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LOS NIñOS DEL DESIERTO

Martín Cazenave  

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Fragmento

1
EL SILENCIO

De pronto, el silencio.

Después de las balas, de los gritos y las explosiones, el silencio. Una pausa que era, también, un enigma. Silencio completo, absoluto, hasta incómodo. Yo miraba hacia abajo, sin reparar en el polvo. Había polvo pendiente del aire, el mismo polvo que todo lo rodeaba, que me había recibido unos meses antes y era parte de la vida. Como lo inusual, como lo urgente o lo inesperado, el polvo se adhería a la piel, cubría la ropa, se escondía entre el pelo, detrás de las orejas, entre los dientes. Ese polvo que ahora pendía, travieso, de la nada. Polvo, polvo, polvo que parecía estar por todos lados y, al mismo tiempo, comprometido con nada, ajeno a la destrucción. Matt estaba a mi lado y tampoco decía palabra alguna; como yo, miraba hacia abajo. Los dos respirábamos. Estábamos despiertos desde temprano. Estábamos afuera.

Detrás de nosotros había sacos de arena, colocados con precisión como protección en caso de disparos, enfrentamientos o fuego cruzado, todos alrededor del safe room. Hasta ese momento, eran sacos de arena que integraban el decorado. Estaban ahí porque sí, porque alguien los había colocado, no sabía mucho más. En mi país, esos muros compuestos de sacos de arena se usaban para contener los desbordes de un río, en un pueblo de campo. Acá estaban para proteger al equipo médico de las balas. Eran nuestro refugio. Ahora sí importaban: había que estarse quietos, a merced del azar, expectantes a que el mortero del exterior no diera de lleno en la casa.

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Habíamos escuchado disparos algunas noches antes y yo no les había prestado mayor atención. Nunca reparé en que estaba realmente en zona de guerra. Yo quería ayudar a las personas que estuvieran heridas, sin preguntar mucho por qué estaban heridas. No buscaba razones, no pretendía analizar el conflicto ni determinar quién tenía la razón. Como organización, Médicos Sin Fronteras es neutral, siempre, y sus integrantes encarnan esa convicción: no tomar parte por ningún bando. Brindar asistencia médica a quien la necesite y punto.

Aquella mañana, el traqueteo de las balas se sintió muy próximo, tanto que ni siquiera hizo falta que el coordinador diera la orden de ingresar al safe room; ráfagas de ametralladoras, morteros que explotaban cerca, corridas y gritos. Logramos ponernos todos a salvo, en una mezcla de miedo, alivio y sorpresa. Nos mirábamos desconcertados. Matt llegó cubierto de polvo. No quise pensar mucho en lo que estaba pasando. La cosa era seria, cada vez más seria.

En el safe room había provisiones, agua, los elementos necesarios para sobrevivir, en casos extremos, durante seis días.

Por el radio nos habían informado que el Ejército tenía heridos y, como solía suceder en esos casos, vendrían por nosotros, probablemente enardecidos, con sus demandas de asistencia médica. Así se manejaban las cosas: cuando los soldados del Gobierno tenían heridos, venían directo a nosotros.

La casa estaba cerca del hospital, y con Jordi, el coordinador del equipo, acordamos que Matt y yo nos quedáramos afuera del safe room, contra los sacos de arena, aguardando la llegada de los soldados.

Los esperábamos allí mismo, mientras el resto del equipo permanecía protegido por los sacos de arena.

Las balas sonaban en las proximidades. Ya no importaba quién las disparaba, si las fuerzas rebeldes o el Ejército de Sudán. Balas, morteros; explosiones y caos. Cada vez que escuchaba esos sonidos pensaba en el circuito que recorrían las balas: ¿quién las disparaba? ¿Apuntaban a otro ser humano o eran producto del vértigo, sin objetivos precisos? ¿Dónde terminaban esas balas? ¿En una pared, en una persona? ¿En un niño?

Esperábamos que se abriera el portón, que asomaran los soldados, y las preguntas se multiplicaban. ¿Cómo se comportarían esos soldados? ¿Estarían borrachos? ¿Serían prudentes en el uso de sus armas?

El suelo no era suelo, sino un punto cualquiera donde posar la mirada. Yo sentía a Matt a mi lado, pero no nos mirábamos. Percibíamos la cercanía del otro y eso era suficiente para saber que estábamos bien, que estábamos vivos. El silencio inquietaba, y los segundos que pasaban eran los importantes.

Habíamos fortalecido los sentidos al punto de descifrar el cuadro de situación a partir de los sonidos que nos llegaban desde afuera. Podíamos distinguir los disparos cercanos de los lejanos. El helicóptero, las corridas sobre la piedra, expresiones desesperadas en árabe. El doble batir del mortero, que se activa con un susurro fugaz y luego de recorrer el aire estalla en una explosión. Esa pausa que quedaba suspendida en la atmósfera, entre el shu del proyectil activado y el estallido posterior, esa pausa decretaba el antes y el después. Me pasaba lo mismo que con las balas: ¿dónde terminaba ese proyectil? ¿En el hospital? ¿En una casa? ¿En un niño?

¿Podríamos confiar en estos segundos de silencio? ¿Tendríamos minutos de serenidad? Porque antes, segundos antes, el ambiente había sido de las balas, de lo que parecían ser todas las balas del mundo, reunidas en una misma unidad de tiempo y lugar, la misma exacta locación de nuestros cuerpos. Perdí noción de cuántos impactos y explosiones habíamos escuchado antes del silencio. Con las explosiones también había un retumbar de paredes, el vuelo de los últimos escombros que terminaban de caer por ahí. Se repetían las ráfagas de ametralladoras. Se escuchaban los gritos ajenos: algunos mezcla de arenga, otros de angustia y adrenalina; el caos no permitía distinguir cuáles de ellos eran fatales, la última expresión de un ser humano. Allí también estaba presente el silencio. La guerra aturde, a veces, de silencio.

No podía saber qué decían esas voces, o los alaridos; a veces en un segundo o tercer plano, otras veces cerca, muy cerca. Miré hacia abajo cuando volvieron a oírse los disparos. Serían soldados, sospeché, del Gobierno, que sometían a la gente de Golo y buscaban derrocar a las fuerzas rebeldes. Recuerdo que en un momento cerré los ojos y pude percibir el polvo sobre mis párpados. Había penumbra. Estaba Matt.

En medio de los disparos, escuchamos a Pedro, nuestro gallo, cacareando, como hacía cada mañana. Me parecía que incluso cantaba más fuerte de lo habitual, como si estuviera tremendamente molesto con los seres humanos y sus ruidos.

¿Qué estaba pasando allá afuera? Si tuviera los ojos de Pedro, ¿qué verían mis pupilas?

El silencio, de nuevo. Parecía ridículo pensar en un gallo, pero me inquietó el silencio. Y ese silencio, que no es como ningún otro, que no será como ningún otro, despertaba más y más preguntas: ¿y ahora? ¿Qué va a pasar ahora?

Pensé en mi familia. Miré a Matt, también inmerso en sus pensamientos. Se percibía nuestra respiración en el ambiente.

Yo sabía que estaríamos bien. Saldríamos vivos de aquel trance. En algún momento, seguro, tendríamos un silencio más cotidiano, civilizado, un silencio de paz.

2
MENDOZA

Mucho antes del silencio, el blanco, un blanco refulgente, poderoso, de esos que requieren proteger los ojos, que obligan a entornar los párpados. Me resultaba un blanco de infinita pureza; el de la montaña, el de la nieve. La mente en blanco, el sonido distante del viento, el contraste con el celeste del cielo.

Desde mi aerosilla escuchaba lejanas voces de niños: un grupo de siete chicos que descendían ladera abajo detrás del instructor de esquí, todos obedeciendo en la postura de las piernas, trazando, con sus esquís, la “v” corta de las primeras lecciones. Me recordó a la imagen del pollo con sus pollitos trasladándose de un lado a otro, en fila. Era un día limpio, no había nada de qué preocuparse. No había polvo.

Si algo me fascinaba de esquiar en Mendoza, provincia de mi país —Argentina—, era el color blanco. Esa pausa desbordante de inmensidad y montaña. El exclusivo centro de esquí llamado Las Leñas está localizado al pie de los Andes, la cadena montañosa más importante de América del Sur. Las montañas me dejaban sin respiro, sin nada en qué pensar, sin palabras, en un estado de absoluta y grata contemplación. La mente podía vagar, sin presiones ni obligaciones. En esos pensamientos libres no había ruido de balas, no había oídos entrenados para captar las dos fases de sonido de un mortero, previo a la destrucción.

Con un grupo de amigos del colegio habíamos decidido celebrar un reencuentro en el centro de esquí. Era agosto de 2005 y estábamos sentados en la aerosilla para cuatro personas, rumbo a lo alto de la montaña, cuando sonó mi teléfono celular. “Número desconocido”, decía. Mientras mis amigos hablaban de sus próximas peripecias en la montaña o de la cerveza que tomarían después, atendí:

—¿Hola? —dije, en medio del aire, suspendido por los cables, sobre la montaña, y sorprendido de tener buena señal en aquel paraje.

—Buenos días. ¿Hablo con Martín Cazenave? —dijo una voz amena, femenina.

—Sí, soy yo.

—¿Qué tal? ¿Cómo estás? —preguntó, con acento catalán.

—Bien, gracias.

—Me llamo Laura. Nos comunicamos de Médicos Sin Fronteras. Tenemos los datos que nos dejaste y has sido seleccionado para una misión en Darfur. Te necesitaríamos relativamente pronto, pero no hace falta que respondas ya mismo. Te mandaré enseguida tu perfil de puesto, información sobre Sudán y el contexto en Darfur. Sería por tres meses.

—Claro, cuenten conmigo —dije, sin pensarlo mucho. Era una llamada que esperaba desde hacía tiempo.

A principios de ese mismo año, mientras me encontraba en la ciudad de San Isidro, el lugar donde nací, atendiendo pacientes en uno de los sanatorios más importantes del barrio, sentí que lo que hacía no me resultaba suficiente; no era lo que yo buscaba, al menos en ese momento de mi vida. Quería algo diferente. Atendía casos de distinta gravedad, es cierto, pero no estaba del todo conforme conmigo mismo. Pensé que tal vez se trataba de una sensación pasajera, un rapto de inconformidad que se disiparía con los días. Mis colegas se esforzaban igual que yo y hacían un gran trabajo, comprometidos con la profesión, pero yo me sentía llamado a otra realidad, a buscar algo distinto.

La medicina, en esa etapa de mi vida, era un trabajo. Yo cumplía mis horarios, tenía mis ingresos por consultas diversas en clínicas privadas, pero no más que eso. Un trabajo como cualquier otro. Pero necesitaba otra cosa, sentía que podría rendir mucho más en otros contextos. Las personas a las que recibía en mis consultorios tenían una casa donde vivir, se alimentaban bien, podían caminar por la calle sin pensar en morteros llegados del cielo para destrozar a sus familias. Sus preocupaciones, legítimas todas ellas, se relacionaban con síntomas que yo calificaba de habituales. Dentro de mí, sentía que tenía que salir de los “síntomas civilizados”, de las radiografías previsibles, de los estudios clínicos cotidianos. Las cosas en San Isidro estaban relativamente bien, pero el problema era el mundo. Seguramente en algún lugar se necesitaban médicos que atendieran en contextos difíciles.

Fue a raíz de un artículo que leí en La Nación, uno de los principales diarios argentinos, como supe sobre la organización Médicos Sin Fronteras, también conocida por sus siglas, MSF. “Cada año, unos dos mil quinientos profesionales internacionales parten en misión a alguno de los ochenta países donde opera esta organización humanitaria”, decía. Pensé en ello, ¿podría yo enumerar ochenta países? Si estuviera con mis amigos del colegio y jugáramos a ver quién es capaz de nombrar el mayor número de naciones, ¿podríamos alcanzar esa cifra? El mundo es vasto, siempre más amplio de lo que podemos imaginar, y en ese momento sentí que había una persona en alguno de esos países que necesitaba mi ayuda. No pensé en nadie en particular, simplemente apareció en mi mente la imagen de alguien que precisaba atención médica y así, impulsado por esa imagen, escribí un mail.

A los diez minutos recibí la respuesta. Me esperaban para una entrevista en Buenos Aires. Preparé mis papeles, confeccioné el CV y fui rumbo a la avenida Callao, donde quedaba la oficina de MSF en ese momento.

—Médicos Sin Fronteras asiste a poblaciones en situación precaria que requieren atención médica urgente —me informó la persona que me recibió—. No hacemos ningún tipo de discriminación. No nos interesa de qué raza es la gente que necesita ayuda, qué religión tiene o cuál es su ideología. Simplemente, vamos a donde más nos precisan.

A medida que avanzaba la entrevista, supe que la organización había nacido del inconformismo de un grupo de médicos y periodistas que no soportaban el silencio y la ineficacia de la ayuda internacional en Nigeria y Bangladesh. Sentí una identificación inmediata: yo tampoco estaba conforme con lo que hacía como médico, yo tampoco estaba conforme con mi indiferencia. Quería hacer algo realmente valioso, algo que marcara una diferencia.

—Es importante saber que somos una organización neutral —aclaró—. Se trata de acción médica independiente en situaciones críticas, en situaciones de emergencia. Trabajamos con el aporte de muchos socios y donantes privados, es decir que tenemos nuestra propia financiación. No tomamos partido por nadie y solo respondemos a nuestra misión: acercar ayuda médica a aquellos que más lo necesiten. Esta independencia financiera permite, también, decidir dónde y cuándo intervenir, sin aceptar presiones políticas, económicas o religiosas que condicionen la ayuda.

La independencia económica y política de la organización, supe después, posibilita dar una asistencia inmediata y temporal a las personas en situaciones de crisis. Pone la acción sanitaria en primer lugar, pero también asume riesgos, confronta al poder y usa el testimonio como medio para provocar cambios en favor de las poblaciones.

Esa prioridad de la ayuda por sobre las coyunturas políticas fue lo que más me entusiasmó: Médicos Sin Fronteras contaba con miles de profesionales internacionales en el terreno, que colaboraban con otros miles de trabajadores contratados localmente. Esta red opera en los lugares más remotos del planeta. Y yo quería estar ahí.

Me puse a disposición y me solicitaron algunos datos más. Llené unas planillas y me entregaron unos folletos. Pregunté qué más había que hacer y, como suele suceder en las entrevistas laborales, me despidieron con el clásico: “Te vamos a llamar”. Y el llamado llegó.

—¿Alguna duda, Martín? —preguntó la voz del otro lado del teléfono.

—Sí, un segundo, por favor —solicité mientras descendía de la aerosilla. No era fácil: el celular en la mano, los guantes y los bastones en la otra, los esquís puestos, el equilibro, todo eso me distrajo hasta que, finalmente, pude volver a consultar:

—¿Dónde dijiste que era la misión?

—En Darfur, Martín.

Mis amigos de la aerosilla estaban aprestándose para un nuevo descenso: se ajustaban los guantes, se calzaban las antiparras. Yo pensaba en Dufour, una marca de tablas de windsurf. Había cierta afinidad fonética entre Darfur y Dufour. Fue lo único que pude pensar, porque realmente no sabía dónde quedaba el lugar de la misión.

Uno de mis amigos, Tano, al ver que me demoraba un poco, se acercó a mí.

—¿Todo bien, Martín?

—Sí, Tano. Todo bien.

—¿Vamos? —dijo, incitándome al descenso. Los otros dos del grupo ya estaban deslizándose por la ladera blanca.

—Che, Tano —pregunté, ya presto a bajar la montaña—, ¿tenés idea de dónde queda Darfur?

3
ÁFRICA

Hay calidez y camaradería en el estilo de comunicación de Médicos Sin Fronteras, que es notablemente informal. En la charla que tuve con Laura, la mujer que me llamó cuando estaba en la montaña, en ningún momento me trató de “usted”, y esto, no sé bien por qué, me reconfortó. A pesar de su acento catalán yo sentía que sus palabras no eran distantes ni formales y que brotaban solas. Y esto se confirmó más aún cuando me dijo: “Es una putada lo que le están haciendo a la gente allá”.

No pude olvidar esa expresión. Volví de la montaña con esas ideas: Darfur, que representaba un lugar absolutamente desconocido, y la “putada”. Ambos conceptos palpitaron dentro de mí durante los días siguientes. Comencé a averiguar más. Me lancé, como haría cualquiera, a Google, a ver imágenes, a estudiar qué pasaba en esa región de Sudán. Recibí, además, el material prometido por Laura. Era realmente una “putada” lo que estaba sucediendo en Darfur: había una guerra étnica, un conflicto armado entre dos bandos: el Gobierno, con su Ejército de Sudán, responsable de constantes abusos de poder, y los rebeldes, que se llamaban a sí mismos Sudanese Liberation Army (Ejército de Liberación de Sudán).

Un jueves por la noche, estando en casa de mis padres, todos reunidos en familia, anuncié que me iba a Darfur, a una misión de Médicos Sin Fronteras.

—¿A dónde? —preguntó uno de mis hermanos.

—Darfur.

—¿Y eso dónde queda?

—En Sudán.

A la primera reacción de sorpresa sobrevino, después, cierta comprensión: aquella era una decisión que yo tomaba con absoluta voluntad y sin titubeos. Mi madre, que había sido enfermera, comentó: “Si no me hubiera casado, habría hecho exactamente lo mismo que vos”. Alguno estaba buscando información sobre Sudán en internet. Los resultados aparecían en la pantalla y se veían en sus caras, se traducían en facciones que buscaban disimular el espanto.

—¿No será peligroso?

—Dicen que a veces se puede complicar —comenté, intentando tranquilizarlos—, pero son muy respetuosos con las organizaciones humanitarias, especialmente con Médicos Sin Fronteras. Los soldados respetan siempre a los médicos.

—Es zona de guerra, Martín.

El día de mi partida, hicimos un asado. El “asado” es todo un acontecimiento en la Argentina. Es más que un plato típico, es una tradición que reúne a seres queridos alrededor de la mesa. Habíamos dispuesto, por esas cosas que tiene cada familia, que nadie iría a despedirme al aeropuerto. Es que nunca nos poníamos de acuerdo en el tiempo de anticipación: mis padres decían que había que estar tres a cuatro horas antes; mis hermanos, un poco más de dos, y así se generaban discusiones tan insólitas como improductivas, con cálculos y justificaciones que no hacían más que alterar los nervios de mi madre y perder tiempo. Con tantos hijos y parientes viajando por el mundo, la familia había adoptado una costumbre que a mí me resultaba de lo más sana: las despedidas eran en la tranquilidad del hogar, lejos del tumulto de los aeropuertos.

Intenté que el asado fuera lo más sencillo posible, que tuviera, en sus ritos habituales, una noción de continuidad. En mi familia estábamos acostumbrados a que alguien se fuera al exterior; dos de mis hermanos vivían en Miami con sus respectivas familias. No había de qué preocuparse, aunque estuve atento a los diálogos para disipar cualquier inquietud que pudiera surgir. La idea de Sudán —no solo su nombre, sino la idea misma— también le daba al asado un significado especial: me iba a un país singular, a un país que estaba en guerra.

Hablamos todo el tiempo, pero de temas menores. En algún momento alguien preguntó qué sabía yo exactamente del lugar al que iba, si había averiguado algo. Le resté importancia, cambié de tema y me serví un poco más de cerveza.

Días antes, había intercambiado mails con una representante de Médicos Sin Fronteras que había estado en Darfur. Le pregunté todo lo que venía a mi cabeza: ¿qué ropa usar? ¿Qué cosas se podrían hacer allá para no dejar de practicar deportes? ¿Podría salir a correr o a jugar al fútbol? ¿Cómo sería mi trabajo de cirujano? ¿Intenso, con muchas cirugías, o más bien tranquilo y atendiendo también otras especialidades? ¿Cómo había sido su experiencia?

La mujer me respondió indicando que eran muchas preguntas, pero que estaba dispuesta a contestarlas todas, y fueron sus respuestas, en realidad, las que mejor ilustraron mi próximo destino:

Llevará tiempo digerir lo de mi experiencia en Darfur. Yo estuve en dos proyectos. Primero en Dar es-Salam, y luego mis dos últimos meses en Golo. La verdad, los dos son muy diferentes, aunque bonitos igual. Dar es-Salam es purito desierto, la nada. Calor a tope y mucha arena. Y Golo, a donde tú vas, es lo contrario, montañas alucinantes, verde, agua y más bien fresquito.

Terminó la época de lluvias. Por el día suele hacer solecito y se está muy bien, aunque no hace calor como en el resto del país (está a 1200 m), pero por la noche ya hace más frío y hay que dormir con manta (no te preocupes que ahí hay de sobra).

En cuanto a lo del ejercicio, olvídate del fútbol de momento. Las normas de seguridad no nos permiten mucho movimiento y, la verdad, aunque el lugar es divino, no se puede pasear por los alrededores. Así que nos limitamos a correr alrededor de la casa, que es preciosa.

Lo de tu trabajo ahí, depende. A veces hay mucho, y a veces te pasas días sin nada. Todo depende de los casos que haya. Suele haber muchas embarazadas, con lo que a veces hay problemas de parto y hay que hacer cesáreas. Después te pueden traer heridos de bala y son casos de todo, graves y menos graves. Es muy difícil de precisar, hay semanas de locura y otras de calma total.

Llévate botas y pantalones cómodos. Durante el trabajo tenemos que llevar siempre la camiseta MSF, con lo cual uno no puede cambiar mucho de modelito. También llévate un polar que abrigue, porque ahora viene la época más fría allá.

No se nos está permitido hacer fotos, aunque todo el mundo se lleva la cámara porque en la casa sí puedes hacer fotos de tus compañeros. Te recomiendo que te lleves libros si te gusta leer. ¡Ah! y DVD de películas, porque hay televisor, pero solo para verlas, no tenemos canales.

Cuando se hizo la hora de partir, tomé mis cosas y me dirigí hacia el automóvil que me habían enviado desde la organización. Sentí, en esos pasos breves, que había hecho tantas veces antes —cuando iba al colegio, a la universidad o para encontrarme con amigos en otro asado—, que eran nuevos. Eran los primeros pasos hacia Darfur. Me encaminaba a África.

Si bien antes tendría un entrenamiento en Barcelona, aquel era el instante en que comenzaba mi viaje a Sudán. La sola palabra me colmaba de emoción y ansiedad: Sudán se presentaba ante mí con una enigmática incertidumbre. No quise preguntarme qué podría pasar al ingresar en el auto con mis valijas. Simplemente, sentí que debía dar ese paso. Me abracé con todos y me ubiqué en el asiento trasero.

De Buenos Aires viajé a Barcelona a completar primero el PPD. Son las siglas de Preparación Primer Destino. El concepto me resultaba interesante: yo necesitaba capacitarme, estar preparado para lo que sería el “primer destino”. Fue el primer encuentro con otras personas como yo que llegaban de otros países del mundo y se alistaban bajo las órdenes de Médicos Sin Fronteras. Nos dieron instrucciones precisas sobre operaciones, procedimientos y roles dentro de la organización. Conocí la estrategia del grupo, los principios y valores, las conductas que se esperaban de los recién llegados, relatos de médicos más experimentados, detalles y procedimientos sobre seguridad e higiene, comunicaciones y otros temas que eran claves para el correcto desempeño de la asistencia médica. Completé el curso y pronto me vi de nuevo dentro de un avión de British Airways, que cubría el trayecto de Barcelona hacia Jordania, donde haría una escala, y de allí a mi destino final: Jartum, capital de Sudán.

Era de noche cuando llegué a Sudán. Los altavoces en el avión indicaron que el piloto había iniciado el descenso hacia el aeropuerto de Jartum. Miré por la ventana y no veía nada, apenas algunas luces debajo. Yo esperaba ver un conjunto prolijo de luces, alineadas en forma de esquema geométrico, como cuando salí de Buenos Aires: manzanas, calles iluminadas, el avanzar de automóviles, algún camión en la distancia, quizás. Imaginaba una aglutinación de luces que indicaran la existencia de una ciudad. No vi nada de eso.

Hacia abajo era todo oscuridad, y algunas luces anaranjadas que parecían brillar cansadas, como diseminadas con desdén; hacia arriba, el firmamento reflejaba una noche sin luna. La composición no podía brindarme más datos: en ese momento, Sudán era la oscuridad, la expectativa, el latido del corazón.

Según supe, Jartum podía ser también Jartún, o Khartum si se mencionaba en otro idioma. En árabe se pronuncia Al-Jartüm, que quiere decir “trompa de elefante”. Jartum es la segunda ciudad más importante de Sudán después de Omdurmán, con más de un millón de habitantes. En ella confluyen el Nilo Blanco, proveniente de Uganda, y el Nilo Azul, que llega desde Etiopía; es en ese punto, en esa ciudad, donde ambas ramas se unen para formar el Nilo, que desemboca hacia el Norte, en el mar Mediterráneo, sobre las costas de Egipto. Me emocionaba saber que el avión aterrizaría en el punto donde se forma el famoso río, acerca del cual había estudiado desde chico en el colegio, en los relatos de Moisés, auténtica “cuna de la civilización” y protagonista esencial en el desarrollo de vastas culturas, como la egipcia. ¿Hay río más importante en la historia de la humanidad?, me pregunté. Mi corazón latía emocionado.

El piloto volvió a solicitar a los pasajeros que ajustáramos nuestros cinturones de seguridad y pusiéramos los asientos en posición recta. Sentí el efecto del descenso en mis oídos. Ahora sí, al ver por la ventanilla, detecté una sucesión de luces, de pequeños brillos que pasaban raudos, uno más rápido que otro, indescifrables; adiviné ciertos trazos de horizontalidad, vislumbré el paso fugaz de algún poste de luz de aeropuerto y posé la cabeza contra el asiento, esperando el momento de tocar tierra. Cerré los ojos un instante y, en un sacudón que hizo vibrar toda la estructura del fuselaje, en un impacto previsible de ruedas contra el asfalto, llegué a Sudán.

Las turbinas emitieron su expresión habitual: un ruido feroz, un estertor monstruoso, potente, de motores y engranajes funcionando a pleno para detener al avión. Para mí fue como el rugido de un león que se declara dueño único de la tierra.

4
JARTUM

Mientras esperaba para salir, en fila, detrás de los otros pasajeros, en el pasillo del centro del fuselaje, pensé en el avión de British Airways. Con la mirada puesta en los asientos ya vacíos, con sus cinturones revueltos, sus mantas esparcidas por el suelo, repasé mentalmente el viaje, de Madrid a Jordania y de Jordania a Jartum. Aquel avión, ya posado en tierra, indolente a mis reflexiones, era el último contacto con el mundo que había conocido hasta ese momento.

Cuando se abrió la escotilla y el ritmo de avance de los pasajeros se aceleró, reparé en los saludos repetidos entre las azafatas y los turistas. “Buenas noches” y “gracias” era lo que más escuchaba, pero para mí resultaban sonidos de un segundo o tercer plano. Estaba expectante por salir. Asomé fuera del avión y comencé a descender por las escaleras de una estructura con ruedas que había sido arrimada hasta la puerta de salida.

Lo primero que me impactó fue el calor seco. Después, mis ojos recorrieron el lugar: no pude apreciar mucho. La noche y la luz débil de las instalaciones parecían ocultar los detalles más esenciales del país al que había llegado.

De Sudán ya había leído bastante. En superficie, mide la mitad de mi país, apenas un poco menos que México y algo más que Perú y Colombia. Sus habitantes son una mezcla de africanos indígenas, que hablan la lengua madre nilo-sahariana, y descendientes de árabes. Es un país musulmán, donde se profesa el islam, con una historia muy dolorosa de guerras civiles.

Su bandera tiene tres franjas horizontales —roja, blanca y negra— con un triángulo isósceles verde hacia la izquierda. El rojo representa la lucha por la libertad; el blanco, el color de la paz, la luz y el amor, y el negro, el de la población. En árabe, Sudán significa “negro”. El triángulo representa el color del islam, además de la esperanza, la prosperidad y la agricultura. El himno, “Nahnu Jundullah Jundulwatan”, quiere decir “somos el Ejército de Dios y de nuestra patria”. Originalmente, era una canción de las milicias sudanesas que luego fue adoptada por la nación entera.

Saber que estaba en un país que había declarado su independencia de Egipto y el Reino Unido el 1° de enero de 1956 me resultaba llamativo: como nación, Sudán todavía no había cumplido ni cincuenta años de independencia, y yo venía de un país que la había declarado casi dos siglos antes. La historia de Sudán se remonta a la Edad Antigua. Perteneció siempre a distintos estados, llegando a ser también una colonia inglesa, hasta que finalmente logró su libertad.

Es el país con más pirámides del mundo. Se estima que hay unas doscientas cincuenta y cinco de distintos tamaños, erigidas entre 1070 y 350 a. C.

No sabía mucho más que eso. Todavía no conocía el término “janjaweed”, o “yanyauid”, que aprendería después y que corresponde a la suma de tres palabras: “hombre”, “caballo” y “arma de fuego”. Era como si se hablara de una figura bestial, de un ser mitológico: “el hombre-caballo-arma de fuego”. Era octubre de 2005 cuando llegué a Sudán; hacía dos años que estos yanyauids, con aparente apoyo del Gobierno, venían matando a miles de hombres, mujeres y niños en Darfur.

Supe también que la lucha en Darfur se había originado en 2003, apenas dos años antes de mi llegada. Esta guerra civil enfrentaba al Gobierno con las fuerzas rebeldes, el Sudanese Liberation Army. Eran ellos, los rebeldes, quienes se habían adjudicado el ataque a Golo del 26 de febrero de ese año, un episodio que muchos observadores internacionales consideraron el comienzo de la guerra. Este bando rebelde estaba integrado mayormente por civiles no árabes, hartos de sufrir ataques y vejaciones por parte de los GoS, llamados así por las iniciales de Government of Sudan. El Gobierno era fiel a los sudaneses de raza árabe, y avasallaba o atacaba constantemente a la población negra escudándose en el pretexto de la etnia.

Los yanyauids obligaban a los habitantes de los pueblos locales a salir de sus tierras amenazándolos de muerte. Los ataques eran constantes y, si bien los yanyauids decían obrar por iniciativa propia, todos en la región sabían que estaban a las órdenes del Gobierno, que los utilizaba para llevar adelante su macabro plan sin tener responsabilidad directa frente al mundo que lo observaba y juzgaba. Más de dos millones de personas habían sido desplazadas de sus hogares, con una cifra de muertos que algunos estimaban en trescientos mil.

Eran el brazo armado más siniestro no solo del Gobierno, sino de todo el conflicto. Los yanyauids llegaban con sus caballos y atropellaban a los ancianos, violaban a las mujeres, asesinaban a los niños y adultos, para luego incendiar las casas, y todo lo hacían con impasible crueldad. Habían esparcido el terror en la región, y el Gobierno miraba hacia otro lado. Por estos eventos, la Corte Penal Internacional había acusado al presidente Omar al-Bashir de genocidio y crímenes de guerra.

No pensé en los yanyauids cuando descendí de la escalera. Estaba en una tierra lejana, y todo me era nuevo; la noche me invitaba a descubrir esa nueva cultura. Aprecié que las luces, en lo alto de las columnas del aeropuerto, emitían destellos irregulares: algunas iluminaban con haces celestes, otros más amarillentos. No era una luz uniforme, blanca, como estaba habituado a ver en otros aeropuertos. Vi aviones de aerolíneas desconocidas para mí: Syrian Air, Yemenia, Bahrain Air. El asfalto estaba agrietado, y noté muchos camiones militares en distintos puntos de la pista. No veía vegetación.

Todo lo observaba como si tuviera que retener cada elemento en mi memoria para siempre. Ca ...