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LAS RAíCES DEL MAL (DETECTIVE WILLIAM MONK 10)

Anne Perry  

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Fragmento

1

Un joven de veintitantos años estaba de pie en el umbral, con el semblante pálido y asiendo con fuerza un sombrero que hacía girar entre las manos.

—¿El señor William Monk, investigador privado? —preguntó.

—El mismo —saludó Monk, poniéndose de pie—. Adelante, caballero. ¿En qué puedo servirle?

—Lucius Stourbridge.

Entró en la habitación con la mano tendida. Ni siquiera echó un vistazo a los confortables sillones o al cuenco de flores secas que perfumaban el ambiente. Unos y otro habían sido idea de Hester. Monk estaba la mar de satisfecho con el aire espartano y funcional que tenían antes sus aposentos.

—¿En qué puedo ayudarle, señor Stourbridge? —preguntó Monk, indicando uno de los sillones.

Lucius Stourbridge se sentó incómodo en el borde del asiento, con aspecto de hacerlo porque se lo habían pedido más que por deseo propio. Mantenía la mirada fija en Monk y sus ojos reflejaban sufrimiento.

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—Estoy prometido en matrimonio, señor Monk —comenzó—. Mi futura esposa es la persona más encantadora, generosa y noble que uno podría encontrar. —Bajó la vista y volvió a subirla aprisa hacia Monk. La sombra de una sonrisa cruzó su semblante y se desvaneció—. Soy consciente de que mi opinión es muy parcial, y debo de parecerle ingenuo, pero constatará que los demás también la tienen en gran estima y que mis padres sienten un sincero afecto por ella.

—No dudo de su palabra, señor Stourbridge —le aseguró Monk, aunque comenzaba a incomodarlo lo que aquel muchacho iba a pedirle.

Hasta cuando con más urgencia necesitaba trabajo, sólo aceptaba los casos matrimoniales a regañadientes. Y, puesto que acababa de regresar de una extravagante luna de miel de tres semanas en las Highlands de Escocia, parecía estar convirtiéndose rápidamente éste en uno de esos momentos de urgencia. Tenía un acuerdo con su protectora y amiga, lady Callandra Daviot, según el cual, a cambio de informarla sobre sus casos más interesantes y, cuando así lo deseara ella, contar con su participación en los procedimientos cotidianos, la mujer lo proveería de fondos, al menos en la medida necesaria para garantizarle una digna supervivencia. Ahora bien, nada más lejos de la intención de Monk que aprovecharse de esa generosidad si no era estrictamente necesario.

—¿Qué es lo que le preocupa, señor Stourbridge?

Lucius se mostró terriblemente desdichado.

—Miriam, la señora Gardiner, ha desaparecido.

Monk se quedó desconcertado.

—¿La señora Gardiner?

El joven se revolvió con impaciencia.

—La señora Gardiner es viuda. Es... —Titubeó, con una mezcla de irritación e incomodidad—. Es unos pocos años mayor que yo, aunque eso no tiene la menor importancia.

Que una joven rehuyera su compromiso era un asunto puramente privado. Si no había ningún delito de por medio y ninguna razón para suponer enfermedad, que regresara o no era sólo decisión suya. Monk no se habría envuelto de ordinario en algo así. Sin embargo, su propia felicidad era tan intensa que sintió una nada característica compasión por el angustiado muchacho que estaba sentado frente a él, a todas luces desesperado.

Monk no recordaba haber sentido jamás que el mundo fuese un lugar tan sumamente justo. Por supuesto, corría el verano de 1860 y él no guardaba ningún recuerdo, salvo imágenes aisladas, de cuanto sucedió antes del accidente de carruaje de 1856, del que despertó en el hospital con la mente completamente en blanco. Aun así, estaba más allá de su capacidad el imaginar un bienestar tan completo como el que ahora lo llenaba.

Después de que Hester aceptara su propuesta de matrimonio se mostró alternativamente tan eufórico como acosado por recelos sobre si tal paso iría a destruir para siempre la confianza sin igual que habían construido entre ambos. Quizá su única relación satisfactoria consistiera en ser amigos, colegas en una enconada persecución de la justicia. Se pasó muchas noches en blanco, paralizado por el miedo a perder algo que le parecía tanto más valioso cuanto más pensaba que lo iba a perder.

Ahora bien, el caso era que todos los temores se desvanecieron como las sombras tras la salida del sol sobre las extensas colinas por las que habían paseado juntos. Pese a haber descubierto en ella tanta calidez y pasión como cabía desear, seguía mostrándose perfectamente dispuesta y capaz de discutir con él como siempre, de ser perversa, de burlarse de él y también de cometer estúpidas equivocaciones. No había cambiado gran cosa, salvo que ahora compartían una intimidad física de una dulzura como nunca hubiese soñado, y tanto más profunda por lo mucho que había tardado en descubrirlo.

De modo que no se libró de Lucius Stourbridge tal como le dictaba su instinto.

—Quizá sería mejor que me contara exactamente lo sucedido —le pidió con amabilidad.

Lucius tomó una bocanada de aire.

—Sí. —Hizo un esfuerzo deliberado por calmarse—. Sí, por supuesto. Naturalmente. Lo siento, me parece que estoy siendo un poco incoherente. Todo esto ha sido un golpe para mí... muy duro. No sé qué pensar.

Aquello era más que aparente, y Monk tuvo que morderse la lengua para no mencionarlo. No acostumbraba ser tolerante por naturaleza.

—Podría empezar por decirme cuándo vio a la señorita, perdón, a la señora Gardiner por última vez; así tendríamos un punto de partida —sugirió.

—Claro, claro —convino Lucius—. Vivimos en Cleveland Square, en Bayswater, bastante cerca de los Jardines de Kensington. Dábamos una pequeña fiesta para celebrar nuestra inminente boda. Hacía un día espléndido y jugábamos un partido de croquet cuando de súbito, y sin motivo aparente, Miriam, o sea la señora Gardiner, se angustió sobremanera y salió apresurada del jardín. Yo no la vi marcharse, o habría ido tras ella para averiguar si se encontraba mal o si podía ayudarla...

—¿Se encuentra mal con frecuencia? —preguntó Monk con curiosidad.

Los enfermos auténticos eran una cosa, pero con las jóvenes aquejadas de síncopes no tenía ninguna paciencia. Y si iba a ayudar a aquel desafortunado muchacho debía saber la verdad en la medida de lo posible.

—No —contestó Lucius bruscamente—. Goza de una salud excelente y su temperamento es ecuánime y sensato.

Monk se sorprendió ruborizándose un poco. Si alguien le hubiese insinuado que Hester era de las que se desmayaban habría señalado con aspereza que ella, irrefutablemente, tenía más agallas para enfrentarse a la lucha, o a un desastre, que ellos mismos. Lo había demostrado con creces como enfermera en los campos de batalla de Crimea.

Aunque no era preciso disculparse ante Lucius Stourbridge. La pregunta había sido necesaria.

—¿Quién la vio irse? —preguntó con toda calma.

—Mi tío, Aiden Campbell, que estaba alojado en casa; de hecho, aún lo está. Y creo que también mi madre, y uno o dos criados, y otros invitados.

—¿Y estaba enferma?

—No lo sé. ¡Ésa es la cuestión, señor Monk! Nadie ha vuelto a verla desde entonces. Y eso pasó hace tres días.

—Y las personas que la vieron —continuó Monk con paciencia— ¿qué le han dicho? Seguramente no salió sola del jardín a la calle, sin dinero ni equipaje, para luego desaparecer.

—Oh... No —Lucius se corrigió—. El cochero, Treadwell, también ha desaparecido, y, por supuesto, uno de los carruajes.

—Entonces se diría que Treadwell la llevó a alguna parte —dedujo Monk—. Dado que abandonó el partido de croquet por su propio pie, cabe suponer que le pidió que la llevara. ¿Qué sabe acerca de Treadwell?

Lucius encogió levemente los hombros, aunque su rostro palideció aún más.

—Lleva tres o cuatro años con mi familia. Creo que nunca ha habido queja de él. Es pariente de la cocinera, sobrino o algo así. No estará pensando que pueda... ¿haberle hecho daño?

Monk no tenía ni idea, pero no venía a cuento causarle más pesar. El muchacho ya andaba bastante desesperado tal como estaban las cosas.

—Más bien pienso que se limitó a llevarla a donde ella le indicó —contestó, y entonces se dio cuenta de que su respuesta carecía de sentido. De haber sido así, Treadwell habría regresado en cuestión de horas—. Aunque al parecer tomó prestado un carruaje para su uso particular. —Otros pensamientos más oscuros acudieron a la mente de Monk, pero aún era demasiado pronto para hablar de ellos. Había muchas otras respuestas y más sencillas a las cotidianas, tragedias privadas que resultaban mucho más plausibles, siendo la más probable que Miriam Gardiner simplemente hubiese cambiado de parecer acerca de su matrimonio y le faltara el coraje para enfrentarse a Lucius y decírselo.

Lucius se inclinó hacia delante.

—Pero ¿cree que Miriam está a salvo, señor Monk? Si lo está, ¿por qué no se ha puesto en contacto conmigo? —Tenía la garganta tan tensa que las palabras se le estrangulaban—. He hecho cuanto se me ha ocurrido. He hablado con todos los amigos a quienes pudo haber acudido. Me he devanado los sesos buscando algo que yo hubiese dicho o hecho que pudiera inspirarle desconfianza y no he encontrado nada. Estábamos muy unidos, señor Monk. Estoy tan convencido de eso como de que la tierra es redonda. No sólo estábamos enamorados, sino que éramos grandes amigos. Podía hablarle de cualquier cosa y ella parecía comprenderme, de hecho compartía mis opiniones y gustos de tal modo que se convertía al mismo tiempo en el ser más fascinante y grato con quien pasar el rato. —Se sonrojó—. Igual todo esto le parece absurdo...

—No —se apresuró a decir Monk, demasiado aprisa.

Había contestado con el corazón y no tenía costumbre de revelar tanto de sí mismo, menos aún a un cliente en potencia y con un caso que, en realidad, no quería y para el que le resultaba imposible vislumbrar una solución feliz.

Lucius Stourbridge lo miraba atenta y fijamente, con sus grandes ojos castaños profundamente preocupados.

—No —repitió Monk con menos énfasis—. Estoy seguro de que puede sentirse tal afinidad con un semejante. —Cambió pronto de tercio, pasando de las emociones a los hechos—: Quizá pueda contarme algo sobre su familia y las circunstancias de su encuentro con la señora Gardiner.

—Sí, sí, por supuesto. —Lucius parecía aliviado de tener algo concreto que hacer—. Mi padre es el comandante Harry Stourbridge. Ahora está retirado del ejército, pero sirvió con gran distinción en África, sobre todo en Egipto. Pasó mucho tiempo allí al principio de su carrera. De hecho, estaba allí cuando yo nací. —Un amago de sonrisa dulcificó su expresión—. Me gustaría viajar allí alguna vez. Le he oído hablar de esa tierra con sumo entusiasmo. —Apartó esos pensamientos con remordimiento—. Nuestra familia procede de Yorkshire, de West Riding para más exactitud. Ahí es donde están nuestras tierras, todas vinculadas a la rama paterna, por supuesto, pero es una propiedad considerable. Vamos allí de vez en cuando, aunque mi madre prefiere pasar la temporada en la ciudad. Me atrevería a decir que como casi todo el mundo, sobre todo las mujeres.

—¿Tiene hermanos o hermanas? —interrumpió Monk.

—No. Lamentablemente, soy hijo único.

Monk se abstuvo de señalar que, siendo así, Lucius heredaría aquella vasta propiedad, aunque el rostro del muchacho hizo patente que también él había captado esa cuestión, pues apretó los labios con un leve rubor en las mejillas.

—Mi familia no tiene nada que objetar a mi matrimonio —declaró el joven, un tanto a la defensiva. Permanecía inmóvil en el asiento, mirando fijamente a Monk sin pestañear—. Mi padre y yo nos entendemos bien. Lo alegra mi felicidad y, además, a él también le gusta mucho Miriam, la señora Gardiner. No ve tacha en su carácter ni en su reputación. El hecho de que no posea una dote o una propiedad que aportar al matrimonio es irrelevante. Yo dispondré de más de lo necesario para cubrir nuestras necesidades y, para mí, las posesiones materiales no tienen importancia si se comparan con la perspectiva de pasar el resto de mi vida en compañía de una mujer valiente, virtuosa y con sentido del humor, y a la que amo más que a nada en este mundo. —La voz se le quebró un poco al pronunciar las últimas palabras, y el esfuerzo que tuvo que hacer para recobrar la compostura fue más que evidente.

Monk sintió la aflicción de aquel hombre con una crudeza que le habría resultado imposible imaginar siquiera unas pocas semanas antes. A pesar de su determinación por concentrarse enteramente en la situación que le exponía Lucius Stourbridge, su mente recreaba imágenes de Hester y él caminando juntos a lo largo de una playa desierta a la luz del atardecer, los colores brillantes en el cielo norteño, las lomas ensombrecidas de púrpura en la distancia y el aire lleno de resplandor. No necesitaban decirse nada, sabían que ambos veían la misma belleza y compartían el mismo deseo de preservarla, aun sabiendo que sería imposible. Y, sin embargo, el mero hecho de compartir aquello otorgaba al momento una especie de inmortalidad.

Había también otras ocasiones: risas ante las payasadas de un perro que perseguía una bolsa de papel empujada por el viento; el placer de un bocadillo realmente sabroso de pan fresco y queso tras un largo paseo para subir a la cima de una colina; el grito ahogado ante un paisaje maravilloso, y el alivio de no tener que ir más lejos.

Si Lucius había conocido una felicidad semejante en su vida y la perdía sin una razón comprensible, no era de extrañar que anduviera desesperado tratando de hallar la respuesta. Por más desagradable o contraria a sus sueños que fuese la verdad, no empezaría a sanar hasta que la supiera.

—Bien, haré cuanto pueda para descubrir qué ha ocurrido —dijo Monk en voz alta—. Y si está dispuesta a volver junto a usted...

—¡Gracias! —exclamó Lucius con entusiasmo, al tiempo que se le iluminaba el semblante—. ¡Muchas gracias, señor Monk! El precio será lo de menos, se lo prometo. Dispongo, por mí mismo, de los recursos necesarios, pero además mi padre también está decidido a descubrir qué le ha sucedido a Miriam. ¿Qué puedo hacer para ayudarle?

—Cuénteme cómo se conocieron y todo lo que sepa sobre la señora Gardiner —contestó Monk, sintiendo que el alma se le caía a los pies.

—Por supuesto. —La expresión de Lucius se suavizó; los signos de tensión se esfumaron como si el mero recordar su encuentro bastara para llenarlo de dicha—. Fui a visitar a un amigo mío que vive en Hampstead y caminaba de regreso atravesando el parque. Era más o menos esta época del año y estaba todo muy hermoso. Había varias personas por allí, niños jugando, una pareja de ancianos que sonreían al sol. —El propio Lucius sonrió al recordarlo—. También un chiquillo con un aro y un cachorro que perseguía un palo. Me detuve a observar al perro. Estaba lleno de vida, daba saltos sin dejar de menear la cola y regresaba con el palo, inmensamente satisfecho de sí mismo. Me sorprendí riendo. No tardé mucho en darme cuenta de que era una joven quien le arrojaba el palo. En una ocasión cayó casi a mis pies, lo recogí y lo volví a lanzar, por el mero placer de observar. Por supuesto, entablamos conversación. Todo sucedió de la forma más natural. Le pregunté por el perro y me dijo que en realidad pertenecía a un amigo suyo. —Tenía la mirada perdida en el recuerdo—. Pasamos de un tema de conversación a otro y cuando quise darme cuenta llevaba casi una hora hablando con ella. Me propuse regresar al día siguiente y allí estaba ella otra vez. —Se encogió de hombros, como riéndose de sí mismo—. Supongo que ni por un momento pensó que fuese casualidad y tampoco yo me sentí inclinado a fingirlo. Nunca hubo eso entre ella y yo. Ella parecía percibir lo que yo quería decir con tal naturalidad que se diría que había tenido los mismos pensamientos y sentimientos que yo. Nos reíamos de las mismas cosas, o las encontrábamos hermosas, o tristes. Nunca me he sentido tan totalmente a gusto con nadie como con ella.

Monk trató de imaginárselo. Sin duda no era así como se sentía él con Hester. Vigorizado, atraído, furioso, divertido, admirado, incluso asombrado; pero cómodo, más bien con poca frecuencia.

No, aquello no era del todo cierto. Ahora que por fin había reconocido, al menos ante sí mismo, que estaba enamorado de ella y ya no se empeñaba en intentar que encajara en el molde de la clase de mujer que él se había figurado que deseaba, aceptándola en cambio tal como era, se sucedían más momentos en los que se sentía a gusto que incómodo.

Y, por supuesto, no había que olvidar las ocasiones en que se comprometieron con la misma causa. Hester había luchado codo a codo con él con un coraje y una imaginación, una compasión y una tenacidad como nunca había visto en otra mujer, por no decir en otra persona. Se daba entonces una suerte de camaradería que ni siquiera Lucius Stourbridge podría adivinar.

—De modo que su amistad fue progresando —abrevió Monk, procurando resumir lo que venía a continuación—. Pasado algún tiempo la invitó a conocer a su familia y ellos también la encontraron muy agradable.

—Sí, en efecto... —asintió Lucius.

Se disponía a continuar, pero Monk le interrumpió. Necesitaba información que pudiera ayudarlo en sus esfuerzos para encontrar a la mujer desaparecida, aunque abrigaba pocas esperanzas de que el resultado de su investigación fuese grato para Lucius o, de hecho, para ninguno de ellos. Una mujer no huiría de la casa de su futuro esposo, desapareciendo por espacio de varios días sin dar ninguna explicación, a menos que se enfrentara a un grave problema que no viera el modo de resolver.

—¿Qué sabe sobre el primer marido de la señora Gardiner? —preguntó Monk.

—Creo que era un poco mayor que ella —contestó Lucius sin titubeos—, un hombre que se desenvolvía medianamente bien en los negocios, lo suficiente para no dejarla desasistida, con buena reputación y sin deudas de dinero ni de honor. —Lo dijo con firmeza, deseoso de que Monk lo creyera y aceptara el valor de sus afirmaciones.

Monk leyó entre líneas que el difunto señor Gardiner también era un hombre que procedía de una clase social muy inferior a la de Lucius Stourbridge, con todas sus propiedades, su fortuna heredada y la destacada carrera militar de su padre. Le habría gustado conocer el origen de Miriam Gardiner, saber si hablaba y se comportaba como una dama, si se podía enfrentar con desenvoltura a la familia Stourbridge o si en secreto se sentía aterrada. ¿Tendría miedo, cada vez que abría la boca, de traicionar algún aspecto inadecuado de su persona? No le costaba demasiado imaginarlo. Él mismo fue un chico de campo, oriundo de un pueblo pescador de Northumberland, tratando de hacerse pasar por caballero en Londres. Tenía gracia que lo recordara precisamente en ese momento, al pensar en una Miriam Gardiner tratando también de escapar de sus humildes orígenes para encajar con una persona que pertenecía a otra clase. ¿Acaso cada vez que se sentaba a la mesa la preocupaba usar el cubierto correcto o hacer un comentario estúpido, no estar al corriente de la actualidad o no conocer a nadie? Ahora bien, eso no podía preguntárselo a Lucius. Si el joven fuese capaz de ver la respuesta, no estaría mirando fijamente a Monk con tanto entusiasmo y los ojos llenos de esperanza.

—Me parece que lo mejor será que empiece por visitar su casa, señor Stourbridge —decidió Monk—. Me gustaría ver el lugar donde ocurrió lo que, al parecer, tanto alteró a la señora Gardiner y, con el permiso de su familia, hablar con ellos y con la servidumbre para enterarme de cuanto estén en condiciones de decirme.

—¡Por supuesto! —Lucius se puso de pie—. Gracias, señor Monk. Le quedo eternamente agradecido. Estoy seguro de que si logra encontrar a Miriam, en el momento que compruebe que no le ha ocurrido nada malo, podremos superar lo que sea. —Volvió a ensombrecérsele el rostro al caer en la cuenta de las muchas posibilidades que había de que ella no estuviese bien. No parecía concebible otro motivo que justificara que no le hubiese enviado un mensaje—. ¿Cuándo estará listo para partir?

A Monk no le gustaba que le metieran prisa, pero el joven Lucius llevaba razón: se trataba de un asunto urgente, de hecho, quizá ya fuese demasiado tarde. Si iba a intentar resolver el misterio, debía ponerse manos a la obra de inmediato. Podía dejarle una nota a Hester explicándole que había aceptado un caso y regresaría en cuanto se hubiese hecho cargo de la situación. No se lo podía decir en persona porque ella se encontraba trabajando en el hospital con Callandra Daviot. Por descontado, de modo absolutamente voluntario. Monk había rechazado de plano que Hester contribuyera al sustento de ambos ganándose la vida por su cuenta. Aunque, sin duda, tarde o temprano volvería a hacerlo.

Por el momento, Monk tenía un caso del que ocuparse y debía prepararse para acompañar a Lucius Stourbridge.

La casa de los Stourbridge en Cleveland Square, en Bayswater, era hermosa, con ese estilo característico de quienes no se preocupan por el dinero.

Poseía una belleza sobria y saltaba a la vista que fue diseñada en una época anterior más sencilla. Monk la encontró muy agradable y se habría detenido a admirarla más pausadamente si Lucius no hubiese ido directamente hasta la puerta principal para abrirla sin esperar a un criado o una sirvienta.

—Adelante —invitó a Monk, haciéndose a un lado y agitando la mano como para meterle prisa.

Monk pasó al interior, pero no le dieron tiempo para contemplar el vestíbulo con los retratos familiares colgados en los paneles de roble. Advirtió vagamente que uno de los cuadros destacaba entre los demás, el retrato de un jinete con el uniforme de los húsares en tiempos de Waterloo. Cabía suponer que se trataba de un antepasado Stourbridge, también distinguido militar.

Lucius se encaminó a paso vivo por el suelo de baldosas oscuras hacia la puerta del otro extremo. Monk lo siguió, echando fugaces vistazos al techo finamente enlucido y a la amplia escalinata.

Su anfitrión llamó a la puerta y, tras un brevísimo titubeo, hizo girar el picaporte y la abrió. Sólo entonces se volvió hacia Monk.

—Por favor, pase —le instó—. Estoy seguro de que querrá conocer a mi padre y quizá contrastar con él lo que yo le he contado. —Se apartó a un lado, con el rostro fruncido por la inquietud y el torso envarado—. Padre, éste es el señor Monk. Ha aceptado ayudarnos.

Monk pasó junto a Lucius y entró en la habitación. Percibió que el mobiliario era cómodo y estaba usado, que no estaba allí para causar impresión a las visitas, sino para proporcionar confortabilidad a los ocupantes, antes de centrar su atención en el hombre que se levantó de uno de los sillones de piel oscura para aproximarse a él. Era esbelto, un poco más alto de la estatura media, pero poseía un vigor y una gracia que le conferían autoridad. Presentaba una constitución semejante a la de Lucius, aunque ése era el único parecido entre ambos. Debía de tener cincuenta años cumplidos, si bien su pelo rubio apenas mostraba reflejos plateados y unas finas arrugas rodeaban sus ojos azules, como si hubiese pasado años entrecerrándolos para protegerlos de una brillante luz.

—¿Cómo está, señor Monk? —dijo de inmediato, tendiendo la mano—. Soy Harry Stourbridge. Mi hijo me ha dicho que es usted el hombre indicado para ayudarnos en nuestra desgracia familiar. Estoy encantado de que haya decidido intentarlo, y también muy agradecido.

—¿Cómo está usted, comandante Stourbridge? —saludó Monk, con desacostumbrada formalidad. Le dio la mano y, mirándolo con más detenimiento, advirtió en su rostro una inquietud que la cortesía no lograba disimular. Nada indicaba que lo aliviara que Miriam Gardiner se hubiese marchado. Por la razón que fuese, estaba profundamente trastornado por su desaparición—. Haré cuanto esté en mi mano.

—Siéntese —le invitó Stourbridge, indicando uno de los sillones—. Servirán el almuerzo dentro de una hora. ¿Querrá acompañarnos?

—Gracias —aceptó Monk. Así tendría la oportunidad de observar a la familia reunida y formarse una opinión sobre sus relaciones; quizá también sobre cómo Miriam Gardiner hubiese encajado en calidad de esposa de Lucius—. Pero antes, señor, me gustaría hablar con usted en privado. Es preciso que le haga unas cuantas preguntas.

—Claro, claro —convino Stourbridge, que en lugar de tomar asiento se movía nerviosamente por la estancia, entrando y saliendo de las amplias manchas de sol que entraban por los ventanales—. Lucius, quizá deberías ir a ver cómo sigue tu madre. —Fue una sugerencia cortés y bastante anodina, con la intención de proporcionarle una excusa para retirarse.

Lucius dudó. Parecía que le costara apartarse de lo único que en ese momento le importaba. Sin duda, la inteligencia le decía que les sería más cómodo comentar determinados aspectos en su ausencia, pero se veía incapaz de centrar la mente o la imaginación en ningún otro asunto.

—Te ha echado de menos —insistió su padre—. La alegrará saber que el señor Monk está dispuesto a ayudarnos.

—Sí..., sí, por supuesto. —Miró a Monk con el asomo de una sonrisa antes de salir y cerrar la puerta.

—Pregunte lo que sea preciso, señor Monk. Haré cuanto pueda para encontrar a Miriam y, si está en alguna clase de apuro, le ofreceré toda la ayuda posible. Como habrá visto, mi hijo siente un profundo afecto por ella. No logro imaginarme a nadie que pudiera hacerlo tan feliz.

A Monk le resultó imposible dudar de la sinceridad del comandante Stourbridge, cosa que ponía sobre sus hombros una carga emocional aún más pesada. ¿Por qué Miriam Gardiner huyó de esa casa, de esa familia, sin ninguna explicación? ¿Fue un hecho repentino, o una acumulación de pequeñas cosas que finalmente, sumadas, le resultaron insoportables? ¿Cuál sería la causa para que no fuese capaz de justificarse ante unas personas que la querían?

¿Y dónde estaba el cochero, Treadwell?

Stourbridge miraba fijamente a Monk, esperando a que comenzara a hacer preguntas.

Ahora bien, Monk no sabía por dónde empezar. Harry Stourbridge no era como se lo había imaginado e, inesperadamente, se encontró con que le preocupaba herir sus sentimientos.

—¿Qué sabe acerca de la señora Gardiner? —preguntó, con más brusquedad de la que se había propuesto. La compasión no les serviría de nada ni a Lucius ni a su padre. Estaba allí para resolver un problema, no para dejarse llevar por las emociones.

—¿Se refiere a su familia? —Stourbridge comprendió de inmediato lo que Monk tenía en la mente—. Nunca nos habló de ellos. Me figuro que fueron gente bastante corriente. Creo que murieron siendo ella muy joven. Era obvio que ese asunto la entristecía, así que ninguno de nosotros insistió en el tema.

—Alguien se ocuparía de ella mientras creció —insinuó Monk. No tenía ni idea de si era una cuestión relevante, pero había muy pocos cabos de los que tirar.

—Por supuesto. —Stourbridge tomó asiento por fin—. Estuvo a cargo de una tal señora Anderson, quien la trató con suma amabilidad. De hecho, la sigue visitando con bastante frecuencia. Vivía en casa de la señora Anderson cuando conoció al señor Gardiner; entonces tendría unos diecisiete años y se casó dos años después. Él era bastante mayor que ella. —Cruzó las piernas, mirando a Monk con inquietud—. Hice mis propias averiguaciones, como es natural. Lucius es mi único hijo y su felicidad es de suma importancia para mí. Aunque nada de lo que me enteré explica lo sucedido. Walter Gardiner era un hombre tranquilo y modesto que se casó relativamente tarde. Le faltaba poco para cumplir los cuarenta. Pero su reputación era excelente. Se trataba de un hombre más bien tímido, un poquito torpe con las mujeres, y trabajaba con mucho empeño en su negocio, el cual, por cierto, era la venta de libros. Tuvo un moderado éxito y dejó a Miriam bien provista. Todos los informes indicaban que ella era muy feliz con él. Nadie dijo una palabra fea a propósito de ninguno de los cónyuges.

—¿Tuvieron hijos?

Una sombra cruzó los ojos de Stourbridge.

—No. Por desgracia, no. Esa bendición no llega a todos los matrimonios. —Aspiró ostensiblemente y soltó el aire en silencio—. Mi esposa y yo sólo tenemos un hijo.

Su semblante reflejaba un penoso recuerdo y a Monk no le pasó por alto. Era un tema en el que había pensado poco. Él no poseía títulos ni propiedades que legar y tampoco recordaba haber considerado la posibilidad de casarse, por no hablar de formar una familia. No se sentía en absoluto incompleto sin eso. Ahora bien, Hester no era una mujer corriente. Se había casado con ella sin pensar en la comodidad de la vida doméstica. De haberlo hecho, no la habría elegido a ella. La idea le hizo sonreír inconscientemente. Uno no podía decir nunca lo que le iba a deparar el futuro. Él mismo se había sorprendido experimentando un cambio de lo más radical. Quizás al cabo de unos pocos años pensaría en los hijos. Por el momento era lo bastante honesto como para saber que no podía cargar a Hester con las exigencias de tiempo y emoción que supondría tener un hijo.

Stourbridge aguardaba a que le prestara atención.

—Es algo mayor que su hijo —expuso Monk, con tanto tacto como supo—. ¿Cuánto más, exactamente?

Un fugaz momento de diversión iluminó el rostro de Stourbridge.

—Nueve años —repuso—. Si va a preguntarme que si estaba en condiciones de ofrecerle un heredero, la respuesta es que no lo sé. Naturalmente, nos encantaría que Lucius tuviera un hijo, pero no es nuestra mayor preocupación. En eso no hay garantías, señor Monk, te cases con quien te cases, y Miriam jamás dio a entender que fuera una condición indispensable para la boda.

Monk no discutió, aunque juzgaría por sí mismo si la señora Stourbridge compartía los sentimientos de su marido. De momento, sus preguntas no habían revelado nada en lo que fundar un motivo para la huida de Miriam Gardiner. Ansiaba tener una idea más precisa de ella.

Vista con los ojos de Lucius y Harry Stourbridge, era el modelo de la mujer ideal. Su visión no la hacía de carne y hueso, y mucho menos provista de pasiones. ¿Habrían llegado a conocer a la mujer real que se ocultaba bajo la apariencia que tanto admiraban? ¿Tenía algún sentido seguir interrogando a Harry Stourbridge, salvo en lo que atañía a los hechos?

—¿Era su primera visita a esta casa? —preguntó de repente.

Stourbridge se mostró ligeramente sorprendido.

—No, ni mucho menos. Había estado aquí una media docena de veces. Si está pensando que no era bien recibida o que se sentía abrumada o incómoda ante la idea de vivir con nosotros, se equivoca, señor Monk.

—¿Habría vivido aquí, en esta casa?

Monk hizo la pregunta previendo un puñado de razones susceptibles de hacer que esa perspectiva le resultara a ella insufrible. Habiendo sido ama de su propia casa, por más ordinaria que ésta fuese comparada con la residencia de los Stourbridge, tan cercana a los Jardines de Kensington, cabía que encontrara insoportable esa drástica pérdida de intimidad. ¡A Hester le ocurría! No podía imaginarla pasando la mejor parte de su vida bajo el techo de un tercero. Cuando trabajaba como enfermera particular, cosa que hizo desde su regreso de Crimea, siempre sabía que cada uno de sus puestos era temporal y que, por más dificultades que conllevara, tendría un final. Y siempre gozaba de un cierto grado de intimidad, incluso de autonomía, dado que el cuidado del paciente era su exclusiva responsabilidad.

Un concepto completamente nuevo de encarcelamiento se abrió ante él.

Harry Stourbridge sonreía.

—No, señor Monk. Tengo propiedades en Yorkshire y Lucius es un apasionado de la vida en el norte. Miriam fue de visita hace unos meses, cuando el tiempo era mucho menos clemente, y aun así le encantó la zona y se mostró entusiasmada ante la perspectiva de mudarse allí y ser la dueña de su propia casa.

De modo que el miedo a perder cierto grado de libertad no era lo que había espantado a Miriam Gardiner. Monk volvió a intentarlo.

—¿Tuvo algo de diferente esa última visita, comandante Stourbridge?

—Yo no percibí nada, salvo que fue un ápice más festiva. —Torció el gesto con tristeza y bajó la voz—. Iban a casarse al cabo de cuatro semanas. Querían una boda modesta, en la intimidad de la familia. Miriam ni era partidaria de invitar a multitudes ni de grandes fastos. Pensaba que sería tan indecoroso como innecesario. Amaba profundamente a Lucius, de eso no me cabe la menor duda. —Se mostró desconcertado—. No sé qué ha podido ocurrir, señor Monk, pero no se marchó porque dejara de amarlo ni porque dudara del amor que él le profesaba.

No tenía sentido seguir discutiendo. La voz de Stourbridge revelaba un convencimiento absoluto. Si los hechos demostraban que andaba errado y Monk se veía obligado a abrirle los ojos, no haría más que apenarlo. No tendría que haber aceptado aquel caso pues no acertaba a ver un final feliz.

—Hábleme de su cochero, James Treadwell —preguntó, cambiando de tercio.

Stourbridge levantó sus cejas rubias.

—¿Treadwell? Sí, ya veo adónde quiere ir a parar. Es un cochero perfectamente aceptable. Buen conductor, conocedor de los caballos, aunque admito que no es la clase de hombre que me guste de forma espontánea. —Apoyó los codos en los brazos del sillón y entrelazó los dedos, haciéndolos crujir—. Conocí a muchos como él en el ejército. Pueden montar a caballo como centauros, empuñar una espada, cabalgar por toda clase de terrenos, pero no son de fiar. Siempre anteponen su persona al regimiento. Ceden terreno cuando la batalla es contra ellos.

—¿Por qué no lo despidió?

Stourbridge encogió ligeramente los hombros.

—No se despide a un hombre porque crees saber de qué clase es. Yo podría estar equivocado. No lo habría tenido como ayuda de cámara, pero un cochero es algo muy distinto. Además, es sobrino de mi cocinera y ella es una buena mujer. Lleva casi treinta años con la familia. Empezó como fregona cuando aún vivía mi madre.

Monk lo comprendió. Como todo lo demás, era fácil de entender, era de lo más normal. Se quedó con poco más que preguntar, a no ser un relato sobre el día en que Miriam Gardiner huyó.

—Puedo facilitarle una lista de los invitados, si lo desea —le ofreció Stourbridge—, aunque no incluye a nadie que Miriam no conociera con anterioridad, de hecho, a nadie que no fuese amigo. Créame, señor Monk, todos nos hemos devanado los sesos tratando de encontrar algo que pudiera causarle semejante angustia, y no se nos ha ocurrido nada. Nadie recuerda discusión alguna, ni siquiera una observación poco acertada o indelicada. —Instintivamente, volvió la vista hacia la ventana y luego la posó otra vez en Monk—. Miriam estaba sola. El resto de nosotros estábamos jugando a croquet o mirando el partido cuando de pronto jadeó, se puso blanca como el papel, permaneció inmóvil un momento y luego se giró y se fue dando traspiés, faltó poco para que cayera y echó a correr hacia la casa. —Se le quebró la voz—. ¡Ninguno de nosotros ha vuelto a verla desde entonces!

Monk se inclinó hacia delante.

—¿Presenció usted lo que acaba de referirme?

—No, no lo vi en persona. Habría ido tras ella en tal caso. —Stourbridge parecía desdichado, como si se culpara a sí mismo—. Me lo contaron los demás y todas las versiones coinciden. Miriam estaba sola. Nadie le habló ni se acercó a ella. —Frunció el ceño, con ojos desconcertados—. He considerado todas las posibilidades que me indica el sentido común, señor Monk. Hemos recurrido a usted porque ya no sabemos qué pensar.

Monk se puso de pie.

—Haré cuanto pueda, señor —dijo, no sin cierto recelo.

Cuando Lucius Stourbridge le expuso el caso por primera vez, Monk pensó que era insoluble y ahora estaba aún más convencido de ello. Fuera lo que fuese lo que le había ocurrido a Miriam Gardiner, era fruto de sus propias emociones y probablemente nunca llegarían a saber qué fue lo que de súbito precipitó su huida. Además, aunque llegaran a averiguarlo, no serían más felices. Monk comenzó a enfadarse con esa joven que había ido tan lejos por un camino que un poco de reflexión le habría dicho que no podía recorrer hasta el final. Había herido profundamente como mínimo a dos ...