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LATENTES

Maritchu Seitún  

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Fragmento

PRÓLOGO
Ranas en agua caliente

Lo que sigue es una alegoría que me pareció ideal para comenzar este libro. La encontré por primera vez en The Boiled Frog Syndrome de Marty Rubin y, más tarde, en el libro de alegorías de Olivier Clerc.

La rana es un animal de sangre fría que adapta su temperatura a la del medio. Cuando ponemos una rana en una cacerola de agua hirviendo es capaz de dar un salto y salir inmediatamente de ella para escapar del peligro. Pero si por el contrario la metemos en el agua tibia y agradable y vamos aumentando lentamente la temperatura ella hace lo mismo acomodándose a ese medio… hasta que muere intentando hacerlo, la rana no se dará cuenta del peligro hasta que sea demasiado tarde, ya esté adormilada y no tenga energía para saltar.

Padres y niños tenemos el mismo problema que la rana, los cambios en la sociedad se dan de manera tan paulatina que no advertimos cuándo “saltar a tiempo de la olla”. Estamos adormilados, sin poder reaccionar o actuar. Pero los adultos debemos estar atentos para reconocer y evaluar esos cambios a medida que ocurren, y tenemos que hacer lo mismo con nuestros hijos para que todos podamos tener criterio propio antes de decidir aceptarlos o rechazarlos, en lugar de simplemente habituarnos y dejarnos llevar.

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Los adultos tenemos que acostumbrarnos a educar y a conversar con nuestros hijos, desde muy chicos, sobre los múltiples temas que hasta unos años atrás no hacía falta explicitar porque estaban implícitos en la crianza, ¡venían dentro del café con leche!, pero hoy ya no son tan obvios: las horas de sueño, la alimentación sana, las adicciones o lo pernicioso que resulta pasarse la vida frente a una pantalla. Cuando los padres quieren reforzar sus ideas y hábitos en los chicos que ya tienen doce, trece o catorce años, se dan cuenta de que llegan tarde. Los chicos revolean los ojos y contestan: “esta es otra época”, “no entendés”, “hoy las cosas son distintas”, “¡qué pesada!”, “no tenés idea”, “sos un prejuicioso”, “esa idea es una antigüedad”. Llegado ese punto, es difícil que nos escuchen y que duden de lo que piensan.

También tendremos que ocuparnos de otros temas que ayudan en el fortalecimiento de sus personalidades y de los recursos para enfrentar la vida: disciplina y límites, valores morales, amistad, amor, cuidado del cuerpo, sexualidad, aprendizaje para tomar decisiones y evaluar riesgos. Debemos estar atentos, protegerlos para que no eludan ni quemen etapas, de modo que disfruten a pleno de ellas. A la sociedad de consumo le conviene el cambio y no la permanencia, y en cada cambio hay lamentablemente nuevas compras y objetos que quedan en desuso. Los niños son el nuevo target, hasta quedó demostrado en investigaciones que los padres gastamos más en nuestros hijos que en nosotros mismos.

El largo período de dependencia del cachorro humano nos diferencia de otros mamíferos. Esa dependencia le da tiempo para aprender y lo vuelve más inteligente. Los animales pasan un corto período de indefensión muy cerca de la madre y en ese lapso aprenden de ella lo que necesitan para manejarse solos. Nuestros hijos, en cambio, se quedan muchos años cerca de nosotros. Al ser tan prolongado ese período, resulta probable que en muchas ocasiones se “cuelen” modalidades ajenas, que nos parecen inadecuadas, peligrosas o incorrectas. Justamente, aquello que les va a permitir convertirse en adultos inteligentes y llenos de recursos, al mismo tiempo conlleva un riesgo. No alcanza con quererlos, cuidarlos, alimentarlos, mimarlos y ofrecerles un entorno seguro, también tenemos que brindarles las herramientas para evaluar todo lo que viene del medio externo, de modo que, cuando estén lejos de nosotros y no podamos orientarlos, puedan resolver y elegir.

A esto se agregan nuevos problemas que requieren soluciones pensadas y planeadas, no paliativas o de emergencia. Por ejemplo, elementos tan atractivos como las pantallas requieren de una enorme fortaleza interna en los chicos para poder moderar su uso, y esta tarea solo pueden auspiciarla los padres.

Carl Honoré, en The Slow Fix, nos muestra que hoy buscamos la máxima devolución por un mínimo esfuerzo. Él cree que así solo se logra emparchar los problemas sin observar la verdadera causa. Yo agrego que hoy todos tenemos muy poca capacidad de espera y de esfuerzo o escasa tolerancia a la frustración. Veámoslo en un ejemplo; los adultos consumimos, sin ton ni son, remedios de todo tipo para aliviar los malestares sin preocuparnos por el origen de nuestro problema, queremos resolverlo rápido y que se termine pronto el dolor y no tomamos conciencia de que les transmitimos a nuestros hijos que de eso se trata la vida. No hablo de remedios bien indicados por profesionales responsables, sino de aquellos otros atajos que seguimos a cada rato para mantenernos andando cuando el cuerpo nos pide a gritos que frenemos un poco.

Mi objetivo en este libro es revisar algunos de esos temas y explicar por qué vale la pena aprovechar la etapa de latencia de nuestros hijos para conversar con ellos, esa temporada tranquila en la que van al colegio primario y parece que está todo bien (y en la mayoría de los casos no pasa nada demasiado preocupante o conflictivo). Los padres solemos tomar ese tiempo como un merecido “recreo” después de los esforzados años de la primera infancia, un recreo que termina de un día para el otro con la llegada de la pubertad de nuestro hijo mayor.

Veremos por qué, cómo, cuándo y de qué hablar de modo que ellos puedan internalizar un rumbo y un modelo claros, y discernir y resolver múltiples cuestiones a medida que crecen, aprendiendo a cuidarse y a cuidar a otros. No podemos dejarlos a merced de sus pares (tan perdidos como ellos) o de otros adultos que no siempre elegimos para acompañarlos —y que no necesariamente son buenos modelos—, tampoco de la sociedad de consumo.

Este libro apunta a anticipar y prevenir, de modo que, cuando el mensaje de la sociedad los alcance (¡y los va a alcanzar!), nuestros hijos tengan un criterio personal para entenderlo y evaluarlo. Tenemos que empezar a formarlos e informarlos desde que son chiquitos. No propongo hablar de cuestiones puntuales como el inicio de las relaciones sexuales o el efecto de las drogas, porque no sería adecuado a estas edades, sino alertar a los padres para que estén atentos a ofrecer su cosmovisión y palabras de cuidado que sirvan de base, de matriz, para cuando llegue el día en que, efectivamente, tengamos que hablar sobre esos temas, sin descuidar el hecho de que somos sus modelos de conducta, revisar la forma en que los tratamos y ofrecerles nuestro amor, tiempo y atención y cuidados.

Las conversaciones ocurridas durante esta etapa armarán una red de seguridad que los va a sostener para que puedan evaluar críticamente lo que les llega desde afuera en lugar de aceptarlo ciegamente como “palabra santa”.

De todos modos, como dice Clarissa Pinkola Estés: “Una advertencia… la cuestión de la maduración individual es una tarea a la medida. No se puede trazar ningún rumbo, no se puede decir ‘hoy esto, después lo otro’. El proceso de cada individuo es único y no se puede codificar con un simple ‘sigue estos diez sencillos pasos y todo irá bien’”.

Voy a exponer muchas ideas y los padres tenemos mucho que hacer, pero el manual para cada hijo lo iremos escribiendo sobre la marcha.

Para la lectura de este libro, resulta importante señalar:

1) Cada vez que hablo de “chico”, “niño” o “hijo”, me refiero indistintamente a varón o mujer. Lo mismo ocurre cuando digo “padres”; en cambio, elijo “papá” o “mamá” al referirme a un progenitor en particular.

2) Cuando hago recomendaciones sin especificar la edad, las propongo para el grupo de chicos en época de latencia: entre los seis y once años.

INTRODUCCIÓN
La tarea de hacer explícito
lo que hoy ya no está implícito

Si haces planes para un año, planta maíz.
Si haces planes para una década, planta árboles.
Si haces planes para una vida, educa a la gente.

Proverbio chino

Durante muchos años los temas en la crianza eran obvios, no se hablaba de ellos pero formaban parte de la vida diaria. Crecimos con reglas claras, una moral y una ética indiscutibles, defendidas por todos los adultos que rodeaban a los chicos. Y llegamos a ser grandes sostenidos y protegidos por esos adultos —a quienes respetábamos y admirábamos— y por esas normas claras. Las familias eran numerosas, y muchas personas cercanas, dentro y fuera de ellas, también ofrecían ejemplos. No todo era perfecto, hoy reconocemos que había en los niños un exceso de sometimiento, mucha sobreadaptación y autoestima baja, pero lo que se esperaba de los hijos resultaba evidente.

El mundo externo no se introducía con facilidad en nuestras casas, y las decisiones que los chicos tenían que tomar eran más sencillas. Vivíamos en un “pueblo” pequeño, donde todos nos conocían, y muchos adultos los cuidaban en equipo a los chicos, que estaban en “casa” aunque anduvieran en la calle. Las madres escuchaban a sus propias madres, quienes también escuchaban a las suyas, y nadie creía que su discurso estuviera obsoleto.

Hoy vemos a las madres y a los padres más solos, más divorcios, familias más pequeñas, abuelos ocupados en trabajar o en disfrutar de la vida. Los adultos crían “en serie” —así lo denomina Carlos González en su libro Creciendo juntos—, uno por vez; cuando llega mamá se va la abuela o la empleada, no se sostienen ni se enriquecen mutuamente al observar diferentes formas de crianza. Los cuidadores, las maestras, las empleadas domésticas cambian mucho, entonces no quieren encariñarse porque van a separarse en poco tiempo. No son como la tía soltera de mi madre, que participó de toda su infancia, ni como mis abuelos, que vivían al lado de casa.

Supongo que por cuestiones legales y de costos así como por el surgimiento del aprendizaje formal, desaparecieron los “aprendices” que pasaban sus días en contacto con personas de más experiencia para desentrañar los secretos de los oficios. Hoy, los hermanos mayores están varias horas del día en el colegio y no ven cómo su mamá cría a los hermanitos menores. Las familias tienen pocos hijos, lo que implica, también, que los chicos tienen pocos primos, y ellos tampoco aprenden a cuidar a los más pequeños al mirar o ayudar.

Las madres y las abuelas no pasan largo rato en la cocina, charlando, compartiendo, enseñando y aprendiendo unas de otras mientras al mismo tiempo cuidan a los chicos que andan por ahí y escuchan de refilón esas conversaciones. Los hombres no lavan ni arreglan el auto en la vereda, conversando con el vecino, ni cuidan la huerta ni mantienen el jardín el fin de semana junto a sus hijos. Hombres y mujeres trabajan muchas horas diarias, y el fin de semana quieren hacer deportes o encontrarse con amigos, los hijos hacen lo mismo, y queda poco tiempo para conversar.

En el ámbito social, los chicos pasan mucho tiempo con otros de su misma edad. Van al jardín maternal, luego al jardín de infantes y al colegio, y se acostumbran a interactuar con sus pares, se divierten y, desde muy chiquitos, empiezan a preferir estar con sus compañeros, invitarlos, hacer programas con ellos. Es una gran ventaja en muchos aspectos porque están en la misma etapa madurativa, pero tiene una consecuencia inevitable: se adelanta la competencia. Competir es la forma que encuentran para destacarse cuando están entre iguales, y esto resulta evolutivamente esperable alrededor de los ocho o nueve años pero no antes, por lo menos no con tanta fuerza como la que observamos hoy. Obviamente, hay algunos episodios de competencia antes de esa edad, pero es solo una de las variables que intervienen.

Antes de que se escolaricen, en el intercambio predominan, al principio, el juego paralelo y, luego, la cooperación, que sigue siendo el eje durante más tiempo cuando andan juntos chicos de diferentes edades —muchas veces en “bandas”—, una experiencia riquísima en que el grande cuida al más chico y el menor no intenta alcanzarlo ni ganarle, porque ya sabe que no puede.

Los chicos van a jardines maternales mientras las madres trabajan, pero se ha popularizado la sala de dos años aun cuando ellas no trabajen. Esto sucede por varias razones, a veces por falta de espacio en la casa, porque los hermanos mayores van y el chiquito se desespera por hacer lo mismo, por la comodidad de los padres, por temor a que a nuestro hijo le falte estimulación o quede detrás de los que sí concurren, y también porque nos vamos acostumbrando y nos parece lo normal (como a las ranitas del cuento). Y nos sentimos unas tontas o nos tildan de sobreprotectoras si nuestro hijo es el único que no va a sala de dos años. Los jardines de infantes la ofrecen, y los padres llenamos la salita de niños. Ya se puede a escuchar que “se queda sin la vacante para sala de tres si no va a la de dos”; es decir, los colegios empiezan a presionarnos para que los llevemos.

Al haberse desdibujado la red matriarcal de crianza, al ser las abuelas más grandes y estar más ocupadas o con menos energía y disponibilidad que en generaciones anteriores, las madres perdimos la confianza en nosotras mismas y en nuestra capacidad para criar a nuestros chiquitos, que entregamos al cuidado de otras personas, maestras o cuidadoras, al considerar que “saben” lo que hacen, convencidas de que saben más que nosotros, sus padres.

Debido a los cambios socioculturales, la tarea de educar y formar a nuestros hijos se nos vino encima, y quedamos solos, no encontramos con quién compartirla y tenemos la ilusión de que la escuela se va a ocupar de todo, de la formación académica, de ponerles límites, de educarlos, de brindarles amigos y habilidades sociales y deportivas. No solo los colegios no saben ni pueden hacer todo eso, sino que además no les corresponde. La palabra “educación” viene del latín educere, “guiar, conducir”, o educare, “formar, instruir”. Los padres educan y forman a sus hijos, y los colegios enseñan, instruyen y también colaboran en la tarea de la educación, pero no pueden hacerlo solos. La sociedad no nos ayuda —ni se lo permitimos, que no se le ocurra a un vecino o a una maestra amonestar a nuestro hijo— y muchas veces trabaja en contra, “vendiéndoles” ideas, modelos, propuestas, a través de los programas y la publicidad en la televisión, en la calle, en Internet.

Por otro lado, esa misma sociedad tiende a sobrevalorar la juventud y a desvalorizar la edad y la experiencia, y los adultos terminamos creyendo que es así, desconociendo nuestra importancia como brújula en la vida de nuestros hijos hasta su plena adultez.

Por miedo al autoritarismo, los padres nos fuimos al extremo contrario en algunos temas y, con nuestra permisividad, no ayudamos a nuestros hijos a madurar y así abandonar la posición egocéntrica. Seguimos confiando en que el sistema y la sociedad educan y enseñan —como cuando nosotros éramos chicos—, y no nos ocupamos lo suficiente de esa tarea, sin darnos cuenta de que los chicos llegan a la adolescencia sin reglas ni normas claras, sin referentes adultos con quienes identificarse, a quienes copiar y de quienes diferenciarse, por lo que están muy solos a la hora de tomar decisiones y de adquirir criterios propios. No registramos la forma en que ciertos cambios en modos, estilos, modelos y costumbres confunden a los chicos: madres excesivamente preocupadas por su peso y aspecto físico; sobrevaloración de la juventud y la belleza; búsqueda del placer por encima de todo; adultos egocéntricos (narcisistas), con dificultades para el amor altruista —que procura el bien ajeno aun a costa del propio— o simplemente para un amor generoso y entregado, y que ya no siempre son modelo de espera, esfuerzo y frustración ni fortalecen a sus hijos en esas habilidades indispensables para la vida; lo atractivo de la nueva conectividad y tecnología; la desesperanza en el futuro que lleva a vivir solo el presente. Y de cada uno de esos temas surgen consecuencias inesperadas que hoy debemos abordar. La televisión, las series, las películas y los dibujitos animados, hasta los más infantiles e inocentes, tienen mensajes que van impregnando la cosmovisión de los chicos. Si ese mensaje no nos gusta, tenemos que ocuparnos de evaluar lo que ven y lo que entienden, ya que ellos no siempre están preparados para metabolizar esas informaciones, no tienen una estructura interna en la cual incluirlas. Un ejemplo claro son los episodios de Los Simpson, que fascinan a los varones desde mucho antes de que puedan comprender que son una sátira de la sociedad actual. Esos mensajes pueden resultar dañinos o pasar “sin filtro” a formar parte de la ética y la moral que ellos están armando.

La influencia del mundo externo —que entra en nuestra casa por las pantallas, y porque los chicos se escolarizan y socializan desde más chiquitos— crece cada día más. La tarea de los padres es contrapesar esa influencia, pero eso lleva tiempo e implica charlas, historias y nuestra presencia. Los chicos son flexibles, permeables, influenciables; es bueno que salgan al mundo y, a la vez, una gran responsabilidad que ocurra mientras todavía están “blanditos”.

A esto se agrega la velocidad de los estímulos visuales que ofrecen las pantallas, que se aceleran cada día más, y no sabemos exactamente si los chicos están preparados para procesar ese bombardeo de estímulos. Quizá, la epidemia de problemas atencionales y sensoriales pueda relacionarse, por lo menos en parte, con los esfuerzos de esos niños para integrar todo lo que ven.

Sería iluso creer que el colegio se puede ocupar de todo eso.

Un concepto fundamental: la adolescencia no empieza a los ocho años. ¡Menos aún a los cuatro! Las señales exageradas de rebeldía y las malas contestaciones no indican un adelantamiento de la adolescencia, hablan de dificultades emocionales de nuestros pequeños que tenemos que descubrir y resolver, o de que les faltó (y falta) una adecuada puesta de límites.

Es verdad que se adelanta la pubertad por cuestiones ambientales (alimentación, estímulo), pero no tanto como muchos creemos. Al hacer una evaluación errónea de la situación, también encontramos soluciones equivocadas.

No es lo mismo crecer que parecer grande. Hacen falta muchas experiencias repetidas para aprender, ya sea algo nuevo —como podría ser tocar la guitarra— o un cambio, que implica un doble proceso de desaprender el viejo modo para incorporar el nuevo. Y para eso se necesita tiempo y, en la niñez, también presencia adulta.

Qué es lo normal

Nos dice Zygmunt Bauman, en Sobre la educación en un mundo líquido, que “normalidad” es un sustantivo ideológicamente procesado para designar a la mayoría. Equivale, como juicio de valor, a una mayoría estadística; entonces, la anormalidad corresponde a una minoría estadística y, rápidamente, llegamos a la idea de anormalidad como inferior; en otras palabras, que diferente es inferior. Resulta muy válida su apreciación, salvo que la minoría tenga algo socialmente muy valorado: el color de ojos, la inteligencia, la estatura, la riqueza; cualquier tema podría servir para que nos consideremos “parte” de una mayoría, tanto privilegiada como desfavorecida, o de una minoría, desvalorizada o admirada y envidiada. Si esto nos pasa a los adultos, con nuestro enorme bagaje de experiencia, ¿qué pueden hacer los chicos con estos datos si nosotros no estamos cerca de ellos para evaluarlos juntos?

Nuestra tarea

Tenemos que ofrecerles una educación y una cultura familiar que los ayude a tomar decisiones en la adolescencia y que los acompañe el resto de sus vidas. Los niños son más flexibles, es más fácil acostumbrarlos a bañarse todos los días, a lavarse los dientes, a hacer las tareas, a ayudarnos en casa o a colgar la toalla después de bañarse. En esta etapa resulta sencillo conducirlos si se resisten, pero llegada la adolescencia necesitaremos la caballería montada si queremos que instalen estos hábitos por primera vez. Al empezar la adolescencia, probablemente disminuya mucho su acatamiento a los hábitos y las reglas de la vida diaria, por lo que, cuantos más hábitos y rutinas hayan incorporado, más armados llegarán a la pubertad ¡y menos se desarmarán!

Durante los años anteriores a la adolescencia seguiremos intentando, sin rendirnos, contrarrestar el “todo ya”, el puro placer, el cero esfuerzo, lo descartable, el presente absoluto, la desvinculación del pasado —“sujeto sin ombligo”, lo llama Jaim Etcheverry—, los vínculos de apego entre pares, el que nada sea suficiente, la omnipotencia o la impotencia, a veces disfrazada de prepotencia.

Favoreceremos las relaciones duraderas entre personas enteras, el vínculo intergeneracional, la proyección de futuro, la sublimación, el respeto por el pasado, la responsabilidad —hacerse cargo sin echar culpas—, la abundancia, la saciedad, la potencia (¡puedo!), el valor del esfuerzo y la espera y la renuncia, la confianza en la propia intuición tanto de padres como de hijos, el derecho de todos a una vida en la que nuestra libertad termina donde empieza la del otro.

Así les ofrecemos los recursos, un timón y unas velas, y también un rumbo para moverse en los tiempos de la adolescencia, que pueden ponerse turbulentos, mientras nos reafirmamos en sus vidas como puerto seguro adonde volver a refugiarse, a repostar (recargar energías), a pedir apoyo o, simplemente, a descansar.

De esto trata este libro, de las herramientas que ellos van a necesitar durante los años de la adolescencia, cuando van a estar más alejados de sus padres, más solos, porque lo marca la biología, porque necesitan separarse de los cuerpos de sus padres que ahora reconocen como sexuados y, también, para poder diferenciarse de ellos y alcanzar una identidad propia.

Se acercan los cambios, sepamos esperarlos

Para que en los primeros años de primaria los chicos dejen de jugar, se vistan de grandes, opinen sobre temas adultos, vayan a la peluquería a peinarse, tengan Facebook y smartphones, tiene que haber padres que habiliten esas conductas, ¡y que las celebren! Padres que olvidaron que la infancia es tiempo de jugar y que dura hasta la pubertad, que suele llegar a partir de los once años en las niñas y más tarde aún en los varones.

Ese tiempo de “moratoria” que les ofrecen los padres a sus chicos los ayuda a crecer, divertirse, aprender, fortalecer sus identidades, adquirir conciencias morales que les permitan tomar decisiones correctas —no solo para ellos mismos, sino para los demás—, y les da tiempo para hacerlo de la mano de adultos que enseñan, protegen, están atentos, delimitan, dicen que no y toleran el enojo de sus hijos sin asustarse ni derrumbarse. Porque saben cuánto fortalece el “no” .

Pese a que la sociedad de consumo propone otra cosa, nuestros hijos necesitan ser chicos y “hacer fuerza” para crecer, ganarse los derechos despacito, uno a uno, y junto con esos derechos tienen que venir también las obligaciones. Esta supuesta “adolescencia” temprana solo les otorga derechos, y a sus padres, en cambio, todas las obligaciones.

Período de latencia

Nuestra tarea cambia a medida que nuestros hijos crecen. Los bebés requieren mucha dedicación y cuidados durante gran parte de nuestro tiempo y también reclaman nuestra atención desde el nacimiento hasta los tres o cuatro años. Cuando cumplen cinco, empiezan a interesarse más por la identidad sexual, por el mundo externo y los amigos, y entre los seis y los once años entran en el período que Freud denominó latencia. Los padres, ocupados por otros hijos chiquitos o adolescentes —que vuelven a “tomar” nuestro tiempo y nuestra mente— o por el trabajo, podemos distraernos y desperdiciar esta etapa maravillosa.

En psicología llamamos latencia al período que va desde los seis años hasta la pubertad, coincide aproximadamente con el colegio primario y suele ser una etapa tranquila para padres e hijos. Muchas veces no lo disfrutamos lo suficiente y solo cuando nuestros hijos entran en la adolescencia nos damos cuenta de lo bien que lo estábamos pasando los años anteriores. Parece que diéramos por sentada esa calma, como si fuera nuestro merecido premio por tantos esfuerzos durante la primera infancia. Y no apreciamos debidamente ese lapso de “descanso” que nos ofrecen los chicos, ni lo aprovechamos para prepararlos y ayudarlos a hacerse fuertes para afrontar los cambios que se acercan con la pubertad.

Entrar en latencia implica abandonar la postura egocéntrica normal de la primera infancia, que los hace pretender o suponer que son, en la mirada de sus padres, los únicos o los principales; es decir, salir de la postura de centro del universo. También conlleva dejar de lado —latente, de allí viene la palabra— el tema de la sexualidad, que a los cinco años ocupaba un importante lugar para ellos, e interesarse por el mundo externo: los amigos, el deporte, el aprendizaje. En esta etapa, ya no están tan atentos a padres y hermanos, por lo que hay menos peleas, gritos, celos y rivalidades, adquieren cierta independencia, son más callados y no nos buscan tanto para que los confirmemos (“¡mirá, mamá!”).

Adquieren un adecuado criterio de realidad, por eso desaparece el amigo invisible, empiezan a sospechar del ratón Pérez y de Papá Noel, entienden los conceptos de mentira y de robo, aunque, por su nivel de pensamiento, no tengan todavía capacidad para entender la ironía ni los chistes de doble sentido. Alcanzan una conciencia moral por la suma de internalizaciones de años anteriores que continúa enriqueciéndose en esta etapa, pero hacen falta mucho tiempo, experiencias, errores y nuestro acompañamiento para pulir y fortalecer esa conciencia de modo que aprendan a tomar buenas decisiones para ellos mismos y para las personas que los rodean.

Su pensamiento es concreto y les cuesta ver más de una variable, lo que los lleva a ponerse por momentos muy tozudos. Depositan su confianza en una persona para cada tema, si creen que la que sabe matemática es la maestra, no les importa que papá sea ingeniero, igual le dicen “no sabés nada, así no es”. De todos modos, en la mayoría de los temas recurren a nosotros, sus padres, para saber y entender. Somos su modelo de conducta, nos observan para ver qué hacemos en cada situación, por lo que debemos estar atentos a lo que hacemos con ellos, a ellos o cerca de ellos.

Les cuesta integrar la ambivalencia, no conocen los grises; el amigo es bueno o malo, el jueguito sirve o es una porquería; est ...