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LEJOS DE LAS SOMBRAS (LUZ Y SOMBRAS 2)

Alice Raine  

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Fragmento

Prólogo

NATHAN

Formulario de inscripción

Club Twist

Explora tu lado más oscuro

101 Fountain Street, Soho, Londres, W1D 4RF

Nombre: Nathaniel Jackson

Edad: 31

Estado civil: Soltero

Preferencia sexual: Mujeres

¿Qué actividad desea realizar en nuestras instalaciones? Marque una o más de las siguientes casillas:

imagen Beber

imagen Socializar

imagen Bailar

imagen Conocer parejas sexuales

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Cuando era más joven, ¿qué influyó en su forma de ver el sexo, las relaciones y el amor romántico (por ejemplo, los amigos, las películas, la televisión, etc.)?

Soy miembro de este club desde hace trece años y todos los años me veo obligado a rellenar este puto cuestionario. ¿Se dan cuenta de lo cargante que es eso? Entiendo que en un club como este necesiten una forma de filtrar a la gente, pero las preguntas que se incluyen aquí son ridículas, sobre todo esta. ¿Se han molestado en leerlas alguna vez? ¿Y han pensado en actualizarlas?

Volviendo a sus estúpidas preguntas, cuando era joven no tuve un mejor amigo… en realidad no tuve ningún amigo. No me estaba permitido; nada de socialización, esa era una de las normas de mi padre. Y muy pocas veces me dejaban ver la televisión, así que, simplifiquemos: ni los amigos, ni las películas, ni los juegos, ni la televisión tuvieron ningún efecto en mi forma de ver las relaciones, el sexo o el amor.

Las únicas relaciones que me han importado en la vida han sido la que tenía con mi padre y la que tengo con mi hermano, y las dos son bastante retorcidas. Y en cuanto a las relaciones románticas… Son una puta pérdida de tiempo, no tienen ninguna utilidad para mí. Disfruto del sexo, pero pensar que el sexo está vinculado de alguna forma al amor es engañarse, porque no tienen nada que ver, son asuntos totalmente diferentes.

Los hombres son intrínsecamente unos cabrones que utilizan a las mujeres para lo que quieren, y eso es lo que soy yo también; la única diferencia es que yo me aseguro de que las mujeres con las que estoy sepan desde el principio que lo único que quiero es sexo. Así no se producen confusiones y siempre hay un final feliz.

He contestado a estas putas preguntas por última vez: el año que viene o renuevan automáticamente mi inscripción para que no tenga que volver a hacer esta mierda o pueden contar con un miembro menos.

STELLA

Formulario de inscripción

Club Twist

Explora tu lado más oscuro

101 Fountain Street, Soho, Londres, W1D 4RF

 

Nombre: Stella Marsden

Edad: 27

Estado civil: Soltera

Preferencia sexual: Hombres

¿Qué actividad desea realizar en nuestras instalaciones? Marque una o más de las siguientes casillas:

imagen Beber

imagen Socializar

imagen Bailar

imagen Conocer parejas sexuales

Cuando era más joven, ¿qué influyó en su forma de ver el sexo, las relaciones y el amor romántico (por ejemplo, los amigos, las películas, la televisión, etc.)?

 

Muchas cosas, supongo. Cuando era adolescente, mi mejor amiga, Lilly, estaba locamente enamorada del antipático protagonista de Orgullo y prejuicio, el señor Darcy. Creo que vimos la maldita serie por lo menos veinte veces y todavía me acuerdo del día en que Lilly me anunció que creía que, en el fondo, lo que querían todas las mujeres en secreto era un hombre de algún modo complicado y malote como Darcy. Me reí en su cara y, con esa seguridad que solo tienen las adolescentes sentimentaloides que no saben aún lo que es enamorarse, aseguré que yo nunca iba a querer a un hombre complicado ni a un chico malo, que yo solo me enamoraría de alguien cariñoso, amable y tierno, como los príncipes de los cuentos de hadas.

Han pasado unos cuantos años desde esa conversación con Lilly y recordarla me hace sentir algo mayor, pero ya no soy una tonta adolescente que sueña con los amores de los cuentos, de hecho creo que estoy un poco amargada después de haber probado lo de las relaciones unas cuantas veces; todas han acabado mal y, sinceramente, tampoco me han satisfecho.

Pero es curioso que me haya encontrado con esta pregunta aquí, porque esta tarde, no sé por qué, me he acordado de las palabras de Lilly mientras reflexionaba sobre mi último fracaso sentimental; tras un rato de análisis profundo y media tarrina del mejor helado con trocitos de chocolate de Ben & Jerry, me he dado cuenta de que lo que aseguró Lilly entonces posiblemente también se me pueda aplicar a mí ahora. He tenido novios amables y cariñosos, pero perdieron su atractivo muy rápido porque eran aburridos, aburridísimos… Así que he decidido que ha llegado la hora de probar a internarme en el territorio de los tíos más complicados, de los chicos malos.

Por eso estoy aquí en realidad; quiero que en el Club Twist me ayuden en mi búsqueda. La decisión está tomada, pero todavía sigo preguntándome si la realidad de la relación con un «chico malo» estará a la altura de mi fantasía. Sospecho que no, pero solo hay una forma de averiguarlo: entregar este formulario y empezar la búsqueda.

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Stella

No puede ser aquí… Volví a mirar la calle con poca convicción mientras caminaba en dirección a la anodina fachada de un edificio que solo podía describirse como un teatro abandonado que seguramente vivió sus días de mayor apogeo en los setenta. Me encogí de hombros; aquel sitio no parecía el club moderno que yo había imaginado. Mierda, me había escabullido del trabajo pronto y había ido hasta allí para nada. Suspiré y di unos cuantos pasos antes de detenerme a examinar con curiosidad la calle desierta. No me quedó más remedio que hacer una mueca porque tenía un aspecto algo sórdido: mugrienta, cubierta de grafitis y con un aire bastante decadente en general.

No conocía esa zona del Soho de Londres; maldita sea, la verdad es que no conocía nada del Soho. Sabía que el Ronnie Scott’s Jazz Club estaba por allí y por los sex shops que me había ido encontrando por la calle quedaba claro que la comunidad local era… de gustos variados, por así decirlo, pero hasta ahí llegaban mis conocimientos sobre esa zona.

Yo vivía en Victoria Park, un barrio residencial de Londres con muchos árboles, que tenía tan poco que ver con la acera llena de chicles que estaba recorriendo en ese momento que empecé a sufrir por mi salud mental. Eso sí que era «salir de mi zona de confort». Cierto era que la razón para visitar aquel lugar esa noche era bastante delirante, así que una risa efervescente de alivio escapó de mi garganta cuando me di cuenta de que todo aquel viaje iba a ser inútil.

El viento arrastró una hoja de papel de periódico y, aunque intenté esquivarla, no logré evitar que la página grasienta se me enroscara en el tobillo. Maldita sea. Qué típico. Resoplé impaciente y me apoyé en la pared del teatro poniendo cara de asco mientras intentaba despegarme aquella hoja que había servido de envoltorio de unas patatas fritas. Puaj. Cuando por fin logré librarme de ella, le eché un vistazo a las anchas columnas blancas que flanqueaban la antigua entrada. Fruncí el ceño y miré con más atención. El edificio no estaba tan ruinoso como me había parecido. Desde lejos daba la impresión de que las ventanas estaban tapiadas, pero enseguida me di cuenta de que, en realidad, estaban cubiertas por unas discretas y modernas persianas.

Entorné los ojos y pensé que tal vez me había equivocado en mi conclusión inicial de que aquel teatro había vivido sus días de gloria mucho tiempo atrás y decidí volver a examinar el edificio. Me fijé en que las puertas de entrada eran de diseño limpio y sin adornos, y que, además, de cerca se veían recias y nuevas.

Me aparté un poco, me mordí nerviosamente el labio inferior, contemplé el edificio que tenía delante y entonces reparé en que había un logo que brillaba en un tono ámbar cálido bajo los rayos del sol de la tarde: era muy discreto, estaba forjado en bronce y lo habían encastrado sobre las puertas dobles. No lo había visto la primera vez que miré la fachada, pero parecía un muelle colgando en el aire o la piel de una manzana cuando se logra pelar la fruta completa de una sola vez y queda un largo tirabuzón de piel. Era muy sencillo, pero esa imagen me dejó claro que había encontrado mi destino: ese símbolo era exactamente el mismo de la tarjeta que llevaba en la mano sudorosa.

Jugueteé distraídamente con el anillo de mi pulgar, como hacía siempre que estaba nerviosa, y volví a mirar la tarjeta algo maltrecha: «Club Twist. Explora tu lado más oscuro».

Enarqué una ceja al leer nuevamente el eslogan. Habían elegido una estrategia de marketing discreta, era obvio; el nombre no era muy específico, pero cuando volvías la tarjeta, las palabras y las imágenes dejaban más que claro que el Club Twist era un club sexual.

Sí, en efecto. Yo, Stella Marsden, una mujer profesional, independiente y normalmente cuerda, estaba plantada ante las puertas de un club sexual. Me sentí estúpida y me enfadé conmigo misma por haber pensado siquiera que eso podía ser una buena idea. Giré la tarjeta en la palma de mi mano y mis mejillas adquirieron un brillante tono rojizo porque, además, el Club Twist no era un club sexual convencional, no: su objetivo era satisfacer todo tipo de deseos. Y yo lo sabía porque en el reverso de la tarjeta había una lista que hacía que me muriera de vergüenza solo con leerla.

Había llegado la hora de tomar una importante decisión; tras haber pensado que estaba en el sitio equivocado y que no tendría que enfrentarme a la razón que me había llevado hasta allí, era el momento de decidir si realmente quería seguir con aquello o no. ¿Quería? ¿Podría?

Era ahora o nunca. Allí plantada seguí dándole vueltas al anillo de mi pulgar cada vez más rápido mientras consideraba mis opciones y la ansiedad se me acumuló en el estómago de tal forma que empecé a encontrarme mal. ¿Qué era lo que mi compañero de piso Kenny me había dicho esa mañana cuando me despidió con una gran sonrisa y unas cuantas palabras de ánimo? Ah, sí: «Eres una mujer joven y sexualmente liberada que tiene derecho a salir ahí fuera y buscar lo que le dé la gana». Él estaba totalmente a favor de esta locura de plan, pero, teniendo en cuenta que Kenny era el hombre más promiscuo que conocía, no sé muy bien por qué había seguido su consejo precisamente.

Tras unos cuantos minutos más de deliberación me encogí de hombros y después hice unos cuantos círculos con ellos para relajarlos. ¡Bah! Demonios, y ¿por qué no?, pensé. Siempre puedo volver a salir igual que entré, ¿no? Así que inspiré profundamente y me acerqué a las enormes puertas dobles. Las empujé un poco y me sorprendí al ver que no estaban cerradas. Inspiré de nuevo, temblorosa, y las empujé con más energía, lo que provocó que el peso cediera bruscamente y yo acabara en el interior, tambaleándome y esforzándome por ver algo en la oscuridad del interior.

—¡Oh! Hola, ¿qué tal? —saludó una voz en medio de la oscuridad que me dio un susto de muerte.

Parpadeé varias veces muy deprisa para que mis ojos se acostumbraran a la falta de luz y me tranquilicé lo suficiente al distinguir que dentro había un bar. Y no era lúgubre como pensé nada más entrar; solo estaba algo más oscuro que el exterior, todavía iluminado por la luz del sol de última hora de la tarde. El espacio interior iba en consonancia con el exterior: era un teatro, o al menos lo había sido en algún momento antes de que lo convirtieran en un club nocturno. Vaya, era un lugar muy grande y estaba en penumbra; mis ojos curiosos recorrieron el lugar intentando, a la vez, asimilar todo lo que me rodeaba y encontrar el lugar de donde venía aquella voz.

Tengo que reconocer que no tenía nada que ver con lo que yo me esperaba de un club sexual. Las paredes no estaban forradas con un papel con un estampado de leopardo, no había sofás cubiertos de plástico para que fueran más fáciles de limpiar, ni tampoco se veía ninguna cama por allí. De hecho, no se veía nada sórdido por ninguna parte; en general era un sitio bastante pijo. De mis pulmones escapó un enorme suspiro de alivio.

La parte profesional de mi cerebro se puso en funcionamiento y estudié la sala con la perspectiva de una interiorista. Parecía que habían conservado la mayoría de los detalles originales del teatro, entre ellos el enorme telón de terciopelo del escenario y todos los palcos de los niveles superiores. El único gran cambio era que habían eliminado los asientos de la platea y los habían sustituido por una pista de baile, una enorme barra curva y unas cuantas mesas repartidas alrededor. Estaba decorado con un sorprendente buen gusto y me encantó que hubieran mantenido el escenario original incorporándolo a la pista de baile en forma de plataforma elevada. Quienquiera que hubiera diseñado aquello lo había hecho muy bien, y sentí una pequeña punzada de envidia porque no había sido mi empresa.

Ver que el interior tenía una apariencia normal me hizo pensar que tal vez todo aquello no era tan mala idea. Parpadeé para volver a la realidad, miré a mi alrededor y supuse que la voz que había oído debía de pertenecer al único camarero que había detrás de la barra, al que por fin ya veía; me di cuenta de que, antes de volver a colocar el vaso que había estado secando, me miró de arriba abajo sin ninguna vergüenza, haciéndome una radiografía completa.

—Ho… Hola —dije con voz temblorosa.

Los nervios que sentía cuando encontré las fuerzas para cruzar las puertas a esas alturas ya se habían apoderado por completo de mí; no había llegado ni a la mitad de la sala y ya estaban a punto de fallarme las piernas. Pero la causa de esa reacción no era solo mi nerviosismo; una gran parte de esa ansiedad venía de la sensación de desnudez por el profundo escrutinio al que seguía sometiéndome aquel hombre, que literalmente me hacía sentir como si me estuviera desnudando con los ojos y me quitara la ropa prenda a prenda. Vaya, había oído bromas sobre hombres con miradas tan tórridas que parecían ver a las mujeres desnudas a pesar de la ropa, pero nunca había experimentado algo así hasta entonces. Su inspección me hizo abrir mucho los ojos y tragar saliva de forma audible; era algo francamente desconcertante.

—No hemos abierto todavía, guapa. Además, me parece que te has confundido de sitio —dijo el camarero con una sonrisa traviesa, saliendo de detrás de la larga barra cubierta de aluminio para acercarse despacio a mí.

Fruncí el ceño cuando su mirada se quedó desvergonzadamente fija en mi escote y me envolví de manera protectora con la chaqueta (aunque aquello no pudiera ocultar mucho mi generoso pecho). Después intenté recuperar algo del terreno perdido y levanté la barbilla en un intento de ganar confianza que por desgracia fracasó; seguía aterrorizada, pero esperé que al menos a él la postura le resultara convincente.

Había comprobado la dirección en la tarjeta una docena de veces mientras estaba fuera en la acera, así que estaba segura de que se trataba del sitio correcto, pero al oír sus palabras volví a mirar innecesariamente la tarjeta que tenía en la mano y negué con la cabeza.

—No, sin duda estoy en la dirección correcta —respondí y esta vez logré imprimirles a mis palabras algo más de confianza. Levanté la vista y le miré a los ojos, que por suerte había apartado de mi escote lo suficiente para devolverme la mirada.

Llegó a mi lado, se detuvo y cruzó los brazos tatuados sobre el pecho.

—¿En serio? —preguntó burlón y sonó como si no creyera ni una palabra de lo que había dicho.

Noté el olor a alcohol en su aliento, vi las ojeras que tenía bajo los ojos y me pregunté si se habría tomado a escondidas una copita como remedio para la resaca tras una noche movidita o es que había empezado pronto la juerga de esa noche.

—Vamos a ver, ¿me vas a decir qué es lo que hace una chica tan fina como tú en un club tan sucio como este? —preguntó con tono grave, y sus labios se curvaron en una irritante sonrisa llena de confianza.

Oh, Dios. Me ruboricé al comprender inmediatamente que ese «sucio» no tenía nada que ver con las condiciones sanitarias del club. En el rápido vistazo que le había echado, me había quedado claro que el lugar estaba impoluto. No, había utilizado la palabra en un sentido totalmente diferente que me hizo romper a sudar solo de pensarlo. ¿De verdad mi búsqueda del «chico malo» por excelencia merecía ese grado de mortificación?

—Quiero explorar —murmuré en voz baja muriéndome de vergüenza y esperando que el camarero me entendiera y no me obligara a explicar lo que pensaba con detalles, haciéndolo todo aún más humillante.

—¿Explorar? Entonces seguro que estás en el lugar equivocado, guapa. Un poco más abajo está la parada del autobús turístico que te dará una vuelta por todo Londres. Te aconsejo que pruebes allí —sugirió.

Me hizo volverme y me puso una mano suavemente en la espalda para acompañarme a las puertas; una mano que, con cada paso que daba, iba descendiendo un poco más.

Al darme cuenta de que me iban a echar a la calle sin más miramientos, supe que tenía que decir algo más, y rápido.

—Sexualmente —solté y sonó casi como un gruñido de frustración—. Quiero explorar en el terreno sexual… Y me han dicho que este es el lugar indicado.

Tierra, trágame. Maldije mentalmente a Kenny por su estúpida sugerencia de que fuera a ese club y me arrepentí de mi aún más estúpida decisión de seguir su consejo.

Nos detuvimos muy cerca de las puertas y vi que una enorme sonrisa aparecía en la cara del camarero; pensé que seguramente él sabía lo que yo quería desde el principio y solo había estado jugando conmigo por diversión. Qué capullo. Era obvio que le gustaba hacer sudar a los nuevos visitantes. Hice una mueca de disgusto, pero, por suerte, conseguí guardarme ...