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LOS 100 (LOS 100 1)

Kass Morgan  

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Fragmento

Capítulo 1
Clarke

Cuando la puerta se abrió despacio, Clarke supo que había llegado la hora de morir.

Se quedó mirando las botas del guardia y se preparó para que la atacara el terror, para que la inundara una ola de pánico brutal. En cambio, al incorporarse sobre un codo en la cama y notar cómo la camiseta se despegaba del colchón empapado de sudor, no sintió nada. Solo alivio.

La habían trasladado a una celda individual como castigo por haber agredido a un guardia, pero Clarke no sabía lo que era la soledad. Las voces acechaban por todas partes. La llamaban desde cada rincón de la oscura celda. Llenaban los silencios entre los latidos de su corazón. Le gritaban desde los más profundos recovecos de la mente. No quería morir, pero si tenía que perder la vida para silenciar aquellas voces, estaba lista.

La habían confinado acusada de traición. La verdad, sin embargo, era mucho peor de lo que nadie podía imaginar. Y si por algún milagro salía absuelta del segundo juicio, ni aun así descansaría. Sus recuerdos eran más oprimentes que las paredes de cualquier celda.

El guardia carraspeó y cambió de postura para cargar el peso del cuerpo sobre la otra pierna.

—Prisionera número 319, póngase en pie, por favor.

Era más joven de lo que ella esperaba y el uniforme parecía inmenso en su escuálido cuerpo; hacía poco que lo habían reclutado.

Alimentarse a base de rancho militar durante unos cuantos meses no basta para ahuyentar el fantasma de la malnutrición que asola las míseras naves periféricas, Walden y Arcadia.

Clarke inspiró profundamente y se levantó.

—Extienda las manos —ordenó el guardia sacándose unas manillas metálicas del bolsillo del uniforme azul.

El roce de la piel del chico le provocó un estremecimiento. Clarke llevaba meses sin ver a nadie, desde que la habían trasladado a la nueva celda y, claro, sin tocar a ningún ser humano.

—¿Le aprietan demasiado? —preguntó el guardia. Aunque lo dijo en tono brusco, su voz contenía una nota de piedad que encogió el corazón de Clarke. Hacía tanto tiempo que nadie salvo Thalia, su antigua compañera de celda y su única amiga en el mundo, se compadecía de ella…

Clarke negó con la cabeza.

—Siéntese en la cama. El doctor ya está en camino.

—¿Lo van a hacer aquí? —preguntó ella con voz ronca; las palabras le arañaban la garganta al salir.

La inminente llegada de un médico significaba que habían decidido prescindir del segundo juicio. Tampoco le extrañó. La ley de la colonia dictaba que los condenados adultos fueran ejecutados en el acto; los menores, en cambio, eran confinados hasta que cumplían los dieciocho y luego se les concedía una última oportunidad de demostrar su inocencia. Últimamente, sin embargo, se ejecutaba a los jóvenes a las pocas horas del segundo juicio por crímenes de los que, hacía unos pocos años, habrían salido absueltos.

A pesar de todo, a Clarke le costaba creer que fueran a ejecutarla en la celda. Por morboso que sonase, esperaba con ilusión el paseo final hasta el hospital en el que había pasado infinidad de horas durante sus prácticas médicas —una última oportunidad de experimentar viejas sensaciones, aunque solo fuera el olor a desinfectante y el zumbido del sistema de ventilación— antes de perder para siempre la capacidad de sentir.

El guardia habló sin mirarla a los ojos.

—Tiene que sentarse.

Clarke retrocedió unos pasos y se sentó muy tiesa al borde del camastro. Aunque sabía que la soledad distorsiona la percepción del tiempo, no se podía creer que llevara casi seis meses allí encerrada, en completa soledad. El año que había pasado en compañía de Thalia y de su otra compañera de celda, Lise —una tía dura que solo había sonreído una vez en todo ese tiempo, precisamente cuando los guardias se llevaron a Clarke—, había durado una eternidad. Sin embargo, no cabía otra explicación. Seguro que hoy era su cumpleaños, y el único regalo que recibiría sería una inyección que le paralizaría los músculos hasta que su corazón dejara de latir. Después, lanzarían su cuerpo sin vida al espacio, como era costumbre en la colonia, para que surcase la galaxia a la deriva por toda la eternidad.

Una figura cruzó el umbral; un hombre alto y enjuto que entró en la celda con brío. Tenía el pelo canoso, largo hasta los hombros, y aunque la melena le ocultaba en parte la insignia bordada en el cuello de la bata, a Clarke no le hacía falta verla para saber que tenía delante a uno de los asesores médicos más importantes del Consejo. Había pasado casi todo el año anterior a su confinamiento pegada como una lapa al doctor Lahiri y no podía ni calcular las horas que había dedicado a observarlo mientras el hombre realizaba intervenciones. Los demás aprendices codiciaban el destino de Clarke y hablaron de nepotismo cuando descubrieron que el doctor Lahiri era uno de los mejores amigos de su padre. O al menos lo había sido antes de que los padres de Clarke fueran ejecutados.

—Hola, Clarke —la saludó el hombre en tono cordial, como si se hubiera cruzado con ella en el comedor del hospital y no en una celda—. ¿Cómo estás?

—Mejor que dentro de un rato, supongo.

Al doctor Lahiri siempre le había hecho gracia el humor negro de Clarke, pero esta vez su expresión se entristeció y se volvió hacia el guardia.

—¿Le importa quitarle las esposas y dejarnos a solas unos instantes, por favor?

El guardia cambió de postura, incómodo.

—Me han ordenado que extreme la vigilancia.

—Puede esperar al otro lado de la puerta —repuso el doctor Lahiri en un tono de infinita paciencia—. Es una chica de diecisiete años y está desarmada. Creo que seré capaz de controlarla.

El guardia evitó los ojos de Clarke mientras le quitaba las esposas. Tras asentir brevemente en dirección al doctor Lahiri, abandonó la celda.

—Querrá decir «es una chica de dieciocho años y está desarmada» —lo corrigió Clarke, forzando algo parecido a una sonrisa—. ¿O se ha convertido en uno de esos sabios despistados que nunca saben en qué año viven?

Su propio padre había sido uno de ellos. Olvidaba programar las luces circadianas del piso y más de una vez se iba a trabajar a las 04.00, demasiado absorto en sus investigaciones como para reparar en que los pasillos estaban desiertos.

—Aún tienes diecisiete, Clarke —dijo el médico con aquellas maner

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