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LEOPARDO AL SOL

Laura Restrepo  

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Fragmento

 

Ese que está ahí, sentado con la rubia. Ése es Nando Barragán.

Por la penumbra del bar se riega el chisme. Ése es. Nando Barragán. Cien ojos lo miran con disimulo, cincuenta bocas lo nombran en voz baja.

—Ahí está: es uno de ellos.

Donde quiera que van los Barraganes los sigue el murmullo. La maldición entre dientes, la admiración secreta, el rencor soterrado. Viven en vitrina. No son lo que son sino lo que la gente cuenta, opina, se imagina de ellos. Mito vivo, leyenda presente, se han vuelto sacos de palabras de tanto que los mientan. Su vida no es suya, es de dominio público. Los odian, los adulan, los repudian, los imitan. Eso según. Pero todos, por parejo, les temen.

—Sentado en la barra. Es el jefe, Nando Barragán.

La frase resbala por la pista de baile, rebota en las esquinas, corre de mesa en mesa, se multiplica en los espejos del techo. Bajo la luz negra se hace compacto el temor. La tensión, filuda, corta las nubes de humo y destiempla los boleros que salen de la rocola. Las parejas dejan de bailar. Los rayos de los reflectores refulgen azules y violetas, presagiando desastres. Se humedecen las palmas de las manos y se eriza la piel de las espaldas.

Desentendido del cuchicheo y ajeno al trastorno que produce su presencia, Nando Barragán, el gigante amarillo, fuma un Pielroja sentado en uno de los butacos altos de la barra.

—¿De qué color es su piel?

—Amarilla requemada, igual a la de sus hermanos.

Tiene el rostro picado de agujeros como si lo hubieran maltratado los pájaros y los ojos miopes ocultos tras unas gafas negras Ray-Ban de espejo reflector. Camiseta grasienta bajo la guayabera caribeña. Sobre el amplio pecho lampiño brillado por el sudor, cuelga de una cadena la gran cruz de Caravaca, ostentosa, de oro macizo. Pesada y poderosa.

—Todos los Barraganes usan la cruz de Caravaca. Es su talismán. Le piden dinero, salud, amor y felicidad.

—Las cuatro cosas le piden, pero la cruz sólo les da dinero. De lo demás, nada han tenido ni tendrán.

Frente a Nando, en otro butaco, cruza desafiante la pierna una rubia corpulenta, formidable. Está enfundada a presión en un enterizo negro de encaje elástico. Es una malla discotequera tipo chicle, que deja ver por entre la trama del tejido una piel madura y un sostén de satén, talla 40, copa C. Sus ojos, sin color ni forma propios, parpadean dibujados con pestañina, delineador y sombra irisada. Echa la cabeza hacia atrás y la melena rubia le azota la espalda con rigidez pajiza, revelando la negrura indígena de las raíces. Se mueve con sensualidad desencantada de gata callejera y la envuelve una misteriosa dignidad de diosa antigua.

Nando Barragán la mira y la venera, y su rudo corazón de guerrero se derrite gota a gota como un cirio piadoso encendido ante el altar.

—Los años no te han dañado. Estás bella, Milena. Igual que antes —le dice, y se castiga la garganta con el humo picante del Pielroja.

—Y tú enchapado en oro —le dice la rubia con una voz ronca y sensual de pólipos profundos—. Cuando te conocí eras un hombre pobre.

—Soy el mismo.

—Dicen que tienes sótanos llenos de dólares, apilados en montañas. Dicen que se te pudren los billetes, que tienes tantos que no sabes qué hacer con ellos.

—Dicen muchas cosas. Vuelve conmigo.

—No.

—Te fuiste con el extranjero para que te llevara lejos, donde no te llegara ni mi recuerdo.

—Es un mal recuerdo. Dicen que a tu paso no quedan sino viudas y huérfanos. ¿Con qué maldades has hecho tanto dinero?

El hombre no responde. Se baja un trago de whisky y lo pasa con otro de Leona Pura. Las burbujas chispeantes de la gaseosa transparente le devuelven un recuerdo vago de niños jugando béisbol en la arena, con palos de escoba por bate y tapas de botella por bola.

Ahí es cuando entran en gavilla los Monsalve y arman la podrida. El Nando Barragán y la mujer rubia están en la barra, de espaldas a la entrada, y la ráfaga de metralla los alza por el aire.

—Nando y la rubia se decían cosas, se besaban, entreverados de piernas, cuando les dieron plomo. Lo digo porque yo estaba ahí, en ese bar, y lo vi con estos ojos.

No. Esta noche Nando no toca a Milena. La trata con el respeto que le tienen los hombres a las mujeres que los han abandonado. Le conversa, pero no la toca. Más bien la mira con dolor.

—¿Qué van a saber cómo la miraba, si las gafas negras le escondían los ojos? Son habladurías. Todo el mundo opina pero nadie sabe nada.

La gente no es ingenua, se da cuenta de las cosas. Y a Nando la nostalgia se le nota a simple vista, como un aura desteñida alrededor de la figura. Cuando está con Milena pierde los reflejos, no olfatea los peligros porque lo anula un desasosiego sin fondo donde no existe sino ella. Y tiembla. En esta vida sólo lo ha hecho temblar una persona: Milena, la única que le supo decir que no.

—A pesar de todo era un soñador, de los crónicos, de los perdidos.

Cuando aterriza en el mundo de los humanos es imbatible, es implacable. Es un lince, un rayo, un látigo. Pero cuando ella reaparece, así sea en su memoria, se deja llevar por una modorra indefensa y reblandecida de cachorro recién alimentado, de vieja atarugada de Valium 10. Esta noche, la del reencuentro fortuito después de años de ausencia, Nando no tiene entendimiento ni sentidos para nadie más. No espera a sus primos y enemigos, los Monsalve: tal vez por un instante hasta ha olvidado que existen.

En honor a Milena, que le tiene asco a las armas, anda sin su Colt Caballo, la de balas marcadas con su nombre, la del potro encabritado en la cacha de marfil. Anda con la guardia baja, entregado, en plan sano de enamorado que pide perdón.

Por eso no se da cuenta cuando los Monsalve entran al bar. Los demás oyen descorrer la cortina negra de la entrada y ven aparecer la silueta plateada de un hombre delgado con otros tres que lo acompañan. Las parejas se abrazan para protegerse de lo que pueda pasar. Las coperas se escurren debajo de las mesas. Pero Nando no. No se entera de nada, perdido en sus ansiedades y en sus añoranzas.

Del fondo, del corredor de los baños, entra un golpe de olor frío, a cañerías, a colillas. Desde el techo una lámpara de efectos especiales lanza un centelleo de rayos intermitentes, mortecinos como flashes de cámara, que iluminan —ahora sí, ahora no, ahora la veo y ahora no— la figura del recién llegado, que brilla fosforescente, espectral.

Es el Mani Monsalve. Parecido al Nando Barragán en lo físico, como un hermano a otro. Y es que aunque se odien son la misma sangre: primos hermanos. El Mani más joven, menos alto, menos grueso, menos feo. Más verde de piel, más fino de facciones. Más duro en la expresión. Con la marca que lo hace reconocible hasta el fin del mundo: una media luna bien impresa en la cara, un cuarto menguante que arranca en la sien, toca la comisura del ojo izquierdo y sigue su curva hasta más adelante del pómulo, para detenerse cerca de la nariz. La mitad de un antifaz, un monóculo hondo, indeleble: una mala cicatriz ganada en algún porrazo, en cualquier balacera, quién sabe en qué tropel.

El Mani grita: Nando Barragán, vengo a matarte, porque tú mataste a mi hermano, Adriano Monsalve, y la sangre se paga con sangre. Y grita también: Hoy cump

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