Loading...

LOS MUCHACHOS DE ZINC

Svetlana Alexiévich  

0


Fragmento

El día 20 de enero de 1801, los soldados de Vasili Orlov, el jefe de los cosacos del río Don, recibieron la orden de dirigirse a la India. Tardarían un mes en llegar a Oremburgo y, desde allí, les quedarían todavía otros tres meses, «pasando por Bujará y Jiva, hasta alcanzar el río Indo». Sí, muy pronto treinta mil hombres cruzarían el Volga y se adentrarían en las estepas de Kazajistán...

V borbé za vlast. Stranitsi politícheskoi istorii Rossíi

(Luchando por el poder. Páginas de la historia política de

Rusia en el siglo XVII), Moscú, Mysl, 1988, p. 475

En diciembre de 1979 el gobierno soviético tomó la decisión de enviar sus tropas a Afganistán. La guerra comenzó en 1979 y acabó en 1989. Duró nueve años, un mes y quince días. Por Afganistán pasó un efectivo del contingente limitado soviético de más de medio millón de hombres. El total de pérdidas humanas de las fuerzas armadas de la Unión Soviética ascendió a 15.051 personas. Desaparecieron en combate o cayeron prisioneros 417 militares. En el año 2000 todavía faltaban por regresar 287 personas, que seguían prisioneras o en paradero desconocido...

Recibe antes que nadie historias como ésta

www.polit.ru, 19 de noviembre de 2003

Prólogo

«Estoy sola... Me esperan muchos años de soledad...

»Mi hijo... mató a un hombre. Con un cuchillo de cocina, el que usaba yo para cortar la carne. Acababa de volver de la guerra y de repente asesinó a alguien... A la mañana siguiente volvió a casa y dejó el cuchillo en su sitio, en el armario donde guardo los utensilios de cocina. Creo que ese mismo día le preparé una chuleta... Al cabo de un tiempo, en la tele y en el periódico local salió que los pescadores habían encontrado un cadáver en el lago... Todo cortado en pedazos... Me llamó una amiga:

»—¿Lo has leído? Dicen que es un asesinato profesional... Se nota el estilo “afgano”...

»Mi hijo estaba en casa, tirado en el sofá, leyendo un libro. Yo aún no sabía nada, no tenía ni idea, pero por alguna razón, tras aquellas palabras, le miré... El corazón de una madre...

»¿No oye el ladrido de los perros? ¿No? Yo sí, siempre que cuento esto escucho a los perros ladrar. Los oigo correr... Allí, en la cárcel donde él está ahora, hay pastores alemanes, son grandes y negros... Y toda la gente va de negro, siempre de negro... Cuando vuelvo a Minsk, voy por la calle, paso por delante de una panadería, de una guardería, con mi barra de pan y con la leche, y oigo ese ladrido. Es ensordecedor. Me deja ciega... Una vez casi me atropella un coche.

»Estoy preparada para el momento en que tenga que visitar la tumba de mi hijo... Estoy preparada para yacer en la tierra a su lado... Pero no sé... No sé cómo vivir con esto... A veces me da miedo entrar en la cocina, mirar el armario donde estaba guardado el cuchillo... ¿No lo oye? ¿No oye nada?... ¿Seguro? ¿Nada de nada?

»Ya no sé cómo es él, cómo es mi hijo. ¿Quién volverá conmigo dentro de quince años? Le condenaron a quince años en régimen especial... ¿Quiere saber cómo le eduqué? Pues le gustaban mucho los bailes de salón... Fuimos juntos a Leningrado, visitamos el Museo del Hermitage. Leíamos libros juntos... [Llora] Afganistán me quitó a mi hijo...

»Recibimos un telegrama de Taskent: “Llego con el vuelo tal, os veo en el aeropuerto”. Salí corriendo al balcón, quería gritar, que lo supiera el mundo entero: “¡Está vivo! ¡Mi hijo regresa vivo de Afganistán! ¡Para mí esa horrible guerra se ha acabado!” y me desvanecí. Por supuesto, llegamos tarde al aeropuerto, ya hacía un buen rato que el vuelo había aterrizado, mi hijo estaba en un parque. Lo encontramos tirado en el suelo, tocando la hierba, sorprendido de lo verde que era. No podía creer que había vuelto... Pero en su rostro no había alegría...

»Por la tarde vinieron nuestros vecinos, trajeron a su hija pequeña, estaba muy bonita, con un lazo azul de un color muy vivo. Él la sentó sobre sus rodillas, la abrazaba y lloraba, las lágrimas brotaban y brotaban. Porque allí ellos mataban. Y él también... Lo comprendí más tarde.

»Al pasar la frontera los aduaneros le habían quitado los slips. Eran de una marca americana. No estaba permitido... Así que vino sin ropa interior. Me traía un regalo, un albornoz (aquel año yo había cumplido los cuarenta), y se lo habían quitado. Para su abuela había comprado un chal, también se lo quitaron. Lo único que traía eran flores. Eran gladiolos. Pero en su rostro no había alegría.

»Por la mañana al despertarse todavía estaba normal: “¡Mamá! ¡Mamá!”. Por la tarde su rostro se ensombrecía, su mirada se extraviaba... No puedo describirlo... Al principio no bebía, ni un solo trago... Se sentaba: los ojos clavados en la pared. Se levantaba de un brinco, agarraba la chaqueta...

»Yo me ponía en la puerta:

»—¿Adónde vas, Valiusha?

» Miraba a través de mí. Salía.

»Yo salgo tarde del trabajo, la fábrica está lejos. Hacía el turno de noche, llamaba a la puerta y él no me abría. No reconocía mi voz. Era tan raro... Puedo entender que no reconociera las voces de los amigos, pero ¡la mía! Y más aún porque yo era la única que le llamaba Valiusha. Era como si estuviera todo el rato esperando a alguien, como si temiera a alguien. Un día le compré una camisa nueva, se la probamos, y lo vi: tenía las manos completamente cubiertas de cortes.

»—¿Eso qué es?

»—Nada, no es nada, mamá.

»Lo supe después. Ya después del juicio... En el batallón de instrucción se había abierto las venas... Durante los ejercicios militares de exhibición él se encargaba de la estación de radio portátil, una vez no logró instalarla a tiempo en un árbol y el sargento le castigó: le obligó a extraer cincuenta cubos de excrementos del lavabo y pasar con ellos por delante de las filas. Solo pudo llevar unos pocos cubos, perdió el sentido. En el hospital le diagnosticaron una conmoción nerviosa leve. Esa misma noche intentó cortarse las venas. El segundo intento fue en Afganistán... Estaban en vísperas de una incursión, cuando al comprobar la estación de radio portátil vieron que el aparato no funcionaba. Habían desaparecido unas piezas importantes, alguien de la unidad las había robado... A saber quién. El comandante le tachó de cobarde, le acusó de haberlas escondido él mismo para no tener que salir de incursión con los demás. Allí todo el mundo robaba, desmontaban los vehículos y se llevaban las piezas al ducán,[1] para venderlas. Con el dinero compraban drogas... Drogas, tabaco. Comida. Siempre estaban hambrientos.

»En la tele echaban un programa sobre Édith Piaf, lo estábamos viendo juntos.

»––Mamá —me preguntó—, ¿tú sabes lo que son las drogas?

»—No —le mentí. Pero yo le vigilaba, para ver si fumaba porros.

»Nunca encontré ni rastro. Pero allí todos consumían drogas, lo sé.

»—¿Cómo era allí, en Afganistán? —le pregunté una vez.

»—¡Cállate, mamá!

»Cuando él salía de casa, yo releía sus cartas desde Afganistán, quería llegar al fondo del asunto, comprender lo que le pasaba. No encontraba nada especial en ellas, solo escribía que echaba de menos la hierba verde, le pedía a su yaya que se hiciese una foto en la nieve y se la enviara. Pero yo veía, sentía, que algo le estaba ocurriendo. Me habían devuelto a otra persona... Ese no era mi hijo. Yo misma le había enviado a hacer la mili. Él tenía derecho a una prórroga, pero yo quería que aprendiera a ser firme, osado. Nos convencí a ambos de que el servicio militar le iría bien, le haría más fuerte. Le envié a Afganistán con la guitarra bajo el brazo, organicé una despedida con dulces. Él invitó a sus amigos, a unas cuantas chicas... Recuerdo que compré diez tartas.

»Solo una vez habló de Afganistán. Una tarde... Entró en la cocina, yo estaba preparando conejo. Había sangre en el cuenco. Mojó los dedos en esa sangre y se los miró. Los observó detenidamente. Luego habló, como si hablara consigo mismo:

»—Trajeron a mi amigo con la barriga destrozada... Me pidió que le pegase un tiro... Le rematé...

»Tenía los dedos manchados de sangre... De la carne del conejo, era sangre fresca... Con esos dedos agarró un cigarrillo y salió al balcón. Aquella tarde no dijo ni una palabra más.

»Fui a ver a todo tipo de médicos. ¡Devuélvanme a mi hijo! ¡Ayúdenle! Se lo conté todo... Le hicieron un chequeo, una revisión, pero aparte de la ciática no le diagnosticaron nada.

»Un día al volver a casa me encontré con cuatro muchachos desconocidos sentados a la mesa.

»—Mamá, son de Afgán.[2] Me los he encontrado en la estación de tren. No tienen donde pasar la noche.

»—Os prepararé un pastel. Solo tardaré un momento. —No sé por qué, pero me alegré.

»Se quedaron en nuestra casa durante una semana. Creo que vaciaron tres cajas de vodka, no las conté. Cada noche me encontraba en mi casa a cinco hombres desconocidos. El quinto era mi hijo... No quise escuchar sus conversaciones, me asustaban. Pero estábamos en la misma casa... Los oía aunque no quisiera... Decían que cuando pasaban dos semanas de emboscada les daban unos estimulantes para que fueran más valientes. Pero que eso lo tenían que guardar en secreto. Comentaban qué arma era mejor para matar... A qué distancia... De todo esto me acordé después, cuando ocurrió aquello... Entonces empecé a pensar, a recordar febrilmente. Pero antes solo tenía miedo: “Ay —me decía a mí misma—, están todos locos. Son unos chiflados”.

»De noche... La noche antes de aquel día... Cuando mató... Tuve un sueño, soñé que esperaba a mi hijo y él no aparecía. Y entonces me lo traían... Lo traían esos cuatro “afganos”, los excombatientes. Le tiraban sobre un mugriento suelo de cemento... Pero era en mi cocina... Era como el suelo de una cárcel.

»Para entonces él ya se había matriculado en los cursillos preparatorios de la escuela superior de radiotecnia. Escribió una redacción muy buena. Estaba feliz, todo le iba bien. Yo por primera vez pensé que todo pasaría. Que estudiaría. Que se casaría. Pero cada noche... Las noches me daban miedo... Se sentaba mirando a la pared con una cara completamente inexpresiva. Se dormía sentado en el sillón... Cuánto deseaba correr a abrazarle, protegerlo con todo mi cuerpo y no dejar que se fuera nunca. Ahora también sueño con mi hijo: es pequeño y me dice que tiene hambre... Todo el rato está hambriento. Alarga las manos hacia mí... En mis sueños siempre le veo pequeño y humillado. ¿Y en la vida real? Una visita cada dos meses. Cuatro horas de conversación con un cristal de por medio...

»Solo hay dos visitas al año en que le puedo dar de comer. Y ese ladrido de perros... Sueño con ese ladrido. Me echa fuera esté donde esté.

»Hay un hombre que me ha estado cortejando... Me trajo flores... Cuando se me presentó con el ramo, se me escapó un grito: “¡Aléjese de mí, soy la madre de un asesino!”. Al principio me daba miedo encontrarme con conocidos por la calle, me encerraba en el cuarto de baño esperando a que las paredes se me cayesen encima. Tenía la sensación de que en la calle todos me reconocían, me señalaban, se susurraban unos a otros: “¿Recuerdas ese terrible caso?... Pues el asesino es su hijo. Descuartizó a un hombre. Al estilo ‘afgano’...”. Solo salía de casa por la noche, lo aprendí todo sobre las aves nocturnas. Las reconocía por los sonidos.

»Abrieron una investigación... El sumario duró varios meses... Él no hablaba. Fui a Moscú, al hospital militar Burdenko. Allí conocí a unos chicos que habían servido en las fuerzas especiales igual que él. Les abrí mi corazón...

»—Chicos, ¿cómo ha podido mi hijo matar a un hombre?

»—Se lo merecería.

»De alguna manera yo tenía que comprobar que él podía hacerlo... Matar... Pasé mucho rato con ellos, haciéndoles preguntas, y lo comprendí: ¡sí que podía! Les preguntaba sobre la muerte... No, no sobre la muerte, sino sobre la capacidad de matar. Pero ese tema no despertaba en ellos ningún sentimiento en especial, ningún sentimiento de los que normalmente produce cualquier asesinato en una persona que nunca ha visto correr la sangre. Esos chicos hablaban de la guerra como si simplemente se tratara de un trabajo donde había que matar. Más tarde conocí a otros chicos que también habían estado en Afganistán y que habían ido con los equipos de rescate a Armenia tras el terremoto. Sentía curiosidad, era como una obsesión mía: ¿tenían miedo?, ¿qué era lo que sentían al ver la muerte? Pero no, no les daba miedo nada, ni siquiera la compasión les hacía cosquillas. Cráneos desgarrados... Huesos aplastados... Escuelas enteras enterradas... Las aulas... La tierra se tragó tal cual a los niños que estaban en las clases. Pero ellos recordaban y contaban otras cosas: las exuberantes bodegas que desenterraban, los brandis que habían probado, los vinos. Se burlaban: ojalá se zarandease algún otro lugar. Pero que fuera una tierra soleada donde hubiese viñedos y buenos vinos... ¿Pueden estar sanos estos chicos? ¿Están bien de la cabeza?

»“A ese le odio incluso muerto”. Me lo escribió mi hijo hace poco. Cinco años después... ¿Qué pasó entonces? No me lo explica. Solo sé que aquel muchacho se llamaba Yura, y se jactaba del dinero que había cobrado en Afganistán. Luego se supo que había servido en Etiopía, era alférez. O sea que mentía sobre Afganistán...

»En el juicio solo la abogada dijo que estaban juzgando a un enfermo. Que en el banquillo de los acusados no se encontraba un criminal, sino un enfermo. Que había que curarlo. Pero entonces, eso fue hace siete años, entonces la verdad sobre Afganistán todavía no existía. Los llamaban héroes. Los soldados internacionalistas. Mi hijo era el asesino... Porque él hizo aquí lo mismo que ellos hacían allí. Allí por hacer eso les daban medallas y órdenes... ¿Por qué entonces solo le juzgaron a él? ¿Verdad que no juzgaron a los que le habían enviado allí? ¡A los que le habían enseñado a matar! Yo eso no se lo enseñé... [Pierde el control y grita]

»Mi hijo mató a un hombre con mi cuchillo de cocina... Y por la mañana lo trajo y lo volvió a guardar en el armario. Como si fuera un cuchillo o un tenedor cualquiera...

»Envidio a esa madre que tiene un hijo que volvió sin piernas... Qué importa que la odie cuando se emborracha. Que odie al mundo entero... Qué importa que arremeta contra ella como un animal. La madre le paga prostitutas para que no se vuelva loco... Una vez ella misma le hizo el amor porque su hijo pretendía lanzarse desde un décimo piso. Cualquier cosa me parece mejor... Envidio a todas las madres, incluso a las que enterraron a sus hijos. Me sentaría al lado de su tumba y estaría feliz. Le llevaría flores.

»¿Oye el ladrido de los perros? Me persiguen. Los oigo...»

Una madre

 

De las libretas de notas (en la guerra)

1986, JUNIO

No quiero volver a escribir sobre la guerra... No quiero vivir de nuevo inmersa en la «filosofía de la desaparición» en vez de en la «filosofía de la vida». Recolectar la interminable experiencia de la no-existencia. Cuando acabé La guerra no tiene rostro de mujer pasé mucho tiempo sin ser capaz de estar presente cuando, tras un pequeño golpe, a un niño le sangraba la nariz. En las vacaciones me tenía que alejar corriendo de los pescadores, que lanzaban alegremente sobre la arena a los peces extraídos de las profundidades; sus ojos saltarines, petrificados, me daban náuseas. Cada persona tiene una cantidad determinada de fuerzas para defenderse ante el dolor, sea físico o psicológico, y las mías estaban agotadas. El chillido de una gata atropellada por un coche me volvía completamente loca, desviaba la mirada frente a cada lombriz aplastada. Una rana pisoteada y reseca en mitad de la carretera... Muchas veces he pensado que los animales, los pájaros, los peces, también tienen derecho a su propia historia del sufrimiento. Algún día se escribirá.

Y de pronto... Si es que se puede decir «de pronto». Estamos en el séptimo año de guerra... Pero no sabemos nada más allá de los heroicos reportajes televisivos. De vez en cuando nos sentimos golpeados por esos ataúdes de zinc procedentes de un país lejano y que no encajan con las diminutas dimensiones de las viviendas urbanas. Luego quedan atrás las salvas fúnebres y otra vez reina el silencio. Nuestra mentalidad mitológica es inmutable: somos justos y sublimes. Y siempre tenemos razón. Arden y se extinguen los últimos destellos de las ideas de la revolución mundial... Nadie se da cuenta de que el incendio ya está aquí. Nuestra casa está en llamas. Ha empezado la Perestroika de Gorbachov. Aspiramos a una vida nueva. ¿Qué nos deparará el futuro? ¿De qué seremos capaces después de tantos años de letargo artificial? Mientras tanto, nuestros chicos se están muriendo en un país lejano por algo que desconocemos...

¿De qué se habla a mi alrededor? ¿De qué se escribe? De deberes internacionales y de geopolítica, de intereses soberanos y de las fronteras del sur. Y la gente se lo cree. ¡Se lo creen! Las madres que hace nada se arrodillaban sumidas en la desesperación frente a los ciegos cajones de metal en los que les devolvían a sus hijos, hoy dan discursos en las escuelas y en los museos militares para animar a otros muchachos a «cumplir con su deber ante la Patria». La censura vigila atentamente los reportajes bélicos para que no haya mención alguna de las pérdidas humanas, pregonan que el llamado contingente limitado de las tropas soviéticas está ayudando a un pueblo hermano a construir puentes, carreteras y escuelas, a repartir fertilizantes y harina por los kishlak,[3] y que los médicos soviéticos asisten a las mujeres afganas en sus partos. Los soldados que regresan llevan sus guitarras a las escuelas para cantar aquello que pide hablarse a gritos.

Con uno mantuve una larga conversación... Quería que me hablara de lo angustioso de esta elección: ¿disparar o no? Sin embargo, para él en eso no había drama alguno. ¿Qué es bueno? ¿Qué es malo? ¿Es bueno matar «en nombre del socialismo»? Para estos muchachos los límites morales los marca la orden de su superior. Aunque, eso sí: ellos hablan de la muerte con mucha más cautela que nosotros. Ahí es donde se nota al instante la distancia entre un soldado y un civil.

¿Cómo hacerlo para vivir en la historia y escribir sobre ella al mismo tiempo? No se puede agarrar por el cuello un pedazo de vida, toda esa porquería existencial, y arrastrarlo a la fuerza hasta el libro. No se puede coger todo eso y engastarlo en la historia tal cual. Es necesario «abrir una brecha en el tiempo» y «atrapar la esencia».

«La esencia de todo pesar tiene veinte sombras» (Shakespeare, Ricardo II).

... En la estación de autobuses, en una sala de espera medio vacía, había un oficial sentado con su maleta, a su lado un chaval con la cabeza rapada al estilo militar escarbaba con un tenedor la tierra de la maceta de un ficus seco. Dos pueblerinas, con su ingenuidad natural, se sentaron a su lado y le preguntaron de todo: ¿adónde, por qué, quién? El oficial acompañaba a su casa al soldado, que había perdido la razón: «Desde Kabul no para de cavar, cava con cualquier cosa que tenga en las manos: una pala, un tenedor, un palo, un bolígrafo». El chaval levantó la cabeza: «Tenemos que escondernos... Cavaré una trinchera. Soy muy rápido. Las llamamos fosas comunes. Cavaré una trinchera muy grande donde quepamos todos...».

Era la primera vez en mi vida que veía unas pupilas tan anchas como el ojo.

Estoy en el cementerio municipal... A mi alrededor hay centenares de personas. En medio, nueve ataúdes forrados con tela roja. Hablan los militares. Un general ha pedido la palabra... Las mujeres de negro lloran. La gente guarda silencio. Tan solo una niña pequeña con trenzas se ahoga en sollozos junto a uno de los ataúdes: «¡Papá! ¡¡Papááá!! ¿Dónde estás? Me prometiste que me traerías una muñeca. ¡Una muñeca bonita! He dibujado para ti toda una libreta con casitas y flores... Te estoy esperando...». Un oficial joven coge a la niña en brazos y se la lleva hacia un coche negro que hay aparcado afuera. Pero durante mucho rato seguimos oyendo: «¡Papá! Papááá... Papááá, te quiero...».

El general pronuncia su discurso... Las mujeres de negro lloran. Nosotros guardamos silencio. ¿Por qué guardamos silencio?

No quiero estar callada... Y no puedo seguir escribiendo sobre la guerra.

1988, SEPTIEMBRE

5 de septiembre

Taskent. El aeropuerto es asfixiante, huele a melones, parece que estás en un melonar. Son las dos de la madrugada. Unos gatos gordos, casi salvajes, se meten con osadía debajo de los taxis, los llaman gatos afganos. Entre la muchedumbre de veraneantes bronceados, entre cajas y cestas llenas de fruta, avanzan unos soldados jóvenes, chavales, saltando sobre sus muletas. Nadie se fija en ellos, la gente está acostumbrada a su presencia. Duermen y comen aquí mismo, en el suelo, encima de periódicos y revistas viejas, llevan semanas tratando de comprar un billete de avión a Sarátov, a Kazán, a Novosibirsk, a Kiev... ¿De dónde vienen todos estos mutilados? ¿Qué es lo que estaban defendiendo? A nadie le interesa. Tan solo hay un niño pequeño que no les quita de encima los ojos bien abiertos, y una vagabunda borracha, que se ha acercado a uno de los soldaditos:

—Ven aquí... Te daré un abrazo...

Él la rechaza con un movimiento de su muleta. Ella, sin ofenderse, añade una frase triste, femenina.

A mi lado están sentados unos oficiales de permiso. Comentan lo malas que son nuestras prótesis. Hablan de la fiebre tifoidea, del cólera, de la malaria, de la hepatitis. De cómo en los primeros años de guerra no había ni pozos, ni cocinas, ni baños, ni siquiera había con qué lavar los platos. También hablan de las cosas que se llevan a casa: uno va con un videocasete, otro con un magnetófono Sharp o Sony. Se me ha quedado grabada en la memoria la manera en que observaban a las mujeres, mujeres descansadas, guapas, con sus vestidos escotados...

Esperamos durante mucho rato el avión militar que nos llevará a Kabul. Nos comentan que primero cargarán el equipamiento y después a la gente. Hay unas cien personas esperando. Todos son militares. Me sorprende que hay muchas mujeres.

Fragmentos de las conversaciones que escucho:

—Estoy perdiendo el oído. Lo primero que dejé de oír son los pájaros que cantan más agudo. Es debido a una contusión craneal... Por ejemplo, al escribano cerillo no lo oigo en absoluto. He grabado su canto y me pongo la cinta a toda pastilla, pero nada...

—Primero disparas y luego miras a ver a quién le has dado: ¿será una mujer?, ¿un niño? Cada uno tiene su propia pesadilla...

—El burrito, durante el bombardeo, se tumba. Acaba el bombardeo y se levanta de un brinco.

—¿Quiénes somos nosotras en la Unión Soviética? ¿Las putas? Eso lo sabemos. Una trata de ganar al menos para comprarse una vivienda. ¿Y los hombres qué? Todos se dan a la botella.

—El general hablaba del deber internacional, de la defensa de las fronteras del sur. Incluso le salió la vena sentimental: «Llévense caramelos. Sí, los afganos son como niños. El mejor regalo son unos caramelos».

—Era un oficial joven. Se enteró de que le habían cortado la pierna y lloró. Su tez parecía de niña: blanca, con las mejillas rosadas. Al principio los muertos me daban cosa, sobre todo si no tenían piernas o brazos. Y después, nada, me he acostumbrado...

—Caen prisioneros. Les cortan los miembros y luego los ponen torniquetes para que no mueran desangrados. Y así los dejan, les nuestros recogen a esos muñones. Ellos buscan la muerte, pero los curan contra su voluntad. Y después del hospital no quieren volver a casa.

—En la aduana vieron que llevaba la bolsa de viaje vacía: «¿Qué llevas?». «Nada». «¿Nada?». No me creyeron. Me obligaron a quitarme la ropa. Todo el mundo va con dos o tres maletas.

En el avión me toca sentarme al lado de un vehículo blindado que va atado con unas cadenas. Por suerte, el mayor que va en el asiento vecino está sobrio, los demás van borrachos. Cerca de mí alguien duerme abrazado a un busto de Marx (los retratos y los bustos de los caudillos socialistas se transportaban sin envoltorios); no solo transportan el armamento, sino todo lo necesario para los ritos soviéticos. Hay una pila de banderas rojas, rulos de cintas rojas...

El aullido de la sirena...

—Despiértese. Si no, se perderá el reino de Dios. —Eso ya cuando sobrevolábamos Kabul.

Iniciamos el aterrizaje.

... El mugido de los cañones... Una patrulla armada con fusiles de asalto y chalecos antibalas me exige que enseñe el salvoconducto.

Yo no quería volver a escribir sobre la guerra. Pero ahora estoy en una guerra de verdad. Estoy en medio de la gente de la guerra, los objetos de la guerra. El tiempo de la guerra.

12 de septiembre

Hay algo amoral en la observación atenta de la valentía y el riesgo ajenos. Ayer entramos a desayunar en el comedor y al pasar saludamos al guardia. Media hora más tarde ese guardia había muerto por un fragmento de mina que había llegado volando hasta el cuartel por pura casualidad. Me pasé todo el día intentando recordar la cara de ese muchacho...

Aquí a los periodistas los llaman fabulistas. Lo mismo ocurre con los escritores. En nuestro grupo de literatos solo hay hombres. Se mueren por visitar los puestos lejanos, por entrar en combate. Le pregunto a uno:

—¿Para qué?

—Lo encuentro interesante. Después podré contar que he estado en el túnel de Salang. Y dispararé un poco...

No logro quitarme de encima la sensación de que la guerra es fruto de la naturaleza masculina, de la que en muchos aspectos me siento muy alejada. Aunque es cierto que la cotidianidad de la guerra es grandiosa. Apollinaire veía la belleza en ella.

En una guerra todo es distinto: tu ser, tu naturaleza, tus pensamientos. Aquí he comprendido que el pensamiento humano puede llegar a ser muy cruel.

Esté donde esté, pregunto y escucho: en el cuartel, en el comedor, en el campo de fútbol, en la sala de baile.... sorprendentemente, en todas partes aparecen elementos de la vida en tiempos de paz:

—He disparado a quemarropa y he visto como un cráneo humano se hacía pedazos. Y pensé: «Es el primero». Después del combate solo quedan muertos y heridos. Todos callados... Aquí siempre sueño con tranvías. Sueño que voy a casa en un tranvía... Mi recuerdo favorito: mamá horneando pasteles. Toda la casa olía a masa dulce...

—Te haces amigo de un buen tipo... y poco después ves sus entrañas esparcidas por las rocas. Entonces empiezas a vengar su muerte.

—Estábamos esperando una caravana. Pasamos dos o tres días preparados para la emboscada. Teníamos que permanecer todo el rato tumbados sobre la arena caliente, nos meábamos encima. Al final del tercer día explotábamos de cólera. Con qué odio disparamos aquella primera ráfaga. Después del tiroteo, cuando todo se había acabado, nos dimos cuenta: la caravana iba cargada de plátanos y mermelada. Nos hartamos de dulce para el resto de nuestras vidas...

—Hicimos prisioneros a unos dushmán...[4] Los interrogamos: «¿Dónde están los almacenes militares?». Ellos callados. A dos de ellos los subimos en los helicópteros: «¿Dónde? Señaládnoslo». Nada. A uno de ellos lo tiramos a las rocas...

—Hacer el amor en la guerra y después de la guerra no es lo mismo... En la guerra todo es como si fuera la primera vez...

—Los Grad[5] disparan... Sobrevuelan los cohetes... Pero por encima de todo eso está ¡vivir!, ¡vivir!, ¡vivir! No sabes nada más, no te importan los sufrimientos de los del otro bando. Vivir y ya está. ¡Vivir!

Contar toda la verdad sobre uno mismo, según una observación de Pushkin, resulta «una imposibilidad física».

En la guerra lo que salva al hombre es que la conciencia se distrae, se dispersa. Porque la muerte a su alrededor siempre es absurda, casual. Carece totalmente de cualquier significado sublime.

... Escrito con pintura roja en la coraza de un carro blindado: «Vengaremos a Malkin».

En mitad de una calle, arrodillada ant ...