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LOS BARCOS SE PIERDEN EN TIERRA

Arturo Pérez-Reverte  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Sopla el viento en las jarcias, bajo las estrellas

1994

Paco el Piloto

El chulo de la isla

1995

El Dragón y la Polar

Cazadores del mar

A despecho del inglés

1996

Ochocientas veces al año

El cubo de plástico rojo

Telebingo marítimo

La galera de Lepanto

La guerrera del arco iris

Patente de corso

1997

El faro de la Nao

El guardiamarina Hornblower

Parejas venecianas

1998

Vidas lavadas

El maestro de Gramática

Siempre al oeste

Ni barcos, ni honra

Desayuno con coñac

Los fantasmas del Sunderland

Niño a estribor

Los lobos del mar

Remando espero

1999

Corsarios uruguayos

Nos siguen hundiendo barcos

Una caza sin cuartel

2000

No era un barco honrado

Esos perros ingleses

Marinos ilustrados

Piratas chungos

Moros en la costa

Sin rey ni amo

El rezagado

2001

Sobre ingleses y otros perros

Mil millones de rayos

Jorge Juan y la memoria

El día de la patrona

El doblón del capitán Ahab

2002

Sushis y sashimis

Por mí, como si los bombardean

El crío del salabre

Tres amigos en el agua

Esa chusma del mar

Estas Navidades negras

2003

El Piloto largó amarras

Nelson: 206 años manco

Giliaventureros

El viejo amigo Jack Aubrey

2004

Reventando perros ingleses

La pescadera de La Boquería

Viento en las velas

Mangouras tiene nombre de tango

Pepe y Manolo en Formentera

2005

La negra majareta

Sobre barcos honrados

Cemento, sol y chusma

Trafalgar, la sangría y el jabugo

La venganza de Churruca

El viejo amigo Haddock

El viejo capitán

2006

Un pirata de verdad

La Ley del Barco Fondeado

Cartas náuticas y cabezas de moros

Frailes de armas tomar

Los torpedos del almirante

Rescate en la tormenta

La niña y el delfín

Ahora se enteran de las medusas

El misterio de los barcos perdidos

2007

El pitillo sin filtro

Oliendo a ajo

Esos barcos criminales, etcétera

El espejismo del mar

Sombras en la noche

La compañera de Barbate

2008

El hombre que atacó solo

Océanos sobre la mesa

Al final todo se sabe

Marinos y libros

Un gudari de Cartagena

2009

Megapuertos y pijoyates

Esos meteorólogos malditos

Sobre galeones y marmotas

Mediterráneo

Apatrullando el Índico

El cazapiratas sin complejos

De nombres y barcos

La general Pescanova

Sobre piratas y corsarios

2010

La pandilla del sushi

El cabo Heredia

El vasco que humilló a los ingleses

Las monjas y la bandera

2011

Borrascas perfectas

Los barcos se pierden en tierra

Sobre el autor

Arturo Pérez-Reverte en digital

Créditos

A Paco Sánchez Fariñas, por los mares que hizo posibles.

Y a Jesús Belmar, por los tres Corsos.

Sopla el viento en las jarcias, bajo las estrellas

Escribo tierra adentro, rodeado de árboles y del canto de los pájaros, pero embriagado por el olor del salitre y el aroma evocador de las aventuras marinas. Una ardilla salta audazmente en una jarcia de ramas. El mar restalla en las cuartillas que tengo sobre la mesa y que el viento agita blancas como penachos de espuma. Son las páginas de Los barcos se pierden en tierra, este libro que recoge textos y artículos de Arturo Pérez-Reverte sobre mares y marinos, varios de ellos bien conocidos de los que le seguimos, otros inéditos. La mayoría procedentes de ese espacio tan refrescante y contumaz que es su colaboración en el XL Semanal, «Patente de corso». Ahora todos juntos componen una poderosa y homogénea escuadra que ofrece no sólo un insólito goce náutico sino una aproximación iluminadora a la personalidad y el mundo del escritor a través de la que quizá sea la mayor de sus pasiones.

Me siento, lo confieso, bastante impostor pergeñando estas líneas de avanzadilla al lobo de mar. A diferencia de Arturo, no soy marino. Es más, temo al mar. «No te arrugues, Jacinto», me parece escuchar la voz de Arturo. «Sólo los imbéciles no temen al mar.» Es cierto Arturo, pero yo lo temo como no lo temen los marinos, como no lo temes tú. Lo temo mucho, sólo con verlo; lo temo por su irrevocable inmensidad, por su alevosa inconsistencia, por su insondable profundidad. Lo temo porque no hallo en él nada a lo que aferrarme, ninguna certidumbre y sobre todo ni la más mínima piedad (hacia mí). Lo temo porque se parece tanto a la vida.

¿Qué hago entonces en esta singladura?, se preguntarán. ¡Vaya mascarón de proa te has buscado, Arturo! Bueno, estoy aquí porque, aparte de algunas circunstancias fortuitas como haber conocido bien a Patric

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