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LOS OJOS DEL CHE

Marcos Gorbán  

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Fragmento

Fui comunista.

Ya no lo soy.

Hay un montón de razones por las que dejé de ser comunista. No tienen mucho que ver con este libro y necesitaría unas cuantas páginas para argumentarlas. Me resulta más útil contar por qué sí lo fui.

Mis viejos y mis dos hermanas mayores militaron en el Partido o en la Fede, que es como siempre se llamó a la Federación Juvenil Comunista. Jorge, mi hermano, no. Fue el único de la familia que nunca se afilió.

La guerra de Malvinas me sorprendió al comenzar el colegio secundario. Tenía trece años y hacía solo días que había respirado por primera vez gases lacrimógenos en la marcha del 30 de marzo de 1982. En la cantina del club Defensores de Banfield, después de la clase de educación física, escribí mis datos en una servilleta de papel y se la entregué al Momo, el responsable de los secundarios comunistas de Lomas de Zamora. Así es como me afilié.

Milité durante el último año y medio de la dictadura que se instaló en la Argentina desde 1976 hasta 1983, y los primeros seis o siete de la democracia. Fui a todas las marchas. Hice pintadas, repartí volantes, afilié gente, estuve en cientos de reuniones, me bajaron línea, bajé línea, puse un puesto de libros marxistas en la plaza de Lomas y hasta organicé la rifa de un chancho vivo en una esquina de Temperley para juntar plata. A propósito: el chancho se nos escapó cuando ya teníamos varios números vendidos. Por suerte el compañero que atajaba en los partidos de fútbol se tiró de palomita y lo volvió a capturar. Si no, hubiera sido un desastre.

Cuando el 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín, trabajaba como periodista en el semanario del comité central del Partido. Me tocó ir a pedirles razones a los principales dirigentes para traducirlas en notas que explicaran qué era lo que pasaba en esos días. Hubo varias de esas notas que no llegué a publicar. A una, directamente ni la escribí. Después de varias argumentaciones, una integrante de la comisión internacional del comité central me explicó que “los compañeros alemanes cometieron algunos errores. En cambio en Rumania, el camarada Ceaucescu…”. Al otro día cayó el gobierno rumano y el “camarada Ceaucescu” fue fusilado junto a su esposa, previo paso a que se conocieran los crímenes que habían cometido. Ni llegué a desgrabar el reportaje que había hecho.

1989 fue un año de derrumbes para mí. En enero se había muerto mi viejo y yo estaba despedazado. Tenía veinte años entonces. Veintiuno recién cumplidos cuando se cayó el muro.

En 2014, cuando empezó la aventura que me significó este libro, ya había vivido más de la mitad de mi vida sin mi padre. Muchas veces me detuve a pensar y a contabilizar el mundo que no conoció. Mi viejo no llegó a conocer el dvd, la computadora de escritorio, ni el teléfono celular, por ejemplo. No supo de televisión satelital, ni siquiera del cable y la opción de ochenta canales para mirar. Cuando mi viejo murió había un “campo socialista”, y el máximo líder de los comunistas soviéticos era Mijail Gorbachov. Gorbachov… Gorbán… “somos primos por parte de abuelo”, le dijo una vez a uno que le preguntó.

Cuando me topé con la historia del Losojo, se me cambiaron las preguntas. No me detuve más en el mundo que mi padre no llegó a ver. De pronto me sorprendí buceando en el mundo que vivieron mi madre y él, el del anecdotario familiar. Volví a escuchar nombres que creí olvidados. Me enteré de eventos familiares que no conocía. Y me llené de búsquedas nuevas.

Entonces, me pregunté qué clase de comunistas fueron mis viejos. ¿Qué significó para ellos ser de izquierda? ¿Por qué se hicieron del PC? La primera respuesta fue sencilla: querían un mundo mejor y creyeron que ese era el camino. Y porque al igual que muchos de sus compañeros de militancia —y a diferencia de muchos otros que también eran compañeros de la misma militancia— estaban dispuestos a poner el cuerpo para ayudar a otros.

Por lo general, cuando se habla del PC argentino y de la dictadura militar, se citan las aberraciones de la que fueron capaces los dirigentes de ese entonces. Que Videla era más democrático que Pinochet, que el acuerdo cívico-militar, que hay que comprender la coyuntura… Pero aquellos no eran los militantes. Eran los dirigentes. Paradójicamente, también entre los comunistas había diferencia de clases. O de castas. Estaban los que iban a dialogar con los dictadores. Y estaban los que, como mis viejos, se movían para publicar solicitadas que denunciaran el secuestro y la desaparición de personas, refugiaban gente en sus casas jugándose la vida, se metían con el agua hasta el pecho para evacuar inundados, y no dejaron de militar ni un solo día.

Aquellos mismos dirigentes partidarios que asistían a los almuerzos que organizaba la dictadura censuraban al Che Guevara. No me lo contó nadie. Me lo dijeron a mí. Me explicaron que el Che fue “un aventurerista”, que padecía de “infantilismo revolucionario” y que estaba equivocado. Yo tenía catorce o quince años y militaba en la Fede. Necesitaba entender por qué se reivindicaba con tanto énfasis al General Pánfilov o a los héroes soviéticos y no al Che. Entonces hice lo que no se estilaba tanto en ese tiempo: pregunté.

El florido y repetitivo lenguaje de aquellos dirigentes tenía dificultades para explicar con claridad que había dos miradas. La de Cuba, encarnada por el Che, que hablaba de crear un foco guerrillero como el que se inició en la Sierra Maestra. Entendían que desde ahí se podían convocar adhesiones para crecer en medio de los combates, hasta desembarcar en la ciudad. La segunda mirada tenía que ver con el camino soviético y era la que alineaba a la mayoría de los partidos comunistas de América Latina. Para ellos, la sublevación la tenían que encabezar los obreros de las fábricas y se tenía que dar en la ciudad, no en el campo. Es obvio que esta es la simplificación más extrema y breve que puedo hacer. Trato de explicar de manera muy resumida las diferencias de aquel tiempo entre cubanos y soviéticos. En consecuencia, entre cubanos y comunistas argentinos.

Decía en el comienzo que ya no creo ser comunista. No considero que el sistema que alguna vez creí más humano y justo sea posible. Pasaron muchas cosas en el medio que me movieron la cabeza o me llevaron a cambiar el punto de vista. No viene al caso. Lo que sí viene es que sigo creyendo que un mundo mejor es posible. Y que la gente que pone el cuerpo y se la juega de manera desinteresada me sigue emocionando.

Por eso tengo ganas de dedicarles este libro a mis viejos y a los que, como ellos, hablaban de derechos humanos y de democracia pero no para ganar un subsidio o un premio cuando el tema se puso de moda, sino allá atrás en el tiempo, cuando quemaban las papas.

De qué se trató ser comunista, la moral y la agitación de los años sesenta, las diferencias que había entre los que hablaban de revolución en América Latina, y cómo era considerado el Che Guevara antes de que fuera un póster o un tatuaje, son elementos que explican algunas de las cosas que le pasaron al verdadero protagonista de este libro: el Losojo. O Fernando Escobar Llanos, como fue rebautizado por el Che. U Orlando, que es como le pusieron los padres cuando nació, por citar apenas los tres nombres que más usó a lo largo de su vida.

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El problema es que fui por una historia y me encontré con dos. La segunda era mucho más compleja y tenía que ver conmigo, con mis raíces, con recuerdos desconocidos de mi familia y con algunos sucesos que tenía olvidados. Tanto que volver a recordarlos me movió algunos estantes.

Esto empezó como una aventura. Leía un libro que contaba historias secretas y pasadas del Partido Comunista. Un libro lleno de anécdotas que sucedieron cerca mío. A varios de los personajes de los que ahí se hablaba los conocí, o creí conocerlos bastante. De algunos otros oí con admiración y hasta con orgullo allá atrás, en mi adolescencia.

No sé por qué de entre tantas historias me atrapó justo la del Losojo. Puede que me haya seducido saber de su intimidad con el Che. Es posible. Hay otros pasajes que tratan de Guevara en ese libro y me llamaron menos la atención. Puede ser, también, que me haya enganchado el relato en primera persona que el propio Orlando escribió para publicar.

La historia a la que me refiero cuenta de Fernando Escobar Llanos, un ex militante de la Fede, que colaboró con el Che Gu

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