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LOS INNOVADORES

Walter Isaacson  

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Fragmento

Cronología

1843      Ada, condesa de Lovelace, publica sus «Notas» sobre la máquina analítica de Babbage.

1847      George Boole crea un sistema que utiliza el álgebra para el razonamiento lógico.

1890      Se tabula el censo estadounidense empleando las máquinas de tarjetas perforadas de Herman Hollerith.

1931      Vannevar Bush diseña el analizador diferencial, un computador analógico electromecánico.

1935      Tommy Flowers utiliza por primera vez tubos de vacío como interruptores de encendido y apagado en circuitos.

1937      Alan Turing publica «Sobre los números computables», en el que describe un computador universal.

1937      Claude Shannon describe cómo los circuitos dotados de interruptores pueden realizar tareas de álgebra booleana.

Recibe antes que nadie historias como ésta

1937      George Stibitz, de los Laboratorios Bell, propone crear una calculadora que emplee un circuito eléctrico.

1937      Howard Aiken propone la construcción de un gran computador digital y descubre partes de la máquina diferencial de Babbage en Harvard.

1937      John Vincent Atanasoff elabora diversos conceptos relativos al computador electrónico una noche de diciembre, durante un largo trayecto en automóvil.

1938      William Hewlett y David Packard crean su empresa en un garaje de Palo Alto.

1939      Atanasoff completa un modelo de computador electrónico con tambores de almacenamiento mecánicos.

1939      Turing llega a Bletchley Park para trabajar en el descifre de los códigos alemanes.

1941      Konrad Zuse completa el Z3, un computador digital electromecánico programable plenamente funcional.

1941      John Mauchly visita a Atanasoff en Iowa y presencia una demostración de su computador.

1942      Atanasoff completa un computador que funciona parcialmente con trescientos tubos de vacío y se incorpora a la marina.

1943      Finaliza en Bletchley Park la construcción del Colossus, un computador de tubos de vacío destinado a descifrar los códigos alemanes.

1944      Entra en funcionamiento el Harvard Mark I.

1944      John von Neumann va a la Universidad de Pennsylvania para trabajar en el ENIAC.

1945      Von Neumann redacta el «Primer borrador de un informe sobre el EDVAC», en el que describe un computador de programa almacenado.

1945      Se envía a Aberdeen a seis programadoras del ENIAC para recibir formación.

1945      Vannevar Bush publica «Como podríamos pensar», en el que describe el ordenador personal.

1945      Bush publica «Ciencia, la frontera sin fin», en el que propone financiar públicamente la investigación académica e industrial.

1945      El ENIAC funciona a pleno rendimiento.

1947      Se inventa el transistor en los Laboratorios Bell.

1950      Turing publica un artículo en el que describe una prueba para la inteligencia artificial.

1952      Grace Hopper desarrolla el primer compilador informático.

1952      Von Neumann completa un computador moderno en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton.

1952      El UNIVAC predice la victoria electoral de Eisenhower.

1954      Turing se suicida.

1954      Texas Instruments introduce el transistor de silicio y contribuye al lanzamiento del radiorreceptor modelo Regency.

1956      Se funda Shockley Semiconductor.

1956      Primera conferencia sobre inteligencia artificial.

1957      Robert Noyce, Gordon Moore y otros crean Fairchild Semiconductor.

1957      La Unión Soviética lanza el Sputnik.

1958      Se anuncia la creación de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada (ARPA).

1958      Jack Kilby hace una demostración del circuito integrado, o microchip.

1959      Noyce y sus colegas de Fairchild inventan también el microchip de manera independiente.

1960      J. C. R. Licklider publica «La simbiosis hombre-computador».

1960      Paul Baran, de RAND, inventa la conmutación de paquetes.

1961      El presidente Kennedy propone enviar el hombre a la Luna.

1962      Expertos en informática del MIT crean el juego Spacewar.

1962      Licklider se convierte en el primer director de la Oficina de Técnicas de Procesamiento de Información de la ARPA.

1962      Doug Engelbart publica «Aumentar el intelecto humano».

1963      J. C. R. Licklider propone una «Red Intergaláctica de Computadores».

1963      Engelbart y Bill English inventan el ratón.

1964      Ken Kesey y los Merry Pranksters recorren Estados Unidos en autobús.

1965      Ted Nelson publica el primer artículo sobre el «hipertexto».

1965      La ley de Moore predice que la potencia de los microchips se duplicará aproximadamente cada año.

1966      Stewart Brand organiza el Trip Festival junto con Ken Kesey.

1966      Bob Taylor convence al jefe de la ARPA, Charles Herzfeld, de financiar ARPANET.

1966      Donald Davies acuña la expresión «conmutación de paquetes».

1967      Se discute el diseño de ARPANET en Ann Arbor y Gatlinburg.

1968      Larry Roberts hace públicos los requisitos del concurso para la construcción de los IMP de ARPANET.

1968      Noyce y Moore crean Intel y contratan a Andy Grove.

1968      Brand publica el primer Whole Earth Catalog.

1968      Engelbart organiza la Madre de Todas las Demostraciones con la ayuda de Brand.

1969      Se instalan los primeros nodos de ARPANET.

1971      Don Hoefler inicia su columna en Electronic News titulada «Silicon Valley USA».

1971      Fiesta de despedida del Whole Earth Catalog.

1971      Se presenta el microprocesador Intel 4004.

1971      Ray Tomlinson inventa el correo electrónico.

1972      Nolan Bushnell crea Pong en Atari junto con Al Alcorn.

1973      Alan Kay, junto con Chuck Thacker y Butler Lampson, crean el Xerox Alto en el Xerox PARC.

1973      Bob Metcalfe desarrolla Ethernet en el Xerox PARC.

1973      Se pone en marcha el terminal compartido Community Memory en Leopold’s Records, Berkeley.

1973      Vint Cerf y Bob Kahn completan los protocolos TCP/IP para internet.

1974      Aparece el Intel 8080.

1975      Aparece el ordenador personal Altair, de MITS.

1975      Bill Gates y Paul Allen desarrollan programación en BASIC para el Altair y crean Microsoft.

1975      Primera reunión del Homebrew Computer Club.

1975      Steve Jobs y Steve Wozniak lanzan el Apple I.

1977      Se presenta el Apple II.

1978      Primer software BBS en internet.

1979      Se inventan los grupos de noticias de Usenet.

1979      Jobs visita el Xerox PARC.

1980      IBM encarga a Microsoft el desarrollo de un sistema operativo para PC.

1981      Se pone a la venta el módem Hayes para usuarios domésticos.

1983      Microsoft anuncia Windows.

1983      Richard Stallman empieza a desarrollar GNU, un sistema operativo libre.

1984      Apple presenta el Macintosh.

1985      Stewart Brand y Larry Brilliant lanzan The WELL.

1985      CVC lanza Q-Link, que luego se convierte en AOL.

1991      Linus Torvalds lanza la primera versión del kernel Linux.

1991      Tim Berners-Lee anuncia la World Wide Web.

1993      Marc Andreessen anuncia el navegador Mosaic.

1993      Bajo la dirección de Steve Case, AOL ofrece acceso directo a internet.

1994      Justin Hall lanza el blog y el directorio web.

1994      HotWired y Pathfinder, de Time Inc., se convierten en los primeros grandes editores de revistas online.

1995      Aparece en la Red el WikiWikiWeb de Ward Cunningham.

1997      Deep Blue, de IBM, derrota al ajedrez a Gari Kaspárov.

1998      Larry Page y Serguéi Brin lanzan Google.

1999      Ev Williams crea Blogger.

2001      Jimmy Wales, junto con Larry Sanger, lanzan la Wikipedia.

2011      El ordenador Watson de IBM gana el concurso televisivo estadounidense Jeopardy!

Introducción

Cómo surgió este libro

El ordenador e internet se cuentan entre los inventos más importantes de nuestra era, pero pocas personas saben quiénes fueron sus creadores. No surgieron de la nada en una buhardilla o un garaje por obra del tipo de inventores solitarios que suelen aparecer destacados en las portadas de las revistas o pasar a formar parte de un panteón junto con Edison, Bell y Morse. Lejos de ello, la mayoría de las innovaciones de la era digital fueron fruto de la colaboración. Hubo muchas personas fascinantes involucradas, algunas de ellas ingeniosas y unas cuantas incluso geniales. Esta es la historia de aquellos pioneros, hackers,* inventores y emprendedores: quiénes fueron, cómo funcionaban sus mentes y qué les hizo ser tan creativos. Y es también una narración de cómo colaboraron y por qué su capacidad para trabajar en equipo les hizo aún más creativos.

El relato de su trabajo en equipo es importante porque a menudo no nos fijamos en lo crucial que resulta esa capacidad para la innovación. Existen abundantes libros en los que se homenajea a personas que los biógrafos retratamos, o mitificamos, como inventores solitarios. Yo mismo he escrito unos cuantos. Haga el lector la prueba de buscar en la sección de libros de Amazon.com la frase «the man who invented» («el hombre que inventó») y obtendrá más de dos mil resultados. En cambio, tenemos muchos menos relatos de la creatividad colaborativa, la cual resulta de hecho más importante para entender cómo se configuró la actual revolución tecnológica. Y puede que también más interesante.

Hoy en día hablamos tanto de innovación que esta se ha convertido en un cliché de moda, vacío de un significado claro. Así pues, en este libro me propongo informar acerca de cómo se produce verdaderamente la innovación en el mundo real. ¿Cómo los innovadores más imaginativos de nuestra época convirtieron una serie de ideas innovadoras en realidades? Me centro en aproximadamente una docena de los avances más significativos de la era digital y en las personas que fueron sus artífices. ¿Qué ingredientes dieron lugar a sus saltos creativos? ¿Qué habilidades y rasgos se revelaron más útiles? ¿Cómo pensaron, lideraron y colaboraron? ¿Por qué unos triunfaron y otros fracasaron?

También exploro las fuerzas sociales y culturales que proporcionan la atmósfera propicia para la innovación. En el caso del nacimiento de la era digital, estas incluyeron un ecosistema de investigación nutrido por el gasto público y gestionado por la colaboración académico-militarindustrial. A ello vino a unirse una difusa alianza de líderes comunitarios, hippies de mentalidad colectivista, aficionados al bricolaje y hackers domésticos, la mayoría de los cuales recelaban de la autoridad centralizada.

Se pueden escribir historias haciendo hincapié en alguno de estos factores. Un ejemplo de ello es la invención del computador Harvard/ IBM Mark I, el primer gran ordenador electromecánico. Una de sus programadoras, Grace Hopper, escribió un relato que se centraba en su principal creador, Howard Aiken. IBM contraatacó con una historia en la que se destacaba a sus equipos de ingenieros anónimos, que aportaron las innovaciones graduales, desde los contadores a los alimentadores de fichas, que formaban parte de la máquina. Del mismo modo, la cuestión de si habría que hacer hincapié en los grandes personajes o en las corrientes culturales ha sido objeto de debate desde hace mucho tiempo; a mediados del siglo XIX, Thomas Carlyle afirmaba que «la historia del mundo no es sino la biografía de grandes hombres», mientras que Herbert Spencer proponía una teoría que acentuaba el papel de las fuerzas sociales. Los académicos y las personas involucradas suelen ver este equilibrio de manera distinta. «Como profesor, yo tendía a pensar que la historia está regida por fuerzas impersonales —declaró Henry Kissinger a la prensa durante una de sus misiones de mediación en Oriente Próximo, en la década de 1970—. Pero cuando lo observas en la práctica, ves la diferencia que marcan las personalidades.»1 En lo relativo a la innovación en la era digital, al igual que ocurre con la pacificación de Oriente Próximo, entran en juego toda una serie de fuerzas personales, culturales e históricas, y en este libro trato de entrelazarlas unas con otras.

Internet se creó originalmente para facilitar la colaboración. En cambio, los ordenadores personales, en especial los destinados al uso doméstico, fueron inventados como herramientas de creatividad individual. Durante más de una década, desde comienzos de la de 1970, el desarrollo de las redes y el de los ordenadores personales tuvieron lugar de manera independiente, hasta que empezaron a aproximarse a finales de la de 1980 con el advenimiento de los módems, los servicios online y la Red. Al igual que la combinación de la máquina de vapor y los procesos mecánicos ayudó a fomentar la revolución industrial, la combinación del ordenador y las redes distribuidas condujo a una revolución digital que permitió a cualquiera crear, difundir y acceder a cualquier información en cualquier lugar.

Los historiadores de la ciencia se muestran a veces cautelosos al calificar de «revoluciones» los períodos de grandes cambios. «No hubo nada parecido a una revolución científica, y este es un libro sobre ella» es la irónica frase introductoria de la obra que escribió acerca de dicho período el profesor de Harvard Steven Shapin.2 El método que empleó Shapin para eludir su medio jocosa contradicción fue señalar que los actores clave del período «expresaron enérgicamente la visión» de que formaban parte de una revolución. «Nuestra percepción de que se estaba produciendo un cambio radical proviene sustancialmente de ellos.»

Del mismo modo, hoy la mayoría de nosotros compartimos la sensación de que los avances digitales del último medio siglo están transformando, quizá incluso revolucionando, el modo en que vivimos. Recuerdo el entusiasmo que generaba cada nuevo gran avance. Mi padre y mis tíos eran ingenieros electrotécnicos, y, como muchos de los personajes de este libro, crecí con un taller en el sótano donde había circuitos impresos que soldar, radios que abrir, tubos que probar, y cajas de transistores y resistencias que ordenar y utilizar. Como forofo de la electrónica, amante de los kits de montaje y radioaficionado, recuerdo el momento en que los tubos de vacío dieron paso a los transistores. En la universidad aprendí a programar utilizando tarjetas perforadas, y recuerdo el momento en que la agonía del procesamiento por lotes dio paso al éxtasis de la interacción directa. En la década de 1980 me emocioné con la estática y el chirrido que emitían los módems cuando te abrían el reino extrañamente mágico de los servicios online y los tablones de anuncios BBS, y a comienzos de la de 1990 ayudé a poner en marcha una división digital de Time y Time Warner que lanzó nuevos servicios web e internet de banda ancha. Como dijo Wordsworth de los entusiastas que presenciaron el comienzo de la Revolución francesa: «Vivir aquel amanecer era un gozo».

Empecé a trabajar en este libro hace más de una década. Surgió de mi fascinación por los avances de la era digital que había presenciado, así como de mi biografía sobre Benjamin Franklin, que fue un innovador, inventor, editor y pionero del servicio postal, además de un auténtico creador de redes de información y un emprendedor. Deseaba apartarme de la labor biográfica, que tiende a acentuar el papel de individuos concretos, y volver a hacer un libro como The Wise Men, una obra escrita en colaboración con un colega sobre el trabajo creativo en equipo de seis amigos que configuraron las políticas estadounidenses durante la guerra fría. Mi plan inicial era centrarme en los equipos que inventaron internet, pero cuando entrevisté a Bill Gates me convenció de que la aparición simultánea de internet y el ordenador personal daba pie a un relato más rico. Interrumpí el libro a comienzos de 2009, año en que empecé a trabajar en la biografía de Steve Jobs. Sin embargo, la historia de este último vino a reforzar mi interés en el modo en que se entrelazaban el desarrollo de internet y el de los ordenadores, de manera que en cuanto terminé ese libro me puse a trabajar de nuevo en esta historia de innovadores de la era digital.

Debido en parte al hecho de que los protocolos de internet fueron diseñados en un marco de colaboración paritaria, el sistema llevaba incardinada en su código genético la tendencia a facilitar dicha colaboración. El poder de crear y transmitir información se distribuía plenamente a todos y cada uno de los nodos, y cualquier intento de imponer controles o una jerarquía podía ser derrotado por completo. Sin caer en la falacia teleológica de atribuir intenciones o una personalidad a la tecnología, es justo decir que un sistema de redes abiertas conectadas a ordenadores controlados individualmente tendía, como en su día ocurrió con la imprenta, a arrebatar el control de la distribución de información de manos de los guardianes, autoridades centrales e instituciones que empleaban a escribanos y amanuenses. Se volvió más fácil para la gente corriente crear y compartir contenidos.

La colaboración que engendró la era digital no se produjo únicamente entre colegas, sino también entre generaciones; así, se transmitieron ideas de una cohorte de innovadores a la siguiente. Otro tema que reveló mi investigación fue que los usuarios se apropiaban repetidamente de las innovaciones digitales para crear herramientas de comunicación e interacción social. También me interesó la cuestión de cómo la búsqueda de la inteligencia artificial —máquinas que piensen por sí solas— ha demostrado ser constantemente menos fructífera que la creación de modos de forjar una asociación o simbiosis entre personas y máquinas. En otras palabras, la creatividad colaborativa que marcó la era digital incluyó también la colaboración entre humanos y máquinas.

Por último, me llamó la atención el hecho de que la creatividad más auténtica de toda la era digital proviniera de aquellos que fueron capaces de conectar arte y ciencia. Ellos creían que la belleza importaba. «De niño siempre me veía como una persona de letras, pero me gustaba la electrónica —me explicó Jobs cuando emprendí su biografía—. Entonces leí algo que dijo uno de mis héroes, Edwin Land de Polaroid, sobre la importancia de la gente capaz de situarse en la intersección entre las letras y las ciencias, y decidí que eso era lo que yo quería hacer.» Las personas que se sintieron cómodas en esa intersección entre la tecnología y las humanidades contribuyeron a crear la simbiosis humano-máquina que constituye el corazón de esta historia.

Como muchos otros aspectos de la era digital, esta idea de que la innovación reside allí donde se unen arte y ciencia no es nueva. Leonardo da Vinci fue el perfecto ejemplo —y su dibujo del Hombre de Vitruvio se convirtió en el símbolo— de la creatividad que florece cuando interactúan ciencias y letras. Cuando Einstein se sentía bloqueado mientras trabajaba en la relatividad general, cogía su violín y tocaba música de Mozart hasta que volvía a conectar con lo que él denominaba la «armonía de las esferas».

En lo que a ordenadores se refiere hay otra figura histórica, no tan conocida, que encarnó la combinación de arte y ciencia. Como su famoso padre, entendió el encanto de la poesía; pero, a diferencia de él, también supo ver el encanto de las matemáticas y de las máquinas. Y es ahí donde empieza nuestra historia.

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Ada, condesa de Lovelace

CIENCIA POÉTICA

En mayo de 1833, a los diecisiete años de edad, Ada Byron se contó entre las jóvenes presentadas ante la corte real británica. A los miembros de su familia les había preocupado cómo se desenvolvería dado su temperamento nervioso e independiente, pero terminó comportándose, en palabras de su madre, «razonablemente bien». Entre las personas a las que conoció Ada aquella velada se encontraban el duque de Wellington, cuyas maneras sencillas admiraba, y el embajador francés Talleyrand, que a la sazón tenía setenta y nueve años, y que le dio la impresión de ser «un viejo mono».1

Ada, la única hija legítima del poeta lord Byron, había heredado el espíritu romántico de su padre, un rasgo que su madre trató de atemperar haciendo que recibiera clases particulares de matemáticas. Esta combinación generó en Ada un amor por lo que ella solía llamar «ciencia poética», que unía su imaginación rebelde y su fascinación por los números. Para muchos, incluido su propio padre, las sofisticadas sensibilidades de la era romántica chocaban con el «tecnoentusiasmo» de la revolución industrial. Pero Ada se sentía cómoda en la intersección entre ambas épocas.

Así, no resulta sorprendente que su debut en la corte, pese al glamour de la ocasión, le causara menos impresión que su asistencia, unas semanas más tarde, a otro majestuoso acontecimiento de la temporada londinense: una de las tertulias vespertinas auspiciadas por Charles Babbage, un viudo de cuarenta y un años que era una eminencia en ciencia y matemáticas, y que se había consolidado como una referencia en el circuito social de Londres. «Ada se sintió más contenta con una fiesta a la que asistió el miércoles que con ninguna de las reuniones del gran mundo —le explicó su madre a una amiga—. Allí conoció a unos cuantos científicos, entre ellos Babbage, que le encantó.»

Las tertulias de Babbage, a las que llegaron a asistir hasta trescientos invitados, reunían a lores vestidos de frac y damas con vestidos de brocado con escritores, industriales, poetas, actores, estadistas, exploradores, botánicos y otros «científicos», un término que los amigos de Babbage habían acuñado recientemente.2 Al llevar a los eruditos de la ciencia a aquel elevado reino, comentó un conocido geólogo, Babbage «reafirmó satisfactoriamente el rango que la sociedad le debía a la ciencia».3

Aquellas veladas incluían bailes, lecturas, juegos y conferencias, acompañados por un surtido de mariscos, carne, aves, bebidas exóticas y postres helados. Las señoras representaban tableaux vivants, disfrazándose para recrear cuadros famosos. Los astrónomos montaban sus telescopios, los investigadores enseñaban sus invenciones eléctricas y magnéticas, y Babbage permitía a los invitados jugar con sus muñecos mecánicos. La principal atracción de las veladas —y uno de los numerosos motivos de Babbage para auspiciarlas— era su demostración de un modelo parcial de su máquina diferencial, un enorme artilugio mecánico para calcular que estaba fabricando en una construcción a prueba de incendios adyacente a su casa. Babbage exhibía el modelo con gran teatralidad, haciendo girar su manivela mientras calculaba una secuencia de números, y, justo cuando la audiencia empezaba a aburrirse, mostraba cómo se podía cambiar de repente la pauta gracias a unas instrucciones codificadas previamente en la máquina.4 Los que se sentían especialmente intrigados eran invitados a cruzar el jardín hasta los antiguos establos, donde se construía la máquina completa.

La máquina diferencial de Babbage, que era capaz de resolver ecuaciones polinómicas, impresionaba a la gente de distintas formas. El duque de Wellington comentaba que podría resultar útil para analizar las variables que podía afrontar un general antes de entrar en batalla.5 La madre de Ada, lady Byron, se maravillaba de que fuera una «máquina pensante». En cuanto a la propia Ada, que más tarde señalaría, en célebre frase, que las máquinas nunca podrían pensar de verdad, un amigo que asistió con ellas a la demostración explicó: «La señorita Byron, joven como era, comprendió su funcionamiento, y supo ver la gran belleza de la invención».6

El amor de Ada tanto a la poesía como a las matemáticas la predispuso a ver belleza en una máquina calculadora. Era un ejemplo perfecto de la era de la ciencia romántica, que se caracterizó por cierto entusiasmo lírico por la invención y el descubrimiento. Fue un período que aportó «intensidad imaginativa y emoción al trabajo científico —escribió Richard Holmes en La edad de los prodigios—. Este se vio impulsado por un ideal común de intenso, y aun temerario, compromiso personal con el descubrimiento».7

En suma, fue una época no muy distinta de la nuestra. Los avances de la revolución industrial, entre ellos la máquina de vapor, el telar mecánico y el telégrafo, transformaron el siglo XIX del mismo modo que los avances de la revolución digital —el ordenador, el microchip e internet— han transformado el nuestro. En el corazón de ambas revoluciones hubo innovadores que combinaron la imaginación y la pasión con una tecnología maravillosa, una mezcla que dio lugar a la ciencia poética de Ada y lo que el poeta del siglo XX Richard Brautigan denominaría «máquinas de amorosa gracia».

LORD BYRON

Ada heredó su temperamento poético e insubordinado de su padre, pero este no fue la fuente de su amor por las máquinas. De hecho, era un ludita. En su primer discurso como parlamentario en la Cámara de los Lores, pronunciado en febrero de 1812 cuando tenía veinticuatro años, Byron defendió a los seguidores de Ned Ludd, que se dedicaban a destruir las máquinas de tejer. Con sarcástico desprecio, Byron se burló de los dueños de las fábricas de Nottingham, que estaban presionando para que se aprobara una ley que declarara la destrucción de telares automáticos un delito castigado con la muerte. «Esas máquinas constituían para ellos una ventaja, por cuanto eliminaban la necesidad de emplear a una serie de trabajadores a los que en consecuencia se dejaba morir de hambre —afirmó Byron—. Los trabajadores rechazados, en la ceguera de su ignorancia, lejos de alegrarse de esas mejoras en artes tan beneficiosas para la humanidad, se consideraban sacrificados en aras de las mejoras en el mecanismo.»

Dos semanas después, Byron publicó los dos primeros cantos de su poema épico Las peregrinaciones de Childe Harold, un relato idealizado de sus andanzas por Portugal, Malta y Grecia; y, como él mismo señalaría más tarde, «una mañana me desperté y me encontré con que era famoso». Apuesto, seductor, inquieto, introspectivo y sexualmente aventurero, vivía la vida de uno de sus propios héroes byronianos al tiempo que creaba el arquetipo en su poesía. Se convirtió en el rey del Londres literario y era agasajado en tres fiestas diarias, la más memorable de ellas una suntuosa sesión de baile matutina auspiciada por lady Caroline Lamb.

Aunque estaba casada con un aristócrata políticamente poderoso que tiempo después se convertiría en primer ministro, lady Caroline se enamoró locamente de Byron. Él la consideraba «demasiado flaca», por más que ella exhibiera una ambigüedad sexual poco convencional (le gustaba vestirse de paje) que a él le resultaba atractiva. Tuvieron una turbulenta aventura y, cuando se terminó, ella empezó a acecharle obsesivamente, tildándole, en célebre frase, de «loco, malvado y peligroso de conocer», algo que sin duda era. Como también ella.

En la fiesta de lady Caroline, lord Byron se había fijado también en una joven reservada que, según recordaría luego, iba «vestida con más sencillez». Annabella Milbanke, de diecinueve años, pertenecía a una familia adinerada y con varios títulos. La noche anterior a la fiesta había leído Childe Harold, que le había despertado sentimientos contradictorios. «Es en exceso manierista —escribió—. Sobresale más en la descripción de los sentimientos profundos.» Al verle en el otro extremo de la sala en la fiesta, sus sentimientos entraron en conflicto, aun peligrosamente. «Yo no buscaba que me lo presentaran, ya que todas las mujeres se dedicaban a cortejarle de manera absurda y trataban de hacerse merecedoras del látigo de su sátira —le escribiría a su madre—. No deseo ocupar un lugar en sus trovas. No hice ofrenda alguna en el altar de Childe Harold, aunque no me negaré a relacionarme con él si se da la ocasión.»8

Resultó que la ocasión se dio. Cuando fueron formalmente presentados, Byron decidió que podría ser una esposa adecuada. Aquella era en él una rara manifestación de prioridad de la razón sobre el romanticismo. Antes que despertar sus pasiones, ella parecía ser la clase de mujer que podría domesticar dichas pasiones y protegerlo de sus propios excesos, amén de ayudarle a pagar sus cuantiosas deudas. Él se lo propuso por carta sin demasiado entusiasmo. Ella lo rechazó con sensatez. Él se entregó a relaciones mucho menos apropiadas, incluida una con su hermanastra, Augusta Leigh. Pero después de un año Annabella reanudó el cortejo. Byron, cada vez más endeudado al tiempo que trataba de aferrarse a algún medio para refrenar su entusiasmo, supo ver la lógica, ya que no el romanticismo, de aquella posible relación. «Solo el matrimonio, y uno rápido, puede salvarme —le confesó a la tía de Annabella—. Si su sobrina es accesible, la preferiría a ella; si no, será la primera mujer que no me mire como si me escupiera en la cara.»9 Había veces en que lord Byron no era un romántico. Él y Annabella se casaron en enero de 1815.

Byron inició el matrimonio a su byroniana manera: «Poseí a lady Byron en el sofá antes de la cena», escribió acerca del día de su boda.10 Su relación seguía siendo activa cuando visitaron a su hermanastra Augusta dos meses más tarde, porque más o menos por entonces Annabella se quedó embarazada. Sin embargo, durante la visita ella empezó a sospechar que la amistad de su marido con Augusta iba más allá de la relación fraternal, especialmente cuando él se tendió en un sofá y les pidió a ambas que le besaran por turnos.11 El matrimonio empezó a desmoronarse.

Annabella había recibido clases de matemáticas, lo que a lord Byron le resultaba divertido, y durante el cortejo él había bromeado acerca de su propio desdén por la exactitud de los números. «Sé que dos y dos son cuatro, y también estaría encantado de demostrarlo si pudiera —escribió—, aunque debo decir que, si por alguna especie de proceso pudiera convertir dos y dos en cinco, ello me daría un placer mucho mayor.» Al principio él la llamaba cariñosamente la Princesa de los Paralelogramos. Pero cuando el matrimonio empezó a agriarse refinó esa imagen matemática: «Somos dos líneas paralelas que se prolongan hacia el infinito una junto a otra, pero sin encontrarse nunca». Más tarde, en el primer canto de su poema épico Don Juan, se mofaría así de ella: «Su ciencia favorita era la matemática. […] Era un cálculo andante».

El matrimonio no se salvó con el nacimiento de su hija el 10 de diciembre de 1815. La llamaron Augusta Ada Byron, poniéndole así como primer nombre el de la excesivamente amada hermanastra de Byron. Cuando lady Byron se convenció por fin de la perfidia de su marido, pasó a llamar a su hija solo por su segundo nombre. Cinco semanas después, cargó sus pertenencias en un carruaje y escapó a la casa solariega de sus padres junto con la pequeña Ada.

Ada jamás volvería a ver a su padre. Lord Byron dejó el país en abril de aquel año, después de que lady Byron, en una serie de cartas tan calculadoras que le valdrían el sobrenombre de Medea Matemática, amenazara con revelar sus presuntas aventuras incestuosas y homosexuales como forma de obtener un acuerdo de separación que le diera la custodia de su hija.12

El inicio del canto 3 de Childe Harold, escrito unas semanas después por Byron, invoca a Ada como su musa:

¡Tu rostro es como el de tu madre, mi hermosa niña!

¡Ada! ¿La única hija de mi casa y de mi corazón?

La última vez que los vi, tus jóvenes ojos azules sonreían,

y luego nos separamos.

Byron escribió estas líneas en una casa de campo a orillas del lago Lemán, donde se alojaba con el poeta Percy Bysshe Shelley y la futura esposa de este, Mary. Llovía sin cesar. Atrapados allí dentro durante días enteros, Byron sugirió que podían pasar el rato escribiendo historias de terror. Él redactó un fragmento de relato sobre un vampiro, una de las primeras tentativas literarias sobre el tema, pero sería la historia de Mary la que llegaría a convertirse en un clásico: Frankenstein o el moderno Prometeo. Jugando con el antiguo mito griego del héroe que creó un hombre vivo de arcilla y arrebató el fuego a los dioses para que lo utilizaran los humanos, Frankenstein narraba la historia de un científico que galvanizaba un conjunto de partes unidas de manera artificial convirtiéndolas en un ser humano pensante. Era un relato aleccionador sobre la ciencia y la tecnología. Asimismo planteaba la pregunta que llegaría a estar íntimamente relacionada con Ada: ¿pueden las máquinas artificiales llegar a pensar realmente?

El tercer canto de Childe Harold termina con la predicción de Byron de que Annabella trataría de impedir que Ada supiera nada de su padre, y eso fue lo que ocurrió. En su casa había un retrato de lord Byron, pero lady Byron lo mantenía convenientemente tapado, y Ada no lo vio hasta cumplidos los veinte años.13

Lord Byron, en cambio, tenía siempre un dibujo de Ada en su escritorio allí a donde iba, y en sus cartas solía pedir noticias o retratos de ella. Cuando la niña cumplió siete años, él escribió a Augusta diciéndole: «Desearía que obtuvieras de lady B algunos informes sobre la disposición de Ada. […] ¿La niña es imaginativa? […] ¿Es apasionada? Espero que los dioses la hayan hecho cualquier cosa menos poética; ya es suficiente con tener a un necio así en la familia». Lady Byron informó de que Ada tenía una imaginación que «se ejercitaba principalmente en relación con su ingenio mecánico».14

Más o menos por aquella época, Byron, que había estado recorriendo Italia, escribiendo y viviendo numerosas aventuras, acabó aburriéndose y decidió participar en la lucha de Grecia por independizarse del Imperio otomano. Así pues, zarpó hacia Misolongi, donde tomó el mando de una parte del ejército rebelde y se dispuso a atacar una fortaleza turca. No obstante, antes de que pudiera entablar combate contrajo un virulento resfriado, que no hizo sino empeorar por la decisión de su médico de tratarlo practicándole una sangría. Falleció el 19 de abril de 1824. Según su ayuda de cámara, entre sus últimas palabras dijo: «¡Ay, mi pobre y querida niña! ¡Mi querida Ada! ¡Dios mío, ojalá la hubiera visto! ¡Dale mi bendición!».15

ADA

Lady Byron quiso asegurarse de que Ada no saliera como su padre, y parte de su estrategia consistió en hacer que la muchacha practicara un riguroso estudio de las matemáticas, como si eso fuera un antídoto contra la imaginación poética. Cuando a la edad de cinco años Ada mostró cierta preferencia por la geografía, lady Byron ordenó que dicha materia fuera reemplazada por lecciones adicionales de aritmética, y su institutriz no tardó en informar con orgullo: «Hace con exactitud sumas de cinco o seis filas de cifras». Pese a tales esfuerzos, Ada desarrolló algunas de las tendencias de su padre. De adolescente tuvo una aventura con uno de sus tutores, y cuando fueron descubiertos y el tutor fue apartado de ella, intentó escapar de casa para unirse a él. Asimismo, tenía cambios de humor que la llevaban de los más grandiosos sentimientos a la desesperación, y sufrió varias enfermedades tanto físicas como psicológicas.

Ada aceptó la convicción de su madre de que la inmersión en las matemáticas podría ayudar a controlar sus tendencias byronianas. Tras la peligrosa relación con su tutor, e inspirada por la máquina diferencial de Babbage, a los dieciocho años decidió por sí misma iniciar una nueva serie de lecciones. «Tengo que dejar de pensar en vivir para el placer o la autosatisfacción —le escribió a su nuevo tutor—. Pienso que en este momento nada, salvo una dedicación muy profunda e intensa a los temas de naturaleza científica, parece impedir que mi imaginación se desboque. […] Me parece que lo primero de todo es hacer un curso de matemáticas.» Él se mostró de acuerdo con la receta: «Está usted en lo cierto al suponer que su principal recurso y salvaguardia en el momento presente se halla en una etapa de tenaz estudio intelectual. Y para tal propósito no hay ninguna materia que pueda compararse con las matemáticas». Él le prescribió geometría euclidiana, seguida de una dosis de trigonometría y álgebra. Eso debería curar a cualquiera que tuviera excesivas pasiones artísticas o románticas, pensaban ambos.

Su interés en la tecnología se vio espoleado cuando su madre se la llevó de viaje por la región industrial del interior de Inglaterra para ver las nuevas fábricas y máquinas. Ada se sintió particularmente impresionada por un telar automático que utilizaba tarjetas perforadas para guiar la creación de los patrones de tejido deseados, y dibujó un bosquejo de su funcionamiento. El famoso discurso de su padre en la Cámara de los Lores había defendido a los luditas que destrozaban tales telares debido a su temor ante lo que la tecnología podía infligir a la humanidad. Pero Ada adoptó una actitud poética al respecto y supo ver su conexión con lo que un día se llamarían «ordenadores». «Esta maquinaria me recuerda a Babbage y su joya del mecanicismo», escribió.

El interés de Ada por la ciencia aplicada se vio aún más estimulado cuando conoció a una de las pocas mujeres matemáticas y científicas británicas de prestigio, Mary Somerville. Esta acababa de escribir uno de sus grandes trabajos, On the Connexion of the Physical Sciencies, en el que vinculaba acontecimientos de astronomía, óptica, electricidad, química, física, botánica y geología.* La obra, emblemática de la época, proporcionaba una visión unificada de los extraordinarios esfuerzos de descubrimiento que se estaban realizando. En la primera frase del libro, la autora proclamaba: «El progreso de la ciencia moderna, especialmente en los últimos cinco años, ha sido notable por la tendencia a simplificar las leyes de la naturaleza y a unir ramas separadas por medio de principios generales».

Somerville se convirtió en amiga, profesora, fuente de inspiración y mentora de Ada. Se reunía regularmente con ella, le enviaba libros de matemáticas, ideaba problemas para que los resolviera y le explicaba con paciencia las respuestas correctas. Era también una buena amiga de Babbage, y en el otoño de 1834 ella y Ada solían asistir a sus tertulias de los sábados por la tarde. Asimismo, el hijo de Somerville, Woronzow Greig, contribuyó a los esfuerzos de Ada por sentar la cabeza sugiriéndole a uno de sus antiguos compañeros de clase en Cambridge que la muchacha sería una esposa adecuada, o, cuando menos, interesante.

William King era un joven con un elevado estatus social y económico, inteligente pero discreto, y tan taciturno como excitable era Ada. Como ella, era un estudiante de ciencias, pero su enfoque era más práctico y menos poético; su principal interés residía en los aspectos teóricos de la rotación de cultivos y los avances en las técnicas de cría de ganado. Le propuso matrimonio a las pocas semanas de conocerla, y ella aceptó. Su madre, por motivos que solo un psiquiatra podría comprender, decidió que era imperativo hablarle a William del intento de huida de Ada con su tutor. Pese a tales noticias, William se mostró dispuesto a seguir adelante con la boda, que se celebró en julio de 1835. «Dios misericordioso, que con tanta compasión te ha dado la oportunidad de apartarte de las sendas peligrosas, te ha proporcionado un amigo y guardián», le escribió lady Byron a su hija, añadiendo que debería aprovechar aquella oportunidad para «decir adiós» a todas sus «peculiaridades, caprichos y egoísmos».

El matrimonio formaba una pareja perfecta basada en el cálculo racional. A Ada le ofrecía la posibilidad de adoptar una vida más estable y asentada. Y, lo que era más importante, le permitía independizarse de su dominante madre. Para William, significaba tener una esposa fascinante y excéntrica de una familia rica y famosa.

El primo hermano de lady Byron, el vizconde de Melbourne (que había tenido la mala fortuna de casarse con lady Caroline Lamb, por entonces fallecida), era ahora primer ministro, y se las arregló para que en la lista de honores de la coronación de la reina Victoria se incluyera el nombramiento de William como conde de Lovelace. De ese modo su esposa se convirtió en Ada, condesa de Lovelace, y por tanto lo correcto es referirse a ella como Ada o lady Lovelace, aunque en la actualidad se la conoce normalmente como Ada Lovelace.

Aquellas Navidades de 1835, Ada recibió de su madre el retrato familiar a tamaño natural de su padre. Pintado por Thomas Phillips, este mostraba a lord Byron en actitud romántica, con la mirada perdida en el horizonte y vestido con el traje tradicional albanés, que incluía una chaqueta de terciopelo rojo, espada ceremonial y tocado. Durante años había estado colgado sobre la repisa de la chimenea de los abuelos de Ada, pero había permanecido cubierto por un paño verde desde el día en que sus padres se habían separado. Ahora se le otorgaba no solo su visión, sino también su posesión, junto con la escribanía y la pluma de su padre.

Su madre hizo algo aún más sorprendente cuando nació el primer hijo de los Lovelace, un niño, unos meses después. Pese a su desprecio por la memoria de su difunto esposo, aceptó que Ada llamara Byron al muchacho, algo que ella hizo. Al año siguiente Ada tuvo una niña, a la que llamó diligentemente Annabella en atención a su madre. Luego Ada contrajo otra misteriosa enfermedad, que la mantuvo postrada en cama durante meses. Se recuperó lo suficiente para tener un tercer hijo, un niño llamado Ralph, pero su salud siguió siendo frágil. Tenía problemas digestivos y respiratorios que se vieron agravados por el hecho de tratarla con láudano, morfina y otras formas de opio, que le produjeron cambios de humor y delirios ocasionales.

Ada se desestabilizó aún más por el estallido de un drama personal que resultaba estrafalario hasta para lo que era habitual en la familia Byron. Este tuvo que ver con Medora Leigh, hija de la hermanastra de Byron y amante ocasional de este. Según rumores ampliamente aceptados, Medora era hija del propio Byron, y parecía decidida a mostrar que en aquella familia reinaba la maldad. Tuvo una aventura con el marido de una hermana, luego se escapó con él a Francia y tuvo dos hijos ilegítimos. En un arrebato de fariseísmo, lady Byron se fue a Francia a rescatar a Medora, y luego le reveló a Ada la historia del incesto de su padre.

Aquella «historia tan extraña y terrible» no pareció sorprender a Ada. «No me asombra en absoluto —le escribió a su madre—. Simplemente, me confirmas algo sobre lo que durante años y años apenas he albergado dudas.»16 Lejos de sentirse ultrajada, pareció verse extrañamente estimulada por la noticia. Afirmó que se identificaba con el desafío a la autoridad de su padre, y refiriéndose al «genio mal empleado» de este, le escribió a su madre: «De haberme transmitido algo de ese genio, yo lo usaría para sacar a la luz grandes verdades y principios. Creo que él me ha legado esa tarea. Tengo esta fuerte sensación, y es un placer hacerle caso».17

Una vez más, Ada retomó el estudio de las matemáticas para sosegarse, e intentó convencer a Babbage de que fuera su profesor. «Tengo una forma peculiar de aprender, y pienso que tiene que ser un hombre peculiar quien me enseñe de manera satisfactoria», le escribió. Ya fuera debido a los opiáceos, a su educación o a ambas cosas, el caso es que desarrolló una opinión algo exagerada de su propio talento y comenzó a describirse a sí misma como un genio. En su carta a Babbage escribió: «No me considere una engreída, pero creo que tengo la facultad de ir tan lejos como quiera en tales propósitos, y allí donde existe una afición tan decidida, casi debería decir una pasión, como tengo por ellos, me pregunto incluso si no hay siempre una parte de genio natural».

Babbage rechazó la petición de Ada, lo cual es probable que fuera lo más prudente. Con ello conservó su amistad para la que sería una colaboración aún más importante, y ella pudo conseguir en cambio a un profesor de matemáticas de primer orden, Augustus De Morgan, un paciente caballero que era pionero en el campo de la lógica simbólica. De Morgan había propugnado un concepto que Ada emplearía un día con gran trascendencia; a saber, el de que una ecuación algebraica podía aplicarse a otras cosas además de los números. Las relaciones entre símbolos (por ejemplo, que a + b = b + a) podrían formar parte de una lógica que se aplicara a cosas que no fueran numéricas.

Ada nunca fue la gran matemática que afirman sus hagiógrafos, pero sí una alumna entusiasta, capaz de comprender la mayoría de los conceptos básicos del cálculo; y, con su sensibilidad artística, le gustaba visualizar las cambiantes curvas y trayectorias que describían las ecuaciones. De Morgan la animaba a centrarse en las reglas para resolver ecuaciones, pero ella se mostraba más inclinada a discutir los conceptos subyacentes. Al igual que con la geometría, a menudo buscaba formas visuales de imaginar los problemas, como cuando las intersecciones de círculos en una esfera la dividen en varias formas.

La capacidad de Ada para apreciar la belleza de las matemáticas es un don que escapa a muchas personas, incluidas algunas que se conciben a sí mismas como intelectuales. Ada comprendía que las matemáticas constituían un hermoso lenguaje, que describe la armonía del universo y que a veces puede ser poético. Pese a los esfuerzos de su madre, seguía siendo digna hija de su padre, con una sensibilidad poética que le permitía ver una ecuación como una pincelada que reflejaba un aspecto del esplendor físico de la naturaleza, al igual que era capaz de visualizar el «mar de vino negro» o una mujer que «camina en la belleza, como la noche». Pero el atractivo de las matemáticas era aún más profundo; era de índole espiritual. Las matemáticas, decía, «constituyen el único lenguaje a través del cual podemos expresar adecuadamente los grandes hechos del mundo natural», y ello nos permite retratar «los cambios de relación mutua» que se desarrollan en la creación. Constituyen «el instrumento mediante el que la débil mente del hombre puede leer con más eficacia las obras de su Creador».

Esta capacidad de aplicar la imaginación a la ciencia caracterizó a la revolución industrial como lo haría con la revolución informática, de la que Ada se convertiría en una figura de referencia. Como le dijo a Babbage, fue capaz de comprender la conexión entre la poesía y el análisis de formas que superaron el talento de su padre. «No creo que mi padre fuera (o siquiera pudiera haber sido) poeta del mismo modo que yo seré analista, puesto que en mí ambas cosas van indisolublemente unidas», escribió.18

Su reencuentro con las matemáticas, le explicó a su madre, estimulaba su creatividad y conducía «a un inmenso desarrollo de la imaginación, hasta el punto de que no tengo ninguna duda de que si continúo mis estudios seré a su debido tiempo poeta».19 El propio concepto de «imaginación», especialmente si se aplicaba a la tecnología, la cautivaba. «¿Qué es la imaginación? —se preguntaba en un ensayo escrito en 1841—. Es la facultad de combinación. Aúna cosas, hechos, ideas y concepciones en combinaciones nuevas, originales, infinitas, en constante variación. […] Es eso que penetra en los mundos invisibles que nos rodean, los mundos de la ciencia.»20

Por entonces Ada se creía poseedora de facultades especiales, incluso sobrenaturales, que ella calificaba como «una percepción intuitiva de cosas ocultas». La exaltada visión de su propio talento la llevó a perseguir aspiraciones que resultaban insólitas en una mujer y madre aristocrática de comienzos de la era victoriana. «Me considero poseedora de la más singular combinación de las cualidades más apropiadas para hacer de mí sobre todo una descubridora de las realidades ocultas de la naturaleza —explicaba en 1841 en una carta a su madre—. Puedo lanzar rayos desde cada rincón del universo con un inmenso alcance.»21

Fue con esa mentalidad con la que decidió reanudar su relación con Charles Babbage, a cuyas tertulias había asistido por primera vez hacía ya ocho años.

CHARLES BABBAGE Y SUS MÁQUINAS

Desde una edad temprana, Charles Babbage se mostró interesado en las máquinas capaces de realizar tareas humanas. De niño, su madre le llevaba a muchas de las salas de exposiciones y «museos de maravillas» que florecieron en Londres a comienzos de la década de 1800. En uno de ellos, situado en Hanover Square, el propietario —llamado apropiadamente Merlin— le invitó a subir al taller del desván, donde había un amplio surtido de muñecos mecánicos, conocidos como «autómatas». Uno de ellos era una bailarina de plata, de unos treinta centímetros de altura, cuyos brazos se movían con gracia, y que sostenía en la mano un pájaro que meneaba la cola, batía las alas y abría el pico. La capacidad de aquella dama de plata para mostrar sentimientos y una personalidad cautivó la imaginación del muchacho. «Sus ojos estaban llenos de imaginación», recordaría más tarde. Años después descubrió a la dama de plata en una subasta por quiebra, y la compró. Luego sirvió como entretenimiento en sus tertulias vespertinas, en las que celebraba las maravillas de la tecnología.

Nacido en 1791, Babbage era el único hijo de un próspero banquero y orfebre londinense. En Cambridge hizo amistad con un grupo de estudiantes, al que pertenecían John Herschel y George Peacock, que se sentían decepcionados por la forma en que se enseñaban allí las matemáticas. Estos formaron un club, al que llamaron Sociedad Analítica, que hizo campaña para conseguir que la universidad abandonara la notación de cálculo diferencial ideada por su antiguo alumno Newton, que se basaba en el uso de puntos, y la reemplazara por la inventada por Leibniz, que utilizaba las expresiones dx y dy para representar incrementos infinitesimales y que, por ello, era conocida como «notación d». Babbage tituló su manifiesto «Los principios del d-ismo puro en oposición a la era del punto de la universidad».22 Era una persona difícil, pero no cabe duda de que tenía sentido del humor.*

Un día Babbage estaba en la sede de la Sociedad Analítica trabajando en una tabla de logaritmos que estaba plagada de discrepancias. Herschel le preguntó en qué pensaba. «¡Ojalá estos cálculos se hubieran ejecutado por medio del vapor!», le respondió Babbage. Ante aquella idea de emplear un método mecánico para tabular logaritmos, Herschel replicó: «Es posible hacerlo».23 En 1821, Babbage centró su atención en la construcción de una máquina así.

Durante años, muchos habían sopesado la idea de fabricar artilugios capaces de calcular. En la década de 1640, el matemático y filósofo francés Blaise Pascal creó una calculadora mecánica para aliviar la pesada rutina del trabajo de su padre como supervisor fiscal. Estaba dotada de unas ruedas metálicas con radios, con los dígitos 0 a 9 en su circunferencia. Para sumar o restar números, el operador utilizaba una aguja para marcar un número (como si se tratara del dial de un teléfono) y luego marcaba el siguiente número; un dispositivo se llevaba o añadía 1 cuando era necesario. Esta se convirtió en la primera calculadora patentada y comercializada.

Treinta años después, el matemático y filósofo alemán Gottfried Leibniz trató de mejorar el artilugio de Pascal con un «calculador escalonado» que tenía la capacidad de multiplicar y dividir. Este contaba con un cilindro accionado manualmente con un conjunto de dientes que engranaban con las ruedas de cálculo. Pero Leibniz se topó con un problema que se convertiría en un tema recurrente de la era digital. A diferencia de Pascal, un hábil ingeniero capaz de combinar las teorías científicas con el genio mecánico, Leibniz tenía pocas dotes para la ingeniería, y tampoco se rodeó de personas que sí las tuvieran. Así pues, como muchos grandes teóricos que carecieron de colaboradores prácticos, fue incapaz de crear versiones de su dispositivo que funcionaran de manera fiable. Sin embargo, su concepto central, conocido como «rueda de Leibniz», influiría en el diseño de las calculadoras de la época de Babbage.

Babbage conocía los dispositivos de Pascal y Leibniz, pero intentaba hacer algo más complejo. Quería construir un método mecánico para tabular logaritmos, senos, cosenos y tangentes.* A tal efecto, adaptó una idea que se le había ocurrido al matemático francés Gaspard de Prony en la década de 1790. A fin de crear tablas logarítmicas y trigonométricas, De Prony descomponía todas las operaciones en pasos muy simples que implicaban solo sumas y restas. Luego proporcionaba instrucciones fáciles de modo que un conjunto de trabajadores humanos, con pocos conocimientos de matemáticas, pudiera realizar esas sencillas tareas y a continuación trasladar sus respuestas al siguiente conjunto de trabajadores. En otras palabras, creó una cadena de montaje, la gran innovación de la era industrial que sería analizada por Adam Smith en su memorable descripción de la división del trabajo en una fábrica de alfileres. Después de un viaje a París en el que tuvo conocimiento del método de De Prony, Babbage escribió: «De repente concebí la idea de aplicar el mismo método al fatigoso trabajo con el que me veía obligado a lidiar y fabricar logaritmos como quien fabrica alfileres».24

Babbage comprendió que hasta las tareas matemáticas complejas podían descomponerse en pasos que se redujeran al cálculo de «diferencias finitas» mediante simples sumas y restas. Por ejemplo, para elaborar una tabla de cuadrados —12, 22, 32, 42, etc.— se podían enumerar los números iniciales en la secuencia: 1, 4, 9, 16… Esta sería la columna A. Junto a ella, en la columna B, se podían calcular las diferencias entre cada uno de esos números, en este caso 3, 5, 7, 9… La columna C enumeraría la diferencia entre cada uno de los números de la columna B, que es 2, 2, 2, 2… Una vez simplificado así el proceso, este podía invertirse y distribuir las tareas entre varios trabajadores sin instrucción. Uno sería el responsable de sumar 2 al último número de la columna B (en nuestro ejemplo, 7), y luego transmitiría el resul ...