Loading...

LOS HIJOS DE LA DIOSA HURACáN

Daina Chaviano  

0


Fragmento

Prólogo

Madre Nuestra que estás en los cielos...

Estrecho de la Florida, 8 de septiembre, 10.20 h

 

Primero fue el banco de niebla que se alzó en el horizonte. Al principio pensaron que era una especie de espejismo, pero la bruma creció y se extendió hasta teñir el cielo de un insólito verde. Poco después comenzó la lluvia; una lluvia blanca como la leche, a ratos plateada, que parecía brillar con luz propia.

Sin brújula, radio o radar, los tres hombres navegaron entre las crestas del enfurecido océano, procurando descubrir el ojo luminoso de algún faro, pero los instrumentos de navegación habían enloquecido y el velo de nubes no les permitía ver nada que pudiera servirles de guía.

Exhaustos y apenas sin reservas de agua potable, se agazaparon en el fondo del pequeño yate y se preguntaron cómo era posible que los sorprendiera ese mal tiempo si las noticias no habían anunciado tormenta alguna.

Juan no dejaba de mirar su reloj-brújula como si esperara que su insistencia lo hiciera funcionar de nuevo. Su hermano Rodrigo se mordía las uñas, maldiciendo por no haberse quedado en casa a ver aquel partido de béisbol. Ahora moriría en medio de la nada. Con cada golpe de las olas apretaba entre sus dedos la medalla de la Virgen de la Caridad del Cobre que su madre le había regalado antes de fallecer.

En la tercera noche de tempestad, los hombres intentaron dormir en aquel moisés que se balanceaba con violencia. Ya fuera porque el cansancio los vencía o porque se habían acostumbrado al movimiento, se rindieron al sueño.

Johnny fue el primero en despertar, aunque no se incorporó de inmediato. El joven timonel contratado por ambos hermanos era nativo de la reserva indígena de Big Cypress. Había abandonado las tierras de su tribu para comprarse un yate en Key West y alquilarlo a pescadores y turistas, pero su instinto de cazador seguía acompañándolo. Durante unos segundos permaneció inmóvil, intuyendo que algo ocurría. De pronto comprendió que la tormenta había cesado. Con un grito alertó a los otros para que subieran a cubierta.

El mar semejaba un cristal. En la inmensidad que los rodeaba no se distinguía movimiento alguno. Era como si la embarcación hubiera encallado en un espejo infinito. La brisa empezaba a despejar el cielo, que, sin embargo, todavía derramaba esa llovizna láctea sobre el mar. Azotada por una leve brisa, la lluvia se movía como una cortina de maná líquido, un alimento dulce y maternal que alguna diosa regalara a sus hijos.

Por puro reflejo, Juan volvió a consultar su reloj. Había vuelto a funcionar. Se lo hizo notar al timonel, que, de un salto, bajó los escalones hacia el interior de la cabina. Los equipos estaban encendidos: el intercomunicador, el radar, el compás, incluso la grabadora amarrada a un poste, que ahora susurraba el estribillo de un bolero.

De inmediato Johnny estudió los parámetros, comprobó el sitio donde se hallaban y llamó por radio al guardacostas. Supo que la tormenta los había desviado decenas de millas hacia el sureste. Se hallaban en un punto medio entre la isla Andros y la costa norte de Cuba, dentro del mítico triángulo de las Bermudas.

—Mejor nos largamos enseguida —dijo Rodrigo con cierta urgencia—, estamos rozando aguas cubanas.

—Las aguas territoriales solo llegan a doce millas de las costas —replicó Johnny.

—No importa —le apremió el otro, sintiéndose gradualmente más inquieto al recordar ciertas historias—. Estamos cerca del límite, arranca el yate.

Un nuevo llamado desde cubierta los hizo salir atropelladamente. Inclinado sobre la borda. Juan señalaba un punto oscuro que se movía sobre las aguas. No parecía una lancha de los guardacostas cubanos. Al menos no dejaba estela alguna. Fuera lo que fuera, aquello flotaba plácidamente a la deriva.

Los tres pensaron lo mismo. Solo podía ser uno de esos cubanos que desde hacía medio siglo se echaban al mar sobre balsas fabricadas con materiales de desecho. Johnny bajó a la cabina, arrancó el motor y puso proa al sur. Los otros no se opusieron.

La lluvia seguía cayendo, cada vez más fina, a medida que se acercaban al objeto cuyos contornos no lograban adivinar. ¿Era un bote? ¿Un neumático? ¿Una tabla? No había señales de vida. Si había alguien a bordo, debía de estar desmayado o algo peor. A unas treinta yardas, el timonel apagó el motor y dejó que el impulso del yate los condujera suavemente hasta aquel punto. En ese mismo instante, la llovizna cesó.

Como habían sospechado, era una balsa. O más bien, restos de ella. Allí no viajaban personas desmayadas ni muertas. Tampoco vieron utensilio alguno, ni siquiera botellas con agua, mantas o comida. Aquella superficie de tablones mal amarrados, de unos dos metros cuadrados, se hallaba limpia y seca. En su centro, mecida levemente por las olas, había una criatura desnuda.

—Oh, my God! —murmuró Johnny, que zafó el bote de auxilio amarrado a un costado del yate—. Si es una niña…

—¿Está muerta? —preguntó Juan.

—No creo —dijo Rodrigo cuando vio el cuerpecito en posición fetal, recordando la época en que distribuía alimentos a guarderías infantiles—. Así duermen los chamas.

Subió al bote y Johnny lo siguió de un salto.

—Pero ¿cómo pudo sobrevivir con esa tormenta? —preguntó Johnny, que maniobró el timón del bote para que Rodrigo se inclinara sobre la borda y tomara en sus brazos a la pequeña dormida.

—¡Y está seca! —exclamó Rodrigo, apartando los bucles del rostro infantil—. Parece un milagro.

En la cubierta del yate, Juan los aguardaba expectante. Cuando Rodrigo se empinó para alcanzársela, Juan reparó en un trozo de papel arrugado que la niña apretaba en su puño.

—Mira —le dijo a su hermano, que ya subía por la escalera de soga mientras Johnny aseguraba el bote.

Rodrigo alisó con cuidado el papel. Era una fotografía rota, con unas líneas escritas en el reverso: «… parte de mí se librará de la muerte».

Johnny se limitó a mover la cabeza, pensando que nadie iba a creer aquella historia.

Por instinto, Rodrigo acarició la medallita de la Virgen que colgaba de su cadena y recordó aquel relato mítico que conocían todos los cubanos. Cuatro siglos atrás, en una bahía al norte de Cuba, tres hombres habían rescatado la estatuilla seca de una Virgen que flotaba sobre unas tablas, después de una tormenta de tres días y tres noches que casi los hizo naufragar. Aquella imagen era la misma que aún veneraban los cubanos en El Cobre, un santuario rodeado de montañas en la zona oriental de la isla.

—¡Santo Dios! —murmuró Juan al notar el reflejo de la medalla en el pecho de su hermano—. ¡Si hoy es el día de la Virgen del Cobre!

—¡Qué casualidad!

—Nada de casualidad —murmuró Rodrigo—. ¿No se lo dije? Es un puñetero milagro.

PRIMERA PARTE

Amenaza de tormenta

Veinticinco años después

1

Miami, West Kendall, 5 de agosto, 7.22 h

El timbre del teléfono la despertó. Se sentó en la cama, intentando pensar, aún con los párpados pesados y un mareo bochornoso.

—Oigo.

—Alicia, ¿por fin vas a venir?

Reconoció la voz de su tío, pero no supo de qué le hablaba. ¿Adónde debía ir? A su mente acudieron retazos de una conversación: «cambio del paradigma arqueológico… todavía es un secreto… dos meses de excavación… ningún otro departamento…».

—Ah, sí —recordó—. Ya lo arreglé todo. Puedo salir esta misma noche.

—¡Perfecto! Te enviaré el código de embarque por email. Iré a esperarte al aeropuerto.

Su tío colgó sin despedirse.

¡Cielo santo! ¿Qué le estaba pasando? El vértigo le nubló la vista. Apoyándose en las paredes, alcanzó al baño y se echó agua helada en el rostro. Cogió una toalla a ciegas y se contempló en el espejo, que le devolvió la imagen de un rostro nimbado por una melena de cabellos oscuros como hilos de seda. Se peinó con cuidado y movió un poco la cabeza para comprobar que ninguna ventisca alteraría su corte de paje medieval. Las náuseas habían disminuido, pero ¿por qué seguía tan débil? Al recordarlo, alzó ligeramente las cejas.

La Voz. Siempre que soñaba con ella despertaba con aquel malestar, como si hubiera pasado horas girando en un torbellino. Era una presencia que la acompañaba desde su niñez… —nada sorprendente, dadas las circunstancias. Había tocado costas floridanas cuando era demasiado pequeña para recordar nada. Su única identificación era una foto de ella misma, jugando desnuda en una playa desconocida; pero la imagen estaba incompleta como si alguien la hubiera roto por la mitad. En el reverso se leía un enigmático mensaje, o más bien lo que quedaba de él: «… parte de mí se librará de la muerte». Se conjeturó que la nota provenía de una madre o un padre que viajaban con ella en la balsa y habían muerto en la travesía. La niña balbuceaba frases en un castellano donde se detectaron rasgos de acento cubano. Sin embargo, pese a que la foto se reprodujo en todos los medios, incluidas las redes sociales, nadie la reconoció. Un año después fue adoptada por un matrimonio de médicos que formaba parte del equipo que la atendía.

Alicia no podía recordar cuándo empezó a escuchar la Voz. Tenía la impresión de que siempre había estado con ella. Al principio no le hizo mucho caso, pero a medida que fue creciendo se dio cuenta de que aquello no era normal. Los sueños donde aparecía la Voz eran diferentes a los otros. Más que imágenes, traían sonidos: el sonido de esa Voz que le hablaba en medio de una bruma verde, de textura blanda y tibia como un útero.

No se lo contó a nadie, excepto a su padre adoptivo, pero este no le dio importancia. El doctor le recordó que había pasado por una experiencia traumática cuyo impacto podía ser duradero. De todos modos consultó discretamente con tres colegas que se brindaron para examinar a la adolescente. El dictamen fue unánime: Alicia no presentaba ningún trastorno físico o emocional.

Para esa época, ya la obsesionaban los enigmas. Su interés terminó por convertirse en una profesión donde abundaban las incógnitas, como acababa de ocurrir con esa llamada de su tío, que prometía mostrarle el non plus ultra de los acertijos. No le había revelado gran cosa, pero ella sabía que el hermano de su difunta madre adoptiva jamás empeñaba su palabra en vano. Por eso decidió adelantar sus vacaciones y viajar a la isla que también ocultaba la clave de su existencia.

2

Miami, División de Investigaciones Criminales,

5 de agosto, 21.14 h

 

—Aquí está el café —anunció el teniente Luis Labrada, colocando el termo sobre el escritorio de su colega que seguía tecleando en la computadora.

Apenas el aroma se extendió por la oficina, otros se acercaron para recibir su ración. El rito del café era sagrado y colectivo. Pocos renunciaban a él, especialmente quienes trabajaban hasta la medianoche o de madrugada.

—¿Qué tal tus internos? —preguntó Luis.

—Son buenos —respondió Charlie sin apartar los ojos de la pantalla—, pero el papeleo me tiene loco. Odio las evaluaciones.

Asumía cualquier trabajo como si fuese el único detective disponible de la ciudad. Luis lo observó unos segundos y se sintió invadido por una calidez semejante a la tristeza. Con dolor recordó a su hijo Alejandro, que tenía más o menos la edad de Charlie… Sus viejas colecciones de sellos y dibujos aún llenaban la casa. Había sido una criatura risueña que cantaba a menudo, pero todo cambió con la muerte de su madre, frente a una enorme tienda de juguetes, mientras el niño exploraba la sala de videojuegos. Ella salió para hablar por teléfono y no logró sobrevivir al impacto de un auto que perdió el control y se precipitó sobre la acera.

En el funeral, Alejandro no lloró. Durante semanas tampoco habló ni quiso abrir sus regalos de Navidad. Su padre lo llevó a varios psicólogos que nada lograron.

Meses después, sin razón aparente, el niño se fijó en aquella caja envuelta con papel de regalo. Era el regalo que su madre le había comprado poco antes del accidente. Dentro encontró una guitarra con la que entabló de inmediato un vínculo personal. El tañido de sus cuerdas se convirtió en una queja contra el mundo y también en su terapia. Volvió a comunicarse con la gente, aunque nunca recuperó del todo su innata alegría.

Apenas cumplió la mayoría de edad, abandonó Miami con su guitarra a cuestas y se marchó a La Habana, esa ciudad convulsa y romántica, cercana y distante a la vez, de la que tanto le hablara su madre. Luis Labrada acudió a los escasos contactos que le quedaban en el país para averiguar su paradero, pero no consiguió nada y al final perdió todo rastro suyo.

El teniente se pasó una mano por el rostro, ansioso por apartar aquel recuerdo que no cesaba de agobiarlo. Afuera la llovizna golpeaba los cristales del edificio, produciendo un efecto tranquilizador que acabó por arrancarlo de su ensueño.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó, acercándose al mural.

—Echaba un vistazo a un caso de robo ocurrido hace dos semanas en Key Biscayne —contestó Charlie.

Varias fotos mostraban los destrozos de una habitación y huellas de zapato: BOTINES NEWA, TALLA 9, según la inscripción en rojo. Una de ellas revelaba un extraño objeto de yeso con forma semiovalada. Sobre su superficie habían trazado un círculo, con dos orificios a manera de ojos y una boca de trazo torcido. De esa cabeza primitiva brotaban un par de brazos semejantes a tentáculos: uno curvado hacia arriba y otro a la inversa. Al pie del dibujo vio tres puntos, en forma de triángulo, sobre una hoz lunar con las puntas señalando a lo alto.

—No reconozco el caso.

—No es nuestro —respondió Charlie—. Como te decía, esto sucedió en Key Biscayne, y los colegas de la zona me lo pasaron en la reunión de departamentos. Según el informe, alguien entró a robar en casa de un tal profesor Báez, aunque lo más curioso es que, según el dueño, no se llevó nada. El sargento a cargo del caso se quedó intrigado con esta figura que los ladrones dejaron allí. Y no me extraña… Es un poco siniestra, ¿no te parece?

Luis cogió la fotografía y la observó de cerca. No podía decir que no le resultara curiosa, pero tampoco tenía intención de darle muchas más vueltas a un caso de robo que había tenido lugar dos semanas atrás en una jurisdicción que no le correspondía y donde, para colmo, no habían sustraído nada.

—Pues yo diría que es un pisapapeles —dijo Luis, antes de dejar la foto encima de la mesa.

—No creo —respondió el joven—. Mi hipótesis es que…

Las notas de un danzón revolotearon por la oficina. Luis le echó una ojeada a su celular, leyó el mensaje y devolvió las fotos a la bandeja.

—Deja eso, tenemos que irnos.

—¿Adónde?

—Pequeña Habana. Homicidio.

Cuando Charlie salió del parqueo, la humedad de la noche se pegó a su piel. Odiaba ese clima. Su colega conectó el aire acondicionado y tuvo que esperar a que el parabrisas se desempañara antes de ponerse en marcha. Otros dos patrulleros salieron detrás. Aún lloviznaba. Mala noche para encontrar huellas al aire libre, pensó, pero ideal para hallarlas bajo techo.

A su lado, el teniente Luis Labrada se esforzó por no pensar, aunque un insistente salto en el estómago lo acompañó durante todo el trayecto. Siempre sentía aquel desasosiego cuando se preparaba para enfrentarse a un cadáver.

En pocos minutos llegaron a un pequeño centro comercial —uno de esos edificios de dos plantas, llenos de tiendas y oficinas— con un parqueo casi vacío, exceptuando un viejo Toyota deportivo y un BMW plateado. Los autos patrulleros, con sus luces parpadeantes, se detuvieron a poca distancia de ellos.

Al pie del elevador les esperaba un individuo uniformado en azul, con una gorra donde se leía SECURITY.

—Buenas noches, soy el detective Luis Labrada. Mi colega es Charlie Griffin. ¿Y usted?

—Julián Gómez, guardia de seguridad, para servirle —dijo el hombre con expresión asustada—. Yo descubrí… Fui yo el que llamó a la policía. No he tocado nada.

En silencio entraron al elevador, que se puso en marcha con un temblequeo perceptible. Nadie habló hasta que las puertas volvieron a abrirse y los detectives siguieron los pasos del guardia.

—¿Dónde ocurrió?

—En CubaScape.

—¿Cuba qué?

—Una agencia de turismo.

—¿Avisaron al dueño? —preguntó Charlie.

—La víctima es el dueño —respondió—, por lo menos uno de ellos.

A medida que avanzaban, Luis repasó los letreros estampados en los cristales del pasillo: MON CHÉRI JOYERIA, LA INDIA (IMPORTACIONES), CLÍNICA DE ACUPUNTURA, EMPEÑOS: SU DINERO AL INSTANTE, CERÁMICAS SUR.

—¿Comprobó si también entraron a otro local? —preguntó el detective.

—Solo al que le dije.

—¿Y sabe qué robaron?

El security se encogió de hombros.

—No tengo ni idea, pero nadie arma semejante desbarajuste, ni deja todo ese dinero en la caja fuerte, si no es porque busca algo muy importante. Y el crimen… —hizo una mueca—, lo que hicieron…

Un policía apostado en la entrada se apartó para dejarlos pasar.

—Quédese aquí, por favor —le indicó Luis, mientras se colocaba los guantes de látex.

—Es lo que pensaba hacer —le aseguró el hombre casi indignado—. No me interesa volver a ver eso.

La oficina era un completo pandemonio. Fotos y cuadros yacían fuera de sus marcos, la caja fuerte de la esquina mostraba su interior revuelto, y el contenido del archivo metálico cubría buena parte del suelo. Otra caja, empotrada en la pared, también permanecía abierta. Un olor a cigarrillo mentolado flotaba en el aire, proveniente de un cenicero colocado sobre el escritorio donde había… El detective se detuvo. Al comprender lo que veía, un líquido amargo trepó por su esófago. Cerró los ojos, respiró profundo y volvió a mirar.

El difunto yacía con los miembros descoyuntados en una especie de crucifixión torcida. Lo habían clavado a la altura de los codos en una posición desnivelada que hacía aún más perturbadora la escena. Un codo se hallaba a la altura de los ojos; el otro, a un nivel más bajo, cerca del pecho. Si hubiera estado de pie, su brazo derecho habría apuntado al cielo y el izquierdo hacia la tierra.

El olor a orina y desechos fecales permeaba sus ropas. El detective contuvo la respiración mientras se acercaba al cadáver de ojos desmesuradamente abiertos. Numerosos cortes atravesaban el rostro y los antebrazos. Sus manos eran amasijos de carne amoratada, como si los dedos hubieran sido aplastados a golpes, algo que parecía confirmar una escultura de piedra despedazada, cuya base era un pegote de sangre, trozos de piel y vellos.

—No creo que un solo hombre haya podido hacerlo —murmuró Charlie.

—A menos que la víctima estuviera inconsciente —dijo a sus espaldas Luis, olfateando el pañuelo que sostenía con unas pinzas—. Cloroformo.

Estudió los clavos enterrados en la carne. En realidad no eran clavos, sino estacas industriales de madera.

—¿De dónde diablos sacaron esto?

—De la construcción que hay al pie de la escalera —dijo un policía—. Hay todo tipo de cosas allá afuera.

Un investigador se acercó a la caja fuerte del rincón para extraer un pasaporte que puso en manos del teniente Luis Labrada. El detective hojeó el documento. Fue difícil reconocer el rostro crispado del cadáver en los plácidos rasgos del hombre en la foto. Leyó el nombre de la víctima, Manuel Valle, y recorrió las páginas para revisar los sellos de sus viajes. El último le provocó un ligero alzamiento de cejas, pero no comentó nada. El técnico también encontró un reloj de oro y dos anillos que colocó en una bolsa. Por último registró el compartimento de otra caja fuerte, adosada a la pared, de donde sacó cuatro fajos de dinero y varios papeles que echó en una bolsa más ancha.

—Vaya récord —se admiró Charlie—. Dos cajas abiertas y a nadie le interesa el dinero.

—Este no es un robo común —masculló Luis.

—Es lo que acabo de decir.

—No me refiero a eso.

Charlie no pudo evitar un estremecimiento. ¿Quién podía odiar tanto a un tipo como para hacerle algo así? Era una estampa grotesca que demostraba que el asesino, ya fuera solo o acompañado, había disfrutado torturándolo. Cerró los ojos. Sabía que esa imagen le acompañaría en unas cuantas noches de insomnio. Era el destino de todo policía: vivir cercado por esa clase de recuerdos. Y entonces, de repente, se fijó en esos brazos clavados por los codos y retorcidos en un estertor imposible. Había algo siniestramente familiar entre la foto que acababa de ver en la oficina y la disposición de aquel cadáver. Miró al teniente: parecía absorto en los pies del muerto, que colgaban húmedos y enlodados delante de la mesa.

—Teniente Labrada, la posición del cuerpo, ¿no le recuerda…?

Luis asintió despacio, como si aún estuviera procesando la información. La brutal postura de la víctima imitaba los brazos de aquel extraño símbolo que acababan de ver en la oficina, como parte de un fallido robo ejecutado en Key Biscayne.

—Y no solo eso —dijo Luis sombríamente, señalando los zapatos del muerto—. Botines Newa.

—Y apuesto a que son de talla 9 —añadió su colega.

3

Aeropuerto Internacional de Miami, 5 de agosto, 21.24 h

 

Alicia no quería discutir con su padre, pero no era fácil ignorar al doctor Ruby Solomon.

—¿Por qué no me dejaste en la entrada? —preguntó ella mientras cruzaban el paso que conectaba el parqueo con el aeropuerto—. Mi vuelo no sale hasta las diez y media.

—Y mi crucero no embarca hasta el fin de semana —respondió él, arrastrando la maleta de ruedas.

La tensión dibujaba manchas rubicundas en su incipiente calvicie, una condición que intentaba compensar con la barba que se había dejado crecer para complacer a la rama más tradicional de su familia, algo distanciada del buen doctor, que siempre se había mostrado bastante liberal en sus tradiciones judaicas; ni siquiera se había molestado en transmitirlas a su hija, prefiriendo que ella escogiera las suyas propias.

—Llámame cuando aterrices. No, mejor cuando te reúnas con tu tío. Así sabré que ya estás acompañada. Virgilio irá a esperarte, ¿verdad? Las cosas no están para que andes sola por esas calles.

Su padre todavía la trataba como si fuera una criatura. No se parecía en nada al resto de su estricta familia, quizá por haber estado casado durante tantos años con la difunta Teresa, una cu

Recibe antes que nadie historias como ésta