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LOS CUADERNOS DE LAURA

Laura Di Marco  

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Fragmento

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Penguin Random House

A la memoria de mis padres, Pablo y Beatriz,

Recibe antes que nadie historias como ésta

y a la de mi abuela Cesárea.

A mi hija, Camila.

A mi tía-madre, Aída Di Marco.

A mis amigas, esas hermanas elegidas, solapadas protagonistas de estos cuadernos.

A los oyentes de Radio Mitre, que me pidieron este libro.

A ellos les debo el éxito semanal de estas historias en el programa Pensándolo bien.

A los grupos anónimos de 12 pasos, integrados por héroes silenciosos alrededor del mundo, que han sido mi familia durante largos años.

A los que, pese a todo, siguen apostando por los finales felices.

LA INFANCIA ROTA

Dicen que el alma intuye su final. A mi mamá le pasó. A pesar de que recién había cumplido treinta y dos y estaba completamente sana, de alguna extraña manera ella presentía su muerte. Llego a esa conclusión al observar el encadenamiento de hechos que ocurrieron dos meses antes de su accidente. Quizás incluso un año antes. Solo tengo que conectar los fragmentos de memoria de aquella niña de seis años que yo era; recuerdos que seguramente se fueron matizando y completando con los relatos de los adultos que entonces me rodeaban. La “realidad” de nuestras familias es, en definitiva, eso: un patchwork de memorias.

Cada año que empieza viene a mí una evocación muy antigua que se acelera con fuerza cada 15 enero, el día que murió mamá. La escena que retorna es de un año antes del accidente: estamos mamá, la abuela y yo visitando la tumba de Manuel, mi abuelo materno. Yo tengo seis años y sé leer. Leo con mamá, las dos semiarrodilladas. Mamá me abraza y llora. Hace pocos meses que murió el abuelo y por eso vamos a verlo tan seguido. Pero la verdad es que no llora arrodillada ante al nicho de su padre sino ante la tumba de enfrente, justo la que está en diagonal: allí está enterrada una mujer joven. Parecen llamarle la atención los mensajes que le dejan el viudo y sus hijos, niños pequeños que le hacen dibujos a su mamá muerta. En cada visita, mamá lee esas cartas con devoción, como degustando el significado de cada palabra, para ver si descubre algo nuevo. El nicho de la mujer joven es reciente, como el del abuelo, por eso las flores frescas, las esquelas y las cartas desgarradoras. Mamá las devora como si fueran un folletín y yo la acompaño sin entender del todo el significado de aquel tour melancólico. Ella me ubica a su lado. Me abraza. Y llora. Llora desconsoladamente.

Aquel año, en el arranque de la primaria, empecé a dibujar cruces de distintas formas y tamaños. Las maestras se alarmaron y llamaron a mamá. ¿Qué significaban semejantes dibujos en una nena de primer grado? Mamá dedujo que eran las visitas al cementerio. Lo comentaron con la abuela y después de unos días de debate entre ellas, mamá volvió al colegio para anunciarles que no me llevarían más. Aquella prevención duró apenas un año, hasta el accidente. Entonces, la abuela olvidó cualquier protocolo preventivo y volvió a llevarme. No la culpo. No puedo culparla. Arrasada por la pérdida de su única hija, atravesó los treinta años que siguieron en modo supervivencia, enfocada en el exclusivo propósito de criarme, y podríamos decir que, en su estilo y como pudo, lo logró: murió a los noventa y dos años, casi intacta. En más de un sentido, el destino de mi abuela le hizo honor a su nombre. Se llamaba Cesárea.

Pablo y Beatriz, mis padres, se separaron a fines de los años sesenta, una época en la que el divorcio era una extravagancia. Excepto los míos, yo no conocía a ninguna otra pareja de padres separados. Una noche papá no vino a dormir a casa y mamá le preparó las valijas y se las colocó, todas en fila, en el patio de la casa chorizo de la calle Tamborini 5879. Era lo que hoy llamaríamos un PH, en Villa Urquiza, que compartíamos con los abuelos.

El casamiento de mamá, hija única de un matrimonio de gallegos inmigrantes, con papá, primogénito de un clan italiano, fue imponente y disruptivo para la clase social a la que pertenecíamos. Una ceremonia en la iglesia del Santísimo Sacramento, con una misa de esponsales grabada en un disco de pasta y una sesión de fotos de lujo, atípica para una familia de clase media trabajadora. Los patriarcas, el tano y el gallego, habían apostado fuerte por aquella unión. Antonio, mi abuelo paterno, soñaba en secreto con que aquella maestra, hija única de “buena familia”, reformara a mi padre. Para esa empresa, mamá se le figuraba como una gran candidata: morocha, bella, sociable, maestra y profesora de piano y, para mejor, llena de ambiciones hogareñas pequeñoburguesas. A mamá le gustaba progresar.

Pero al abuelo Antonio el entusiasmo le duró poco: en menos de cinco años, aquel matrimonio de cuento de hadas se derrumbaría irremediablemente. “En la pareja de tus padres el tema nunca fue la falta de amor, todo lo contrario”, me confesó décadas más tarde Horacio, el novio de mamá, cuando lo reencontré en 2002, después de la muerte de mi padre.

Mamá había conocido a Horacio en un baile un año después del divorcio. Él también viajaba en el auto del accidente, aunque ninguno de los dos manejaba. En otra charla, llego a decirme: “Nunca volví a permitirle a una mujer que me hablara tanto de otro hombre como tu mamá lo hacía sobre tu papá. Pero entonces yo era muy joven”.

Horacio tenía razón. Mamá estaba obsesionada con papá a pesar de que ella lo había echado de casa. Papá tampoco se resignaba. Expulsado del hogar, venía de madrugada hasta la puerta de Tamborini y tiraba piedritas contra el vidrio de la ventana que daba a la calle mientras las dos dormíamos. Rogaba ser perdonado y juraba que no lo iba a hacer más. Mamá lo perdonaba. Una vez, dos. Lo perdonó tres veces, hasta que se cansó. Papá era un bohemio, y no encajaba en el proyecto familiar que mamá soñaba. Se esforzaba un tiempo, pero su naturaleza era más fuerte y lo terminaba venciendo. Desaparecía de Tamborini por varios días. Mar del Plata era uno de sus destinos preferidos, aunque no el único. Papá empezó a tener problemas con el juego compulsivo, pero además le costaba adecuarse al régimen monogámico que le imponía el matrimonio convencional. Hoy sabemos que la ludopatía es una enfermedad que requiere de una recuperación, como cualquier otra adicción: drogas, alcoholismo, compras, sexo, comida. Pero en aquel entonces las cosas no se interpretaban así: el juego era sinónimo de vicio e irresponsabilidad. A contramano del sentido común, los especialistas afirman que los jugadores compulsivos juegan para perder. Papá calzaba perfecto en esa etiqueta. La perdió a mamá y, con ella, a la familia que había formado. A lo largo de su vida siguió perdiendo muchísimas cosas más, hasta su propia vida, cuando aún tenía mucho por recorrer. Por supuesto, en aquellos años, mi abuela lo odiaba y no se privaba de decirlo en público, incluso delante de mí. Lujos que a las mujeres de hoy nos costaría mucho practicar. Pero la abuela era impune.

Los niños tejen lealtades emocionales fuertes con quienes los crían. A los cuatro o cinco años, lo que dice la mamá de uno es ley. Es la verdad revelada. Y si no hacemos un arduo trabajo terapéutico —muy arduo, diría—, la mayoría de los adultos sigue el guión de la infancia y no se cuestiona lo que dijo su mamá en casi nada: los otros integrantes de la familia, el dinero, el trabajo, el amor y la vida en general. Amamos a nuestros padres de un modo tan infantil que para poder tomarlos necesitamos podar todas sus zonas políticamente incorrectas. Nos cuesta amarlos en la imperfección.

Sin embargo, a pesar de ser una nena chiquita y por alguna razón que desconozco, yo había aprendido a desmarcarme de los discursos de mamá y de la abuela. A pesar de todo lo que escuchaba en casa, yo amaba desesperadamente a papá. Lo amaba con toda la fuerza de mi ser y lo esperaba con mi mejor vestido sentada en el living de Tamborini. A veces lo esperaba horas y horas yendo y viniendo hasta la puerta cancel y espiando por la ventana. Tenía tres o cuatro años, pero recuerdo con nitidez aquella adrenalina de la expectación. Algunas veces papá no venía. Otras, sí. Mama me vestía de fiesta y me dejaba sola esperándolo en aquellas citas asépticas que organizaba para que tuviera contacto con él respetando el régimen de visitas. Calculo que en los primeros meses después de la separación le habían dado el muy sano consejo de mantener distancia emocional con su ex marido. Mamá había empezado a consultar a un psicoanalista, otra rareza para la época.

Estar con papá era una celebración que yo esperaba toda la semana. Me fundía en su abrazo, su piel y su colonia de afeitar, una intensa mezcla de sensaciones que parece volver a mí cuando abrazo a un hombre del que estoy enamorada o con el que simplemente tengo piel. Secretamente deseaba estirar aquellas visitas para que no terminaran nunca. Tanto quise a papá que su perfil masculino formateó, para bien o para mal, todas mis elecciones románticas posteriores. Papá era el típico porteño informado: buen mozo, entrador, noble, sensible y emocionalmente dañado. Todo eso mezclado. Los hombres que más quise en mi vida adulta fueron exactamente así: diferentes versiones de Pablo o su perfecto reverso, que es otra manera de seguir referenciada en él. Aunque —justo es decirlo— esta segunda versión resultaba siempre más reparatoria.

Después del divorcio, papá empezó a salir con otra mujer. Mamá la odiaba con la misma intensidad que papá despreciaba a Horacio. Mamá se hacía tirar las cartas con una “bruja” a la que en las conversaciones con la abuela llamaban “la de Cuevas”. Calculo que la tarotista debía vivir cerca de Tamborini porque mamá me arreaba algunas noches para recibir sus revelaciones. También la arrastraba a la abuela y la llevaba de acompañante. A mamá le había surgido una segunda obsesión: la nueva novia de papá. La escena me superaba. La joven rival de Beatriz aparecía corporizada en aquellas sesiones esotéricas. ¿Cómo podía ser que “la de Cuevas” lograra “ver” aquella imagen? Las cartas mostraban a una chica bastante más joven que papá. Mamá se volvía loca, la abuela murmuraba en ese gallego cerrado que solo usaba para insultar y la sesión se convertía en un pandemonium. El maldito siempre era el mismo personaje, mi padre, a quien mamá había rebautizado Pablo. Hasta que se conocieron, papá siempre había sido Cacho, pero a mamá le disgustaba aquel apodo de barrio, de escaso glamour, y decidió cambiárselo. Obediente, papá aceptó y desde que la conoció a mamá, asumió su nuevo nombre. “Pablo” encajaba mucho mejor que “Cacho” —e incluso que Paulino, su verdadero nombre— con el sueño de mamá. Aquellas mujeres parecían no registrar mi presencia. En el mundo adulto en el que crecí, los chicos éramos invisibles.

Cuando me aburría de aquellos enredos amorosos, que no captaba del todo, salía corriendo al pasillo, al filo de la noche helada, formando aros con mi aliento. A medianoche, agotada, me acurrucaba en el sofá de la bruja familiar y luego mamá me llevaba a casa dormida. Algo debe haber pasado con la de Cuevas, sin embargo, porque cierto día mamá decidió reemplazarla. Sucedió un mes antes del accidente, a mediados de diciembre. Una prima suya, Cristina, la llevó a consultar otra vidente. Un mes más tarde las primas irían juntas a Mar del Plata en el mismo auto, un Chevrolet flamante que mamá había comprado. Viajarían con sus parejas para festejar mi cumpleaños. De las dos consultantes, solo Cristina lograría sobrevivir al accidente.

—De aquí a seis meses no veo nada —le informó la adivina cuando le tocó el turno a mi madre. La mujer había ensayado tres tiradas y todo lo que se veía a futuro era incierto y brumoso. En los días previos a las fiestas, mamá estaba allí para escuchar pronósticos sobre el Año Nuevo y más revelaciones sobre Pablo, pero aquella respuesta fuera de todo guión la dejó shockeada.

—¿Cómo que no ve nada? ¿Qué significa eso?

—A veces pasa. Vení en seis meses que te las tiro de nuevo.

Cuando le tocó el turno a Cristina, las predicciones no fueron más alentadoras, pero sí más precisas.

—Te veo rodeada de médicos —arrancó la mujer—, pero vas a sobrevivir. Vas a tener una larga recuperación, un año, tal vez dos. Después, no podría precisar cuándo, vas a tener tres hijos. Todo va a salir bien. Pero va a haber una tragedia en la familia. Fallece alguien joven, de pelo morocho. Parece que es un hombre.

Cristina parpadeaba sin salir de la consternación. Se le había formado un nudo en la garganta, quería gritar, pero solo atinó a preguntar:

—¿El que fallece es mi hermano?

Nuestro primo Carlos, el hermano de Cris, era entonces un joven de veinte años, morocho, que había decidido recorrer el mundo con un grupo de amigos. En los setenta no era nada común que un grupo de jóvenes de clase media viajara a Europa. La familia estaba angustiada por aquella aventura que amenazaba la paz del clan.

La tarotista hizo una pausa. Pareció conectarse más y afinar la percepción. Luego de una pausa, dictaminó:

—Es una persona morocha, joven. Creo que un hombre, pero no podría decirte si es tu hermano.

Los taromantes afirman que el lenguaje de las cartas es simbólico, y tal vez para la época, mi madre, que era sostén de familia y se había lanzado a un emprendimiento propio, podía ser visualizada más como una energía masculina que femenina. Es una mera hipótesis. Nunca lo sabré.

Lo cierto es que la bruja predijo la tragedia familiar que sucedería un mes más tarde: un vuelco en la ruta 2, a la altura de Pirán, en el que Beatriz, dormida, salió violentamente eyectada por la luneta trasera y se destrozó el cráneo contra una piedra. De los cuatro que viajaban en el Chevrolet, la única que falleció fue mi madre. Y falleció casi en el acto. Cristina no quedó en silla de ruedas de puro milagro. Tal como habían revelado las cartas, después del accidente atravesó una larga recuperación, pero algunos años más tarde fue madre de tres hijos.

A la salida de aquella sesión inquietante, cuando las primas intercambiaron información, mi madre lo supo de inmediato:

—Yo sé quién se va a morir —anunció, enigmática.

—¿Quién? —se alarmó Cristina.

—Yo.

Aquella sesión sacudió a mamá y la llevó a actuar. Decidió citar a papá en un bar del microcentro porteño, dentro de una galería comercial. Recuerdo perfectamente aquella escena, porque mientras ellos hablaban yo subía y bajaba por las escaleras mecánicas del centro comercial, y porque secretamente debía albergar la fantasía infantil de que mis padres se reconciliaran. Muchos años más tarde, papá me reveló el contenido de aquel encuentro.

—Quiero que me jures, aquí y ahora, que si me pasa algo la nena se va a quedar con mi mamá.

Papá saltó hacia atrás en su silla y le preguntó, alarmado.

—¿Si te pasa algo? ¿Por qué? ¿Estás enferma?

Mamá le dijo la verdad: estaba en perfecto estado de salud, pero necesitaba ese compromiso. Pulsearon un rato, y como papá estaba acostumbrado a no comprender a las mujeres, debió haberlo tomado como otra extravagancia de mi madre. Cedió. Se lo prometió y brindaron por el Año Nuevo. Mamá se quedó tranquila y volvimos a casa. Aquel último año de su vida, Beatriz tomó otra decisión rara: hacer una sesión de fotos conmigo. La selección sugiere que no fueron tomadas a la ligera sino por un profesional. Aquellas últimas imágenes, que luego mi abuela se encargaría de distribuir por toda la casa, parecían suspender el tiempo. Mamá eternamente joven. Mamá omnipresente desde el living, con esa mirada tan intensa y tan secretamente triste.

Unos cuatro años antes del accidente, después de la muerte de mi abuelo Manuel y de la separación de mis padres, mamá había convencido a la abuela de embarcarse en una movida audaz: vender los tres departamentos de la casa chorizo de Tamborini y mudarnos a un chalet en Vicente López. La zona norte se había puesto de moda en el arranque de la década del setenta como sucedería veinte años más tarde con los countries. Mamá había elegido un chalet de dos plantas con balcón sobre la calle Azcuénaga 802, frente a la estación de Vicente López. Llegamos a aquella casa soñada, junto con Horacio, arriba de un camión de mudanzas tocando el piano. Recuerdo el miedo que entonces les tenía a los chicos del barrio y a sus preguntas. Todos vivían en familia con su mamá, su papá y sus hermanos.

Yo no tenía hermanos, ni tampoco a un papá viviendo en la casa. Esa extrañeza era una fuente inmensa de vergüenza de la que siempre buscaba escapar. Prefería esconderme en los cumpleaños de otros chicos, o incluso lloraba para no tener que ir. Mamá me arrastraba de todos modos. Calculo que entonces aún soñaba con la idea de una familia “normal” con la que claramente no lográbamos encajar. Con Horacio iba por la revancha, a pesar de que nunca había estado enamorada de él.

El accidente sucedió en enero. Mamá y Horacio planeaban casarse el mes siguiente, en Montevideo. En aquellos años, cuando aún no existía el divorcio legal en la Argentina, la formalización de las uniones se hacía vía México o Uruguay.

El 14 de enero, antes de salir a la ruta, mamá lloró mucho. Eso me lo contó Horacio muchos años después. Estaba muy angustiada, pero nunca supo explicarle el motivo. Lejos de Vicente López, en Almagro, Cristina también lloraba sin motivo aparente. La prima de mamá se había reencontrado con un antiguo novio, Raúl. Él era quien manejaba el Chevrolet en el momento del vuelco. Mamá había manejado durante gran parte del trayecto hacia Mar del Plata, pero en una parada cerca de Dolores perdió una lente de contacto y, por precaución, decidió ceder la conducción. Hacia las cinco de la madrugada de ese 15 de enero, Raúl se puso al volante mientras Horacio, sentado en el asiento del acompañante, hacía de copiloto. Mientras los hombres viajaban en la parte delantera del auto, mamá y Cristina se acomodaron en la trasera y se quedaron profundamente dormidas.

La otra mitad de la familia esperaba en Mar del Plata. Nos alojábamos en un departamento alquilado en el centro de la ciudad. Faltaban unos días para mi cumpleaños. Mamá y Horacio viajaban a la costa para festejármelo y compartir juntos unas minivacaciones en un ensayo de incipiente familia ensamblada.

La mañana del accidente la abuela se había levantado a las siete. Preparó mate y cuando puso la pava, una mariposa negra, enorme, entró por una de las ventanas que daba a la calle Falucho. La abuela se parapetó en una esquina de la cocina, como si hubiera ingresado una amenaza indefinible. Decodificó instintivamente que aquella señal no era buena. El corazón le latía con fuerza. Arremetió con un repasador para matar el insecto o, al menos, para eliminarlo de su vista. La desigual lucha duró unos minutos, lo suficiente como para que mi abuela recordara aquella escena durante los treinta años posteriores.

La llegada de mamá a Mar del Plata estaba prevista para las 8 de la mañana. En aquel departamento de vacaciones estaban, además de la abuela, mis tíos abuelos —padres de Cristina— y el primo Carlos. La tía había preparado una torta de naranja para el desayuno familiar.

A pesar de que todavía no había cumplido siete años, puedo recordar el día del accidente de mamá hasta en los más mínimos detalles. Me levanté alrededor de las 11, rodeada de juguetes nuevos. Eran los que me habían regalado para el Día de Reyes: hasta aquel momento yo era la única nena de la familia y concitaba todas las miradas y beneficios del clan. Acaricié a Jimeno, un muñeco que luego se convertiría en mi preferido y que años más tarde heredaría mi hija. En la casa había una tensión extraña: los viajeros no habían llegado en el horario previsto y todo el mundo caminaba de un lado para el otro. Mi tío esperaba en el balcón con el mate en la mano. Una hora más tarde vio venir a Raúl, que cruzaba la calle arrastrando una pierna con dificultad. Lo siguiente que recuerdo son insultos.

—¡Hijos de puta! ¿Venían borrachos? ¡Son unos hijos de puta!

Mi tío gritaba mientras zamarreaba con fuerza al mensajero. Después, más gritos, llantos, puñetazos, el ataque de nervios de mi tía, los cachetazos de mi tío para “calmarla”, la torta de naranja hecha una bola endurecida en mi estómago. A mi abuela nadie podía decirle nada. ¿Quién se atrevería a contarle que su única hija había muerto? A mí nadie me explicaba nada. Como la niña que era, seguía siendo invisible.

Lo siguiente que recuerdo es un abrazo infinito entre mi abuela y Horacio, mi mano acariciando el cuerpo helado de mi madre —yo nunca había tenido una sensación semejante—, el viaje a Buenos Aires, la llegada a la casa vacía, el velatorio. En el living de Azcuénaga habían quedado tiradas unas botas de Beatriz. Muchos años más tarde, una de mis tías me contó que dos o tres días después del accidente yo lloraba desconsoladamente pidiéndole que se calzara aquellas botas olvidadas. Ya desde entonces buscaba que alguien se pusiera en sus zapatos y ocupara alguna porción de aquel vacío infinito.

Horacio se mudó temporariamente a Azcuénaga, y en cuestión de horas Cesárea dejó de ser una abuela amorosa y permisiva para convertirse en una madre severa y amargada. Una abuela-madre que yo desconocía por completo. De la noche a la mañana empezó a tratarme como una adulta. Me costaba comprender aquella mutación.

Estábamos de duelo y mi nueva tutora me prohibió escuchar música. Se acercaba el 19 de enero y extrañamente yo quería tener mi cumpleaños. Aún hoy, tantos años más tarde, me resulta raro aquel deseo en medio de aquella pérdida que cambiaría mi vida para siempre, pero eso era lo que yo sentía. Enojada con la vida, mi abuela debió habérmelo reprochado de algún modo porque durante décadas arrastré una sensación difusa de culpa por aquel anhelo “impropio”. Lo abordé muchísimos años más tarde en el consultorio de una psicóloga con la que trabajaba en la sanación de mis heridas infantiles.

—¿Te sentías culpable? ¿Por qué? ¿Por querer seguir viviendo?

Aquella pregunta disruptiva me cambió repentinamente la percepción. El ejercicio de convocar a un observador externo y talentoso a nuestra vida siempre trae esas reescrituras sanadoras. Los integrantes de nuestras familias son como actores, con roles fijos, desplegados como en una obra de teatro. Cada uno cumple su papel, que termina cristalizándose en el tiempo. Por eso, las buenas terapias siempre nos sacan de esos laberintos emocionales. Al mirar de otra manera resignifican escenas y personajes. Y nos impulsan a cambiar la mirada y ampliar nuestra conciencia.

Aquella tarde, mi terapeuta buscó bucear más profundo. Eran tiempos de revolver el dolor, sacarlo a la luz y liberarlo.

—¿Cambiarías tu vida por otra si pudieras?

Nunca me había planteado aquel dilema, pero asumí el desafío. Me tomé el tiempo para pensarlo en profundidad. Pasamos unos minutos en silencio hasta que emergió una verdad que ignoraba por completo cuando me escuché decir:

—No, no la cambiaría. Siento que todo lo vivido me trajo hasta acá, construyó mi identidad y me transformó en lo que soy.

Mi terapeuta asintió en silencio y finalmente dijo:

—Lo imaginaba.

Aquella tarde empecé a comprender que la resiliencia, el arte de salir fortalecidos de la adversidad, también es darse cuenta de que siempre podemos poner lo “malo” al servicio de lo mejor. Y que esa elección, la de reescribir nuestra propia historia, solo depende de nosotros.

“Una infancia infeliz no determina la vida.”

Boris Cyrulnik

EL CÓDIGO OCULTO DE LA ARGENTINIDAD

Tuve una mamá moderna; podríamos decir que de avanzada. Beatriz usaba minifalda, fumaba y a fines de los años sesenta trabajaba en la Fiat. Fue entonces, en una época en la que las mujeres casadas tenían que pedirle permiso al marido para poder ganar dinero fuera de la casa, cuando se le ocurrió la subversiva idea de manejar. Pero mamá no le había pedido permiso a nadie, entre otras cosas porque ya estaba separada de papá, lo que en aquel entonces era prácticamente un pecado capital.

Eran años en los que la clase media argentina aún podía aspirar a comprarse un cero kilómetro ajustándose el cinturón durante un año o dos, y eso fue precisamente lo que hizo mamá: una tarde llegó del trabajo con su “Fitito” 600 azul y lo dejó estacionado, orgullosamente, en la puerta de nuestra casa.

Yo amaba ese “Fitito”. Y mamá también, tal vez porque lo consideraba un símbolo de su propia libertad. Una libertad que, sin embargo, no le iba a resultar gratis. No pasaba una semana sin que algún conductor rabioso la insultara: parecía haber algo imperdonable en aquella madre joven que ostentaba el enorme desparpajo de ponerse al volante de su propia vida.

Mamá tenía su rutina automovilística: me ubicaba a mí en el asiento trasero mientras la abuela, que vivía con nosotras, hacía de copiloto. Una noche, mientras volvíamos a casa por la avenida Libertador, el “Fitito” se deslizó por fuera de su carril y el conductor de al lado estalló: “Andá a lavar los platos, la puta que te parió”.

A principios de los setenta, la gente no insultaba con tanta facilidad como ahora. Mucho menos a una mujer. Mamá aceleró con toda su alma. Tal vez buscaba una reparación, una desmentida, no lo sé. “Bety, calmate, por favor”, le rogaba mi abuela. Pero mamá no la escuchaba, y en cambio corría cada vez más, hasta que llegó un punto en el que quedó cabeza a cabeza con su agresor. Fue entonces cuando sucedió algo asombroso. Aquella morocha menuda, que no llegaba al metro sesenta, bajó el vidrio de la ventanilla y ordenó: “¡Bajate si sos macho!”. El hombre quedó estupefacto. La miraba sin poder creer, mientras yo lloraba, muerta de miedo, en el asiento trasero. La persecución terminó cuándo el conductor, desorientado, logró zafar de mi madre camuflándose en la noche de un volantazo hacia el río.

Mamá murió en enero de 1974 en un accidente de auto. Tenía treinta y dos años, y en su defensa debo decir que no manejaba ella sino un familiar, a quien le había cedido el volante después de perder una lente de contacto en el baño de una parada en la ruta a Mar del Plata.

La muerte de Beatriz atravesó mi vida en muchísimos sentidos.

Pero al margen de las secuelas mayores, me legó una de manual: llegué a los cuarenta sin saber manejar. Y cuando por fin tuve un auto, desconocía hasta lo más básico.

Me daba cuenta por las risas disimuladas —y a veces, sin ningún disimulo— de los empleados de las estaciones de servicio cada vez que yo llegaba a alguna de ellas con una duda automovilística. Eran inquietudes que a ellos debían parecerles obvias o tontas. Un día pregunté cuál era la diferencia entre goma y llanta y desaté una carcajada general.

Debutar con el auto después de los cuarenta fue como entrar a un submundo secreto del cual yo había estado completamente al margen. Me maravillaba y me shockeaba al mismo tiempo. Los conductores se comunicaban entre sí con un lenguaje propio y operaban con contraseñas encriptadas que no estaban escritas en ningún lado pero que, en la práctica, regían la vida de quienes conducían. La trama de la argentinidad se tejía a diario entre aquellas ruedas y semáforos: el capricho, la prepotencia, la intolerancia, la violencia verbal, el desprecio por el otro, la apropiación indebida del espacio público: las Toyota Hilux se sentían con todo el derecho del mundo a prepotear a los pequeños Gol como el mío.

Una noche de lluvia, mientras viajaba con un amigo por una autopista, un Ford Escort que venía detrás empezó un desesperado juego de luces para que corriera mi autito básico de lo que consideraba “su” carril. “Pero mirá ese imbécil —se indignó mi copiloto—, ni que tuviera una nave.”

Parecía que todos, menos yo, estaban al tanto de aquel código oculto de la argentinidad.

Durante mi primer año de conductora desarrollé tal dependencia emocional de mi GPS que incluso empecé a sentirlo como un marido contenedor. Sin embargo, tal era mi despiste que me perdía aun siguiendo sus indicaciones. Una tarde, completamente desorientada en una ruta del conurbano, le pedí al dueño de un Ford viejo y desvencijado que me guiara hasta un complejo en Campana. Seguí sus instrucciones hasta donde pude, pero en una rotonda difícil tomé la curva equivocada y lo perdí de vista. Una hora más tarde, llegué a mi destino de pura casualidad y, para mi sorpresa, en la puerta del complejo me esperaba mi guía frustrado.

Quería hacer su catarsis.

“Claro, como yo tengo este cacharro v ...