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LAS SUPERVIVIENTES

Riley Sager  

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Fragmento

Pine Cottage. 01:00 h

 

 

 

El bosque tenía garras y fauces.

Quincy corría entre los árboles gritando mientras todas aquellas rocas, espinas y ramas la mordían y la arañaban, pero no se detuvo. Ni cuando las piedras se le hincaron en las plantas de los pies descalzos. Ni cuando un tallo le azotó la cara como un látigo y un hilo de sangre le chorreó por la mejilla.

Detenerse no era una opción. Detenerse era morir. Así que siguió corriendo, incluso cuando una zarza se le enredó en el tobillo y le atravesó la carne. La zarza se estremeció al tensarse, antes de que Quincy se liberara por el propio ímpetu de la carrera. Si le dolió, no registró nada. Su cuerpo soportaba más dolor del que podía asimilar.

Era el instinto lo que la hacía correr. Una certeza inconsciente de que necesitaba seguir adelante, a toda costa. Ya había olvidado por qué. Los recuerdos de cinco, diez, quince minutos atrás habían desaparecido. Si su vida dependía de recordar de qué estaba huyendo, estaba segura de que moriría allí mismo en el lecho del bosque.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Así que corrió. Y gritó. Intentó no pensar en la muerte.

Un resplandor blanco apareció a lo lejos, tenue a lo largo del horizonte ahogado de árboles.

Faros.

¿Había una carretera cerca? Quincy esperaba que sí. Junto con los recuerdos, había perdido cualquier sentido de la orientación.

Corrió más rápido, chilló más fuerte, se precipitó hacia la luz.

Otra rama le golpeó la cara. Era más gruesa que la anterior, como un rodillo de amasar, y el impacto la aturdió y la cegó a la vez. La cabeza le retumbó de dolor al mismo tiempo que unos destellos azules le nublaban la vista. Cuando se disiparon, vio una silueta que descollaba frente a los haces de luz de los faros.

Un hombre.

Él.

No, él no.

Otro.

Estaba a salvo.

Quincy apuró el paso. Tendió los brazos ensangrentados, como si así pretendiera atraer al desconocido hacia ella. Con el gesto, el dolor en el hombro se reavivó. Y con el dolor llegó, si no un recuerdo, una constatación. Una constatación tan atroz que solo podía ser cierta.

No quedaba nadie más con vida.

Todos los demás estaban muertos.

Quincy era la única que se había salvado.

1.

 

 

 

Tengo las manos pringadas de chocolate cuando Jeff me llama. Por más que haya procurado no mancharme, la crema me chorrea por los nudillos y se me mete en el hueco entre los dedos, pegajosa como el engrudo. Nada más ha quedado indemne un meñique, con el que pulso el botón de manos libres.

—Carpenter y Richards, detectives privados —digo, imitando la voz susurrante de una secretaria de cine negro—. ¿En qué puedo ayudarle?

Jeff me sigue el juego, con una voz áspera de tipo duro en algún punto entre Robert Mitchum y Dana Andrews.

—Ponga a la señorita Carpenter al aparato. Necesito hablar con ella urgentemente.

—La señorita Carpenter está ocupada en un caso importante. ¿Quiere dejarle un mensaje?

—Sí —dice Jeff—. Dígale que mi vuelo de la Segunda Ciudad se ha retrasado.

Abandono la farsa.

—Oh, Jeff, ¿en serio?

—Lo siento, cariño. Los riesgos de volar a la Ciudad de los Vientos.

—¿Cuánto retraso hay?

—Entre dos horas y «con suerte estaré en casa la semana que viene» —dice Jeff—. Por lo menos espero librarme del principio de la Temporada Repostera.

—No te hagas ilusiones, amigo.

—¿Cómo va, por cierto?

Me miro las manos.

—Patas arriba.

Temporada Repostera es como Jeff llama al agotador tirón entre principios de octubre y finales de diciembre, cuando llegan todas esas festividades de postres suculentos sin tregua. Le gusta decirlo con voz amenazante, levantando las manos y moviendo los dedos como patas de araña.

Irónicamente, es por culpa de una araña que tengo las manos embadurnadas de crema. Hecha con trufa de chocolate amargo, se tambalea sobre la panza en el borde de un pastelito, que apresa por ambos lados con sus patas negras. Cuando los pastelitos estén listos, los colocaré para fotografiarlos y los expondré en la pestaña de sugerencias de postres para Halloween en mi página web. El tema de este año es «Deliciosa Venganza».

—¿Cómo está el aeropuerto? —le pregunto.

—A tope. Pero creo que sobreviviré atacando el bar de la terminal.

—Llámame si el retraso se alarga —le digo—. Estaré aquí, rebozada de chocolate.

—Que vayas ligera como el viento —contesta Jeff.

Nada más colgar, vuelvo a la araña de trufa que cubre en parte el pastelito de chocolate y cereza. Si lo he hecho bien, el relleno rojo debería rezumar al primer mordisco. Esa prueba vendrá después. Ahora mismo, mi principal preocupación es el exterior.

Decorar pastelitos es más difícil de lo que parece. Sobre todo cuando los resultados circularán por internet para que miles de personas los vean. Las manchas y los goterones no están permitidos. En un mundo en alta definición, cualquier fallo es capital.

«Los detalles importan».

Ese es uno de los diez mandamientos de mi página web, encajado entre «Las jarras graduadas son tus amigas» y «No temas fracasar».

Acabo el primer pastelito y me pongo con el segundo cuando el teléfono vuelve a sonar. Esta vez no me queda ni siquiera un meñique limpio, y me veo obligada a ignorar la llamada. El teléfono sigue vibrando, desplazándose por la encimera como de puntillas. Luego queda en silencio, deteniéndose un momento antes de emitir un pitido delator.

Un mensaje.

Curiosa, dejo la manga pastelera, me limpio las manos y miro el teléfono. Es de Coop.

Tenemos que hablar. Cara a cara.

Mis dedos se detienen encima de la pantalla. Aunque Coop tarda tres horas en llegar en coche a Manhattan, ha hecho ese viaje de buena gana muchas veces. Siempre que es importante.

Le contesto. ¿Cuándo?

Su respuesta llega en cuestión de segundos. Ahora. Donde siempre.

Siento una punzada de inquietud en el nacimiento de la columna. Coop ya está aquí. Y eso solo puede significar una cosa: algo va mal.

Antes de salir, ejecuto rápidamente el ritual previo a uno de mis encuentros con Coop. Dientes cepillados. Labios brillantes. Xanax adentro. Trago la pastillita azul con zumo de uva, que bebo a morro de la botella.

En el ascensor se me ocurre que debería haberme cambiado de ropa. Sigo con el uniforme de cocina: vaqueros negros, una camisa de vestir vieja de Jeff y bailarinas rojas. Todo moteado de harina y restos de colorante. Veo que un zarpazo de crema reseca me cruza el dorso de la mano, una marca morada que deja traslucir la piel. Parece un cardenal. Me lo quito con la lengua.

Al salir a la acera de la calle Ochenta y Dos, giro a la derecha hacia Columbus Avenue, ya a rebosar de transeúntes. Me pongo tensa al ver a tantos desconocidos. Paro y rebusco en el bolso con los dedos crispados hasta dar con el frasco de espray lacrimógeno que llevo siempre encima. La multitud protege, sí, pero también transmite más incertidumbre. Solo después de encontrar el espray echo a andar de nuevo, frunciendo el ceño con cara de pocos amigos.

Aunque ha salido el sol, el aire es fresco y cortante. Típico de principios de octubre en Nueva York, cuando el tiempo parece oscilar al azar entre el calor y el frío. De todos modos no hay duda de que el otoño se nos echa encima. Cuando el parque Theodore Roosevelt aparece a lo lejos, las hojas están suspendidas entre el verde y el amarillo.

A través de las copas de los árboles alcanzo a ver el Museo de Historia Natural, atestado de hordas de colegiales esta mañana. Sus voces revolotean como pájaros entre las ramas. Uno de ellos pega un grito, y los demás se callan. Solo un segundo. Me paralizo en la acera, turbada, no por el grito, sino por el silencio que se hace de pronto. Entonces las voces de los niños arrancan de nuevo y me tranquilizo. Sigo andando, hacia una cafetería dos calles al sur del museo.

Nuestro sitio habitual.

Coop está esperándome en una mesa junto al ventanal, igual que siempre. Esa cara sagaz y angulosa que parece reflexiva en momentos de reposo, como ahora. Un cuerpo a un tiempo alargado y grueso. Manos grandes, donde luce el anillo de graduación con el rubí en lugar de la alianza. Solo su pelo, que lleva siempre al rape, ha cambiado. Cada nuevo encuentro trae algunas canas más.

Su presencia no pasa desapercibida a todas las niñeras y los modernos cafeinómanos que abarrotan el local. Nada como un policía de uniforme para que la gente se ponga alerta. Ya sin uniforme, Coop intimida. Es un hombre corpulento, una masa de músculos torneados. La camisa azul almidonada y los pantalones negros con la raya bien marcada solo acrecientan su tamaño. Levanta la cabeza cuando entro, y veo el agotamiento en sus ojos. Debe de haberse echado a la carretera nada más acabar el turno de noche.

Ya hay dos tazas en la mesa. Earl Grey con leche y doble de azúcar para mí. Café para Coop. Negro. Amargo.

—Quincy —dice, asintiendo.

Siempre me saluda con ese gesto seco. Es su versión de un apretón de manos. Nunca nos abrazamos. No desde el abrazo desesperado de la noche en que nos conocimos. Por más veces que nos veamos, siempre tengo presente ese momento, que se repite hasta que consigo desterrarlo de mi cabeza.

«Están muertos —conseguí articular mientras lo abrazaba, desatascando las palabras viscosas del fondo de la garganta—. Están todos muertos. Y él aún anda suelto».

Diez segundos más tarde, Coop me salvó la vida.

—Vaya, qué sorpresa —digo mientras me siento. Hay un temblor en mi voz que procuro aplacar. No sé por qué me ha llamado, pero si son malas noticias, quiero estar tranquila para oírlas.

—Te veo bien —dice Coop, dándome ese repaso rápido con la mirada al que ya estoy acostumbrada—. Aunque has perdido peso.

También detecto inquietud en su voz. Está pensando en lo que pasó seis meses después de Pine Cottage, cuando perdí el apetito hasta tal punto que acabé de nuevo en el hospital, entubada para no morir de inanición. Recuerdo despertarme y encontrar a Coop al lado de mi cama, mirando fijamente la sonda de plástico que me habían metido por la nariz.

«No me decepciones, Quincy —dijo entonces—. No sobreviviste aquella noche para morir así».

—No es nada —le digo—. Por fin he aprendido que no tengo que comerme todos los postres que hago.

—¿Y cómo te va con la repostería?

—Genial, la verdad. Gané cinco mil seguidores el último trimestre y conseguí otro patrocinador.

—Eso es estupendo —dice Coop—. Me alegro de que vaya todo bien. Un día de estos deberías prepararme alguna de tus recetas.

Igual que su saludo seco, esta es otra de las constantes de Coop. Siempre lo dice, aunque nunca va en serio.

—¿Cómo está Jefferson? —pregunta.

—Bien, bien. Acaban de asignarle un caso grande y jugoso en la Oficina de Defensa Pública.

Obvio explicarle que el caso implica a un hombre acusado de matar a un agente de narcóticos en una redada que salió mal. Coop no valora el trabajo de Jeff. No hay necesidad de echar más leña al fuego.

—Me alegro por él —dice.

—Lleva un par de días fuera. Tuvo que viajar a Chicago para conseguir declaraciones de los familiares. Dice que así el jurado será más compasivo.

—Ajá —musita Coop, sin prestar atención—. Supongo que aún no te ha pedido que os caséis.

Niego en silencio. Le conté a Coop que creía que Jeff iba a pedírmelo cuando en agosto nos fuimos de vacaciones a Outer Banks, pero de momento no hay anillo. Esa es la verdadera razón de que haya perdido peso últimamente. Me he convertido en la clase de chica que sale a correr para que le entre un vestido de boda hipotético.

—Sigo esperando —digo.

—Ya llegará.

—Y tú, ¿qué me dices? —le pregunto, medio en broma—. ¿Por fin te has echado novia?

—No.

Arqueo una ceja.

—¿Ni novio?

—Tú eres la razón de mi visita, Quincy —dice Coop, sin esbozar ni siquiera una sonrisa.

—Claro. Tú preguntas. Yo contesto.

Así es como van las cosas cuando quedamos una, dos, o tal vez tres veces al año.

Por lo general, las visitas parecen sesiones de terapia, sin que yo tenga nunca oportunidad de hacerle a Coop mis propias preguntas. Solo conozco los aspectos básicos de su vida. Tiene cuarenta y un años, sirvió con los marines antes de hacerse policía y apenas se había quitado el rango de novato cuando me encontró gritando en el bosque. Y aunque sé que sigue patrullando en el mismo pueblo donde ocurrieron todos aquellos sucesos espantosos, no tengo ni idea de si es feliz. O de si está satisfecho. O de si se siente solo. Nunca sé de él en vacaciones. Jamás he recibido una felicitación de Navidad suya. Hace nueve años, en el funeral de mi padre, se sentó en el banco del fondo y se escabulló de la iglesia antes de que pudiera darle las gracias por haber venido. Lo más parecido a una muestra de afecto es por mi cumpleaños, cuando me manda el mismo mensaje: Otro año que por poco no cuentas. Vívelo.

—Jeff acabará por rendirse —dice Coop, torciendo de nuevo la conversación a su antojo—. Apuesto a que va a ser en Navidad. A los hombres les gusta pedirlo por esas fechas.

Da un trago al café. Yo tomo un sorbito del té y pestañeo, manteniendo los ojos cerrados un instante, esperando que la oscuridad me permita sentir los efectos del Xanax. Sin embargo, estoy más angustiada que cuando entré.

Al abrir los ojos veo a una mujer bien vestida que entra a la cafetería con un crío rollizo, igual de bien vestido. Una niñera, probablemente. La mayoría de las mujeres de menos de treinta en este barrio son niñeras. En los días de calor, soleados, inundan las aceras: un desfile de chicas intercambiables recién salidas de la universidad, armadas con títulos de literatura y créditos de estudios. La única razón de que repare en esta es que nos parecemos. Cara fresca y recién lavada. Pelo rubio prendido en una cola. Ni flaca ni gorda. Un ejemplar del corazón de América, robusta y bien alimentada.

Podría haber sido yo en otra vida. Una vida donde no existiera Pine Cottage, ni la sangre, ni un vestido que cambiaba de color como en una horrible pesadilla.

También pienso en eso cada vez que nos encontramos: Coop creyó que mi vestido era rojo. Lo susurró cuando dio aviso por radio pidiendo refuerzos. Así consta tanto en el informe policial, que he leído muchas veces, como en la grabación del aviso, que solo conseguí escuchar una vez.

«Hay alguien corriendo por el bosque. Mujer caucásica. Joven. Lleva un vestido rojo. Está gritando.»

Era yo quien corría por el bosque. Galopaba, de hecho. Pateando las hojas, insensible al dolor que me recorría todo el cuerpo. Y aunque lo único que oía eran los latidos de mi corazón, es cierto que estaba gritando. Coop solo se equivocó en el color de mi vestido.

Hasta una hora antes era blanco.

Parte de la sangre era mía. El resto era de los demás. De Janelle, sobre todo, de cuando la abracé momentos antes de que me hirieran.

Nunca olvidaré la expresión de Coop cuando comprendió su error. El espanto que centelleó en sus ojos. La contorsión de sus labios al intentar no quedarse boquiabierto. El bufido que se le escapó. Dos medidas de horror, una de compasión.

Es una de las pocas cosas que recuerdo.

Mi experiencia en Pine Cottage se divide en dos mitades bien definidas. Una es el principio, cargado de temor y confusión, cuando Janelle apareció tambaleándose entre la espesura, aún viva pero herida de muerte. Y la otra es el final, cuando Coop me encontró con mi vestido rojo, que no era rojo.

Entre esos dos puntos, todo es una laguna en mi memoria. Una hora, más o menos, borrada por completo.

«Amnesia disociativa» es el diagnóstico oficial. También se conoce como memoria reprimida. En pocas palabras, presencié algo demasiado horrendo para que una mente frágil como la mía pudiera resistirlo. Así que, mentalmente, lo suprimí. Una lobotomía que me practiqué yo misma.

No por eso dejaron de suplicarme que recordara lo ocurrido. Familiares bienintencionados. Amigos insensatos. Psiquiatras con visiones de casos clínicos publicados bailando en su cabeza. «Piensa —me decían todos—. Concéntrate y piensa en lo que sucedió». Como si eso pudiera cambiar algo. Como si mi capacidad de recordar cualquier detalle salpicado de sangre pudiera de alguna manera devolver a la vida al resto de mis amigos.

Aun así, lo intenté. Terapia. Hipnosis. Incluso un ridículo juego sensorial para activar los recuerdos, en el que un especialista de pelo crespo me vendó los ojos y me fue acercando tiras de papel con diversos aromas mientras me preguntaba qué sentía al olerlas. Todo fue en vano. En mi mente, esa hora es una pizarra borrada por completo. No queda nada salvo el polvo.

Entiendo esas ansias de conocer más datos, ese afán por los detalles, pero en este caso prefiero no saber más. Sé lo que ocurrió en Pine Cottage. No necesito recordar exactamente cómo fue. Porque los detalles son un arma de doble filo: también pueden convertirse en una distracción. Añade demasiados, y ocultarán la brutalidad de una situación real. Acaban por convertirse en el collar vistoso que tapa la cicatriz de una traqueotomía.

Yo no intento tapar mis cicatrices. Solo finjo que no existen.

Sigo fingiendo en la cafetería. Como si pretender que Coop no está a punto de echarme encima una granada de malas noticias pudiera evitar que suceda.

—¿Has venido a la ciudad por trabajo? —le pregunto—. Si vas a quedarte un tiempo, a Jeff y a mí nos encantaría llevarte a cenar. Creo que a los tres nos gustó el italiano donde fuimos el año pasado.

Coop me mira desde el otro lado de la mesa. Sus ojos son del azul más claro que he visto nunca. Más claros aún que la pastilla que en estos momentos se disuelve y se abre paso hacia mi sistema nervioso central. Pero no son de un azul tranquilizador. Hay una intensidad en sus ojos que siempre me hace apartar la mirada, a pesar de que quiero asomarme más adentro, como si con eso bastara para dilucidar los pensamientos que se ocultan justo detrás. Son de un azul feroz, los ojos que quieres en la persona que te protege.

—Creo que sabes por qué estoy aquí —dice.

—Sinceramente, no.

—Tengo malas noticias. Todavía no han llegado a la prensa, pero llegarán. Muy pronto.

Él.

Es lo primero que pienso. Esto tiene algo que ver con él. A pesar de que lo vi morir, mi cerebro se lanza hacia ese reino inevitable, inconcebible, donde sobrevivió a las balas de Coop, escapó, pasó años escondido y ahora aparece con la intención de encontrarme y acabar lo que empezó.

Está vivo.

Siento un peso en el estómago, inamovible y angustioso. Parece como si se me hubiera formado un tumor del tamaño de una pelota de baloncesto. Me entran unas ganas terribles de orinar.

—No es eso —dice Coop, adivinando a la primera lo que tengo en mente—. Está muerto, Quincy. Los dos lo sabemos.

Aunque me alegra oírlo, no me tranquiliza lo más mínimo. Tengo los puños apretados encima de la mesa.

—Por favor, dime de una vez lo que pasa.

—Se trata de Lisa Milner —dice Coop.

—¿Qué le pasa?

—Ha muerto, Quincy.

La noticia me corta la respiración. Creo que ahogo un grito. No estoy segura, porque estoy demasiado distraída por el eco acuoso de su voz en mi memoria.

«Quiero ayudarte, Quincy. Quiero enseñarte cómo ser una Última Chica.»

Y dejé que lo hiciera. Al menos durante un tiempo. Supuse que ella sabía lo que se traía entre manos.

Ahora resulta que ya no está.

Ahora solo quedamos dos.

2.

 

 

 

La versión de Pine Cottage para Lisa Milner fue la casa de una hermandad universitaria en Indiana. Una lejana noche de febrero, un hombre llamado Stephen Leibman llamó a la puerta. Era un estudiante fracasado que vivía con su padre. Robusto. Con una cara tan sebosa y amarillenta como la grasa de pollo.

La chica que abrió lo encontró en el umbral empuñando un cuchillo de caza. Un momento más tarde, estaba muerta. Leibman arrastró el cuerpo hasta dentro, cerró con llave todas las puertas y cortó la luz y la línea telefónica. A continuación lo que siguió fue básicamente una hora de carnicería que acabó con la vida de nueve mujeres jóvenes.

Lisa Milner había estado a punto de redondear la decena.

Durante la matanza se refugió en el dormitorio de otra de las chicas de la hermandad y se quedó acurrucada dentro de un armario, abrazando ropas que no eran suyas y rezando para que el loco no la encontrara.

Al final dio con ella.

Lisa no vio a Stephen Leibman hasta que él abrió de golpe la puerta del armario. Primero se fijó en el cuchillo, y luego en su cara, ambos ensangrentados. Después de que la apuñalara en el hombro, consiguió darle un rodillazo en la entrepierna y huir de la habitación. Había llegado al primer piso y se abalanzaba hacia la puerta principal cuando Leibman la alcanzó, clavándole el cuchillo.

Se llevó cuatro cuchilladas en el pecho y el estómago, además de un tajo de diez centímetros en el brazo que levantó para defenderse. Una estocada más la habría liquidado. Pero Lisa, gritando de dolor y aturdida por la pérdida de sangre, se las arregló para agarrar a Leibman del tobillo y derribarlo. El cuchillo resbaló. Lisa lo atrapó y se lo hundió en la barriga hasta el mango. Stephen Leibman se desangró a su lado en el suelo.

Detalles. Fluyen libremente si no te atañen.

Cuando eso ocurrió, yo tenía siete años. Fue la primera vez que una noticia me impactó. No pude evitarlo. No, con mi madre de pie delante de la consola del televisor, tapándose la boca con una mano, repitiendo las mismas palabras. «Cielo santo. Cielo santo.»

Lo que vi en aquel televisor me asustó, me confundió y me disgustó. Las personas que lloraban contemplando la escena. El cortejo de camillas cubiertas de lona deslizándose por debajo de la cinta amarilla cruzada en el vano de la puerta. Las salpicaduras de sangre rojísima sobre la nieve de Indiana. En ese momento tomé conciencia de que podían ocurrir atrocidades, de que el mal existía en el mundo.

Cuando me eché a llorar, mi padre me alzó en brazos y me llevó a la cocina. Mientras se me secaban las lágrimas dejando un rastro de sal en mis mofletes, colocó una serie de cuencos dispares sobre la encimera y los llenó con harina, azúcar, mantequilla y huevos. Me dio una cuchara y me dejó mezclarlo todo. Mi primera clase de repostería.

«Existe el riesgo de que las cosas sean demasiado dulces, Quincy —me dijo—. Todos los grandes reposteros lo saben. Tiene que haber un contrapunto. Algo oscuro. O amargo. O agrio. Cacao puro. Cardamomo y canela. Limón y lima. Traspasan el azúcar, matándolo un poco para que cuando saborees el dulce, lo aprecies todavía más».

Ahora solo siento en la boca una acidez seca. Echo más azúcar al té y apuro la taza. No sirve de nada. El estímulo del azúcar solo contrarresta el Xanax, que por fin empieza a obrar su magia. Ambas sustancias chocan y provocan un hormigueo en mi interior.

—¿Cuándo fue? —le pregunto a Coop, una vez que la conmoción inicial da paso a una difusa sensación de incredulidad—. ¿Cómo fue?

—Anoche. La policía de Muncie descubrió su cadáver a eso de medianoche. Se mató.

—Cielo santo —exclamo, tan alto como para llamar la atención de la niñera sentada en la mesa de al lado, la chica que se parece a mí. Levanta la mirada de su iPhone, inclinando la cabeza como un cocker—. ¿Suicidio? —siento la palabra amarga en mi lengua—. Pensaba que era feliz. Vaya, parecía feliz.

La voz de Lisa sigue resonando en mi cabeza.

«No puedes cambiar lo que ha ocurrido. Solo está en tu mano elegir cómo sobrellevarlo.»

—Están esperando el informe de toxicología, por si tomó alcohol o drogas —dice Coop.

—O sea, que a lo mejor fue un accidente, ¿no?

—No fue un accidente. Se cortó las venas.

Se me para el corazón un momento. Noto la pausa del latido ausente. La tristeza llena el vacío, inundándome tan rápido que empiezo a marearme.

—Quiero más detalles —digo.

—No los quieres —dice Coop—. No cambiarían nada.

Coop mira fijamente su café, como si escrutara sus ojos brillantes en el reflejo turbio. Al cabo, vuelve a hablar.

—Mira, esto es lo que sé: Lisa llamó al 911 a las doce menos cuarto, porque al parecer se arrepintió.

—¿Qué dijo?

—Nada. Colgó enseguida. La centralita rastreó la llamada y mandó a un par de agentes a su casa. La puerta no estaba cerrada con llave, así que entraron. La encontraron en la bañera. Su teléfono estaba en el agua. Probablemente se le resbaló de las manos.

Coop mira por la ventana. Está cansado, se le nota. Y sin duda le preocupa que un día se me ocurra hacer algo parecido; pero a mí nunca se me ha pasado esa idea por la cabeza, ni siquiera cuando estaba ingresada y me alimentaban con una sonda. Alargo los brazos sobre la mesa buscando sus manos, pero las aparta.

—¿Cuándo te has enterado? —le pregunto.

—Hace un par de horas. Me llamó una conocida de la Policía Estatal de Indiana. Mantenemos contacto.

No necesito preguntarle a Coop cómo es que conoce a una patrullera de Indiana. Quienes sobreviven a una masacre no son los únicos que necesitan apoyo.

—Ella creyó oportuno avisarte —dice—. Para cuando la noticia salga a la luz.

La prensa. Por supuesto. Me asalta la imagen de buitres voraces con tripas escurridizas colgando del pico.

—No pienso hacer declaraciones.

Eso vuelve a llamar la atención de la niñera, que levanta la cabeza y me observa con suspicacia. Le sostengo la mirada hasta que baja la vista y deja el iPhone en la mesa para hacer como que juega con el niño a su cuidado.

—No tienes ninguna obligación —dice Coop—. Pero por lo menos deberías plantearte un mensaje de condolencia. Esos tipos de la prensa sensacionalista van a perseguirte como perros de presa. Quizá valga la pena lanzarles un hueso antes de que tengan ocasión de dar contigo.

—¿Por qué tengo que decir nada?

—Ya sabes por qué —dice Coop.

—¿Por qué no puede hacerlo Samantha?

—Porque sigue desaparecida del mapa. Dudo que vaya a salir a la luz pública después de todos estos años.

—Qué suerte la suya.

—Así que solo quedas tú —dice Coop—. Por eso he querido darte la noticia en persona. En fin, sé que no te puedo obligar a hacer nada que no quieras, pero no sería una mala idea que empezaras a mostrarte más cordial con la prensa. Ahora que Lisa está muerta y Samantha en paradero desconocido, solo les quedas tú.

Meto la mano en el bolso y saco el teléfono. No hay novedades. Ninguna llamada nueva. Ningún mensaje. Nada, salvo una docena escasa de correos electrónicos de trabajo que no he tenido tiempo de leer esta mañana. Apago el teléfono; una solución provisional. La prensa me rastreará de todos modos. Coop tiene razón en eso. No serán capaces de resistirse a intentar conseguir un titular de la única de las Últimas Chicas a la que tienen acceso.

Al fin y al cabo, ellos nos crearon.

En jerga de cine, la Última Chica es la que se salva al final de una película de terror. Eso me han contado, por lo menos. Ni siquiera antes de Pine Cottage me gustaba ver películas de miedo, por toda esa sangre de mentira, los cuchillos de goma, las decisiones de los personajes, tan estúpidas que me parecía que merecían morir, aunque el mero hecho de pensarlo me llenaba de culpa.

Solo que nosotras no estábamos en una película. Nos pasó en la vida real. Nuestra vida. La sangre no era de mentira. Los cuchillos eran de acero, afilados como en las pesadillas. Y quienes murieron desde luego no merecían morir.

Sin embargo, por alguna razón, nosotras chillamos más fuerte, corrimos más rápido, luchamos con más ahínco. Nosotras sobrevivimos.

No sé dónde se usó el apodo por primera vez para describir a Lisa Milner. Un periódico del Medio Oeste, probablemente. Cerca de donde vivía. Allí a algún reportero le dio la vena creativa al hablar de los asesinatos en la casa de la hermandad, y el apodo cuajó. Solo porque el morbo hizo circular la noticia por la red. Todos los portales informativos que despuntaban en internet, ávidos de atención, encontraron carnaza. Para no quedarse atrás, los medios en papel fueron a la zaga. Primero los tabloides sensacionalistas, luego los periódicos y por último las revistas.

En cuestión de días se llevó a cabo la transformación. Lisa Milner no solo era la única que se había salvado en una masacre. Era la Última Chica, sacada del final de una película de terror.

Volvió a suceder con Samantha Boyd cuatro años después, y luego conmigo, ocho años más tarde. Aunque hubo otros homicidios múltiples entre los tres sucesos, ninguna otra matanza captó tanto la atención pública. Nosotras, quién sabe por qué, fuimos las únicas afortunadas que salieron con vida. Chicas bonitas cubiertas de sangre. Así pues, no es de extrañar que nos consideraran un fenómeno raro y exótico. Una hermosa ave que extiende sus lustrosas alas solo una vez cada década. O esa flor que apesta a carne putrefacta cuando por fin se abre.

La atención que cayó sobre mí durante meses después de Pine Cottage viró de la compasión a la excentricidad. A veces en una combinación de ambas, como la carta que recibí de una pareja sin hijos ofreciéndose a pagarme los estudios de la universidad. Les contesté, rehusando su generoso gesto. Nunca volví a saber de ellos.

Hubo correspondencia más turbadora. He perdido la cuenta de los mensajes de chicos siniestros o presidiarios que quieren una cita conmigo, o que me case con ellos, o estrecharme entre sus brazos tatuados. Un mecánico de coches de Nevada se prestó a encadenarme en su sótano para que nadie me hiciera daño nunca más. Me dejó perpleja su sinceridad, como si en serio creyera que tenerme recluida fuese un acto de lo más encomiable.

Luego me llegó la carta que decía que había que acabar conmigo, que mi destino era morir asesinada. Sin firma. Sin remitente. Se la di a Coop. Por si acaso.

Empiezo a temblequear. Es por el azúcar y el Xanax, que se me disparan por el cuerpo como la última droga de diseño. Coop advierte mi ansiedad.

—Sé que es mucho con lo que lidiar —dice.

Asiento.

—¿Quieres salir un poco?

Asiento otra vez.

—Pues vámonos.

Cuando me pongo de pie, la niñera vuelve a fingirse ocupada con el niño, rehuyendo mirarme. Quizá me ha reconocido y se siente incómoda. No sería la primera vez que me ocurre.

Al pasar a su lado, detrás de Coop, cojo su iPhone de la mesa sin que se dé cuenta.

Me lo he guardado en el fondo del bolsillo antes de salir por la puerta.

 

 

Coop me acompaña a casa. Camina con su cuerpo ligeramente por delante del mío, como un agente del Servicio Secreto. Los dos escrutamos la acera en busca de periodistas. No aparece ninguno.

Se detiene justo antes del toldo granate que protege la entrada. Es un edificio de antes de la guerra, elegante y de techos altos. Mis vecinos consisten en señoras de sociedad con el pelo violeta y señores homosexuales modernos de cierta edad. Sé que cada vez que Coop ve la fachada se pregunta cómo una bloguera aficionada a la repostería y un abogado de oficio pueden permitirse alquilar un apartamento en el Upper West Side.

La verdad es que no podemos. No con el sueldo de Jeff, que es irrisorio, y desde luego no con los escasos ingresos de mi página web.

El apartamento está a mi nombre. Soy la dueña. Los fondos llegaron de la batería de pleitos que se presentaron después de Pine Cottage. Alentados por el padrastro de Janelle, los padres de las víctimas interpusieron demandas a diestro y siniestro. Al hospital psiquiátrico que permitió que él se fugara. A sus médicos. A las compañías farmacéuticas responsables de los diversos antidepresivos y antipsicóticos que habían colapsado su cerebro. Incluso al fabricante de la puerta del hospital con el sistema de cierre fallido que le había permitido escapar.

Todos pactaron antes de llegar a juicio. Sabían que merecía la pena pagar unos pocos millones de dólares si evitaban la mala publicidad que les daría ir en contra de un puñado de familias afligidas. El acuerdo ni siquiera bastó para que salieran airosos. Uno de los antipsicóticos al final se retiró del mercado. El hospital psiquiátrico, Blackthorn, cerró sus puertas fallidas un año después.

Los únicos que no pudieron apoquinar fueron los padres del culpable, que se habían arruinado pagando su tratamiento. A mí eso no me importó. No tenía ningún deseo de castigar a aquella pareja de ojos llorosos por los pecados que él había cometido. Además, la cantidad que recibí por las otras indemnizaciones fue más que suficiente. Un contable amigo de mi padre me ayudó a invertir la mayor parte en Bolsa mientras las acciones aún estaban baratas. Compré el apartamento al salir de la universidad, justo cuando el sector inmobiliario se recuperaba del colosal estallido de la burbuja. Dos dormitorios, dos cuartos de baño, salón, comedor, cocina y un office que ha acabado por ser mi obrador improvisado. Fue una ganga.

—¿Te apetece subir? —le pregunto a Coop—. Nunca has venido a casa.

—A lo mejor en otra ocasión.

Otra cosa que siempre dice pero nunca cumple.

—Supongo que tienes que irte —le digo.

—Me espera un viaje largo. ¿Vas a estar bien?

—Sí —digo—. Cuando se me pase el disgusto.

—Llámame o mándame un mensaje si necesitas algo.

Sé que eso lo dice de corazón. Coop no ha dudado nunca en dejarlo todo para acudir a mi lado, desde aquella primera mañana después de Pine Cottage. La mañana que, ofuscada por el dolor y la pena, aullé: «¡Quiero que venga el agente! ¡Por favor, déjenme verlo!». En media hora estaba allí.

Diez años después sigue aquí, y se despide con el mismo gesto seco de costumbre. Cuando le digo adiós, Coop se protege sus tristes ojos azules con unas Ray-Ban y se aleja hasta desaparecer entre los demás transeúntes.

Nada más entrar, voy directa a la cocina y me tomo un segundo Xanax. A continuación, el azúcar del refresco de uva, sumado al del té, me provoca un escalofrío en los dientes, pero sigo bebiendo, echando varios tragos mientras saco el iPhone robado de mi bolsillo. Un breve examen del teléfono me dice que su antigua dueña se llama Kim y que no usa ninguna clave de seguridad. Puedo ver todas las llamadas, las búsquedas de internet y los mensajes, incluido uno reciente de un tipo de mandíbula cuadrada llamado Zach.

¿Un poco de diversión esta noche?

Por puro capricho, le contesto: Cómo no.

El teléfono da un pitido en mi mano. Otro mensaje de Zach. Ha mandado una foto de su polla.

Encantador.

Apago el teléfono. Por precaución. Kim y yo podemos parecernos, pero nuestros tonos de llamada son completamente distintos. Luego le doy la vuelta al teléfono y miro la superficie plateada cubierta de huellas. La limpio hasta que puedo ver mi reflejo, tan distorsionado como en un espejo de feria.

Me irá perfecto.

Palpo la cadena de oro que siempre llevo al cuello. De ella cuelga una llavecita, que abre el único cajón de la cocina que está permanentemente cerrado. Jeff supone que ahí guardo los papeles importantes de mi página web. Dejo que lo crea.

Dentro del cajón tintinea una serie de objetos metálicos brillantes. Una reluciente barra de labios y un grueso brazalete dorado. Varias cucharas. Una polvera plateada que birlé de la enfermería cuando me dieron de alta en el hospital después de Pine Cottage. Durante el largo trayecto de vuelta a casa, me miraba a cada rato para cerciorarme de que aún estaba allí. Ahora estudio los reflejos alabeados que me devuelven la mirada y siento esa misma serenidad.

Sí, aún existo.

Guardo el iPhone con los demás objetos, cierro el cajón y echo la llave antes de volvérmela a colgar del cuello.

Es mi secreto, tibio sobre mi pecho.

3.

 

 

 

Me paso la tarde esquivando los pastelitos que dejé abandonados a medias. Parecen mirarme desde la encimera de la cocina, reclamando el mismo trato que los dos que hay decorados a unos pocos palmos, petulantes en su integridad. Sé que debería terminarlos, aunque solo sea por el valor terapéutico. Al fin y al cabo, ese es el primer mandamiento de mi página web: «La repostería es la mejor terapia».

Normalmente, lo creo. La repostería tiene sentido. Lo que Lisa Milner hizo, no.

Hoy me siento tan baja de ánimo que ni siquiera la repostería me consuela, así que voy al salón, acariciando con las yemas de los dedos el New Yorker y el Times de esta mañana, aún intactos, y procuro engañarme como si no supiera exactamente adónde voy. Al lugar donde siempre acabo. En las estanterías junto a la ventana, encaramada a una silla para sacar un libro de la última balda.

El libro de Lisa.

El libro que escribió un año después de toparse con Stephen Leibman, al que dio un título que ahora se antoja triste, El afán de vivir: mi viaje personal de dolor y curación. Cosechó cierto éxito de ventas. Lifetime lo adaptó en un telefilme.

Lisa me mandó un ejemplar justo después de lo ocurrido en Pine Cottage. En la dedicatoria se leía: «Para Quincy, mi hermana superviviente. Cuenta conmigo si alguna vez necesitas hablar». Debajo había anotado su número de teléfono, con dígitos pulcros, casi geométricos.

No pensaba llamarla. No necesitaba su ayuda, me dije. Total, ¿para qué, si no podía recordar nada?

Sin embargo, no estaba preparada para que cada periódico y canal de televisión por cable del país cubriera exhaustivamente los Asesinatos de Pine Cottage. Así llamaron al suceso: los Asesinatos de Pine Cottage. No importaba que de cottage tuviera poco y fuese más bien una cabaña. Sonaba mejor para un titular. Además, su nombre oficial era PINE COTTAGE, grabado con fuego al más puro estilo de los campamentos de verano en un tablón de cedro que colgaba sobre la puerta.

Tras los funerales intenté pasar desapercibida. Solo salía de casa para ir al médico o al psicólogo. Como una horda de periodistas ocupaba el jardín, mi madre se veía obligada a hacerme salir por la puerta de atrás y el patio del vecino hasta un coche que esperaba una esquina más allá. Eso no impidió que plantaran mi foto del anuario del instituto en la portada de People, con las palabras ÚNICA SUPERVIVIENTE rozando mi barbilla punteada por el acné.

Todo el mundo quería una entrevista en exclusiva. Los periodistas llamaban y mandaban mensajes de texto o correos electrónicos. Una presentadora famosa —la repulsión me impide llamarla por su nombre— aporreó la puerta de mi casa, mientras yo, encogida en el suelo, sentía los golpes de la madera retumbando en mi espalda. Antes de marcharse, deslizó bajo la puerta una nota a mano ofreciéndome cien de los grandes por una entrevista cara a cara. El papel olía a Chanel N.º 5. Lo tiré a la basura.

Incluso con el corazón roto y los puntos de las cuchilladas aún frescos, sabía por dónde iban los tiros. La prensa se había propuesto hacer de mí una de las Últimas Chicas.

Quizá podría haber manejado mejor la situación si las cosas en ca ...