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LAS NUEVAS AVENTURAS DE UN BIóLOGO RECIéN RECIBIDO

Sebastián De Caro  

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Fragmento

Yo

Mi nombre es Agustín Carpenzano.

Provengo de una familia bastante tradicional del barrio de Devoto (en realidad, para ser más preciso, de Villa del Parque). Soy el mayor de tres hermanos. Pablo y Mariano son más chicos que yo y parecen haber tenido un vínculo más fácil con Miguel y Mabel, mis padres. Por eso de ser el más grande supieron cagarme con el más clásico de los mandatos: por herencia, había que tener un título, estudiar, ser alguien. Aclaro: tengo veintisiete años. Pertenezco a las últimas generaciones de gente que se tomó en serio el estudio. Hice lo más rápido que pude, y con algunos retrasos ocasionados por fallidas historias amorosas, finalmente siempre, de alguna u otra manera, pude seguir adelante y sortear exámenes —noches de finales, de estudio y demás—, para que llegara ese día, 1º de octubre de 2012, en el que me convertí en biólogo.

Ese día va a quedar para siempre en mi memoria. Un par de sucesos lo van a poner entre lo más importante que me ha pasado en la vida.

Recibe antes que nadie historias como ésta

En realidad, siendo sincero, creo que ese día estaba determinado por varios factores.

En primer lugar, ponerles fin a las interminables noches de estudio, a leer apuntes y a todo el tedio sin pausa que implica la universidad. Todo ese tedio discutiendo contra la vida social que uno desearía poder llevar en esos años tan entrañables que van de los dieciocho a los veinticinco.

En segundo término, más allá del acto celebratorio de la alegría de recibirme, había un detalle. Un detalle clave para tratar de entenderlo todo.

Apelo, ahora sí, a la más absoluta discreción, porque todo lo que voy a contar, en realidad, no se lo dije a nadie. Hay muchas cosas que cuento y que me fueron pasando; por lo tanto hay bastante gente que conoce partes de la historia, retazos.

Pero esto nunca lo aclaré como ahora.

Sobre la familia Carpenzano

El apellido proviene del sur de Italia y etimológicamente es un derivado de la palabra “carpintero”. Lo que hacía más entendible el enorme amor de Agustín por todo lo que fueran trabajos manuales y de diseño. Su modo más común de demostrar afecto casi siempre tenía que ver con confeccionar algo para un interlocutor merecedor de dicha ofrenda.

Lucía (I)

Hacía más de un año que Lucía deseaba realizar ese viaje. Un viaje que, independientemente del destino, tenía que contar con una característica en particular.

De chica disfrutaba de dar paseos con su abuela bordeando las vías del tren. En aquella época —los años ’80— todavía no estaba terminado el puente que cruza la calle Córdoba a la altura de Juan B. Justo. El final del recorrido estaba dado por esa obra en construcción. Eventualmente, el paseo se completaba con un viaje, sentada en la escalerita del vagón, hacia Villa del Parque.

En la estación de Villa del Parque había una especie de parque de diversiones que, desde las 19, principalmente en otoño y en invierno, generaba una sensación encantadora: las luces de las calesitas y de los juegos, combinadas con las de la estación y los colores amarronados de las plantas…

Lucía amaba los trenes. Amaba los trenes y amaba lo que representaban. Los instantes que compartía con su abuela tenían mucha magia. Por eso mismo, para ella, el tren se había convertido en un vehículo cargado de nostalgia, una sensación que además relacionaba con su forma, con su ruido, con la calma con la que se desplaza...

A tres cuadras de la estación Dorrego existía una juguetería llamada El Rincón del Ferromodelista. Además de los juguetes tradicionales de esa época, vendían mesas de trenes a escala. Una particularidad distinguía a esa juguetería incluso de las del mismo ramo: en el borde de la vidriera había un botón rojo que, cuando un niño lo accionaba, ponía en movimiento el tren exhibido.

Lucía pasaba horas allí. El paseo era coronado con un helado, y entre caminar al costado de las vías y disfrutar accionando el botón rojo, el mundo parecía detenerse y no había otra cosa más importante y todo parecía lleno y completo y luminoso.

En ese entonces, su abuela le mostraba el enorme poder que anida en la capacidad de divertirse uno mismo, sin mayores recursos, pero no sólo con cosas simples sino logrando que las cosas simples se tornen universos. Universos para explorar, para recorrer, universos que siempre abrían una puerta más.

Por eso, soñaba que pasados los veinticinco años llegaría el momento de realizar ese viaje. Ese viaje sobre el que había escrito en sus diarios íntimos. Un viaje que había dibujado desde la niñez hasta la adolescencia. Cuando tomó un curso de pintura, los trenes fueron uno de sus principales motivos de inspiración. Lo primero que aprendió a copiar fue una locomotora.

Lucía sabía que, a pesar de ser hermosa, ese hobby quedaba relegado, como algo que no combinaba con su dulzura. Pero amaba los trenes, y el viaje era una deuda muy importante.

El viaje que había soñado atravesaba Europa, desde España hacia los países del Este, y su fantasía se completaba con la lectura de un libro que había guardado para ese momento específico.

Un libro que había adquirido dos años antes, de manera muy extraña.

Chiara

Amo en secreto.

Amo en secreto del modo en que se ama cuando duele la panza, cuando se aprovecha el momento más corto o simple para robar con la nariz un poco de ese perfume. Bueno, tengo un problema con los perfumes, eso también debería confesarlo. El olfato es un sentido que me gobierna, y, más allá de los perfumes tradicionales, soy algo así como esclavo de olores y alguien que fija, con una precisión aterradora, recuerdos, imágenes, sensaciones y pareceres de lo más específicos con sólo oler. Algún astrólogo trasnochado diría que es mi parte taurina (tengo ascendente en Tauro, aunque soy de Sagitario; cumplo el 5 de diciembre). Okey, continúo.

Amo a Chiara. La amo.

Todo empezó hace cosa de cuatro años. La moda de las primeras redes sociales me había empujado a tener mi propio blog. Sin saber bien por qué o para qué, caí en la trampa de la bitácora. Y así fue que Escritos de lo Absurdo (ese era el nombre de mi blog) estuvo online, y comencé a llevar un registro más o menos embellecido de todas las aventuras que las diferentes relaciones, charlas y encuentros con mujeres me iban proponiendo.

Un día, chequeando alguna contestación a un post, descubrí cómo Angel-a había notado, con muchísima razón, que todo lo que estaba diciendo tenía la melancolía del incomprendido, que yo parecía estar muy enojado con todas mis historias, que era un hombre con heridas sin sanar. “Un corazón roto más en la ciudad.” Esas fueron sus palabras en ese comment.

Angel-a se había convertido en la primera mujer que no conocía en postear algo, en tomarse el tiempo para analizar mi blog.

Entonces decidí contactarla.

Y así comenzó mi diálogo con ella, primero en Facebook, luego cara a cara.

Quiero detenerme un segundo en el salto que significó pasar del Facebook al cara a cara. Sé lo que piensan: fotos que no se correspondían con el nivel de belleza que yo esperaba, o peor aún… Chiara se llamaba Marcelo. Pues no, ese no es el tema. Chiara tenía un Facebook sin fotos. Así como suena: no había fotos de ella. Sólo letras de sus canciones (ya me adentraré en este terreno) y una selección de cosas que la conmovían. Entre las que recuerdo había una lista en la que estaban, conviviendo al parecer armónicamente, Vivienne Westwood, Belle & Sebastian, Boca Juniors, Daniel Clowes…

Y, por sobre todas las cosas, casi como una religión, Shakira. Más precisamente, una canción de ella: “Inevitable”.

Pese a que en la lista cambiaría varios nombres —por no decir todos—, había algo en el hecho de que ella prefiriera prescindir de mostrarse que me atraía, que la hacía más interesante que la mayoría de las mujeres con las que uno puede toparse en una red social.

Por lo tanto, pasado un mes de mensajes y cambios de recomendaciones (le pasé Los detectives salvajes, alguna sugerencia de un clásico como Blade Runner), llegó el momento de vernos las caras.

La cita fue en Tolón, un bar de Santa Fe y Coronel Díaz. Era martes. O era miércoles.

Ella salía de ensayar con su banda de entonces, La Debacle Progresiva, y quedamos en tomar algo. Tolón estaba abierto toda la noche, todos los días, y si bien los parroquianos habituales parecían salidos de una novela de Hammett, la intriga por ver la cara de la Amélie de Palermo aniquilaba todo a su paso.

Eran las 23 horas exactas cuando la puerta se abrió y mis ojos tocaron por primera vez a Chiara.

Trataré de describirla. No era alta ni rubia ni morocha. Cara de nena. Ojos marrones, curiosos y muy expresivos. Boca no muy grande, pero con un labio inferior —¿se dice así?— asesino. Expresión pícara, y si alguna vez todas las pizpiretas del mundo se unieran para crear una asociación, ella sería la abanderada.

Era la novia quintaesencial: dulce, sensual y con cara de dormida.

Me quebré. Me dolió la panza cuando la vi.

Chiara era preciosa en todo sentido y bastante más de lo que la palabra puede connotar. Aunque, sí, preciosa, esa es la palabra más aproximada.

Se sentó a mi mesa, pidió un té. Empezó a contar, sin darse ni darme un respiro, que el ensayo había sido pésimo. Me habló de cada miembro de La Debacle Progresiva y de la ambición que tenía Víctor, su ex y líder actual de la banda. Él quería fusionar King Crimson con lecturas de Flaubert y tratar de que todo sonara menos directo. Reprimí fuerte las ganas de putearlo, y también es cierto que la preciositud de Chiara era un calmante para la indignación de ese momento.

Cuando por fin llegó su té, se calmó, y yo fui quien tímidamente empezó a contar quién era, qué hacía y cuál era mi curiosidad con ella. Por si la conversación no avanzaba, llevé anotado un cuestionario que t ...