Loading...

LAS PALOMAS DE LA BOQUERíA (DETECTIVE ALBERT MARTíNEZ 2)

Jordi Basté   Marc Artigau  

0


Fragmento

1

«Me cago en mi putísima vida. ¿Cómo coño se hace esta sopa, joder?»

Remuevo con la cuchara para ver si encuentro qué lleva esta sopa que la hace tan especial. Detecto huevo rallado, pollo desmigado y algo más que la espesa.

—Antonio, ven, por favor —le digo al camarero.

Antonio no se llama Antonio. Es un camarero chino que había trabajado en La Romana, en Santo Domingo, y que habla un castellano oxidado pero comprensible. Todos los camareros, sean de donde sean y trabajen donde trabajen, se llaman Antonio. Es demostrable. Mi amigo Carreras me lo enseñó hace muchos años.

«Vayas donde vayas, si llamas Antonio al camarero, se gira y viene», me dijo Carreras, un antiguo profesor de la facultad.

Pasa en Alemania, en Australia, en Gabón, en Suecia y en la China Oriental; donde sea. Y, por supuesto, también en Nueva York, que es donde estoy pasando unos días de vacaciones.

—Antonio, ¿qué lleva esta sopa?

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Pollo, huevo, maíz...

—Vale. Algo más. Seguro.

—Just a moment —me pide con tono servil.

Al cabo de unos segundos, regresa supuestamente de la cocina y me dice:

—La cocinera dice que pollo, huevo, maíz y nada más.

—A liar, she is a fuckin’ liar —grito con cara de pocos amigos.

Él se ríe enseñando una dentadura desordenada donde las muelas preceden a los premolares y los incisivos se esconden en algún lugar secreto.

—I’m sorry but no sé —me dice mezclando inglés y castellano.

—Sémola —me suelta Jordan, un joven negro al que conocí hace unos años en un Starbucks de Chelsea y que ahora me hace de guía cada vez que vengo a Nueva York.

—¿Sémola?

—Claro, si no, no podría salir una sopa tan espesa.

—Pero tampoco es sólida.

—No, pero la sémola le puede dar esa textura más... No sé cómo decirlo...

—Yo sí. De... de... de... de moco.

Como no sé decir «moco» en inglés, me señalo la nariz y con el pañuelo de papel finjo que se me cae algo.

—Moco —repito.

—Ah, mucuuus? —dice alargando la «u» como si se cachondeara, y se ríe a carcajadas.

—Eso... mucus.

Jordan es un chico de treinta y tres años al que conocí hará media docena de veranos. Buscaba carnaza por las calles del barrio más «homo» de Chelsea, cuando lo vi allí sentado. Con las gafas puestas, usaba un portátil Apple mientras chupaba la pajita de uno de aquellos vasos espantosos de cartón. Había pedido un double expresso y, como no había otro asiento libre en el local, me senté a su lado. Como buen investigador, lo repasé de arriba abajo y me fijé en lo que estaba haciendo con el ordenador. Curioso. Un dinosaurio en 3D al que hacía girar con los mandos del Apple mientras una serie de frases que no podía leer rodeaban una de las partes de la bestia. No sé de qué dinosaurio se trataba, pero hubiese jurado que era de los buenos, es decir, de los herbívoros, de los que no matan a nadie en las películas de Spielberg. De los que comen verde.

Me miró como diciendo qué coño quieres y me sonrió. Le correspondí, aunque enseguida fijé la vista en el New York Times que había cogido del montón de periódicos de aquella cafetería tan diminuta. No sé por qué narices nos pusimos a hablar del Museo de Historia Natural que está en lo más alto de Manhattan: que si no había estado nunca, que si era investigador, que si de Barcelona, que si él no conocía la ciudad pero le haría mucha ilusión ir, que si mi inglés estaba oxidado, y él que no, que no, qué va, si lo hablas muy bien, que si otro café, que no, que mejor una copa en un bar de la Séptima Avenida, que si una copa de vino blanco, pues que sean dos, que si chin-chin, que si mañana no tienes nada que hacer podemos quedar, que si el museo... y mira por dónde acabé delante de los dinosaurios con un licenciado en Arqueología y profesor de la Universidad de Columbia.

Desde entonces, después de una noche de sexo innecesaria que nunca hemos comentado, ni cara a cara, ni por correo electrónico, ni por skype, ni por teléfono ni por whatsapp, Jordan es mi amigo en los EE.UU. y yo el suyo fuera de ellos. Jordan siempre será una desilusión enorme, pero un gran cómplice.

He venido una semana a Nueva York a relajarme, y hoy he quedado con él para comer. Y aquí estamos ahora, en el 210 de Grand Street de Chinatown, en un lugar delicioso en el que, visto desde fuera, solo entrarías si fueses un inspector de la Organización Mundial de la Salud y tuvieras el precinto en la mano. Hay unos patos colgados del cuello que Dios sabe cuántos años llevan allí, clavados para deleite visual de los chinos que pasan por el local. Pero resulta que hace un año, deambulando, fui a parar allí, y al mirar por el escaparate vi que el establecimiento estaba lleno hasta la bandera de orientales. Y pensé que, si un sitio estaba petado de nativos, no podía pasar de largo. Y debo decir que en mi vida había comido un pato como aquel, separado primero de su piel, extraordinariamente dorada, y poco después troceado. La piel tostada la meten en una especie de pan, envuelta con diferentes verduras y después cubierta con una salsa de soja fuerte y compacta. Memorable.

Nunca había llevado a Jordan y ha sido un éxito rotundo, ya que él, que viene de una buena familia de Maine, es un sibarita, de modo que siempre tengo que buscar sitios donde se coma bien, pero se pague poco.

—Apostaría por la sémola —insistió Jordan con un inglés comprensible.

—¿Y si sodomizamos a la cocinera?

—Aparecerá Fu Manchú y servirá nuestras piernas y pies cortados en juliana a los del segundo turno.

—¿Cómo conoces tú a Fu Manchú?

—Porque mi madre, cuando era pequeño, siempre me ponía las pelis de Christopher Lee y cuando me llevaba a un restaurante chino de Blue Hill me daba miedo que saliera Fu Manchú de la cocina con sables y serpientes.

—Mejor lo dejamos, entonces.

Pago treinta y nueve dólares por los dos, incluidos impuestos, propinas y mierdas varias, y marchando, que es gerundio.

Caminamos un rato por Chinatown hasta adentrarnos en Little Italy. Hacía ocho meses que no nos veíamos, desde la última vez que había estado en Nueva York. Le mantengo informado de forma casi quincenal, pero hay cosas que solo pueden hablarse cara a cara.

—¿Y no has vuelto a saber nada de aquel chico al que conociste en Barcelona y con el que tuviste una aventura de tres días? —me pregunta el negro de los cojones, metiendo el dedo en la llaga.

Se refiere a Eduard. Sacudida del móvil. El vibrador. Un momento, a ver quién es.

—Joder, Rubén; mira que es pesado.

Jordan se pone a reír. Siempre le hablo de Rubén y de que aparece cuando menos te lo esperas, pero que lo aprecio mucho, aunque sea un pesado insoportable...

 

Cómo va?

 

Cuando alguien te pregunta «cómo va» por whatsapp, mal asunto. Cuando el diablo no sabe qué hacer, mata moscas con el rabo.

—A lo mejor está pensando en ti y te echa de menos —dice cariñosamente Jordan.

—Se aburre, no te preocupes.

—Pero contéstale. Siempre me hablas muy bien de él y me dices que, cuando tienes un problema, por gordo que sea, siempre puedes contar con él.

—Vale.

Cojo el móvil y entablamos una conversación:

 

Aquí estoy, con Jordan. Tú, qué tal?

 

Bastante bien. Cuándo vuelves, Albert?

 

Mañana por la tarde cojo el avión. Por?

 

Porque Barcelona se está poniendo interesante.

 

  Qué coño quieres decir?, tecleo, como diciendo «venga, no te enrolles».

 

Cuando puedas entra en los digitales. Han matado a una mujer en la Boquería.

 

En el mercado?

 

Sí, sí, pero no hay mucha información. La han encontrado esta mañana cuando un carnicero ha abierto su puesto. Colgada del cuello.

 

«Joder —pienso—, como los patos del restaurante de Chinatown.»

2

¿Qué es el talento?

Me lo había preguntado tantas veces cuando en la escuela nos hacían salir al escenario...

—Mònica, te toca. ¿Qué te has preparado? —me preguntaba la profesora, una chica de veinte años que estudiaba para ser actriz (actriz de verdad).

—Un monólogo de Hamlet.

—Pero Hamlet era un hombre.

—Pues yo me lo he preparado como si fuera una mujer.

Y entonces los compañeros de clase se sentaban en círculo a mi alrededor y me escuchaban y miraban. Éramos adolescentes. La mayoría habían escogido teatro como actividad extraescolar para no hacer inglés o judo. Algunos, para tocarse sin complejos. Yo no. Recuerdo sus ojos pendientes de mis palabras, con la boca abierta, cuando me arrodillaba delante de la calavera, cuando me resbalaba una lágrima mejilla abajo. Recuerdo que un día, después de recitar un poema de Salvat-Papasseit: Porque has venido han florecido las lilas / y han dicho su dicha / envidiosa / a las rosas: / mirad a la niña que os gana en rubor, / bella y joven, de rostro moreno..., hasta me aplaudieron. No nos aplaudíamos nunca. Solo al final de clase y a modo de ritual, sin ningún valor. «Tienes luz, Mònica.» A la profesora le gustaba cómo lo hacía, mucho. No podía demostrarlo demasiado, pero me daba igual. A veces, cuando ensayaba en el escenario, no sé cómo explicarlo, sentía que empezaba a brillar, sentía que el tiempo adquiría otro ritmo, otro aire, y que yo fluía por los versos de Sófocles o los chistes de Neil Simon como si fuera una partitura, una melodía, y yo brillaba...

—No podrás dedicarte nunca a eso, Mònica.

—¿Cómo lo sabes, papá?

—No digo que no seas buena, digo que la mayoría de la gente no puede vivir de eso. Es un mundo muy complicado.

—Tú lo has dicho: la mayoría.

—Las ilusiones son peligrosas.

Y zanjaba la conversación con una frase sacada de alguna antología de aforismos de mierda y se quedaba tan ancho. Mi padre era profesor de Literatura en un instituto y corrector. Él me contagió el veneno del teatro, pero decía que todo había que hacerlo en su justa medida. Me había regalado libros de Eduardo De Filippo, Harold Pinter, Benet i Jornet... Cuanto más le insistía en que me diera dinero para un curso en Londres o Berlín, más me evitaba. No le gustaba mucho hablar del tema, quizá porque contra la pasión no hay argumento que valga. ¿Acaso no había aprendido nada de toda la historia universal del arte? Negar una pasión es su mejor principio. Mi madre, en cambio, siempre me decía que siguiera mis sueños, que hiciese lo que me dictase el alma, que le había costado mucho entender este principio vital de todo el universo, pero que quien no hace lo que le dicta el alma, lo llevará siempre dentro y acabará en algo malo. (Cuando hablaba de algo malo quería decir cáncer, pero no se atrevía). Pobre mamá, ella que se apuntaba a talleres de psicomagia, a terapias alternativas, a convenciones de poderes curativos cósmicos, ella que siempre me animaba...

—Tienes que limpiarte el karma, hija.

—¿Eso cómo se hace?

—Si las cosas no te salen bien, es por algo.

—Es por algo. —A menudo repetía sus palabras exactas para poner de relieve que no tenían ningún sentido.

—La energía es sabia.

«Sí, y que la Fuerza nos acompañe.»

Resultaba complicado escoger quién perforaba más mi autoestima, si mi padre o mi madre. Años antes, cuando asistían a los talleres de final de curso y todavía no se habían divorciado, cuando la gente comentaba después de las funciones que yo tenía madera (así lo llamaban), se les veía orgullosos. Inflados como pavos. Mi padre incluso aprovechaba para recomendar alguna lectura a mis amigas, o íbamos a cenar con mamá y por un espacio de tres o cuatro horas no discutían.

¿Qué era el talento?

Lo había buscado hasta en el diccionario: «Especial aptitud intelectual, capacidad natural o adquirida para ciertas cosas».

Capacidad natural o adquirida. El talento no se podía enseñar, no se explicaba en ninguna clase magistral ni había un manual de instrucciones. ¿Quién decidía, pues, qué afortunados entraban en el país de los elegidos? ¿Qué dioses señalaban lo que era bueno y lo que no? El talento y lo mediocre. Y perseguía el talento durante los cursos de verano, aunque mis padres no pudieran/quisieran pagármelos; yo ahorraba y en verano me iba a hacer un curso de cuerpo o de voz para perfeccionar la técnica, para tener consciencia de lo que quería llegar a ser. Una actriz. Alguien que viviera una vida distinta en la piel de otra persona; vivir bajo la luz de los focos, escuchar el silencio del público respirando... Una actriz.

En algunos sitios pedían tener más de dieciocho años, pero entonces escribía cartas llenas de citas que le robaba a mi padre, explicando que la ilusión de mi vida era hacer aquel curso, que hacía tiempo que seguía la trayectoria del director o de tal coreógrafa, y después me respondían con un sí. No solía fallar. Contra la adulación, la gente del teatro (bueno, la mayoría de la gente) no puede hacer nada, y caen como moscas.

Tenía vocación de actriz.

¿Cuánta gente podía decir lo mismo?

¿Cuánta gente tenía vocación de algo? Vocación de verdad: de no dormir, de ir a ver todas las representaciones del Grec en verano, de viajar en coche hasta Temporada Alta, de ir a Aviñón, de saberme de memoria fragmentos de Romeo y Julieta: «Romeo, quítate el nombre, y a cambio de tu nombre, que no es parte de ti, tómame entera». De aplaudir de pie al final de un espectáculo y esperar a la salida para felicitar a los actores...

¿Tenía vocación Robert, mi ex, cuando estudió Administración y Dirección de Empresas en la universidad privada porque no le daba la nota para hacer Económicas en la pública? ¿Tenía vocación aquella amiga de la escuela cuyo nombre he olvidado y que ahora es jefa de recursos humanos y se dedica a despedir gente? ¿Tiene vocación la dependienta del Bershka a la que obligan a ir pintada como una puerta y debe soportar la música discotequera a las diez de la mañana? ¿Tiene vocación el taxista franquista que sigue el trayecto más largo para llevarme a casa de madrugada?

¿Tenía yo vocación de camarera?

¿Qué cojones es el talento?

Para ser sincera, debo reconocer que no me pregunté de verdad qué era el talento hasta que lo eché de menos. En la escuela, de pequeña, el talento y yo teníamos una relación basada en la confianza, y pocas veces la había cuestionado. Él me ayudaba las noches importantes, cuando lo necesitaba, y el resto funcionaba solo.

Hubiera sido mucho mejor vivir así. En mi burbuja, dentro de mi pequeño círculo. Pero tenía ilusiones, de las grandes, de las inflamables. Ya me había avisado mi padre.

Y cuando hice las pruebas para entrar en el Institut del Teatre, dejé de brillar. Ante la mirada de aquellos profesores (que no estaban pendientes de mis palabras) me sentí pequeña como una hormiga y, por mucho que intenté levantar el peso titánico de una escena, fui incapaz, porque era un microbio, invisible; por mucho que los versos de Sófocles conservaran una fuerza sobrenatural, en mis labios sonaron insulsos y cursis.

Pequeña como una hormiga.

Y, no sé cómo, dejé de brillar.

3

—Te he guardado un vino rosado que me aseguran que es de categoría —me dice Oti con cara de vendedora de perfumes.

Mal asunto cuando alguien te dice que algo es de categoría. Sal corriendo. Mi abuela lo soltaba cuando me presentaba en su casa con alguna prenda de ropa nueva.

«Caramba, Albert, se nota que eso es de categoría», recitaba como si fuera Anna Lizaran adoptando un tono solemne.

Yo no le decía lo que pensaba, pobre mujer. Hay mierda que puede ser de categoría. De gran categoría. Pero como somos de familia de barrio, todo lo comprado fuera de Horta nos parecía de lujo. Y claro, cuando Oti sacó el vino rosado y lo puso en la cubitera «para que cogiera más frío», pensé en cómo debía de ser aquel brebaje que según ella era «de categoría».

Oti y Susanna tienen un pequeño restaurante que se llama Petit. No falla. Entre los soportales del mercado de la Boquería se juntan, unas al lado de otras, varias mesas rodeadas por sillas azules y coronadas por estufas con forma de champiñón de pie largo. Suelo ir cuando tengo un rato libre para pasear por ahí abajo y ganas de arañar el coche. Muy cerca de la Boquería, en la calle Hospital, hay uno de los peores aparcamientos de Europa. Yo cedería su propietario a la ciencia, a ser posible bien troceado. Un garaje en forma de caracol que es un laberinto de columnas que deben esquivarse con diversas maniobras, como meter primera, dar marcha atrás, volver a poner primera, arrancar otra vez porque se te ha calado el motor, tocar el freno pero poco si no quieres desnucarte y, cuando estás a punto de llegar a una de las pocas plazas que ves libres, o hay un cono que no te deja estacionar por vete a saber qué gilipollez o porque es un sitio reservado. Después de cuatro arañazos y un par de abolladuras, llegas al objetivo final. Eso dejando de lado el hecho de que para pagar dos horas de aparcamiento en aquella zona céntrica de Barcelona ya hace falta pedir un crédito.

Pero vale la pena la odisea para sentarse en aquella mesa minúscula y ver pasar la Barcelona que cantaba Peret, la «Gitana hechicera»...

Para el mar de amores, rumbas y flores.

Pa’ subir al cielo, vente al Paralelo.

Para ahogar las penas, fuente Canaletas.

La que busque novio, mercao San Antonio.

Pues yo, sentado en la Boquería, veo cómo pasa otra Barcelona ante mis ojos mientras Oti me ha preparado y me ha ido sirviendo en la mesa media docena de ostras que pongo a nadar en limón y pimienta, unos chipirones con ajito picado y dorado, unas gambas rojas como los pimientos del piquillo que me calzo cada vez que viajo a Murcia en el restaurante del hotel Rincón de Pepe y el mejor salmón a la plancha que he comido nunca. Es un salmón fresco, tostado por fuera, crudo por dentro y con guarnición de verduras, que como en reclinatorio cada vez que voy. Y lo riego con ese Penedès rosado de nombre Petjades que sí, al final tenía ella razón, es de categoría. Buena elección, como le hago saber a Oti, que se sienta un rato delante de mí mientras carga otro Marlboro para fumar.

—Tienes que dejarlo, Oti, joder —le ruego, casi exigiéndoselo.

—Ya lo sé, Albert. ¿Pero sabes lo que cuesta? Y no estoy para perder placeres. Tengo demasiados follones con el puto Ayuntamiento, que quiere quitar los negocios de estos soportales.

—Resiste, resiste.

—Ya lo hago, por eso fumo. Si no, con el último que me hubiese fumado le habría prendido fuego al mercado. Solo faltaba el atentado del mes pasado y el bajón del turismo.

Oti debe de rondar los sesenta y cinco. Ya es abuela y está estupenda para la edad que calza. Cocina como quiere mientras tiene a su lado a Susanna, a la que conoce desde hace años y que le ayuda a sobrellevar el negocio del sacrificio. Porque tener un restaurante pequeño en el que no sabes si atiendes a franceses, alemanes, chinos o nativos, ni el humor del que te llegarán, tiene que ser deprimente.

Son las cinco menos cuarto de la tarde. Para terminar la jornada del restaurante solo queda una mesa, que está ocupada por un par de amigas o conocidas que no paran de hablar.

La temperatura es muy agradable. Ya se sabe que septiembre es un fin de fiesta veraniego y la verdad es que todavía me muevo en camisa, sin americana. Una azul marino con botoncitos blancos que llevo arremangada y unos vaqueros Armani que no fallan nunca.

Oti sigue echando pestes del Ayuntamiento y amenazando con llamar a los periódicos y salir por televisión para condenar la actitud del consistorio hacia el pequeño comercio y bla, bla, bla. Yo voy asintiendo con la cabeza, adormilado, porque el café todavía no me ha hecho efecto y la mierda del jet lag me afecta siempre, y, mientras echo un trago del vino rosado que acabo de servirme en la copa, Susanna se suma a la tertulia y se sienta con nosotros.

—¿Qué pasa, Albert, no nos piensas contar quién ha sido el salvaje de la carnicería?

—Todavía no lo sé, pero esperamos encontrarlo pronto.

—Estamos un poco asustadas —dice Oti, metiendo cuchara—. Nunca se sabe qué puede pasar. ¿Y si es un asesino en serie?

—Pues veremos qué serie sigue. De momento, no ha matado a nadie más que a esa pobre desgraciada. Oti está asustada, pero yo estoy aterrorizada y, de hecho, estos dos últimos días se ha notado mucho en el mercado. Hay menos gente y los turistas que vienen pasan por delante del puesto de Fidel a hacerse fotos; la persiana sigue bajada, pero les hace gracia retratarse donde pasó todo.

—Sí, la típica chorrada del «Yo estuve ahí». En el fondo, vivimos para explicar que estuvimos. Siempre queremos estar. Una matanza en los atentados del once de septiembre, y hostias para ir al World Trade Center; los disparos de la sala Bataclan, y preferimos ir a ver la floristería en la que se ha convertido que entrar en el Louvre...

—Sí, pero lo que dice Susanna es verdad. Son casi las cinco de la tarde y hoy hemos tenido seis mesas y gracias. Menos de la mitad que hace unas semanas.

—No os preocupéis. Ya he hablado con la Asociación de Comerciantes del mercado. Me han contratado y les he dicho que encontraremos al autor de esta canallada lo antes posible, y les he recomendado que, cuando todo este episodio quede atrás, contraten a una empresa de comunicación que les diseñe un plan para reivindicar la imagen pacífica de la Boquería.

Alzo las cejas cuando me llega un mensaje al móvil. Un número. Es decir, que no sé quién es porque no sale nombre.

 

Te fuiste muy rápido de casa. Es que no te gustó mi compañía?

 

Joder, el muerto aquel. No sé ni cómo se llamaba. Tenía cierta gracia en la distancia corta.

Lo encontré por Grindr. Estaba a medio kilómetro del despacho y fuimos a tomar un café en la Diagonal con Rambla de Catalunya, así me daba un paseo de diez minutos. Treinta y cinco años bien llevados, con traje y corbata, porque trabaja en un bufete de abogados de la zona y luce lo que en las bolsas de trabajo se califica de «buena presencia». El café nos sentó bien y decidimos quedar en su casa porque vivía en Gràcia y pillaba cerca de los dos despachos, el suyo y el mío. Tenía el piso en la calle Milà i Fontanals. No era gran cosa, pero lo tenía bien apañado. Vivía de alquiler, solo desde hacía diez años, cuando se había mudado desde Girona por motivos de trabajo.

Llegué a su casa y, sin decirme ni hola, se me echó encima. A mí estos arrebatos me superan. Esta gente que te quita la americana como si fuera comprada en el Primark, como que no. «Tate quieto, cara cartón», les vengo a decir con más o menos educación. Dejo la chaqueta colgada de una silla y luego me quito los zapatos. A partir de aquí, todo es negociable. Si me quiere desabrochar, que lo haga, pero a ritmo de bolero; nada de rock, que me mareo. Este chico quería Metallica de banda sonora. En fin, que en un cuarto de hora estábamos listos. Otro a la papelera de la historia. Pero lo peor vino después. El interfecto cometió la osadía de invitarme a cenar. Adiós. Soy poco dado a que me paguen las comidas. No por nada, sino porque escogen ellos el restaurante. Y un restaurante es peor que una camisa. Si te regalan una y no te gusta, la cambias. Una cena, no. Pringas. Y resulta que el pobre decidió llevarme a un sitio tan raro que mejor obviar el nombre.

Un puto restaurante vegano. Cuando entré y me preguntó qué me parecía, le respondí:

—Has llevado a un claustrofóbico a ver El exorcista.

Se quedó de piedra. Me rogó que nos marchásemos, pero de perdidos al río. A apechugar.

—Una experiencia nueva —dije con educación.

Le exigí que pidiera él. Y al cabo de poco, eso sí, aterrizó en nuestra mesa una serie de platos de colores oscuros: sopa borsch con remolacha, tofu marinado con guisantes, paté crudo de tomate seco (magnífico, todo hay que decirlo) y una cosa (sí, sí, una cosa que parecía salsa) que se llama tzatziki y que se unta en pan de pita como si estuviéramos en el barrio de la Plaka en Atenas.

Comí muy sano y, al traer la cuenta, no hice ningún ademán de pagar. No me lo habría perdonado en la vida. Pagar por aquel festival de verdes, de pijerío... Quiero ver cuántos restaurantes veganos quedan en Barcelona dentro de diez años. Tenemos que comer sano, eso está claro, pero comer sano no significa comer así. No hace falta que cada mañana nos aticemos un cap i pota, pero no comerlo nunca más... Eso sí, fuera del restaurante había tres chavales fumándose un porro después de la cena. Claro, todo es hierba. Todo muy sano.

Me despedí de aquel chico sabiendo que no volvería a verlo. Por decisión propia. Me pidió el teléfono y se lo di. Hala, rey. Nos llamamos, ¿eh? Sí, sí. Desde luego, guapo. Acuéstate pronto, ¿eh? Sí, claro... Y te vas alejando..., adiós, adiós... y métete el tofu por donde te quepa y que te den dos duros, que no tienes ni puta idea de nada. Hala, venga, desfila...

Y aquí lo tengo otra vez. Menuda mierda.

Respondo:

La semana que viene no puedo quedar.