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LAS LáGRIMAS DE LA DIOSA MAORí (TRILOGíA DEL áRBOL KAURI 3)

Sarah Lark  

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Fragmento

Contenido

PRÓLOGO

EL REGALO DE LOS DIOSES

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MUJERES FUERTES

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EN EL NOMBRE DEL AMOR

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LA BENDICIÓN DE LOS ESPÍRITUS

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Recibe antes que nadie historias como ésta

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EL MAGO DE OZ

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DESPERTAR

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EL REGRESO DE LAS ESTRELLAS

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Epílogo

Agradecimientos

Como es habitual, son muchos los que han participado en la creación de este libro, desde mi maravilloso agente Bastian Schluck hasta mi correctora de texto Margit von Cossart, pasando por mi no menos estupenda editora Melanie Blank-Schröder. Sin ellos me habría enmarañado irremediablemente en la espesura temporal de mis historias y a veces también extraviado. Las fechas y los puntos cardinales no son mi punto fuerte.

Mi gratitud también a los lectores del manuscrito, y en esta ocasión también a mis padres y amigos de Mojácar, que durante semanas tuvieron que convivir con cierto ensimismamiento por mi parte. Doy las gracias especialmente a Joan y Anna Puzcas, el matrimonio que cuida de mi casa y que últimamente ya puede leer mis libros porque se han publicado en castellano. ¡Sin ellos no funcionaría nada, ni los viajes a través de la lectura ni la inmersión durante meses en culturas lejanas!

Y, naturalmente, muchas, muchas gracias a todas las personas que colaboran en aproximar este libro al lector, desde el departamento de marketing y distribución de Bastei Lübbe hasta los libreros. ¡Y, por supuesto, a quienes han contribuido en mayor medida al éxito de Sarah Lark, los lectores mismos! He conocido a muchos últimamente y he disfrutado del contacto personal con ellos.

SARAH LARK

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PRÓLOGO

Nueva Zelanda

Parihaka

1894

El crepúsculo descendía lentamente sobre las montañas y el mar. El sol, que solía estar bajo durante el invierno, se hundía sereno en el mar mientras sus últimos rayos impregnaban de un resplandor dorado rojizo el majestuoso monte Taranaki.

La cumbre de la montaña estaba cubierta de nieve y constituía un impresionante escenario para el poblado de Parihaka.

«Como si fuera una atalaya —solía decir la madre de Atamarie—, disfrutamos de su belleza y nos sentimos seguros con su presencia.»

Atamarie encontraba esto a veces un poco extraño: a fin de cuentas, en la escuela había aprendido que el monte Taranaki era un volcán, y no precisamente de los apacibles. La última erupción se había producido ciento cincuenta años atrás y teóricamente podía volver a repetirse en cualquier momento. Pero su madre no hacía caso de tales argumentos cuando Atamarie hablaba con ella. «Qué va, Atamarie, los dioses conservarán ahora la paz, ya ha pasado el período de guerras», decía. Y entonces contaba a Atamarie y a los otros niños la leyenda acerca del dios del monte Taranaki, que se peleó con otro dios de montaña por el amor de una diosa del bosque. La diosa Pihanga se decidió por el rival y Taranaki se retiró a la costa, enfadado tras la pelea entre los dioses. Estalló así la guerra en su mundo y en el de los seres humanos. Pero había esperanza. En cierto momento, Taranaki cambiaría su actitud beligerante y cuando los dioses se reconciliasen, los hombres gozarían también de una paz duradera.

La mayoría de los niños escuchaban esas historias boquiabiertos y muy serios, pero a Atamarie le interesaba más la actividad volcánica del monte y sus efectos sobre la tierra. Sus asignaturas favoritas en la Otago Girls’ School de Dunedin eran las Matemáticas, la Física y la Geografía. De las historias románticas ya se ocupaba su amiga Roberta.

De ahí que esa noche Atamarie sintiera poco interés por las narraciones y canciones de los ancianos de Parihaka, que hablaban a los niños de las constelaciones que aparecerían en el firmamento esa noche o las siguientes: de Matariki —los ojos del dios Tawhirimatea— o de una madre con seis hijas que se dirigían a ayudar al extenuado sol a recuperarse tras el inverno... Para Atamarie no eran más que las Pléyades, que cada invierno a esa hora surgían en el cielo de Nueva Zelanda. Muy útiles para fijar el solsticio de invierno y, en épocas anteriores, para la navegación por el mar que separaba Hawaiki, el lugar de origen de los maoríes, y Aotearoa, el país donde vivían en la actualidad y que los blancos llamaban Nueva Zelanda. Por supuesto, eran muy hermosas para ser contempladas en el cielo nocturno. Sin embargo, la magia de las estrellas no se apoderaba de Atamarie y apenas prestaba atención a las sagas y relatos en torno a Matariki.

En cambio, lo que sí atraía su interés era la función de los hornos de tierra, que los habitantes de Parihaka llenaban previamente con verduras y carne. Esta actividad formaba parte de la ceremonia de la fiesta de año nuevo que los maoríes celebraban con la aparición de las Pléyades a finales de mayo o principios de junio.

Atamarie observaba fascinada los orificios incandescentes que los hombres excavaban por la mañana. Los hangi aprovechaban la actividad del Taranaki para cocer los alimentos. La carne y las verduras se envolvían en hojas y se colocaban en cestos que se depositaban sobre las piedras calientes. A continuación se cubrían con paños húmedos y se cerraba la cavidad con tierra. Los alimentos se cocían durante las horas siguientes para estar listos, a ser posible, exactamente en el momento en que brillara la constelación de Matariki en el cielo.

Atamarie buscaba las estrellas con la misma avidez que los demás niños. Se alegraba de la fiesta, a fin de cuentas había viajado expresamente desde Dunedin hasta la Isla Norte para participar en ella. Sin embargo, no estaba segura de que las Pléyades realmente aparecieran durante las breves vacaciones de invierno. Pero Matariki y Kupe, la madre de Atamarie y su padre adoptivo, habían insistido en que lo hiciera.

«¡Tienes que asistir a la fiesta del año nuevo de Parihaka! —le había escrito Matariki, que llevaba el nombre de la constelación. Muchos nombres maoríes aludían en su origen a fenómenos de la naturaleza; Atamarie, por ejemplo, significaba “salida de sol”—. Aquí tiene un encanto especial.»

La muchacha puso los ojos en blanco. Para sus padres, todo lo relacionado con Parihaka tenía un encanto especial. Antes de que naciera Atamarie habían vivido en el famoso poblado, en la época en que el líder Te Whiti predicaba ahí la paz entre los blancos, los pakeha y los maoríes. Kupe estuvo en la cárcel después de que los ingleses asaltaran el poblado y expropiasen a sus habitantes. Y Matariki huyó con el hombre que sería el padre biológico de Atamarie.

A pesar de todo, Te Whiti había regresado mucho después a Parihaka, y con él muchos de sus fieles partidarios. Habían reconstruido el poblado y estaban ocupados en volver a convertirlo en un centro espiritual de los primeros colonos de Nueva Zelanda. Aunque esta vez menos impulsados por los sueños que por contratos y convenios más seguros. Kupe y Matariki habían comprado una parcela de terreno al gobierno de Taranaki, aunque no le parecía nada justo tener que pagar a los blancos por las tierras de su propia tribu. Kupe, quien entretanto ya era abogado, había presentado algunas demandas. Era muy probable que Te Whiti y su tribu recibieran indemnizaciones y a la larga recuperasen su tierra.

En cualquier caso, la gente regresó y Parihaka volvió a llenarse de niños a los que Matariki daba clases en una nueva escuela. En principio, no podía siquiera considerarse la idea de construir una High School. Por esa razón Atamarie asistía a una reputada escuela de chicas de Dunedin y alternaba los fines de semana en casa de sus abuelos y con la familia de su amiga Roberta.

Atamarie solo podía viajar a Parihaka durante las vacaciones. Se alegraba de reunirse con sus padres y disfrutar de la libertad con que se vivía en el poblado maorí, donde había menos normas y prohibiciones que en la Otago Girls’ School. No obstante, tenía suficiente con unas semanas de tejer lino, bailar y tocar los instrumentos tradicionales de los maoríes, pescar y trabajar en los campos de cultivo. A Atamarie le gustaba el lema de Parihaka: «¡Queremos hacer del mundo un lugar mejor!», pero tenía unas ideas al respecto muy distintas de las que sostenían quienes enseñaban las artes tradicionales del pueblo maorí en Parihaka. Cada vez que la muchacha se esforzaba por mejorar algo concreto, por ejemplo los bastidores en que tejían el lino o las nasas de pesca, los maoríes rechazaban indignados sus sugerencias. Y a veces hasta hablaban con acritud de los orígenes pakeha de Atamarie, razón por la que Matariki todavía se enfadaba más que su hija. A Atamarie no le importaba cuántos de sus antecesores pertenecían a uno u otro pueblo. Lo único que no quería era pasar tejiendo más horas de las necesarias y que se le escaparan los peces de las nasas porque estas no cerraban bien.

Al final de las vacaciones se alegraba de marcharse de Parihaka y volver a Dunedin. La Otago Girls’ School era una institución sumamente moderna y las profesoras estimulaban la capacidad inventiva de sus alumnas.

Ahora, sin embargo, se avecinaba la fiesta del año nuevo maorí y en algún momento iban a aparecer las Pléyades. Los ancianos llevaban tres noches seguidas vigilando, lo que era absurdo. Si las estrellas aparecían, sería justo después de la puesta de sol.

—Es un período de espera y recordatorio, Atamarie —explicó Matariki—. La gente mayor reflexiona sobre el ayer, el hoy y el mañana, sobre el año viejo y el nuevo... Para eso no importa tanto que las estrellas aparezcan ese mismo día o el siguiente.

Atamarie no lo entendía, pero nadie la obligaba, por supuesto, a quedarse despierta. Cuando la comida ya se había cocido y consumido y los adultos todavía tocaban sus instrumentos y conversaban, los niños se retiraban a las casas dormitorio, se acostaban y se contaban historias. Para Atamarie era casi como en el internado, pero ahí no había que temer que apareciese una profesora severa y llamara al orden a sus alumnos.

En ese momento contemplaba con los otros niños cómo el sol se hundía en el mar de Tasmania. La luz sobre los campos que rodeaban Parihaka se hizo más difusa y solo la nieve de la cumbre cónica de la montaña adquirió un brillo dorado. El cielo se oscurecía deprisa y de repente... ¡Atamarie vio las estrellas! Con un resplandor claro y brillante, las Pléyades ascendieron sobre el mar conducidas por la mayor de las siete estrellas: Whanui.

Los niños se pusieron a dar la bienvenida a la constelación con la canción tradicional que les había enseñado su profesora Matariki.

Ka puta Matariki ka rere Whanui.

Ko te tohu tena o te tau e!

(¡Ha vuelto Matariki, Whanui emprende el vuelo!

¡Es la señal del año nuevo!)

—¡Y es una buena señal! —exclamó la madre de Atamarie, abrazando a su esposo y su hija. Kupe había viajado de Wellington a Parihaka para celebrar con ellas la fiesta. Con frecuencia tenía trabajo allí; entre otras actividades, aspiraba a obtener uno de los escaños maoríes en el Parlamento. En ese momento, besó a Matariki y a Atamarie y escuchó cómo su esposa interpretaba la señal.

»Cuando las estrellas brillan con tanta claridad, el invierno será corto y podremos sembrar en septiembre —explicó a su familia y sus alumnos—. Por el contrario, cuando parecen veladas y están cerca las unas de las otras, como si quisieran darse calor mutuamente, significa que el invierno será duro y que hasta octubre no podremos empezar a plantar.

Atamarie volvió a arrugar la frente. Su profesora de Dunedin probablemente habría atribuido a la presencia de nubes la mala visibilidad de las estrellas. La niña se planteaba en ese momento otras preguntas.

—¿Por qué lloran las abuelas, mamá? —preguntó. A la vista de las estrellas, los ancianos habían empezado a llorar y lamentarse—. ¡Es bonito que las estrellas estén allí! ¡Y que empiece un año nuevo!

Matariki asintió y se apartó el cabello negro y largo de la cara.

—Sí, pero los ancianos todavía piensan en el año pasado. Ponen a las estrellas los nombres de las personas que han muerto desde la anterior ocasión en que los astros aparecieron y rezan por ellas. Y entonces lloran a sus muertos por última vez antes de que empiece el nuevo año.

Los ancianos empezaban también a abrir los hangi con ayuda de Kupe y otros hombres. Poco después un agradable olor se elevó hacia el cielo desde los hornos de tierra.

—El aroma nutre las estrellas —señaló Matariki— y renueva sus fuerzas tras el largo viaje.

A Atamarie se le hizo la boca agua, pero antes de empezar a comer las delicias que salían de los hornos, había que realizar distintas ceremonias de bienvenida a las estrellas. Jóvenes y ancianos cantaban y bailaban los tradicionales haka. Además empezaban a circular entre los adultos jarras con cerveza y vino y botellas de whisky, y Matariki y Kupe se ponían nostálgicos como siempre y hablaban con sus amigos sobre los viejos tiempos en Parihaka. Si uno se creía todo lo que decían, la vida entonces era una fiesta continua. El poblado rebosaba de gente joven llegada de todos los rincones de Aotearoa y cada noche se bailaba y resonaban las risas y la música.

La mayoría de los adultos pasaba toda la noche de año nuevo junto a las hogueras exteriores, pero Atamarie y los otros niños se quedaban dormidos para despertar con energías renovadas por la mañana. El día de año nuevo proseguía la fiesta, se bailaba y cantaba de nuevo, se practicaban juegos y los jóvenes sacaban sus cometas. Confeccionar cometas era una de las tradiciones de Aotearoa que se mantenían vivas en Parihaka. La palabra maorí que las denominaba era manu.

Un par de entendidos en el arte de confeccionar cometas había dado clases las últimas semanas en el poblado. Pero cuando Atamarie llegó de Dunedin, todos los hombres y niños del lugar habían terminado ya sus trabajos y ella misma no pudo colaborar. Así pues, se hallaba ahora con las manos vacías, mientras los demás experimentaban exultantes el gran momento en que remontarían por el cielo sus manu como mediadoras entre el mundo y las estrellas, los dioses y los seres humanos. Claro que se sentía un poco triste por no haber podido asistir a las clases, pero Atamarie estaba impaciente por ver volar las cometas. A diferencia de las demás niñas, lo que ella más admiraba no eran los adornos de colores de las manu, con plumas y conchas, o las primorosas pinturas que les ponían caras y las convertían en birdmen, hombres voladores. Para Atamarie era más importante averiguar cómo esos armazones planos, pero aun así pesados, de madera y láminas se elevaban por el aire.

Se acercó a un muchacho que preparaba una cometa grande esmeradamente decorada con rombos y distintivos de la tribu.

—No tiene cola —observó.

El muchacho la miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué una manu iba a tener cola? —preguntó.

—Porque las cometas pakeha la tienen. Lo he visto en ilustraciones.

El chico se encogió de hombros.

—El tohunga no nos ha dicho nada de eso. Solo que se necesita una estructura y una cuerda, o dos, si se quiere dirigir. Pero esto todavía no nos lo ha enseñado. Dijo que era difícil.

No obstante, el chico había colocado dos cuerdas de lino en su aparejo.

—Pero lo primero que tiene que hacer es volar —constató Atamarie—. ¿Cómo se hace? ¿Por qué sube una manu?

—Gracias al aliento de los dioses. La manu baila con la fuerza vital de ellos.

Atamarie frunció el ceño.

—O sea, gracias al viento —observó—. Pero ¿y si no hay viento?

—Si los dioses le niegan su bendición, no flota —contestó el muchacho—. A no ser que se la arroje desde un acantilado o algo así. Pero de ese modo no transmite ningún mensaje a los dioses, tampoco baila en lo alto, sino que solo se desliza hacia abajo. —Y empezó a manipular las cuerdas de su enorme cometa. Atamarie lo ayudó a enderezar la armazón.

—Es casi tan grande como yo —dijo—. ¿Crees que se la podría... hummm... montar como a un caballo? ¿Y volar con ella? —A Atamarie esto le interesaba mucho más que comunicarse con los dioses.

El chico se rio.

—Se dice que alguien lo hizo. Un jefe de los ngati kahungunu, Nukupewapewa. Quería conquistar el pa Maungaraki, pero no funcionaba, sus guerreros no conseguían asaltar los muros del fuerte. Por eso construyó una manu enorme de hojas de raupo, con forma de pájaro con las alas extendidas. Ató fuertemente a un hombre y dejó caer la cometa desde unas rocas que había por encima del pa. La manu aterrizó en el fuerte y el hombre volador abrió las puertas al conquistador.

Atamarie lo escuchaba con los ojos brillantes.

—La tuya también es una manu raupo —afirmó—. Debes de haber ido lejos, no sabía que por aquí creciera el raupo. —Hablaban de una especie de junco frecuente en zonas pantanosas.

El joven rio confundido, como si ella hubiese descubierto su secreto.

—Pues sí... —contestó—. No fue fácil de encontrar. Pero seguro que ha valido la pena. —Su rostro reflejaba el deseo de llegar hasta los dioses.

—¡Rawiri! ¿Qué haces? ¿Es que no quieres que tu cometa eche de una vez a volar?

El chico se estremeció al oír al tohunga. En efecto, tanto él como Atamarie se habían perdido el remonte de las primeras cometas. La mayoría de los chicos ya habían remontado sus artefactos y contemplaban fascinados cómo se elevaban. Los sacerdotes de Parihaka rezaban y cantaban para que las cometas llevasen a las estrellas sus deseos y bendiciones. Atamarie quedó unos minutos cautivada por la maravillosa visión de las coloridas manu contra el despejado cielo invernal. También el maestro había hecho volar su impresionante manu aute y la dirigía con destreza entre las cometas más pequeñas de sus alumnos.

Rawiri, sin embargo, seguía peleándose con los dos cordeles y no lograba manejar esa cometa tan grande él solo.

—¿Quieres que te ayude? —se ofreció Atamarie ansiosa.

El joven asintió. Entonces la muchacha cogió la cometa y casi se cayó por la violencia con que el viento la arrancó de sus manos. La cometa se elevó directa hacia el cielo, pero cuando Rawiri hizo el primer intento para marcar su trayectoria, tirando más de la cuerda derecha que de la izquierda, se desplomó tan rápido como había subido.

Atamarie y Rawiri corrieron consternados hacia la cometa caída, pero por suerte seguía en buen estado.

—No se ha roto nada importante —señaló Atamarie. Solo los adornos de plumas y conchas habían salido un poco mal parados.

Rawiri frunció el ceño y pensó cómo arreglar los adornos.

—El tohunga dice que son importantes. La cometa ve a través de los ojos de las conchas, y la pintura es nuestro mensaje a los dioses...

Los tohunga no solo eran maestros en determinados ámbitos, como la confección de cometas, el tallado del jade, la música o la sanación, sino que establecían contacto con los dioses correspondientes a sus artes.

Atamarie se encogió de hombros.

—Lo primero que tiene que hacer es ascender hasta los dioses —observó—. Probémoslo otra vez. Ya enviaremos el mensaje cuando veamos que la cometa funciona.

No le apetecía nada esperar a que Rawiri arreglara los adornos. En lugar de ello, observó la cometa del tohunga, que miraba con cierta superioridad el pájaro caído de Rawiri. Él le había dicho que para un principiante era muy difícil confeccionar una cometa dirigible. Pero el afán de Atamarie había despertado.

—Tienes que atar las cuerdas más hacia fuera —sugirió—. Y más al fondo. Lo mejor sería que tuviésemos cuatro...

Rawiri pareció un poco dolido en su orgullo, pero, tras otro intento fracasado, ató las cuerdas como quería Atamarie. ¡Fue un éxito total!

La cometa volvió a ascender con rapidez, pero esta vez flotó más segura en el aire, y cuando Rawiri trató de dirigirla, obedeció sus indicaciones.

—¡Funciona! ¡Vuela! ¡Y como yo quiero que vuele! —gritó alborozado Rawiri. Su cometa con forma de pájaro se sostenía orgullosa junto a la triangular del maestro.

»¿Quieres probar tú también? —le ofreció.

Atamarie agarró las cuerdas sin vacilar. Era la única muchacha que sostenía las cuerdas de una manu, pero no le importaba. Hizo ondear la cometa en el cielo.

—Creo que la leyenda de los ngati kahungunu es cierta —comentó Rawiri—. Se puede volar con ella. Como un pájaro. La cometa solo tiene que ser grande y que los dioses se pongan de su parte.

Atamarie asintió. Claro que se podía volar con ella, el viento casi la había levantado del suelo hacía unos minutos. Pero...

—Tiene que funcionar también sin viento —observó.

EL REGALO DE LOS DIOSES

Nueva Zelanda

Dunedin, Christchurch,

Lawrence, Parihaka

1899-1900

1

La Escuela de Magisterio se hallaba en un edificio anexo a la Universidad de Dunedin. A Atamarie la sobria construcción le resultó sencillamente horrible. Pero ella no tenía que estudiar ahí. El College que acababa de admitirla era mucho más amplio e imponente. De estilo gótico, había dicho su tía Heather, pero claro, neogótico. Cuando en Europa se construían catedrales góticas, Nueva Zelanda todavía no estaba colonizada por los blancos.

Atamarie se preguntaba si tendría que aprenderse todos los estilos arquitectónicos si estudiaba en el Canterbury College. De hecho, en el programa de estudios se incluía la asignatura Construcción de Edificios. Pero sería algo distinto de Arquitectura, ¿no? En fin, ya habría tiempo suficiente para ocuparse de ello. Ahora tenía que contarle su logro a Roberta y enterarse de cómo le había ido a ella ese primer día.

Atamarie subió la escalinata de la entrada y se sentó en los escalones más altos. Canturreó dichosa. Estaba de un humor excelente, aunque algo cansada por el largo viaje. Sin embargo, la conexión era buena, en la actualidad no representaba ningún gran problema viajar de Christchurch a Dunedin.

Eso al menos se decían Atamarie y Roberta desde que se habían decidido por esos estudios y habían confirmado que, por primera vez en nueve años, sus caminos iban a separarse. Las chicas se habían conocido cuando sus madres aún vivían en Wellington, en la Isla Norte, y dirigían juntas el despacho de una de las organizaciones que luchaban por obtener el derecho de voto para la mujer. Una vez que eso se hubo felizmente conseguido, ambas se habían casado. Matariki, la madre de Atamarie, se había mudado con su marido Kupe a Parihaka, y la madre de Roberta, Violet, se había marchado a Dunedin, la ciudad de su marido Sean. Naturalmente, se había llevado a Roberta. Esta, como Atamarie, asistió a la Otago Girls’ School. Unas pocas semanas atrás las dos habían concluido sus estudios superiores y celebraban un nuevo éxito de las feministas neozelandesas: las universidades de la Isla Sur estaban abiertas, sin limitaciones, a las mujeres. Incluso si deseaban estudiar carreras inusuales para ellas, como Atamarie.

En el interior del recinto estudiantil algo ocurría en esos momentos. Las clases del día habían concluido y los primeros estudiantes empezaban a salir. Casi todos eran jóvenes vestidas con un estilo conservador, faldas estrechas oscuras acompañadas de blusas de colores a juego bajo severas americanas. Unas pocas llevaban los sobrios vestidos reforma, que caían como sacos y que a ojos de Atamarie resultaban tan aburridos como las capotas, al parecer inevitables, que allí todas las jóvenes se ponían para pasear. Pero también pasaban otras cosas. Atamarie y Roberta no utilizaban corsé, pero sus vestidos, de corte refinado, procedían de Lady’s Goldmine, la tienda de modas más famosa de la ciudad. Tanto Roberta como Atamarie llamaban abuela a Kathleen Burton, una de las propietarias de la boutique, si bien solo Atamarie tenía lazos de sangre con ella. El padre biológico de la muchacha era Colin, hijo de Kathleen, al igual que Sean, el padre adoptivo de Roberta.

En cualquier caso, ese día Atamarie llevaba un vestido reforma color amarillo sol, estampado con flores de colores, encima una mantilla verde oscuro y además un bonito sombrero de paja que le cubría el cabello rubio. Percibió las miradas de los pocos estudiantes varones deslizándose complacidas sobre ella, mientras que las mujeres la observaban indignadas. Seguro que no era normal, y era posible que incluso estuviese prohibido, sentarse en los escalones.

Pero por fin apareció Roberta y Atamarie se levantó de un brinco para abrazar a su amiga. Aunque le había costado reconocerla a primera vista, Roberta ponía mucho ahínco en ajustarse al tipo de vestuario del lugar. Llevaba un discretísimo vestido azul oscuro combinado con un corto abrigo negro.

—¡Pareces una lechuza! —le reprochó Atamarie, una vez que hubieron intercambiado los primeros saludos—. ¿Tienes que ir así vestida? Ese sombrero parece sacado del baúl más profundo de la abuela Daldy.

Amey Daldy era una sufragista muy apreciada por las madres de Atamarie y Roberta, pero que no destacaba precisamente por su extravagancia en el ámbito de la moda.

Roberta sonrió avergonzada, atrayendo con ello la atención de los estudiantes varones pese a su recatado vestuario. Se vistiera como se vistiese, Roberta era una hermosura. Su cabello espeso, en ese momento recogido en un moño y que suelto se desparramaba haciendo ondas sobre la espalda, era de un potente color castaño. Tenía una cara en forma de corazón y pese a su belleza clásica obraba un efecto dulce y suave. Tenía los labios carnosos y ojos azules, no de un turquesa espectacular como los de su madre, pero de un azul intenso y claro como los lagos de montaña.

—Nuestro aspecto tiene que ser serio —contestó—. Pero ¿como el de todas las estudiantes? —preguntó, lanzando una mirada de desaprobación a su amiga.

Atamarie se encogió de hombros.

—Yo llamo la atención me ponga lo que me ponga. Y ahora no me digas que las lechuzas son las aves de la sabiduría. Si quieres saber mi opinión, las cotorras son más listas.

Roberta rio y la cogió del brazo. Si tenía que ser honesta, había echado de menos a su compañera los dos días que Atamarie había pasado en Christchurch. En cualquier caso, esos días se había reído bastante menos.

—¿Has conseguido plaza? —preguntó mientras las dos se dirigían al café que había junto a la universidad.

Atamarie asintió.

—Claro. No podía ser de otro modo. Tenía las mejores notas de todos. Pero ¡fue divertido! Al principio el profesor Dobbins me tomó por una especie de espejismo. —Soltó una risita y arrugó la nariz como si llevara quevedos o unas gafas gruesas. Luego imitó al profesor universitario—. Señor Parekura Turei... o no... hummm... ¿señorita? El hombre estaba totalmente confuso. Y eso que se había alegrado mucho de tener al primer estudiante maorí. Es posible que se esperase a un guerrero enorme con tatuajes.

Roberta se rio.

—Y entonces apareces tú...

Atamarie no tenía nada en común con un guerrero maorí. No era menuda pero sí delicada, sus formas femeninas apenas se insinuaban bajo el holgado vestido reforma. Por añadidura, nadie habría sospechado a primera vista que fuera maorí. Si bien Atamarie tenía la tez algo más oscura que la mayoría de las blancas y los ojos un poco rasgados, en lo demás era idéntica a su abuela Kathleen, una belleza clásica de pómulos altos, nariz recta y labios finos.

—Pero ¿cómo ha podido? Por tu nombre...

Atamarie hizo un gesto de ignorancia.

—Tienes que admitir que muchos nombres maoríes también terminan con i —señaló—. Y el hombre es ingeniero, no lingüista. Se nota porque al principio hasta le faltaban las palabras. Pero me he presentado y le he dado mi diploma...

—¿Y qué ha dicho al respecto? —preguntó Roberta.

Amatarie se echó a reír.

—Mientras no tenía que mirarme todo iba bien. Y eso que no inspiro miedo, ¿verdad? —Roberta puso los ojos en blanco. Atamarie sabía que ofrecía un aspecto más que agradable—. Pero cada vez que levantaba la vista de los papeles parecía dudar de lo que veía. Y luego me preguntó si sabía realmente lo que me esperaba ahí y me recitó el programa de estudios: bases de la construcción de edificios, puentes y caminos, topografía, dibujo técnico, geometría práctica, teoría y práctica de la construcción de máquinas de vapor...

Atamarie sonrió de dicha anticipada.

—¿Y tú qué le dijiste? —Roberta ya se temía lo peor.

Atamarie pestañeó.

—¿Pues qué voy a decirle? Que me intereso por las máquinas voladoras. Y también le hablé un poco de Cayley y Lilienthal, para que no pensara que soy de las que... hummm... construyen castillos en el aire. —Volvió a reír.

Roberta abrió la puerta del café.

—Todo un milagro que no hayas salido volando de inmediato —observó.

Atamarie arqueó las cejas.

—Entonces el tío Sean habría denunciado al college —replicó tranquila—. Pero el profesor Dobbins reaccionó bien, fue muy amable e incluso sonrió. Y dijo que siempre le parecía bonito que un estudiante fuera de altos vuelos. Entonces me dejó marchar para sorprender al siguiente. El estudiante que tenía que enseñar a los nuevos la universidad necesitó mucho más para recuperarse del susto.

El Canterbury College of Engineering había empezado doce años atrás con dos docentes a tiempo parcial y doscientos veinte estudiantes. El círculo de estudiantes seguía siendo reducido y Atamarie sería la primera mujer que ingresaría en él.

—¿Y qué tal lo demás? —preguntó Roberta—. ¿Con Heather? ¿Habéis hecho algo?

Atamarie se encogió de hombros.

—Primero tuvimos que buscar una habitación. Pero fue sencillo, Heather y Chloé tienen a unas conocidas en Christchurch, dos mujeres muy simpáticas. Viven juntas como Heather y Chloé y tienen una librería. Allí recibiré enseguida todos los libros que necesite. Y la casa es bonita y está cerca de la universidad. La habitación es bastante grande, y ¡tengo que informar previamente si espero visita masculina!

Rio burlona. Esta última regla era generosa si se consideraba que por regla general las estudiantes tenían prohibido recibir en la habitación amigos del sexo opuesto. Pero Heather y Chloé eran abiertas y modernas y, por lo visto, también lo eran sus amigas.

—¡No irás a buscarte ya un amigo! —se escandalizó Roberta.

Atamarie suspiró.

—Robbie, soy la única mujer que estudiará Ingeniería. Si no quiero aislarme totalmente tendré que hacer amistad con chicos a la fuerza. Lo que no significa decir que vaya a compartir la cama con ellos.

Roberta se sonrojó en cuanto Atamarie se refirió a las relaciones sexuales de forma tan directa. Las dos jóvenes carecían de prejuicios, y también Roberta había pasado las vacaciones en Parihaka y había presenciado la conducta relajada de las mujeres maoríes respecto a las relaciones entre ambos sexos. A pesar de todo, ella se habría expresado de forma más prudente. Todavía no tenía experiencia práctica con el otro sexo, mientras que Atamarie ya había intercambiado besos con algún apuesto joven de Parihaka. Roberta era más romántica. Podía enamorarse, pero se lo guardaba para ella...

—Además, estuvimos también en el hipódromo. En Addington. Porque Rosie se empecinó en ir. Pero lamentablemente no había ninguna carrera de trotones. No obstante, fue divertido. Lord Barrington nos invitó al palco de propietarios, bebimos champán y pudimos apostar a los caballos.

—¡Atamie!

Roberta estaba horrorizada. Había crecido en el ambiente de las carreras y siempre lo había odiado. El juego y el whisky, así se lo había inculcado su madre desde pequeña, podían destruir una familia. Y lo decía por experiencia: el padre biológico de Roberta había sido víctima de los dos.

—¡No te pongas así! Lord Barrington insistió. Y Heather perdió y yo gané. Dos veces. Y eso que era sencillísimo, siempre aposté por el caballo con las patas más largas y el cuerpo con forma más aerodinámica. Todo pura física... bueno, la tercera vez no funcionó, creo que estaba perezoso. Pero ¡me queda suficiente para pagar el café!

Decidida, Atamarie pidió, además, un gran plato de pasteles.

—También estuvimos en una galería... pero he olvidado cómo se llamaba el artista. Heather estaba entusiasmada. Por cierto, ¿irás esta noche? ¿O para ser maestra no solo hay que vestirse como una lechuza, sino también acostarse con las gallinas?

Roberta miró vacilante a su amiga.

—Las lechuzas son aves nocturnas —bromeó—. Y claro que iré. ¡Es un vernissage, no una salida a un club nocturno! ¿No recuerdas cómo se llama la artista?

Atamarie confirmó que no; en eso no era la única en Dunedin. Aunque en la ciudad había mucha gente rica que podía permitirse comprar arte, solo unos pocos sentían auténtico entusiasmo por dicha disciplina. Pese a ello, los vernissages en la galería de Heather y Chloé Coltrane eran muy bien recibidos. Formaban parte de los actos sociales más importantes de la ciudad y las invitaciones estaban muy solicitadas. Por otra parte, Chloé era una maravillosa anfitriona y Heather disfrutaba de reconocimiento como artista lejos de Nueva Zelanda. Las dos mujeres llevaban diez años viviendo juntas y muchos clientes suponían que eran hermanas. No era cierto, Chloé debía su apellido al desdichado matrimonio con el hermano de Heather.

Atamarie y Roberta callaron unos minutos mientras les servían el café y los pasteles. Roberta puso azúcar en su taza mientras Atamarie se quedó absorta en sus pensamientos. Era posible que ya estuviese pensando qué vestido se pondría por la noche, seguro que Kathleen ya tendría algo nuevo para sus dos nietas. Solía afirmar que las chicas le hacían un favor aceptando sus caros vestidos. Al final servían de ese modo de reclamo para Lady’s Goldmine.

Tras una breve vacilación, Roberta se atrevió a hacer una pregunta a la que llevaba tiempo dándole vueltas.

—¿Sabes por casualidad si... si... hummm... viene tu tío?

Atamarie sonrió burlona.

—¿Cuál? —preguntó con intención.

Roberta se ruborizó.

—Bueno... ya sabes... Kevin.

Intentó que su voz sonase normal, casi como si le costase recordar el nombre de Kevin. Pero no lo consiguió. Atamarie la conocía demasiado bien. Sabía exactamente de cuál de los dos hermanos más jóvenes de su madre estaba hablando. Desde hacía meses, Roberta estaba enamorada de Kevin, el mayor de los dos, que, como el abuelo de Atamarie, llevaba el nombre de un santo irlandés. Pero nadie podía saberlo, claro. Era una tontería esperar siquiera que el exitoso y joven médico se percatara de la amiga de su sobrina, mucho menos que le insinuara algo. En cualquier caso, mientras Atamarie y Roberta todavía iban a la escuela, había habido muy pocas probabilidades. Pero ahora, como estudiantes de universidad... Los padres de Roberta pertenecían a la buena sociedad de Dunedin y, por consiguiente, la joven recibía invitaciones a conciertos y bailes, vernissages y representaciones de teatro. Kevin Drury asistía a casi todos estos actos. Hacía unos años había abierto una consulta con un amigo en Dunedin y todavía reclutaba nuevos pacientes. Por supuesto, gente adinerada sobre todo y preferiblemente mujeres. Estas acudían gustosas a visitarse con el joven médico. Con su cabello ondulado y negro y sus vivaces ojos azules no cabía duda de que era muy apuesto. Por añadidura, era un jinete intrépido que no pasaba por alto ninguna cacería y que de vez en cuando hasta llegaba a competir con su caballo en el hipódromo.

El hermano de Kevin, Patrick, no llamaba tanto la atención. Había estudiado agricultura y pensaba encargarse un día de la granja de sus padres. De momento trabajaba como asesor de la asociación de ganaderos y del Ministerio de Agricultura de Otago. La zona estaba volviendo a transformarse en una región de carácter agrícola tras haber sido un centro de extracción de oro. Y no todos los nuevos terratenientes y criadores de ovejas sabían cómo regular los pastizales y obtener la lana. Sin embargo, alguno había que soñaba con vivir como un auténtico barón, aunque en el fondo no tuviera más experiencia —y suerte— en ello que con el lavado del oro.

—Kevin seguro que viene —respondió Atamarie—. De todos modos, Heather ha dicho que tiene una novia nueva. Al parecer es preciosa y está pensando en pedirle que pose para ella...

Uno de los motivos favoritos de Heather eran los retratos de mujeres, campo en el que había alcanzado mucho renombre. Sabía cómo plasmar en imágenes la esencia de una mujer, su carácter y sus experiencias.

Roberta suspiró.

—También Kevin es muy guapo —observó como de paso, pero con tono más bien abatido.

Atamarie rio, cogió el brazo de su amiga y fingió que iba a zarandearla.

—Puede que sea el príncipe, Robbie, pero tú no tienes nada de Cenicienta. Si te enderezas un poco y dejas de ir con la mirada clavada en el suelo todo el rato, o te pones roja y empiezas a tartamudear cuando ves a Kevin, podrás superarlas a todas.

Roberta siguió removiendo su café.

—Para eso tendría al menos que mirarme una vez —murmuró—. Pero él...

—Entonces actúa de otro modo y desmáyate, ¡con eso te bastará! —propuso en broma Atamarie—. No pasa nada, te dejas caer y gritas: «¡Necesito un médico!» Así no tendrá escapatoria.

Roberta debería haberse echado a reír, pero se limitó a mordisquearse el labio inferior.

—No me tomas en serio —dijo.

Atamarie gimió.

—A lo mejor es que te tomas el asunto con Kevin demasiado en serio —señaló—. Lo que es muy sospechoso. Porque tú... tú no solo quieres un par de besos, ¿no? Buscas a un hombre que te quiera de verdad. Y a ese respecto, con Kevin vas por mal camino. Es amable y divertido, y yo lo quiero mucho, pero él no busca una esposa, al menos no en principio, lo dijo con toda claridad cuando la abuela Lizzie le habló de ello. A la larga se casará, claro, es lo que se espera de un médico establecido. Pero por ahora... La abuela Lizzie opina que es como el abuelo Michael. Él también aprendió a base de golpes antes de interesarse seriamente por ella. No tengo ni idea de a qué se refiere diciendo eso, pero una cosa sí es segura: Kevin no quiere casarse por ahora. Lo que busca es aventura.

2

Heather Coltrane no había exagerado al hablar de la nueva amiga de Kevin Drury. Juliet, como este presentó escuetamente a la joven, sin dar el apellido, era de una belleza extraordinaria. Resultaba imposible determinar de dónde procedían sus antepasados. Estaba claro que no era blanca, pero tampoco se apreciaba en su rostro ascendencia maorí. El cabello le caía en espesos bucles negros sobre la espalda, y tenía una piel matizada por un tono dorado oscuro, labios carnosos y ojos azules de una luminosidad asombrosa, flanqueados por espesas pestañas.

—Más bien parece criolla —aventuró Heather. Durante sus numerosos viajes había conocido personas de diversas etnias—. ¿Y no encontráis extraño que la presente sin dar el apellido? ¿Dónde la habrá encontrado?

Heather saludaba en ese momento a la madre y el padre adoptivo de Roberta, Violet y Sean respectivamente, que habían llegado a la galería poco después que su hija y Atamarie. Esta enseguida se había acercado despreocupadamente a Kevin y su nueva amiga y había estado hablando un poco con los dos, mientras que Roberta estaba tan nerviosa que habría querido disolverse en el aire. Durante la exposición no había pronunciado palabra, aunque Juliet no parecía tener intención de retener el nombre de ninguna muchacha. En cambio hablaba solícita con algunos señores que enseguida se habían agrupado en torno a ella y se peleaban por agasajarla con champán y canapés.

—Como país de origen del champán, nuestra dama prefiere Francia —observó agriamente Chloé, al tiempo que saludaba con un beso en la mejilla a Violet—. Es la tercera copa que bebe del champán más caro que tenemos. Si esto sigue así, acabará bailando delante de todos encima de la mesa.

—Es un poco demimonde, ¿no? —dijo Violet frunciendo el ceño, y Sean sonrió.

Sonó como si Violet estuviese probando una nueva palabra. De joven le habían regalado una enciclopedia en varios tomos, de donde había extraído todos sus conocimientos. Se había entregado a su lectura durante años, hasta que los conceptos más inusuales le resultaron familiares. Incluso aquellos que en el amable Dunedin tenían pocas oportunidades de ser utilizados.

Heather rio.

—En cualquier caso, muy alejada de una baronesa de la lana. Lizzie y Michael no estarán muy entusiasmados con ella.

Los padres de Kevin y Patrick, Lizzie y Michael Drury, tenían una granja de ovejas en Otago y esperaban que sus hijos contrajeran matrimonio en algún momento con mujeres que acabasen dirigiendo la granja con ellos. Pero Kevin era distinto. Nunca se había interesado especialmente por las labores de la granja y en ningún caso por las hijas de los ricos criadores de ganado de las Llanuras.

Fuera como fuese, la misteriosa Juliet se convirtió en el tema de conversación de la velada (los cuadros algo sombríos que se exponían en la inauguración pasaron a un segundo plano). Las mujeres fueron quienes más se interesaron por sus orígenes. Los hombres ya tenían suficiente venerándola: la silueta de Juliet, delgada pero con exuberantes curvas, resultaba tan fascinante como su exótico rostro. Además, Kevin exhibía a la joven como si fuera un trofeo. Era evidente que estaba orgulloso de su conquista, aunque tampoco desatendía a sus otras admiradoras. Con Juliet a remolque, pasaba de una matrona de Dunedin a otra, charlando encantador sobre esto y aquello, mientras Juliet sonreía misteriosa y no cedía a ningún intento de sonsacarle información.

—Es que se causa mejor impresión con el corsé —suspiró Roberta cuando Juliet pasó grácilmente por su lado.

Sin embargo, esa noche ella estaba preciosa. Llevaba un vestido azul aguamarina, de un corte refinado y que resaltaba la silueta de su portadora con el drapeado. Naturalmente, un corsé todavía la habría resaltado más, pero sin las ballenas Roberta podía respirar y moverse con más naturalidad. En cambio Juliet, que llevaba además una falda modernísima y muy estrecha, solo era capaz de dar pasitos. Lo que de nuevo le daba un aire conmovedoramente indefenso, pensó Roberta.

—Con el corsé también te desmayas antes —se burló Atamarie—. Así que siempre te quedará esta opción. Vamos, Robbie, ese cuadro de ahí seguro que produce vértigo. ¡Ponte ahí delante y luego te desplomas!

En efecto, los cuadros obraban un efecto más bien deprimente, pero ese día Roberta se sentía mal sin necesidad de contemplar paisajes sombríos. Siguió afligida con la mirada a Kevin y su conquista. Atamarie tiró de ella con energía.

—¡Venga, sonríe, Roberta! Mira, ahí está Patrick, todavía no le hemos saludado.

Patrick Drury, el hermano menor de Kevin, era una persona abierta y cordial, con la que Roberta no solía sentirse intimidada. Con frecuencia la sentaban a su lado en las reuniones sociales, pues hasta el momento él siempre acudía sin pareja y era conocido entre sus anfitriones por su amabilidad. Fuera quien fuese a quien colocasen a su lado, Patrick hablaría con él despreocupadamente. A fin de cuentas, su profesión lo obligaba a tratar someramente con las personas más diversas. En las granjas de ovejas lo recibía todo tipo de gente, desde aristócratas británicos hasta rudos buscadores de oro. Además, hasta entonces Atamarie había tenido la sensación de que su hermano se sentía a gusto con Roberta e incluso que últimamente le brillaban los ojos cada vez que la veía. Antes la había considerado apenas una niña, pero ahora empezaba a descubrir en ella a la hermosa muchacha en que se había convertido.

Así había sido hasta entonces, pero esa noche se comportaba de otro modo. Si bien fue a servir solícitamente champán a las chicas y conversó también un poco con ellas, parecía distraído y se diría que solo estaba con Atamarie y Roberta por educación. Roberta no se dio cuenta, pero Atamarie enseguida se percató de que Patrick parecía tener el mismo problema que su amiga. Tampoco él podía apartar la mirada de Kevin y Juliet. La beldad de cabello negro lo tenía hechizado, pero seguro que con ella no tenía posibilidades de salir airoso.

Patrick no era, ni mucho menos, tan apuesto como Kevin. En lugar del cabello espeso y negro de su padre Michael, había heredado de su madre Lizzie unos rizos de un tono rubio oscuro, así como sus dulces ojos de un azul porcelana. En conjunto, era más bajo y menos imponente que Kevin. No era, con toda certeza, un hombre al que Juliet fuera a dedicar atención suficiente para descubrir su valía interior.

Atamarie abandonó la idea de que Roberta y Patrick entablasen conversación. Ambos acabarían deprimiéndose mutuamente. Siguió arrastrando a Roberta, al tiempo que buscaba a un camarero. Tal vez otra copa de champán conseguiría levantar los ánimos de la muchacha. Patrick, entretanto, siguió como un perrito a su hermano y a la acompañante de este.

En medio de la galería, Roberta y Atamarie tropezaron con Rosie, la sirvienta de Heather y Chloé. La muchacha, de cabello rubio claro, deambulaba tiesa como un palo, sosteniendo una bandeja con copas de champán. Su apariencia era de una impasibilidad tal que parecía estar imitando una mesa.

Atamarie cogió dos copas y le sonrió.

—¿Qué tal el potro, Rosie? —preguntó. El semblante de Rosie, en realidad bonito, se iluminó.

Rosie solo se desenvolvía bien en el trato con caballos. Como sirvienta respondía más o menos, ya había ayudado a su hermana Violet siendo una niña como doncella de Chloé. Pero feliz de verdad y sumamente hábil era solo con los trotones. Chloé la había instruido cuando todavía administraba con su anterior esposo un criadero de caballos en la región de Fjordlands. En la actualidad el único caballo que le quedaba era la yegua Dancing Rose, antes criada para las carreras de trotones, pero que ahora solo tiraba del carruaje de Chloé y Heather. Rosie lo encontraba un poco triste. Pero el último año, Chloé había dejado que un semental cubriese a la yegua y ahora tenían un potrillo hembra en el establo. Y Chloé ya no se negaba con tanta vehemencia a que el animal participase en las carreras. Al fin y al cabo, llevaba años sin ver a su exmarido. Colin Coltrane ya no era nadie en los hipódromos de la Isla Sur, ni Chloé ni Heather, ni tampoco Rosie, corrían peligro de encontrárselo allí. Así pues, ¿por qué no iba Rose’s Trotting Diamond a reanudar los triunfos anteriores? En cualquier caso, Rosie estaba impaciente por que el potro creciera y poderlo enganchar a un sulky.

Mientras Atamarie escuchaba complaciente sus planes, Roberta hablaba con Kathleen Burton y su marido Peter. La presencia del reverendo siempre le resultaba tranquilizadora. Roberta todavía recordaba con precisión lo segura que se sintió tiempo atrás en la casa de Peter y Kathleen, después de que su madre escapase por fin de su violento marido. Además, se percató de que el reverendo era uno de los pocos hombres que no dedicó ninguna atención a Kevin y Juliet. En lugar de ello, preguntó a Roberta y luego también a Atamarie por sus estudios. Le parecía muy emocionante que Atamarie quisiera estudiar Ingeniería y animó a Roberta a que diera clases cuando terminara su formación en su parroquia.

—Estamos construyendo una escuela, Roberta, ahora ya sale a cuenta, la gente se instala y tiene hijos.

Hasta el momento, el reverendo se había ocupado sobre todo de los problemas anímicos, pero también de los prácticos que tenían los inmigrantes recién llegados y los buscadores de oro que regresaban con las manos vacías de los yacimientos. Entretanto, la fiebre del oro ya había desaparecido en Otago. Los aventureros europeos se veían atraídos por las minas de oro y diamantes de Sudáfrica. Los buscadores llegados a Dunedin que no habían tenido éxito, habían encontrado otro trabajo, a menudo con ayuda del reverendo. Ahora edificaban sus casas en el entorno de su iglesia y la congregación iba creciendo, y Peter disfrutaba de las labores parroquiales normales, con la escuela dominical, los bautizos y los casamientos.

Heather y Chloé también se unieron al grupo formado en torno a Kathleen y el reverendo. Ya habían cumplido con sus obligaciones más importantes como anfitrionas y propietarias de la galería. Todos los invitados estaban servidos y Chloé había pronunciado unas palabras introductorias en relación a la artista y sus obras.

—La venta arranca lentamente —se lamentó Heather—. Y, sin embargo, son pequeñas joyas. —Estudió admirada uno de los cuadros pintados con extrema precisión.

Atamarie puso los ojos en blanco.

—Para ser joyas me deslumbran demasiado poco —señaló—. Pero tal vez tendrías que hablar con empresarios de pompas fúnebres. Ahí sí que me imagino estos cuadros, en los recibidores o...

Los demás rieron.

—No entiendes nada de arte —criticó Heather a su sobrina.

—Pero sí de las estructuras cúbicas del carbón —respondió Atamarie, impasible ante la crítica—. ¿Cuántos cuadros de esos tan raros hay que pintar para comprarse un anillo así?

Señaló el dedo de Heather y dirigió de ese modo la atención de Kathleen y Roberta hacia el anillo de oro con un luminoso diamante.

Kathleen sonrió a su hija.

—¡Qué anillo más precioso! ¡Además tienes un aspecto formidable con ese vestido nuevo! Lástima que no sea de mi colección.

Heather se ruborizó un poco pese al piropo. Con su fino cabello color ceniza, difícil de peinar, no se podía decir que fuera una gran belleza. En Europa había llevado durante un tiempo el pelo corto, pero en Nueva Zelanda resultaba un poco extravagante incluso para una artista. La gente ya solía cotillear un poco acerca de su gusto por las faldas pantalón anchas y de corte oriental y las chaquetas y blusas a juego con ellas. Las facciones de Heather habían sido antes tiernas y virginales, pero ahora se veían casi ásperas, y sus ojos castaños ya no eran dulces y dóciles, sino inteligentes y sarcásticos frente al mundo.

—Creo que a Chloé le sienta mucho mejor —respondió restando importancia al cumplido—. Ven, Chloé, ¡enséñales el tuyo!

Chloé, con su cabello oscuro, era más femenina y delicada que su amiga. Ese día llevaba un vestido imperio rojo de la colección de Kathleen, cuyo color parecía reflejar el diamante del anillo.

—¡Anillos de diamantes! —observó sonriente el reverendo—. Vaya, vaya, cuánta elegancia, ya veo que no os presiono lo suficiente cuando recojo donativos para mi comedor de los pobres. ¡Vais sobradas!

—Heather ha vendido un par de cuadros —explicó Chloé con cierta turbación—. Y entonces pensó... bueno, ya hará diez años que existe la galería... Queríamos celebrarlo.

—¿Ya ha pasado tanto tiempo? —preguntó sorprendida Kathleen, pero se detuvo antes de contar en voz alta. Era evidente que Heather y Chloé no estaban celebrando ahí la creación de un negocio, sino más bien un gran amor—. Sea como sea, los anillos son preciosos. Y los diamantes también tienen ahora precios razonables desde que se encuentran tantos en... ¿Dónde era, Peter, en Sudáfrica, no?

Peter Burton asintió, pero se puso serio.

—En Cabo de Buena Esperanza. Y me temo que en los próximos días oiremos hablar de él con frecuencia —anunció—. Se dice que estallará una guerra...

—¿Una guerra? —preguntó interesada Atamarie. Hasta la fecha, solo conocía la guerra a través de las clases de Historia. Y, por supuesto, por lo que le contaban sus padres, quienes todavía recordaban los últimos combates de las Guerras de las Tierras entre maoríes y pakeha. A ella en particular le resultaba bastante inverosímil que se hubiesen enfrentado con fusiles e incluso con lanzas. Para ella, las luchas estaban vinculadas más bien con lides verbales, artículos periodísticos y la escritura de una cantidad infinita de solicitudes, con las que se intentaba atraer al Parlamento hacia objetivos políticos propios—. ¿Entre quiénes? —preguntó.

En general, Roberta se habría mantenido indiferente ante este asunto, la política no le interesaba, pese a que ella y Atamarie habían soñado de niñas en convertirse en primeras ministras de Nueva Zelanda. Pero en ese momento renació, pues Kevin Drury se reunía con el grupo. Juliet también se había acercado para echar un vistazo a los anillos de Heather y Chloé, aunque no parecía especialmente impresionada. Ella llevaba unas joyas más llamativas que no brillaban menos que los diamantes (aunque las damas presentes ya estaban cotilleando sobre si no se trataría únicamente de piedras de strass). Un paso en falso en la sociedad de Dunedin, de carácter calvinista, y en la que se llevaban pocas joyas y cuando se exhibían, ¡tenían que ser auténticas!

Kevin había escuchado las últimas palabras del reverendo. También Patrick intervino en la conversación en ese momento, contento de poder por fin aportar algo. Juliet no había intercambiado ni una palabra con él hasta ese momento.

—Entre Inglaterra y los bóers —respondió a Atamarie—. Estos son en realidad holandeses, pero desde que se han asentado en Sudáfrica se autodenominan bóers o afrikáners. Reclaman algunos territorios en ese país, aunque los ingleses los ocuparon un par de siglos antes.

El reverendo asintió.

—Y hasta ahora a nadie le habían interesado —advirtió—. Fue después de que se encontrasen cantidades ingentes de diamantes y oro cuando se empezó a cuestionar este asunto. Naturalmente, con los motivos más nobles. ¿Puede Inglaterra admitir que traten a los nativos peor que al ganado? ¿Que los inmigrantes en los terrenos donde se extrae oro no tengan derecho de voto?

Kathleen frunció el ceño.

—¿Desde cuándo se interesan los buscadores de oro por la política? —preguntó—. La mayoría apenas si sabe leer y escribir, y no les importa quién esté en el gobierno.

—Se trata precisamente de lo contrario —señaló Kevin, sonriendo—. La política se interesa por el oro.

Roberta miró fascinada la chispa irónica de los brillantes ojos azules del chico y los hoyitos que aparecieron en sus mejillas tostadas. Dulcificaban sus rasgos por lo general angulosos y lo hacían irresistible.

Roberta se esforzó para responder a esa sonrisa con naturalidad y recordó también la reacción de Atamarie por la mañana. Tenía que conseguir que Kevin se fijara en ella. Por ejemplo, a través de lo que decía. Algo inteligente a ser posible. Roberta se devanaba los sesos.

—Pero Nueva Zelanda no tiene nada que ver con el tema de contra quién lucha Inglaterra en Sudáfrica, ¿no? —preguntó, y se ruborizó cuando todos la miraron.

—Depende de lo que se le ocurra a nuestro primer ministro —respondió Heather con sequedad—. El señor Seddon es conocido por sus extrañas ocurrencias. Y su cambio de bando...

Seddon les había puesto las cosas difíciles a las mujeres en su lucha por el derecho a voto.

—Sin contar con que a todo ser pensante le afecta que haya guerras por oro y diamantes —terció el reverendo, y Roberta volvió a ruborizarse. Así pues, su comentario no había sido demasiado inteligente.

—¿Queréis decir que pueden enviar a neozelandeses a Sudáfrica para combatir? —preguntó Atamarie. Ella veía más el sesgo aventurero del asunto.

—¿Por qué no? —preguntó Kevin, al tiempo que jugueteaba con los dedos de Juliet. La joven había posado provocativa la mano sobre el brazo izquierdo del joven y este la había cubierto con la derecha. Kathleen tomó nota de que esa era la tónica de toda la velada: Kevin y Juliet siempre cogidos de la mano—. Tanto si se envían tropas de Inglaterra o Nueva Zelanda, tendrán que embarcarlas. Naturalmente, no podrán forzar a nadie. Pero voluntarios...

De repente, Roberta sintió que la invadía el miedo.

—Pero usted... tú... vosotros... —En el último instante pensó en incluir a los demás hombres en su pregunta. Si bien el único que entraba en consideración era Patrick, pues el reverendo era demasiado viejo para ir al campo de batalla—. ¿Vosotros no iríais?

Suspiró aliviada cuando los hombres rieron, pero se sintió incómoda cuando Juliet intervino.

—No sin mi permiso —respondió maliciosa, atrayendo a Kevin hacia sí—. Hay otros campos de batalla más dulces que el Cabo de Buena Esperanza donde hacer heroicidades...

3

—¿Crees... crees que realmente la relación con esa tal Juliet beneficia tu reputación? —Lizzie Drury entró en la consulta de Kevin y estuvo a punto de cerrar de un portazo. Sin embargo, había tenido la intención de hablar tranquilamente con su hijo. Pero desde que había visto salir con toda naturalidad de su casa al objeto de confrontación, no pudo contenerse—. Dios mío, a esa chica se le nota a cien metros que es una vividora. ¿De dónde la has sacado? ¿Y cómo se te ocurre llevarla cuando te... te invitan a una reunión como la de ayer?

Kevin se volvió bruscamente hacia Lizzie.

—¡Por favor, mamá! No utilices este tono. Y no hables tan alto, seguro que enseguida llegan pacientes...

Kevin escuchó preocupado si se oían ruidos procedentes de la vivienda, situada encima de la consulta. Él vivía ahí, su compañero Christian Folks tenía una casa cerca.

—¡Pacientes! —Lizzie alzó las manos—. Hoy es domingo, Kevin. Y por si eso te tranquiliza, la señorita ya se ha ido. —La palabra «señorita» tenía un deje más ofensivo que respetuoso—. Al menos tiene la educación suficiente para salir de casa antes de que llegue la doncella.

Un ligero rubor tiñó la expresión de confianza de Kevin. No le convenía que sus padres se hubiesen enterado de la partida de Juliet. A fin de cuentas, conocía a su madre y sabía lo que opinaba sobre sus diferentes amigas.

Lizzie, a su vez, no había querido volver a abordar el asunto Juliet después de haberla conocido en una reunión social. Pero esa mañana le parecía tan urgente el tema que no había logrado disfrutar del desayuno del hotel. Y en cuanto encontró una justificación para visitar a su hijo, tiró de su esposo Michael hacia la señorial casa de piedra en la Lower Stuart Street donde Kevin y Christian habían alquilado los espacios de su consulta.

—Juliet se había... bueno... se había olvidado una cosa en mi casa, y como...

—Mejor que no pregunte qué —intervino su padre divertido. Michael tenía los mismos ojos azules y brillantes y los mismos hoyuelos al reír que su hijo, y a él también le costaba encontrar argumentos cuando discutía con Lizzie.

Kevin intentó no dejarse intimidar.

—Juliet es una dama tan honorable como la que más y sabe comportarse en sociedad —defendió a su reciente conquista—. Me pareció una compañía más que adecuada para la recepción de los Dunloe. Y el señor Dunloe, por su parte, también estaba muy impresionado...

—Lo que ya dice algo de las virtudes de la joven —comentó Lizzie mordaz—. Puede que el señor Dunloe estuviese impresionado, pero la señora Dunloe me pareció avergonzada...

Esto último era un poco exagerado. Claire Dunloe había lanzado alguna mirada de desagrado al llamativo vestido rojo de Juliet y a sus joyas baratas, pero salvo eso no había nada que señalar. Los modales de la joven a la mesa eran perfectos, sabía charlar sin llegar a decir nada y esa vez se había moderado en el consumo de champán. No obstante, había causado la sensación de ser un cuerpo extraño y exótico en la recepción del director de banco Dunloe y su esposa Claire. Si bien Lizzie más bien pensaba en un cuerpo explosivo. Esa joven sería un detonante de disputas, estaba segura.

—La sociedad habla de ella —señaló Lizzie—. Y tan alto que se oye en Tuapeka. —Tuapeka, junto a la cual se hallaba la granja de Lizzie y Michael, estaba a más de sesenta kilómetros de Dunedin y desde 1866 se la conocía por el nombre de Lawrence. Pero Lizzie y Michael no acababan de acostumbrarse al cambio de nombre. En realidad, los Drury iban poco a Dunedin, pero no habían podido rechazar la invitación del director de banco—. ¡He oído decir que cantó en el vernissage de Heather y Chloé!

Kevin se pasó la mano por la frente. Esa actuación no formaba parte de sus recuerdos favoritos, Juliet sin duda se había pasado. Pero no se podía negar que el vernissage había sido aburridísimo, los cuadros, tristes y la gente, poco locuaz. En cambio, había abundado el champán, al cual Juliet a duras penas lograba resistirse... En cualquier caso, cuando la conversación iba languideciendo, se había dirigido a los músicos y el trío la había acompañado para que ella cantara un aire popular americano. Si Kevin recordaba bien, la reacción de la sociedad de Dunedin no había sido en absoluto negativa. También él había bebido unas cuantas copas... Los Burton y los Dunloe, los McEnroe y McDougal habían mirado sorprendidos... Chloé, una hábil anfitriona, había salvado la situación hablando brevemente con la cantante y presentándola a los invitados. De ese modo resolvió el enigma sobre su apellido y antecedentes, lo que de nuevo suministró más material de conversación: Juliet la Bree era americana de nacimiento y formaba parte de una compañía de variedades que actuaba en Wellington, al menos unas semanas antes...

—¿Y cómo ha llegado esa honorable damisela desde Wellington hasta aquí? —preguntó Michael, en realidad más interesado que inquisitorial. Juliet lo había impresionado, como a la mayoría de los hombres, desde el barrendero hasta el director de banco. Y lo mismo daba que apoyaran vehementemente a sus esposas en la opinión de que la joven no procedía de una esfera social refinada: todos envidiaban un poco a Kevin por su conquista.

El joven se mordió el labio.

—Bueno, Juliet estaba... harta de la compañía. Y le gusta Nueva Zelanda. Prefiere buscar un nuevo contrato por aquí...

—¿Ah, sí? —se burló Lizzie—. Pues entonces tendría que echar un vistazo en Auckland o Wellington. Y no precisamente en Dunedin, metrópoli de la Iglesia de Escocia, la ciudad con los habitantes más cerriles de toda la Isla Sur. ¿Qué pretende ir cantando por aquí, Kevin? ¿Cánticos sagrados?

—¡Con su voz puede cantarlo todo! —afirmó Kevin—. Además, Dunedin ha cambiado en estos últimos decenios, por si todavía no te has dado cuenta, mamá. ¡Aquí hubo una fiebre del oro!

Lizzie rio burlona.

—Lo recuerdo —observó—. En Tuapeka todavía se ven las ruinas de los burdeles.

—¿Y tú llevabas allí el estandarte de la moral? —replicó Kevin.

Lizzie miró a su hijo.

—En Tuapeka yo nunca me ven...

Se detuvo avergonzada. Por supuesto, no había contado a sus hijos nada acerca de su poco honroso pasado en Londres y Kaikoura, pero Kevin era inteligente y capaz de atar cabos. Cuando Lizzie siguió a Michael a los yacimientos de oro, ya hacía tiempo que se había vuelto decente, si es que podía calificarse de actividad decente la venta en un pub de Kaikoura de whisky destilado de forma clandestina.

Michael intervino en defensa de su esposa.

—Kevin, ni tu madre ni yo éramos unos ángeles, pero precisamente eso es lo que nos capacita para evaluar a Juliet la Bree. Está huyendo de algo, Kevin. Hazme caso, conozco esa mirada. Es probable que la compañía la echara. Y en la actualidad iba camino de Otago. Hacia los yacimientos de oro de Queenstown. Hombres a montones, pubs a montones...

Kevin bajó el tono.

—Bueno, y si es así... Pero ¡me darás la razón en que es arrebatadora, papá! Da igual lo que haya ocurrido antes, esto es todo lo que necesito saber de su historia. A fin de cuentas, no voy a casarme mañana con ella...

Consultó el pesado reloj de pie que decoraba su sala de consultas. Sabía que Lizzie y Michael estaban invitados a un acto matinal. Un desfile de modas en Lady’s Goldmine. Su madre no se lo perdería.

Ella captó la indirecta.

—De acuerdo, Kevin, ya nos vamos —dijo—. Pero tal como veo yo a Juliet la Bree, poco importa lo que tú desees. La cuestión reside únicamente en qué quiere ella.

Juliet la Bree quería, antes que nada, tranquilidad. Pero le costaba reconocerlo incluso ante sí misma. Al fin y al cabo, siempre había disfrutado de su vida loca, durante años le había resultado inimaginable algo más hermoso que vagar de una ciudad a otra, de un teatro a otro y de un hombre a otro. Esa era también la vida que siempre había soñado llevar durante toda su formación de niña de clase alta. Nunca la habían entusiasmado los libros, la equitación, las pequeñas celebraciones domésticas y las comidas campestres. No solo era su aspecto exótico lo que la diferenciaba de las obedientes niñas de las plantaciones de Terrebonne Parish, en Luisiana. Amaba la vida y se sentía atraída por los conciertos y las funciones de teatro. Para ello la ciudad ideal era Nueva Orleans, que no estaba muy lejos. Los padres de Juliet también se complacían disfrutando de la vida. Su madre era una criolla del Caribe que en algún momento había emigrado de Jamaica a Nueva Orleans, pero la joven no fantaseaba sobre el modo en que había llegado allí. Seguro que no había desembarcado con toda su familia, sino con un hombre. No obstante, el padre de Juliet había quedado de inmediato prendado de ella, la había llevado a su plantación y a partir de entonces la había mimado y cuidado todo cuanto una mujer puede desear.

Cuando la muchacha nació, se convirtió en la niña de los ojos de su padre, nada era lo suficiente bueno para su hermosa hija. La pequeña gozó de los mejores profesores, si bien solo se interesó de verdad por la clase de música. Aprendió francés y bailes de salón, y cuando cumplió los diecisiete se le buscó también al hombre perfecto. Su padre lo encontró a dos plantaciones de distancia: en una antigua familia, que había superado la guerra civil con solo unas reducidas pérdidas financieras, inconmensurablemente rica. Sin embargo, el muchacho tenía tan poca sangre en las venas que Juliet se ponía nerviosa cada vez que lo visitaba en la plantación y acababa buscando a los vampiros que sin duda hacían de las suyas por ahí. Para ellos parecía estar hecha también la casa señorial: un mausoleo en opinión de Juliet.

Poco antes del enlace nupcial se había escapado a Nueva Orleans y a continuación a Tennessee. Al principio tuvo suficiente con el dinero que había cogido y el que obtenía empeñando la ropa y las joyas. Pese a que cantaba en los clubs, aunque más bien por amor al arte, en Memphis no tardó en convertirse en una pequeña estrella. Pero luego surgieron complicaciones con el jefe de una mafia y Juliet tuvo que abandonar la ciudad a toda prisa, en esa ocasión sin dinero. No se sentía orgullosa de lo que había hecho para conseguir llegar a Nueva York. Al final se le brindó la posibilidad de viajar a Europa. Juliet cantó en el transatlántico de lujo que llevaba a viajeros ricos a Londres, luego se marchó a París. Durante tres años estuvo actuando en teatros de variedades por medio continente, y disfrutó de cada una de esas noches y, con frecuencia, también de los días. Juliet se enamoraba pocas veces, pero besaba muchas, su vida era un delirio.

Y entonces llegó el contrato que la llevó a Australia y Nueva Zelanda. Se trataba en realidad de una compañía de ópera no muy profesional. Juliet fue amable con el director, pero este encontró al final a otra chica: una larga historia. Juliet le había montado una escena y después había huido con una parte de los ingresos, pues a fin de cuentas le pagaban una miseria. Pero no le gustó la Isla Norte para quedarse y se trasladó a la Isla Sur, donde comprobó solo que las ciudades todavía eran más virtuosas que en el norte. Prácticamente no había teatros de variedades, y los pubs y hoteles que contrataban a mujeres jóvenes para cantar o bailar eran en el fondo burdeles con algo más de clase.

Juliet había saltado de alegría cuando conoció por casualidad a Kevin Drury, y constató asombrada que después de estar con él varias semanas no se aburría. Al contrario, disfrutaba de la seguridad que Kevin le ofrecía sin descuidar el placer. Era un hombre extraordinariamente apuesto y con experiencia: Kevin sabía complacer a Juliet. Al mismo tiempo, él estaba maravillado de los conocimientos de la joven acerca de cómo hacer feliz a un hombre. No hacía preguntas y era generoso. Cuando ella expresaba un deseo, al instante lo veía cumplido, al menos dentro de las posibilidades económicas de Kevin.

Juliet enseguida averiguó que era un hombre acomodado, aunque no rico. Su consulta prosperaba, aunque no se trataba de un gran empresario y tenía que dividir sus ingresos con un socio. No obstante, heredaría en el futuro, y la granja de sus padres estaba considerada una empresa modelo. A su vez, Juliet notaba atónita que sus pretensiones iban descendiendo. Ya no había que ser un sultán para tener la posibilidad de bailar con ella y no esperaba recibir ninguna joya ostentosa que luego simplemente empeñaría de nuevo. Asimismo, los actos sociales a los que la invitaba Kevin eran provincianos. Un vernissage en Dunedin, un concierto en Christchurch... Juliet estaba acostumbrada a unas galas espléndidas, pero nunca había causado tanto furor como en esos lugares insignificantes. En Memphis, Nueva York, París y Berlín era una belleza entre muchas. Allí, por el contrario, los hombres caían rendidos a sus pies.

De ahí que empezara a acariciar el sueño de asentarse, de pertenecer a la alta sociedad de esa isla y sacudir sus cimientos. En el momento en que ella empezara a celebrar recepciones, toda la Isla Sur hablaría de ellas. El salón de la joven señora Drury atraería a artistas y músicos, la prensa informaría sobre los vestidos que ella llevara en cada ocasión. Naturalmente, necesitarían una residencia distinguida. Claro que, cuando tuvieran hijos, no podrían quedarse a vivir para siempre en una casa de alquiler. Ya solo los empleados que necesitaría... Juliet comprobó que la simple proyección de su futuro ya le hacía gracia. Tal vez debería escribir a sus padres y contarles que se había establecido en el otro extremo del mundo...

Lo único que amargaba ese hermoso sueño era que Kevin no mostraba hasta la fecha ninguna intención de pedir su mano. Ella había oído decir que el joven médico tenía fama de donjuán. En principio no parecía pensar en fundar una familia, lo que ponía a Juliet en un dilema. Si quería conseguir que Kevin se casara, tenía que quedarse embarazada, pero ella en el fondo no quería tener un hijo ya. Se imaginaba muy bien bailando uno o dos años con Kevin en la discreta vida nocturna de Dunedin, subyugando a todos los hombres de la ciudad y atrayendo las miradas celosas de las matronas. Todo eso se vería limitado con la presencia de un hijo, retrasaría su éxito como relumbrante anfitriona y como núcleo central de todas las veladas.

Pero si no lo conseguía de otro modo...

Estaba algo nerviosa desde que se había encontrado con la madre de Kevin en la escalera de la casa. Lizzie Drury no había dicho nada, pero la mirada que había lanzado a Juliet no presentaba ambigüedades. Tampoco le había dirigido la palabra la noche anterior, en la cena de los Dunloe. Sin embargo, no había que subestimar a Lizzie Drury. Juliet habría jurado que esa matrona tan elegantemente vestida tampoco tenía un pasado inmaculado. Puede que su marido hubiese hecho su fortuna como buscador de oro, según explicaban. Pero ¿le había ayudado ella con la pala o había contribuido de otro modo en los ingresos familiares?

Fuera como fuese, Lizzie tenía una mirada de mujer con experiencia y seguro que intentaría disuadir a Kevin de un enlace con Juliet. La joven ya creía reconocer los primeros logros de la madre. Kevin no había ido con ella a ese desfile de modas, uno de los acontecimientos de la temporada que más daban que hablar a las mujeres de Dunedin. Y desde hacía unos días prefería salir con ella a solas, en lugar de llevarla a actos sociales. Juliet se temía que era el principio del final y estaba decidida a no permitirlo.

Cuando Kevin la hizo esperar una noche porque todavía tenía pacientes en la consulta, ella fue a la vivienda del joven y registró su mesilla de noche. Siendo médico, Kevin no confiaba en las mujeres para evitar descendencia no deseada, lo que a Juliet al principio le gustó. Claro que ella también conocía los métodos corrientes de contar los días fértiles y en caso de duda realizar lavados vaginales, pero Kevin prefería el preservativo. Juliet ya había conocido a hombres que se ponían esas gomas antes del acto, y siempre le había dado un poco de asco porque la mayoría eran de tripa de oveja u otro material animal. Pero Kevin utilizaba los modernos modelos de goma. Eran densos y voluminosos, con frecuencia algo incómodos, pero se podía confiar en ellos. Seguro que no se perdía ninguna simiente, al menos mientras se mantuvieran en buenas condiciones.

Juliet encontró una cajita en el cajón de la mesilla de Kevin. ¡Y detrás, otra! Al parecer su amante compraba condones al por mayor. Reflexionó sobre si manipular las dos cajitas; pero no, con una bastaría. Hacía dos semanas que había tenido la regla, así que los días fértiles ya estaban ahí. Hacer el acto dos o tres veces debería bastar...

Cogió resuelta la aguja del sombrero y pinchó la primera funda de goma. En dos meses a más tardar, Kevin la llevaría ante el altar.

4

Atamarie nunca se habría imaginado que envidiaría a Roberta por sus aburridos estudios. Naturalmente, tampoco pensaba en esos momentos en que fuera mejor dar clases a niños que construir máquinas voladoras. Pero después de pasar dos meses sola en Christchurch estaba, simplemente, muerta de aburrimiento. Cada día, cuando terminaban las clases, se quedaba sola en su cuarto y a veces salía a pasear por la ciudad, mientras que Roberta no paraba de tener divertidos encuentros y salidas con sus compañeras. Aunque no era tan abierta como Atamarie, ya había hecho amigas y parecía realmente dichosa, dejando aparte sus sueños irrealizables con Kevin Drury.

Atamarie, por el contrario, no encontraba compañía, y tampoco le servía de gran cosa la actitud liberal de sus arrendatarias respecto a las visitas masculinas. Los demás estudiantes de Ingeniería se mantenían apartados de ella. Después de mirar con desconfianza a la única muchacha al principio, empezó a correr la voz de que era la preferida de los profesores. En caso contrario, uno no podía explicarse sus estupendas calificaciones. Atamarie era, de lejos, la mejor de su curso. A ello se añadían problemas sociales generales: Nueva Zelanda había abierto sus universidades a las mujeres, pero la actitud general seguía siendo victoriana. Los chicos y las chicas no podían salir juntos sin una carabina. Ninguna universidad del resto del mundo vigilaba las actividades de los estudiantes en su tiempo libre, lo que dificultaba el trato mutuo. En las facultades donde el porcentaje femenino era mayor, las chicas solían reunirse en grupos y salían juntas, siempre que una de ellas no se enamorase y planeara con el chico encuentros secretos.

Atamarie no tenía ninguna compañera de estudios y, por añadidura, la facultad de Ingeniería tenía un edificio propio. Es decir, tampoco era fácil establecer contacto con las estudiantes de otras facultades. Como consecuencia de ello, se mantenía alejada de todas las diversiones que solían rodear una carrera en la vitalista metrópoli de Christchurch. Paseos en barca por el Avedon, regatas de remos y excursiones por las Llanuras se celebraban sin su presencia. Atamarie solo vivía para los eventuales fines de semana en Dunedin o las visitas de sus familiares y amigos. Heather y Chloé iban a veces a ver las carreras hípicas en Addington, un suburbio de Christchurch, y también Sean solía tener asuntos que resolver en la ciudad. Aparte de eso, Atamarie se concentraba en el estudio, lo que enseguida mejoró sus notas y aumentó el recelo de sus compañeros.

Por el contrario, el profesor Dobbins estaba encantado con su entregada estudiante, que siempre estaba dispuesta a colaborar en trabajos de investigación y proyectos especiales. Todavía disfrutaba con la carrera en sí y llenaba con la lectura las largas tardes. Atamarie devoraba los libros de Lilienthal y Mouillard sobre teoría y construcción de aparatos de vuelo. Por supuesto, también leía novelas y, sobre todo, diarios. Las historias románticas la interesaban menos que la vida real. En ese contexto, una y otra vez volvía a toparse con el país que el reverendo había mencionado en el vernissage de Heather y Chloé: Sudáfrica, la república (¿o colonia?) en el Cabo de Buena Esperanza.

Atamarie aprendió que ese territorio había sido ocupado en sus orígenes por holandeses. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales estableció un puesto de avituallamiento en su trayecto hacia Java. Más tarde los colonos avanzaron hacia el interior, pero cuando la Compañía quebró, los británicos ocuparon sin resistencia el territorio. Los colonos, que entretanto habían pasado a denominarse bóers, no encajaron bien lo sucedido, pero hasta el momento se habían conformado sin armar demasiado jaleo, ya que los ingleses se mostraban muy comprensivos con ellos. Atamarie encontró indignante que los ocupantes permitieran a los bóers tratar a los nativos negros de la región como a esclavos. Los hotentotes, como se los llamaba peyorativamente, carecían de derechos. Los británicos apostaron por un cambio paulatino, hasta que en el país encontraron diamantes y luego oro.

Los descubrimientos tuvieron las repercusiones habituales: miles de europeos muertos de hambre y desesperación emprendieron la marcha para hacer fortuna en los yacimientos de oro. Los mismos neozelandeses conocían el resultado por propia experiencia: la población creció de repente y los centros de los yacimientos de oro se convirtieron en una mezcla de tugurios y antros de perdición. Los bóers, más agricultores que comerciantes y religiosos estrictos, no sabían cómo apañárselas con eso. Los nuevos colonos enseguida se quejaron de recibir represalias, supuestas o reales, y la Corona británica aprovechó gustosa las quejas. De repente se puso punto final a la tranquila tolerancia con las repúblicas bóers de Transvaal y Orange. Los ingleses reclamaron su derecho a gobernar todo el país. Y el primer ministro neozelandés Richard Seddon abrazó encantado esa causa. Cuando la guerra parecía inevitable, pronunció un discurso conmovedor ante el Parlamento en el cual solicitó que se asignara al Imperio un contingente de soldados de caballería.

—¡Nueva Zelanda luchará por una bandera, una reina, una lengua y un país! —vociferaba Seddon—. ¡Gran Bretaña!

Atamarie no acababa de entender por qué eso era necesario. De hecho, Gran Bretaña se entrometía cada vez menos en los asuntos de Nueva Zelanda y la joven se preguntaba por qué no ocurría lo mismo a la inversa. De acuerdo, Inglaterra era la madre patria, pero la Isla Norte y la Isla Sur eran completamente distintas. Atamarie consideraba que su país era totalmente independiente. Salvo ella, todos parecían encantados con la opinión de defender los derechos de un país del que hasta ahora no habían oído hablar. El Parlamento prometió apoyar a los británicos con solo cinco votos en contra, las oficinas de alistamiento estaban a rebosar de voluntarios y hasta algunas tribus maoríes ofrecieron soldados.

Varios compañeros de Atamarie también se presentaron a filas, pero no los aceptaron. Al menos en un principio, se prefería a aquella gente que ya servía en el pequeño ejército de Nueva Zelanda.

—La guerra tampoco se ganaría con esos memos —criticó Atamarie durante una visita a Dunedin.

Era primavera y el reverendo Burton celebraba la fiesta anual de la comunidad. Sin embargo, rechazaba la propuesta de algunos miembros de la congregación de donar para la guerra los ingresos del bazar y la tómbola.

—Que se financie el mismo Seddon esta aventura —zanjó disgustado el religioso—. Tampoco nos beneficiaremos del oro y los diamantes que salen últimamente de ahí. Aunque tampoco querría ese dinero ensangrentado. Pero la gente se ha vuelto loca.

Miró receloso a algunos miembros de su propia comunidad que agitaban en la fiesta banderas británicas.

—Nueva Zelanda se alegra de que los buscadores de oro se vayan con otros. —Sean rio—. Otago se ahorra a todos los que se abalanzan ahora en masa hacia Johannesburgo. Pero ¡no debo generalizar! No todos están a favor. Kupe, por ejemplo, votó en contra en el Parlamento.

Atamarie acababa de enterarse y estaba orgullosa de su padre adoptivo.

—Las organizaciones de mujeres están divididas —observó Violet. Dirigía en Dunedin la representación de la Women’s Christian Temperance Union, una asociación que había contribuido en importante medida en la consecución del derecho de voto de la mujer—. Una parte defiende el patriotismo y otra parte opina que se trata de un baño de sangre absurdo. Yo, en cualquier caso, no quiero que mi hijo muera en un país desconocido. Pero hay muchas que están deseosas de enviar a mujeres allí para demostrar que en situaciones peligrosas también sabemos responder.

El reverendo levantó una ceja.

—Pero solo como enfermeras, ¿no es así? No les pondrán un arma en las manos...

—¡Pues eso! —respondió Violet, lo que provocó la risa de algunos presentes. Violet era menuda, delicada y muy femenina. Nadie podía imaginársela blandiendo un arma—. Y en lo que respecta a Inglaterra: allí las mujeres ni siquiera tienen derecho de voto. La mayoría de las universidades están cerradas para ellas... ¡Por eso sí valdría la pena combatir, no por diamantes y oro!

Atamarie aplaudió, mientras Roberta volvía a estar pendiente de Kevin Drury. El médico acababa de unirse al grupo, junto con Juliet la Bree. La joven llevaba un seductor y ceñido vestido de verano azul oscuro, como dictaba la última moda. Por lo visto, se había hecho recientemente clienta de Lady’s Goldmine.

—Me temo que se casará con Juliet —confió más tarde Roberta a Atamarie sus sospechas—. Ya lleva tanto tiempo con ella que resulta inevitable. Y yo... acompaño a mis padres ahora a casi todos los actos sociales e intento siempre decir algo. De verdad. Pero él... él solo la ve a ella.

—¿En serio? —preguntó sorprendida Atamarie. No veía a la pareja tan unida como hacía un par de semanas en el vernissage. Juliet ya no iba pisándole los talones a Kevin para desafiar a los parientes de este. Revoloteaba de un hombre a otro y conversaba animadamente, sobre todo con solteros y viudos. De quien no hacía ningún caso era de Patrick, pese a que él la seguía con cara de borrego. Los celos ya no empujaban a Kevin a mantener a Juliet alejada de otros hombres. Ya no se rozaban ligera y sensualmente, y Kevin parecía abierto a conocer gente nueva. Su breve discusión con una de las ayudantes de la comunidad acerca del premio (una fea funda para la cafetera, tricotada por una de las mujeres de la comunidad) casi podría haberse calificado de flirteo—. Pues yo pienso que va a menos —objetó, y aproximó a Roberta con discreción a Kevin.

»Un calentador de café, tito —bromeó—. ¿Vas a fundar una familia?

Kevin se volvió hacia su sobrina y dirigió tanto a ella como a Roberta una sonrisa irresistible.

—Se trata más de un acto de apoyo a la congregación —respondió—. Algo tengo que comprar. Si es que estáis reuniendo vuestro ajuar, os lo regalaré de buen grado.

Atamarie rechazó el ofrecimiento con un gesto.

—Sería absurdo, tío Kevin. Ya sabes que de momento estamos estudiando.

Kevin asintió y, con un interés mayor, deslizó la mirada por las dos muchachas. Por supuesto, ya no eran dos colegialas, y se habían arreglado como correspondía. Su sobrina era guapa y Roberta era una belleza fuera de lo corriente. La muchacha casi se cayó del susto cuando él le dirigió la palabra.

—Claro, la futura maestra. Pero ¿antes no querías también estudiar Medicina?

Roberta se ruborizó. Hacía tiempo que bebía los vientos por Kevin y al principio había pensado con frecuencia en trabajar con él como médica. Pero no había tardado en desechar tal idea.

—Soy incapaz de ver sangre —admitió la joven—. Intento acostumbrarme, los niños a veces también se hacen daño... La semana pasada, en mi primer intento de enfrentarme a una clase, a una niña empezó a sangrarle la nariz... —Roberta se había mareado de inmediato, aunque consiguió dominarse.

—En fin, yo no estoy muy lejos —la consoló Kevin—. Si te acabas encargando de la escuela de Caversham, mi consulta te quedará cerca. No tienes más que enviarme a las pequeñas pacientes... —sonrió a Roberta con expresión de complicidad— o me las llevas tú misma. Así, además, me deleitaré con una visión hermosa...

Roberta parecía tan demudada que se diría que no le habían echado un simple piropo, sino que, como mínimo, le habían puesto el mundo a sus pies. Pero en ese momento, Juliet debió de escuchar la conversación de su novio con las dos jóvenes y se acercó como por azar.

—Ven, Kevin, la tómbola está empezando. Tienes que sacar un premio para mí, en estas cosas no tengo nada de suerte.

Kevin se dejó llevar gustosamente en dirección a los bombos del sorteo y Atamarie arrastró consigo a la casi petrificada Roberta.

—¿También vosotras necesitáis un hada de la suerte? —preguntó divertido Kevin—. De acuerdo, entonces ofreceré a las tres damas más hermosas de este concurso tres billetes de lotería a cada una. Con lo cual ya habré realizado mi contribución de apoyo a la comunidad. Pero os lo advierto: si ganáis ese servicio de té, nadie se casará con vosotras.

El primer premio de la tómbola era un espantoso juego de té de más de cincuenta piezas.

—¡Ojalá no nos toque! ...