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LO RARO EMPEZó DESPUéS

Eduardo Sacheri  

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Fragmento

Cubierta Portada Nota preliminar
Aclaración Lo raro empezó después Un verano italiano Los informes de Evaristo Romero El golpe del Hormiga Cerantes y la tentación Lunes El Apocalipsis según El Chato El retorno de Vargas Reuniones de egresados Hechizo indio Motorola La multiplicación de Elenita Por Achával nadie daba dos mangos Un buen lugar para esperar sin prisa Correo Segovia y el quinto gol El Rulo y la Muerte Geografía de Tercero Fotos viejas Epílogo (Mito y realidad del 2 a 0) Biografía Otros títulos del autor Créditos Grupo Santillana

Nota preliminar

Uno de los mejores regalos que me hicieron mis papás cuando era chico fue un velador minúsculo, apenas un portalámparas de plástico negro con una perilla blanca, que atornillamos a la madera de la cabecera de mi cama. Yo dormía en una cucheta, en la litera de abajo. La oscuridad me daba miedo y me costaba conciliar el sueño.

Pero desde que tuve el velador las cosas cambiaron. Le perdí el miedo a la noche. Cuando me mandaban a dormir me arrodillaba sobre el colchón, cerraba unos imaginarios portones corredizos en los cuatro costados del lecho y me acostaba fantaseando que mi cama era un vagón de un largo y lento tren de carga, que traqueteaba suavemente sobre las vías durante un viaje que cruzaba la noche y soltaba un chasquido profundo cada vez que las ruedas pasaban la unión de dos tramos de rieles.

Y a la luz de mi velador leía. Cuentos, novelas, lo que fuera. Los exprimía, los devoraba, los absorbía.

Aprendía, en esos viajes nocturnos, que dentro del mundo caben tantos mundos y tantos caminos como palabras hay escondidas en un libro.

Ojalá estos cuentos le sirvan a alguien para algo parecido. ¿Existe, acaso, para una historia, mejor destino que ayudar a alguien a atravesar ileso la desolación de su noche?

Los cuentos que componen este libro fueron escritos entre 2001 y 2003, mientras los argentinos comprobábamos dolidos, una vez más, lo lejos que nos queda el Paraíso. Vayan entonces estas historias, dedicadas con profundo cariño a esta patria triste a la que llegaron mis abuelos, y en la que mis hijos tienen, pese a todo, el privilegio de crecer.

Lo raro empezó después

El único que se dio cuenta de que pasaba algo raro fue el Peluca, que como es un loco por los pájaros se apioló de que de pronto habían dejado de volar y se habían quedado callados. Además Peluca es el arquero, y ése es el único puesto en el que tenés tiempo de ponerte a pensar, salvo que justo te estén reventando a pelotazos. O capaz que el Peluca nos verseó, y después de que pasó todo se mandó la parte de que había sido el único que había visto ciertos signos misteriosos.

No sé por qué empecé a contar la historia por el Peluca, porque pensándolo un poco, si la quiero contar como Dios manda, me tengo que ir bastante más atrás de la tarde esa en la que se callaron los pájaros. Por lo menos a dos semanas antes, y al turro hijo de mil puta del Cañito Zalaberri. No creo que en el mundo exista un guacho más guacho que ése. Por empezar es un bruto. Tiene los ojos chiquitos y fijos como una laucha, los dientes para afuera y un montón de pecas en la cara. Es más callado que las lombrices, salvo para insultarte. Eso sí le sale. Te putea por cualquier huevada. A sus amigos y a todo el mundo. Es malo como la hepatitis, y en el campito se las da de jefe. Nadie le hace frente, porque por más boludo que sea mide como dos metros y si te pone una mano te sienta de culo. Una vez se peleó con Pablito y le dejó la cara tan estropeada que parecía que lo había atropellado un tanque. Por eso nadie se mete con el cornudo del Cañito Zalaberri. Porque le tienen miedo. Y como el otro lo sabe, aprovecha y hace lo que se le canta.

Todavía hoy no entiendo cómo se animó el Luli a hacerle frente con el asunto del desafío. Supongo que lo que pasó es que le llenó las pelotas con eso de hacerse el capo del campito, y el Luli dijo basta y se le plantó. A veces el Luli tiene cada idea que lo aplaudís o lo matás, como aquella vez que nos hizo salir a probar por el barrio un sistema nuevo de ring-raje que resultó un fracaso y no hubo vecino que no saliera a recontraputearnos, pero ésa es otra historia.

Nosotros teníamos el campito hasta las cuatro de la tarde, más o menos. Después venía la barra del Cañito y teníamos que rajar con el rabo entre las patas. Y el modo con el que nos daban el raje era tétrico. Desde afuera, desde la calle, el Cañito le pegaba un

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