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LE VISTE LA CARA A DIOS

Gabriela Cabezón Cámara  

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Fragmento

I

Si el fin del torturador es provocar la presencia absoluta del que tiene atado para sojuzgarlo entero con laceración y dolor, el objetivo del torturado es tomarse el palo, irse de ahí, partir del cuerpo que pierde el aliento a manos de otro, amatambrado de sogas y en mazmorra sin salida: si a matasiete el matambre, a vos el resfalar en tu sangre y en los charcos de la leche que te ahoga y que te arde. Querés partir y dejar atrás la mazorca, el ardor colorado de sus dientes amarillos y tu esfínter hecho un volado de broderie de tomate, ay, si pudieras esfumarte en un abrazo celestial y no sentir las trompadas ni que te queman con fasos ni esa contracción que duele, la de cada célula tratando de blindarte para que no te entren ni arando. Pero te entran y te aran y te querés ir a la mierda: dejar el cuerpo escorado, dejar el hueso partido, dejar la sangre que late en cada hematoma nuevo y olvidar las convulsiones que te sacuden también. Escuchá la armonía cósmica, el canto de las estrellas, la luz blanca que te llama en la puerta de salida del más, más y más allá, las antípodas de acá, desde donde oís la voz que, suave, te llama “vení hija mía”, después de decir tu nombre, olvidá el “Beya durmiente” que te pusieron acá, en este antro nauseabundo el día que siguió a la noche en que te ataron las manos y después te recogieron para enseñarte el laburo. Te enguascaron, te domaron, te peinaron para adentro y te hicieron el ablande: ahí aprendiste a los gritos nuevo nombre y apellido y te hicieron pura carne a fuerza de golpe y pija y así empezaste a saber que en el centro de ese antro lo que sos iba a ser muerto como restos de un puchero arrojados en la calle y el nombre de cada cosa enfermo de podredumbre desde el suelo del bautismo que te dieron el Rata Cuervo y sus amigos, los rufianes del Sabor, el puticlub de Lanús donde conociste a Dios. Si te dejaran pensar en algo más que el final de esa paliza continua, pensarías que la tortura tiene diccionario propio: te arrancaron tus palabras y te metieron las de ellos, tan dolorosas y sucias como el mar de miembros punzantes que te sacuden ahora como a un barquito un tsunami, pero no pensás, sólo ansiás esa voz dulce y dejar atrás la poronga que te barrena la concha, tan lastimada ya que sentís esa fricción como se siente un bulldozer desalojando un terreno: crujen los ranchos y carros y se fisuran los huesos de las madres y los padres, de los hijos, de los primos, de los vecinos solteros y de los perros, los gatos y caballos muertos de hambre.

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Querés irte. Bien que hacés, así es todo torturado: querés un alma que pueda vivir tu vida en alturas, querés fuga y bilocación, un espíritu que sepa estar en otro lugar, muy lejos más sin morirte, vos querés desdoblamiento c ...