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LLáMENME CASANDRA

Marcial Gala  

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Fragmento

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Penguin Random House

A Shinere y Shenae Gala Ávila.

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A la memoria de Reynaldo Arenas.

Como el caballo muerto que la marea inflige a la playa.

JORGE LUIS BORGES

Estoy sentado mirando el mar.

Es muy temprano en la casa, por lo que todos duermen, así que me he levantado, he abierto la puerta y he salido al balcón. Me he traído una silla de la sala para estar cómodo. Tengo diez años y es domingo, así que no voy a la escuela, puedo pasarme la mañana mirando el mar y la mañana me parece un tiempo infinito, pero luego escucho la voz de mi madre detrás de mí:

—Pero, Rauli, ¿dónde te has metido?

Siento que no quiero ser ese Raúl, quiero ser Casandra, no Raúl. No quiero que en la escuela me llamen Sin Huesos, no quiero que mi madre me llame Rauli, quiero estar mucho tiempo mirando el mar hasta que el mar se gaste en mis ojos y no sea más que una línea blanca que hace llorar. Estoy en Cienfuegos, todavía no soy un guerrero de mentiritas aquí en Angola donde nunca llueve, todavía el capitán no me ha llamado a su tienda de campaña para decirme:

—Quítate la ropa que tenemos que jugar a algo que va a gustarte.

El capitán es oriental, sus palabras me llegan sin eses y yo sonrío porque tengo miedo. Siempre le sonrío a lo que me asusta, no puedo evitarlo. Sonrío cuando pasamos por las aldeas y la gente ve pasar la caravana de tanques y camiones de guerra con ojos que se vuelven inmensos en sus caras terrosas, nos miran con sus pies desnudos empercudidos de tierra roja y a mí me parece que con esos pies quieren decirnos algo, quieren contarme algo a mí en particular. Sueño con esos pies que me dicen:

—¿Qué haces aquí?

Pero por suerte aún estoy en mi casa y miro el mar y pienso, porque reflexiono mucho a mis diez años, pienso que me gustaría abrir los brazos y saltar y caer en el empedrado, y que entonces papá y mamá llorarían mucho y José dejaría de mirarme con esa cara del que lo sabe todo. “Se mató Raúl”, dirían en la escuela y esa vez sería verdad y estaría yo feliz, no tendría que volver a robarle el dinero a mamá para ir a la librería a comprar libros y a decir:

—Deme uno de Edgar Allan Poe, que me lo robaron en la escuela.

—Se acabó Poe, tenemos a Robert Louis Stevenson —dice el librero—. Es lindo libro porque tiene una calavera afuera, pero no sé si será apropiado para tu edad.

—Es para mamá —digo yo y él pone el libro en mis manos mirándome con suspicacia.

—Bueno, pero no lo lleves a la escuela porque luego te lo quitan, y si te preguntan, yo no te lo vendí… ¿está claro?

—Sí —digo yo, que veo fantasmas.

Me asomo a la puerta de mi escuela y allí están, vestidos de marinos. Mi escuela es muy vieja y antes fue un cuartel, se llama Dionisio San Román porque hubo un marino que murió en la insurrección del 5 de septiembre de 1956. Yo regreso caminando a mi casa. Me gasté el dinero del transporte en los libros y arrastro los pies para levantar el polvo y luego respirarlo. Me gusta el olor del polvo. “Mira cómo tienes esos zapatos”, me dice mi mamá cuando subo la escalera, toco en la puerta de nuestro apartamento y Nancy me abre.

—Veo muertos —les digo y no les gusta. Está mal ver muertos, eso es locura, ahora todos somos marxista-leninistas, ateos, y si ves muertos es que estás loco.

—¿Tú quieres estar loco?

—Claro que no —digo y luego abrazo a Nancy y abrazo a mi madre. Me como la merienda que Nancy pone en la mesa con una sonrisa, le doy las gracias y voy al cuarto a leer a Stevenson.

También adivino cosas. Zeus mío, sé que moriré a los diecinueve años, muy lejos de Cienfuegos, aquí en Angola, me va a matar el capitán para que no se sepa lo nuestro, lo veo en sus ojos, en su bigote, en la manera que tiene de mirarme.

—Que no se vaya a saber nada de lo nuestro, ¿eh, Olivia Newton-John? —me dice cuando me agacho para chupársela—. Mira que te mato, no vayas a echar a perder mi trayectoria combativa porque te mato como a un perro, ¿está claro?

—Sí —digo y dejo que el miembro del capitán entre en mi boca, luego escupo lo que él deja en ella y me pongo de pie y miro por la ventana, desde donde no se ve el mar sino la tierra roja y caliente de Angola.

—¿Qué haces levantado tan temprano? —me dice mi madre detrás de mí—. ¿Se te quitó el sueño?

—Sí, se me quitó el sueño.

Y es que estoy viendo cómo las balas me atraviesan, cómo caigo muy lejos de ella y de mi padre, que ha salido y que aún no vuelve. Sé dónde está mi padre, está con la rusa, la profesora de inglés que conocimos en la playa de Rancho Luna, ese día en que un catarro le impidió a mi madre acompañarnos y entonces mi padre nos llevó en el viejo Chevrolet, y apenas mi hermano y yo nos pusimos las trusas, nos sumergimos en el agua cálida con un solo grito de gozo, y cuando salimos mi padre estaba sentado en la arena, conversando con una mujer alta y rubia que hacía un raro contraste con él porque la mujer era fina y de manos bien cuidadas y las manos de mi padre siempre están empercudidas. Nos la presentó y resultó que la mujer era rusa y se llamaba Liudmila.

—Como la Gurchenko —especificó mi padre.

Muy rara la rusa, tenía unos ojos almendrados, inmensos y de un azul tan oscuro que parecía negro. Nos dio un beso en las caras mojadas a mi hermano y a mí y nos preguntó en qué grado estábamos y si nos gustaba leer.

—Quiero merendar —fue la respuesta de mi hermano.

—Quinto grado —dije yo—. Y sí, me gusta leer.

—¿Quinto grado? —se asombró la rusa—. Parece más chiquito.

—Sí, es algo enano —dijo mi padre y soltó una risotada—. Salió a mí, pero el hombre no se mide de la cabeza al cielo, sino del cielo a la cabeza.

—¿Y la mujer? —preguntó la rusa que llevaba un bikini rosado tan pequeño que todos los hombres que caminaban por la orilla de la playa giraban la cabeza para verla mejor, y mi padre tenía los ojos tan abiertos que parecía que en ellos le fuera a caber el mundo.

—Quiero merendar —insistió mi hermano y mi padre, que estaba desnudo de la cintura para arriba y dejaba ver sus músculos de ex gimnasta, sacó la cartera del bolsillo del jean y nos tendió cinco pesos a mi hermano y a mí.

—Vayan a la cafetería y pidan lo que deseen… Cuida a Rauli —le dijo después a mi hermano, que ya cumple catorce años por lo que se cree que es un hombre, y cuando estamos sentados en la cafetería me dice que esa rusa es una puta y papá un hijo de puta. Lo dice sin rencor, sólo como quien constata un dato certero. Comemos croquetas y tomamos yogur, y cuando regresamos a la orilla de la playa la mujer alta y papá aún están conversando, por lo que mi hermano le da el vuelto de los cinco pesos y volvemos al agua. Yo me sumerjo, Zeus mío, y cuando estoy en el fondo abro los ojos, entonces veo a un pez que se acerca y me mira y sueño que soy ese pez y que un niño llamado Raúl me mira, y me siento algo afectado por la trasmutación de las cosas y de los seres, aunque no conozco la palabra, sólo soy un muchacho de diez años que fue a la playa y que cuando al fin emerge de lo profundo ve que su papá habla con una mujer desconocida.

—No le vayan con el cuento a mamá, sean hombrecitos —dice mi padre cuando ya montamos en el Chevrolet—. Si le cuentan, no los traigo más a la playa.

—No nos amenaces —dice mi hermano—. Veinte pesos y no le cuento.

—¿Crees que puedes chantajearme, basura? —dice mi padre, pero luego sonríe y le extiende los veinte pesos—. Estás aprendiendo demasiado.

Si cierro los ojos veo cómo se acuesta con la rusa y hace algo en el cuerpo de ella que a mis diez años no sé muy bien lo que es, pero que no le cuento a mi madre porque sé que no le gustará y bastantes problemas tiene la pobre para oír las historias de mi padre y de Liudmila, que luego se aparece un día de mucho calor con un plato de papa y mantequilla y dice que es una receta de su abuela de Ucrania, y sonrisas van y sonrisas vienen y me pone la mano en la cabeza a mí y mira a José desde lejos, como si le tuviera miedo. Mi hermano tiene mala fama, la rusa respeta a mi hermano, mi padre le ha susurrado que es un chico difícil que está a un tris de entrar en la escuela de conducta. Yo le caigo mejor, yo sé cómo morirá la rusa, infarto del miocardio luego de una diabetes fulminante, en el 2011, a punto de cumplir setenta años de edad, en un barrio suburbano de Volgogrado, antigua Stalingrado. A mis diez años puedo ver la muerte de la rusa, puedo ver cómo abre la boca pidiendo un agua que Serguei, su nieto adolescente, no le trae. La rusa, además de las papas hervidas con mantequilla, trae algo para José y para mí, un libro de Pushkin que coloca en las manos de mi mamá como si fuera un gran tesoro; eso sí, le arranca una sonrisa a mi madre cuando lo hojea porque el libro está en ruso.

—No van a entender nada, Svetlana —le dice aunque sabe bien claro que la rusa se llama Liudmila.

Mi madre es así, en capacidad de joder no le gana nadie.

Mi madre es secretaria de un jefe que la hace sentir importante, más importante al menos que mi padre, que es un simple mecánico chapistero que regresa al apartamento casi siempre tarde y algo borracho y con el overol tan sucio de grasa y combustible que ella pasa grandes apuros para dejárselo impecable. Mi padre le dice que no lo lave por él, que lo deje así, pero mi madre emplea las mañanas de domingo en darle jabón y cepillo a esa rústica ropa de trabajo.

Encima del aparador de la sala, mi padre tiene las medallas de su tiempo de gimnasta y una foto donde se lo ve subido al podio de una competición de jóvenes atletas del campo socialista.

A la hora del almuerzo nos sentamos los cuatro en la gran mesa del comedor y mi madre insiste en que utilicemos todos los cubiertos, pero a mi padre le basta con la cuchara.

—No eres ejemplo para tus hijos —le dice mi madre.

—No, no lo soy —reconoce él—, soy un animal, no como tu jefe, ese mulato.

Mi padre odia a Ricardo, el jefe de mi madre que a veces se aparece en la casa con una botella de vodka de regalo para agradecerle a su secretaria tanta dedicación. A mi madre se le humedecen los ojos al recibir la botella, que sin embargo ella no prueba. Mi padre se bebe esa botella sin darle siquiera las gracias. Ella es tan ingenua que se deja presentar a la rusa sin que se le pase por la cabeza que esa mujer, tan fina y distinguida que parece salida de una revista europea, se iba a fijar en un salvaje como mi padre.

Mi padre se llama José Raúl Iriarte Gómez y nació en Placetas, un pueblo lleno de resentidos guajiros de origen español que se odian a sí mismos por haberse quedado en el pueblo y envidian a los que se fueron. Mi abuelo se llamaba José Ignacio y era impertérrito jugador de gallo y obrero agrícola. Mi abuela Carmen hablaba en gallego y cultivaba coles y lechugas que luego vendía en todo Placetas. Además de mi padre, tuvo otros cuatro hijos, a todos les puso José como primer nombre y todos, menos mi padre, murieron de forma violenta. Los dos mayores ingresaron en el ejército rebelde. José Eduardo, camino de la Sierra Maestra, fue atrapado por un pelotón de guardias rurales y ametrallado a la orilla de la carretera. A José Roberto lo mataron en Santa Clara cuando la toma del tren blindado. A los otros dos los asesinó el mismo marido que encontró a José Ricardo, el más joven, durmiendo con la esposa, mientras el que le seguía, José Felipe, con la espalda recostada en la pared trasera de esa casa, tocaba la guitarra, cantaba una ranchera y vigilaba. Muy buen centinela no debió ser porque no oyó llegar al hombre conocido en todo Placetas como “Juan Rompe Fiesta”.

—El cuchillo le interesó el riñón a José Felipe —le dijo el médico a mi abuela—, si no, hubiera sobrevivido.

A José Ricardo, el celoso le cortó la yugular y a la esposa le dio tantas puñaladas que, según cuenta mi padre cuando se emborracha y añora a sus hermanos, al perito le dio un síncope y por poco fallece cuando vio a esa muerta tan llena de sangre que daba grima. A veces mis abuelos sólo tenían para comer harina de maíz aderezada con sal y un poco de salsa de tomate si era época de tomate. Cuando triunfó la revolución, mi padre, que ya era un adolescente, se dedicó al deporte y a la mecánica, luego le compró el Chevrolet a uno de esos burgueses de Punta Gorda que emigraron nada más saber que Cubita la bella iba de cabeza al comunismo.

Mi madre se llama Mariela Fonseca Linares y nació en Cruces, que entonces no era el pueblo mugriento en que se convirtió posteriormente, sino una pequeña ciudad próspera, con varios periódicos y estaciones de radio y una vida cultural que pretendía ser activa. La madre de mi mamá, Elena Elisa Linares Argüelles, se casó con un mulato blanconazo, llamado Eduardo Fonseca Escobar, miembro de la cédula del Partido Socialista y abogado, graduado en una de esas universidades del sur de los Estados Unidos adonde sólo van los negros. La familia de mi abuela, hacendados azucareros conocidos en toda la provincia de Las Villas como los Linares, nunca le perdonaron ese desafortunado amor y la desheredaron, así que mi abuela se hizo maestra normalista y, junto con su esposo, construyó una casita de madera que aún existe en Cruces. Tuvieron hijas mellizas. Mi tía Nancy nació muy rubia y de ojos azules como yo, y mi madre era tan trigueña que en la escuela la llamaban la Gitana. Eran muy apegadas, y cuando mi madre se mudó para Cienfuegos su hermana se mudó también y vivió con nosotros hasta que enfermó de cáncer y murió. Yo tenía once años cuando Nancy murió y mi madre nunca volvió a ser la misma, ni yo tampoco.

Yo me parecía tanto a Nancy que parecía más hijo de ella que de mi madre.

—Vuelvo y te repito que, si alguien se entera de lo nuestro, te mato —remacha el capitán, que se acomoda la gorra militar ante el espejo, se arregla la pistola en su funda y, antes de salir a revisar las postas, mira uno a uno los cuadros del Che, Fidel, Raúl y Camilo como si de íconos se tratara.

Luego me dice:

—Prepara el informe, que lo necesito para mañana.

Yo debo ir al albergue, buscar el cepillo de dientes y lavarme la boca. No resisto el sabor del semen en el paladar. Pero debo tener cuidado: Carlos, el sargento de Matanzas, me la tiene jurada. Prometió golpearme duro para que se me quite la bobería y entre en caja y les facilite la llave del almacén de comida a él y a sus secuaces. Yo no puedo hacer eso. Yo también tengo hambre, pero no puedo hacer eso, debo ser cuidadoso, si el capitán se entera me mandará primero al calabozo, y luego con los otros soldados, que volverán a decirme Marilyn Monroe y otras lindezas, y volverán a vestirme de mujer los días de asueto y no me gusta, ya no me gusta.

—Soy Casandra —les dije una vez—, Casandra, que volvió a nacer luego de cinco mil años, cuando ya no existen ni Ilión ni la Hélade.

—Casandra, que nació en una isla en medio del trópico, ese soy yo. Casandra, todavía castigada a conocer el futuro y a que nadie le crea —les insistí porque había ingerido una gran cantidad de aguardiente angolano y se me había subido para la cabeza, y Carlos dijo:

—No, tú eres la maldita y puta Juana de Arco que va a salvarnos a todos de todos los singados mercenarios de la UNITA y de Sudáfrica.

Los demás le rieron la gracia. Luego me dijo:

—En realidad tú eres el caballo de Atila, por donde pasas no crece más la hierba.

De un empujón me tiró a la tierra, se abrió la portañuela, se sacó el pene y pretendió orinarme la cara, pero Agustín dijo:

—Oye, Carlos, déjalo en paz, es un infeliz, no abuses.

Agustín es cienfueguero igual que yo y pasamos juntos la previa en San Miguel antes de abordar el barco para Angola. Es un negro grande como Carlos.

—Sólo estamos jugando con él, tiene que hacerse duro —dice Carlos mirando a Agustín con algo que pretende ser una sonrisa.

—Esos no son juegos —dice Agustín—. Ponte de pie, Raúl, no tienes que dejar que te humillen así, ¿tú eres cubano?, ¿qué te pasa? Cojones.

—Vaya, le salió un padre de Las Casas a Marilyn Monroe, quién lo iba a decir, no lo esperaba de ti, cienfueguero.

—Él es cubano como todos nosotros, si lo jodemos a él nos joden a todos —dijo Agustín y me tendió la mano que yo agarré para pararme.

Estaba tan borracho yo, era la primera ...