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LOS IMPUNES

Richard Price  

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Fragmento

1

Billy Graves conducía por la Segunda Avenida de camino al trabajo cuando le intranquilizó el gentío: la una y cuarto de la madrugada y aún había más gente entrando que saliendo de los bares, y tanto los que iban como los que venían debían abrirse paso a empujones entre las oscilantes camarillas de fumadores medio ebrios que se apelotonaban justo delante de las puertas. Billy odiaba las leyes antitabaco. Solo creaban problemas: ruido de madrugada para los vecinos, espacio suficiente para que los bronquistas apiñados en la barra pudieran liarse al fin a puñetazos y una plaga de radiotaxis y limusinas fuera de servicio que tocaban el claxon para atraer posibles pasajeros.

Era la noche de San Patricio, la peor del año para la Guardia Nocturna del DPNY, el puñado de inspectores comandados por Billy responsable de hacer frente a todos los delitos graves cometidos en Manhattan, de Washington Heights a Wall Street, entre la una y las ocho de la mañana, cuando no había divisiones en activo en ninguna de las comisarías de distrito. Había otras noches pésimas, como Halloween y Nochevieja, pero San Patricio era la más desagradable; su violencia, la más tosca y espontánea. Pisotones, objetos contundentes, puños… más puntos que cirugía, pero con ocasionales muestras de muy mala intención.

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Una y cuarto de la madrugada: aquella noche, como siempre, los avisos podían llegar a cualquier hora, pero la experiencia le había enseñado que la franja crítica, sobre todo en un día festivo regado con alcohol, era la que iba desde las tres, cuando los bares y los clubes nocturnos empezaban a cerrar, desalojando a toda la clientela al mismo tiempo, hasta las cinco, cuando incluso las bestias más pardas perdían el fuelle y se internaban dando tumbos en el olvido. Por otra parte, siendo la ciudad la que era, Billy nunca sabía exactamente cuándo volvería a reencontrarse con su almohada. Las ocho de la mañana podían sorprenderle en una comisaría local, dejando por escrito para el turno de día el resumen detallado de una agresión con agravante mientras el infractor o bien seguía campando a sus anchas o bien roncaba en el calabozo; podían sorprenderle en la sala de urgencias del Harlem Hospital, del Beth Israel o del St. Luke’s-Roosevelt, entrevistando a familiares y/o testigos mientras esperaba a que la víctima estirara la pata o superase el trance; podían sorprenderle recorriendo una escena del crimen al aire libre, con las manos en los bolsillos, hurgando entre la basura con la punta de los pies en busca de casquillos; o, o, o, si el Espíritu de la Paz andaba por el vecindario y el tráfico en dirección a Yonkers era fluido, podía incluso haber llegado a casa a tiempo de llevar a sus hijos al colegio.

Incluso en el turno de madrugada había policías vehementes, pero Billy no era uno de ellos. Si algo esperaba de cada noche era más que nada que el caos nocturno de Manhattan fuese en su mayor parte indigno de la atención de su brigada, quedándose en simples delitos menores que pudieran dejar en manos de las patrullas.

—Hombre de Seúl, cómo va eso —dijo arrastrando las palabras mientras entraba en el 24/7 coreano de la Tercera Avenida, situado en la acera de enfrente de la jefatura.

Joon, el dependiente nocturno con gafas de carey pegadas con cinta aislante, comenzó automáticamente a reunir la ración nocturna habitual de su cliente: tres bebidas energéticas Rockstar de medio litro, dos sobres de gel isotónico Shaolin y una cajetilla de Camel light.

Billy abrió una lata de Go antes de que fuese a parar a la bolsa.

—Demasiada mierda de esa cansar aún más —le sermoneó como de costumbre el coreano—. Como bumerán.

—Sin duda.

Mientras buscaba la Visa, el monitor de seguridad situado junto a la caja registradora captó a Billy en toda su gloria: fornido como un jugador de fútbol americano, pero encorvado de hombros, el rostro pálido y los ojos vidriosos de agotamiento rematados por medio rastrillo de pelo prematuramente canoso. Solo tenía cuarenta y dos años, pero en una ocasión aquella mirada de celofán arrugado, combinada con la postura de un insomne de campeonato, le habían permitido entrar al cine con descuento de jubilado. Con sobresueldo o sin él, el hombre no está hecho para entrar a trabajar después de la medianoche. Y punto.

La jefatura de la Guardia Nocturna, en el segundo piso de la comisaría del Distrito Quince, compartida con la división de Homicidios de Manhattan Sur que la ocupaba durante el día, parecía un cruce entre una atracción de feria y un depósito de cadáveres. Era un inhóspito revoltijo de mesas metálicas grises iluminadas por fluorescentes y con separadores de plástico animadas con fotos autografiadas de Samuel L. Jackson, Derek Jeter, Rex Ryan y Harvey Keitel que compartían espacio con fichas de sospechosos, estampas familiares y espeluznantes instantáneas tomadas en escenas del crimen. Un acuario de cristal de dos metros, medio lleno de peces gato cual tiburones en miniatura, dominaba una de las paredes de hormigón; una bandera estadounidense de tamaño embajada cubría la otra.

No vio a ninguno de los miembros habituales de su brigada: Emmett Butter, actor a tiempo parcial, tan novato en la unidad que Billy aún estaba por permitirle encabezar alguna investigación; Gene Feeley, que a finales de los ochenta formaba parte del equipo que había acabado con el imperio del crack de Fat Cat Nichols, llevaba treinta y dos años en el Cuerpo, era propietario de dos bares en Queens y seguía allí únicamente para sacarse la pensión máxima; Alice Stupak, que trabajaba de noche para poder estar con su familia durante el día; y Roger Mayo, que trabajaba de noche para poder evitar a su familia durante el día.

No era raro que la sala estuviera desierta treinta minutos después de haber tenido lugar el relevo, dado que a Billy no le importaba dónde pasaran el turno sus inspectores siempre y cuando respondieran al teléfono cuando los necesitaba. No le veía ningún sentido a obligarles a pasarse la noche entera sentados a sus mesas como si estuvieran castigados en el colegio. Pero a cambio de aquella libertad, si cualquiera de ellos —con la excepción de Feeley, que tenía tantos contactos de la vieja escuela en el n.º 1 de Police Plaza que podía hacer o dejar de hacer lo que le viniera en gana— dejaba de responder a su llamada, aunque solo fuera una vez, quedaría expulsado de la brigada sin que baterías descargadas, caídas en el retrete, peleas callejeras, robos, el Apocalipsis o la Segunda Venida sirvieran como excusa.

Tras dejar la bolsa del supermercado en su diminuto despacho sin ventanas, Billy salió de la sala y recorrió el corto pasillo hasta la centralita, atendida por Rollie Towers, alias el Ruedas, un muchacho grandote cual Buda vestido con pantalones de chándal y sudadera de la John Jay, cuyo enorme trasero asomaba por ambos costados de su silla Aeron con cinchas mientras driblaba las llamadas entrantes y desviaba como un portero las peticiones de intervención de la Guardia Nocturna desde diversos escenarios del crimen.

—Mire, sargento, mi superior aún no ha llegado —dijo Rollie saludando a Billy mediante un asentimiento de cabeza—, pero puedo adivinar lo que va a decir. Nadie ha salido herido, el tipo ni siquiera está seguro de que fuese una pistola. Yo me limitaría a tomarle declaración y esperaría hasta mañana a que lleguen los de la Quinta Brigada, por si acaso se ajusta a algún tipo de patrón que ya estén investigando, ¿le parece? Tampoco es que nosotros podamos hacer gran cosa en este caso. Sin problema… sin problema… sin problema.

Colgó y se volvió hacia Billy.

—Sin problema.

—¿Alguna novedad?

Billy alargó una mano hacia los Doritos de Rollie, luego se lo pensó mejor.

—Tangana en el distrito 3-2, dos mujeres armadas con pistolas, una en la acera, la otra en el asiento trasero de un taxi. A una distancia de, a lo sumo, un par de metros. Seis disparos en total y, ojo al dato, ninguna de las dos tiene un solo rasguño. Toma exhibición de puntería.

—¿El taxi iba en marcha?

—Al parecer se estaban persiguiendo por los Eisenhower. Una de las tipas se sube al coche y le dice al taxista que salga cagando leches, pero el tío en cuanto ve la pistola salta del vehículo y echa a correr hacia Senegal, probablemente ya esté a medio camino en estos momentos.

—Pies para que os quiero.

—Butter y Mayo están ahora en la comisaría del 3-2 viendo cómo Annie Oakley y Calamity Jane duermen la mona.

—¿Y el taxista? Ahora en serio.

—Lo han encontrado a ocho manzanas de allí, intentando trepar a un árbol. Se lo han llevado para tomarle declaración, pero solo habla wólof y francés, así que están esperando a un traductor.

—¿Algo más?

—No, señor.

—¿ Y a quién me han encasquetado?

Billy temía las incorporaciones voluntarias, una colección siempre cambiante de inspectores del turno diurno ávidos de horas extras que cada noche engrosaban las mermadas filas de su brigada, a pesar de que la mayoría no servía para nada pasadas las dos de la madrugada.

—Supuestamente hay tres, pero a uno se le ha puesto malo el niño, el otro fue visto por última vez en una fiesta de jubilación en el Noveno, por lo que convendría averiguar si está en estado de presentarse, y haría bien en echarle un vistazo a lo que nos ha enviado Central Park.

—¿Está aquí? No he visto a nadie.

—Mire debajo de la alfombra.

De vuelta en la sala de la brigada, el voluntario, Theodore Moretti, se escondía a plena vista encorvado con los codos sobre las rodillas frente a la mesa más alejada de la puerta.

—Estoy en el aire —siseó para su móvil—, ahora mismo me estás respirando, Jesse. Te rodeo por completo…

Moretti, bajo y achaparrado, tenía el pelo negro y liso peinado con la raya exactamente en el medio y unos ojos de mapache que conseguían que los de Billy parecieran claros y diáfanos en comparación.

—¿Qué tal?

Billy se plantó junto a él con las manos en los bolsillos, pero antes de que pudiera presentarse como su oficial superior, Moretti se levantó, salió de la sala y regresó al cabo de un momento, todavía al teléfono.

—¿De verdad crees que podrás librarte de mí tan fácilmente? —le dijo Moretti a Jesse, la afortunada en amores, algo que permitió a Billy reconocerlo por lo que era y descartarlo en consecuencia.

Aunque el dinero era la principal motivación para quienes se incorporaban de manera puntual a la Guardia Nocturna, de vez en cuando algún inspector se presentaba voluntario no tanto por las horas extras como porque simplemente le era útil para sus acosos.

Dos menos cuarto de la madrugada… El ruido de neumáticos rodando sobre una calleja secundaria llena de bombillas rotas sonó como una bolsa de palomitas alcanzando el clímax en el microondas. Eran las consecuencias de un encontronazo programado entre los Skrilla Hill Killaz, del bloque Coolidge, y los Stack Money Goons, del Madison, que se había saldado con el envío de cuatro críos al St. Luke’s para que les pusieran puntos, uno de ellos con una esquirla de cristal clavada en la córnea como una vela en miniatura. A saber de dónde habrían sacado las bombillas.

Cuando Billy y Moretti salieron de su sedán, la Unidad de Grupos Juveniles Organizados 2-9 —seis jóvenes con anorak y bambas de caña alta— ya estaba practicando detenciones, poniéndoles los grilletes de lazo a los pandilleros tendidos boca abajo como quien ata gavillas de trigo. El campo de batalla había quedado flanqueado por dos niveles de mirones: en la acera, docenas de vecinos del barrio, unos cuantos de ellos, a pesar de la hora, con niños a remolque; por encima de sus cabezas, una cifra similar de personas asomadas a las ventanas de los gastados inmuebles de renta baja que se alzaban a ambos lados de la estrecha calleja.

Con su cráneo afeitado y pantalones vaqueros cortados a la altura de la pantorrilla, como un matón de patio de colegio múltiples veces repetidor, el OI de la unidad, Eddie López, se acercó a Billy con una docena de grilletes de lazo todavía sin usar colgando de las muñecas como brazaletes.

—Ambas pandillas llevan toda la semana echándose mierda mutuamente en Facebook. Deberíamos haber llegado aquí antes que ellos.

Billy se volvió hacia Moretti.

—Empieza a tomar declaraciones a los chavales en Urgencias, que te lleve alguien de la Unidad de Grupos Juveniles.

—¿En serio? No dirán una mierda.

—Aun así… —Billy lo azuzó con la mano, pensando: «Un muerto que me quito de encima».

Desde el otro extremo de la manzana, emergiendo de la oscuridad rodeada de árboles como un carnívoro en embestida, apareció un baqueteado taxi que no frenó hasta encontrarse prácticamente encima del festival de arrestos. Una mujer de cuarenta y tantos años en bata brincó del asiento trasero antes de que el vehículo se hubiera detenido del todo.

—¡Dicen que mi hijo podría quedar tuerto!

—Siete dólares —dijo el taxista, sacando una mano por la ventanilla.

—Ya empezamos —le susurró López a Billy antes de apartarse de él—. Señora Carter, con todos los respetos, nosotros no le hemos pedido a Jermaine que estuviera aquí a las dos de la madrugada cazando Skrillas.

—¡Y usted cómo sabe lo que estaba haciendo en la calle!

La luz de las farolas convirtió sus gafas de montura al aire en discos de pálido fuego.

—Porque lo conozco —dijo López—. No es la primera vez que trato con él.

—¡Le han dado una beca para estudiar en el Colegio Universitario Sullivan County el año que viene!

—Me alegro, pero una cosa no quita la otra.

—Lo siento, Charlene —dijo una de las vecinas, bajándose de la acera—, sin ánimo de ofender, pero aquí todas sabemos que tú eres tan responsable como el muchacho que ha arrojado el cristal.

—¿Perdoooona?

La cabeza de la señora Carter retrocedió bruscamente cual martillo de pistola.

—¿Siete dólares? —repitió el taxista.

Billy le dio un billete de cinco y luego le pidió que saliera marcha atrás.

—Te oigo hablar en todas las reuniones de la asociación de vecinos —dijo la mujer—, siempre lo mismo, «Mi hijo es un buen chico, no es un pandillero de verdad, es el entorno, son las circunstancias», pero aquí el agente tiene razón. En vez de leerle la cartilla a tu hijo, continuamente estás buscando maneras de excusarle, así pues ¿qué esperabas?

La madre del muchacho se quedó petrificada con los ojos como platos; Billy, sabiendo lo que se avecinaba, la agarró del brazo justo cuando lanzaba un puñetazo hacia la mandíbula de la otra mujer.

Una oleada de murmullos y chasquidos de lengua recorrió a la multitud. Un cigarrillo salió volando e impactó en el hombro de Billy, pero en un entorno tan reducido resultaba imposible adivinar contra quién había ido dirigido realmente, así pues, c’est la guerre.

Mientras retrocedía para quitarse las cenizas de la chaqueta deportiva, sonó su móvil: Rollie el Ruedas.

—Jefe, ¿recuerda las Olimpiadas del 72?

—La verdad, no.

—¿La masacre de Munich?

—Vale…

—Uno de los nuestros estuvo allí, ayudó a ganar la plata en cuatrocientos metros relevos. ¿Horace Woody?

—Vale…

—Vive en las Torres Terry, en Chelsea.

—Vale…

—Acaba de llamar una patrulla, le han robado la medalla. ¿Quiere que nos encarguemos nosotros? Podría acabar siendo mediático y además Mayo está sentado en su mesa hablando solo otra vez.

—Entonces envíale a Urgencias del St. Luke’s para que tenga vigilado a Moretti, que se asegure de que no roba escalpelos o algo.

—¿Y el caso del medallón sustraído?

López le miró por encima de la cabeza de un Money Stacker de trece años esposado.

—Eh, ¿sargento? Podemos encargarnos del resto sin problemas.

—Dile a Stupak que se reúna allí conmigo —dijo Billy al teléfono—. Voy para allá.

El caso parecía una nadería, pero nunca había conocido a un atleta olímpico.

Las Torres Terry eran un complejo de doce plantas de renta limitada levantado bajo el auspicio de la Ley Mitchell-Lama en los aledaños de la Veinte Oeste; es decir, un peldaño por encima de los alojamientos de protección oficial, lo que significaba menos ascensores permanentemente fuera de servicio y hedores no tan feroces en los pasillos. El 7G era un apartamento pequeño, agobiante y desordenado, los platos de la cena seguían sobre la mesa a las tres menos cuarto de la madrugada. Horace Woody, bien entrado en los sesenta pero bendecido por el ADN con el físico de un adolescente larguirucho, se hallaba de pie en mitad del angosto salón, en calzoncillos y con los brazos en jarras. La tirante piel del pecho tenía el color de un buen abrigo de pelo de camello, pero sus ojos eran guindas y su aliento a licor dulce tan intenso como para que a Billy le rechinaran los dientes.

—No es que no sospeche quién puede haber cogido la condenada baratija —dijo Woody arrastrando las palabras y mirando malhumoradamente a su novia, Carla Garrett, apoyada contra un viejo mueble de televisor cubierto por botellas de licor de esotéricas formas y fotos arrugadas en marcos de plexiglás.

De mirada seria y realista, debía de tener la mitad de años que él y era tirando a gruesa. La jovial y resignada torsión en la comisura de sus labios confirmó la corazonada de Billy sobre la intrascendencia de la denuncia, en el peor de los casos una disputa doméstica a cámara lenta, pero en realidad no le importó, fascinado como estaba por la extraordinaria lozanía del anciano.

—Algunas personas —dijo Woody— pretenden quitarle toda la vida a la vida.

Llamaron discretamente a la puerta principal; después, Alice Stupak, metro sesenta y dos, pero con la constitución de un armario ropero, entró con soltura en el apartamento. Su rosácea crónica y el flequillo corto y anaranjado siempre le traían a Billy a la cabeza la imagen de un Peter Pan alcohólico y marcado por las batallas.

—¿Qué tal estamos todos esta noche? —bramó con alegre autoridad Stupak. Después, dirigiéndose como un misil hacia el niño problemático—: ¿Y usted, caballero? ¿Está pasando una buena velada?

Woody retrocedió entornando los ojos con desaprobación, una expresión que Billy ya había visto suscitada por Alice, sobre todo, pero no exclusivamente, en sus repentinamente perplejos interlocutores masculinos. Pero por temible que resultara para algunos su contemplación, Billy sabía que padecía de un perpetuo mal de amores y que se pasaba la vida suspirando por tal o cual inspector o bombero, camarero o portero, dominada siempre por la desesperación de que todos aquellos novios en potencia asumieran automáticamente que era bollera.

—¿Señora? —dijo Stupak, asintiendo en dirección a la novia de Woody—. ¿Qué hacemos aquí?

Carla Garrett se apartó del televisor y se dirigió con parsimonia hacia la parte trasera del apartamento, curvando un dedo en dirección a Billy para que la siguiera.

El cuarto de baño iluminado por leds resultaba ligeramente claustrofóbico; frascos y tubos sin cerrar de productos para el cuidado de la piel y el cabello se acumulaban sobre el borde tanto de la pila como de la bañera, toallas usadas colgaban hasta del último pomo, barra y gancho disponibles, y había pelos caídos en lugares que indujeron a Billy a apartar la mirada. Mientras la novia de Woody escarbaba en el interior de una colmada y olorosa cesta para la ropa, el móvil de Billy sonó: Stacey Taylor por tercera vez en dos días. Su estómago dio un pequeño vuelco de alarma cuando canceló la llamada tal como había hecho con las anteriores.

—¿La tienes ahí? —ladró Woody desde el pasillo—. Sé que la tienes ahí.

—Limítese a seguir viendo la tele —llegó la voz de Stupak a través de la puerta cerrada.

Cuando la novia volvió a incorporarse junto al cesto, sostenía la medalla de plata entre las manos; tenía el tamaño de un platillo de café.

—Verá, cuando bebe demasiado le da por empeñarla con idea de empezar una nueva vida. Ya lo ha hecho algunas veces ¿y cuánto cree que le dieron por ella?

—¿Un par de miles?

—Ciento veinticinco dólares.

—¿Puedo cogerla?

A Billy le decepcionó su ligereza, pero de todos modos sintió un leve cosquilleo.

—Verá, Horace es majo la mayor parte del tiempo, desde luego los he conocido peores, solo se pone así cuando echa mano del licor de cereza, ¿sabe? Para el alcohol es más goloso que un crío. En serio, podría comprar una buena botella de coñac de cincuenta dólares o de Johnnie Walker etiqueta negra y dejarla sobre la mesa que ni le romperá el precinto. Pero ¿cualquier cosa que sepa a caramelos morados? Cuidadín.

—¡Quiero mi maldita medalla! —chilló Woody desde un rincón más alejado del apartamento.

—Caballero, ¿qué le acabo de decir? —La voz de Stupak perdió todo su tonillo con el enfado.

—Empezar una nueva vida… —musitó la novia—. Todas las casas de empeño del vecindario me tienen en llamada rápida por si aparece. Joder, si lo que quiere es largarse, yo misma le prestaré el dinero, pero esto de aquí es un pedazo de historia estadounidense.

A Billy le cayó bien, simplemente no conseguía entender por qué una mujer tan lúcida no tenía la casa más limpia.

—Entonces ¿qué quiere que hagamos?

—Nada. Siento que les hayan enviado a ustedes. Normalmente sube algún agente de la comisaría, más que nada porque en otro tiempo fue un atleta famoso, y jugamos al «dónde la habrá escondido esta vez», pero usted es inspector y me avergüenza que le hayan importunado con esto.

Cuando abrieron la puerta del baño, Woody volvía a estar en el salón, repanchingado sobre el sofá forrado de vinilo, viendo la MTV con el volumen apagado, los ojos gelatinosos convertidos en rendijas.

Billy dejó caer la medalla sobre su pecho.

—Caso resuelto.

De camino a los ascensores con Stupak, comprobó la hora: las tres y media. Noventa minutos más y las probabilidades de acabar con bien la noche estarían a su favor.

—¿Tú qué dices?

—Usted es el jefe, jefe.

—¿Finnerty’s? —dijo Billy, pensando: «Qué diablos, imposible no celebrarlo»; pensando: «Solo un traguito».

—Siempre he querido ir a Irlanda —le gritó Stupak por encima de la música al guapísimo y joven camarero—. El año pasado hice las reservas y todo, pero como dos días antes del vuelo mi compañera tuvo apendicitis.

—Siempre puedes coger el avión sola, ¿no? —respondió él no sin cierta cortesía, mirando por encima del hombro de Stupak para saludar con la mano a dos mujeres que justo entonces entraban por la puerta—. Es un país muy acogedor.

Y eso fue todo, el camarero se inclinó por encima de la barra para besar a las recién llegadas, dejando que Stupak se ruborizara sobre su cerveza.

—Yo tampoco he estado nunca en Irlanda —dijo Billy—. O sea, ¿para qué? Si ya me paso el día rodeado de irlandeses.

—No debería haber dicho «compañera» —dijo Stupak.

El móvil de Billy sonó. Gracias a Dios no era el Ruedas, sino su esposa. Salió apresuradamente a la calle para que ella no oyese el bullicio y empezara a hacerle preguntas.

—Hey… —redujo el tono de voz como hacía siempre que ella lo llamaba tan avanzada la noche—. ¿No puedes dormir?

—No.

—¿No te has tomado el Traz?

—Creo que se me ha olvidado, pero ahora ya no puedo, tengo que levantarme dentro de tres horas.

—¿Y si te tomas medio?

—No puedo.

—Está bien, solo… en fin, no es la primera vez, en el peor de los casos el de mañana será un día pesado, pero tampoco te vas a morir por eso.

—¿Cuándo piensas llegar a casa?

—Intentaré escaparme un poco antes.

—Odio esto, Billy.

—Lo sé. —Su móvil vibró de nuevo; Rollie Towers en la línea dos—. Espera un momento.

—Lo odio de veras.

—Solo un segundo… —Después, cambiando de línea—: Qué hay de nuevo.

—Justo cuando pensabas que era seguro volver a entrar en el agua.

—Vete a la mierda, ¿qué tienes?

—Feliz día de San Patricio —dijo el Ruedas.

Cuando Billy llegó acompañado de la mayor parte de su brigada a Penn Station y accedió a la larga y grasienta galería inferior que conectaba los trenes de cercanías del Ferrocarril de Long Island con los andenes del metro al otro extremo de la estación, se encontró con que los primeros agentes en llegar a la escena, tanto policías de Tránsito como guardias del FDLI de paisano, habían asumido el control de la situación mucho mejor de lo que podría haber esperado. Al no estar seguros de qué parte del reguero de cien metros de sangre proteger, habían optado por acordonarlo en su totalidad con cinta y cubos de basura, como una pista de eslalon. Milagrosamente también habían sido capaces de reunir a la mayoría de los embriagados juerguistas que se encontraban bajo el tablero de información esperando para regresar a casa en el momento en que se había producido la agresión, acorralándolos en una sala de espera ásperamente iluminada y alejada del andén principal. Echando un rápido vistazo al interior de la sala, Billy vio a la mayoría de sus testigos potenciales sentados sobre duros bancos de madera, roncando con la boca abierta y las barbillas apuntando hacia el techo, como hambrientas crías de pajarillo.

—Parece que acuchillaron a la víctima aquí, debajo del tablero, echó a correr y perdió el fuelle justo antes de llegar al metro —anunció Gene Feeley con la corbata desanudada y colgandera, como Sinatra en el último bis.

A Billy le sorprendió ver allí a Feeley y más aún que hubiera sido el primer inspector en responder a la llamada. Por otra parte, no dejaba de ser propio de él, pues el veterano normalmente desdeñaba cualquier caso a menos que implicara como mínimo a tres fiambres o un policía muerto, material de primera plana.

—¿Dónde está el cadáver?

Billy pensó que tendría suerte si llegaba a ver a sus hijos a la hora de la cena.

—Siga el camino de baldosas amarillas —dijo Feeley, señalando las huellas de un marrón rojizo que trazaban el camino como ensangrentadas marcas para aprender a bailar—. Este acaba en el libro de recortes, eso sí puedo decírselo.

Llegaron junto a los tornos del metro justo cuando un expreso procedente del norte entraba en la estación, descargando en el andén a más jaraneros como una cuba. Insinuándose, riendo, tropezando y haciendo sonar vuvuzelas, todos ellos asumieron que el finado de los ojos como platos estaba simplemente borracho, salvo dos inspectores de mediana edad de la Científica que habían optado por ir hasta la escena del crimen en metro, cargados con sus maletines de técnico forense que les hacían parecer vendedores de morralla a domicilio.

Billy agarró a un agente de Tránsito que pasaba por allí.

—Escuche, por el momento no podemos permitir que sigan parando trenes. ¿Puede llamar a su superior?

—Sargento, esto es Penn Station.

—Sé dónde estamos, pero no quiero una recua nueva de borrachos pisoteando mi escena del delito cada cinco minutos.

La víctima yacía sobre un costado, el cuello y el torso comprimidos como los de un jorobado, la pierna y el brazo izquierdos estirados como si pretendiera tocarse la mano con la punta de los pies. A Billy le pareció como si el tipo hubiera intentado salvar el torno de un brinco, se hubiera desangrado a mitad del salto quedando inmovilizado en esa postura y hubiera muerto en el aire para luego desplomarse como una piedra.

—Parece un saltador de vallas recortado de una caja de Wheaties —dijo Feeley, y después se alejó.

Mientras uno de los técnicos de la Científica empezaba a extraer la cartera de los vaqueros en otro tiempo azul celeste de la víctima, Billy dejó de compararla mentalmente con un cuerpo en movimiento preservado en lava y se fijó por primera vez en su cara. Veintitantos años, ojos azules abiertos como platos en expresión de sobresalto, cejas arqueadas y finas como un pincel, piel blanca como la leche y pelo negro como el alquitrán, femeninamente atractivo hasta un extremo perverso.

Billy lo miró de hito en hito, pensando: «No puede ser».

—¿Se llama Bannion?

—Un momento —dijo el técnico, extrayendo el carnet de conducir de la víctima—. Eso es, Bannion. Nombre de pila…

—Jeffrey —dijo Billy. Y después—: Que me folle un pez.

—¿De qué me suena ese nombre? —dijo el técnico de la Científica, sin un verdadero interés en la respuesta.

Jeffrey Bannion… Billy se planteó telefonear inmediatamente a John Pavlicek, después recordó la hora y decidió esperar al menos hasta el amanecer, aunque era posible que a Big John no le hubiera importado que le despertasen en aquel caso.

Ocho años antes, el cadáver de un muchacho de doce años llamado Thomas Rivera había sido encontrado debajo de un sucio colchón en la cabaña del árbol de sus vecinos de City Island, los Bannion. Había muerto apaleado y la ropa de cama que lo cubría tenía salpicaduras de semen. John Pavlicek, compañero de Billy en Anti-Crimen a finales de los noventa, pero inspector asignado al Grupo Especial de Homicidios del Bronx en el momento del asesinato, se hizo cargo del caso cuando el cuerpo fue hallado por un perro detector de cadáveres tres días después de la desaparición del muchacho.

Eugene, el hipertrofiado e intelectualmente discapacitado hermano pequeño de Jeffrey Bannion, reconoció haberse pajeado —la cabaña del árbol era su lugar predilecto para ello—, pero dijo que cuando descubrió al muchacho este ya estaba muerto. Jeffrey, que entonces tenía diecinueve años, le contó a Pavlicek que se había pasado el día guardando cama enfermo y que Eugene le había confesado ser el autor del crimen. Sin embargo, cuando la policía le apretó las clavijas a Eugene, el joven no solo se aferró a su versión de los hechos, sino que, al margen de todos los ardides y camelos utilizados por los inspectores de Homicidios, fue completamente incapaz de especular sobre cómo pudo llegar Thomas Rivera hasta la cabaña y cuál podría haber sido el objeto utilizado como arma. Además, no tenía sentido que un quinceañero con tan pocas luces pudiera ocultarles nada.

Pavlicek sospechó desde el primer momento del mayor de los Bannion, pero no consiguieron desmontar la historia de su enfermedad, de modo que Eugene, un chaval blanco, grandote y torpón que tendía a asestar puñetazos de manera indiscriminada cada vez que se alteraba, acabó en el reformatorio Robert N. Davoren en Rikers, caldo de cultivo de Bloods, Ñetas y MS-13, donde fue incorporado a la población reclusa sin que se le realizara la evaluación psiquiátrica pertinente. Su asesinato, cuando únicamente llevaba cinco días encarcelado, sumó casi tantos titulares como los del crío al que supuestamente había matado.

A los pocos días, a pesar de las enérgicas protestas de Pavlicek en contra, el caso Rivera quedó «cerrado por arresto», imposibilitando formalmente la prolongación de las investigaciones. Poco después de aquello, Jeffrey Bannion hizo las maletas y fue pasando por las casas de varios parientes de fuera del estado. Al principio, Pavlicek intentó tragarse el sapo volcándose en otros casos —aunque nunca perdió el contacto con los padres de Thomas Rivera ni dejó de estar al tanto del paradero de Bannion—, pero cuando supo, a través de contactos, que se habían producido dos agresiones a jóvenes preadolescentes, una en cada uno de los pueblos en los que Jeffrey había estado residiendo en aquel momento, sin que ninguna de las investigaciones condujera a un arresto, su obsesión por cazar al muchacho regresó en todo su apogeo.

Con el tiempo, Bannion acabó regresando a Nueva York para compartir casa con tres amigos en Seaford, Long Island. Pavlicek, siempre a su zaga como Javert, solicitó la colaboración tanto de la comisaría del Distrito Siete, en la vecina Wantagh, como de la Jefatura Superior del Condado de Nassau, pero o bien Jeffrey estaba manteniendo limpias las narices o bien se había vuelto aún más escurridizo con la edad. Lo último que habían sabido de él —y lo más agraviante— era que había presentado la solicitud para servir como agente auxiliar en los departamentos de policía de una docena de localidades de Long Island, recibiendo ofertas para iniciar el período de instrucción en tres de ellas.

—Mi supervisor quiere saber cuánto tiempo debemos mantener la estación cerrada —dijo el agente de Tránsito al regresar.

—Iremos todo lo rápido que podamos —replicó Billy.

—Dice que quiere toda la sangre fregada antes de las cinco y media, y lo mismo va por la retirada del cadáver. Es la hora a la que empezamos a recibir pasajeros a mansalva.

Limpiar la escena o preservarla… Limpiarla o preservarla… Alguien se quejaría; siempre hay alguien que se queja.

Mientras otra turba descendía trastabillando sobre Penn Station procedente del último tren 2, una adolescente se quedó un segundo observando con ojos saltones a Bannion, intercambió una mirada interrogativa con su novio y después se volvió bruscamente para vomitar sobre el andén, añadiendo su ADN a la mezcla.

—Mala noche para esto —dijo el agente de Tránsito.

De vuelta en la mugrienta galería, Billy estudió la extensión acordonada. Además de la sangre todavía en proceso de coagulación, la escena del crimen —un estercolero de envoltorios de caramelo, vasos de plástico, alguna que otra prenda de ropa, una botella de licor rota y apenas sujeta por el adhesivo de su etiqueta— revelaba demasiado y a la vez nada.

Mientras los inspectores de la Científica seguían embolsando y fotografiando, y los agentes de Tránsito, del FDLI y de su misma brigada recorrían la sala de espera, circulando entre los semiinconscientes testigos potenciales como una cuadrilla de enfermeras, Billy se percató de que uno de los viajeros dormidos tenía lo que parecían ser manchas de sangre en su jersey de los Rangers.

Se sentó a su lado en el banco de madera. El chico tenía la cabeza tan echada para atrás que parecía que le hubieran cortado la garganta.

—Eh, tú. —Billy le dio un leve codazo.

El chico salió de su estupor meneando la cabeza como un dibujo animado justo después de ser golpeado con un yunque.

—¿Cómo te llamas?

—Mike.

—Mike ¿qué?

—¿Qué?

—¿Cómo te has manchado de sangre, Mike?

—¿Yo? —Todavía moviendo la cabeza a un lado y a otro.

—Tú.

—Dónde… —Mirándose el jersey. Después—: ¿Eso es sangre?

—¿Conoces a Jeffrey Bannion?

—¿Que si lo conozco?

Billy esperó. Un segundo… dos…

—¿Dónde está? —preguntó el muchacho.

—Entonces ¿lo conoces? ¿A Jeffrey Bannion?

—¿Y qué si es así?

—¿Has visto lo que ha pasado?

—¿Qué? ¿De qué está hablando? ¿Qué es lo que ha pasado?

—Lo han apuñalado.

El chico se levantó bruscamente.

—¿Qué? ¡Los mato, joder!

—¿A quién?

—¿Qué?

—A quién quieres matar.

—¿Cómo coño voy a saberlo? A quien sea que lo haya hecho. Usted déjemelos a mí.

—¿Lo has visto?

—Que si he visto qué.

—¿Cuándo viste a Jeffrey por última vez? ¿Dónde estaba, con quién?

—Es como un hermano para mí.

—¿Con quién estaba?

—Y yo qué sé. ¿Acaso soy su putita?

—¿Su qué? ¿Dónde vives?

—Strong Island.

—Más específicamente.

—Seaford.

—¿Quién más estaba contigo? Señálame a tu cuadrilla.

—¿Mi cuadrilla?

—Quién, entre los aquí presentes, en esta sala de espera, iba contigo esta noche, señálame a todos los que estuvieran volviendo contigo a Seaford.

—No soy un chivato.

—Te estoy preguntando quiénes son sus amigos.

Mike giró la cabeza como si estuviera en una torreta oxidada, reparando en la mitad de los adormilados pasajeros que lo rodeaban.

—¡Hey! —bramó—. ¿Os habéis enterado de lo que ha pasado?

Nadie se volvió hacia él.

—¿Alguno llevaba algo encima esta noche? —preguntó Billy.

—¿Se refiere a marihuana?

—Me refiero a un arma.

—Cualquier cosa es un arma.

—¿Cómo dices que te has manchado de sangre?

—¿Qué sangre? —dijo el muchacho, tocándose la cara.

—¿Alguno de tu cuadri…? ¿Has visto a alguien discutir esta noche?

—¿Esta noche? —El chico parpadeó—. Esta noche salimos de marcha.

Billy decidió enviarlo junto a todos los demás a Midtown South para que durmieran la mona hasta que pudieran ser interrogados de nuevo. Imaginaba que las declaraciones no le aportarían nada. También estaba bastante seguro de que, después de que medio litoral hubiera pisoteado la escena del crimen como una manada migratoria de bestias salvajes, las pruebas forenses serían igualmente inútiles. Prefería apostar por las cámaras de seguridad.

Puso al tanto de la situación al capitán de su división —el cual se puso automáticamente a parpar como un pato, como si Billy hubiera matado personalmente a Bannion—, colaboró un rato con los agentes de Tránsito en la galería y con los inspectores del FDLI bajo el tablero de información, y después, rezando por el plano del millón, subió las escaleras hasta la abarrotada sala en la que estaban instalados los monitores solo para averiguar por boca del técnico de servicio que el disco duro en el que se había cargado todo el metraje de seguridad había resultado dañado hacía algunas horas debido a un derramamiento de café y que el único modo de salvar las imágenes era enviarlo a un centro de recuperación de datos, proceso que podía demorarse días, cuando no semanas.

De nuevo en la planta baja y necesitando que un miembro de su brigada supervisara el transporte de testigos, Billy se encaminó hacia Feeley, pero se detuvo en seco cuando lo vio cotorreando con un subinspector de pelo canoso, probablemente intercambiando recuerdos de la época en que fueron juntos en pos de Pancho Villa. Salió en busca de Stupak y la encontró delante de un puesto de calzone protegido por una verja antidisturbios entrevistando a un empleado de mantenimiento.

Tan pronto como le explicó su cometido, la mirada de Stupak buscó por reflejo a Feeley.

—¿Qué? —farfulló—. ¿El general Grant está demasiado ocupado preparándose para Gettysburg?

A nadie le agradaba tener a Feeley en la brigada, pero nadie lo desaprobaba en mayor grado que Alice, que odiaba tanto la red de contactos y privilegios de la vieja guardia como a los escaqueados en general. También había un elemento personal: a pesar de sus dieciséis años en el cuerpo, siete de ellos en Servicios de Emergencia y tres con el Equipo de Captura de Fugitivos Violentos, el viejo cabrón se regodeaba en seguir dirigiéndose a ella de vez en cuando como «muñequita».

Tras la marcha de Stupak, Billy lidió con otra crispada llamada de su capitán de división, seguida de una del jefe de brigada de Midtown South. Después, a las siete de la mañana, con la escena del crimen asegurada y ningún posible testigo en condiciones de hablar, Billy decidió escabullirse a Yonkers lo justo para llevar a sus hijos al colegio.

A esas horas el tráfico dirección norte en la Henry Hudson Parkway era venturosamente fluido y a las ocho menos cuarto entró en su calle. Al llegar a casa vio a Carmen subida a una escalera de metro ochenta delante de la puerta del garaje, intentando extraer una pelota de baloncesto deshinchada que había quedado encajada entre el aro y el tablero y que llevaba allí desde enero, cuando empezó a hacer demasiado frío para que los chicos jugaran.

—Dale con un palo, Carm.

—Ya lo he intentado. Está demasiado encajada.

Sentado al volante en un semitrance de agotamiento, Billy contempló cómo su esposa intentaba desatascar la pelota mientras el sol de la mañana teñía de un tono gélido el poliéster de su blanco uniforme de enfermera.

Carmen era su segunda mujer. La primera, Diane, una arteterapeuta afroamericana, lo había abandonado a consecuencia de unas muy publicitadas protestas después de que Billy hubiera disparado accidentalmente y de manera casi fatal a un niño hispano de diez años en el Bronx. Siendo ecuánimes, la bala que fue a impactar contra el crío había atravesado antes a su objetivo designado, un gigante puesto hasta las cejas de PCP y armado con una cañería de plomo ya ensangrentada. Al principio, Diane, que en aquel momento solo tenía veintitrés años —dos menos que Billy—, intentó capear el temporal a su lado, pero después de que los periódicos empezaran a explotar la noticia y un reverendo del Bronx con un grueso álbum de recortes de prensa organizara una vigilia de repulsa de un mes de duración alrededor de su casa en Staten Island, fue desmoronándose gradualmente hasta que finalmente decidió abandonar el barco.

Billy conoció a Carmen cuando trabajaba con la Brigada de Identificación en la oficina del forense, a la que lo habían destinado desde Anti-Crimen como una suerte de exilio interno tras el tiroteo. Ella estaba allí aquel día para identificar a Damián Robles, el que hasta su sobredosis de treinta y seis horas antes había sido su marido.

A pesar de su adicción a la heroína, Robles era un profesional de las artes marciales y tenía un físico ridículamente bien esculpido, y a Billy le avergonzó reconocer que, dos días después de muerto, el tipo seguía teniendo mejor aspecto que él en el mejor momento de su vida.

En cualquier caso, el muerto al hoyo y el vivo al bollo, por lo que veinte minutos después de haberla visto por primera vez, mientras permanecían el uno junto al otro, observando el cadáver a través de una larga ventanilla rectangular, se lanzó sin paracaídas y dijo:

—¿Qué hacía casada con un zarrapastroso como ese?

Pero en vez de arañarle la cara o poner el grito en el cielo, ella respondió calmadamente:

—Pensaba que era lo que me merecía.

Al cabo de un mes cada uno estaba dejando ropa en el apartamento del otro.

Al cabo de un año estaban avisando a sus amigos para que reservaran la fecha.

La atracción inicial de Carmen por él, o al menos eso pensó en su momento, fue de manual: viuda repentina se topa con policía protector caído del cielo. Billy siempre había sentido debilidad por cualquier variación del «ay, mi héroe» con las que se había ido encontrando ocasionalmente, pero lo cierto fue que se enamoró de Carmen puramente por su físico y su sonoridad: los enormes ojos rodeados de rímel corrido en su rostro con forma de corazón, la piel del color de una tostada poco hecha, y aquella voz… perezosa y cazallera cuando le apetecía y respaldada por una risa fácil y profunda que a él lo embriagaba de placer. El deseo estuvo ahí desde el principio, pero todos los demás elementos de largo recorrido —confi ...