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LOS NIñOS DEL DESIERTO

Martín Cazenave  

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Fragmento

1
EL SILENCIO

De pronto, el silencio.

Después de las balas, de los gritos y las explosiones, el silencio. Una pausa que era, también, un enigma. Silencio completo, absoluto, hasta incómodo. Yo miraba hacia abajo, sin reparar en el polvo. Había polvo pendiente del aire, el mismo polvo que todo lo rodeaba, que me había recibido unos meses antes y era parte de la vida. Como lo inusual, como lo urgente o lo inesperado, el polvo se adhería a la piel, cubría la ropa, se escondía entre el pelo, detrás de las orejas, entre los dientes. Ese polvo que ahora pendía, travieso, de la nada. Polvo, polvo, polvo que parecía estar por todos lados y, al mismo tiempo, comprometido con nada, ajeno a la destrucción. Matt estaba a mi lado y tampoco decía palabra alguna; como yo, miraba hacia abajo. Los dos respirábamos. Estábamos despiertos desde temprano. Estábamos afuera.

Detrás de nosotros había sacos de arena, colocados con precisión como protección en caso de disparos, enfrentamientos o fuego cruzado, todos alrededor del safe room. Hasta ese momento, eran sacos de arena que integraban el decorado. Estaban ahí porque sí, porque alguien los había colocado, no sabía mucho más. En mi país, esos muros compuestos de sacos de arena se usaban para contener los desbordes de un río, en un pueblo de campo. Acá estaban para proteger al equipo médico de las balas. Eran nuestro refugio. Ahora sí importaban: había que estarse quietos, a merced del azar, expectantes a que el mortero del exterior no diera de lleno en la casa.

Habíamos escuchado disparos algunas noches antes y yo no les había prestado mayor atención. Nunca reparé en que estaba realmente en zona de guerra. Yo quería ayudar a las personas que estuvieran heridas, sin preguntar mucho por qué estaban heridas. No buscaba razones, no pretendía analizar el conflicto ni determinar quién tenía la razón. Como organización, Médicos Sin Fronteras es neutral, siempre, y sus integrantes encarnan esa convicción: no tomar parte por ningún bando. Brindar asistencia médica a quien la necesite y punto.

Aquella mañana, el traqueteo de las balas se sintió muy próximo, tanto que ni siquiera hizo falta que el coordinador diera la orden de ingresar al safe room; ráfagas de ametralladoras, morteros que explotaban cerca, corridas y gritos. Logramos ponernos todos a salvo, en una mezcla de miedo, alivio y sorpresa. Nos mirábamos desconcertados. Matt llegó cubierto de polvo. No quise pensar mucho en lo que estaba pasando. La cosa era seria, cada vez más seria.

En el safe room había provisiones, agua, los elementos necesarios para sobrevivir, en casos extremos, durante seis días.

Por el radio nos habían informado que el Ejército tenía heridos y, como solía suceder en esos casos, vendrían por nosotros, probablemente enardecidos, con sus demandas de asistencia médica. Así se manejaban las cosas: cuando los soldados del Gobierno tenían heridos, venían directo a nosotros.

La casa estaba cerca del hospital, y con Jordi, el coordinador del equipo, acordamos que Matt y yo nos quedáramos afuera del safe room, contra los sacos de arena, aguardando la llegada de los soldados.

Los esperábamos allí mismo, mientras el resto del equipo permanecía protegido por los sacos de arena.

Las balas sonaban en las proximidades. Ya no importaba quién las disparaba, si las fuerzas rebeldes o el Ejército de Sudán. Balas, morteros; explosiones y caos. Cada vez que escuchaba esos sonidos pensaba en el circuito que recorrían las balas: ¿quién las disparaba? ¿Apuntaban a otro ser humano o eran producto del vértigo, sin objetivos precisos? ¿Dónde terminaban esas balas? ¿En una pared, en una persona? ¿En un niño?

Esperábamos que se abriera el portón, que asomaran los soldados, y las preguntas se multiplicaban. ¿Cómo se comportarían esos soldados? ¿Estarían borrachos? ¿Serían prudentes en el uso de sus armas?

El suelo no era suelo, sino un punto cualquiera donde posar la mirada. Yo sentía a Matt a mi lado, pero no nos mirábamos. Percibíamos la cercanía del otro y eso era suficiente para saber que estábamos bien, que estábamos vivos. El silencio inquietaba, y los segundos que pasaban eran los importantes.

Habíamos fortalecido los sentidos al punto de descifrar el cuadro de situación a partir de los sonidos que nos llegaban desde afuera. Podíamos distinguir los disparos cercanos de los lejanos. El helicóptero, las corridas sobre la piedra, expresiones desesperadas en árabe. El doble batir del mortero, que se activa con un susurro fugaz y luego de recorrer el aire estalla en una explosión. Esa pausa que quedaba suspendida en la atmósfera, entre el shu del proyectil activado y el estallido posterior, esa pausa decretaba el antes y el después. Me pasaba lo mismo que con las balas: ¿dónde terminaba ese proyectil? ¿En el hospital? ¿En una casa? ¿En un niño?

¿Podríamos confiar en estos segundos de silencio? ¿Tendríamos minutos de serenidad? Porque antes, segundos antes, el ambiente había sido de las balas, de lo que parecían ser todas las balas del mundo, reunidas en una misma unidad de tiempo y lugar, la misma exacta locación de nuestros cuerpos. Perdí noción de cuántos impactos y explosiones habíamos escuchado antes del silencio. Con las explosiones también había un retumbar de paredes, el vuelo de los últimos escombros que terminaban de caer por ahí. Se repetían las ráfagas de ametralladoras. Se escuchaban los gritos ajenos: algunos mezcla de arenga, otros de angustia y adrenalina; el caos no permitía distinguir cuáles de ellos eran fatales, la última expresión de un ser humano. Allí también estaba presente el silencio. La guerra aturde, a veces, de silencio.

No podía saber qué decían esas voces, o los alaridos; a veces en un segundo o tercer plano, otras veces cerca, muy cerca. Miré hacia abajo cuando volvieron a oírse los disparos. Serían soldados, sospeché, del Gobierno, que sometían a la gente de Golo y buscaban derrocar a las fuerzas rebeldes. Recuerdo que en un momento cerré los ojos y pude percibir el polvo sobre mis párpados. Había penumbra. Estaba Matt.

En medio de los disparos, escuchamos a Pedro, nuestro gallo, cacareando, como hacía cada mañana. Me parecía que incluso cantaba más fuerte de lo habitual, como si estuviera tremendamente molesto con los seres humanos y sus ruidos.

¿Qué estaba pasando allá afuera? Si tuviera los ojos de Pedro, ¿qué verían mis pupilas?

El silencio, de nuevo. Parecía ridículo pensar en un gallo, pero me inquietó el silencio. Y ese silencio, que no es como ningún otro, que no será como ningún otro, despertaba más y más preguntas: ¿y ahora? ¿Qué va a pasar ahora?

Pensé en mi familia. Miré a Matt, también inmerso en sus pensamientos. Se percibía nuestra respiración en el ambiente.

Yo sabía que estaríamos bien. Saldríamos vivos de aquel trance. En algún momento, seguro, tendríamos un silencio más cotidiano, civilizado, un silencio de paz.

2
MENDOZA

Mucho antes del silencio, el blanco, un blanco refulgente, poderoso, de esos que requieren proteger los ojos, que obligan a entornar los párpados. Me resultaba un blanco de infinita pureza; el de la montaña, el de la nieve. La mente en blanco, el sonido distante del viento, el contraste con el celeste del cielo.

Desde mi aerosilla escuchaba lejanas voces de niños: un grupo de siete chicos que descendían ladera abajo detrás del instructor de esquí, todos obedeciendo en la postura de las piernas, trazando, con sus esquís, la “v” corta de las primeras lecciones. Me recordó a la imagen del pollo con sus pollitos trasladándose de un lado a otro, en fila. Era un día limpio, no había nada de qué preocuparse. No había polvo.

Si algo me fascinaba de esquiar en Mendoza, provincia de mi país —Argentina—, era el color blanco. Esa pausa desbordante de inmensidad y montaña. El exclusivo centro de esquí llamado Las Leñas está localizado al pie de los Andes, la cadena montañosa más importante de Amé

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