Loading...

LOS AñOS PERDIDOS

Mary Higgins Clark  

0


Fragmento

Índice

Los años perdidos

Agradecimientos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Epílogo

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

A la memoria de mi querido cuñado y amigo,

Kenneth John Clark.

Amado esposo, padre, abuelo y bisabuelo.

Y «el tío» para sus sobrinos, que lo adoraban.

Te quisimos muchísimo.

Descansa en paz

Agradecimientos

Cuando se dice que escribir un libro es un largo viaje, es totalmente cierto. Sin embargo, decir que será un viaje de dos mil años es algo bastante distinto. Cuando Michael Korda, mi editor, insinuó que sería interesante que la historia tuviera un trasfondo bíblico y que debería tratar de una carta escrita por Cristo, negué con la cabeza.

Sin embargo, la posibilidad no me dejaba tranquila y las palabras «¿y si?» y «supón que» me asaltaban con frecuencia el pensamiento. Empecé a escribir y cuatro meses después me di cuenta de que no me gustaba el modo en que estaba contando la historia.

Por mucha experiencia que se tenga como escritor, eso no garantiza que la narración siempre se desarrolle como se había imaginado. Así pues, deseché esas páginas y empecé de nuevo.

Mi más feliz agradecimiento a Michael, mi editor, mentor y querido amigo durante todos estos años. Ya hemos reservado un día para el almuerzo de celebración. Durante el mismo, sé lo que sucederá. Delante de una copa de vino, adoptará un gesto pensativo y dirá: «Se me ha ocurrido que...», con lo que querrá decir que volvemos a la carga.

Kathy Sagan, jefa de redacción, es maravillosa. Aunque sabía que estaba ocupada con su propia lista de autores, después de descubrir lo bueno que era colaborar con ella en nuestra revista de misterio, quise trabajar con ella. Esta es la segunda novela que hacemos juntas. Gracias, Kathy.

Gracias al equipo de Simon & Schuster, que convirtió el manuscrito en libro: al jefe de producción John Wahler, la directora adjunta de edición, Gypsy da Silva, la diseñadora Jill Putorti y la directora artística Jackie Seow, por su maravilloso diseño de cubierta.

Mi equipo de hinchas locales, Nadine Petry, Agnes Newton e Irene Clark, están siempre a mi lado. Saludos y gracias.

Mi amor eterno a John Conheeney, marido extraordinario. Aún no me creo que acabemos de celebrar nuestro decimoquinto aniversario de boda. Parece que fuera ayer. Por todos nuestros mañanas compartiendo amor y risas con nuestros hijos, nietos y amigos.

Y a todos vosotros, lectores, espero que disfrutéis de esta nueva historia. Como ya he citado otras veces de ese espléndido pergamino antiguo: «El libro está terminado. ¡Dejad disfrutar al autor!».

Saludos y bendiciones,

MARY HIGGINS CLARK

Prólogo

En el año del Señor de 1474

En la calma silenciosa, mientras las últimas sombras se cernían sobre las murallas de la eterna ciudad de Roma, un monje anciano, con los hombros encogidos, se dirigió con sigilo y discreción a la Biblioteca Secreta, una de las cuatro salas que comprendían la Biblioteca Vaticana. Esta contenía un total de 2.527 manuscritos en latín, griego y hebreo. Algunos podían ser consultados por personas ajenas a la biblioteca, siempre bajo estricta supervisión. Otros no.

El más controvertido de los manuscritos era el que se conocía como «pergamino de José de Arimatea» y «carta vaticana». Trasladada a Roma por el apóstol Pedro, muchos creían que era la única carta escrita por Cristo.

Se trataba de una carta sencilla en la que daba las gracias a José por la amabilidad que había mostrado desde la primera vez que le oyó predicando en el templo de Jerusalén, cuando Cristo tenía tan solo doce años. José creyó en ese momento que era el tan esperado Mesías.

Cuando el hijo del rey Herodes descubrió que ese niño tan sumamente sabio y erudito había nacido en Belén, dio orden de que lo asesinaran. Al saberlo, José se dirigió a toda prisa a Nazaret y pidió permiso a los padres del niño para llevárselo a Egipto, a fin de que estuviera a salvo y de que pudiera estudiar en el templo de Leontópolis, cerca del valle del Nilo.

Los dieciocho años siguientes de la vida de Jesucristo son un misterio para la historia. Cuando se acercaba el final de Su sacerdocio, previendo que el último gesto de amabilidad que José tendría con Él sería ofrecerle su propio sepulcro para que descansara en él, Cristo escribió una carta de agradecimiento a Su fiel amigo.

A lo largo de los siglos, algunos de los papas creyeron que era auténtica. Otros no. El bibliotecario del Vaticano descubrió que el papa actual, Sixto IV, se planteaba ordenar que la destruyeran.

El ayudante de la biblioteca había estado esperando la llegada del monje a la Biblioteca Secreta. Con gesto preocupado, le entregó el pergamino.

—Hago esto por orden de Su Eminencia el cardenal del Portego —aclaró—. El pergamino sagrado no debe destruirse. Escóndalo bien en el monasterio y no permita que nadie conozca su contenido.

El monje cogió el pergamino, lo besó con reverencia y lo protegió en las mangas de su holgada túnica.

La carta dirigida a José de Arimatea no volvió a aparecer hasta más de quinientos años después, cuando empieza esta historia.

1

Hoy es el día del funeral de mi padre. Lo asesinaron.

Ese fue el primer pensamiento que asaltó a Mariah Lyons, de veintiocho años, cuando despertó de un sueño ligero en la casa donde se había criado, en Mahwah, una población al pie de las montañas Ramapo, al norte de New Jersey. Mientras se limpiaba las lágrimas que le inund

Recibe antes que nadie historias como ésta