. La sangre de su tobillo quemó la blanca arena, desprendiendo humo.

—Forjaré mi destino —gritó—. Volveré, me apoderaré de las estrellas y de los mundos que deseo. Y vosotras conoceréis la muerte, el dolor y la aniquilación de todo aquello que amáis.

Sus alas la envolvieron y desapareció.

—No puede hacernos nada ni a nosotras ni a los nuestros —insistió Luna.

—No dudes de su poder ni de su sed. —Celene contempló el negro abismo y sintió una pena terrible—. Aquí habrá ahora muerte, sangre, sufrimiento y pena. Los ha dejado tras de sí como un presagio.

—Jamás ha de tener las estrellas. Traigámoslas de vuelta ahora —dijo Arianrhod—. Las destruiremos.

—El riesgo es demasiado grande mientras su poder aún perdura en el aire —repuso Celene.

—Entonces ¿nos vamos a limitar a esperar, a proteger y a arriesgarlo todo? —arguyó Arianrhod—. ¿Vamos a permitir que retuerza un prometedor presente y lo convierta en algo oscuro y letal?

—No podemos. No lo haremos. ¿Caerán? —le preguntó Luna a Celene.

—Puedo ver que sí caerán en un deslumbrante fogonazo, pero no alcanzo a ver cuándo.

—Entonces nosotras determinaremos cuándo y dónde. Eso sí podemos hacerlo. —Luna tomó a sus hermanas de la mano—. En otro lugar, en otro tiempo, pero no juntas.

Tras asentir, Arianrhod elevó la mirada a las estrellas, tan brillantes y hermosas sobre la tierra que había amado y guardado desde los albores de sus días.

—Si tan siquiera una cae en sus manos o en las de otra como ella... —Celene cerró los ojos y se abrió—. Muchos serán quienes buscarán las estrellas o, lo que es lo mismo, el poder, la fortuna. Y el destino. Todo es lo mismo. Y nosotras, reflejo de la luz, debemos enviar a nuestros descendientes en su búsqueda.

—¿Nuestros descendientes? —repitió Luna—. ¿No vamos a ir nosotras a recuperarlas?

—No, eso no nos toca a nosotras. Sé que debemos aguardar el momento aquí y se hará como haya que hacerse.

—Nosotras elegimos el tiempo, el lugar. En silencio —agregó Arianrhod—. Incluso en nuestras mentes. No ha de saber ni cuándo ni dónde caerán.

Unieron sus mentes al igual que las manos y cada una emprendió su viaje, siguiendo a su estrella hasta donde esta quiso ir cuando cayó del cielo. Cada una ocultó su presente, cada una depositó el poder de la protección sobre ella.

Y con sus mentes unidas, y sin mediar palabra, cada una entendió aquello que ahora yacía en las manos y en el corazón de las demás.

—Ahora debemos tener fe. —Luna apretó la mano de Arianrhod al ver que su hermana no decía nada—. Debemos hacerlo. De lo contrario, ¿cómo la tendrán nuestros descendientes?

—Creo que hemos hecho lo que debemos. Basta con que creamos eso.

Celene exhaló un suspiro.

—Hasta los dioses deben someterse al destino.

—O luchar contra lo que intenta destruirlos.

—Tú lucharás —dijo Celene, con una sonrisa en los labios—. Luna confiará. Y yo haré todo lo que pueda para ver. Ahora hemos de esperar.

Juntas alzaron la mirada a la luna que vivía en el cielo y en el alma y a las tres fulgurantes estrellas que se amoldaban a ella.

1

Los sueños la atormentaban tanto despierta como dormida. Entendía los sueños, las visiones, el saber. Habían estado siempre en su vida y, durante la mayor parte de la misma, había aprendido a bloquearlos, a apartarlos.

Pero aquellos no cedían por mucho empeño que pusiera. Sueños de sangre y de lucha, de tierras extrañas de locura. En ellos, rostros y voces de personas desconocidas, aunque de algún modo sumamente familiares, vivían con ella. La mujer de los fieros y astutos ojos de un lobo; el hombre con la espada de plata. Plagaban sus sueños junto con una mujer que emergía del mar riendo y el hombre con la brújula dorada.

Y en todos ellos, la fuerte presencia del hombre de pelo negro que sostenía el rayo en sus manos.

¿Quiénes eran? ¿Cómo los conocía... o iba a conocerlos? ¿Por qué sentía una necesidad tan imperiosa de ellos, de todos ellos?

Sabía que con ellos caminaban la muerte y el sufrimiento, y sin embargo con ellos llegaba la oportunidad de la verdadera dicha, del verdadero conocimiento personal. Del amor verdadero.

Creía en el amor verdadero... para los demás. Jamás lo había buscado para sí, pues el amor exigía demasiado, sembraba el caos en una vida. Demasiados sentimientos.

Quería, siempre había querido, tener paz y estabilidad, y creía haber encontrado ambas cosas en su pequeña casa en las montañas de Carolina de Norte.

Allí tenía la soledad que había buscado. Allí podía pasarse el día pintando o en el jardín, sin interferencias ni interrupciones. No necesitaba mucho; su trabajo le proporcionaba ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades.

Ahora cinco personas que la llamaban por su nombre atormentaban sus sueños. ¿Por qué no podía descubrir los nombres de ellos?

Dibujaba sus sueños: los rostros, los mares, las montañas y las ruinas. Cuevas y jardines, tormentas y atardeceres. Durante el largo invierno llenó su tablero de trabajo con dibujos y comenzó a colgarlos en las paredes.

Pintó al hombre con el rayo en sus manos, perfeccionando cada detalle durante días; el tono y la forma exacta de sus ojos, penetrantes, oscuros y profundos; la delgada y blanquecina cicatriz, como un rayo, en su ceja izquierda.

Estaba en un acantilado sobre un mar embravecido. El viento revolvía su negro cabello. Casi podía sentirlo, como un cálido aliento. Y se mostraba valiente ante la tormenta mientras la muerte volaba hacia él.

De algún modo estaba a su lado, con igual arrojo.

No pudo dormir hasta que lo hubo terminado y lloró cuando lo hizo. Temía haber perdido la cabeza y las visiones eran cuanto le había quedado. Durante días dejó el cuadro en el caballete mientras él la veía trabajar, limpiar o dormir.

O soñar.

Se dijo que lo empaquetaría y se lo enviaría a su agente para que lo vendiera. Y tras mojar su pincel, lo firmó por fin.

Sasha Riggs, su nombre al borde del mar picado.

Pero no lo empaquetó para enviarlo. En su lugar empaquetó otros, las obras del largo invierno, y dispuso su transporte.

Exhausta, se dio por vencida, se acurrucó en el sillón del ático que había convertido en su estudio y dejó que los sueños se apoderaran de ella.

La tormenta arreciaba. Soplaba un fuerte viento, el mar estaba embravecido y los relámpagos se sucedían en el cielo como flamígeras flechas lanzadas por un arco. La lluvia caía con fuerza desde el mar hacia el acantilado en una gruesa cortina.

Pero él estaba en pie, observándola. Y tendía su mano hacia ella.

—Te estoy esperando.

—No entiendo nada de eso.

—Por supuesto que lo entiendes, tú mejor que la mayoría. —Cuando se llevó su mano a los labios, ella sintió que el amor rebosaba de ella—. ¿Quién se esconde de sí mismo como haces tú, Sasha?

—Solo quiero tener paz. Quiero tranquilidad. No quiero tormentas ni batallas. No te quiero a ti.

—Mentiras. —En su boca se dibujó una sonrisa mientras acercaba de nuevo su mano a los labios—. Sabes que me estás mintiendo a mí, a ti misma. ¿Cuánto tiempo más vas a seguir negándote a vivir como has de hacerlo? ¿A amar tal y como naciste para amar?

Ahuecó su rostro entre las manos y el suelo tembló bajo sus pies.

—Tengo miedo.

—Enfréntate a él.

—No quiero saber.

—Has de verlo. No podemos empezar sin ti. No podemos ponerle fin hasta que empecemos. Encuéntrame, Sasha. Ven a buscarme.

La atrajo contra sí y se apoderó de sus labios. Al hacerlo, la tormenta descargó sobre ellos con descarnada furia.

Esta vez la aceptó.

Despertó aún cansada, se incorporó y se presionó los demacrados ojos con los dedos.

—«Encuéntrame» —farfulló—. ¿Dónde? No sabría por dónde empezar aunque quisiera. —Sus dedos descendieron hasta sus labios y juraría que todavía sentía la presión de los suyos—. Basta. Ya basta.

Se levantó sin demora y comenzó a quitar los dibujos de las paredes y del tablero, dejando que cayeran al suelo. Los quitaría, los sacaría de allí. Los quemaría. Los expulsaría de su casa, de su cabeza.

Se marcharía, haría un viaje a alguna parte, adonde fuera. Habían pasado años desde la última vez que había ido a algún lugar. «Iré a algún sitio cálido», se dijo mientras arrancaba sus sueños con furia. Una playa.

Podía oír su respiración trabajosa, veía que le temblaban los dedos. Estaba a punto de venirse abajo, así que se sentó en el suelo entre bosquejos; una mujer demasiado delgada por el peso que los sueños le habían robado, con el largo cabello rubio recogido en un despeinado moño, como de costumbre. Unas sombras enturbiaban sus ojos, de un azul claro y cristalino.

Se miró las manos. Había talento en ellas. Siempre había estado agradecida por ese don y siempre lo estaría. Pero también tenía otros dones por los que no se sentía tan agradecida.

En el sueño él le había pedido que viera. Casi toda su vida había hecho lo imposible para bloquear la visión con la que había nacido.

Sí, para esconderse de sí misma, tal como había dicho él.

Si se abría a ella, si la aceptaba, ello traería consigo sufrimiento y pena. Y el conocimiento de lo que podría ser.

Cerró los ojos.

Haría limpieza; se daría tiempo. Recogería todos los dibujos y los archivaría. No iba a quemarlos, de eso nada. Era el miedo el que había hablado.

Los guardaría y haría un viaje. Se marcharía de casa una o dos semanas para permitirse pensar y tomar decisiones.

A cuatro patas, comenzó a recoger los dibujos y los organizó a su manera. Los de la mujer de los ojos fieros, del hombre de la espada y de las personas de sus sueños todos juntos.

Paisajes terrestres y marinos, un palacio que relucía sobre una montaña, un círculo de piedras.

Dejó sobre un montón uno de las docenas que tenía del hombre con el que acababa de soñar y cogió otro.

Y lo supo.

Había dibujado la isla en forma de hoz desde diversas perspectivas y aquella mostraba sus altos acantilados y sus ondulantes colinas cuajadas de árboles. Aparecía en medio del mar, bañada por el sol. Los edificios se mezclaban para dar forma a una ciudad en primer plano y la franja de tierra, salpicada de montañas, se extendía a lo lejos.

El dibujo a lápiz cobró color y vida mientras lo estudiaba. Verdes por doquier, un millar de tonos que iban del más oscuro al esmeralda. Mucho azul, profundo e intenso, o entreverado con espuma de las olas que lo rodeaban. Vio barcos navegando, siluetas que se lanzaban al agua desde un rompeolas.

Y vio el promontorio donde había estado con él mientras llegaba la tormenta.

—Muy bien, iré.

Se preguntó si estaba cediendo o plantando cara. Pero iría, buscaría.

Sería el fin de sus sueños o los dotaría de vida igual que el dibujo que había cobrado vida en sus manos.

Fue hasta su pequeña mesa y abrió su ordenador portátil. Y reservó un vuelo a Corfú.

Se concedió solo dos días para hacer las maletas; organizar las cosas y cerrar la casa significaba que no podía cambiar de opinión. Durmió en el avión de manera plácida, agradeciendo el respiro. Y aun así el trayecto en taxi del aeropuerto al hotel que había elegido cerca del casco antiguo estaba borroso. Se registró, desorientada, esforzándose por acordarse de sonreír, de entablar una charla informal con el recepcionista y con el animado botones de ojos risueños y marcado acento mientras subían en el estrecho ascensor hasta su habitación.

No había pedido una planta ni unas vistas en particular. Bastaba con haber dado aquel paso, adonde quisiera que la llevara. Pero no le sorprendió lo más mínimo que al entrar en la habitación, en la que apenas se fijó, se topara con las ventanas, el mar azul y la franja de arena que tan bien conocía.

Declinó con una sonrisa el ofrecimiento del botones de traerle hielo o cualquier otra cosa que deseara. Tan solo quería volver a disfrutar de la soledad. Los aeropuertos, el avión, demasiada gente. Aún se sentía agobiada.

Ya sola, se acercó a la ventana, la abrió para dejar que entrara el fresco aire primaveral que olía a mar y a flores y contempló el paisaje que había dibujado hacía semanas y que, junto con los demás dibujos, llevaba en una carpeta dentro de su maleta.

No sentía nada, ya no, salvo el atontamiento del jet lag y la fatiga del viaje. Y cierta sorpresa por haber viajado hasta tan lejos siguiendo un impulso.

Se apartó de la ventana y deshizo el equipaje para conseguir cierta sensación de orden. A continuación se tumbó en la cama y volvió a quedarse dormida.

Relámpagos y tormentas, el implacable sol, la cadencia del mar. Tres estrellas tan brillantes y refulgentes que le dolían los ojos. Cuando salieron despedidas de la curva de la luna, dejando una estela de luz, su poder hizo que el mundo se estremeciera.

Sangre y guerra, miedo y huida. Elevarse a las alturas, sumergirse en las profundidades.

El amante de su sueño tomando su boca, tomando su cuerpo, provocándole anhelantes sentimientos. Muchos. Demasiados. No los suficientes. Su propia risa, que apenas reconocía, fruto de la felicidad. Lágrimas de pena.

Y una luz brillando en medio de la oscuridad. Ella sostenía el fuego en su mano en la oscuridad. Mientras lo sostenía en alto para que todos lo vieran, la tierra tembló, las piedras se desplomaron. Algo furioso la atacó con uñas y dientes.

«¡Despierta, por el amor de Dios, Sasha! Mueve el culo.»

—¿Qué? —Despertó sobresaltada, con la voz resonando aún en su cabeza y el corazón latiendo con fuerza a causa del temor.

«Otro sueño», se dijo, solo uno más que añadir a su colección.

La luz se había atenuado y ahora caía como seda sobre el agua. No tenía idea de cuánto tiempo había dormido, pero la voz del sueño tenía razón en una cosa: era hora de despertar.

Se duchó para despejarse tras el viaje y se cambió de ropa. Se dejó el pelo suelto, pues no estaba trabajando. Se ordenó salir de la habitación. Bajaría, se sentaría en la terraza y se tomaría algo. Había ido hasta allí, había renunciado a su paz y a su soledad y había ido hasta allí.

Ahora algo o alguien tenía que ir a ella.

Salió afuera y paseó bajo la pérgola cubierta de densa glicinia, que ya empezaba a florecer. Su fragancia la siguió cuando se alejó de la piscina, bordeada por sillas plegables de lona que se alineaban en dirección a la terraza de piedra. Macetas de barro rebosantes de flores de intensos tonos rojos y morados resplandecían bajo el sol, que se desplazaba hacia el oeste. Las copas de las palmeras se mantenían inmóviles.

Diseminadas sobre la piedra había mesas coronadas por sombrillas, todo de un blanco inmaculado. Se fijó en que solo unas pocas estaban ocupadas y dio gracias por ello. Tal vez no disfrutaría de soledad, pero sí de tranquilidad. Se le ocurrió ocupar una mesa apartada de los demás, por lo que se dispuso a alejarse.

La mujer también estaba sentada a cierta distancia. Tenía el cabello castaño, corto y veteado por el sol, y el largo flequillo caía sobre los cristales de color ámbar de sus gafas de sol. Estaba recostada, con sus zapatillas Converse apoyadas en la otra silla de la mesa para dos mientras bebía un espumoso líquido en una copa alta de champán.

La luz titiló durante un instante y a Sasha le dio un vuelco el corazón. Sabía que se había quedado mirándola y no podía parar de hacerlo. Y cuando la mujer se bajó un poco las gafas de sol entendió por qué.

Los ojos de un lobo, dorados y fieros.

Sasha reprimió el impulso de dar media vuelta y volver a su habitación, donde estaba a salvo. Sin embargo, se obligó a levantarse y a acercarse mientras aquellos ojos áureos la examinaban.

—Lo siento —comenzó.

—¿El qué?

—Yo... ¿Me conoces?

La mujer enarcó las cejas bajo el largo flequillo.

—¿Debería conocerte?

«Yo sí conozco tu rostro —pensó Sasha—. Lo he visto infinidad de veces.»

—¿Puedo sentarme?

La mujer ladeó la cabeza y continuó con su estudio tranquilo y directo. Bajó los pies de la silla con despreocupación.

—Claro, pero si lo que quieres es ligar conmigo, a excepción de un lío de una sola noche en la universidad, me van los hombres.

—No, no se trata de eso.

Sasha se sentó e intentó situarse. Antes de que pudiera hacerlo, un camarero con chaquetilla blanca se detuvo junto a la mesa.

—Kalispera. ¿Puedo traerle algo de beber, señorita?

—Sí, en realidad sí. Oh, ¿qué estás tomando?

La mujer alzó su copa.

—Bellini de melocotón.

—Suena bien. ¿Te apetece otro? Te invito a una copa.

Bajo su espeso flequillo, la mujer enarcó las cejas.

—Claro.

—Que sean dos, gracias. Me llamo Sasha —dijo cuando el camarero fue a por lo que le habían pedido—. Sasha Riggs.

—Yo soy Riley Gwin.

—Riley. —Un nombre que iba con su cara, pensó—. Sé lo que va a parecer esto, pero... he soñado contigo.

Riley tomó otro trago y sonrió.

—Parece que estás ligando conmigo. Y eres muy guapa, Sasha, pero...

—No, no, no lo digo de forma literal. Te he reconocido porque sueño contigo desde hace meses.

—Vale. ¿Qué hacía yo?

—No espero que me creas. Pero estoy aquí, en Corfú, a causa de los sueños. No... Espera. —«Los dibujos», pensó, y se levantó. A fin de cuentas una imagen valía más que mil palabras—. Quiero enseñarte una cosa. ¿Me esperas hasta que vuelva?

Riley se limitó a encogerse de hombros y a levantar su copa.

—Me van a traer otra copa, así que todavía voy a estar aquí un rato.

—Cinco minutos —prometió Sasha y se marchó aprisa.

Riley reflexionó mientras se bebía su copa. Conocía bien los sueños y no los rechazaría. Había visto y experimentado demasiado en su vida como para rechazar nada de plano.

Y la tal Sasha Riggs le parecía sincera. Nerviosa, tensa, pero sincera. Pero Riley tenía sus propias razones para estar en Corfú y ser la protagonista de los sueños de o ...