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LOS DíAS SALVAJES

Marcelo Larraquy  

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Fragmento

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Penguin Random House

A Caty, Paula, Lali y Nano.

Porque los quiero mucho.

PRÓLOGO
Las fuerzas ciegas

Este libro fue haciéndose solo.

No solo en el sentido estricto, sino sin pretensiones. O sin más pretensiones que las de un pescador que una y otra vez lanza su red entre las olas del mar de los acontecimientos. Y en ese ejercicio, en esa rutina, va recogiendo escenas, fragmentos, voces, restos perdidos, y trabaja para recomponerlos.

Así se fueron completando las páginas de este libro, con historias disueltas en la memoria o directamente desconocidas.

Los días salvajes no contiene todos los episodios centrales de la década de 1970, ni siquiera los más sobresalientes. Aquí hay atentados y secuestros, así como canciones, percepciones, obras de teatro, vida cotidiana.

Su única intencionalidad fue una búsqueda libre, azarosa, casual.

Y esa búsqueda fue acercándolo a nuevos episodios, que estaban sumergidos en otros ámbitos, escondidos sobre otros bordes, pero que también contenían las formas de la época, reproducían su estética, su atmósfera, su intensidad, su violencia y además habían sido atravesados de manera profunda por lo que esos años habían sido.

Los episodios de este libro pueden parecer dispersos o dispares, pero hay fuerzas ciegas que los reúnen a todos. La fuerza de las expectativas colectivas no resueltas. La fuerza de las ideas y de las ilusiones, de los odios. La fuerza del miedo, de las tragedias, de lo que se quiso y no se pudo. De lo que se padeció.

Quizás esas fuerzas ciegas, rescatadas desde el mar de los acontecimientos, leídas en conjunto, puedan ofrecer una versión integrada y consistente de una época más olvidada que reconocida, más traumática que asimilada. Tal vez Los días salvajes, con estas historias, pueda rescatar su lenguaje, su sonido.

Enero de 2019

EPISODIO 0
La muerte accidental

En 1964, un grupo de ex estudiantes universitarios, con militancia obrera trotskista y peronista, decide lanzarse a la lucha armada después de reunirse con el Che Guevara en Cuba. El plan es instalarse en Tucumán. Pocos días antes de viajar, el departamento que habían alquilado en el barrio de Retiro estalla y se derrumba el edificio.

Fue el intento frustrado más trágico de la guerrilla argentina.

Ocurrió en una tarde apacible de invierno en el barrio de Retiro a mediados de los años sesenta.

A las 15:23 una explosión reventó en la atmósfera y todos los vidrios de puertas y ventanas de la calle Posadas se deshicieron. Una nube de polvo cubrió la cuadra. La onda expansiva alcanzó quince cuadras a la redonda. Llegó hasta los jardines de la mansión de los Álzaga, sobre la calle Cerrito, donde hoy se levanta el hotel Four Seasons, edificios y palacios adyacentes.

“En ese momento, yo trabajaba en un local de Arenales y Libertad, a tres cuadras, y quedé impactado por la explosión. Fuimos corriendo a ver qué había sucedido. La recuerdo con la misma nitidez que la explosión en la embajada de Israel [de 1992, en Arroyo y Suipacha]. Lo primero que se comentó fue que había sido un escape de gas. La mampostería de los frentes de Posadas quedó intacta. Pero se derrumbaron los siete pisos de la cara posterior del edificio de Posadas 1168. Como el contrafrente daba a un baldío que había sobre la calle Libertad, desde allí se pudo iniciar el rescate”, afirma José Estévez, dueño de una cerrajería en la misma cuadra, cincuenta y cuatro años después del hecho.

El edificio, literalmente, había sido cortado en dos. De arriba hacia abajo. Un corte transversal. Se desplomó. Los reportes de prensa dan cuenta de que a la primera explosión la sucedió otra. Una señora que intentaba tirarse por el balcón, por temor al derrumbe, logró ser socorrida por los vecinos. Consiguieron una lona para que se lanzara. Un obrero municipal que estaba trabajando en la cuadra fue el primero que ingresó en forma solitaria y logró rescatar a nueve heridos. Otra señora pudo ser auxiliada por una escalera humana de bomberos. Luego comenzaron a sacar de debajo de los escombros a hombres y mujeres ensangrentados, mutilados, algunos con fierros clavados en el cuerpo.

A las cinco de la tarde, la pala mecánica de una máquina topadora que ingresó por el terreno baldío golpeó un objeto que provocó otra explosión. Se temió un nuevo derrumbe. Entonces comenzó a sospecharse que el origen de la tragedia no había sido un escape de gas. Supusieron que podría haber explotado la caldera, pero el administrador del edifico informó que la había apagado a las dos de la tarde.

Cinco dotaciones de bomberos habían llegado a la zona de rescate; más de cien hombres trabajaban en el lugar. En una de las primeras acciones de salvamento, uno de ellos, que buscaba a una persona atrapada en el cuarto piso, acompañado por un grupo de vecinos, fue golpeado por la caída de una losa. Se llamaba Enrique Gorlier.

Lo sumaron al listado de muertos.

Durante toda la noche, dos usinas de la División Parque iluminaron el edificio derrumbado. Los bomberos continuaron extrayendo restos humanos. A la mañana siguiente, miércoles 22 de julio, rescataron el cadáver

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