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LOS CUADERNOS DE LAURA

Laura Di Marco  

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Fragmento

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Penguin Random House

A la memoria de mis padres, Pablo y Beatriz,

y a la de mi abuela Cesárea.

A mi hija, Camila.

A mi tía-madre, Aída Di Marco.

A mis amigas, esas hermanas elegidas, solapadas protagonistas de estos cuadernos.

A los oyentes de Radio Mitre, que me pidieron este libro.

A ellos les debo el éxito semanal de estas historias en el programa Pensándolo bien.

A los grupos anónimos de 12 pasos, integrados por héroes silenciosos alrededor del mundo, que han sido mi familia durante largos años.

A los que, pese a todo, siguen apostando por los finales felices.

LA INFANCIA ROTA

Dicen que el alma intuye su final. A mi mamá le pasó. A pesar de que recién había cumplido treinta y dos y estaba completamente sana, de alguna extraña manera ella presentía su muerte. Llego a esa conclusión al observar el encadenamiento de hechos que ocurrieron dos meses antes de su accidente. Quizás incluso un año antes. Solo tengo que conectar los fragmentos de memoria de aquella niña de seis años que yo era; recuerdos que seguramente se fueron matizando y completando con los relatos de los adultos que entonces me rodeaban. La “realidad” de nuestras familias es, en definitiva, eso: un patchwork de memorias.

Cada año que empieza viene a mí una evocación muy antigua que se acelera con fuerza cada 15 enero, el día que murió mamá. La escena que retorna es de un año antes del accidente: estamos mamá, la abuela y yo visitando la tumba de Manuel, mi abuelo materno. Yo tengo seis años y sé leer. Leo con mamá, las dos semiarrodilladas. Mamá me abraza y llora. Hace pocos meses que murió el abuelo y por eso vamos a verlo tan seguido. Pero la verdad es que no llora arrodillada ante al nicho de su padre sino ante la tumba de enfrente, justo la que está en diagonal: allí está enterrada una mujer joven. Parecen llamarle la atención los mensajes que le dejan el viudo y sus hijos, niños pequeños que le hacen dibujos a su mamá muerta. En cada visita, mamá lee esas cartas con devoción, como degustando el significado de cada palabra, para ver si descubre algo nuevo. El nicho de la mujer joven es reciente, como el del abuelo, por eso las flores frescas, las esquelas y las cartas desgarradoras. Mamá las devora como si fueran un folletín y yo la acompaño sin entender del todo el significado de aquel tour melancólico. Ella me ubica a su lado. Me abraza. Y llora. Llora desconsoladamente.

Aquel año, en el arranque de la primaria, empecé a dibujar cruces de distintas formas y tamaños. Las maestras se alarmaron y llamaron a mamá. ¿Qué significaban semejantes dibujos en una nena de primer grado? Mamá dedujo que eran las visitas al cementerio. Lo comentaron con la abuela y después de unos días de debate entre ellas, mamá volvió al colegio para anunciarles que no me llevarían más. Aquella prevención duró apenas un año, hasta el accidente. Entonces, la abuela olvidó cualquier protocolo preventivo y volvió a llevarme. No la culpo. No puedo culparla. Arrasada por la pérdida de su única hija, atravesó los treinta años que siguieron en modo supervivencia, enfocada en el exclusivo propósito de criarme, y podríamos decir que, en su estilo y como pudo, lo logró: murió a los noventa y dos años, casi intacta. En más de un sentido, el destino de mi abuela le hizo honor a su nombre. Se llamaba Cesárea.

Pablo y Beatriz, mis padres, se separaron a fines de los años sesenta, una época en la que el divorcio era una extravagancia. Excepto los míos, yo no conocía a ninguna otra pareja de padres separados. Una noche papá no vino a dormir a casa y mamá le preparó las valijas y se las colocó, todas en fila, en el patio de la casa chorizo de la calle Tamborini 5879. Era lo que hoy llamaríamos un PH, en Villa Urquiza, que compartíamos con los abuelos.

El casamiento de mamá, hija única de un matrimonio de gallegos inmigrantes, con papá, primogénito de un clan italiano, fue imponente y disruptivo para la clase social a la que pertenecíamos. Una ceremonia en la iglesia del Santísimo Sacramento, con una misa de esponsales grabada en un disco de pasta y una sesión de fotos de lujo, atípica para una familia de clase media trabajadora. Los patriarcas, el tano y el gallego, habían apostado fuerte por aquella unión. Antonio, mi abuelo paterno, soñaba en secreto con que aquella maestra, hija única de “buena familia”, reformara a mi padre. Para esa empresa, mamá se le figuraba como una gran candidata: morocha, bella, sociable, maestra y profesora de piano y, para mejor, llena de ambiciones hogareñas pequeñoburguesas. A mamá le gustaba progresar.

Pero al abuelo Antonio el entusiasmo le duró poco: en menos de cinco años, aquel matrimonio de cuento de hadas se derrumbaría irremediablemente. “En la pareja de tus padres el tema nunca fue la falta de amor, todo lo contrario”, me confesó décadas más tarde Horacio, el novio de mamá, cuando lo reencontré en 2002, después de la muerte de mi padre.

Mamá había conocido a Horacio en un baile un año después del divorcio. Él también viajaba en el auto del accidente, aunque ninguno de los dos manejaba. En otra charla, llego a decirme: “Nunca volví a permitirle a una mujer que me hablara tanto de otro hombre como tu mamá lo hacía sobre tu papá. Pero entonces yo era muy joven”.

Horacio tenía razón. Mamá estaba obsesionada con papá a pesar de que ella lo había echado de casa. Papá tampoco se resignaba. Expulsado del hogar, venía de madrugada hasta la puerta de Tamborini y tiraba piedritas contra el vidrio de la ventana que daba a la calle mientras las dos dormíamos. Rogaba ser perdonado y juraba que no lo iba a hacer más. Mamá lo perdonaba. Una vez, dos. Lo perdonó tres veces, hasta que se cansó. Papá era un bohemio, y no encajaba en el proyecto familiar que mamá soñaba. Se esforzaba un tiempo, pero su naturaleza era más fuerte y lo terminaba venciendo. Desaparecía de Tamborini por varios días. Mar del Plata era uno de sus destinos preferidos, aunque no el único. Papá empezó a tener problemas con el juego compulsivo, pero además le costaba adecuarse al régimen monogámico que le imponía el matrimonio convencional. Hoy sabemos que la ludopatía es una enfermedad que requiere de una recuperación, como cualquier otra adicción: drogas, alcoholismo, compras, sexo, comida. Pero en aquel entonces las cosas no se interpretaban así: el juego era sinónimo de vicio e irresponsabilidad. A contramano del sentido común, los especialistas afirman que los jugadores comp

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