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LOS HIJOS DE LA DIOSA HURACáN

Daina Chaviano  

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Fragmento

Prólogo

Madre Nuestra que estás en los cielos...

Estrecho de la Florida, 8 de septiembre, 10.20 h

 

Primero fue el banco de niebla que se alzó en el horizonte. Al principio pensaron que era una especie de espejismo, pero la bruma creció y se extendió hasta teñir el cielo de un insólito verde. Poco después comenzó la lluvia; una lluvia blanca como la leche, a ratos plateada, que parecía brillar con luz propia.

Sin brújula, radio o radar, los tres hombres navegaron entre las crestas del enfurecido océano, procurando descubrir el ojo luminoso de algún faro, pero los instrumentos de navegación habían enloquecido y el velo de nubes no les permitía ver nada que pudiera servirles de guía.

Exhaustos y apenas sin reservas de agua potable, se agazaparon en el fondo del pequeño yate y se preguntaron cómo era posible que los sorprendiera ese mal tiempo si las noticias no habían anunciado tormenta alguna.

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Juan no dejaba de mirar su reloj-brújula como si esperara que su insistencia lo hiciera funcionar de nuevo. Su hermano Rodrigo se mordía las uñas, maldiciendo por no haberse quedado en casa a ver aquel partido de béisbol. Ahora moriría en medio de la nada. Con cada golpe de las olas apretaba entre sus dedos la medalla de la Virgen de la Caridad del Cobre que su madre le había regalado antes de fallecer.

En la tercera noche de tempestad, los hombres intentaron dormir en aquel moisés que se balanceaba con violencia. Ya fuera porque el cansancio los vencía o porque se habían acostumbrado al movimiento, se rindieron al sueño.

Johnny fue el primero en despertar, aunque no se incorporó de inmediato. El joven timonel contratado por ambos hermanos era nativo de la reserva indígena de Big Cypress. Había abandonado las tierras de su tribu para comprarse un yate en Key West y alquilarlo a pescadores y turistas, pero su instinto de cazador seguía acompañándolo. Durante unos segundos permaneció inmóvil, intuyendo que algo ocurría. De pronto comprendió que la tormenta había cesado. Con un grito alertó a los otros para que subieran a cubierta.

El mar semejaba un cristal. En la inmensidad que los rodeaba no se distinguía movimiento alguno. Era como si la embarcación hubiera encallado en un espejo infinito. La brisa empezaba a despejar el cielo, que, sin embargo, todavía derramaba esa llovizna láctea sobre el mar. Azotada por una leve brisa, la lluvia se movía como una cortina de maná líquido, un alimento dulce y maternal que alguna diosa regalara a sus hijos.

Por puro reflejo, Juan volvió a consultar su reloj. Había vuelto a funcionar. Se lo hizo notar al timonel, que, de un salto, bajó los escalones hacia el interior de la cabina. Los equipos estaban encendidos: el intercomunicador, el radar, el compás, incluso la grabadora amarrada a un poste, que ahora susurraba el estribillo de un bolero.

De inmediato Johnny estudió los parámetros, comprobó el sitio donde se hallaban y llamó por radio al guardacostas. Supo que la tormenta los había desviado decenas de millas hacia el sureste. Se hallaban en un punto medio entre la isla Andros y la costa norte de Cuba, dentro del mítico triángulo de las Bermudas.

—Mejor nos largamos enseguida —dijo Rodrigo con cierta urgencia—, estamos rozando aguas cubanas.

—Las aguas territoriales solo llegan a doce millas de las costas —replicó Johnny.

—No importa —le apremió el otro, sintiéndose gradualmente más inquieto al recordar ciertas historias—. Estamos cerca del límite, arranca el yate.

Un nuevo llamado desde cubierta los hizo salir atropelladamente. Inclinado sobre la borda. Juan señalaba un punto oscuro que se movía sobre las aguas. No parecía una lancha de los guardacostas cubanos. Al menos no dejaba estela alguna. Fuera lo que fuera, aquello flotaba plácidamente a la deriva.

Los tres pensaron lo mismo. Solo podía ser uno de esos cubanos que desde hacía medio siglo se echaban al mar sobre balsas fabricadas con materiales de desecho. Johnny bajó a la cabina, arrancó el motor y puso proa al sur. Los otros no se opusieron.

La lluvia seguía cayendo, cada vez más fina, a medida que se acercaban al objeto cuyos contornos no lograban adivinar. ¿Era un bote? ¿Un neumático? ¿Una tabla? No había señales de vida. Si había alguien a bordo, debía de estar desmayado o algo peor. A unas treinta yardas, el timonel apagó el motor y dejó que el impulso del yate los condujera suavemente hasta aquel punto. En ese mismo instante, la llovizna cesó.

Como habían sospechado, era una balsa. O más bien, restos de ella. Allí no viajaban personas desmayadas ni muertas. Tampoco vieron utensilio alguno, ni siquiera botellas con agua, mantas o comida. Aquella superficie de tablones mal amarrados, de unos dos metros cuadrados, se hallaba limpia y seca. En su centro, mecida levemente por las olas, había una criatura desnuda.

—Oh, my God! —murmuró Johnny, que zafó el bote de auxilio amarrado a un costado del yate—. Si es una niña…

—¿Está muerta? —preguntó Juan.

—No creo —dijo Rodrigo cuando vio el cuerpecito en posición fetal, recordando la época en que distribuía alimentos a guarderías infantiles—. Así duermen los chamas.

Subió al bote y Johnny lo siguió de un salto.

—Pero ¿cómo pudo sobrevivir con esa tormenta? —preguntó Johnny, que maniobró el timón del bote para que Rodrigo se inclinara sobre la borda y tomara en sus brazos a la pequeña dormida.

—¡Y está seca! —exclamó Rodrigo, apartando los bucles del rostro infantil—. Parece un milagro.

En la cubierta del yate, Juan los aguardaba expectante. Cuando Rodrigo se empinó para alcanzársela, Juan reparó en un trozo de papel arrugado que la niña apretaba en su puño.

—Mira —le dijo a su hermano, que ya subía por la escalera de soga mientras Johnny aseguraba el bote.

Rodrigo alisó con cuidado el papel. Era una fotografía rota, con unas líneas escritas en el reverso: «… parte de mí se librará de la muerte».

Johnny se limitó a mover la cabeza, pensando que nadie iba a creer aquella historia.

Por instinto, Rodrigo acarició la medallita de la Virgen que colgaba de su cadena y recordó aquel relato mítico que conocían todos los cubanos. Cuatro siglos atrás, en una bahía al norte de Cuba, tres hombres habían rescatado la estatuilla seca de una Virgen que flotaba sobre unas tablas, después de una tormenta de tres días y tres noches que casi los hizo naufragar. Aquella imagen era la misma que aún veneraban los cubanos en El Cobre, un santuario rodeado de montañas en la zona oriental de la isla.

—¡Santo Dios! —murmuró Juan al notar el reflejo de la medalla en el pecho de su hermano—. ¡Si hoy es el día de la Virgen del Cobre!

—¡Qué casualidad!

—Nada de casualidad —murmuró Rodrigo—. ¿No se lo dije? Es un puñetero milagro.

PRIMERA PARTE

Amenaza de tormenta

Veinticinco años después

1

Miami, West Kendall, 5 de agosto, 7.22 h

El timbre del teléfono la despertó. Se sentó en la cama, intentando pensar, aún con los párpados pesados y un mareo bochornoso.

—Oigo.

—Alicia, ¿por fin vas a venir?

Reconoció la voz de su tío, pero no supo de qué le hablaba. ¿Adónde debía ir? A su mente acudieron retazos de una conversación: «cambio del paradigma arqueológico… todavía es un secreto… dos meses de excavación… ningún otro departamento…».

—Ah, sí —recordó—. Ya lo arreglé todo. Puedo salir esta misma noche.

—¡Perfecto! Te enviaré el código de embarque por email. Iré a esperarte al aeropuerto.

Su tío colgó sin despedirse.

¡Cielo santo! ¿Qué le estaba pasando? El vértigo le nubló la vista. Apoyándose en las paredes, alcanzó al baño y se echó agua helada en el rostro. Cogió una toalla a ciegas y se contempló en el espejo, que le devolvió la imagen de un rostro nimbado por una melena de cabellos oscuros como hilos de seda. Se peinó con cuidado y movió un poco la cabeza para comprobar que ninguna ventisca alteraría su corte de paje medieval. Las náuseas habían disminuido, pero ¿por qué seguía tan débil? Al recordarlo, alzó ligeramente las cejas.

La Voz. Siempre que soñaba con ella despertaba con aquel malestar, como si hubiera pasado horas girando en un torbellino. Era una presencia que la acompañaba desde su niñez… —nada sorprendente, dadas las circunstancias. Había tocado costas floridanas cuando era demasiado pequeña para recordar nada. Su única identificación era una foto de ella misma, jugando desnuda en una playa desconocida; pero la imagen estaba incompleta como si alguien la hubiera roto por la mitad. En el reverso se leía un enigmático mensaje, o más bien lo que quedaba de él: «… parte de mí se librará de la muerte». Se conjeturó que la nota provenía de una madre o un padre que viajaban con ella en la balsa y habían muerto en la travesía. La niña balbuceaba frases en un castellano donde se detectaron rasgos de acento cubano. Sin embargo, pese a que la foto se reprodujo en todos los medios, incluidas las redes sociales, nadie la reconoció. Un año después fue adoptada por un matrimonio de médicos que formaba parte del equipo que la atendía.

Alicia no podía recordar cuándo empezó a escuchar la Voz. Tenía la impresión de que siempre había estado con ella. Al principio no le hizo mucho caso, pero a medida que fue creciendo se dio cuenta de que aquello no era normal. Los sueños donde aparecía la Voz eran diferentes a los otros. Más que imágenes, traían sonidos: el sonido de esa Voz que le hablaba en medio de una bruma verde, de textura blanda y tibia como un útero.

No se lo contó a nadie, excepto a su padre adoptivo, pero este no le dio importancia. El doctor le recordó que había pasado por una experiencia traumática cuyo impacto podía ser duradero. De todos modos consultó discretamente con tres colegas que se brindaron para examinar a la adolescente. El dictamen fue unánime: Alicia no presentaba ningún trastorno físico o emocional.

Para esa época, ya la obsesionaban los enigmas. Su interés terminó por convertirse en una profesión donde abundaban las incógnitas, como acababa de ocurrir con esa llamada de su tío, que prometía mostrarle el non plus ultra de los acertijos. No le había revelado gran cosa, pero ella sabía que el hermano de su difunta madre adoptiva jamás empeñaba su palabra en vano. Por eso decidió adelantar sus vacaciones y viajar a la isla que también ocultaba la clave de su existencia.

2

Miami, División de Investigaciones Criminales,

5 de agosto, 21.14 h

 

—Aquí está el café —anunció el teniente Luis Labrada, colocando el termo sobre el escritorio de su colega que seguía tecleando en la computadora.

Apenas el aroma se extendió por la oficina, otros se acercaron para recibir su ración. El rito del café era sagrado y colectivo. Pocos renunciaban a él, especialmente quienes trabajaban hasta la medianoche o de madrugada.

—¿Qué tal tus internos? —preguntó Luis.

—Son buenos —respondió Charlie sin apartar los ojos de la pantalla—, pero el papeleo me tiene loco. Odio las evaluaciones.

Asumía cualquier trabajo como si fuese el único detective disponible de la ciudad. Luis lo observó unos segundos y se sintió invadido por una calidez semejante a la tristeza. Con dolor recordó a su hijo Alejandro, que tenía más o menos la edad de Charlie… Sus viejas colecciones de sellos y dibujos aún llenaban la casa. Había sido una criatura risueña que cantaba a menudo, pero todo cambió con la muerte de su madre, frente a una enorme tienda de juguetes, mientras el niño exploraba la sala de videojuegos. Ella salió para hablar por teléfono y no logró sobrevivir al impacto de un auto que perdió el control y se precipitó sobre la acera.

En el funeral, Alejandro no lloró. Durante semanas tampoco habló ni quiso abrir sus regalos de Navidad. Su padre lo llevó a varios psicólogos que nada lograron.

Meses después, sin razón aparente, el niño se fijó en aquella caja envuelta con papel de regalo. Era el regalo que su madre le había comprado poco antes del accidente. Dentro encontró una guitarra con la que entabló de inmediato un vínculo personal. El tañido de sus cuerdas se convirtió en una queja contra el mundo y también en su terapia. Volvió a comunicarse con la gente, aunque nunca recuperó del todo su innata alegría.

Apenas cumplió la mayoría de edad, abandonó Miami con su guitarra a cuestas y se marchó a La Habana, esa ciudad convulsa y romántica, cercana y distante a la vez, de la que tanto le hablara su madre. Luis Labrada acudió a los escasos contactos que le quedaban en el país para averiguar su paradero, pero no consiguió nada y al final perdió todo rastro suyo.

El teniente se pasó una mano por el rostro, ansioso por apartar aquel recuerdo que no cesaba de agobiarlo. Afuera la llovizna golpeaba los cristales del edificio, produciendo un efecto tranquilizador que acabó por arrancarlo de su ensueño.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó, acercándose al mural.

—Echaba un vistazo a un caso de robo ocurrido hace dos semanas en Key Biscayne —contestó Charlie.

Varias fotos mostraban los destrozos de una habitación y huellas de zapato: BOTINES NEWA, TALLA 9, según la inscripción en rojo. Una de ellas revelaba un extraño objeto de yeso con forma semiovalada. Sobre su superficie habían trazado un círculo, con dos orificios a manera de ojos y una boca de trazo torcido. De esa cabeza primitiva brotaban un par de brazos semejantes a tentáculos: uno curvado hacia arriba y otro a la inversa. Al pie del dibujo vio tres puntos, en forma de triángulo, sobre una hoz lunar con las puntas señalando a lo alto.

—No reconozco el caso.

—No es nuestro —respondió Charlie—. Como te decía, esto sucedió en Key Biscayne, y los colegas de la zona me lo pasaron en la reunión de departamentos. Según el informe, alguien entró a robar en casa de un tal profesor Báez, aunque lo más curioso es que, según el dueño, no se llevó nada. El sargento a cargo del caso se quedó intrigado con esta figura que los ladrones dejaron allí. Y no me extraña… Es un poco siniestra, ¿no te parece?

Luis cogió la fotografía y la observó de cerca. No podía decir que no le resultara curiosa, pero tampoco tenía intención de darle muchas más vueltas a un caso de robo que había tenido lugar dos semanas atrás en una jurisdicción que no le correspondía y donde, para colmo, no habían sustraído nada.

—Pues yo diría que es un pisapapeles —dijo Luis, antes de dejar la foto encima de la mesa.

—No creo —respondió el joven—. Mi hipótesis es que…

Las notas de un danzón revolotearon por la oficina. Luis le echó una ojeada a su celular, leyó el mensaje y devolvió las fotos a la bandeja.

—Deja eso, tenemos que irnos.

—¿Adónde?

—Pequeña Habana. Homicidio.

Cuando Charlie salió del parqueo, la humedad de la noche se pegó a su piel. Odiaba ese clima. Su colega conectó el aire acondicionado y tuvo que esperar a que el parabrisas se desempañara antes de ponerse en marcha. Otros dos patrulleros salieron detrás. Aún lloviznaba. Mala noche para encontrar huellas al aire libre, pensó, pero ideal para hallarlas bajo techo.

A su lado, el teniente Luis Labrada se esforzó por no pensar, aunque un insistente salto en el estómago lo acompañó durante todo el trayecto. Siempre sentía aquel desasosiego cuando se preparaba para enfrentarse a un cadáver.

En pocos minutos llegaron a un pequeño centro comercial —uno de esos edificios de dos plantas, llenos de tiendas y oficinas— con un parqueo casi vacío, exceptuando un viejo Toyota deportivo y un BMW plateado. Los autos patrulleros, con sus luces parpadeantes, se detuvieron a poca distancia de ellos.

Al pie del elevador les esperaba un individuo uniformado en azul, con una gorra donde se leía SECURITY.

—Buenas noches, soy el detective Luis Labrada. Mi colega es Charlie Griffin. ¿Y usted?

—Julián Gómez, guardia de seguridad, para servirle —dijo el hombre con expresión asustada—. Yo descubrí… Fui yo el que llamó a la policía. No he tocado nada.

En silencio entraron al elevador, que se puso en marcha con un temblequeo perceptible. Nadie habló hasta que las puertas volvieron a abrirse y los detectives siguieron los pasos del guardia.

—¿Dónde ocurrió?

—En CubaScape.

—¿Cuba qué?

—Una agencia de turismo.

—¿Avisaron al dueño? —preguntó Charlie.

—La víctima es el dueño —respondió—, por lo menos uno de ellos.

A medida que avanzaban, Luis repasó los letreros estampados en los cristales del pasillo: MON CHÉRI JOYERIA, LA INDIA (IMPORTACIONES), CLÍNICA DE ACUPUNTURA, EMPEÑOS: SU DINERO AL INSTANTE, CERÁMICAS SUR.

—¿Comprobó si también entraron a otro local? —preguntó el detective.

—Solo al que le dije.

—¿Y sabe qué robaron?

El security se encogió de hombros.

—No tengo ni idea, pero nadie arma semejante desbarajuste, ni deja todo ese dinero en la caja fuerte, si no es porque busca algo muy importante. Y el crimen… —hizo una mueca—, lo que hicieron…

Un policía apostado en la entrada se apartó para dejarlos pasar.

—Quédese aquí, por favor —le indicó Luis, mientras se colocaba los guantes de látex.

—Es lo que pensaba hacer —le aseguró el hombre casi indignado—. No me interesa volver a ver eso.

La oficina era un completo pandemonio. Fotos y cuadros yacían fuera de sus marcos, la caja fuerte de la esquina mostraba su interior revuelto, y el contenido del archivo metálico cubría buena parte del suelo. Otra caja, empotrada en la pared, también permanecía abierta. Un olor a cigarrillo mentolado flotaba en el aire, proveniente de un cenicero colocado sobre el escritorio donde había… El detective se detuvo. Al comprender lo que veía, un líquido amargo trepó por su esófago. Cerró los ojos, respiró profundo y volvió a mirar.

El difunto yacía con los miembros descoyuntados en una especie de crucifixión torcida. Lo habían clavado a la altura de los codos en una posición desnivelada que hacía aún más perturbadora la escena. Un codo se hallaba a la altura de los ojos; el otro, a un nivel más bajo, cerca del pecho. Si hubiera estado de pie, su brazo derecho habría apuntado al cielo y el izquierdo hacia la tierra.

El olor a orina y desechos fecales permeaba sus ropas. El detective contuvo la respiración mientras se acercaba al cadáver de ojos desmesuradamente abiertos. Numerosos cortes atravesaban el rostro y los antebrazos. Sus manos eran amasijos de carne amoratada, como si los dedos hubieran sido aplastados a golpes, algo que parecía confirmar una escultura de piedra despedazada, cuya base era un pegote de sangre, trozos de piel y vellos.

—No creo que un solo hombre haya podido hacerlo —murmuró Charlie.

—A menos que la víctima estuviera inconsciente —dijo a sus espaldas Luis, olfateando el pañuelo que sostenía con unas pinzas—. Cloroformo.

Estudió los clavos enterrados en la carne. En realidad no eran clavos, sino estacas industriales de madera.

—¿De dónde diablos sacaron esto?

—De la construcción que hay al pie de la escalera —dijo un policía—. Hay todo tipo de cosas allá afuera.

Un investigador se acercó a la caja fuerte del rincón para extraer un pasaporte que puso en manos del teniente Luis Labrada. El detective hojeó el documento. Fue difícil reconocer el rostro crispado del cadáver en los plácidos rasgos del hombre en la foto. Leyó el nombre de la víctima, Manuel Valle, y recorrió las páginas para revisar los sellos de sus viajes. El último le provocó un ligero alzamiento de cejas, pero no comentó nada. El técnico también encontró un reloj de oro y dos anillos que colocó en una bolsa. Por último registró el compartimento de otra caja fuerte, adosada a la pared, de donde sacó cuatro fajos de dinero y varios papeles que echó en una bolsa más ancha.

—Vaya récord —se admiró Charlie—. Dos cajas abiertas y a nadie le interesa el dinero.

—Este no es un robo común —masculló Luis.

—Es lo que acabo de decir.

—No me refiero a eso.

Charlie no pudo evitar un estremecimiento. ¿Quién podía odiar tanto a un tipo como para hacerle algo así? Era una estampa grotesca que demostraba que el asesino, ya fuera solo o acompañado, había disfrutado torturándolo. Cerró los ojos. Sabía que esa imagen le acompañaría en unas cuantas noches de insomnio. Era el destino de todo policía: vivir cercado por esa clase de recuerdos. Y entonces, de repente, se fijó en esos brazos clavados por los codos y retorcidos en un estertor imposible. Había algo siniestramente familiar entre la foto que acababa de ver en la oficina y la disposición de aquel cadáver. Miró al teniente: parecía absorto en los pies del muerto, que colgaban húmedos y enlodados delante de la mesa.

—Teniente Labrada, la posición del cuerpo, ¿no le recuerda…?

Luis asintió despacio, como si aún estuviera procesando la información. La brutal postura de la víctima imitaba los brazos de aquel extraño símbolo que acababan de ver en la oficina, como parte de un fallido robo ejecutado en Key Biscayne.

—Y no solo eso —dijo Luis sombríamente, señalando los zapatos del muerto—. Botines Newa.

—Y apuesto a que son de talla 9 —añadió su colega.

3

Aeropuerto Internacional de Miami, 5 de agosto, 21.24 h

 

Alicia no quería discutir con su padre, pero no era fácil ignorar al doctor Ruby Solomon.

—¿Por qué no me dejaste en la entrada? —preguntó ella mientras cruzaban el paso que conectaba el parqueo con el aeropuerto—. Mi vuelo no sale hasta las diez y media.

—Y mi crucero no embarca hasta el fin de semana —respondió él, arrastrando la maleta de ruedas.

La tensión dibujaba manchas rubicundas en su incipiente calvicie, una condición que intentaba compensar con la barba que se había dejado crecer para complacer a la rama más tradicional de su familia, algo distanciada del buen doctor, que siempre se había mostrado bastante liberal en sus tradiciones judaicas; ni siquiera se había molestado en transmitirlas a su hija, prefiriendo que ella escogiera las suyas propias.

—Llámame cuando aterrices. No, mejor cuando te reúnas con tu tío. Así sabré que ya estás acompañada. Virgilio irá a esperarte, ¿verdad? Las cosas no están para que andes sola por esas calles.

Su padre todavía la trataba como si fuera una criatura. No se parecía en nada al resto de su estricta familia, quizá por haber estado casado durante tantos años con la difunta Teresa, una cubana de pura cepa con genes vagamente asturianos.

—Tranquilízate, papá, no estaré sola.

—Y para colmo, con este tiempo —prosiguió como hablando consigo mismo—. Podríamos haber esperado a que mejorara.

—Me dijo que era importante.

En realidad, las palabras exactas de su tío habían sido: «Esto va a ser una bomba, Alicia, pero es mejor no darle publicidad hasta tener más datos. Primero necesitamos la ayuda de gente como tú».

—Puede que sea lo que estoy buscando —añadió escuetamente para no inquietarlo.

Su padre se detuvo en medio de la acera.

—¿Qué quieres decir?

—Me refiero a un trabajo —respondió ella, tomándolo por un brazo para que se moviera.

—Ya tienes un trabajo —rezongó él—. ¿Qué tiene de malo el museo?

—Nada, solo que es un poco aburrido.

—¿Aburrido?

—Arqueológicamente hablando —aclaró ella—. En la isla están pasando cosas más interesantes.

—Lo único interesante es que nadie sabe qué ocurrirá en esas elecciones —gruñó el doctor—. Tu madre siempre me decía: «Lo único seguro en Cuba es que nada es seguro».

—Las cosas han cambiado.

—Sí, cambiado para peor. Y ahora con esas elecciones…

—Ay, papá, ¿qué tienen de malo? Elecciones hay en todas partes.

—¿Ves como no sabes nada? —masculló el hombre—. Siempre andas en la luna.

Ella esquivó como pudo a un grupo de viajeros que arrastraba carritos repletos de equipajes, dispuesta a entrar de una vez para buscar el mostrador de la aerolínea. Alzó la vista para leer los letreros.

—Sorry —se excusó al tropezar con alguien que salía.

—Watch out, young lady! Oh! Alicia?

Ella se volvió hacia el hombre. De inmediato reconoció aquellos bigotes espesos de general confederado.

—¡Profesor Báez! —exclamó ella, casi feliz por aquel encuentro que interrumpía las quejas paternas—. ¡Qué gusto verlo! ¿Se va de viaje?

—Vengo de La Habana.

—Pues yo voy para allá.

—¿Con este tiempo? —se asombró el profesor.

Alicia se volvió en busca de su padre, que había desaparecido en medio de una súbita invasión de japoneses cargados de cámaras, que se habían detenido ante la puerta para tomarse selfies, gritando y sonriendo con sus dedos en forma de V, contentos de haber sobrevivido a un tifón caribeño.

—¿Sigues en el museo? —preguntó el profesor.

Ella asintió.

—Vas a malgastar tu talento, siempre fuiste la mejor del curso. —Y elevó la voz mientras se alejaba, deseoso por escapar del tumulto—. Un placer saludarte. ¡Y ya sabes, la oferta se mantiene!

Tan pronto lo perdió de vista, Alicia descubrió que su padre le hacía señas desde una columna cercana.

—¿Ese no era Máximo Báez? ¿De qué oferta te hablaba?

—Después te digo —respondió ella, dirigiéndose al mostrador de Cubana de Aviación.

Por suerte, las antiguas aglomeraciones de exiliados que intentaban abordar un vuelo hacia La Habana eran cosa del pasado; y si se trataba de una noche como aquella, uno podía estar casi seguro de que los vuelos irían medio vacíos. Se aproximó a la casilla más cercana para mostrar sus documentos.

—¿La señorita lleva equipaje? —preguntó el empleado de la aerolínea en un inglés con acento cubano.

—Solo de mano —le respondió en español—. ¿Sabe algo de la tormenta?

—Se está debilitando —dijo el joven con su mejor sonrisa—. No se preocupe, le aseguro que tendrá un buen viaje.

A Alicia siempre la apabullaba la sensualidad casi salvaje de sus compatriotas. ¿Qué podía tener en común con esos isleños? Si se miraba al espejo, solo veía a una criatura de ojos asustados y enormes. Ella no pertenecía a ningún sitio. No tenía raíces familiares, ni siquiera guardaba recuerdos de su infancia en Cuba. Hasta su perfecto español se lo debía a Teresa.

—¿De qué oferta hablaba ese profesor? —repitió el doctor Solomon, que jamás olvidaba un asunto.

—Me ofrecieron una plaza en la Cuban-American University.

—No irás a decirme que la rechazaste.

—La enseñanza no es para mí, papá. Prefiero la investigación. A lo mejor en Cuba encuentro algo interesante.

El doctor Solomon empezó a farfullar en voz baja.

—¿Qué dijiste? —preguntó ella.

—Nada que no te haya dicho ya —contestó él mecánicamente, leyendo el mensaje que acababa de entrar con un tintineo—. En mala hora se nos ocurrió llevarte a la isla.

Siempre se quejaba de lo mismo, aunque fue él quien insistió en regalarle aquel viaje a La Habana cuando cumplió diez años, en compañía de Teresa, que deseaba ver a su hermano. Así había conocido al tío Virgilio, recién nombrado curador del Museo del Libro. Fue entonces cuando su vida dio un vuelco que duraba hasta el presente.

Alicia no podía negar que se consumía de curiosidad, pero no dejaba de preguntarse si hacía bien en dilapidar sus vacaciones en el Caribe en lugar de volar a Florencia como se había propuesto meses atrás. Finalmente reconoció que regresaba a la isla por la misma razón por la que había estudiado grafología y criptografía, para resolver más misterios. Ese era su karma: hallar salidas a los laberintos, explorar los rincones sombríos, encontrar sentido al sinsentido.

Y es que aquella isla la había dejado doblemente desorientada. Sus padres adoptivos habían sido los mejores que hubiera podido desear, pero ella seguía haciéndose preguntas. ¿Por qué la habían lanzado al mar en una embarcación tan precaria? ¿Permanecieron en la isla sus verdaderos padres, tras confiarla a algún familiar que se fugaba en balsa, o habían muerto en la travesía? ¿Lo habrían hecho con la idea de reunirse más tarde con ella? Pero si era así, ¿por qué nunca la reclamaron?

—¡Vaya! —exclamó el doctor, echando otra ojeada a la pantalla de su móvil, que acababa de encenderse de nuevo.

—¿Qué?

—Nada, asuntos de trabajo.

El hombre se quedó contemplando el mensaje y, al cabo de unos segundos, su rostro había perdido toda señal de enojo.

—Mejor nos despedimos aquí —propuso ella.

—¡Qué pronto quieres deshacerte de este viejo! —se quejó él, tras responder al mensaje—. ¿Por qué no nos sentamos en aquel restaurante? Solo unos minutos más.

Alicia suspiró.

—Si no vuelves a hablarme de ciclones ni de trabajo.

—Te lo prometo. —Se puso de pie y le estampó un sonoro beso en la frente. Parecía de buen humor—. Espérame en cualquier mesa y ve pidiendo lo que quieras. Voy un momento al baño. Pago yo.

—Solo quiero un café con leche y pastelitos. ¿Y tú?

—Nada de comer, solo un cubalibre.

La muchacha lo observó con incredulidad mientras él se alejaba con su inseparable maletín de cuero. Cualquiera podría pensar que su padre era un tipo medio chiflado y quizá un poquito bipolar.

4

Miami, División de Investigaciones Criminales,

5 de agosto, 23.02 h

 

El teniente Luis Labrada tenía razones para sentirse orgulloso de su carrera como veterano en la sección de Homicidios. Había ingresado en el cuerpo con apenas dieciocho años y se las arregló para terminar dos licenciaturas, una en Justicia Criminal y otra en Psicología, antes de solicitar un puesto como detective en la misma sección.

Su viudez lo sorprendió tras una década de matrimonio. Ahora llevaba la vida solitaria de muchos detectives, con esporádicas relaciones que no duraban mucho porque la mayoría de las mujeres terminaban huyendo de esas interminables jornadas y de las llamadas intempestivas a todas horas, aunque a él no parecía importarle.

Sin embargo, hubo una época en que dudó que pudiera soportar aquella carga de trabajo. Contrario a lo que muchos civiles pensaban, era un mito —multiplicado por esas burdas series televisivas— que un investigador fuese capaz de comportarse con frialdad, y hasta bromear, en medio de una escena colmada de sangre y violencia. No se habituaba a aquellos escenarios que luego lo perseguían en sus pesadillas. Al final desarrolló una especie de coraza que le permitió examinar los hechos desde lejos, como si se tratara de una puesta en escena; un mecanismo de defensa bastante común en su oficio.

Sus colegas también habían pasado por estados anímicos semejantes, pero lograron superarlos… más o menos. La camaradería que se establecía entre aquellos hombres que lidiaban con la muerte día tras día, en medio de condiciones de todo tipo, como el de esa noche ciclónica, era imprescindible para la salud mental.

—¿Te queda café? —preguntó Luis desde la puerta del cubículo donde se hallaba la mesa del sargento Charlie Griffin.

Charlie le señaló el termo de la repisa.

—Esto sabe a rayos —se quejó el teniente después de probarlo; y arrastró una silla para sentarse junto al sargento, que rebobinaba un video en su computadora—. ¿Desde cuándo la gente de Key Biscayne se dedica a grabar los casos de robo?

—No es eso —dijo Charlie, sirviéndose más café—. Lo que ocurre es que alguien quiso probar la cámara antes de usarla en Homicidios. Es pura casualidad que tengamos estas imágenes y un interrogatorio con el dueño de la casa. Tuvimos suerte. Es muy interesante, ahora verás.

Las imágenes de la pantalla solo tenían dos colores: negro y verde fosforescente, lo cual indicaba que la cámara filmaba en infrarrojo. La habitación en tinieblas era una especie de biblioteca donde el caos era total. Había papeles en el suelo y en el escritorio. Decenas de libros, sacados de sus estantes, yacían sobre la alfombra como pájaros muertos. Varios anaqueles con puertas de cristal mostraban artefactos arqueológicos. Las parpadeantes cifras en la esquina inferior de la izquierda indicaban que la grabación databa de dos semanas atrás.

—¿Quién denunció el robo? —preguntó Luis, mientras la cámara recorría la habitación.

—Un vecino que paseaba con su perro. Vio la verja del jardín abierta y, cuando fue a cerrarla, notó que la puerta principal también lo estaba. Como la casa se hallaba a oscuras, le pareció raro y llamó a la policía.

—¿Quién dijiste que vive ahí?

—Un profesor.

La cámara paneó de nuevo por la habitación, deteniéndose en algunos detalles.

«¿Qué pasa con la jodida luz del techo?», se quejó alguien en las sombras.

Una linterna iluminó la escena y la imagen cambió a luz natural. La cámara siguió a la linterna en su peregrinaje por la habitación hasta detenerse en una lámpara, medio oculta tras unas cortinas. Alguien la encendió.

Tras otro paneo por el escritorio en desorden, el foco se detuvo en un pedrusco colocado encima de aquella montaña. Se encontraba en un equilibrio tan precario que obviamente lo habían dejado allí para que cualquiera pudiese verlo. Luis lo reconoció de inmediato. Era el pedazo de yeso que mostraba el primitivo dibujo del rostro con brazos tentaculares. Al pie del dibujo vio el triángulo formado por tres puntos y, más abajo, la media luna con sus cuernos hacia arriba. Iba a pedirle a Charlie que detuviera el video para observar mejor el gráfico, pero la conversación grabada entre los agentes lo distrajo.

«¿Y esto?», preguntó la misma voz desde la penumbra.

«Parece otro cachivache de la vitrina, pero puede que solo sea un pisapapeles —respondió otro—. O quizá lo sacaron de la caja fuerte, pero como no era lo que buscaban…»

«Sargento —interrumpió una tercera voz—, el dueño de la casa está afuera.»

«Dile que pase sin tocar nada.»

Más movimientos erráticos de la cámara, que terminó por detenerse en una silueta de hombros cuadrados que contemplaba la escena desde el umbral. Parecía un militar cosaco de cabellos grises y copiosos bigotes blancos.

«¿Qué ocurre aquí?», preguntó.

«Parece que le han robado —respondió un individuo flaco y de rostro anguloso—. ¿Me deja ver su identificación?»

«¿Dónde estaba usted, señor Báez?»

«En el aeropuerto. Acabo de llegar de viaje.»

«¿De dónde?»

«De La Habana.»

Luis Labrada alzó una ceja al escuchar la respuesta, su única señal de sorpresa mientras miraba la filmación. Aunque los viajes a la isla habían dejado de ser noticia, algunos cubanos exiliados y sus descendientes seguían mostrando una aprensión casi genética hacia ellos.

«¿Viaje de negocio o de placer?»

«Profesional. A menudo voy a La Habana para dar conferencias en la universidad. ¿Me permite echar un vistazo a mi caja fuerte?»

«Adelante.»

Con tres zancadas, el profesor se acercó para echar una ojeada al agujero.

«¿Puede ayudarnos a saber qué le falta?»

«El dinero está ahí.»

«¿Todo el dinero?»

«Creo que sí. En cuanto a los papeles, tendría que revisarlos, pero no creo que el borrador de un libro sobre José Martí pueda interesarle a un ladrón.»

«Depende del ladrón.»

«No entiendo.»

«Es un ladrón que no roba dinero.»

«Quizá buscaba joyas o piezas arqueológicas.»

La cámara barrió la estantería de cristal que se extendía de pared a pared, a la derecha del escritorio.

«Esa vitrina está intacta», insistió el sargento.

«Entonces este ha sido un delito sin motivo», comentó el oficial con cierta rudeza.

«Ya le dije que tendré que buscar.»

«¡Le agradeceré que busque ahora, profesor!», lo apremió el otro, ocultando a duras penas su impaciencia.

El doctor se ajustó las gafas con gesto irritado y se acercó de nuevo a la caja fuerte.

«¡No toque nada!»

«Necesito sacar las cosas para ver bien.»

«Nada de tocar.»

Dos linternas enfocaron la gruta metálica. Después de husmear allí, el profesor se dirigió a los estantes iluminados y paseó su mirada de un extremo a otro sin que su rostro se alterara.

«¿Algo fuera de lugar?»

El profesor se aproximó al escritorio. Parecía a punto de decir algo cuando su vista se posó en el trozo de yeso.

«Todas las piezas están ahí», aseguró, haciendo un esfuerzo por no fijarse de nuevo en aquel objeto.

Un técnico se acercó a la mesa y sacó algunas fotos. Hizo lo mismo con otros rincones de la oficina, pero el profesor solo tenía ojos para aquel extraño pisapapeles.

«Gracias por su ayuda, profesor —se despidió el sargento desde el umbral en penumbras—. Si recuerda algo más que le falte o le sobre, llámenos.»

La cámara lo siguió hasta la acera.

«¿Algo que le sobre? —se oyó la voz del camarógrafo—. ¿Qué coño significa eso?»

«Es la primera vez que el profesor ve esa piedra en su escritorio», respondió el otro sin dejar de avanzar.

«¿Por qué estás tan seguro?»

«Porque fue lo único que miró por más de cinco segundos, como si tuviera que pensar de dónde había salido. Ese pisapapeles, o lo que sea, no es suyo, pero te apuesto a que significa algo importante para él y no quiere decirlo.»

«¿Qué clase de persona se niega a reconocer que le han robado?»

El video se detuvo. Luis se frotó los ojos.

—Pues sí que el video ha sido una bendición, porque ahora el profesor tendrá que explicarnos por qué ese pedrusco lo alteró tanto… sobre todo cuando tenemos un cadáver en la misma posición de ese monigote. Ven conmigo.

—¿Adónde?

—A visitar al profesor.

—¿A esta hora?

—¿Por qué no?

—Espera, déjame llamar primero.

Un instante después, seguro de que el profesor los esperaría en su casa, Charlie agarró las llaves del auto mientras murmuraba:

—Como quieras, pero la noche está cabrona para manejar.

5

La Habana, Aeropuerto Internacional José Martí,

5 de agosto, 23.26 h

 

Alicia se entretuvo registrando el envoltorio que su padre le entregó poco antes de despedirse. Eran imágenes de una época que ella no conocía; en aquel entonces la gente conservaba fotos impresas. Reconoció a Virgilio y a Teresa en compañía de quienes debieron ser familiares y amigos. Barajó cariñosamente aquellos recuerdos atrapados en papel, arrullada por el monótono ronroneo del avión que se deslizaba por el cielo húmedo del Caribe. Al final lo metió en su bolso junto con el otro paquete sellado que, según le explicara su padre, contenía cartas personales de su tío a la difunta Teresa. Se reclinó para dormitar un poco, pero no pudo.

Su padre tenía razón. Si no hubiera visitado la isla, todo sería diferente. Ni siquiera habría conocido a Jean-Luc, pero no quería pensar en él. Su vida personal estaba enterrada por decisión propia y así permanecería.

Su primer deslumbramiento se había iniciado con aquel viaje de infancia. Situado frente al malecón, el apartamento de Virgilio era un verdadero almacén de mapas y pergaminos. No se cansaba de explorarlo, inventándose cuentos para explicar los orígenes de cada pieza.

Una tarde Virgilio la llevó al laboratorio donde se examinaban manuscritos de siglos pasados y le permitió manipular las lupas eléctricas, las cámaras de imágenes ultravioletas, los microscopios estereoscópicos y otros artefactos igualmente épicos que le permitieron explorar territorios antes inimaginados. La niña quedó hechizada por ese universo mágico.

También la invitó a ver excavaciones. Aunque él era especialista en documentos, sentía gran pasión por la arqueología y colaboraba en investigaciones sobre el terreno. Los cambios políticos en el país habían desatado una epidemia de donaciones en equipos sofisticados, provenientes de Europa y Norteamérica, que multiplicaron los descubrimientos.

En viajes posteriores Alicia continuó presenciando aquella fiebre arqueológica que no mermaba. Por desgracia, su madre falleció y los viajes se interrumpieron, pero nunca perdió el contacto con su tío y se dedicó a leer con ahínco las miríadas de libros que él le enviaba.

Encerrada en sus lecturas, no hizo muchos amigos. Entre los adultos, se mostraba curiosa; pero con los jóvenes de su edad era arisca como una loba. Su adolescencia fue igualmente accidentada. En cada curso siempre había alguien que conocía su historia y se ocupaba de contársela al resto. Aquello fue suficiente para crear todo tipo de leyendas negras a su alrededor. Solo una chica llamada Xenia se convirtió en su amiga, aunque tampoco pudo protegerla de la curiosidad o la conmiseración. Era un bicho raro, una paria sin orígenes ni cimientos. Aprendió a volverse invisible y a andar con la nariz metida en los libros.

Su vida mejoró un poco al ingresar en la recién fundada Cuban-American University. Se matriculó en Psicología, impulsada por sus deseos de aclarar el enigma de la Voz que la perseguía. Aquel misterio la llenaba de frustración, pero al menos sus nuevos condiscípulos la dejaron en paz.

Al final del segundo año recibió una invitación de Xenia, que cursaba su carrera en la Sorbona, para que se alojara unas semanas en su buhardilla parisina y tomara algún curso de verano. Harta de analizar sus neurosis, Alicia optó por un cambio de ambiente.

Fue en ese viaje cuando conoció a Jean-Luc, un estudiante francés que prefería reunirse con becarios anglosajones. Cada mediodía, después de las conferencias, Xenia, Jean-Luc, Alicia y cuatro o cinco alumnos de otras especialidades, almorzaban juntos en algún café del Barrio Latino. Por las tardes se iban a recorrer exposiciones, descubrir tumbas de personajes famosos o visitar las casas-museos en los alrededores de la Place des Vosges. De noche se encontraban en una pastelería kosher de Le Marais, donde compartían baklavas con café negro, antes de irse a deambular por las callejuelas medievales del barrio más gay de esa capital, admirar las elegantes vitrinas que iluminaban la rue Francs-Bourgeois y terminar compartiendo un chardonnay o un burdeos purpurino de buen cuerpo, casi siempre cortesía de Jean-Luc, cuya remesa paterna le permitía una billetera más desahogada. Poco a poco los integrantes del grupo fueron definiendo sus preferencias. Cuando solo quedaron Jean-Luc y ella para compartir esos paseos que pronto se transformaron en encuentros amorosos. Las jornadas se tornaron maravillosas. Fue la época más intensa de su vida.

Al final de las vacaciones, Jean-Luc le confesó que iba a casarse en Lyon. No le había dicho nada porque pensó que la amistad entre ambos no trascendería. Lamentaba no haber sido más sincero, pero estaba enamorado de su novia y no planeaba abandonarla.

Desolada y en estado de shock, Alicia caminó durante horas bajo la lluvia. Por la noche, aún devastada, se lo contó a Xenia. Su amiga trató de consolarla, explicándole que aquello era «muy francés». En ese país, explicó, hasta los jefes de Estado y los ministros casados tenían amantes públicas y no pasaba nada. Jean-Luc no era ningún desalmado; su comportamiento era una faceta habitual de la cultura francesa. Sin embargo, esos argumentos no mitigaron el dolor de Alicia, quien regresó a Miami con el corazón destrozado.

Después de semejante experiencia, sus prioridades cambiaron drásticamente. Volvió a pensar en su tío, a quien no veía desde hacía años, y decidió viajar a Cuba en las siguientes vacaciones.

Virgilio la recibió con alegría. Como viejos colegas, volvieron a estudiar mapas y documentos mientras exploraban los archivos históricos de La Habana. Alicia revisó facsímiles que hablaban de rencillas y reclamos, de planes y disputas. Manipular aquellas escrituras resultó una revelación. Virgilio y ella debatían acaloradamente sobre el ánimo de los implicados. Poco a poco, el ejercicio de identificar las emociones ocultas en la caligrafía se le antojó tan emocionante como desenterrar piezas prehistóricas.

Al año siguiente se fue a Barcelona para estudiar grafología. Entre las asignaturas había un curso introductorio sobre códigos medievales. De la criptografía medieval pasó a la renacentista y luego a la moderna, cuyos algoritmos para encubrir mensajes eran más complejos y requerían de programas informáticos.

Al regresar a Miami, ya había decidido lo que haría con su vida. Se especializaría en documentología. El problema era que existían pocas oportunidades para dedicarse al análisis histórico, que era lo que le interesaba. Después de investigar, se enteró de que las bibliotecas y los museos preferían a los graduados de humanidades. Así es que obtuvo un título en Lenguas Modernas y entonces pudo buscar trabajo. Lo más afín que encontró fue la Sala de Documentación Caribeña del Museo Arqueológico. Se trataba de una institución nueva con perspectivas de desarrollo, aunque pronto supo que ese puesto no era lo que prometía. Sus tareas abarcaban demasiado mercadeo y poca investigación. Ya estaba preguntándose de nuevo qué haría con su vida cuando recibió la apremiante invitación de Virgilio.

Una señal de cabina la sacó de su ensueño. Creyó que habría un aviso de turbulencia, pero la voz del capitán anunció el inminente descenso en el aeropuerto habanero. Casi había olvidado cuán breve eran esos vuelos. El avión aterrizó sin incidentes.

A pesar de la hora, la terminal parecía un bazar turco al mediodía. Alicia recordó que, en la isla, por cada pasajero que arribaba desde el extranjero había entre ocho y diez familiares que iban a recibirlo. Se abrió paso entre quienes gritaban o buscaban algún rostro conocido.

—Tío, ¿dónde estás? —preguntó desde su celular.

—¿Ya saliste?

—Estoy en la entrada de autos.

—No te muevas.

Ella obedeció, aguantando los codazos de la gente, sin dejar de buscar entre la multitud que ignoraba las fronteras entre la calle y la acera, donde muchos se protegían de la lluvia bajo una marquesina. Mientras esperaba, se apresuró a escribir un mensaje tranquilizador a su padre. Vehículos y transeúntes se mezclaban en plena vía pública creando un caos inimaginable. Por fin, un auto minúsculo se escurrió como un insecto entre los peatones y se detuvo frente a ella.

—Monta —gritó desde el volante un hombrecito flaco y enjuto como un grillo.

Alicia examinó el interior de aquel microbio mecánico que se desplazaba sobre tres ruedas.

—¿Dónde pongo el equipaje?

—Sube con él.

La muchacha dudó un segundo, segura de que allí solo podrían caber su maleta o ella, pero no ambas a la vez. Con ayuda de su tío embutió la maleta en un espacio adicional detrás de los asientos antes de acomodarse a su lado.

—¿Llegaste ahora?

—Hace rato —respondió él sin apartar la vista del camino por temor a aplastar a alguien—, pero está prohibido parquear frente a la entrada. Por suerte, mi bebé cabe en cualquier sitio. Nos escondimos detrás de aquellas matas.

—¿Tu bebé?

Virgilio se volvió hacia ella y sonrió.

—Lo compré hace dos meses —dijo, dando unas palmaditas sobre el salpicadero del auto—. ¿No es una monada?

A pesar de las gafas y del cuerpo macilento, su tío mantenía un ánimo adolescente. Siempre necesitaba hacerlo todo deprisa, aunque se tratara de dormir una siesta.

—¿Y el paquete con mis cartas?

—Deja ver dónde lo puse —se dijo a sí misma revolviendo su cartera—. Espero no haberlo perdido.

Virgilio frenó bruscamente, a punto de llevarse una luz roja.

—For God’s sake, tío. ¡Ten cuidado!

—¿Perdiste lo que te dio tu padre?

—No, está aquí.

—Déjame ver.

—No pienso darte nada ahora. ¿O quieres que nos matemos? —lo regañó—. ¿Por qué hay tanto tráfico a esta hora?

—Ya sabes cómo se pone la gente cuando anuncian un ciclón. Todos aprovechan para salir a festejar antes de que llegue.

—Pero en Miami dijeron…

—Y con el rollo de las próximas elecciones, la ciudad se está llenando de reporteros y turistas que vienen de todas partes. Pero no los culpo. Ha pasado mucho tiempo desde que este país pudo votar de verdad. Las últimas elecciones entre varios aspirantes fueron en 1948; luego vino el golpe de Estado del 52; y después de eso, ya sabes: décadas de elecciones ficticias y urnas controladas. Por lo menos ahora tenemos candidatos de verdad.

La llovizna había cesado. Alicia contempló la avenida, que brillaba como un río. Ocasionalmente distinguía a algún soldado paseándose por la acera.

—No te preocupes por ellos —dijo Virgilio al notar su mirada—, todo ese despliegue es para evitar desórdenes. Espero que las cosas marchen mejor dentro de poco.

—¡Qué bueno verte tan optimista! —murmuró ella—. Siempre dijiste que los cubanos padecían de Alzheimer político.

—Y lo sigo pensando, pero hay maneras de neutralizar la mala memoria.

—¿Por ejemplo?

—Regresando al estado embrionario de la nación.

—¿Qué quieres decir?

—Ni más ni menos que lo que he dicho —replicó él enigmáticamente.

—Espero que no me hayas pagado un pasaje para hacerte la esfinge —dijo ella—. Además, tengo un hambre del demonio. Mi cena fue un café con leche y dos pastelitos.

—A eso vamos.

—¿A comer?

—No, al Capitolio. Voy a enseñarte la bomba de la que te hablé.

—¿No podríamos ir mañana?

—Alicia, este es el hallazgo arqueológico más importante del siglo.

—¿En Cuba?

—En todo el Caribe.

—Si es así, ojalá tengas comida en casa —se resignó ella—. Cuando termines de enseñarme esa maravilla, los restaurantes ya habrán cerrado.

—La Habana no es Miami —le recordó.

Cierto, la ciudad se había convertido en una criatura escurridiza y aventurera que jamás se iba a la cama sin recorrer los bares, las cafeterías y los mesones más noctámbulos. Incontables trasnochadores invadían sus calles, dispuestos a vivir la madrugada. Sin embargo, ella nunca se había asomado verdaderamente a aquel mundo. Siempre lo había visto de lejos, atisbándolo apenas.

—¿Puedes adelantarme algo?

—Prefiero que lo veas con tus propios ojos. Esto es más grande que los murales en Punta del Este.

Alicia estudió el perfil surcado de arrugas. ¿Hablaba en serio? ¿Qué podía superar la «Capilla Sixtina» cubana? Desde que Fernando Ortiz estudiara esos dibujos rupestres, un siglo atrás, no se había producido en la isla otro hallazgo arqueológico que lo superara, excepto quizá…

—¿Más importante que Los Buchillones?

Virgilio demoró en responder, sopesando su respuesta.

En la costa norte de Ciego de Ávila, durante los años ochenta, se habían exhumado los restos de un enorme poblado taíno cubierto por las aguas. Había sido la primera confirmación física de un cacicazgo en el país. Las ruinas indicaban la existencia de varias aldeas, cada una con su propio jefe o cacique, que se habían agrupado para responder al mando de un señor más poderoso que el resto. Era casi una ciudad. El número de artefactos descubiertos había cuadruplicado los que se conservaban en los museos de la isla y superaban en cantidad los hallados en todas las Antillas. Sin embargo, lo más extraordinario habían sido las propias edificaciones. Nunca, hasta ese momento, se había recuperado una sola vivienda taína. Ningún arqueólogo había logrado ver jamás in situ cómo vivían los aborígenes cubanos ni cómo eran sus construcciones. Rescatar las piezas que constituían la armazón de esas casas había sido posible gracias a las propiedades del barro que las cubría. La ciudadela ocupaba más de un kilómetro de largo, con decenas de casas reconocibles y asombrosamente protegidas bajo el mar. Era como si alguna deidad amorosa hubiera arrojado su manto oceánico para conservar los últimos despojos de sus hijos.

—Tío —insistió de nuevo—, ¿es más importante que Los Buchillones?

Tras un breve silencio, Virgilio murmuró:

—No hay nada que pueda comparársele.

—Me tienes en ascuas. ¿Por qué no acabas de decírmelo?

Él sacudió la cabeza.

—No vas a creerme si te lo cuento —dijo doblando por la avenida del Prado—, tienes que verlo. De todos modos, ya estamos llegando.

6

Miami, Key Biscayne, 5 de agosto, 23.33 h

 

Había menos tráfico, pero avanzaban con igual lentitud. Eso era lo malo de los temporales, aunque no llegaran a convertirse en ciclones. De un modo u otro siempre desataban el caos.

Charlie conducía bajo la llovizna golpeada por las ráfagas que barrían las calles. Pronto dejaron atrás los rascacielos del downtown para subirse a la carretera que volaba sobre el mar rumbo a Virginia Key, donde el viento se hacía sentir con mayor fuerza.

Durante el recorrido por la autopista, Luis repasó los datos existentes sobre el profesor.

—Aquí tengo más información —comentó, leyendo la pantalla—. Tiene varios reconocimientos académicos en Estados Unidos y se le considera una autoridad en José Martí.

—¿Ese no era un héroe o un presidente cubano? —lo interrumpió Charlie—. El profesor también lo mencionó en el video de Key Biscayne.

—Martí jamás llegó a ser presidente, pero fue mucho más que eso —respondió Luis, que había nacido y crecido en la isla—. Su influencia en Cuba no tiene paralelo con la que ejercieron otras figuras históricas en sus respectivos países. Tal vez pudiera compararse con lo que representaron Washington o Lincoln para Estados Unidos, pero Martí los supera en la veneración que sus compatriotas sienten por él. Es una adoración casi mística, tan cercana al sentimiento religioso que oficialmente se le considera el «apóstol de la independencia cubana».

—Bueno, bueno —lo interrumpió Charlie, a quien jamás le había interesado la política de ninguna época—, ¿qué más hay sobre Báez?

—Además de haber escrito sobre Martí, también es jefe de la Cátedra de Estudios Cubanos en la Cuban-American University y… a ver, ¿qué es esto? Ah, sí, oficialmente pertenecía al Partido Ecologista, aunque se rumora que ahora también tiene lazos con el PPM, que lo ha propuesto como asesor del ministro de Cultura si gana las elecciones.

—¿PPM?

—Partido Popular Martiano, una corriente política que propone llevar a la práctica las ideas martianas.

—¿Y cuáles son esas ideas? —preguntó Charlie, fastidiado por aquel caso que cada vez se asemejaba más a una tediosa clase de historia.

—Ni averigües —dijo Luis—. Los textos martianos son como la Biblia. Todos los citan para apoyar sus propios intereses. Además, el «apóstol» escribió sobre tantos temas y en contextos tan diferentes que ha sido tachado desde marxista hasta espiritista.

—¿Eso quiere decir que el profesor pertenece a dos partidos? —preguntó Charlie.

—No abiertamente, pero todo indica que no le molesta la filosofía del PPM. Y sospecho que no solo por el tema martiano, sino por ese puesto de asesor ministerial.

—Que me imagino le otorgará bastante poder.

—Imaginas bien.

Cruzaron el cayo y subieron a un segundo puente hasta desembocar en Key Biscayne.

Las tranquilas calles del lujoso vecindario eran un laberinto para cualquier visitante, pero el GPS los ayudó a encontrar la casa. Desde la acera, Charlie evaluó mentalmente la mansión: una residencia de dos pisos, rodeada de buganvilias. El sendero de losas irregulares conducía hasta la puerta a través del jardín. Aquí y allá emergían lámparas de paneles solares que, aunque no alumbraban gran cosa, al menos servían para mostrar el camino.

Los hombres salieron del auto, abrieron la verja, que chirrió con un sonido lúgubre, y atravesaron el jardín chapoteando sobre las losas del sendero.

Tuvieron que tocar dos veces. El profesor los recibió con cara de quien ha sufrido varias malas noches.

—Disculpen que no les brinde café —se excusó, conduciéndolos hasta la sala—, pero acabo de volver de viaje y no he tenido cabeza para hacer compras. ¿Quieren agua?

—No, gracias, solo vinimos a conversar.

Una impresionante escalera de granito se abrió ante ellos, pero ninguno se dejó intimidar por la amplia curva de sus escalones blancos, ni por la balaustrada de bronce, ni siquiera por la estatua del ángel custodio que se elevaba en el extremo inferior del pasamano.

El profesor los condujo a un recibidor lateral.

—Pensé que sus colegas ya me lo habían preguntado todo.

—Varios puntos no quedaron claros —dijo Luis sin rodeos—. Usted llegó a su casa la misma noche del robo, proveniente de Cuba. ¿Cuánta gente sabía que no estaba aquí?

—No tengo ni idea, pero esos viajes son parte de mi trabajo académico.

—¿Quiere decir que es una cuestión pública?

—¡Por supuesto! Cada dos semanas voy a La Habana para dar clases en la universidad.

—¿Y lo hace en días fijos?

—El primer y tercer jueves de cada mes. Regreso los sábados por la noche, porque paso los viernes en la Biblioteca Nacional consultando bibliografía.

—Si todo el mundo conoce sus horarios, ¿no le extraña que decidieran robarle el día que regresaba?

—Es que no me correspondía venir. Las clases se suspendieron debido a una movilización estudiantil por las elecciones y preferí llegar antes.

—Si no me equivoco, hoy es el primer jueves de agosto. ¿No debería de estar en La Habana?

—Adelanté el vuelo debido a la amenaza de huracán.

—Cambia bastante sus horarios de vuelo. ¿No le sale muy costoso?

—La universidad tiene un contrato con la aerolínea que me permite adelantar o posponer los viajes sin costo adicional durante los cursos de verano. Ya saben que el clima es muy inestable en esta época.

—Esos sujetos no eran simples ladrones —lo interrumpió Charlie—. Buscaban algo tan específico que solo revolvieron sus estantes de libros y la caja fuerte.

—¿Le parece poco?

—Ni siquiera tocaron su colección de antigüedades —insistió Luis—. ¿Qué había en la caja fuerte?

—Una copia de mi próximo libro, dos relojes de oro y dinero.

—Que tampoco se llevaron.

El profesor enarcó las cejas, pero guardó silencio. Por mucho que le molestara, los hechos le daban la razón al detective.

—¿No guardaba alguna pieza más valiosa que esas expuestas en la vitrina? —insinuó Luis.

Báez examinó a los detectives con expresión alarmada.

—¿Me están acusando de contrabando? —chilló casi—. ¿Creen que escondía algo ilegal?

—No lo estamos acusando de nada —dijo Charlie en un tono que intentaba ser conciliador—. Pudo tratarse de un objeto lícito, aunque lo suficientemente valioso para que usted prefiriera apartarlo del resto.

—No den más vueltas y díganme qué quieren saber.

—Muy bien, vayamos al grano. ¿Le dice algo el nombre de CubaScape?

—Es la agencia que tramita mis viajes.

—¿Y conoce a su dueño, el señor Manuel Valle?

—Sí. —Y añadió dudoso—: Más o menos.

—¿Qué relación tenía con usted?

—Ya le dije. Era el dueño de la agencia que tramitaba mis viajes a la isla. No éramos amigos.

—¿Sabe que él también visitaba Cuba a menudo?

El profesor se encogió de hombros.

—No me extraña, ese era su negocio.

—¿Recuerda esto? —intervino Charlie de nuevo.

El profesor contempló la foto en la pantalla del celular.

—Estaba sobre mi escritorio. De hecho, allí sigue. Puedo traérselo, si así lo desean.

El teniente asintió y el profesor fue a buscarlo. Unos minutos después regresó con el objeto, que Labrada cogió en sus manos para examinarlo de cerca.

—¿Qué es? —preguntó.

—Un… pisapapeles.

—¿Qué significa para usted?

—Nada.

—Pero ¿es suyo?

El profesor titubeó.

—Creo que sí.

—¿Cree? ¿No conoce sus pertenencias?

El sudor se intensificó en el rostro de Báez.

—Siempre me están regalando toda clase de trastos. Me imagino que si apareció en mi escritorio debe de ser mío.

Los agentes cruzaron una mirada. ¿Debían decirle que Manuel Valle había muerto crucificado en la macabra postura dibujada en ese objeto? El teniente dejó el supuesto «pisapapeles» encima de la mesa y clavó su mirada en el desencajado rostro del profesor.

—¿Y no es demasiada coincidencia que, además de ser su agente de viajes, tuviera unos zapatos de la misma marca y número de quien entró a robarle, y que hace apenas tres horas apareciera asesinado?

El profesor palideció.

—¿Asesinado? —miró alternativamente a ambos oficiales, que escudriñaban cada mínima expresión de su rostro—. ¿No estará sugiriendo que yo…?

—Solo le pregunto.

Máximo Báez sacó un pañuelo para secarse la frente.

—Voy a serles sincero… No dije toda la verdad porque pensé que podría buscarme un problema, pero ya veo que es peor callar. Es cierto que se llevaron algo de mi caja fuerte: un Yúcahu de oro.

—¿Un qué?

—Un ídolo taíno. Alguien que conozco lo encontró en una excavación, pero en vez de entregarlo al gobierno prefirió sacarlo de contrabando. Me encargó que lo guardara hasta que el régimen de la isla cambiara. Pensaba donarlo al Museo Antropológico de la Universidad de La Habana.

—Como comprenderá, tendremos que hablar con su amigo.

—Lo lamento, pero murió hace cuatro años.

—Es decir, que nadie puede verificar esa historia.

—Pues es cierta.

—¿Cómo se enteró Valle de que usted guardaba esa pieza?

—Mi difunto amigo y él se conocían —respondió el profesor—. Es posible que se lo contara.

—¿Y por eso planeó robarla?

—Varias veces me insinuó que quería ver mi colección.

—¿No acaba de decirnos que Valle y usted no eran amigos?

El profesor se rascó una mejilla con gesto irritado y respondió:

—Hablábamos por cuestiones de viaje y, a veces, de menudencias.

—¿Qué significa el monigote de su pisapapeles?

—No tengo ni idea.

—Pues para el asesino de Valle sí parece tenerla: a ese hombre le clavaron los codos a una mesa y le deformaron los brazos para imitar la postura del muñeco dibujado en ese trasto.

El profesor tardó unos segundos en responder.

—Es algo que no puedo explicar.

Los detectives volvieron a guardar un breve silencio.

—Gracias, profesor —dijo Luis poniéndose de pie—. Si tenemos más preguntas, le llamaremos.

Báez permaneció en el umbral hasta que los visitantes abandonaron su jardín y desaparecieron tras la verja para subirse al auto. Luego cerró la puerta y se fue al bar a prepararse un gin-tonic.

7

La Habana, Academia de Ciencias de Cuba,

5 de agosto, 23.55 h

 

La silueta del Capitolio habanero era tan monumental como ella recordaba, aunque resultaba más imponente de noche. Los reflectores destacaban la corpulencia de las dos esculturas de bronce que representaban el Trabajo y la Virtud, y de las gigantescas columnas que se alzaban como reencarnaciones tardías de sus antecesoras en Carnac. La cúpula del edificio, recubierta por paneles de oro de veintidós quilates, culminaba en una especie de pabellón o templo en miniatura que proyectaba cinco haces luminosos para representar la estrella de la bandera cubana. De manera quizá premonitoria, esa linterna capitolina había dejado de funcionar en 1959, el mismo año en que subiera al poder el autócrata que gobernaría el país por más de medio siglo; un eclipse que acompañaría los años más tenebrosos de la isla. Ahora, sin embargo, la estrella de luz volvía a brillar como un faro colmado de esperanzas.

Alicia y su tío dejaron el auto en el parqueo situado en plena calle. Ignorando las escalinatas destinadas a los turistas, dieron un rodeo para buscar la entrada posterior.

Virgilio saludó al portero, que impidió que Alicia sacara su identificación.

—No hace falta —dijo el hombre sin fijarse en el documento—, me acuerdo de ti. Eres la Niña Milagro, ¿verdad?

—Alicia de la Caridad Solomon —aclaró su tío sin un ápice de rubor ante aquel nombre absurdo que, en sus documentos no oficiales, la muchacha resumía como Alicia Solomon.

Con el bochorno latiendo en sus mejillas, siguió a Virgilio por el laberíntico pasillo del edificio cuya función había cambiado en múltiples ocasiones. De sede del gobierno republicano pasó a ser la Academia de Ciencias, donde se albergaron el Museo Nacional de Ciencias y el Planetarium. Más tarde se convirtió en el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Décadas después fue renovado en una tentativa por recuperar su función como entidad política. Recientemente había vuelto a albergar nuevos laboratorios, salones científicos y salas para conferencias especializadas, mientras se construían locales más modernos en otras áreas de la capital. Tan pronto estuvieran listos, el Capitolio regresaría a su destino original: servir de sede a un parlamento, senado o cualquier otra clase de organismo gubernamental que decidieran los votantes.

Su tío la condujo hasta lo que parecía ser un salón de conferencias con tres pantallas y un centenar de sillas. Parches de claridad caían desde el techo, formando charcos de luz.

—Ponte cómoda —dijo, indicándole una silla.

Luego rozó una mesa con los dedos y, de inmediato, una de las pantallas se encendió.

—Hace dos meses iniciamos la excavación de una cueva —explicó, moviendo los dedos sobre la superficie interactiva—. Está en el fondo de una quebrada, oculta por las raíces de unos jagüeyes.

Alicia observó los detalles de la grieta, rodeada de raíces gruesas como boas. Múltiples hachazos de corte estudiado, para no dañar las vías de sustento de los árboles, habían abierto un rectángulo entre las raíces. De allí emergía la parte superior de una escalera. Otras fotos mostraban la entrada de la gruta y un terreno en diferentes estadios de excavación.

—¿Qué lugar es ese?

—Isla de Pinos, al noroeste de las Cuevas de Punta del Este, pero aquí viene lo que nos interesa.

La pantalla mostró una caja cerrada que, según la escala adjunta, medía unos cuarenta centímetros de largo por treinta de ancho. El material con que la habían fabricado tenía un color peculiar. Alicia se volvió con sorpresa hacia su tío.

—Sí, ya sé —dijo él—. Las cajas de zinc no incumben precisamente al Departamento de Arqueología, pero este caso es diferente.

—¿Zinc puro? —repitió Alicia.

—Una aleación.

—Entonces no es muy antigua —concluyó ella—, siglo XIX a lo sumo.

Siguió una secuencia de fotos que no necesitaba explicación. En la primera podía verse la misma caja, despojada de suciedad, rodeada de pinceles y cepillitos. La segunda revelaba su interior, relleno de algodón amarillento que cubría un paquete envuelto en telas. La tercera mostraba el objeto tan cuidadosamente protegido: un manuscrito de tapas rojizas con dos fechas grabadas sobre el lomo en números dorados: 1509-1517. Sin embargo, el ángulo de la foto impedía leer el título de la portada.

—Mira lo que encontramos enredado en el algodón.

En la pantalla apareció un botón con cinco orificios: uno central y otros cuatro equidistantes que rodeaban al primero. En su cara externa, varios círculos concéntricos cercaban los orificios.

—Estos botones de hueso fueron muy comunes en La Habana del siglo XIX y principios del XX —explicó él—, lo cual podría confirmar la fecha en que enterraron la caja.

—¿Quieres que me ocupe de un manuscrito tan reciente? No me necesitas para eso.

—No es tan sencillo como crees.

Virgilio deslizó los dedos sobre la mesa. Otra foto mostró el libro abierto en su segunda página, con un título trazado en la tinta ferrogálica común a casi todos los documentos antiguos. Su tono de chocolate aguado era inconfundible. Alicia la había visto en las composiciones de Bach, en los manuscritos de Victor Hugo y hasta en cartas de George Washington.

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—Es un título curioso —admitió ella.

—No se trata solo del título. Según el examen preliminar, tanto el papel y la tinta como el estilo de redacción datan de comienzos del siglo XVI, pero el manuscrito fue escondido a finales del XIX o principios del XX.

La muchacha contempló a su tío con sorpresa. Aquello se estaba poniendo interesante.

—¿Han podido leerlo? —preguntó ella.

—Ahí está el problema, todo lo que narra es incoherente. Parece escrito en clave.

Alicia comenzó a entender por qué su tío había querido verla con tanta urgencia.

—Entonces no se trata de mera ficción —resumió la joven, repasando ambas fechas.

—Es posible que sea un diario, una crónica o algún otro documento de carácter histórico. Necesitamos descifrarlo, pero no queda mucho tiempo.

—¿Qué quieres decir?

—Después de las elecciones habrá cambios ministeriales y el nuevo gobierno eliminará muchos subsidios. Varios departamentos de la Academia de Ciencias, incluyendo el propio Museo del Libro, están en peligro de enfrentar recortes drásticos. Si conseguimos probar que tenemos un documento cifrado, no se atreverán a retirarnos los fondos. Sería un hallazgo único.

Alicia sabía cuánto había luchado su tío por ese museo, pero no estaba segura de que ella fuese la persona idónea para ayudarlo.

—¿Y si el texto no estuviera cifrado? Quizá se trate de una redacción confusa.

—Para eso te traje.

—No puedo garantizar que el contenido del documento sea suficiente para conseguir ese subsidio.

—Estoy seguro de que lo será, porque encontramos algo más en la cueva.

Le mostró una nueva imagen donde varios arqueólogos se inclinaban sobre un hoyo rectangular, dividido en cuadrículas delimitadas por estacas y sogas. Las fotos subsecuentes mostraban la misma escena desde diversos ángulos. Era la excavación de un enterramiento, cuyo esqueleto se hallaba rodeado de vasijas y otros utensilios en los que Alicia creyó distinguir las peculiaridades de la cerámica taína. A cierta distancia del cráneo, un dujo[1] de madera roja indicaba que los restos debieron de pertenecer a un personaje importante; pero un sacerdote taíno hubiera estado rodeado de artefactos rituales, y allí no había ninguna vasija en forma de idolillo para machacar los polvos alucinógenos. Tampoco vio inhaladores, ni espátulas vomitivas para purgar los humores del cuerpo. Sin embargo, sobre las costillas brillaba un medallón dorado.

—¿Es oro?

—Guanín —respondió su tío.

¡Por supuesto! Aquella aleación de oro, plata y cobre, que los taínos llamaban «guanín», era un símbolo de autoridad que acompañaba a los caciques.

La muchacha se obligó a apartar la vista de la hipnótica imagen.

—Esto es un entierro taíno de la más alta categoría —dijo ella despacio—. ¿Cómo puede hallarse en un territorio tan marcadamente siboney?

Su tío señaló la pantalla. Alicia se acercó más. Aquellas esferas líticas solo se habían encontrado en entierros siboneyes, jamás en los taínos.

—¿Qué hace una esferolita en ese sitio?

—¿Es lo único que te extraña?

Ella estudió nuevamente los restos. Notó que el cráneo no ostentaba la típica deformación de achatamiento que los taínos se imponían desde la infancia. Por si fuera poco, descubrió un extraño material que cubría los pies del muerto. Parpadeó varias veces, buscando otra explicación a lo que creía estar viendo.

—Parecen…

—Son.

¿Qué misteriosas circunstancias habrían provocado que un grupo de taínos enterrara con honores de cacique a un hombre blanco que calzaba botas de cuero?

—Pues sí que es extraordinario —admitió ella—. ¿Y dices que esto lo hallaron en la misma cueva donde estaba el manuscrito? ¿A qué distancia?

—Eso es parte del enigma. La distancia a la que se encontraban no indica espacio, sino tiempo. El enterramiento está justo debajo de la caja con el libro.

—Vaya coincidencia.

—No estás entendiendo —se impacientó el hombre—, el entierro y el manuscrito están directamente vinculados.

—¿Cómo van a estar relacionados dos sitios arqueológicos que tienen cuatro siglos de diferencia?

—Es que están uno encima del otro.

—¡Pero en estratos de suelo diferentes! —insistió ella.

—Mira esto.

En la primera página del manuscrito alguien había trazado, a modo de viñeta, un dibujo pequeño, pero nítido. Era un círculo, o más bien un rostro con boca y dos ojuelos vacíos y fantasmales. De aquel rostro brotaban dos trazos curvos, remedando brazos.

—Lo he visto en algún sitio —comentó Alicia, insegura, y de pronto supo por qué le resultaba familiar—. Es el emblema que usan los meteorólogos para señalar un huracán.

—Así es —convino su tío—. Lo han estilizado un poco, pero en realidad es el símbolo de Guabancex, la diosa taína de los huracanes, una de las representaciones más raras con que puede tropezar un arqueólogo. No existen muchas muestras.

El gráfico indígena, estampado en el manuscrito, era muy claro: los vientos se originaban de un centro. Las ráfagas se desprendían de él como brazos que giraran en sentidos opuestos. Alicia había experimentado muchos huracanes en su vida, pero nunca hubiera conseguido imaginar que sus vientos se movían en espiral sin haber visto las fotos tomadas desde la estratosfera.

—¿Cómo pudieron saber ellos cuál era la estructura de un huracán en una época donde no existía la aviación? —preguntó de pronto.

—No tengo ni idea. Y la verdad es que nunca había pensado en eso.

Alicia se fijó en otro detalle de la página.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, señalando una luna menguante y tres puntos que formaban un triángulo bajo la imagen de Guabancex.

—Es la primera vez que aparecen en una excavación.

—Admito que es raro que el símbolo de una deidad taína aparezca en un manuscrito del siglo XVI. Eso aún no prueba que el manuscrito se relacione con el enterramiento.

Nueva foto con un primer plano del cinturón que acompañaba al esqueleto. Era un trabajo delicado que consistía en una pieza de algodón decorada con semillas: blancas para el fondo y negras para trazar los contornos del rostro y los dos brazos. De nuevo Guabancex. Debajo de la diosa, tres semillas rojas sobre una media luna guardaban la misma disposición que el dibujo del libro.

—Voy a ser más específico —murmuró Virgilio—. En ninguna otra parte del mundo se ha encontrado semejante combinación de símbolos. El binomio compuesto por la imagen de Guabancex y el triángulo con la hoz lunar solo existe en estas dos capas de sedimentos y en esos dos objetos de épocas diferentes. La persona que sepultó el manuscrito encima del enterramiento conocía muy bien lo que había debajo.

—Pero ¿cómo? —balbuceó la joven.

—Eso es lo que queremos averiguar —dijo Virgilio—. Y ahora puedes darte cuenta de lo que significaría descifrar ese texto. Podría ser la clave para saber por qué ese europeo blanco fue sepultado con honores taínos en un santuario sagrado para los siboneyes; y más importante aún, por qué alguien recordaba el sitio exacto de su entierro, cuatrocientos años después.

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1

Sevilla, 1509

 

En el silencio de la madrugada, el susurro del sacerdote retumbó en sus oídos como una condena a muerte:

—Tenéis que iros.

La advertencia se perdió entre los muros helados de la casa y rebotó en ecos por los pasillos, como si su propio hogar lo instara a huir, pero Jacobo no se movió.

—¿Por qué? —preguntó a la sombra agazapada en el umbral.

—Van a acusarlos de nuevo.

Jacobo permaneció mirándole, sin estar seguro de haber entendido bien.

—No sigáis ahí parado, hombre —le apremió fray Antonio—. Os he traído dos mulas para que empaquéis y os vayáis con vuestra hija.

Sin darse cuenta, tiró de los arreos que sujetaban a los animales. Estos, asustados, resoplaron a sus espaldas, y sus alientos se condensaron en la noche helada transformándose en nubecillas que fueron a vagabundear por los tejados.

—Entrad —dijo Jacobo—, no podemos hablar aquí.

El fraile ató las riendas a las anillas que colgaban de los muros exteriores. No se escuchaba ruido alguno, excepto el débil chapoteo del río contra las aspas del molino que a esa hora dormía inmóvil en las cercanías. Quizá por eso pareció que el tintineo de las argollas de hierro se oía a varias leguas de distancia.

—No quiero huir —murmuró Jacobo, apartándose para dejar pasar al visitante.

—No hay otra salida —aseguró el sacerdote, que cerró la puerta y echó atrás su capucha—. Será difícil convencer de nuevo a fray Miguel sobre las malas intenciones del calumniador.

—Perderé mi taller si me voy.

—Perderéis más si os quedáis —respondió el otro, alargándole un envoltorio—. Me han encargado que os entregue esto.

Jacobo no tuvo que abrirlo para saber lo que contenía: una escuadra, un compás y un mazo de espigas secas, amarradas con un cordel trenzado. Era un salvoconducto de viaje.

Años atrás, su padre le había revelado la existencia de la Hermandad: una cofradía secreta que agrupaba a miembros de oficios diferentes. Había ocurrido poco después que Jacobo se convirtiera en maestro encuadernador. No todos los artesanos pertenecían a la Hermandad, por supuesto. Era necesario poseer méritos que poco se relacionaban con la pericia en el oficio y mucho con el comportamiento. Jacobo había prestado dinero sin exigir intereses, perdonó deudas a una viuda y alimentó de su bolsillo a dos huérfanas indigentes hasta que ambas consiguieron empleos. Tales acciones no pasaron inadvertidas. Y si convertirse en maestro permitía ejercer un oficio dentro del gremio, ser miembro de esa Hermandad proporcionaba una protección adicional; así se lo explicó su padre al revelarle que había sido escogido.

Al principio Jacobo no entendió por qué debía aprender aquellas señas subrepticias con que sus miembros se reconocían en público, pero aceptó de buen grado la invitación, ya que su padre también pertenecía a ese grupo que practicaba los preceptos de ayuda y de amor al prójimo que la religión oficial parecía olvidar. Fue así como, tras una ceremonia secreta, Jacobo se integró a la cofradía.

Había pasado mucho tiempo desde entonces. Sus padres habían muerto y, aunque Jacobo solo asistió a algunas reuniones, sus compañeros no lo olvidaron.

—No he hecho nada —insistió Jacobo—. Nadie puede culparme.

El fraile mantuvo una expresión neutra. No quería revelar que conocía la amenaza por una confesión de Torcuato el Viejo, un comerciante que detestaba a los conversos.

Jacobo era hijo de un matrimonio judío que se había convertido al catolicismo cuando Sus Majestades decretaron la expulsión de los sefarditas. Miles habían abrazado la fe cristiana para evitar la deportación, pero era obvio que muchas abdicaciones no habían sido sinceras. Las denuncias contra quienes seguían profesando la antigua fe pululaban en medio de la envidia, porque los conversos seguían acumulando enormes fortunas en cualquier esfera donde se lo propusieran.

Cada vez más amargado por la prosperidad de Jacobo, Torcuato el Viejo se había dedicado a visitarlo con diversos pretextos. No tenía ninguna prueba de que infringiera las normas cristianas, pero albergaba la esperanza de descubrir algo que confirmara su supuesta apostasía. Aunque ya había intentado incriminarlo en otras ocasiones, la Hermandad siempre había conseguido testigos que probaban la mala intención del delator. Ahora, sin embargo, el hombre aparentaba planear algo más contundente. Por suerte, el gremio tenía ojos y oídos por doquier, incluso en las mismas entrañas de la Inquisición.

—¿Qué os han dicho? —preguntó Jacobo, impaciente ante el silencio del sacerdote.

—Me enteré de cierta conversación en la posada del Mortero —mintió el cura—. Alguien aseguró que te entregaría.

—Las acusaciones son secretas —dijo Jacobo, escondiendo los emblemas en un armario—. ¿Quién puede irlas pregonando por ahí?

—El hombre estaba borracho. Se jactó de haber hecho varias delaciones y aseguró que volvería a hacerlo con vos.

La realidad era algo diferente.

Antes de ser sacerdote, Antonio había sido aprendiz de vitralero. Gracias a su maestro, que reconoció en él a un alma noble, había hecho el juramento que lo ataría a la Hermandad, un juramento que ni siquiera su posterior voto religioso le hizo olvidar. Y puestos a elegir… Bueno, el propio Dios se había encargado de disipar sus dudas.

Torcuato el Viejo le había revelado sus planes en el confesionario. Después de aquello, el cura pasó varias noches en vela sin saber qué hacer. ¿Debía respetar el secreto sacramental o cumplir la promesa de proteger a sus hermanos de gremio? ¿Cómo conciliar dos juramentos hechos a un mismo Dios que ahora parecían oponerse? Decidió seguir el ejemplo de san Agustín y abrió una Biblia al azar. Su atención se posó en el capítulo 30 de Jeremías: «Y tú, siervo mío Jacob, no temas, dice Jehová, ni temas, oh Israel, porque te sacaré de una tierra lejana, y a tus hijos del país donde están cautivos. Y Jacob volverá, y vivirá quieto y cautivo, y ya no habrá quien le espante». Antonio supo que debía salvar a su hermano. Y de pronto comprendió cómo podría hacerlo sin tener que faltar a ningún juramento.

—Nunca volvimos a encender una menorah después que abjuramos —insistió Jacobo—, no pueden culparnos de nada.

—El Consejo investigará de cualquier manera, y ya conoces sus métodos.

Al padre Antonio no le constaba que su amigo hubiera dejado las prácticas de sus ancestros, pero eso le tenía sin cuidado. Jacobo era una buena persona, y había jurado ante Dios que nunca permitiría que un hombre decente, fuese cual fuese su religión, sufriera por la infamia de un mal creyente.

—De todos modos, no puedo irme ahora —se lamentó Jacobo—. Necesito arreglar unos asuntos.

—Imposible —le advirtió el sacerdote—. Vuestro acusador dijo que estaba a punto de conseguir cierto testimonio concluyente. Creo que va a tenderos una trampa.

—¿De qué tipo?

—No sé, pero el gremio piensa que no debéis darle oportunidad. Si os marcháis de inmediato, destrozaréis su plan.

—Una fuga es lo mismo que una confesión.

—Nadie pensará que os habéis fugado —le aseguró el cura—. El delator ignora que conocéis sus planes. Echaremos a correr la noticia de que vos y vuestra hija os marchasteis de viaje.

Le dolía lanzar al pobre hombre a un destierro forzado, pero prefería saberlo lejos y a salvo que encerrado en una mazmorra. Además, el gremio ya había emitido órdenes de ayuda. Esa misma tarde habían enviado un mensaje cifrado a cierto comerciante de otra ciudad.

—¿Y qué ocurrirá cuando regresemos? —preguntó Jacobo—. Aún tendré esa amenaza sobre mi cabeza.

—Vamos a averiguar qué se propone. Tan pronto lo sepamos, sabremos a qué atenernos.

La palmatoria ardía sobre un cofre cercano a la puerta. La mirada del joven sacerdote recorrió las mesas del taller. El local, situado en la planta baja de la casa, solía mostrar un ambiente casi festivo por el día; ahora, en medio de las tinieblas, ofrecía un aspecto siniestro.

—¿Tenéis dinero? —preguntó el cura, notando la creciente preocupación en los ojos del artesano.

—No mucho, casi todo está en préstamos y mercancías.

—Tendréis que vender algunas cosas.

—No será fácil hallar a un comprador de inmediato —susurró Jacobo, enjugándose la frente.

—Eso no es problema. Mañana, a primera hora, vendrá un amigo. Tratad solo con él. No habléis con nadie más.

—¿Cómo sabré…?

—Os dará la contraseña.

—Necesitaré cinco o seis días para preparar el viaje.

—No, deberéis partir a Cádiz enseguida. Aquí tenéis una carta firmada por el Gran Maestre. Apenas lleguéis, entregadla a maese Rufino. Su taller está cerca de la Puerta del Arrabal.

—¿Y después?

—Viviréis allí hasta que todo se arregle o hasta saber qué se trama.

—¿Quedarnos en Cádiz? —murmuró Jacobo, sintiendo que los recuerdos se precipitaban sobre él como una tormenta.

—Si lo preferís, la niña puede ir a un convento —propuso el sacerdote, interpretando la pregunta como una preocupación.

—No, mi hija es demasiado inteligente. No quiero que las monjas le llenen la cabeza de ideas equivocadas que…

Se detuvo porque se dio cuenta de que, incluso para un sacerdote tan benévolo como aquel, sus palabras podrían sonar chocantes.

—Cierto que es muy lista —admitió Antonio cortésmente, aunque Jacobo notó su desconcierto.

Sin embargo, no aclaró nada más. No solo la Hermandad guardaba silencio sobre ciertos asuntos. También Jacobo había ocultado un secreto durante muchos años y no era el momento de contar una historia sobre su hija que ni siquiera ella misma conocía.

2

Torcuato se levantó de la cama y sus articulaciones crujieron dolorosamente. La mañana había amanecido gris y lluviosa, y su cuerpo no respondía bien a los cambios del tiempo. Avanzó malhumorado hasta la puerta de la habitación. Estaba harto de la mala fortuna que incluso le había privado de contar con una cocinera después que la última huyera por culpa de su hijo, un jovenzuelo de quince años a quien todos conocían como Torcuato el Mozo.

—¿Dónde se habrá metido ese zoquete? —gruñó al descubrir el lecho vacío al otro lado del aposento.

El muchacho había partido seis días atrás con el carromato lleno de trapos viejos para un molinero que vivía en las inmediaciones del arroyo de la Miel, pero aún no había regresado.

Descalzo y maldiciendo, bajó las escaleras y salió al patio para vaciar su vejiga junto a las raíces de un árbol situado tras la casa. Luego, sin cambiarse el camisón sucio con que había dormido, tomó varios leños que se apilaban junto a la puerta, se los echó al hombro y entró para encender el fuego y cocinarse unas gachas que acompañaría con tragos de cerveza amarga.

El hombre achacaba su creciente miseria a varios conversos de la zona que, según creía, se habían confabulado para robarle clientes. Entre ellos, Jacobo se había convertido en su obsesión porque había tenido la osadía de progresar ejerciendo su mismo oficio.

Torcuato era librero. En su juventud había ganado algún dinero vendiendo pliegos de baladas populares, libros religiosos y misales, aunque el grueso de su negocio lo debía a la encuadernación. Sin embargo, poco a poco Jacobo le fue quitando clientela. Su buen carácter y una tradición familiar de refinamiento fueron inclinando la balanza a su favor. Torcuato también procuraba halagar a los clientes, pero sus forzados modales no alcanzaban a encubrir su vulgaridad. Aunque cumplía con los encargos, sus encuadernaciones no tenían la originalidad en el diseño, ni la delicadeza del cuero bien trabajado, ni los tallados imaginativos que adornaban las cubiertas del converso. Al final, sus antiguos parroquianos terminaron por preferir a Jacobo. Ahora dependía casi enteramente de la venta de trapos destinados a los molinos de papel, un negocio que hubiera resultado de mejor provecho si no dependiera de su hijo.

Después de desayunar, regresó al dormitorio en el piso superior. Se puso una camisa de amplias mangas, calzas parduzcas y cómodos borceguíes de piel que ajustó con cordones. Se ciñó el tradicional delantal de artesano y, vestido de aquel modo, bajó para abrir la puerta del negocio y asomarse a la vía, que se poblaba de pregoneros, pordioseros y viandantes.

—Maldito granuja —resopló, escrutando ambos lados de la callejuela—. Deja que le ponga las manos encima.

Un dolor punzante le atenazó el tobillo derecho. Lanzó una maldición tan atroz que sobresaltó a dos peregrinos que pasaban frente a su puerta. Los médicos le habían diagnosticado reumatismo, gota crónica y humores venenosos en la sangre, pero los remedios a base de azufre y mercurio no estaban surtiendo efecto. Por el contrario, su creciente malestar le imposibilitaba viajar para realizar las ventas, por lo que se había visto obligado a confiar en su hijo.

Por desgracia, el mozo había heredado varias actitudes funestas del carácter paterno, e incluso otras peores. Aunque el viejo siempre había sido resabioso e inculto, nunca había mostrado gran avidez por las faldas. Su hijo, en cambio, parecía dotado de una obsesión febril por los placeres carnales.

El padre sospechaba que las frecuentes demoras del muchacho se debían a asuntos de alcoba. Más de una vez, el mozo había regresado con las ropas en desorden y con señales de haberse liado a trompadas, pero nunca logró averiguar gran cosa. Siempre alegaba razones para justificar su facha, desde haber sido asaltado por maleantes hasta el ataque de algún animal. Al viejo no le preocupaban tanto aquellas aventuras como el hecho de que el dinero desapareciera.

Aburrido de vigilar la calle, se dirigió a su mesa de trabajo. Todavía recibía encargos de clientes con poco dinero. Tanto eso como el negocio de trapero le permitían subsistir. Había descubierto la carencia de trapos que existía entre los fabricantes de papel, y tuvo la ilusión de que podría enriquecerse si se convertía en proveedor de materia prima para la creciente industria. Pronto descubrió que los libreros preferían importar casi todo el papel de Francia o Alemania, pero se las arregló para engatusar a un molinero de la costa al que periódicamente enviaba cargamentos.

Apretó la prensa donde estaban los cuadernillos de papel. Esa era la parte más tediosa de la operación. Los pliegos impresos nunca venían ordenados ni doblados. Como nadie usaba numeración alguna, debía ir cazando la última palabra de cada página con la repetición de la misma en la siguiente. Si coincidían dos palabras «guías» en más de un pliego, la lógica del texto le indicaba cuál debía seguir. Por eso había que tener cuidado de repasar c ...